El 30 de junio de 1808 don Juan Mackenna recibió orden de trasladarse a Santiago, de parte del Gobernador García Carrasco.
La muerte de su jefe, amigo y protector, acaecida el 18 de enero de 1801, que ocasionó a corto plazo el desligamiento de Osorno de la dependencia directa de Lima, por Real Orden de 28 de octubre de 1802, hubiera podido enfriar en Mackenna su entusiasmo por el trabajo.
Sin embargo, no sucedió así: El Gobernador logró materializar todos los proyectos de su anciano jefe y amigo, ampliados por los propios.
Su labor de once años se hizo acreedora al reconocimiento de todo un pueblo, el que tuvo la cortesía de no hacerle presente sus sentimientos sino cuando ya el Gobernador se hubo alejado. «¡Delicadeza sencilla de aquellos honrados pobladores que no querían merecer el nombre de palaciegos!», dice Vicuña Mackenna en su Biografía de Mackenna, página 46.
Por una parte, fueron los padres de diferentes misiones los que le manifestaron su gratitud por los favores y atenciones que a ellos había prodigado, ayudándolos en el fomento de la religión cristiana.
Por otra, los pobladores reunidos en el Ayuntamiento dejaron constancia de «el celo, desinterés y dulzura con que los había gobernado por más de once años; en cuyo tiempo declaramos que jamás se mezcló ni directa ni indirectamente en ninguna especie de comercio ni hacienda de ganados, nunca cobró derecho alguno de pasaportes, ni la administración de justicia, siendo siempre su principal objeto componer cualquiera disensión que acaecía, y que todos viviesen en paz y unión. Puso el mayor esmero en corregir los vicios y costumbres públicas; aumentó y disciplinó las milicias, manteniendo siempre la colonia en el mejor pie de defensa contra los indios infieles; y cuidó de la enseñanza y educación de la juventud. No es menos digna de alabanza la notoria integridad y economía que observó en la inversión de los caudales públicos y del repartimiento a los colonos de tierras, ganados y herramientas, etc. Principió y concluyó la reedificación de la ciudad, entre cuyas obras, se distingue una famosa Iglesia de tres naves de piedra de sillería con la casa de Ayuntamiento y cárcel del mismo material, y demás edificios públicos y particulares, como también todos los caminos y puentes (menos el del río de las Damas) de esta jurisdicción. Reconoció, en requerimiento de tierras para la colonia, todo el distrito, desde la mar hasta la cordillera y estuvo al parecer en la desembocadura del río Bueno, cuyo reconocimiento hizo con el objeto de proporcionar a la colonia el beneficio de la navegación de este río. Otros muchos y debidos elogios podíamos hacer del citado señor Mackenna, a no temer lastimar su modestia, pero sírvale de satisfacción (la más dulce de todas para un corazón noble y generoso) que aunque es notorio que ha salido pobre de esta colonia, y sin el menor premio, ha salido acompañado de las bendiciones de los pobres, dejando penetrados de reconocimientos a cuantos vecinos honrados tiene Osorno y su jurisdicción». En el Apéndice incluimos el texto íntegro de esta carta, lo mismo que las que enviaron a Mackenna, con igual motivo, los padres misioneros de las reducciones pertenecientes a la jurisdicción de Osorno, y la del Vice-Prefecto encargado de estas misiones.
Muerto O'Higgins, y desligada la colonia de Osorno de la ayuda material del Perú, la ciudad comenzó a llevar una vida lánguida, a pesar de todo el entusiasmo desplegado por Mackenna a fin de evitar la decadencia de ella.
Como a la falta de ayuda exterior se sumara la del Gobierno central de Chile, que se agudizó con la guerra de la Independencia, la situación se tornó sencillamente calamitosa.
Para colmo, otros factores vinieron a empeorar la difícil situación económica de Osorno:
Consideramos el fin del gobierno de don Juan Mackenna como el término del período de la Repoblación de Osorno, tanto porque las obras que significaran adelanto se paralizaron, por las causales anotadas anteriormente, como porque la continuación de ellas incumbiría más, en lo sucesivo, al Ayuntamiento o a la iniciativa privada.
Hemos dado bastante amplitud a la exposición de los asuntos relacionados con la reconstrucción de la ciudad, ya que se trata del período de mayor actividad en su desarrollo, en relación con el corto número de años empleados en darle nueva vida. Y esto se justifica: nada había, y hubo que hacerlo todo, ya fuera provisorio o definitivo.
