11
Hernáez, en su segundo tomo de la Colección de Bulas, Breves, etc., trae la Bula de Sixto quinto, tomándola del Bulario de Cocquellines: el original no recibió nunca el pase regio. Cédula real de 25 de agosto de 1786, al presidente y al obispo de Quito. [Cedulario de la Corte Suprema y de la Curia Metropolitana]. Es de advertir que tanto esta Bula como las concedidas a los dominicanos no podían surtir sus efectos, sino mientras el Rey no erigiera una Universidad en Quito. En nuestro archivo privado poseemos un códice, en que están los formularios de la Universidad de San Fulgencio: es del año de 1699, y parece haber pertenecido al convento de Agustinos de Riobamba.
12
En 1800 la escuela de Medicina estaba cerrada, por la falta absoluta que había de alumnos; la Presidencia estaba llena de curanderos empíricos, contra quienes se empezó entonces a tomar medidas. Se resolvió que el curso de Medicina durara cuatro años: en los dos primeros años el texto era Boherhave, con los comentarios de Haller, en el tercero la materia era De cognoscendis et curandis moribus, y los textos Valles y los aforismos de Piquer, en el cuarto año estudiaban la Anatomía, y el texto era Heyster. Los estudiantes estaban obligados a concurrir todos los días al hospital, para aprender a conocer el pulso. En el plan de estudios del señor Calama no se señalaba más que un solo texto para el estudio de Medicina, y era la obra de Solano de Luque, titulado Idioma de la Naturaleza.
El primer protomédico que hubo en Quito fue el doctor don Bernardo Delgado, el cual era a la vez el único profesor de Medicina, el año de 1800 en la Universidad; el Doctor Delgado era ya entrado en años, y había enseñado Medicina en el colegio de San Fernando, donde estaba establecida esa cátedra, mediante la dotación del Alférez Arroyo.
Hablando de la necesidad, que de la enseñanza de la Medicina padecía Quito a fines del antepasado siglo, decía donosamente el Marqués de Miraflores: «De aquí viene que una ciencia que necesita tantas luces para serlo, se practique comúnmente por mujeres piadosas, que vanamente persuadidas á que basten los buenos deseos para los buenos efectos, matan empíricas con serenidad, y comulgan devotamente por los muertos, á quienes privaron por su ignorancia del amable tesoro de la vida».
13
En tiempo de los jesuitas no tenían éstos en Cuenca más que una sola clase de Gramática latina; después de la expulsión de ellos no hubo enseñanza ninguna de nada en esa ciudad, hasta que el año de 1782 fundó una clase de Gramática latina un tal don Joaquín de Andrade y Cisneros según lo acostumbrado entonces, Andrade fue primero examinado por el doctor don Agustín de Andrade y Olais, abogado, el cual había sido catedrático de Cánones en la Universidad de Santo Tomás. La clase se abrió en una pieza del colegio de los jesuitas; pero al profesor no se le señaló renta ninguna. (Documentos sobre este asunto, en nuestro archivo privado).
Muy halagüeño sería para nuestro amor nacional poder asegurar, que en Quito en tiempo de la colonia hubo tres Universidades y que dos de éstas fueron, como se ha escrito con sobra de candor, nada menos que Reales y Pontificias; pero, si tal cosa escribiéramos, engañaríamos a nuestros lectores, y con facilidad seríamos desmentidos.
Tengamos muy presente lo que era y se llamaba Universidad en los siglos decimosexto, decimoséptimo y decimoctavo: no confundamos una Facultad con una Universidad, pues ésta se componía en aquellos tiempos de cinco Facultades; y en Quito en tiempo de la colonia confesemos que hubo solamente Facultades y no Universidades. ¿Qué privilegios tenían las llamadas Universidades de Quito? ¿Cuál era la jurisdicción de sus rectores? En América en tiempo de la colonia no hubo más que dos Universidades, propiamente tales, la de Méjico y la de Lima.
14
He aquí lo que en punto a escuelas de primeras letras, escribía el Fiscal de la Audiencia de Quito: «En esta ciudad se experimenta hay pocos sujetos que hagan buena letra, y los tales no conocen ortografía. La latinidad está casi perdida, como experimento en los profesores de Derecho dependientes de este Tribunal. Esto depende de que sólo hay una escuela de primeras letras en el convento de Santo Domingo, donde se enseña de balde a todos los que concurren; en lo demás de la ciudad hay algunos maestros particulares, que enseñan en sus casas a leer por medio real cada semana; los que escriben pagan un real o dos, y los de Aritmética cuatro reales; como los pobres no tienen para la paga, les falta esta instrucción, y lo peor es que también ignoran la doctrina cristiana.
