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ArribaAbajo- XVIII -

Camino de la organización


Es indudable que los primeros años de la normalidad, consecuencia directa del equilibrio y la seguridad en el gobierno del país, fueron de mucho trabajo para los Gobernadores y los Cabildos. El período de la convulsión dejó un buen saldo de experiencias, no del todo aprovechadas -es cierto-, pero que contribuyeron en mucho al enfoque somático de la realidad, que algunos hombres, mirando más al interés de la ciudad y del vecindario, que el suyo, estimaron en sus justas proyecciones e influyeron cuantitativa y cualitativamente.

Las reyertas y los enojos que brotaron con los primeros cambios políticos en el gobierno, no dejaron abismos o distancias entre los hombres, y las violencias de minúsculas montoneras, desaparecieron prontamente. La intuición, más que el buen sentido predominaba en los albores y guiaba a la gente hacia lo perdurable. El arraigo, en medio de la pobreza, presionaba el cuerpo y el espíritu y lo ataba a la tierra, a la misma tierra que ya le había dado muestras desde la aldea, de su poder inagotable.

Si bien los comienzos de la organización no estuvieron exentos de obstáculos, el Cabildo reciente, más previsor y orientado hacia lo fundamental, pidió el nombramiento de un Asesor Letrado para que conociera en las causas civiles y criminales, pues, los miembros que lo componían no tenían la suficiente preparación. A esta medida en materia de justicia, siguió el nombramiento de la Junta de Vacuna, que integraba el Cura, el Gobernador y un Cabildante, y para el cargo de Vacunador, se designó al físico, Manuel Valverde, a quien ayudaba Blas Requena. Los informes de esta junta sobre el desaseo de las calles y sitios de la población, sobre todo de los sitios, en los que se aprovechaban los hoyos para basurales, determinó la prohibición de la corta de adobes, ladrillos y tejas y mantener hornos a este objeto.

La mayor preocupación fue la de regularizar las fuentes de recursos, para un plan de trabajos urbanos, en el que se incluía de preferencia la pavimentación de las veredas en las calles principales, pero que en realidad no se hizo sino en la calle desde la Plaza al sur. En primer lugar, se fijaron los derechos de peaje del puente Cachapoal y de los puentes de Cauquenes, Paine y de Cortés; el remate del ramo de nieves y de los puestos en la Plaza de Abastos, remate de los derechos de ruedas de gallos y carreras de caballos; remate de los derechos de las canchas de bolas, que, como la de Manuel Armijo, alcanzó mucha nombradía por entonces, y, el ramo de patentes de los negocios instalados y de los que se instalaran más tarde. El gobernador, Ramón de la Cuadra, que seguía con todo interés los trabajos del Cabildo, provocó el acuerdo para que el Síndico, abriera el libro de recaudación, fijándosele en pago el cuatro por ciento sobre los valores que recaudara.

La organización en las rentas del Cabildo hizo posible la realización de las obras más urgentes de la ciudad, y la instalación de otros servicios, como las postas de correos en todo el regimiento, y el patrullaje de la población los días sábado, domingo y lunes, con cuatro soldados, a los que se les pagaba un real diario. Al mismo tiempo se ordenó el sueldo de los empleados. Al Secretario que atendía la correspondencia del Cabildo, por ejempló, se le fijó un sueldo de veintiocho pesos y tres pesos, para papel y tinta.

El volumen de las actividades en la administración y el acierto cabildante en su dirección, dieron prestigio a la autoridad y tanta, que el Gobierno hasta aumentó su aporte de libranzas y dio sueldo al Gobernador, que hasta entonces no tenía. Es bien posible que esta actividad determinara algunas obras benefactoras, como la de José María de la Carrera, con un legado para la construcción del Hospital. Este legado provenía de la hacienda Valdebenito, cuya mitad se destinaba a esa obra, y la otra, a la aplicación de misas por el descanso del alma.

En el orden militar, se publicó un bando para formar el Escuadrón N.º 10, del que fue jefe, Eugenio Hidalgo, pero debido a acontecimientos posteriores, no alcanzó mucha vida.

A comienzos de 1831, la ciudad había ya deslindado la época de los trastornos y del abandono. La actividad del Cabildo, secundada por el vecindario, se expresaba en el sector central con obras urbanas importantes, y dieron ánimos para continuar el mejoramiento en las calles que seguían hasta las Cañadillas. En los trabajos de reparaciones y aseo, participaron los recluidos en la Cárcel, a los que vigilaba el celador, Lorenzo Meneses, que tenía por única remuneración dos pesos mensuales, que no siempre le fueron cancelados a tiempo.

En ese mismo año, el Gobierno conocía el presupuesto del Cabildo, que fuera enviado en julio de 1829 y que significó la regularidad en las entradas y los gastos, a la vez que la organización comunal, que se mantiene hasta nuestros días. Este presupuesto, consultaba más bien los gastos que debían ser pagados por el Gobierno, para lo que se incluía su aporte. Entre ellos, figuraba el sueldo del Preceptor de la Escuela que funcionaba en el Convento de San Francisco, el de un Teniente de Policía, dos soldados y el del Alcaide de la Cárcel. Las entradas presupuestarias de los ramos de propios, se invertían de acuerdo con un reglamento, que en detalle no se conoce, y del que fue autor, Francisco Ángel Ramírez.

Las entradas de propios se incrementaron más tarde, con recursos bien originales. Los miembros del Cabildo que no asistían a las reuniones pagaban una multa de dos reales, y los que se presentaban con manta, sin corbata o con ropa que no estuviera de acuerdo con la decencia, la multa era en extremo severa, sobre todo, cuando al rigor del acuerdo que existía se agregaba un tanto la enemistad o la simple rencilla.




ArribaAbajo- XIX -

Las cañadillas


En el Acta de marzo de 1831, se dejó constancia de la tasación del sitio de Las Hornillas, el que fue hijuelado para venderlo y destinar el producto a levantar una Alameda en la cañada norte. Los terrenos de la cañada eran muy pantanosos y su configuración correspondía a un gran solar, donde se cometían desórdenes y crímenes, que tenían alarmada a la población.

En otra parte de estos apuntes, digo, que las medidas urbanas del Cabildo, correspondientes al período de la organización, sólo comprendieron la parte central de la ciudad, o sea, las calles que atraviesan en cruz la plata y las adyacentes. En ese tiempo, la población exigía un sitio de recreo, que a la vez sirviera para la celebración de las fiestas patrias, como se hacía en Santiago.

La cañada norte comenzó a dibujarse lentamente, y los trabajos encomendados a Domingo Falcón, se terminaron en parte a mediados de 1834.

No pocas dificultades tuvo que vencer el Cabildo, para levantar la Alameda. Los dueños de los sitios lindantes que ocupaban los terrenos abiertos en la crianza de cerdos, la mantención de pesebreras y puestos de licores, disputaron la propiedad y exigieron la indemnización que excedía a todo cálculo prudencial. El Cabildo, con una energía poco usada, se limitó a pagar el valor que realmente afectaba al dominio de los propietarios.

Pero los trabajos de la Alameda no siguieron un curso tranquilo. No era suficiente la buena voluntad, y los fondos de la venta de las hijuelas, a los que se añadieron los fondos de los propios. Una parte de los vecinos lo impidió frecuentemente con peticiones que eran una crítica lisa y llana al Cabildo. En ellas alegaban «que antes que preocuparse de la Alameda, que favorecía a los dueños de los fundos cercanos, la autoridad debía atender a la conservación de las demás calles abandonadas». Esta crítica, que tenía sus fundamentos, no justificaba de todos modos el entorpecimiento constante a la obra que se había comenzado. Si bien es cierto que las calles diseñadas por Manso de Velasco, con escasos ranchos en sus orillas y una que otra casa, apenas si eran transitables, no urgían en ese instante un arreglo igual a las del centro. Por otra parte, los fondos del Cabildo invertidos en su casi totalidad sólo daba paso a la iniciativa de facilitar el comercio de los productos agrícolas de las haciendas, para tonificarlos, y terminar con los huertos, chacras y ranchos de la ciudad.

Mientras tanto, las cañadillas sur, oriente y poniente, eran simples caminos vecinales, orillados por plantíos y dos o tres ranchos en medio de una gran desolación. Por allí transitaban las carretas y las manadas de animales, que en el invierno a duras penas lograban cruzar los barrizales, y en el verano, el desborde de las acequias formaba charcos, en los que retozaban placenteramente los cerdos y las aves. En esas cañadillas, más de una vez, la osadía de los bandoleros turbó la tranquilidad del vecindario, con asaltos sangrientos, en las últimas horas de la tarde; otras veces, fue la reyerta entre vecinos durante los festejos del santo, la que daba un saldo inquietante de heridos y hasta de muertos. La gente, en verdad, no metía la nariz en las cañadillas después de la puesta del sol, y durante muchos años, las que ahora son avenidas, tuvieron triste nombradía.

En 1835, la Cañada Grande o Alameda, fue el escenario de la primera fiesta. Ese año se remataron los derechos de pisos, que dieron una buena suma en los ingresos del Cabildo. Desde la Acequia Grande hasta la calle principal (calle Estado), las ramadas o posadas lucieron sus papeles de colores, sus arpas y sus guitarras. Las carretas, vestidas de gala, se instalaron en las dos avenidas y abrieron los barriles, en los que asomó el vino y la chicha, que se mateaba alegremente y sin descanso. Bajos los sauces, en grandes canastos, se ofrecían empanadas y el causeo incitante, y algunas familias trajeron su merienda, que nunca se mezquinó al amigo ni al extraño.

Los cinco días que duró la fiesta, la alegría corrió en los bailes por las ramadas, los juegos artificiales, el palo ensebado y las carreras de caballos.

Hay en esta demostración de regocijo, una cualidad que hasta ahora no ha sido desmentida por el pueblo. No rehecha aún la casa ni la familia y en pleno trabajo el resurgimiento, los tiempos duros los había olvidado, o más bien dicho, triunfaba gallardamente sobre las dificultades y la más penosa de las suertes. Esta entereza, sin deliberado propósito de ser y trascender, es en gran parte la fuerza a la que deben las ciudades su existencia en esas dos épocas de formación: de la reconquista, y de la naciente emancipación. Casi siempre se ha interpretado esta cualidad como condición del fatalismo, que el mestizo heredó del indígena, en cierto modo transformada en la nueva sangre; mas, esa interpretación, por la que se ha explicado la lentitud del proceso material y espiritual de los pueblos indo-americanos, no se ajusta en su totalidad a un determinismo panteísta, sino que insurgió del proceso de fusión de dos grupos humanos, en el que se entrelazan lar raíces activas y sedentarias, para dar paso a una expresión de carácter, que el nuevo producto luce hasta nuestros días.