Al alejarse Mackenna, dejaba un pueblo formado, cuyos habitantes sentían ansias de mejoramiento en sus condiciones privadas y colectivas. Desgraciadamente, el advenimiento del período tumultuoso de la Independencia, vino a hacer que durante muchos años Osorno siguiera siendo el mismo pequeño villorrio que se formó en sus comienzos.
A principios de 1914, la Sociedad Chilena de Historia y Geografía y la Liga Patriótica Militar elevaron una solicitud al Presidente de la República, en cuyo primer párrafo decían:
Ambas instituciones, al pretender salvar ese olvido, no pedían fondos al Estado para levantar una columna o monumento en recuerdo del gran militar de la Independencia y repoblador de Osorno, sino la simple autorización legislativa para realizar su propósito.
Tuvieron éxito en su petición, y el 21 de marzo de 1915, en un grandioso acto público, se inauguró un hermoso medallón colocado en una sencilla columna, en la Alameda Bernardo O'Higgins de la capital de la República.
En representación del Gobierno pronunció un conceptuoso discurso el Ministro de Relaciones Exteriores, don Alejandro Lira. En una de sus partes dijo:
Después de referirse a los momentos culminantes de la vida de Mackenna en Chile, el señor Lira terminó con las siguientes palabras:
A continuación habló el Primer Alcalde de Santiago, don Ismael Valdés Vergara, quien dijo:
La Municipalidad de Osorno se hizo representar en esta ceremonia por el doctor don Neftalí Barrientos, quien fue portador de una placa de bronce con la siguiente leyenda:
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«Homenaje de la Municipalidad de Osorno a su Repoblador y Primer Gobernador. 1797-1809». |
Desgraciadamente, en esta inscripción hay dos errores: Mackenna no fue, al menos cronológicamente hablando, el «primer Gobernador» de Osorno, y su gobierno no se extendió hasta 1809, sino hasta un año antes».
En el discurso que pronunció el doctor Barrientos hizo una completa exposición de la labor material desarrollada por Mackenna en Osorno y, al referirse a la parte espiritual, dijo:
Consideramos como segundo período en la vida de Osorno el tiempo comprendido entre la iniciación de la Independencia y el comienzo de la Colonización por elementos extranjeros, ya que este último, acontecimiento vino a significar un verdadero despertar en todo género de actividades.
Hasta 1850, la ciudad continuó con su vida apacible, sólo turbaba por luctuosos y sangrientos sucesos en 1821. Su progreso fue lentísimo, como lo fue también el de todos los pueblos situados lejos de la capital de la República, por motivos que es conveniente recordar.
Antes del advenimiento de Portales, el país vivió un período de perturbación permanente, de completa anarquía política.
Las campañas de la Independencia se prolongaron por espacio de varios años, hasta 1826, en que logró incorporarse al territorio nacional el archipiélago de Chiloé. La Expedición Libertadora del Perú comprometió «todo el haber de Chile», como dice Galdames, y cortos años después, entre 1833 y el 39, nuestro país debió destruir la Confederación Perú-boliviana, que para nosotros los chilenos significaba un peligro. Tanto comprometió este último acontecimiento la vida nacional, que, al leer los periódicos de esa época, vemos que ellos llenaban sus columnas estudiando la magna empresa que la nación acometía. La victoria de Yungay fue la hermosa recompensa a tantos desvelos y sacrificios.
Mientras tanto, los pueblos de Chile dormían. «La misma falta de iniciativa, la misma pasividad antigua, acostumbrada a esperar todo bien así como a temer todo mal de la omnipotencia de un amo, llamárase éste rey, capitán general, director supremo, presidente o patrón, permanecía como antes dominando en el carácter de las muchedumbres, tanto en las educadas como en las ignorantes». (Galdames.- Historia de Chile.- página 297).
Con respecto a Osorno, la primera mitad del siglo XIX es el período más oscuro para reconstituir su historia. Los documentos faltan casi en absoluto, pues los que había en la Gobernación y Ayuntamiento fueron llevados por los españoles en su retirada de Valdivia al sur, en 1820.
Hasta 1826 Osorno formó parte del llamado Gobierno de Valdivia, y desde este año hasta 1861 perteneció a la provincia del mismo nombre. Pues bien, es raro encontrar en los tomos de documentos originales que se guardan en el Archivo Nacional asuntos relacionados con la ciudad de Osorno.