»La Gramática sólo se enseñaba en la Compañía; al presente sólo se enseña en el Colegio de San Luis, pero siempre ha ido tan mal, que apenas saben construir algo, ya pasan a Facultad mayor, ni hay quien entienda palabra de Prosodia ni Retórica». [Carta de don Serafín Veyan al Conde de Aranda, Quito, 6 de diciembre de 1777]. [Documentos sobre los jesuitas de Quito. Biblioteca Nacional de Santiago de Chile].
Los niños solían estar sentados, en cuclillas, en el suelo. En Guayaquil no había ni una sola escuela de primeras letras, y el Ayuntamiento de esa ciudad pedía que a los dominicanos se les obligara a abrir una escuela, pagándoles la renta de los bienes confiscados a los jesuitas. Es de advertir, que entre los bienes que poseían los jesuitas algunos capitales los disfrutaban a título oneroso, porque las personas piadosas que se los habían donado les habían impuesto la obligación de sostener ya una clase de latinidad, ya una escuela de primeras letras; de los bienes secuestrados a los jesuitas debiera haberse seguido costeando esas enseñanzas, mas no sucedió así. [Representación del procurador síndico de Guayaquil: 19 de abril de 1775. Archivo de Indias en Sevilla].
15
Pío sexto expidió el Breve que comienza Summa charissimi, el 15 de julio de 1795; la cédula de Carlos cuarto es del 6 de octubre de 1796, para la ejecución del Breve anterior. Véase la colección del padre Hernáez, quien copió del Cedulario episcopal de Quito esos documentos. Tomo segundo de la obra. Bruselas, 1879.
16
«He visto aquí exquisitos libros y en gran copia; no hay particular que no los tenga en mucha o en corta cantidad, y me parece que en esto (Quito) hace ventajas a Santa Fe. Yo no conocí allá las Memorias de la Academia Real de Ciencias, y aquí hay tres ejemplares: el uno llega hasta muy cerca de nosotros; muchas obras de Linneo y de otros botánicos; en fin, hay libros buenos en todo género». Quito, octubre, 6 de 1801.
Así se expresaba Caldas escribiendo a un amigo suyo residente en Bogotá; veamos lo que le decía a él mismo en otra carta, fechada el 21 de octubre de 1801: «Apenas conozco el exterior y la superficie de este inmenso pueblo, de este océano de indios, permítame Ud. esta expresión. Pero ya que no le puedo dar todavía una idea exacta, a lo menos le diré algo de su arquitectura, del gusto y de los libros que se hallan, comenzando por éstos que son del gusto de usted. Yo no acabo de admirar cómo ha podido venir tanto libro bueno a esta ciudad; apenas hay particular que no los tenga, y libros que no pude ver en Santa Fe los he hallado aquí. Las Memorias de la Academia Real de Ciencias, de París, hasta muy avanzado este siglo, las he visto, y me he aprovechado de ellas en muchos puntos importantes de Astronomía, de que tratan los autores particulares con ligereza; el Buffon en dos ediciones, Maupertuis, Cassini de Thury, Flora Lapónica de Linneo, Reaumur. Historia de los Insectos, Baker de Polipor, Runford, etc. etc. etc., todos se hallan y los consigo con facilidad. A mí me parece que hay más copia de buenos libros aquí que en Santa Fe; quizá me engañaré en esto». El repertorio colombiano. (Volumen decimoséptimo, Número 2.º, Bogotá, diciembre de 1897).
17
El 18 de agosto de 1741 diose vista al Fiscal; el Fiscal informó en 30 del mismo mes. El 2 de septiembre mandó el Consejo pedir informe a don Dionisio de Alcedo; Alcedo emitió su informe el 6, es decir cuatro días después. (Documentos del Real Archivo de Indias en Sevilla. Cartas y expedientes de personas seculares del distrito de la Audiencia de Quito. Secretaría del Perú). Todo se hacía manuscrito hasta esa fecha en Quito, menos las cédulas de la comunión pascual, las cuales se grababan en un moldecito de madera, ennegrecido con humo. La cédula original expedida en favor de Alejandro Chaves Coronado, la guardamos en nuestro archivo privado.
18
Alejandro Chaves Coronado era hijo legítimo de Gregorio Chaves, casado con Ángela Coronado; ambos muy pobres, vivían en el barrio de San Blas en Quito. Cuando la traída de la imprenta, ya Ángela Coronado estaba viuda; a ésta le daban los jesuitas cada semana cuatro reales en plata, dos reales en pan, un carnero y una media de maíz. La plata le daban en junta cada dos meses, es decir cuatro pesos; en los libros de gastos del Colegio Seminario de San Luis se asentaba esta partida de egreso, expresando que era por composición o arrendamiento de la imprenta. La escritura de contrato entre Ángela Coronado y Raimundo de Salazar se celebró en Quito el primero de octubre de 1748, y en ella se dice que debían dividirse las ganancias por mitades iguales.