ArribaAbajo- XX -

La ciudad camina hacia la ciudad


La seguridad en la administración, trajo consigo además del regular funcionamiento de los servicios públicos su ampliación y la creación de los que faltaban. El aseo de las calles, por ejemplo, contó con un carretón chico que produjo mucha novedad y hasta dio motivo para un aplauso. El sitio principal, o sea, la Plaza, fue rodeada por una reja, para impedir el tránsito de animales que en ocasiones se detenían, atraídos por el pasto que la cubría a trechos. Frente al Cabildo, la vereda fue embaldosada, y en la orilla se plantaron algunos árboles que luego se extendieron a todo el contorno del paseo.

Mariano Zúñiga, contribuyó en mucho, a los trabajos de hermoseamiento y al adelanto urbano, como asimismo, al arreglo de los caminos cuyo cuidado se le confió hasta una legua de distancia de la ciudad. Junto con Diego Valenzuela, que desempeñaba el cargo de Vigilante de la Recoba, emprendió una labor tesonera que dio como resultado la extinción de los pantanos y la reposición de los puentes en las acequias de las calles.

A esta obra de adelanto, el Gobierno respondió con el aumento de su aporte económico, que se destinó al pago regular de los sueldos del personal, con lo que se produjo el alivio tantas veces esperado en las arcas del Cabildo, y el destino de algunas sumas a las obras que esperaban su turno.

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Desde 1835 hasta 1838, el régimen carcelario no tenía organización alguna. Los recluídos vivían miserablemente y apenas si se les daba una ración de comida diaria. El reglamento que se aprobó -y del que apenas si quedan algunas referencias-, ordenó en parte el servicio, el régimen de vida y de alimentación de los penados, e incluso, facilitó el aprovechamiento humano en tantas y buenas obras de adelanto que se realizaron después. Sin embargo, el procedimiento judicial en las causas que seguía la escribanía demoraba su sustanciación, y los procesados prefirieron no pocas veces ganar la libertad a permanecer indefinidamente a la espera de la sanción. Sólo en 1843, se creó la plaza de escribiente del Juzgado de Primera Instancia, que ocupó Tiburcio Peña y Lillo, con cuatro pesos de sueldo, al mes; aunque el funcionamiento regular del juzgado tardó algún tiempo, porque no había una persona que desempeñara el cargo de juez.

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En 1823, en que se estableció el Colegio de las señoras Arenas, para la clase noble e indigente, la educación era función exclusiva del clero. El establecimiento reciente, enseñó las primeras letras, con la venia de los conventos y de la parroquia, pero no logró una población escolar suficiente y su existencia fue un tanto lánguida.

Los colegios del clero, en cambio, gozaban del apoyo de casi todos los vecinos y de la subvención del Cabildo, y, por otra parte, no estaban sometidos a inspección, pese a las funciones que se le habían encomendado a Domingo Falcón.

Dos años más tarde, en una sesión que causó revuelo, el Cabildo creó la Escuela Municipal y se nombró a Pedro Larenas para dirigirla. Esta escuela funcionó irregularmente, porque las influencias del clero se encargaron de restarle importancia e impedir la asistencia de los escolares, sobre todo los de la artesanía y de la gente de escasos recursos. Luego, faltó el apoyo de los cabildantes para mantenerla. Por ese tiempo, los vecinos mismos no veían con buenos ojos la instrucción laica. Se había dado el caso de hijos de la clase baja a los que no se podía aprovechar en los trabajos de jornalaría y, por otra parte, la enseñanza los vendría a colocar en el mismo plano que la gente noble.

Pedro José Cordero, sucesor de Larenas en la dirección de la Escuela Municipal, no sintió desmayos ante el ambiente, y sus esfuerzos, sin medio posible de beligerancia, influyeron en la conservación más o menos mediana del plantel, que pudo ser sin duda alguna, el comienzo de una obra educacional tan urgente, para una población que en más de un setenta y cinco por ciento no recibía instrucción alguna.

Pero en 1840, los vientos liberales que llegaban desde Santiago, movió a un grupo de vecinos a considerar en todas sus proporciones el problema educacional. En el Cabildo, que integraban Ramón Cuadra, Pedro Melo, Mariano Zúñiga, Miguel Cuadra, Diego Valenzuela, Bernardo Pío Cuadra y Francisco Baeza, se estudió la creación de un Colegio de Hombres. Los debates, desde luego, suscitaron la defensa del privilegio que mantenía el clero, pero el ambiente caldeado de Santiago y el apoyo que halló en algunos cabildantes, decidieron la fundación del Colegio de Instrucción Superior, en 1846. Este establecimiento desde sus comienzos funcionó con el apoyo del Gobierno y del Cabildo, y recibió a los estudiantes que terminaban el curso elemental en los colegios de los conventos, de la parroquia y de la Escuela Municipal. Esta última, fue ampliada, y durante la dirección de José Toribio Sotomayor y del Visitador, Bernardo Cuadra, tuvo verdadera importancia.

El interés que despertó el Colegio de Instrucción Superior, favoreció a la vez a las escuelas, y tanto la de las señoras Arenas como las otras, hubieron de sortear las admisiones. En un documento de la época, hay constancia de haberse elegido a las señoritas: Concepción Pinto, Catalina Carvallo, Domitila Riveros, Rosario Salvatierra, Margarita Molina, Antonia Carvallo, Mercedes Valenzuela y Delfina Almarza. En el Colegio Superior, se sortearon diez entre veintitrés escolares, resultando elegidos: Miguel Valenzuela, Luis Meneses, Carlos Franzino, Leandro Ramírez, Pedro Prado, Bernardo Ortiz, Vicente López, Vicente Valenzuela, Policarpo Cuadra y Manuel Cuadra Soto.

El funcionamiento del Colegio de Instrucción Superior y de las escuelas, no fue siempre regular. Las preferencias de la gente de recursos estuvieron siempre de parte de la enseñanza parroquial, y los directores como Gregorio Orrego y más tarde Romualdo Lillo, habían de enfrentarse a las influencias y al ambiente estrecho, a lo que se añadía la falta de una planta de profesores debidamente preparados, que sirvió de blanco para los ataques.

Los primeros veinte años, la educación que allí se dio fue intervenida constantemente y hasta se nombró una comisión, en 1853, para visitarlo.

Cinco años más tarde, se pidió la creación de la Escuela Anexa, para resolver la falta de escuelas elementales, y como un medio directo en el control de los jóvenes, que seguirían estudios superiores. Por ese tiempo, la cantidad de educandos en un local en cierto modo estrecho, determinó una suscripción a la que el Cabildo prestó su aprobación, para construir el edificio del Liceo y un departamento independiente, para el Colegio de Niñas.

El movimiento literario de 1842, tuvo eco, aunque reducido, en el Colegio Superior. La figura de José Victorino Lastarria alcanzaba su primera magnitud en la Sociedad Literaria de Santiago, y sus escritos, llegados muy tarde a su ciudad natal, reunieron a algunos profesores en una especie de ateneo, en el que se leyeron parte de los trabajos. Este ateneo, del que no se recuerdan sus animadores, no dejó rastros en el movimiento intelectual. Bien es cierto que la fórmula de ese tiempo era de puertas adentro y entre cuatro paredes, pero así y todo, es la primera manifestación literaria que se conoce, para algo que hasta nuestros días, no ha sido una tarea constante, excepción hecha del doctor Eduardo De-Geyter, cuyo período esbozaré a su tiempo.

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El cargo de Síndico, que correspondía al de Tesorero de nuestros días, causaba desvelos y justificadas inquietudes al Cabildo. Los hombres que lo sirvieron, no siempre dieron muestra de integridad y menos de una ordenada administración. La recaudación de los valores se hacía tardíamente, contribuyendo de esta manera al incumplimiento de los deberes tributarios de los contribuyentes. Todo esto impidió, como era natural, el pago oportuno de los sueldos y la realización de las obras públicas que el vecindario exigía, como asimismo, dio lugar a borrascosas sesiones en el Cabildo. Solamente en 1837 la sindicatura comenzó a ordenarse, y le cupo a Manuel Rojas dar un ejemplo de laboriosidad y de honradez administrativa. Los servicios que prestó en este cargo se vieron con el tiempo interrumpidos, por la ambición que despertaba la importancia de la función, y Rojas hubo de renunciar, no sin recomendar su nombre a la gratitud y al reconocimiento de los hijos de la ciudad.

El servicio de Tesorería fue adquiriendo con el tiempo importancia vital para el desarrollo de las actividades administrativas. Los derechos de carreras de caballos, ruedas de gallos, cancha de bolas, patentes, peaje de puentes, y abastos, mantenían regularmente la fuente de ingresos, pero los impuestos que se crearon más tarde, la favorecieron considerablemente. En 1855, fue nombrado tesorero Ramón Condée, a quien asesoró un recaudador que gozaba de una onza de sueldo mensual.

El capítulo de ingresos asegurado con el producto de remate de derechos de las canchas de bolas, cuyo rendimiento era de quinientos pesos, el de cancha de gallos, doscientos, y el ramo de nievas, doscientos pesos, se incrementó con los dineros que pagaba la gente que venía a misa y dejaba su cabalgadura en la Recoba. El Estanco del Tabaco, que se estableció a mediados de 1858, procuró otra fuente de recursos al presupuesto, el que en 1845, alcanzaba solamente a la suma de $3.798.000. Este presupuesto, aprobado por el Gobierno, apenas si era suficiente para pagar los sueldos y los gastos de una que otra obra de adelanto urbano; pero, con los impuestos sucesivos, pudo en 1861 servir a los siguientes rubros de sueldos anuales:

Secretario Municipal y Gobernador ......................................... $600.-
Comandante de Serenos y Recaudador de alumbrado ............. $300.-
Cabo de serenos ..................................................................... $156.-
Cada sereno, de a caballo ....................................................... $144.-
Cada sereno, de a pie .............................................................. $120.-

El aumento de los ingresos con los nuevos impuestos, produjo inesperadamente el alza de algunos artículos, como la carne. El Cabildo, para impedir los abusos que se comprobaron, fijó su precio en febrero de 1862, en cinco centavos la libra la con hueso, la de costillas, en seis centavos, el lomo, en siete centavos la libra. Por otra parte, a medida que la ciudad se extendía, se hicieron necesarios nuevos servicios, que forzosamente debían gravar las arcas. Asimismo, el aumento de serenos para la vigilancia, y, el personal de aseo, que fue muy reducido durante más de cincuenta años.

