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El padre José de Acosta, entre los antiguos historiadores de las cosas de América, fue quien refirió que Salinas había atravesado antes que ningún otro español el Pongo de Manseriche: de la obra de Acosta tomó la noticia el padre Feijoo; contradijo a ambos el padre Velasco, pero muy equivocadamente; pues, por documentos fidedignos contemporáneos consta, sin lugar a duda alguna, que Juan de Salinas fue el primer europeo que descubrió el Pongo de Manseriche y que lo navegó de ida y de vuelta, en el año de 1558.

Salinas vino de España a Méjico; acompañó a Hernán Cortés en la expedición al golfo de Higueras; pasó con Benalcázar al Perú y fue uno de los primeros pobladores de Lima, donde edificó casa y tuvo solares propios: sus padres legítimos fueron Martín Sánchez y Victoria Gómez. Salinas fue el tercer español que navegó por el Marañón: el primero fue Orellana, y el segundo el capitán don Alonso Mercadillo en su expedición a la provincia de los Chupachos. Véase el opúsculo, que sobre aquella jornada publicó el señor Jiménez de la Espada en Madrid, el año de 1890.

 

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El primer cura de Baeza fue don Manuel Díez. En 1564 fue nombrado el licenciado Gonzalo Flores, el cual antes de ordenarse de sacerdote fue abogado y ejercía su profesión en Bogotá.

El convento, que, con la advocación de Nuestra Señora del Rosario, fundaron los dominicanos en Baeza no subsistió sino unos pocos años: la fundación se hizo por el licenciado Ortegón, cuando fue a la visita de los Quijos. El prior fue fray Hernando Téllez, y hubo cuatro conventuales más.

 

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En la gobernación de Yaguarsongo estuvo desempeñando el ministerio parroquial el ya conocido clérigo Juan de Cáceres Patiño, compañero de Cabello Balboa en las reducciones de los mulatos de Esmeraldas: fue cura de Santiago de las montañas, y desde esa ciudad pasó con grandísimos trabajos y peligro de la vida a las cercanías de Logroño, cuando el alzamiento de los jíbaros contra aquella ciudad en tiempo de Alderete, sucesor de Juan de Salinas. Los soldados enviados para la defensa de la ciudad se recogieron en una especie de palenque o fuerte, donde permanecieron durante un año entero, y ahí fueron socorridos por Cáseres Patiño: los sitiados enviaron aviso pidiendo auxilio a Santiago de las montañas, porque la salida a Cuenca les estaba cerrada. Los sitiados en el palenque eran nueve, bajo las órdenes del capitán Juan de Zapata. Sufrieron tanta escasez, que se vieron reducidos al extremo de comerse todos los perros que tenían para su defensa, después de haber echado mano de los cueros de las rodelas.

La ciudad de Logroño no tuvo convento ninguno de monjas: tampoco hubo conventos de monjas en Sevilla del Oro, ni en Zamora ni en ninguna, otra de las ciudades de la banda oriental fundadas en territorio ecuatoriano; lo que se refiere, pues, acerca de la suerte de las monjas en el alzamiento de los jíbaros carece absolutamente de verdad.

Ninguna de esas poblaciones llamadas ciudades contaba con elementos de conservación y menos de prosperidad: Zamora existía hasta el año de 1622, y entonces se dispuso que las campanas de su iglesia parroquial y los vasos sagrados se trasladaran a Loja para el convento de la Concepción que era muy pobre. Entonces en Zamora ya no vivían más que tres vecinos mestizos viejos. En el territorio de Zamora no se logró aclimatar el ganado vacuno, a pesar de los esfuerzos que se hicieron para conseguirlo. En el distrito de la ciudad, cuando recién se fundó, se contaban diez y seis mil indios: en 1622 ya no había más que ciento cuarenta, todos los demás habían perecido.

La ciudad de Valladolid se fundó y se abandonó, porque los indios eran muy belicosos y no se daban de paz: volvió a fundarse, y los indios la quemaron y mataron al capitán Francisco de Mercado, que hacía de teniente de gobernador. En 1598, en Valladolid no había más que unos quince vecinos. La Audiencia pedía en aquel año que de las dos ciudades, Valladolid y Loyola, se formara una sola población incorporándola al corregimiento de Loja.

Sobre la fundación de Sevilla del Oro hubo litigio entre los gobernadores, el gobernador de Quijos y el de Yaguarsongo: se fundó la ciudad en distintos puntos, y la primera fundación la hizo el capitán Álvaro de Paz, con el nombre de Nuestra Señora del Rosario.

 

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De la entrada del padre Rafael Ferrer a la provincia de los cofanes y de su muerte a manos de aquellos salvajes hablan los autores siguientes:

Nieremberg, Vidas ejemplares y venerables memorias de algunos claros varones de la Compañía de Jesús, Tomo cuarto.

Velasco, Historia del Reino de Quito (Tomo tercero, Libro cuarto, Párrafos 3.º y 4.º).

Rodríguez, El Marañón y Amazonas (Libro primero, Capítulo décimo).