El padre José María Maugeri se embarcó en Cádiz, de regreso para Quito, el 15 de abril de 1743, y en junio estuvo ya en Cartagena. La imprenta tardó algún tiempo en llegar y parece que no se imprimió cosa alguna hasta el año de 1755.
La pieza más antigua impresa en Ambato es el opúsculo devoto titulado Piissima erga Dei Genitricem devotio. Hambati Typis Societatis Jesu. Año de 1755. La imprenta se conservó en Ambato hasta el año de 1760, poco más o menos; traída a Quito, estuvo en uso hasta la expulsión de los jesuitas, que se verificó el 20 de agosto de 1767.
La escritura de contrato celebrada entre Ángela Coronado y Raimundo de Salazar, parece haberse celebrado antes de que llegara de España la imprenta.
19
La imprenta de los jesuitas estuvo confiscada desde agosto de 1767, hasta el 16 de marzo de 1779, día en que, por disposición expresa del presidente García Pizarro, fue entregada a Raimundo de Salazar; la entrega se hizo por inventario. He aquí las piezas de que constaba la imprenta de los jesuitas.
Letras mayores, una arroba y seis libras.
Letras menores, veintiuna libras.
Letras de cuerpo para rótulos; con letras y cuña, una arroba, once libras y media.
Cursivas, diez libras.
Labores, veintiuna libras y media.
De otras letras, una arroba veintitrés libras.
Latinas, cuatro arrobas, y una libra.
Latinas pequeñas, seis arrobas y dos libras.
Idem, dos arrobas y dos libras.
Bastardilla, una arroba y quince libras.
Una plancha de cargar letra.
Un marco de hierro grueso, con siete tornillos.
Un gorcón, una sortija, dos tiras y todos los tornillos necesarios para la prensa.
Cuatro tablas de poner letra.
Una prensa.
La imprenta de los jesuitas estuvo, pues, confiscada durante once años ocho meses, y en ese espacio de tiempo trabajaba en Quito solamente la imprenta, que de Lima había traído Raimundo de Salazar; así se deduce evidentemente de los ejemplares, que de ciertas obrillas impresas en 1769, 1773 y 1777, han llegado hasta nosotros. En cuanto a la escritura de contrato, celebrada el año de 1748 entre Ángela Coronado y Raimundo de Salazar, declaró éste, que había quedado como si nunca se hubiera hecho, porque los jesuitas disponían de la imprenta como de cosa propia y no ajena.
La imprenta de Salazar consta que fue traída a Quito el año de 1757, y que Salazar trabajaba como cajista en la de los jesuitas, cuando éstos la trasladaron de Ambato a Quito. Véase el opúsculo, que, con el título de Bibliografía ecuatoriana, publicamos en los Anales de la Universidad de Quito. (Tomo VII, Serie VII, Número 48. Julio de 1892). Advertiremos aquí que, mediante estudios prolijos e investigaciones diligentes, hemos logrado rectificar algunas de las noticias, que en punto a la primera imprenta que hubo en la colonia dimos en nuestro expresado opúsculo.
20
El pliego valía entonces diez pesos sencillos. Salazar solía imprimir ordinariamente en sus tipos propios cédulas de comunión y convites para conclusiones y, además, las cartas de pago de los tributos de los indios y tablas de rezo para los clérigos y para las comunidades de dominicos, franciscanos y mercenarios. (En nuestro archivo privado poseemos los autos del pleito, que Tomasa Beltrán siguió contra Raimundo de Salazar, a causa de la imprenta confiscada a los jesuitas. Quito, 1788. Esta Tomasa Beltrán era viuda de Gregorio Chaves Coronado, hermano legítimo de Alejandro Chaves Coronado, y reclamaba para los sobrinos de éste la propiedad de la imprenta, porque en la cédula real se le dio a Alejandro Chaves Coronado licencia para que, durante dos vidas, tuviera imprenta pública en Quito).
Este Raimundo de Salazar, o el maestro Salazar, como lo llamaban en Quito, parece haber sido un hombre ducho y muy advertido; así lo dan a entender sus contestaciones, en el pleito sobre la imprenta. Según una declaración, prestada por él, en Quito, el 29 de julio de 1788, la imprenta que fue de los jesuitas estaba ya deteriorada, cuando se la entregaron, y le faltaban las mayúsculas A, B, C y D; y la minúscula E y, además, los números arábigos 1, 2, 3, 4, 5, 6, y Salazar los repuso, fundiéndolos en Quito él mismo. La imprenta propia de Salazar era menuda, y pudiéramos calificar como de breviaria a la letra, que en ella tenía. Salazar sabía también grabar estampas en madera y en cobre, como se deduce de algunas muy pocas muestras, que han llegado hasta nosotros.