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Humboldt, Cuadros de la naturaleza (Libro séptimo, Capítulo primero).
——, Vistas de las cordilleras y monumentos indígenas de los pueblos de América (Sección tercera, número primero).
Rivero y Tschudi, Antigüedades peruanas (Capítulo décimo). En este capítulo y en los apéndices y notas a la obra de Prescott se halla recopilado todo cuanto se ha escrito más digno de fe acerca de los caminos de los incas, por Cieza de León, Gómara, Zárate, Botero, Velasco y Humboldt.
Paul Marcoy, viajero moderno francés, hace una observación muy importante acerca de la vía real de las cordilleras, la cual, según dice este escritor, no se trabajó del lado del Cuzco, sino solamente del lado de Quito; y añade, que en el distrito del Cuzco no se encuentran ni señales de semejante camino. No obstante, relativamente a éste y a otros puntos de la historia de los incas, parece que podemos dar crédito a los antiguos escritores castellanos, que recorrieron el Perú pocos años después de la conquista y vieron con sus propios ojos las cosas que describen.
Marcoy, Viaje al través de la América del Sur, del Océano Pacífico al Océano Atlántico (Nota primera, en la página 247.ª del Tomo primero). (En francés, París, 1869). Paul Marcoy es el seudónimo bajo el cual publicó sus viajes monsieur Saint Cricq.
Humboldt fija en siete metros la anchura del camino de los incas.
Vicuña Mackenna asegura que en muchas partes del territorio setentrional de Chile y principalmente en la provincia de Copiapó existen restos del camino de los incas. Historia de Santiago (Tomo primero, Capítulo primero, en la primera nota de la página 15.ª).
Paz Soldán, Geografía del Perú. Habla de entrambos caminos y asegura que de ellos se conservan todavía restos en varios puntos del territorio del Perú. Se encontrarían estos vestigios ¿si el camino se hubiese trabajado solamente del lado de Quito, y no del lado del Cuzco?...
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En el Atlas arqueológico, que acompaña a este lomo primero de nuestra Historia general del Ecuador, volvemos a tratar sobre el carácter de los monumentos de los incas, y nos ocupamos despacio en el examen de lo relativo a los que se encuentran en el territorio de las provincias del Azuay y de Cañar, en que actualmente está dividido el que ocupaba la antigua nación de los cañaris.
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Éste es el palacio de Callo, del cual hablamos largamente en una nota de uno de los capítulos anteriores. La tradición asegura que en ese lugar existía un edificio antiguo levantado por uno de los Scyris de Quito, y los incas no hicieron otra cosa sino reconstruir la obra de los scyris, con plan y estilo peruanos.
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Así lo refiere el más fidedigno de los antiguos escritores de indias, Cieza de León en su Crónica del Perú (Segunda parte, Capítulo sesenta y cuatro). Esta obra de Cieza de León es la que cita Prescott como de Sarmiento. El señor don Marcos Jiménez de la Espada, académico de la Historia y uno de los más doctos y eruditos americanistas que tiene actualmente España, ha restituido la obra mejor sobre el Perú al defraudado Cieza, probando que era de Cieza de León y no de Sarmiento el Tratado sobre el Señorío de los incas, que forma la segunda parte de la extensa Crónica del Perú. Véase el prólogo que precede a esta segunda parte en la edición hecha en Madrid, el año de 1880.
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Ya lo hemos hecho notar en otra parte y ahora lo advertimos de nuevo: no se ha de confundir la Tomebamba de los incas (si alguna hubo), con la ciudad de los antiguos
cañaris, llamada también Tomebamba; tanto más cuanto este nombre de Tomebamba era no solamente el de una ciudad, sino el de toda una provincia. Así pues, cuando se habla de edificios construidos por los incas en Tomebamba, se entiende, por lo general, la provincia y no la ciudad. El más notable de estos edificios fue, sin duda, el de Hatun-Cañar o Inga-pirca de Cañar, edificado por Huayna Capac, al extremo setentrional de la antigua provincia del Azuay; y Cieza de
León lo llama «Reales aposentos de Tomebamba»
. ¿Habla de la provincia o habla de la ciudad de Tomebamba? Claro es que se refiere a la provincia y no a la ciudad.
