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Expedientillo para la fundación del colegio de Ibarra. (Archivo de la antigua Real Audiencia, hoy perteneciente a la Corte Suprema. Jesuitas, Número 39). La cédula real se expidió en Madrid, el 19 de agosto de 1684.

Hubo informes favorables del obispo Montenegro y del presidente Munive.

 

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Expedientes sobre la fundación del colegio de Guayaquil. (Archivo de la Corte Suprema. Jesuitas, Números 27 y 37). La cédula real es del 9 de septiembre de 1701, en Madrid. Para la fundación de este colegio obsequió el doctor don Juan Bautista Herrera una hacienda, tasada en 44.275 pesos; Herrera era cura vicario de Guayaquil. Además de esto, para el mismo colegio habían dado varias personas algunos auxilios, todo lo cual montaba a la suma de 29.294 pesos. El colegio de San Javier de Guayaquil se fundó, pues, con 73.569 pesos en fondos saneados. Citaremos también; entre las obras de que nos hemos servido para lo relativo a los jesuitas, a

JUVENCY, Historia de la Compañía de Jesús. Quinta parte. En latín.

CORDARA, Historia de la Compañía de Jesús. Sexta parte. En latín.

Las Cartas annuas. Años de 1589, 1590, 1591, 1594, 1595, 1596, 1603, 1604, 1605, 1606, 1607, 1608 y 1609. En un catálogo de todas las provincias de la Compañía, correspondiente al año de 1710, se cuentan 199 individuos en las casas que formaban la de Quito propiamente tal, en la que en 1710 había las casas siguientes:

En la ciudad de Quito: el colegio de San Ignacio y el seminario de San Luis.

En Ibarra, Riobamba, Guayaquil y Cuenca, un colegio.

En Latacunga, el Noviciado.

En las montañas de los Colorados al occidente; entre los jíbaros, en el Marañón y en Mainas, casas de misioneros. Pertenecían también a Quito los colegios de Panamá y Popayán. (Este catálogo se encuentra en uno de los apéndices a la Historia del padre Juvency, citada arriba; edición de Roma, año de 1710).

 

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La fundación del convento de frailes carmelitas descalzos se permitió con ciertas y determinadas condiciones, que les impuso el Consejo y aprobó el Rey para darles la licencia. Una fue que la fundación había de hacerse precisamente con doce conventuales, y no con menos, y que este número no se había de aumentar sino mediante licencia del virrey de Lima y del obispo de Quito. Se les obligó también a pagar diezmo, como a los seglares. Cedulario de la Real Audiencia; vol. 4.º. 10 de junio de 1681-13 de mayo de 1699. La cédula de la licencia es de Madrid, 30 de diciembre de 1687. (Archivo de la Corte Suprema). Los frailes estuvieron hospedados en Quito, mientras preparaban el convento en Latacunga.

 

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COMPTE, Varones ilustres de la Orden Seráfica en el Ecuador. (Edición de 1885. Tomo primero). Los franciscanos distinguían sus fundaciones en conventos de la Observancia y en Recolecciones; los primeros podían tener censos y capellanías; y las Recolecciones debían sostenerse de limosna y vivir con mayor recogimiento y clausura. En Ibarra y en Chimbo había recoletas, pero estaban abandonadas; con la fundación de la de Ambato desapareció la de Chimbo, aunque la que se fundó en Ambato no fue recoleta más que en el nombre.

 

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Los fundadores del convento de monjas de la Concepción de Ibarra fueron dos hermanos: don Antonio y don Manuel de la Chica y Cevallos, quienes, como no tenían hijos ni herederos forzosos, dieron para la fundación 60 mil pesos. Quisieron disponer de doce becas para que, a elección de ellos y de sus sucesores, se dieran a otras tantas jóvenes que carecieran de dote; pero no se les concedieron más que ocho a ellos, y cuatro a sus sucesores. 25 de enero de 1666. Consultas del Consejo y Cámara para el distrito de la Audiencia de Quito. 1660-1679. (Archivo de Indias en Sevilla).

Autos sobre el nombramiento de fundadora del monasterio de la Concepción de Ibarra. 1671. (Archivo de la Notaría eclesiástica en la Curia metropolitana).

 

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Este capítulo se celebró el 20 de septiembre de 1668; los electores fueron cuarenta y uno; salió elegido en provincial el padre fray Francisco de Rojas.