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A la par que la ciudad crecía, el vecindario se mostraba con razón, cada vez más exigente.

Las calles principales (Estado e Independencia), apenas alumbradas por los candiles de los tendales, quedaban poco después de las ocho de la noche en la más completa oscuridad. En 1843, se colocaron ganchos de fierro para los faroles, en los que brillaba débilmente la luz de una vela. Este alumbrado se instaló en las calles principales y en la Alameda, y sirvió hasta 1858, en que se colocaron cien faroles a parafina, comprados a la Municipalidad de Santiago. Sin embargo, este servicio se mantuvo sólo en las primeras horas de la noche, y fue en 1870, que se autorizó por toda la noche.

La frecuente alarma de la gente por los continuos asaltos que se cometían en la noche, a mediados de 1885, obligó a la Municipalidad a considerar el problema del alumbrado eléctrico. Las discusiones demoraron algunos años y sólo en 1889, dio la concesión a Agustín Salas. Durante un año, este servicio funcionó en la plaza solamente, pero en 1890, se extendió a las calles Estado e Independencia y luego, al edificio municipal.

El alumbrado eléctrico influyó poderosamente en las actividades del comercio, tanto en su mantenimiento como en su extensión. Ya en los años que se usó la parafina en las graves y panzudas lámparas, los establecimientos comerciales tuvieron abiertas sus puertas en la noche, pero, con el nuevo alumbrado, algunos ensancharon sus locales y hasta iluminaron la «puerta más grande», en los días de festividades.

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El comercio de productos agrícolas en los años de la organización y del crecimiento de la ciudad, que constituía la fuente principal de su movimiento, fue cediendo en importancia cuantitativa, por el impulso comercial de los pequeños tendales y despachos, reemplazados al cabo de cincuenta años por los baratillos, bazares, tiendas y almacenes.

La evolución del comercio, sujeta desde luego al crecimiento de la población y al desarrollo de las pequeñas industrias -muy escasas por cierto-, fue el índice más preciso para medir el progreso de la ciudad y apreciar el desarrollo de todas sus actividades. Hasta mediados del siglo recién pasado, el comercio estaba prácticamente en manos nacionales, pero, poco después, los extranjeros fueron absorbiéndolo. En 1890, los grandes y aún parte de los pequeños establecimientos, pasaron a sus manos.

Este desplazamiento, que se verifica en muchas ciudades, más o menos en el mismo período, indica las posibilidades existentes en el país, a la vez que confirma el tesón y la capacidad de trabajo de la gente que llegaba del viejo mundo. Se ha querido deducir de este hecho cierta inhabilidad del hombre de esta parte del continente, pero la constatación es bien sencilla. El suelo, en aquellos días, era la fuente de todo trabajo, y la agricultura, la señera expresión de su principalía. La Conquista y la Colonia, hallaron campos espléndidos y ríos inagotables, y los elementos que llegaron a colocar esta tierra en el dominio del rey, vieron su riqueza, para cuyo florecimiento bastaba la fuerte y paciente mano del hombre. Su visión no fue desmentida. Dotados por otra parte, de un contingente tan numeroso como conocedor de las labores agrícolas, los jesuitas, que lo constituyeron, enseñaron al indígena el trabajo, y desde éste al mestizo, al que correspondió elevar el rango de la tierra y hacerla camina hasta su meridiano. Es lógico, que siendo la agricultura expresión y razón, condicionara a los hombres durante cuatro siglos, sin inhabilitarlo por cierto para otras empresas, como ya se ve en lo que va corrido de este siglo.

Así como los establecimientos comerciales han crecido en la medida y volumen de la población, sus arterias se han constituido siguiendo el ritmo de expansión de la ciudad. En la Colonia, los primeros tendales asomaron en la calle del Rey (Estado), en la parte norte, y crecieron, rodeando la plaza en gran parte. La proximidad a la Recoba, hizo de esa parte de la ciudad el centro principal y el único concurrido; pero, en 1890, el comercio inicia su camino por la calle Independencia. En aquel año, desde la Plaza hasta la calle Astorga, abren sus puertas las tiendas y las paqueterías. En la misma calle en la primera cuadra, como punto equidistante del movimiento, en la acera norte, las cocinerías ofrecían los más apetitosos guisos y en la acera del frente, dos hoteles, acogían a los viajeros.

Más tarde, los establecimientos de la calle Estado se trasladaron a la calle Independencia, y poco a poco aquella calle sólo conservó el prestigio de ser la cuna del movimiento comercial rancagüino.

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Durante la Colonia no se conoció otro recurso para combatir las enfermedades, que los remedios caseros que curanderos y curanderas daban. Existió en 1795 más o menos, uno -cuyo nombre no se recuerda-, que vivió en la Cañada Grande (Alameda), en la parte más desierta. Ese y un sacerdote apellidado Fernández, del Convento San Francisco, tuvieron fama en devolver la salud a la gente principal y a los menesterosos.

En la época de la organización, que comienza en 1830, más o menos, no había otro servicio hospitalario, que un Lazareto que funcionó en el mismo lugar en que está hoy el Hospital San Juan de Dios. El legado de José María de la Carrera, se invirtió en la construcción del hospital sólo en 1847, y mientras tanto, prestó servicios en la misma casa en dos piezas anexas, desde 1841, bajo la dirección de Vicente Valenzuela. Tres años más tarde, se aprobó el reglamento, que tuvo vigencia hasta el momento en que Isidro Cock, Médico de Santiago, fue contratado con ochocientos pesos de sueldo al año y con la obligación de asistir una vez en el día.

La inauguración del Hospital San Juan de Dios, ocurrida en 1852, fue recibida por los vecinos con verdaderas muestras de júbilo. La gente menesterosa que difícilmente era atendida en las dos piezas del antiguo Lazareto, quedó instalada en el nuevo edificio con las mejores comodidades que podían ofrecerse en aquel tiempo. Este servicio tan importante, determinó el cierre del Panteón de los Pobres, que estaba al lado oriente y junto al Lazareto, y Sótero Calvo, presentó un reglamento para que se sepultaran los indigentes en el Panteón General, que está en la Alameda (Cementerio N.º 1).

Poco a poco, el Hospital fue atendiendo a una mayor población, y en 1858, sus servicios alcanzaban a los enfermos que acudían desde otros puntos de la provincia. En ese mismo año, seis monjas se hicieron cargo del cuidado de los enfermos y de la administración del establecimiento. Desde la instalación del hospital y durante muchos años, el servicio se mantuvo con los fondos del legado y el aporte de algunos vecinos. Si bien no faltó el apoyo para que la obra no fuera interrumpida, hubo algunos períodos apremiantes, que la primera Junta de Beneficencia que integraban José Cerda y Domingo Gamboa, salvó con sus propios medios.

El funcionamiento del hospital atrajo a algunos profesionales. En 1857, se instalaba la primera matrona, Mercedes González y el médico de ciudad, Miguel Sangüeza, que sirvió el cargo cuatro o cinco años.

Entre todos los servicios que habrían de instalarse, el de Correos fue el que halló mayores tropiezos. En la Colonia, las cartas oficiales se recibían en el Cabildo irregularmente, y el propio que las traía, una que otra vez favoreció las noticias epistolares de las familias de los funcionarios. Las postas que se crearon después, hacían un servicio deficiente en la ciudad y en las aldeas vecinas.

En 1853, el Correo se organizó con firmeza. Un cartero se encargaba del reparto de la correspondencia en la ciudad y dos veces al mes, extendía la entrega en las aldeas cercanas. El aumento de la población y el surgimiento de aldeas y caseríos, contribuyó a la ampliación del servicio, hasta contar con una oficina y dos empleados, a los que se confió el luego importante y seguro medio de comunicaciones.

Una referencia que no ha hallado confirmación, dice, que el cartero tenía a su cargo la venta de un reducido número de ejemplares de la prensa de Santiago. No carece de verosimilitud esta referencia, si se considera que hasta 1872 la ciudad no contaba con imprentas ni periódicos, y aunque circulaban unas hojas de la parroquia, algunos espíritus inquietos querían conocer lo que ocurría más allá de los límites de la ciudad y de la provincia.

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El suministro de agua potable a la población, fue durante un siglo tarea y negocio de los aguateros. En barriles y tinajas servían el abastecimiento, que casi siempre era vigilado por las autoridades. Las licencias que se daban a los vendedores, no estaban afectas a contribución, pero, a pesar de la franquicia, eran muy pocos los que podían dedicarse a ese negocio. En realidad, el precio de venta era insignificante y, por otra parte, se hizo difícil el aprovisionamiento, cuando el agua de la Acequia Grande tuvo que utilizarse casi por completo en el riego de los sitios.

Los vecinos reclamaron más de una vez a la Municipalidad sobre la pobreza del suministro, y a pesar que se estudió con verdadero interés la instalación de cañerías, sólo en 1870 se aprobó la inversión de fondos para el agua potable. Tanta urgencia tenían los vecinos y tanta fue la actividad del municipio, que en 1874 funcionó este servicio. Este adelanto, benefició al mismo tiempo a los Baños Públicos de la calle Gamero, que se habían instalado en 1844; y de manera singular, las obras de canalización de las acequias fueron terminadas y acabó con los pantanos y charcos, que hacían intransitables las calles.

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Por ese tiempo, el progreso de la ciudad impulsaba en gran parte todas las actividades. La Municipalidad protegió una Fábrica de Fósforos y procuró trabajo a los presos en la confección de los envases, con cuyo producto se costeaban la comida.

La Plaza, hasta entonces sitio eriazo, se llenó de jardines para hacer más evidente el contraste con las rejas que la aprisionaban por los cuatro costados. Los puestos de frutas y golosinas que allí había, se trasladaron a la Plazuela de La Merced, en la que permanecieron muy poco tiempo, porque las pendencias y desórdenes entre los vendedores obligó a intervenir a la policía y el Superior del Convento reclamó insistentemente el restablecimiento de la tranquilidad.

La calle de La Estación, como llamó el pueblo a la actual Avenida Brasil, no era otra cosa que un callejón desbordado al continuar desde la Cañadilla como prolongación de la calle Independencia. En 1870 se le dio forma de calle, que sólo logró íntegramente en los primeros años del presente siglo. Cerca de la Estación de los Ferrocarriles, en el punto en que nace la calle Calvo, hubo una posada que con el tiempo tomó el nombre de posada de los Calvos, pero, más tarde, se convirtió en herrería y después en conventillo. A ambos lados de la calle se extendían los potreros y algunos ranchos dispersos no indicaban que con el tiempo sería parte de lo urbano y centro de la vida industrial. En 1890 la Municipalidad extendió su fe de bautismo con el nombre de Avenida Rodríguez Velasco, pero en realidad, nadie la distinguió por este nombre.