Maroni, Noticias auténticas del famoso río Marañón (Parte segunda, Capítulo primero, Párrafo primero).

Barnuevo, Relación apologética así del antiguo como del nuevo descubrimiento del río de las Amazonas o Marañón.

Acuña, Nuevo descubrimiento del gran río de las Amazonas.

Hablan también del padre Ferrer, el licenciado Montesinos en sus Anales del Perú, los padres Cordara, Cassani y Tanner en sus respectivas historias de la Compañía de Jesús, las Cartas Annuas de la misma Compañía y nuestro compatriota Cevallos (D. P. F.) en el segundo tomo de su Resumen de la Historia de la República del Ecuador. Las noticias más exactas acerca de la misión de los cofanes y de las circunstancias de la muerte del padre Ferrer nos parecen las que se contienen en la Relación apologética del Padre Barnuevo. La muerte del padre Rafael Ferrer sucedió el año de 1611, pero no se pueden fijar con seguridad ni el mes ni el día. En fin, el padre Ferrer no fue el primer sacerdote que entró a la provincia de los cofanes; pues, antes la recorrió el presbítero Pedro Ordóñez de Zevallos, cuando ejercía el cargo de Vicario eclesiástico en la gobernación de los quijos. Poblé todos estos pueblos, que son ocho, dice el clérigo agradecido, y bapticé más de cuatro mil almas. Tardeme en todo esto dos meses y veinte días. La primera edición de la obra de Ordóñez de Zevallos se hizo en 1614: si Ordóñez de Zevallos habló la verdad, no fue, pues, el padre Rafael Ferrer el primer sacerdote que catequizó a los cofanes. Preséntase aquí una cuestión: ¿el padre Ferrer llegó al Marañón? Parece que no llegó hasta el Marañón, y que sus excursiones terminaron en el Aguarico.

 

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Los primeros religiosos franciscanos que entraron al alto Putumayo como misioneros de las tribus salvajes fueron los padres fray Francisco Anguita y fray Salvador de Cassarrubia, sacerdotes, y los hermanos legos Domingo Brieva, Pedro Moya y Pedro Pecador. Los padres Anguita y Cassarrubia eran españoles, el primero nativo de Murcia, y el segundo de Osana: vinieron a Quito en el año de 1627.

El padre fray Francisco María Compte dice, que el padre Anguita tuvo la dicha y la gloria de ser el primero de los franciscanos, gire descubrió y surcó con frágil canoa las aguas del gran río de las Amazonas, en lo cual se equivoca miserablemente; pues, el padre Anguita y sus compañeros no llegaron más que al alto Putumayo y no al Amazonas: la equivocación del padre Compte nació, sin duda, de que en las relaciones de las misiones de los franciscanos de donde tomó sus noticias, se dice que el Putumayo desagua en el Napo, lo cual no es exacto. Al Marañón lo llaman Napo, porque creían que este río era el origen principal de aquel: ese es el fundamento de la equivocación.

En la segunda vez entraron como misioneros dos sacerdotes y dos legos: los sacerdotes fueron el padre Lorenzo Fernández y el padre Antonio Caicedo; los legos, el hermano Domingo Brieva y el hermano Pedro Pecador, los mismos que entraron antes. El padre Caicedo era natural de Almaguer, población que al presente pertenece a la vecina República de Colombia. El derrotero que siguieron los misioneros franciscanos en ambas entradas fue el siguiente: de Quito a la ciudad de Pasto, y de ahí a Écija en la provincia de Sucumbíos; se embarcaban en el río San Miguel, en un punto llamado la Quebrada, y por el San Miguel descendían al Putumayo; gastaban sólo en el viaje más de tres meses.

 

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Los franciscanos que entraron a la provincia de los encabellados fueron el padre fray Juan Calderón y el padre fray Laureano de la Cruz, ambos sacerdotes, y tres legos, a saber los hermanos Domingo Brieva, Pedro de la Cruz y Francisco Piña: poco después siguieron otros dos legos, fray Pedro Pecador y fray Andrés de Toledo. El padre Calderón con los hermanos Pedro de la Cruz, y Pedro Pecador regresó luego a Quito.

 

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Córdova y Salinas, Crónica de la religiosísima provincia de los franciscanos del Perú (Libro primero, Capítulos 32.º, 33.º y 34.º). El padre Salinas, cronista de los franciscanos del Perú, se apoya en la relación del viaje del padre Acuña, y principalmente en el Memorial presentado en 1641 por el padre fray José Maldonado al Consejo de Indias.

Laureano de la Cruz, Nuevo descubrimiento del Marañón, año de 1651. Este opúsculo del padre fray Laureano de la Cruz se conservó inédito en la Biblioteca Nacional de Madrid, hasta que en 1879 lo dio a luz por la imprenta el padre fray Marcelino de Civezza, en su obra italiana titulada Ensayo de Bibliografía geográfica, histórica y etnográfica Sanfranciscana: después lo reprodujo en Quito el año de 1885 el padre Compte, en el Tomo primero de sus Varones ilustres de la Orden Seráfica en el Ecuador. Tanto en la edición de Prato, como en la de Quito, el escrito del padre Laureano se halla plagado de errores tipográficos e incorrecciones.