Don Juan de Santacruz Pachacuti dice que Huayna Capac hizo en Tomebamba una ciudad y que la proveyó de agua, horadando un cerro y construyendo una canal caprichosa, a la cual le dio la forma de un caracol, disponiéndola en línea curva reentrante, a manera de siete círculos concéntricos. ¿Dónde estuvo esta canal? ¿Se alude, por ventura, al río de Culebrillas en el páramo del Azuay? ¿Se refiere, tal vez, a alguna obra hidráulica, de la que ahora ya no se conservan ni siquiera vestigios?... El palacio de Inga-pirca en Cañar tenía indudablemente una fuente de agua, de la cual hasta ahora se observan las canales; y, acaso, no sería un despropósito sospechar que a esa fuente se conducía el agua desde la laguna de Culebrillas, pues en el país se conserva la tradición acerca de la existencia de un sótano o túnel, que iba desde Paredones a Inga-pirca, atravesando la cordillera, que separa un edificio de otro.
Pachacuti Yamqui, Relación de antigüedades de este reino del Pirú (Página 302).
Ulloa, Relación histórica del viaje a la América Meridional (Primera parte, Libro sexto, Capítulo undécimo). Dice este autor que la comunicación se creía que estaba entre la fortaleza de Pomallacta y el Inga-pirca de Cañar, cosa imposible. No obstante, refiere que al pie de la gran elipse del Inga-pirca, por el lado que está dentro, junto a la grada, se descubrió una puerta, por la cual se entraba al parecer a un subterráneo. La puerta estaba cegada con tierra: en la fortaleza de Pomallacta asegura que se encontraba también otro callejón, asimismo subterráneo. Subterráneos como éstos los había en el Cuzco; pero ahora sería de todo punto imposible descubrir la extensión, dirección y longitud de ellos, y el objeto que tenían.
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Las fuentes de este capítulo son los historiadores citados con frecuencia en los anteriores, principalmente los que, (como Santillana por el cargo importante que desempeñó recién fundada la Real Audiencia de Lima), merecen mayor crédito. Para hacer un término de comparación o si se quiere un estudio filosófico de las instituciones de los incas, citaremos aquí los autores siguientes:
Prescott, Historia de la conquista del Perú (Libro primero, en que describe la civilización de los incas).
Robertson, Historia de América (Libro séptimo).
Carli, Cartas americanas (Cartas XIII-XX, en la traducción francesa).
Wiener, Ensayo sobre las instituciones políticas, religiosas, económicas y sociales del imperio de los incas (En francés).
——, Noticia sobre el comunismo en el imperio de los incas (Tomo cuarto, número sexto de las Actas de la Sociedad Filológica. Junio de 1874, en francés).
Román, Repúblicas del mundo (Tercera parte. Repúblicas de las Indias occidentales). Salamanca, año de 1595.
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De las pruebas que cita Lorente parece que puede deducirse que a cada individuo se le adjudicaba una extensión de terreno que midiera 96 varas castellanas de largo y 48 de ancho, lo que constituía un tupo. Pero esta medida, acaso, no sería la misma para toda clase de terrenos. Los incas abonaban el terreno en la sierra con excrementos humanos reducidos a polvo; en la costa con huano o con cabezas de sardina. Lo medían por medio de una cuerda.
Lorente, Historia de la civilización peruana (Capítulo tercero).
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Oliva. El padre Anello de Oliva fue jesuita, italiano de nación y vivió largos años en el Perú. Escribió una serie de biografías de padres de la Compañía de Jesús célebres por su ciencia y virtudes, obra que venía a ser como una historia de la Compañía en el Perú, y a la cual sirve de introducción el trabajo sobre los incas. La principal fuente, o mejor dicho, la única de donde tomó sus noticias relativamente al origen de los incas fue la relación hecha por un antiguo cacique de Bolivia llamado Catari, muy diestro en la interpretación de los quipos y versado en las tradiciones antiguas. No obstante, conviene aceptar con reserva esta tradición, en la que se conoce claramente que hay mezcladas varias fábulas con un cierto fondo de verdad histórica, que la hace un tanto verosímil.