Aún cuando no ha sido posible hallar datos sobare el nombre de las calles, se sabe, que la Municipalidad acordó la numeración de las casas, en mayo de 1878 y que, satisfecha del adelanto de la ciudad, de las actividades del comercio y del ornato, al que contribuían los vecinos, dio su acuerdo para que la Cañadilla poniente se llamara Cañadilla de Arequipa y hasta comunicó el acuerdo al Municipio arequipeño. Pero este nombre no perduró y casi fue una consigna el ignorarlo.

En contraste, otros puntos de la ciudad, como la Acequia Grande, la Cañadilla sur y algunas calles de los extremos, continuaron tan abandonadas como antes. En verdad, el progreso urbano se manifestaba de acuerdo con el interés y la actividad que los ediles desplegaban, y la mayor o menor influencia de los propios vecinos. Hubo casos de adelantos urbanos que favorecían directamente el techo y aún el barrio en que una autoridad vivía, pero, al mismo tiempo, algunos hombres como Diego Valenzuela, Bernardo Pío Cuadra y antes que éstos, Pedro Melo, trabajaron ahincadamente, guiados por el propósito de servir a todo y a todos.

Si bien es cierto que cada ciudad debe gran parte de lo conseguido hasta estos días, a los hombres avizores y activos, justo es, que al reunir los datos que pueden servir para una historia, se mencionen las fuerzas que han influido en su estructura, y se añada, la imponderable fuerza anónima que nadie incluyó en actas o referencias, y a las que, en su exacta proporción, Rancagua también debe su segura y madura presencia.

En la artesanía de la segunda mitad del siglo XIX, hay una oscura fila de hombres, de la que, sin olvido de los demás, quedan recuerdos de José Manuel Caro, Manuel Reyes y Telésforo Acosta y de sus capacidades, que se vaciaban en tres y hasta cuatro oficios distintos sin desmerecer en ninguno. Muchas obras que sirven tanto para el uso como para el adorno de los hogares rancagüinos, es factura auténtica de los artesanos. En ellas están sus gustos, sus preferencias artísticas y sobre todo, la cantidad y calidad de sus trabajos, realizados con amor y esfuerzo, que han alcanzado lo perdurable.

Los hombres directores y los hombres de trabajo, en función activa y función del pueblo, dieron a Rancagua la expresión de ciudad señalada en el pretérito con palabra de gloria, como la muy leal Santa Cruz de Rancagua. A estos hombres hay que agregar, en lo que a la industria se refiere, a Juan Nicolás Rubio, que en los últimos años del siglo recién pasado, instaló la Fábrica de Conservas a lado oriente de la ciudad. Esta industria ocupó a mucha gente, impulsó el comercio considerablemente y contribuyó a la edificación en el camino hacia Machalí y fue -hoy, no existe-, por esta causa, el punto de partida para el ensanchamiento de la ciudad por la calle Larga.




ArribaAbajo- XXI -

Imprenta y periódicos


En una Acta de la Municipalidad, hay noticias de haberse autorizado el permiso para la publicación de El Porvenir, periódico noticioso que se editaba en la imprenta de Pedro Nolasco Donoso, en marzo de 1871, y que es la primera referencia que se encuentra sobre las actividades de la prensa, en la ciudad. Antes de ese año, circularon las hojas parroquiales que referían todo su contenido a las cosas de la religión, y algunas hojas de los partidos políticos.

Al año siguiente, Abraham Valenzuela Guzmán edita El Fénix, periódico que se mantuvo hasta 1889 regularmente y fue la primera muestra de un balbuciente periodismo que consideró las necesidades públicas en sus aspectos generales. En esta publicación, que animó más que nadie Valenzuela, como director y propietario, se dieron a conocer los primeros trabajos literarios y algunos artículos, en los que la ciudad tenía voz y espacio de resonancia.

Hasta 1882, en que aparece El Lautaro, de propiedad de Balbino Castro, la prensa se mantiene generalmente en el campo de las noticias, los avisos comerciales, la crónica policial y, a intervalos, enfoca uno que otro aspecto social o urbano. El Lautaro, sin dejar el camino que se lleva recorrido, incursiona en el campo político y se significa a fines de 1899, por sus preferencias balmacedistas; pero en 1891 desaparece, como consecuencia del triunfo de los opositores.

En 1890, más o menos, se publica El Heraldo, que no trae ninguna otra contribución al desarrollo de la prensa, y a éste le siguen, El Crepúsculo, animado por Eulogia Aravena de Rojas; El Patriota, en 1893, dirigido por Rafael Rojas Aránguiz; El Progreso y La Voz del Pueblo, de Luciano García y después de José Luis Sepúlveda.

De estos periódicos alcanzó importancia El Patriota, que representaba la corriente liberal-democrática. Sin ser novedosa su forma periodística, se singularizó por sus campañas en pro del urbanismo, de una depuración de los elementos que dirigían los servicios públicos, y ejerció una constante labor fiscalizadora. En sus columnas, se dio frecuentemente espacio a la producción del poeta Eduardo de la Barra y a los asomos poéticos del rancagüino Santiago Guzmán, que lució más que todo un entusiasmo que una calidad realmente literaria. Fue el primer periódico que comentó los acontecimientos del extranjero, prefiriendo siempre las noticias que de algún modo se relacionaban con los asuntos políticos. La divulgación de conocimientos generales, tuvo una página titulada «Sección Científica», en la que se publicaron interesantes trabajos. Esta sola sección y los artículos en que se enfocaron diversos problemas que afectaban al progreso de la ciudad, bastan para mencionarlo, como el periódico que más sustantivamente representó al periodismo en los últimos años del siglo recién pasado.

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La prensa, desde sus comienzos -1871-, influyó constantemente en la orientación de las actividades municipales con los señalados en sentido práctico, tal como lo exigía la ciudad y sus necesidades más apremiante. La autoridad comunal se vio así secundada y a la vez vigilada en sus tareas, pues, cada periódico representaba un sector que correspondía al agrupamiento político de la población. El Patriota, era la voz de los liberales-democráticos; La voz del Pueblo, la de los conservadores, y El Progreso, la voz del radicalismo, que recién en 1895 abrió sus registros de partido, y según una crónica fue Antonino Gallardo el encargado de hacer firmar a los adherentes.

La actividad de la prensa, principalmente, fue de una acción política constante que provocó furiosas polémicas, en las que el liberalismo llevó la mejor parte. En muchas ocasiones, estas polémicas que ocupaban tres y hasta cuatro columnas en el periódico, excedieron el campo de la doctrina y llegaron hasta la injuria; pero, el jurado de imprenta intervenía en las querellas y las cosas terminaban con una multa o con explicaciones recíprocas. Las sesiones en que el jurado fallaba las querellas, se vieron muy concurridas, y tanto la acusación como la defensa, hallaron la oportunidad más de una vez, para plantear de nuevo la posición doctrinaria, que en algunos casos, fue tanto o más interesante que la polémica misma.

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La vida de los periódicos fue un tanto efímera. De todos ellos, los que se mantuvieron mayor tiempo fueron El Patriota y La voz del Pueblo. En los últimos años antes de 1900, representaron francamente las dos corrientes políticas en que se agrupó la población: liberales y conservadores.

Es indudable que estos periódicos, tanto como influir en la orientación política, posibilitaron con sus combates doctrinarios, un clima, en el que se encuentran las primeras inquietudes sociales. Es el caso mencionar el nacimiento del mutualismo con la Sociedad de Protección Mutua, que causó mucho escándalo entre los conservadores y aún rencillas entre los mismos fundadores. Esta sociedad y sus finalidades simplemente económicas, extendió más tarde sus beneficios a los obreros, desarrolló una labor importante de divulgación, e influyó en la formación de las sociedades que nacieron después del año 1900.

Sin duda, que en esas actividades de la prensa se encuentran también los primeros renglones, en la vida política del radicalismo, cuya aparición se sitúa en 1895, aunque su organización es posterior. El Progreso, que representaba esa corriente, fue el que abrió los fuegos contra el conservantismo, y más tarde contra el liberalismo.

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Sin embargo, la vida política y ciertos aspectos del acontecer internacional que la prensa comentaba, tenían repercusión solamente en la gente que militaba en los partidos, o por sus actividades en el trabajo cotidiano, estaban próximas a los centros de movimiento. El pueblo, compuesto de artesanos, labradores y jornaleros, no participaba sino en el momento electoral, y crecía, en consecuencia, al margen de toda otra lucha, como no fuera la del trabajo. En realidad los grupos que polarizaban la vida cultural, nada hicieron por incorporarlo a su estadio, y, así se explica, que la labor de la prensa no llegara hasta él. En cambio un poeta popular, como Bernardino Guajardo, inundaba la ciudad con tiradas de hojas pequeñas, en las que, en verso, contaba el último crimen, el acontecimiento internacional y el último combate de los partidos políticos. Esas hojas, los que sabían leer, tenían siempre un auditorio numeroso en los bodegones, en los momentos en que el trabajador llegaba a despachar sus mateadas de vino.

De estos versos que regocijaban al pueblo y daban ocasión para repetir mateadas, quedan algunos como éstos:



El joven de don Zenón,
que familia no ha tenido,
lleva abierto el bodegón
y el dependiente dormido.

Los choclos con su bravura
nunca han podido ganar,
y han tenido que largar
más miedo que levadura.

En el nombre de María
y de su hijo soberano,
a quien adorar debemos
todos los fieles cristiano.
Iluminad mi memoria
Jesús divino y humano,
para principiar diciendo
lo que sucedió en Santiago,
fecha del 97 y como a fines del año
entre un joven español
y un chileno muy honrado.
Los dos eran comerciantes
y tomaban algunos tragos,
si entre ellos hubo disgusto,
no sabemos, lo ignoramos.
Sea de esto lo que fuere
yo me fundo por los diarios,
que en general publicaban
el suceso desgraciado.