Alácano, (El padre fray Bartolomé), Informe sobre las misiones de los franciscanos en el Putumayo, año de 1739. Documento inédito hasta hace pocos años, pues en el de 1885 lo imprimió el padre Compte en su obra ya citada: nosotros hemos tenido a la vista una copia auténtica, con la firma y rúbrica del padre Alácano, y así hemos podido advertir las equivocaciones que se encuentran en la edición hecha por el padre Compte, quien ha estampado, verbi gratia, provisor en donde el padre Alácano escribió claramente gobernador en abreviatura, error cometido no una sino muchas veces por el padre Compte; así Jácome Raimundo de Noroña resulta no gobernador sino provisor del Marañón. El padre Compte asegura que el informe del padre Alácano fue presentado al presidente don Jacinto Sánchez de Orellana, Marqués de Villaorellana, en lo cual hay casi tantas equivocaciones como palabras; pues ni el presidente Orellana se llamaba Jacinto, ni era Marqués de Villaorellana, ni el informe le fue presentado a él, sino a su inmediato antecesor el señor don José de Araujo y Río.

Compte, Varones ilustres de la Orden de San Francisco en el Ecuador. De esta obra hay dos ediciones, ambas hechas en Quito: nosotros nos referimos siempre a la segunda, a la en dos volúmenes, publicada el año de 1885. En cuanto a su criterio histórico y a los conocimientos indispensables para componer una obra histórica, no podemos menos de decir con franqueza que este padre escribía potius ad landandum quam ad narrandum.

 

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De la expedición de Texeira han hablado todos los escritores, cuya autoridad hemos aducido en apoyo de nuestra narración en las notas anteriores, tales como Barnuevo, Acuña, Rodríguez, Velasco, Córdova-Salinas y Laureano de la Cruz, a los cuales añadiremos ahora los siguientes:

Mendiburu, Diccionario histórico-biográfico del Perú.

Raimondi, El Perú (Historia de la Geografía del Perú, Capítulo decimosexto, Tomo segundo).

Varnhagen, Historia general del Brasil (Sección trigésima primera). En portugués.

Constancio, Historia del Brasil (Capítulo quinto, Tomo primero). En portugués. Este autor equivoca el nombre de fray Domingo Brieva, llamándolo Domingo Brito.

Jiménez de la Espada, Viaje del capitán Pedro Texeira aguas arriba del río de las Amazonas (Es obra anónima; el señor Espada la publicó en el Boletín de la Sociedad de Geografía de Madrid, ilustrándola con un estudio preliminar muy discreto y erudito. Boletín de la Sociedad Geográfica de Madrid, Tomo nono, 1880. Tomo decimotercio, 1882).

 

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Todos los datos biográficos acerca del hermano fray Domingo Brieva están tomados de escritores y cronistas franciscanos: en ninguno hemos encontrado nada acerca de la patria de este religioso, el cual nos parece que fue español y no americano. El padre Alácano asegura, que el hermano Brieva así que volvió de Madrid, ya no pudo entrar más a las provincias orientales, por hallarse anciano y achacoso; pero el padre Laureano de la Cruz refiere que el hermano Brieva le acompañó en las misiones de los omaguas; parece indudable que el padre Alácano no conoció la relación del padre Laureano; y lo curioso es que, el padre Compte, que vio, leyó, imprimió y estudió ambas relaciones, no haya caído en la cuenta de la contradicción que hay entre las dos, no sólo respecto al hermano Brieva, sino al hermano fray Pedro Pecador. Nosotros nos atenemos a la relación del padre Laureano, porque la creemos más ajustada a la verdad: además, el padre Laureano refiere lo que vio y narra sucesos en que tomó parte.

 

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El año de 1731 murieron asesinados por los salvajes los padres Lucas Rodríguez y Miguel Marín y los legos José de Jesús y Juan Garzón. En 1732 había en las misiones seis sacerdotes y dos legos. El padre Juan Bahamonde y Villota estuvo en las montañas treinta años de misionero.

La pensión que a cada misionero le estaba asignada por el Gobierno eran trescientos pesos anuales, pero para seis misioneros sacerdotes apenas se les daba quinientos cincuenta pesos al año.

En el río Negro murieron asesinados por los indios el padre Juan Benites y el hermano Antonio Conforte, ambos naturales de la entonces villa de Ibarra. Fray Juan Montero, quiteño, y fray Diego de Céspedes, ambateño, perecieron de hambre, extraviados entre los bosques. (Informe dado en Pasto en 1711 por el hermano lego fray Manuel Cisneros. Inédito. Cartas y expedientes eclesiásticos de la Real Audiencia de Quito vistos en el Consejo. Cartas y expedientes del Presidente de Quito: documentos originales en el Real Archivo de Indias en Sevilla).

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