Mendiburu, en su Diccionario biográfico del Perú, dice que la obra del padre Anello de Oliva, se imprimió en Sevilla pero esta noticia nos parece inexacta, pues la obra de Oliva permanece todavía inédita y lo único que de ella se ha publicado es la introducción, que, traducida al francés, la dio a luz monsieur Ternaux-Compaus en París, el año de 1857, con el título de Historia del Perú.
La obra original del padre Oliva tenía el título de Vidas de varones ilustres de la Compañía de Jesús del Perú, y, según refiere el autor, las relaciones de Catari habían sido recogidas por don Bartolomé Cervantes, canónigo de Charcas. Catari vivía en Cochabamba y pretendía ser descendiente de Illa, el inventor de los quipos. Pero los quipos ¿fueron inventados en el Perú? Los encontramos entre los indios de la Nueva España y entre los del norte y aun hasta en la remota China.
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Éste es el lugar más oportuno para decir dos palabras siquiera acerca de una cuestión muy importante, pero de difícil y hasta imposible solución. Cuando los incas conquistaron el Reino de Quito, dominaban en estas provincias del centro de la República los caras; y algunos escritores aseguran que éstos hablaban la lengua quichua, y que, por eso, los incas se sorprendieron agradablemente, oyendo a los súbditos de los scyris hablar en su misma lengua. El padre Velasco dice terminantemente que la lengua de los primitivos Quitos era distinta de la de los caras; según esto, la lengua quichua habría sido la lengua materna de los caras, quienes, por lo mismo, deberían haber pertenecido a la misma raza, de donde procedían los incas.
Pero, aquí en estos pueblos de las provincias del centro, que son los que propiamente formaban el reino de los caras, se habla el quichua con muchas diferencias, respecto del idioma del Cuzco; tanto que este idioma no pueden entenderlo ni los mismos indios. El quichua de Quito es más bien un dialecto muy adulterado del idioma del Cuzco, de donde no pueden menos de nacer graves dudas respecto a la verdad de las tradiciones históricas que refieren que la lengua de los scyris y la de los incas era el mismo quichua. La pronunciación, sobre todo, varía notablemente: así, en la palabra cari, por ejemplo; si se pronuncia esta palabra tal como debe pronunciarse en quichua, con una fuerte aspiración, no la encontraremos en el dialecto quiteño: en éste se pronuncia como se escribe en castellano, y tiene el significado de varón, de vir; pero con esta pronunciación sencilla, esa palabra no se encuentra en el quichua puro del Cuzco. Por esto, decíamos en una nota anterior que no se encontraba en el quichua esta palabra, no porque no se hallara esa voz en el idioma de los incas, sino porque no tenía la misma e idéntica manera de pronunciarse. De propósito nos fijamos en esa palabra, por ser ella como el nombre gentilicio de los pueblos que componían el reino de los scyris, los caras. Diferencias tan marcadas en la pronunciación no debían pasar nunca desadvertidas.
Siempre es muy notable que esta palabra cari, ya pronunciada a la manera quiteña, ya pronunciada a la manera peruana, se halle en el idioma de los incas, y en el de los caras, y que tenga el mismo significado que semejante voz tiene en la lengua caribe. Por esto, nosotros nos hemos atrevido a conjeturar que el idioma quichua tiene no pocas voces de origen extranjero, recogidas y naturalizadas, dirémoslo así, dentro de él, mediante la pronunciación de las gentes del Cuzco. Estas palabras pertenecieron, sin duda, a otros idiomas antiguos, hablados por pueblos que precedieron a los incas en la América Meridional. Importante sería, por lo mismo, someter a un análisis filológico minucioso el idioma quichua, para distinguir los elementos extranjeros u heterogéneos que contiene, e inquirir luego cuál era, la procedencia genuina de ellos. Nosotros sospechamos que en el quichua no dejan de encontrarse elementos caribes. Del quichua pudiera decirse, a su modo, lo que de los monumentos de Tiahuanaco, que era ya muy antiguo, cuando lo llamaron suyo los incas.