 

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Experimentamos que los más que allá pasan (a la América y especialmente a Quito), SON LOS DESCONTENTOS Ó LOS QUE TEMEN CASTIGO Ó LOS QUE NO MERECEN ACÁ SER OCUPADOS EN NADA, y ¡ojalá no hubiera tantas experiencias! Palabras textuales del padre fray Juan Martínez de Prado, dominicano, provincial de la provincia de Castilla, en un informe presentado al Consejo de Indias sobre los frailes que venían a Quito; San Pablo de Valladolid, 25 de agosto de 1666.

El padre fray Martín Cobos regresaba de España en 1670, trayendo frailes españoles para conservar en Quito el estatuto de la alternativa; los frailes eran catorce: doce de coro y dos legos. De estos frailes dijo el mismo padre Martínez de Prado lo siguiente: Religiosos doctos y virtuosos y de prendas para el gobierno y ministerios, es muy difícil encontrarlos para mandarlos allá; pues los pocos que tenemos nos hacen falta aquí mismo en España. (Documentos respectivos a la misión de religiosos dominicanos, que pasaron a la provincia de Quito al cargo de fray Martín Cobos. 1672. Archivo de Indias en Sevilla. Audiencia de Quito. Simancas. Eclesiástico). Esto confesaba el padre Prado en 1670, cuando los frailes en España se contaban por millares; para quien ame de veras la justicia y no esté ciego, la declaración del padre Prado no necesita comentario.

 

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Más bien para que se conozca el estado de nuestra agricultura que la riqueza de los jesuitas a mediados del siglo decimoséptimo, pondremos aquí una especie de cuadro de las entradas de sólo el colegio de Quito, en 1659.

Haciendas:

Tanlagua.- 1.004 chivatos, 1.069 cabras, 64 bueyes de arada, 111 novillos, 153 mulas mansas, 64 mulas chúcaras, 100 vacas madres. Mil fanegas de maíz en la troje.

Cayambe.- 375 novillos cebados, 336 señalados, 18.818 ovejas, 568 fanegas de trigo.

Tigua.- Cuarenta manadas de ovejas, en las cuales había 22.454 cabezas.

Píntac.- 543 cabezas de ganado vacuno, 2.886 fanegas de trigo, 1.186 fanegas de cebada.

Pedregal.- 5.085 cabezas de ganado menor, 4.683 de ganado mayor.

Chillo.- 185 bueyes de arada, 890 fanegas de trigo, 500 de cebada. En las tenerías, 300 cueros de novillo para suelas y baquetas.

Pimampiro.- Esta hacienda estaba dividida en dos departamentos: en Cunchi había 6.155 cabras, 3.732 ovejas, 180 yeguas, 60 caballos, 48 mulas, 221 arrobas de lanas. En el Carmen: 96 burros, 309 yeguas, 77 muletos, 2.738 cabras. En ninguna de estas haciendas hemos enumerado todo cuanto habría que enumerar, pues hemos querido presentar sólo una muestra.

En Pimampiro tenían una viña, de la cual en 1659 cosecharon 46 botijas de vino; había 122 negros esclavos para el servicio de la hacienda: 31 varones, 32 mujeres y 59 muchachos.

Todos los años se traían al colegio de Quito de la hacienda de Chillo, 2.160 mulas de leña, 480 de carbón y 288 de coles. Libro de cuentas del colegio de Quito: contiene una razón circunstanciada de todos los bienes, censos y rentas que poseía el colegio, y además la lista de sus deudas. (Archivo de la Corte Suprema). Solamente de la tenería de Chillo sacaban como doscientos pesos mensuales; la calera de Tanlagua les daba 2.000 fanegas de cal por año; los cañaverales de Pimampiro eran tan extensos que el trapiche molía sin cesar todos los días del año. No había, pues, en toda la colonia quién pudiera competir ni igualarse con los jesuitas en riqueza; tanto más cuanto esa enorme riqueza estaba libre y exenta de toda clase de contribuciones, porque los padres eran canónicamente mendicantes.

 

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Respecto de este curiosísimo punto de las tiendas, presentaremos dos documentos: la cédula del Rey y la contestación del visitador de los jesuitas. «He sido informado que las religiones de esa tierra han introducido tener en ella tiendas y pulperías, especialmente la de la Compañía de Jesús, que tiene en esa ciudad una ó dos pulperías, y es el vendedor ó pulpero, que da recado, uno de sus religiosos; y demás de eso, atraviesan las reses que van á esa provincia, y, como dueños de ellas, las pesan en las carnicerías, no sólo del ganado de su cosecha, sino que compran para este efecto, de que resulta mucho daño y perjuicio á la república; y porque he extrañado que, siendo esto cierto como se me ha propuesto, se haya permitido, me ha parecido ordenaros y mandaros, como lo hago, proveáis luego para remedio de ello, y para que se atajen tan malas consecuencias é introducción, lo que más convenga y fuere enderezado al buen gobierno, utilidad y beneficio de la causa pública, de manera que cesen los inconvenientes que de ello pueden resultar, etc.». Madrid, a 20 de mayo de 1635 años. Yo el Rey.