Con respecto a los Gobernadores que hubo durante este período, hemos logrado encontrar muy escasos datos de ellos. Sólo sabemos que Mackenna fue reemplazado por don Juan José Moreno y Madariaga, teniente coronel de los Ejércitos Nacionales, que figura en la lista de los repobladores de Osorno; desde 1820 a 1825 desempeñó el cargo don Diego Plaza de los Reyes, teniente coronel graduado de los Ejércitos Nacionales, entusiasta partidario de la causa patriota y eficaz cooperador de Beauchef en sus campañas posteriores a la toma de Valdivia; y don Miguel Asenjo, a quien vemos figurar entre los años 1827 y 1830.
No conocemos, sino aproximadamente, el tiempo que estos Gobernadores desempeñaron su cargo en Osorno, y sólo nos hemos limitado a tomar nota de los años en que hemos visto sus nombres en documentos públicos.
No volvemos a encontrar datos oficiales sobre Gobernadores hasta 1842, en que figura don Juan Antonio García. Con él iniciamos la nómina que incluimos en el Apéndice de esta obra.
Se justifica la falta de noticias sobre estos funcionarios y la escasez de oficios emanados de ellos. Al menos, con respecto a Osorno, no tenían remuneración por el desempeño de sus cargos, ya que no figuran, hasta el 1.º de enero de 1848, en las listas de funcionarios pagados ($365 al año). La falta de documentos, aún de épocas posteriores, también se explica, ya que los Gobernadores debían deducir de su propio sueldo lo necesario para costear los artículos de escritorio.
Conocidos ya los aspectos generales de este período histórico, veamos sus detalles.
El espíritu patriótico de osorninos y valdivianos se despertó desde los albores de la época revolucionaria gracias al entusiasmo de un hijo de Osorno, el coronel don Pablo Asenjo, gran amigo de don José Miguel Carrera, que fue comisionado por éste para formar un comité revolucionario que actuara en esta región.
Después de la audaz toma de Valdivia por Lord Cochrane (3 de febrero de 1820), los jefes españoles Santalla y Bobadilla emprendieron una rápida huida hacia el sur. Aunque disponían de mayores fuerzas que los patriotas, su retirada se hizo atropelladamente, evitando aún el contacto con las pequeñas bandas de huasos patriotas que se organizaron en toda la extensión de los Llanos y Osorno.
Se distinguieron en esta organización patriota los vecinos osorninos señores Diego Plaza de los Reyes y Pedro Santibáñez.
Las tropas realistas pasaron rápidamente por Osorno en la noche del 18 de febrero de 1820 y no se detuvieron hasta llegar frente a Chiloé, con la intención de unirse a Antonio Quintanilla.
Este jefe español no aceptó la recepción de gente que había demostrado tanta pusilanimidad ante un enemigo inferior en fuerzas, y le exigió primeramente rehabilitarse.
Beauchef dice, al respecto, en sus interesantes Memorias refiriéndose a Quintanilla:
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«Él les hizo pasar víveres, armas, municiones, caballos, etc., y les hizo decir que si no eran cobardes, debieran reconquistar lo que habían perdido». |
Al comprender el comandante Beauchef, jefe militar de Valdivia, el peligro que significaba para las armas de la República la unión de las fuerzas realistas, se dirigió con sus tropas a Osorno. Contribuyó también grandemente a esta resolución el estado de miseria en que quedaron los soldados valdivianos después de la ida de lord Cochrane al norte. Por lo demás, «Osorno era el cuartel general de los patriotas, como Valdivia lo había sido de los partidarios y de los soldados del Rey», como dice Vicuña Mackenna en su obra La guerra a muerte. Beauchef escribió al respecto: «Se puede decir con justicia que es en estos lugares donde existe el verdadero patriotismo». (Parte de 26 de febrero, dirigido a Cochrane).
En realidad, la circunstancia que primó para que Beauchef tomara la resolución de trasladarse a Osorno, fue el total desamparo en que lo dejó el Almirante, como lo dice aquél en sus Memorias:
Muy atinada fue esta resolución, y positivos los beneficios que obtuvo con ella, pues ya en el camino recibió de un rico propietario, de apellido Manríquez, doscientos caballos para montar su tropa, y en la región de Trumao los indios le obsequiaron bueyes para proveer a su alimentación, generosidad que él retribuyó regalándoles aguardiente e índigo.
Beauchef llegó a Osorno a fines del mes de febrero, siendo recibido en forma calurosa por el nuevo Gobernador, don Diego Plaza de los Reyes.
Instaló la tropa en el Fuerte, y los oficiales fueron alojados en casas de particulares, que se los disputaban para agasajarlos.
El 26 de febrero el jefe patriota enarboló en el Castillo la bandera nacional.