ArribaAbajo- XXII -

Los acontecimientos del 1891


A pesar del poder indiscutible de los conservadores, y de su dominio aparentemente anticolonista, algunos hombres se agruparon en torno al programa del presidente José Manuel Balmaceda, abanderado del liberalismo, mucho antes que asumiera la presidencia. Había en esos años que precedieron a 1891, un marcado temor político, por la ausencia de hombres orientados y de grupos que divulgaran la doctrina liberal y las aspiraciones de su personero que llegaba a la presidencia. No hay otra referencia de actividades -como las que aparecieron en 1893-, sino de algunas reuniones entre cuatro paredes de gente con inquietudes intelectuales, que incluían en sus conversaciones la política, sin que las opiniones trascendieran en la ciudad. Por otra parte, la hegemonía conservadora, tan robusta como cesola en su acción, fue una barrera para que se organizara lo que más tarde se llamó fracción balmacedista y, además, la decisiva propaganda del clero contra el hereje, como llamó a Balmaceda, cerró toda tentativa a una corriente que situara y extendiera el programa del presidente.

Las luchas políticas que el liberalismo afrontaba en Santiago, no habían dado aún a su partido la plenitud realizadora, pese a la obtención de la Primera Magistradura del país, que abría un camino seguro. Si bien el triunfo marcaba la línea ascensional, no podía, por la ausencia de plenitud o madurez, organizar en las ciudades a lo largo del país las fuerzas que habrían de responder y estar al lado del abanderado presidencial, en la inevitable pugna con el conservantismo, cuando Balmaceda comenzara a desarrollar su programa.

Este error, que pagó en moneda humana tan sangrienta, está en la índole romántica del liberalismo anterior a la revolución de 1891, que a su fuerza esencial demostrada después de la etapa política correspondiente. Era, pues, explicable, que las inarticuladas manifestaciones del liberalismo sólo congregaran en Rancagua a unos pocos hombres que conocían el programa de Balmaceda, y que estos hombres no pudieran en un medio cerrado a todo paso renovador, llevar hasta el pueblo el conocimiento de ideas y soluciones, que a éste más que a nadie comprendían.

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Los escasos balmacedistas desarrollaron labores aisladas, que por su lentitud y desorganización, no alcanzaron a interesas a la masa de la población, ni tampoco a la gente con alguna cultura y conocimiento de la realidad, que estaba en desacuerdo con la administración pública de 1885. Es bien posible que la tibieza ciudadana se manifestara también, como una consecuencia de la educación de ese tiempo, del apego a la tranquilidad que muchos habían ganado con esfuerzo, y no poco, a la incertidumbre que lo nuevo traía en su enunciado. Pero, aún conjugando todos estos factores que pintan crudamente una idiosincrasia, lo cierto es, que el escollo fundamental para una acción positiva estaba en la fuerza conservadora y conservantista dominante.

Sin embargo, los balmacedistas no se detuvieron y pronto hallaron un medio de publicidad, en el que dieron a conocer el programa de Balmaceda.

El Lautaro, periódico noticioso y de serena conducta para apreciar las cosas, según la opinión de aquel tiempo, se convirtió de la noche a la mañana, en el expositor del grupo y luego tuvo que soportar los ataques de la oposición y hacer frente a la desconfianza de los vecinos más connotados. Balbino Castro, director del periódico, que ejercía las funciones de Notario, se significó como el jefe de ese grupo, y aunque las referencias sobre la dirección de esas actividades son un tanto contradictorias, no desmerece como figura central, cuando por sobre todo sus cualidades periodísticas, la preparación intelectual y el manejo ágil de la sátira, fueron elementos esenciales que no regateó en toda la campaña.

Mientras tanto, los acontecimientos políticos en Santiago trascendían con la noticia de haberse organizado la oposición, y, en Rancagua se sabía poco después, que la revolución había estallado.

La rápida sucesión de los hechos revolucionarios repercutieron en la ciudad favorablemente a la oposición, y aunque los balmacedistas de El Lautaro no retrocedieron, pronto la insignia tricolor que la gente lucía por las calles, hizo saber, que la revolución seguía su camino de triunfos.

El asilo de Balmaceda en la Legación Argentina y el poder en manos de la oposición, puso término a las actividades de los balmacedistas rancagüinos y los obligó a ocultarse. Poco después, los opositores organizaron la persecución y el saqueo de sus casas.

Numerosos grupos opositores, en los que formaba gente de toda condición social, recorrieron las calles de la ciudad durante muchos días. La imprenta de El Lautaro invadida por la turba, sacó a la calle, las máquinas y las cajas y las destruyó completamente. Los muebles y las cosas más insignificantes de las habitaciones de Balbino Castro, corrieron igual suerte. En otros puntos de la ciudad la furia de los opositores no respetó nada. En las calles Estado, Independencia, Gamero, Zañartu, Campos y Alcázar, se hacinaron camas y muebles, y a los libros se les destruyó con el fuego. Después de barrer prácticamente con todo recuerdo balmacedista, los opositores saquearon algunas casas cercanas a Rancagua. En el fundo «La Sanchina», por ejemplo, se destruyó hasta el piano, y se trajo a Rancagua a algunos peones, que no alcanzaban a distinguir si era una saqueo o un asalto de bandoleros, tan común en aquellos tiempos.

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La ciudad vivió muchos días en constante incertidumbre. Las enemistades tomaron sabor balmacedista y se desataron las venganzas. El Municipio fue declarado ilegal y se nombró una Junta de Alcaldes, que junto con el Intendente nombrado por los revolucionarios y el Jefe de Policía, constituyeron hasta la vuelta a la normalidad, toda la autoridad comunal.

En octubre de 1891, la ciudad asistió a las honras fúnebres de los caídos en la defensa de la Constitución. A este acto siguió un homenaje a la Junta de Gobierno y a los hombres que tomaron parte activa en la revolución.

La división que en todo el país produjo la lucha, se manifestó en Rancagua afortunadamente sin grandes consecuencias, pero la actitud de algunos conservadores no fue de modo alguna respetuosa para los vencidos. Durante mucho tiempo, perduraron algunas injusticias, y los hombres que defendieron la causa balmacedista no tuvieron tranquilidad ni medios como los demás, para rehacer su casa y reanudar sus labores ordinarias.

Sin embargo, este período turbulento, fue saludable tanto para las actividades políticas como para las manifestaciones sociales, en las que más tarde participó el pueblo.




ArribaAbajo- XXIII -

La vida cultural: Eduardo De-Geyter, el animador


Los primeros atisbos de la vida cultural en su forma ateneística y solitaria, se encuentran en las inquietudes del profesorado en el Colegio de Instrucción Superior, en el año 1846, como consecuencia del movimiento literario renovador que José Victorino Lastarria dirigía en Santiago con un grupo de hombres superiores, y en el que se movían espíritus tan selectos como fervorosos.

Los trabajos del ateneo, estimulados sin duda por el propio Lastarria, determinaron una actitud de apoyo hacia la realización de una obra más extensa y provechosa para el pueblo. Sólo así se explica, que el Cabildo, en 1856, designara a Ramón Sotomayor para la dirección de una Biblioteca Popular, de la que no se tienen otras noticias que un decreto del Gobierno que dispuso su creación. Es más que probable, que la biblioteca no llegara a funcionar. El ambiente, condicionado por factores tan contrarios a facilitar las fuentes de cultura al pueblo, se limitaba además, por la reducida y aislada vida de los elementos capaces de contribuir sustantivamente a este propósito. Por otra parte, estaba en el proceso mismo de la actividad cultural de esa época, la formulación de todo programa de las élites, entre cuatro paredes.

Desde 1856 hasta 1871, en que aparece el primer periódico, la ciudad sestea ininterrumpidamente. No se organiza ningún acto importante, no asoman hombres que vayan en seguimiento de lo hecho en el Colegio de Instrucción Superior. Estos años, dan la medida de un ambiente sin inquietudes, en el que la vida no adquiere significación sino por el trabajo. Pero en 1871, junto con el periódico El Porvenir, de Pedro Nolasco Donoso, surge un movimiento que se mantiene por algunos años en el silencio, en una natural defensa ante la opinión tenazmente conservadora, y, como forma auspiciosa, para la preparación de los elementos intelectuales que habrían de incorporarse más tarde a las luchas primero políticas, y luego culturales.

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En el caserón de la calle del Crucero (calle Independencia esquina Avenida Millán), María Palma de Aravena acaso no presintió que andando el tiempo, su yerno, Antonio Ortega Jiménez, iba a reunir a músicos, pintores e intelectuales de Santiago, y formar en un ambiente dilecto, a Eulogia Aravena Zamorano, que crecía en casa de sus tíos y sus años de niña atraían el cariño en el hogar sin hijos.

Antonio Ortega, con sus singulares dotes, reivindicó los largos años sedentarios de la vida rancagüina. Músico, matemático y filósofo, dio los primeros lineamientos firmes a la vida del espíritu. Moldeado por el estudio y la sencillez en los actos y las costumbres, atrajo pronto el interés de algunos hombres jóvenes, que no dejaron de concurrir sino muy pocas veces a las charlas del maestro. Allí, el tiempo se repartía entre las letras y la música, el ensayo filosófico y hasta las divagaciones sobre los mundos y los sistemas planetarios. Estas reuniones produjeron revuelo en el vecindario, y la comidilla de trae y lleva, se encargó de desfigurar las cosas; los ingenuos, las calificaron de cosas demoníacas, y los apegados al conservantismo, de secta masónica, perniciosa para la religión y las buenas costumbres.

El caserón fue en verdad la residencia intelectual, en el que Ortega prodigaba sus conocimientos e influía en la orientación espiritual de los jóvenes. Sus enseñanzas trascendieron de tal modo, que en poco tiempo llegó a establecer vínculos con instituciones extranjeras, y con la gente más representativa del arte y en el pensamiento de la capital del país. Todos los años llegaban allí en busca de descanso, José Victorino Lastarria, Eduardo de la Barra, Alfredo Valenzuela Palma, Alfredo Harris Halsby y Valentín del Campo. En la intimidad, el descanso se interrumpía. Lastarria iniciaba sus polémicas y De la Barra recitaba sus versos; los demás, matizaban entre las dos figuras más fuertes los intervalos, con opiniones sobre motivos plásticos y hasta recuerdos de la vida de artistas y escritores.

La presencia de hombres tan señalados en la política, las letras y el arte, modificó poco a poco la opinión de la gente, sin que se produjera una reacción ambiental favorable, como habría sido lógico esperar.

Ortega, sin ser un espíritu quietista, no fue acogido sino como profesor en el Club Musical que presidiera Juan Cerda, en 1894. Sus actividades en la ciencia por su robusta expresión, contrastaron en el ambiente, y sus ideas más que liberales, no hallaron eco; sin embargo, su obra silenciosa de tantos años se prolongó en parte en su discípula Eulogia Aravena Zamorano, que bebió desde pequeña en la austera y rica fuente, enseñanzas y ejemplos inolvidables.

