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Auto de fe celebrado en Lima el 23 de enero de 1639, etc. Por el licenciado don Fernando de Montesinos. Era éste un clérigo, natural de Osuna, autor de varios libros, uno de los cuales, Las Memorias antiguas del Perú, se ha publicado hace poco en Madrid, y otro existe manuscrito en la biblioteca de la Universidad de Sevilla, donde lo hemos consultado. En un Memorial impreso de sus servicios existente en el Museo Británico, refiere que el Tribunal «le cometió el hacer la relación del auto grande que celebró el año 1639, fiando de su talento cosa tan grave, en oposición de muchos que pretendían este honor. Y habiéndola ajustado al hecho, y comunicado con vuestro Virrey, Conde de Chinchón, por lo que tocaba a la jurisdicción real y autoridad de vuestros ministros, con su licencia y las demás, la imprimió a su costa, que es grande en aquel reino, y como ejemplar tan bien trabajado, se imprimió por mandado del Ilustrísimo Inquisidor General, sin mudarse letra, como consta de ambas impresiones, y de otras que se han hecho en Sevilla y otras partes». En México se reimprimió, en efecto, ese mismo año, y en el siguiente en Madrid.

Un amigo del autor, «engrandecido el asunto», le dirigió, con ocasión de la relación del auto, la siguiente décima:


Fernando, con pluma tanta
te remontarás al cielo
cuando alas te da a tu vuelo
la fe católica y santa;
pues al pendón que hoy levanta
la apostólica milicia,
triunfando de la malicia,
presida en sagrada pompa
en tu relación la trompa
de su divina justicia.

Tanta fue la importancia atribuida por los contemporáneos a la fiesta, que hasta el padre José de Zisneros hizo imprimir ese mismo año el Discurso que en el insigne Auto de Fe, celebrado en esta Real ciudad de Lima a 23 de enero de 1639, predicó, etc.

Ya hemos dicho que los que morían negativos eran quemados vivos, y así lo dice expresamente respecto de Maldonado de Silva la relación de su causa.

En el Consejo produjo cierta alarma un auto de tamaña magnitud, especialmente cuando mediaba el antecedente de las confesiones y testimonios arrancados a los reos en la tortura, y sin duda por eso pidió a los Inquisidores, por carta de 27 de febrero de 1640, que cada uno por separado «dijese en conciencia, sus sentimientos, en razón de las sentencias de relajados». En consecuencia, Gaitán contestaba en 8 de junio del año siguiente, que esas sentencias «fueron justificadas», refiriéndose con particularidad a las causas de Pérez y de Duarte. Y Castro y del Castillo en igual fecha, exponía lo siguiente: «En todas las causas de la complicidad fui juez y en ellas di mi voto según la presente justicia, que entonces tenía vista y estudiada, precediendo el decir misa todos los días, y encomendar muy de veras a Dios y con mucha humildad el acierto en los negocios que traía entre manos; y ansí el parecer que entonces tuve en las sentencias de los reos, ese tengo el día de hoy, y perseverante por nuevos accidentes, uno de ellos es la conversión de Rodrigo Váez Pereira, relajado en el patíbulo, que movió sumamente a todos los presentes. Púsela al fin de la relación de su causa, que fue el año pasado, y en esta va testimonio de los dichos de los que se hallaron presentes. Segundo motivo, que por él consta que no solo fue complicidad de judaísmo, sino hostilidad y maquinación de crimen lesae es que teniendo el Virrey, Conde de Chinchón, mucha cantidad de pólvora, y antes de las prisiones de complicidad y en el convento de nuestra señora de Guadalupe, de frailes franciscos, que está fuera de esta ciudad, se halló una mañana comenzado hacer un agujero en la pared de la calle del almacén de la pólvora, fuerte y gruesa, y a poca distancia un tizón apagado, causó alboroto, curose averiguar y no se pudo. Pasados algunos meses, se fueron haciendo las prisiones, y entre ellas la de doña Isabel Antonia, reconciliada, hija del capitán Antonio Morón (cuya causa va en estos pliegos) portugués, él y su mujer, y una hermana y cuñado; diósele por compañera de cárcel a una mujer llamada doña Beatriz de la Bandera, que cuando entró en compañía de doña Isabel era acabada de llegar del Cuzco, ciento cincuenta leguas de aquí, sin haber pisado más calles de Lima que las que le trajeron del camino de esta Inquisición, sin hablar con nadie; con ésta, pues, pasado algún tiempo, que les dio a las dos familias amistad, quejándose doña Isabel de sus trabajos, comunicó que el agujero que se había comenzado a hacer en el almacén de la pólvora de Guadalupe, había sido por orden de sus deudos, y para volar la ciudad, y que se comunicaban con los holandeses y que los aguardaban, y, otras cosas que constan de la declaración de doña Beatriz, la cual nunca tuvo noticia del agujero del almacén de la pólvora, ni del tizón, ni de otras particularidades que refiere».

 

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Carta de 15 de mayo de 1638. Puede tenerse una idea aproximada de lo que debieron importar las confiscaciones, pues no encontramos datos precisos sobre este particular en los documentos que hemos tenido a la vista, con sólo señalar el dato que apuntan los Inquisidores en la carta que citamos, de que a cinco de los presos, Pedro de Soria, Andrés Muñoz, Francisco Sotelo, Antonio de los Santos y Jorge Dávila se les devolvieron más de ciento setenta y cuatro mil pesos. Alguien denunció más tarde al Virrey que los bienes confiscados en esta ocasión pasaban de un millón. Véase el capítulo final de esta obra.

 

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Memoria de la plata que se ha cobrado, etc., firmada por Juan de Montealegre. No se incluye en el total de la suma referida, lo que habían cobrado los receptores por casas, censos y bienes confiscados, pues así se expresa en la citada memoria. Las donaciones habían sido, en rigor, más cuantiosas, pero por aparecer mezcladas en una partida con lo procedido del juego, no podemos precisarlas más. Para que se comprenda lo referente a esta última fuente de entradas del Tribunal, conviene saber que de ordinario acontecía que a veces algunos hacían voto por escritura pública de no jugar más, imponiéndose, en caso de quebrantarlo, alguna pena cualquiera en dinero, que en vista de lo que sabemos, se aplicaba sin duda a beneficio de la Inquisición. En el Archivo general de nuestros Tribunales de justicia es frecuente encontrar documentos de esta especie.

 

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Carta de Mañozca de 24 de mayo de 1637.

 

55

Id. de Gaitán de 20 de junio de 1642.

 

56

Carta de 15 de mayo de 1631.

 

57

Id. de 15 de mayo de 1637.

 

58

Carta a la Inquisición de 30 de noviembre de 1634.

 

59

Carta de 20 de enero de 1638.

 

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Id. de Gaitán y Castro de 26 de mayo de 1638. Alcedo refiere, a propósito de este obispo, que se dedicó con el mayor esmero a la conversión de los indios infieles y que gobernó con grande aplauso y acierto su iglesia durante treinta años, hasta el de 1662, en que falleció.