La madrugada del 3 de marzo fue designada para la partida al sur. Al llegar Beauchef al Fuerte, encontró a oficiales y soldados «fríos y tristes como penitentes».
Esta frialdad era debida a la campaña de desmoralización que fomentó un capitán de granaderos, diciendo a la tropa que el jefe los llevaría a una muerte segura, en vista de la desigualdad de las fuerzas chilenas y españolas.
Las interesantes Memorias inéditas del coronel Beauchef, escritas en su mayor parte en francés, nos han servido para documentarnos en detalle sobre estos acontecimientos.
Al arengar esa mañana a su tropa, dice el coronel, «me serví al hablarles, de algunas expresiones demasiado enérgicas para ser escritas, pero que agradan a los soldados, y les dije: amigos, los maturrangos, nombre de desprecio que los patriotas daban a los españoles, se han reunido en Maullín y están en marcha sobre nosotros, y nosotros vamos a marchar sobre ellos. El lugar donde vamos a encontrarnos nos es favorable. Se nos dice que son 500, pero el número no hace nada; es corazón lo que se necesita, y nosotros lo tenemos, y vamos a probárselo. Por lo demás, yo no quiero conmigo sino voluntarios y hombres decididos a vencer, que es lo que se necesita. No tenemos retirada; más bien la muerte mil veces que perder el lugar y ser los prisioneros de los españoles que acabamos de vencer en su fortaleza. Que los que quieran seguirme marchen adelante».
Las alentadoras palabras de Beauchef fueron contestadas con gritos de «¡Viva la Patria!»
El coronel separó 140 hombres de los mejores, pues había algunos débiles y enfermos que debió dejar en Osorno. El pequeño cuerpo era dirigido por cuatro oficiales que, según Beauchef, «merecen ser nombrados»: el ayudante, Dionisio Vergara, José Labbé, Pedro Alemparte y José María Carvallo. Con respecto al capitán de granaderos que trató de desmoralizar a la tropa, Beauchef dice que «se declaró enfermo, a lo que le respondí que se fuera a acostar, o algo más enérgico, y que no tenía necesidad de él».
En cambio, un civil, don Juan Ángel Agüero, se ofreció espontáneamente para guiar a la pequeña expedición, a pesar de los peligros que ello ofrecía. Al comienzo del viaje se les unió don Diego Plaza de los Reyes, con los caballos en que debía montar la tropa.
El día 6 de marzo de 1820 se produjo la batalla entre españoles y chilenos, en un lugar llamado El Toro, situado al oriente de la actual villa de Tegualda.
Vicuña Mackenna, en su obra La guerra a muerte, dice, con respecto a este encuentro:
Aparte del valor heroico, que exalta Vicuña Mackenna, es claro reconocer que en esta acción de guerra se decidía la suerte del sur del territorio, incluyendo Valdivia y Corral. La reconquista española de esta zona, quien sabe qué otras consecuencias funestas hubiera tenido para la suerte de la República.
Después de tres días de marcha desde la partida de Osorno, Beauchef juzgó que debían encontrarse ya muy próximos a los españoles, e hizo alto a fin de organizar la continuación del avance.
Ya había formado, con 50 granaderos, la vanguardia, que confió al bravo Labbé, y había dado a su jefe las instrucciones correspondientes sobre la forma de proceder en el avance, cuando se produjo un hecho que, así como tuvo un desenlace cómico, bien pudiera haberlo tenido trágico para los chilenos.
Un soldado chilote, que antes había servido a los españoles, se ofreció a Labbé para fingir una deserción y presentarse como fugitivo ante los enemigos. Allá, después de justificar su huida con el cariño que sentía hacia su isla y a sus familiares, trataría de impresionarlos al decirles que los chilenos eran 300 soldados escogidos y bien apertrechados. Agregaría, además, que los prisioneros españoles eran bien tratados por los patriotas.
A pesar del peligro que vio Beauchef en la realización de esta comedia, el chilote fue autorizado para partir, montado en el caballo del propio coronel.
Hacía una hora que nuestro hombre galopaba, libre de preocupaciones, ya que no esperaba encontrarse tan pronto con las avanzadas enemigas, cuando fue cogido sorpresivamente por éstas. Lo repentino del ataque hizo que el chilote, al ser presentado al coronel Bobadilla, no pudiera ocultar la nerviosidad que lo embargaba, y bastó que se le pusiera delante de un pelotón de fusilamiento, acusado como espía, para que dijera toda la verdad sobre su misión.