La mezquindad de la época impidió que la presencia de Ortega y las inquietudes de sus amigos, hallaran el espacio para una labor tan señera como provechosa a la cultura. Algunas gestiones de sus amigos se estrellaron en la indiferencia, a la que no fue extraña la oposición de vecinos influyentes y autoridades, tan tímidas como ignaras.

El olvido que rodea a Ortega, es injusto. En esto, las ciudades que despertaron tardíamente de la siesta colonial abrieron los ojos, pero el sueño demoró en deshacerse en su espíritu; vieron lo externo y entrevieron la capital esencia de sus hombres mejores, sin volver después para explicarse lo informe del primer deslumbramiento. Quizá, si Ortega para aún a estas horas, el pecado de la superioridad de su vida y el de haberse adelantado a su tiempo.

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La niña se formó en materiales firmes, a los que la mentaría dio tan pura como singular entereza. Antes de deslindar la edad de la mujer, Eulogia Aravena conoció a Rafael Rojas Aránguiz, hombre culto y de empresa, que agregaba el cargo de Receptor, el título de Escribano y Letrado. El matrimonio comprobó ideas y sentimientos comunes, que avivaron la inquietud y el deseo de servir al pueblo.

Mientras preparaban las tareas periodísticas, el Gobierno tuvo conocimiento de las relaciones culturales de Eulogia Aravena, y de su prestigio en los círculos intelectuales del extranjero. Y con motivo de la fundación de la Escuela Superior de Mujeres, la nombró directora del establecimiento; ella, rechazó la designación, en una carta -que revela tanto modestia como personalidad-, excusándose «en que no tenía los méritos suficientes para un puesto de tanta responsabilidad, porque no había asistido nunca a una escuela y se había educado en su casa, y el cargo, necesitaba una persona especializada en la instrucción». Ante la insistencia del Gobierno, aceptó el cargo de Preceptora en una Escuela de Machalí, no sin insinuar, que debía comenzar desde abajo. En esa función la encontró la Revolución de 1891, y hubo de abandonarla, para refugiarse con su marido lejos de Rancagua, a fin de evitar la persecución de los opositores.

En 1892, y en momentos en que la ciudad no recobraba aún su normalidad, editó el periódico El Crepúsculo, en un taller que había instalado en su casa. Sin tener mayores conocimientos de imprenta, en corto tiempo dominó completamente el oficio.

En 1893, comenzó sus labores periodísticas con Rafael Rojas, y juntos publicaron El Patriota, que vino a defender la causa de los caídos en la revolución. Durante ocho años, plenos de fervor, sacudió con encendidas polémicas y artículos tan bien escritos como enjundiosos, la somnolencia de la ciudad. La altivez de su pensamiento, caminó junta a una rectitud de principios que la hizo invulnerable al ataque y a la diatriba, a la que estuvo expuesta constantemente. El capital moral, tan recio como la cultura que poseía, la defendió del ambiente pequeño y la sobrepuso a las fuerzas de un colonialismo mental, oscuro y solapado, que gastó tinta y dinero en detener cuanta obra de progreso se intentaba en esa época. En la vida íntima, la tarea periodística se robustecía con el estudio de las artes y de la ciencia, a la par que secundaba a su marido en los trabajos, y le sobraba tiempo para ayudar a obras benéficas e incluso a la formación de instituciones como el Cuerpo de Bomberos, el que, en 1932, la condecoró como madre espiritual, justamente al cumplir la institución cincuenta años de vida.

Sus trabajos literarios la llevaron a participar en las reuniones que el doctor Eduardo De-Geyter inició en 1896, y la pusieron en contacto con el médico y el poeta. Allí tomó parte tan activa como importante, y conoció luego a algunos valores que asistían desde la capital y colaboraban con su talento y su entusiasmo.

Aunque estos apuntes comprenden los aspectos generales de la vida cultural hasta 1900, la significación de Eulogia Aravena rebalsa la obligada proposición de este trabajo. Las breves referencias de su obra periodística quedarían incompletas y aunque por lo realizado en Rancagua es suficiente para destacarla en el movimiento intelectual de su tiempo, la labor posterior, da la medida de su tesón y la imponderable fuerza de su personalidad en las letras y el periodismo.

Después de 1900, editó en Santiago La Aurora Feminista, que fue la primera revista en que se comentaron los problemas de la mujer y su acción en la vida política y social. Esta revista no alcanzó mucha vida, pero dejó fermentos en los que se apoyaron más tarde otras publicaciones en pro de la reivindicación de la mujer. En 1906, fundó en Quillota el periódico La República, en el que su pensamiento continuó la obra comenzada en Rancagua. La aparición de este periódico fue saludada con entusiasmo, y pronto la ciudad supo que la publicación la dirigía una mujer tan laboriosa como conocedora de la función de la prensa.

El terremoto de ese año, destruyó totalmente el taller de La República, en los momentos en que creía asegurada por mucho tiempo la vida del periódico. Los esfuerzos que hizo para continuar sus trabajos en ese pueblo, no lograron vencer los obstáculos económicos que surgieron en su hogar, y debió volver a Rancagua, para seguir su itinerario en La Prensa, en 1911, después de varios años que no conocieron el descanso ni la desesperanza.

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En 1892 llega a Rancagua el doctor Eduardo De-Geyter, y al año siguiente la Municipalidad lo nombra médico de la ciudad. La acogida súbita se debió más que a otra cosa a los méritos del profesional, aquilatados en tres o cuatro comisiones que se le confiaron. En ese año, la ciudad contaba con los servicios de dos profesionales que han dejado recuerdos de su labor y de sus capacidades: los doctores Patricio Venegas y Lindolfo Miranda. Con ellos, el doctor De-Geyter, en trato íntimo, dio a la profesión contornos de apostolado que andando el tiempo habría de significarse por una opinión en la que sin excepción se expresaba el pueblo: el médico de los pobres, con un corazón de oro. Y, en verdad, tan reciente es aún el desprendimiento del doctor De-Geyter para con los menesterosos, que el transcurso de dieciocho años desde su muerte (1925), no cuentan en el olvido y por lo contrario, fue tan humana su obra, que trasciende en el tiempo con caracteres únicos.

En pocos años, el médico se ganó el afecto de la gente y de los sectores dirigentes de la ciudad. La amplia acogida favoreció a su espíritu múltiple, para contribuir de palabra y de hecho en la organización de sociedades mutualistas, centros de recreo de la artesanía, y el Club Social, que subsiste hasta nuestros días. Paralelamente, su acervo intelectual hallaba la manera de expresarse, primero, como profesor en el Liceo de Hombres, y después, como conferenciante en los centros que había ayudado a crear.

Más o menos en 1896, se encuentran las primeras noticias de sus trabajos literarios, aunque es más que probable que el poeta manifestara mucho antes. Los primeros versos se conocieron en las reuniones de sus amigos, en las que, sin proponérselo, su espíritu joven y alegre, pronto lo convertía en el centro de atracción y de irradiación. Tan frecuentes como sus desvelos por todo lo que había creado, fueron luego las preocupaciones por dar la más pequeña participación de sus actividades, un ancho aliento de amistad y de saturación educativa.

Estas reuniones más de una vez se identificaron con la época, a la que la mocedad daba su brillo romántico de mediodía. A la conversación sobre poetas y escritores, matizada con los versos del doctor De-Geyter, seguía una animada incursión por los campos de la filosofía y las artes, con sus cultores más representativos del momento y sin desmerecer, en contacto con los hechos y las cosas, el espacio a la ciudad en que vivían. La inquietud daba para eso y mucho más en el animador y en los amigos, entre los que nunca faltaban, Pedro Vergara, Julio Augier y Alfredo Vásquez, cuyos méritos cuentan también en el proceso material y espiritual de la ciudad.

No hay la menor duda, en la influencia, tanto en la educación como en el florecimiento de las instituciones, de las ideas progresistas del doctor De-Geyter, y se encuentran a la vez, en todas esas manifestaciones, la reciprocidad estimuladora de los individuos que compartieron los trabajos y ayudaron en las tareas. Esta reciprocidad, es por mucho el punto desde donde parten nuevas iniciativas y acaso la viviente fuerza con sus excelencias inagotables, que hicieron tan pura y acendrada la labor de más de treinta años. No es aventurado situar en el período de 1893 a 1900, la inquietud poética con sus alumbramientos promisores; el ambiente en que vivía, de puertas abiertas a todo lo que viniera de su espíritu y la sin par ventura de amigos a todas horas cordiales, tenían que dar a sus versos esa serenidad y la alegría de vivir útilmente, que se advierte en todos ellos.

La producción poética que sólo fue conocida en parte, casi diez años más tarde, en periódicos y revistas, muestras al mismo tiempo la gravitación del medio en que movía su personalidad de médico y profesor, hasta el punto, que en su casi totalidad, los temas rebosantes de lirismo, y aún aquellos en que asoma la intención filosófica, reflejan sucesivamente sus actividades y el escenario, en el que el niño, el jardín y la vida de los humildes, tienen un canto.

El médico de los pobres y de no pocos hogares de recursos, halló tiempo entre sus obligaciones en el Hospital, el Cuerpo de Bomberos y la consulta siempre numerosa en su estudio de la Plazuela de La Merced, para colaborar en la prensa de la ciudad y de Santiago. Hay muchos artículos que revelan a un prosista de calidad y hondura; así como muestran la fuerte unidad entre la palabra y la acción. Estas actividades, seguramente, lo pusieron en contacto con Eulogia Aravena, y de él nació con el apoyo de los amigos que siempre lo rodearon, el primer cenáculo literario de fines del siglo pasado. Este cenáculo celebraba sus sesiones en una pieza en el interior del estudio del médico, en la Plazuela de La Merced. Hasta allí llegaron poetas como Víctor Domingo Silva, Manuel Magallanes Moure y el compositor Osmán Pérez Freire, cuyas obras musicales tan conocidas son en todo el mundo.

La presencia de gente joven, que en ocasiones animaba ruidosamente las sesiones, dio al doctor el motivo para el nombre con que designara la pieza en que se verificaban las reuniones. «El Loro Verde», cuyo fue el nombre, distrajo algunas veces al médico en sus obligaciones, pero, en compensación, refrescó y enriqueció su vida interior, con saudades que el humano ardor vaciaba en líricos florilegios.

Ese período, que tuvo intervalos por el alejamiento inevitable de los hombres, a los que la inquietud y el destino llevó hacia otras partes, dejó huellas profundas en el médico y el poeta. Sin sentir la punzada del desmayo, vio, sin embargo, que los años transcurridos habían cerrado una etapa de la que sin bien conservaba a los amigos de los primeros días, no anunciaba seguidores, como más de una vez lo expresó con amargura en la intimidad. Pero, el aislamiento no se avino con la multiplicidad que informaba su itinerario, y entonces pensó en hacer algo más trascendente.