El padre Rodrigo de Figueroa, español, vino a Quito como visitador de los jesuitas, enviado por el General, con permiso del Rey; y, el 12 de abril de 1636, escribía desde Quito a Felipe cuarto, entre otras cosas, lo siguiente: «Estando visitando este colegio de Quito, llegaron unas cédulas de Vuestra Majestad acerca de las tierras y ganados y otras haciendas decimales, que en este distrito tienen las religiones de él, y de un trato de pulpería y compra de novillos para revenderlos, que se les imputa en particular á este colegio de la Compañía. En todo esto certifico á Vuestra Majestad que ha sido muy falsamente informado, como consta de la relación, y constará de las informaciones y testimonios que llevan los dos religiosos graves de San Agustín y de la Compañía, que, en nombre y con poder de los demás, van á informar á Vuestra Majestad, y suplicar que se nos guarde justicia y nuestro derecho eclesiástico».

«Ninguna religión tiene pulpería, como informaron á Vuestra Majestad siniestramente; y este colegio (que es solo en este obispado de Quito), solamente vende algunos frutos de su cosecha y ganados que le sobran, y esto por mayor, en un almacén de su casa, donde se recogen. Algún tiempo ha sido por mano de un religioso lego, como se usa en muchos conventos de las religiones más observantes de España. Pero yo aquí he dado orden, que se haga, como ya se hace, por mano de un indio virtuoso que no es religioso, sino donado de este colegio...».

¡Triste y arduo ministerio es el de historiador! Los agustinos fueron quienes denunciaron ante el Consejo de Indias, en 1631, que los jesuitas tenían pulpería en Quito; en 1636 viajaban juntos, unos y otros, a defenderse en España, donde ya el Consejo estaba advertido de cómo se hacían las informaciones de las comunidades en Quito.

Las pulperías eran tiendas públicas, en las cuales se vendía lo que hoy se compra en las tabernas, en las que ahora llamamos pulperías, y en las tiendas de abarrote. Cedulario de la antigua Real Audiencia. Vol. 2.º de 1601-1660. Archivo de la Corte Suprema. Cartas de eclesiásticos del distrito de la Audiencia de Quito. Legajo 5.º. Archivo de Indias en Sevilla. Las tiendas de los jesuitas no podían calificarse en rigor como pulperías en 1636.

 

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El obispo Oviedo, tan prudente y tan docto, escribiendo al mismo Felipe cuarto, le pedía que pusiera coto a la desmesurada acumulación de bienes raíces en los conventos. Si no se pone orden en esto, decía, se alzarán con toda la tierra, y se verán los vecinos en el caso de despoblarla. Quito, 10 de junio de 1632. (Documentos inéditos en el Archivo de Indias en Sevilla).

Oigamos cómo discurría después el señor Montenegro: «Ibarra cuenta poco más ó menos sesenta años de existencia, no tiene setenta vecinos, y hay cuatro conventos. Latacunga no es ni villa siquiera, no es más que asiento, y tiene cuatro conventos, cuando uno solo bastaría. Riobamba es villa, tiene noventa vecinos, y hay cuatro conventos de frailes y uno de monjas y dos curas [...]. No se ve conveniencia en la fundación; antes inconvenientes, porque la fundación perjudica al aumento y adelantamiento de las ciudades; pues, como éstas no pueden prosperar sin vecinos, y éstos sin medios de riqueza, adueñándose los jesuítas en poco tiempo de las mejores fincas, en pueblos que debían vivir del cultivo de ellas, los vecinos se quedan con lo peor y no tienen cómo mejorarlo, y así dejan los lugares y se ausentan, con lo cual los pueblos van á menos [...]. En todas partes los jesuítas se hallan tan afortunados, que todas las haciendas se les van á las manos: acaudalan grandísimas haciendas, en que tienen suma inteligencia y grande industria». Quito, 30 de julio de 1656. Carta del Obispo al rey Felipe cuarto.

En 1630, ya el doctor Morga había representado al Consejo en el mismo sentido. «Los padres jesuitas son buenos -decía el Presidente-, pero muy costosos». El príncipe de Squilache, virrey del Perú, se oponía también a las fundaciones de los jesuitas, alegando su mucho enriquecimiento.

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