¿Será evidente que los incas del Cuzco y los scyris de Quito hablaban la misma lengua quichua? Pero ¿de dónde nace entonces esa diversidad tan notable en la pronunciación de unas mismas voces?... Los incas dominaron en estas provincias por más de sesenta y, acaso, de ochenta años, mantuvieron en Quito un ejército numeroso de orejones cuzqueños y poblaron estos lugares de muchas colonias de mitimaes, cuya lengua era el quichua. Vino después la conquista y la colonización española, y los sacerdotes eligieron la lengua quichua, la del inca, para la enseñanza del cristianismo a los indios; y así ésta llegó a ser la lengua general entre ellos, hasta en los pueblos salvajes de las orillas del Napo, al otro lado de la cordillera oriental de los Andes.
Admitido como cierto el hecho de que los scyris hablaban la lengua quichua, acaso se podría encontrar en las tradiciones históricas de los incas, conservadas por Garcilaso, algún modo de explicarlo verosímilmente; pues este escritor refiere, que varias tribus de los quichuas emigraron del territorio en que vivían, perseguidas por los chancas, que, llegando por el norte, cayeron sobre los quichuas y los oprimieron terriblemente. Esas tribus quichuas que huyeron de los chancas, ¿vendrían, tal vez, a estas partes del Ecuador?...
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Fundado en mis estudios de Paleontología zoológica, había llegado yo a adquirir la convicción de que la tradición relativa a los gigantes, que habían habitado antiguamente en el territorio de Manta y de Santa Helena, era una fábula; sin embargo, a fin de asegurar mejor el acierto personal mío en un asunto de tanta importancia, acerca del cual debía en esta Historia General del Ecuador contradecir el testimonio de todos los antiguos escritores de América, creí muy del caso consultar mi opinión con el señor doctor don Teodoro Wolf, sabio geólogo alemán, que ha estudiado detenidamente las costas del Ecuador, y su dictamen estuvo en todo conforme con el mío. Pondré aquí la carta que recibí en febrero del año pasado, cuando disponía los manuscritos de este Tomo primero para darlos a la estampa.
La carta dice así:
Los fósiles de la punta de Santa Helena se encuentran, según José Jussieu que los examinó personalmente, en un yacimiento geológico de aluvión. Humboldt recogió fósiles de mastodonte en la provincia de Imbabura y los presentó a Cuvier en París: examinados estos fósiles por el insigne geólogo francés, fueron clasificados, como pertenecientes a una especie particular de mastodonte, que recibió el nombre de mastodonte de las cordilleras, Mastodon Andium, como puede verse en su gran obra titulada Investigaciones sobre las osamentas fósiles (Tomo segundo, en francés). D'Archiac enumera 70 géneros y más de 150 especies de mamíferos fósiles en la América Meridional. Geología y Paleontología (Segunda parte. Ciencia moderna). Introducción al estudio de la Paleontología estratigráfica. (Capítulo quinto. Ambas obras, en francés).
Curioso sería estudiar las opiniones de los antiguos escritores relativamente a los gigantes. En este punto nuestro historiador, el padre Velasco, se había quedado muy rezagado en el progreso de las ciencias naturales respecto de lo que en esas materias habían avanzado ya en la misma España los benedictinos Sarmiento y Feijoo, éste en su Teatro crítico, y aquel en su Demostración crítico-apologética del «Teatro crítico». Velasco se quedó a la altura crítica del franciscano Torrubia, quien en su Gigantología impugnaba (en 1754) al padre Feijoo, sosteniendo con el mayor aplomo la existencia de gigantes y aduciendo como prueba de ello, entre otras muchas, los huesos hallados en Santa Helena.
En nuestra América Meridional han existido indudablemente dos especies de mastodontes, el Mastodon Humboldtii y el Mastodon Andium. La primera de éstas tiene no poca semejanza con el Mastodon giganteum de Cuvier, que es propio de la América del Norte.
Pictet, Tratado de Paleontología o Historia de los animales fósiles (En francés).