Las conferencias en las instituciones gremiales, en el Liceo y en diversos actos públicos, en el que el pensamiento tenía su parte, lo hallaron en la primera fila, y en cada ocasión, su palabra no hizo otra cosa que animar a las fuerzas jóvenes que traían su aporte a la cultura y al arte. El Club Musical, fue el otro extremo servible a su ideario, y el Centro de Amigos del Arte, que se organizó más tarde, fue el brote de aquel período brillante, empezado en la pieza del Loro Verde.

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En los diez últimos años del siglo recién pasado, se hallan en realidad las manifestaciones de puertas afuera, en la vida cultural de la ciudad. Si son señalados los atisbos ateneísticos del Colegio de Instrucción Superior, y sin que desmerezcan en el proceso cultural de su tiempo, en modo alguno pueden significarse como la obra desde donde parten trabajos y sugerencias virtuales, con valor de continuidad. Si en verdad, el ámbito para la expresión en ese tiempo lo reducía el medio y la mentalidad colonial, gran parte de esas condiciones negativas perduraban al asomar las dos figuras animadoras, desde 1890 a 1900; sólo que, como todas las cosas con vigor fundamental, ambas amasaron tierra firme, en la que la cultura, tomó dimensión, para seguir lenta pero segura, desde aquellos días.




ArribaAbajo- XXIV -

La gente vive hacia fuera


Las costumbres severas de la Colonia, enmarcaban la existencia de ricos y pobres, hasta el punto que la más leve de las transgresiones, colocaba al individuo en inminente repudio. Más de tres siglos de educación religiosa, en la que la lucha contra el demonio constituía la prédica constante, tenían que moldear las costumbres y la conducta de la gente, con un rigorismo del que quedan muestras hasta nuestros días. Por otra parte, las ordenanzas de los Gobernadores a los Cabildos, de los que conservaron su esencia los Municipios creados en su reemplazo en 1833, informaba el sentido moral principalmente y en lo autoritario, el cuerpo de instrucciones, de donde resultaban medidas anacrónicas, que la gente debía observar, para no verse en abierta rebeldía, como se tildaba a todo acto que no se encuadrara en tan antiguos mandamientos.

Las familias crecieron acunadas por el toque de queda, el rosario recitado en familia y la vigilancia extremada de los padres y de abuelos, y de la tía en triste soltería. Las fiestas de cumpleaños y los festejos de matrimonio, fueron durante casi cien años, las únicas ocasiones en que las familias se reunían hasta medianoche. Estos acontecimientos, constituían la única nota social y sus ecos perduraban por mucho tiempo.

El paseo en la Cañada Grande (Alameda), se veía concurrido en la tarde del día domingo por las familias más importantes, con su gente en pleno; y en la primavera, los muchachos aprovechaban para el juego al volantín, mientras los adolescentes desde la distancia comenzaban a conocerse. En este paseo y en otras ocasiones en la plaza principal, las fondas de septiembre y las festividades de Pascua para el pueblo, acercaba a la gente, sin distinción de clases, y eran las fiestas de la ciudad entera, en la que el hombre anónimo tomaba desquite en la semana que añadía por su cuenta, para componer el cuerpo, y poner una nota distinta en su vida oscura.

Por muchos años, las fiestas que la Municipalidad organizaba para recreo del pueblo y conmemorar una fecha nacional, reflejan las características coloniales de la autoridad comunal y su marcada distancia en la valoración del pueblo. Si bien es cierto que la emancipación de 1810 modificó la vida política, en cambio, en las costumbres, y sobre todo en el crecimiento ciudadano del individuo, no influyó sino a medias. El humilde trabajador al día y el artesano, tenían un valor menor en la Colonia, por el propósito social excluyente que informaba la conducta de la Conquista; y la proyección de las clases continuó en los días de la República sin alternativas de inclusión -para la que luego fue la clase baja-, por no tener entroncamientos con la gente principal de la Colonia y por la naturaleza de los trabajos que ejecutaba.

Pese a que, vitalmente, la vida y desarrollo del caserío hasta ser aldea debe a los elementos humanos en cierto modo despreciados, su madura presencia de ciudad que alcanzó después, no es sino en 1890, que la insurgencia del liberalismo influye en la ciudad y determina la iniciación de cambios y modificaciones en las costumbres y en un leve acercamiento de las clases sociales. En ese año, es un artesano el que organiza los juegos artificiales de la Pascua, y gente modesta la que anima los festejos de Fiestas Patrias, en la Alameda; pero, no es sino algunos años más tarde, que sin distinción, la gente comienza a deshacer su aislamiento colonial, y en la ciudad se advierte un ritmo que poco a poco va empujando las cosas antiguas, casi con alegría.

La transformación es más evidente en la gente acomodada que en los otros grupos del pueblo. Se inspira sobre todo, en el ejemplo de los ediles y de los vecinos connotados que asistían a los bailes de la pieza grande de la Municipalidad, con indumentaria menos fúnebre que la de los actos oficiales. Estos bailes causaron revuelo, por haber roto el hermetismo de la vieja casa y dado paso a la convivencia entre las familias. Cada año adquirieron mayor lucimiento, y cada vez fue más numerosa la concurrencia. En estas manifestaciones, sin duda, se encuentra el punto de partida para el nacimiento del Club Social, en 1897, que se inauguró en la calle Estado en la casa de Carlos Imperial.

Pero estas manifestaciones de vida hacia afuera, no se deslizaron plácidamente, como se ha creído. Las señoras demasiado apegadas a las normas de la Colonia, largaron su artillería gruesa en defensa de las costumbres sagradas y de la seguridad de sus hijos y de sus hijas. A esta campaña no fue extraña la vez del clero, que veía en el comienzo de la vida social el alejamiento progresivo de la feligresía, que hasta ayer, no faltaba a los sagrados mandamientos y cumplía sin falta a sus deberes. Esta hostilidad cesó en parte, al fundarse el Club Musical, en el que se reunieron los mejores elementos artísticos que había en la ciudad y más de alguno que pasaba por el escenario del Teatro de la Plaza. En este teatro, el club realizó durante mucho tiempo conciertos y variedades, que en ocasiones alternaban con conferencias y charlas de poetas y escritores que asistían al círculo intelectual del doctor De-Geyter. El Club Musical, que contó entre otros a personas destacadas, como Antonio Ortega y al doctor De-Gayter, y a aficionados al teatro, como Otto Kreftt, las señoritas Peralta y Moreno, proporcionó a la vez a la Parroquia sus valores artísticos a los que dirigía el organista Cornelio Vilos, músico y en cierto modo ganado por la misantropía, que prefirió a la vida llena de atractivos que la posibilidad de sus condiciones de ejecutante le brindaba, la modesta y casi oscura existencia al lado de su órgano y de escasos amigos.

Las actividades del Club Social despertaron la afición en los jóvenes, no siempre bien comprendida en el hogar y menos estimulada más allá de las fiestas de septiembre y de Pascua, en las que participaban los muchachos con incontenible alborozo. No es equivocado situar en estas fiestas teatrales, el comienzo de un acercamiento entre el pueblo y la gente que todo lo hacía en la ciudad y se dejaba aplaudir constantemente. Los actos en el Teatro de la Plaza, celebrados con desusada frecuencia desde 1896 a 1900, constituyeron las fiestas sociales para el esparcimiento cultural del pueblo. A estas fiestas, la gente modesta acudía en traje dominguero y dedicaba toda su atención a lo que ocurría en el escenario. Tanto como aplaudir, les daba eco entre sus relaciones ponderando lo que habían visto y oído.

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Por esos años, las manifestaciones artísticas van sembrando entusiasmo entre el pueblo, y a poco, en las reuniones íntimas, aparecen algunos mozos con su compañía de títeres. En el barrio de la calle Zañartu desde Germán Riesco a Millán, en las largas y rientes noches de la primavera, los títeres se presentan en una y otra casa, y dan ocasión para que se organicen bailes en los que ondea su gracia la cueca y aviva los ánimos el mosto y la buena cazuela. En otros barrios, algunos jóvenes ensayan representaciones como las del Teatro de la Plaza, y obtienen triunfos que no trascienden más allá de la intimidad hogareña. En buenas cuentas, todo es obra del Club Musical y de su acción en cinco o seis años bien movidos, que el pueblo más que nadie llega a comprender y estimular con su asistencia cada vez más numerosa.

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Una tonada muy conocida dice en su letra antigua:


«La Carmen Navia pasó a Rancagua,
caña con chicha, chicha con caña».



Seguramente se refiere la noticia a una tal Navia, que pocos años después de la Reconquista hacía frecuentes viajes a Rancagua, junto con algunas mujeres jóvenes, para animar a espaldas de la autoridad o con su consentimiento de vista gorda, la vida alegre de un pequeño barrio que comienza en calle Cáceres cerca de Zañartu, en un largo caserón, en el que la luz y la bulla se apagaban muy tarde. Ese barrio, por su proximidad a la Alameda y a la Acequia Grande, por las que no se podía transitar después de las últimas horas de la tarde, creció inquietamente y dio intervalos su nota roja a la ciudad. Pero, en 1880, la existencia regular cobra tanto impulso, sobre todo en la esquina sur de las dos calles, que se llega a creer en la influencia del Celeste Imperio, cuyo era el nombre de la casa en el que la vida nocturna jamás terminaba.

La vida nocturna en el barrio de la calle Cáceres, atrajo a la gente mozo y aún a no pocas cabezas de hogar y puso una nota distinta en la tranquila y severa ciudad colonial. Sin duda, que contribuyó en parte la vida hacia afuera que venía manifestándose desde los comienzos de 1896, aunque su contribución estuvo a punto de malograr la acción de los medios culturales, y producir no pocas divisiones en la familia.

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En 1897, es palpable la transformación en la vida de la gente. El aislamiento ya no existe sino en muy pocos, y se manifiesta bien a las claras el deseo tanto tiempo retenido por el ambiente colonial, de vivir a las anchas.

Los hombres de comercio y de profesión, como asimismo los empleados, se reúnen en el Hotel de Belisario Gormaz, de la Plaza, y las familias conviven en pequeñas y sencillas fiestas en el Hotel Peralta; pero, en muchas ocasiones, gente de una y otra condición, va a saborear los helados servidos en largas copas de cristal y los dulces con manjar blanco en el negocio de la plaza, de doña Carmen Moncada. Allí, durante muchos años, las sencillas y limpias mesas se hacen estrechas para la familia, y el largo mesón apenas si deja hueco a los que gustan del cola de mono.

En los días de fiesta nacional, la plaza se inquieta como una muchacha y después de correr por los cuatro rincones viene a beber el helado de la alegría en la mesa de doña Carmen Moncada, que la mira de los ojos a los pies, con el gozo de la mujer que la ha visto tanto años.

La vida hacia afuera, trae la ventura de vivir y un rápido ascenso en el comercio. Parece que al deshacer la grave y somnolienta faz de la colonia, la nueva vida humanizara hasta los aleros de la casa grande y el portón que abre la boca al zaguán, por donde va y viene la vida.

La ciudad, tanto ha esperado del nuevo ritmo, que no cabe en sí de alborozo, y como no olvida que para tal fue hecha, estira sus miembros hacia el poniente, por el que el progreso, fuente segura de su vitalidad recién crecida, abre nuevas puertas a un movimiento que no habrá de cesar.




ArribaAbajo- XXV -

La ciudad en 1900


Casi sin sentirlo, la aldea se había despojado de sus ropas livianas y su cuerpo y su estatura comenzaban a lucir gallardías de mocedad bien conseguida, en robusta aspiración a ser más de lo que en la galante heráldica de O'Higgins, se le decía. El trabajo lento, pero ininterrumpido de dos generaciones, en el que tienen igual valor y sabor constructivo las fuerzas de los hombres directores, los profesionales, los comerciantes, artesanos y jornaleros, habían acabado la estructura definitiva de ciudad, que se daba su propia fisonomía y no tenía que vivir a escondidas detrás de una frase de gloria.

En ese año, la administración comunal en las manos hábiles y enérgicas de Pedro Nolasco Vergara, alcanza el más alto grado de organización; el comercio cada vez más activo, proporciona una fuente de ingresos regular a la vida administrativa, que no habría de disminuir, pues, la explotación industrial del mineral El Teniente, en comienzos, asegura una perspectiva halagüeña. En la Municipalidad, los intereses generales se atienden y solucionan con una evidente preocupación por satisfacer las menores necesidades. Se establece así, una cooperación de los contribuyentes, que se aprovecha íntegramente en el adelanto cada vez más visible en todas las obras realizadas.

El comercio establecido en su casi totalidad en la calle Independencia, da a la calle importancia principal, que luego se advierte en los carritos tirados por caballos que movilizan a la gente y a la que acude de las aldeas vecinas. Las agencias, instaladas en la parte oriente de la calle (calle Germán Riesco), se mantienen en cierto modo alejadas del centro comercial, cercanas, sin embargo, al Mercado y a las cocinerías de La Merced, sin ser más ni menos que en los tiempos en que funcionaba en la plaza en las antiguas Recobas, se ha agrandado por la expansión productora de las haciendas, que traen hasta allí los frutos de la tierra en grandes y mansas carretas.

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La Plaza, con sus primeros y frescos jardines, es el centro vital de cuanto se hace y proyecta sobre la ciudad. En el edificio de la Municipalidad, el Juzgado de Letras y el Presidio ocupan gran parte; junto a la vereda en una vara larga se acomodan las cabalgaduras de los visitantes y de los litigantes. Cercano están el Correo, la Parroquia, la Intendencia y el Teatro, y en el extremo norte, el Club Social y algunas casas comerciales.

El paseo, durante largo tiempo encerrado por una reja, se abre a las cuatro calles, como cuando no era más que un sitio desierto. Ahora, reúne a la gente en las tardes apacibles y alegran los prados, los árboles, el juego de los niños y el agua de la pila.

Las calles no se adornan con edificios mejores que los que se alzaron después del sitio de 1814, pero las casas pequeñas y como enclavadas junto a la vereda, se prolongan a ambos lados con algunos intervalos, hasta las avenidas. Dan una impresión de modestia en el marco de las ocho cuadras cuadradas, pero dejan ver la porfiada ambición de ganar el espacio que corre más allá de las cuatro avenidas.

El agua de la Acequia Grande mantiene los servicios higiénicos de las casas y apaga la sed de los árboles que decoran los largos sitios y los jardines de los patios. Por el centro de las calles el agua corre hasta la Avenida San Martín y se presta alegremente para aplacar la tierra en los días del verano. Este servicio, fue durante cincuenta años un problema que provocó largas discusiones, pero en 1900, la vigilancia municipal conseguía mantenerlo con tanta regularidad, que el pueble tradujo su opinión calificando de mejor, al Municipio que dirigía Pedro Nolasco Vergara.

La Avenida San Martín se unía a la Estación de los Ferrocarriles por una calle ancha llamada de La Estación, que rodeaban extensos potreros. Poco antes de llegar a la plazuela, la casa de los Calvo, en la que hubo una posada, y la de los Schiavetti, son las únicas construcciones importantes a lo largo de la calle. La plazuela adquiría forma por un grupo de sauces, que fue el único adorno por muchos años; algunos ranchos asomaban en los claros de las calles y dos o tres casas en la esquina de la avenida que más tarde crecieron hasta el lugar donde se habría de construir el edificio de la Cárcel.

La ciudad quedaba prácticamente encerrada en las últimas horas de la tarde. En la calle de La Estación y en las cuatro avenidas, no había alumbrado. La oscuridad hizo frecuente las incursiones de los bandoleros que en más de una ocasión instalaron su cuartel en esos sitios y aterrorizaron a la población con sangrientas correrías. En el día, el movimiento de su arteria comercial daba a la ciudad la medida de su virtual crecimiento, pero en la noche entraba por los cuatro costados la ronda de las tinieblas que llenaron de silencio y de oscuridad las largas noches de la Colonia.

La vigilancia policial era escasa. El primer Cuerpo de Policía que se creó tuvo su cuartel al lado sur del Mercado, y algunos años más tarde en la calle Almarza; pero en 1900, el cuartel se hallaba en la Avenida San Martín en la esquina de la calle Mujica.

Con una dotación de hombres reducida, el resguardo del orden y la seguridad de la población no podía hacerse sino con grandes esfuerzos; sin embargo, logró sin otra ayuda que las buenas disposiciones directivas, terminar en parte con el bandolerismo y restablecer la tranquilidad. En ese año, las clases, hacían el recorrido de todas las calles, desde las primeras horas de la tarde hasta el amanecer.

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La enseñanza contaba con establecimientos como la Escuela Superior de Hombres, la Superior de Niñas y el Liceo de Hombres, que tenía más de cincuenta años de existencia.

El desarrollo comercial determinó el aumento de la población de la ciudad y a la vez el aumento de la población escolar, en la que se incluía a los estudiantes de los pueblos vecinos. A este florecimiento, contribuía también la labor del Club Musical, y de un ateneo, creado por los profesores y los alumnos del Liceo. Simultáneamente, las pugnas políticas daban a intervalos ocasión, a médicos, abogados e intelectuales de los partidos, para mover el ambiente con conferencias, que elevaron la importancia de la ciudad y su inclusión en las diversas manifestaciones de la cultura.

Junto a esta madurez, la industria traía su aporte modesto, pero significativo. La fundición, de Carlos Mangelsdorff y la Fábrica de Conservas, de Juan Nicolás Rubio, impulsaron nuevas vías en el trabajo y dieron una vigorosa expresión a las actividades todas. En ese año, la industria iba a determinar la prosperidad de Rancagua, siembra los primeros signos de vida en el sector que cubren los extensos potreros aledaños a la Avenida San Martín, hasta la línea del ferrocarril. La construcción de las primeras oficinas de la Braden Copper y los trabajos de explotación del mineral, hacen surgir modestas casas y dos caminos, en los que se movía una población casi extraña a la ciudad. Con un ritmo más débil, el sector que queda al otro lado de la calle de La Estación y llega hasta la Alameda, comienza a deshacer sus potreros y los ranchos dan paso a pequeñas casas. Allí se instaló la primera Barraca de Maderas importante, a la que debe el rápido desarrollo la población que habría de incorporarse después a la ciudad.

En estos dos sectores nacen las industrias y se instalan las bodegas de frutos del país, que contribuyen a señalar la actividad comercial. El tardío crecimiento, compensaba con el aporte singular de las nuevas fuentes de trabajo y el acercamiento definitivo de la ciudad al ferrocarril, del que estuvo separada durante más de treinta años. La modesta condición en que nacieron, tanto la industria como el comercio, en esa parte, habrá de historiarse un día, y se encontrará en su partida y desarrollo, tanto como el aliento fundamental de una nueva fuerza, el deslinde de una época, en la que termina el color y el sabor colonial de la ciudad.

Acaso por eso sea conveniente, por encima de la mera curiosidad dejar constancia en estos apuntes de los establecimientos que había en la ciudad, en ese año: las Agencias del Siglo, La Estrella Negra y El Pobre; el Despacho del Pobre, en calle Independencia; Los Baratillos, de Fidela Reyes y Clorinda Moreno; las Peluquerías, de Emilio Ibáñez, Juan Plá y Miguel Meza; la Barraca, de Francisco Valenzuela; la Cigarrería, de Elías Pérez; las Droguerías de Otto Kreftt, Carlos Imperial y Moisés Zúñiga; las Dulcerías, de Francisca de Meneses y Margarita Basteró; las Fábricas de Cerveza, de Alejandro Morán y José Miguel Vergara; la Mercería, de Elizardo Bravo; las Panaderías, de Julio Augier, Ramón Cerda y Pedro Holmann; las Tiendas, de Germán Cohl, Sommer Swidersky y Antonio Soltura; los Hoteles, de Salvador Peralta, Vicente Rementería, Belisario Gormaz y Carmen Moncada; los Billares, de Mauricio Cortés y Lorenzo González, y la Fotografía, de Castro y Romero. Seguramente escapan algunos en esta lista, pero están los principales que aparecen en las publicaciones hechas por la Municipalidad.

En verdad, 1900 y 1901, son los años en que Rancagua hace efectivo el anticipado y cariñoso título que le diera Bernardo O'Higgins, en 1819. A los ochenta años justos, podía mirarse por los cuatro costados sin altanerías regionalistas, dueña de su destino, y con la flor capital brillándole en mitad del pecho. La lealtad no había desmerecido en esos largos años de trabajo y por lo contrario, tan fiel a ser entre las ciudades del país, desde el Ande hasta el Mar, la tierra le daba como en los días de la Conquista, un verde y regado suelo, en el que su capitanía provincial hallaría su premio y su gloria.






ArribaBibliografía

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