El temor que sintió Beauchef cuando se le comunicó el proyecto del chilote, se cumplió, lo que vino a sumarse a la situación desmedrada en que se encontraban las fuerzas patriotas, y que dio a conocer, como el coronel lo dice, «todo el mérito de esta acción o hecho de guerra».
El grueso del ejército español ocupaba las «casas del Toro», modestas viviendas se vaqueros, anexo a las cuales había un corral formado por troncos de árboles clavados en tierra. Dentro de este gran recinto se instaló la infantería, que contaba con 378 soldados; y fuera de él, la caballería y algunos artilleros con dos pequeñas piezas de montaña. Toda esta tropa estaba dirigida por 38 oficiales, lo que hacía un total de 500 hombres.
Bobadilla, de acuerdo con sus oficiales, decidió no avanzar, sino esperar en las posiciones que ocupaban; pero colocó dos compañías, a unos cuatrocientos pasos de distancia, con el objeto de cortar la vanguardia de Beauchef y ponerla entre dos fuegos. Destruida ésta, toda la fuerza debía caer sobre el resto.
Era la hora del mediodía. Repentinamente el jefe patriota oyó un disparo de fusil, que fue seguido de un intenso tiroteo.
Los soldados patriotas se desmontaron de sus caballos, y a los gritos de «¡Viva la Patria!» comenzaron apresurados su avance en busca del enemigo.
La caballada fue retirada y quedó a cargo de don Juan Ángel Agüero, juntamente con las mulas que llevaban las cargas de reserva de municiones.
A pesar de que el grueso de los patriotas trató de llegar cuanto antes en socorro de la vanguardia, las numerosas curvas del camino hicieron que pasara más de un cuarto de hora antes que encontrara a los primeros heridos que se retiraban a retaguardia y, poco después, a Labbé con sus granaderos que se replegaban sin haberse desmoralizado. Todos declaraban que los españoles eran más de quinientos.
Antes de reiniciar la acción, Beauchef se encontraba rodeado de un grupo de granaderos, cuando, repentinamente, los españoles aparecieron en el alto de la cuesta del camino, haciendo una descarga cerrada que ocasionó la muerte de cuatro soldados. Todos recibieron las balas en la cabeza, pues lo empinado de la cuesta hizo que los proyectiles cayeran casi verticalmente.
Un balazo dirigido por la certera puntería de Beauchef, que derribó a un oficial español de caballería, fue como la voz de mando para el ataque decisivo. Tres o cuatro tambores comenzaron a tocar «¡A la carga!». Las voces no se oían. Y la ola patriota inició su ataque formidable con bayoneta calada.
El enemigo se sintió tan impresionado por esta acometividad por él no esperada, que se desmoralizó por completo. Beauchef describe así este momento:
Eran las 5 de la tarde.
Al leer estas líneas, copiadas de las Memorias inéditas del coronel Beauchef, se justifican las hermosas palabras de Vicuña Mackenna, con las cuales hemos comenzado el relato de esta batalla tan gloriosa para las armas patriotas, y tan desconocida para la mayoría de los chilenos, lo que nos ha inducido a hacer una narración tan extensa de ella.
Posteriormente supo Beauchef, por declaraciones de un capitán español, de apellido Varela, el porqué de esta vergonzosa confusión y descalabro de las armas del Rey.
Varela formaba parte de las tropas que estaban en emboscada. Al ver pasar los ocho primeros hombres de la vanguardia patriota, los tomaron o mataron, produciéndose, poco después, la reñida lucha con el resto de la vanguardia, la que se batió con tanta decisión, que los españoles creyeron estar luchando con todas las tropas de Beauchef. Poco a poco llegó el resto de la gente que estaba en las casas del Toro a participar en el encuentro.
Cuando la vanguardia comenzó su ordenada retirada, celebraron con gritos de «¡Viva el Rey!» el triunfo que creían haber obtenido. En ese momento fueron sorprendidos por la llegada de todos los elementos de Beauchef, lo que desorganizó por completo a los españoles y produjo entre ellos la desordenada fuga.
Antes de cerrar este capítulo, hagamos el recuerdo de un soldado que se destacó entre los héroes de esta acción: el granadero Juan Ferrey, que formaba parte de la vanguardia. Al verse rodeado de enemigos, y no pudiendo cargar nuevamente su arma, la tomó por la punta del cañón, y así se defendió y atacó rudamente, prefiriendo sucumbir antes que entregarse a los enemigos. Según el relato de Beauchef, «había recibido nueve balazos. Después de su muerte, su bella cabeza estaba todavía amenazante. Era el más bello de mis granaderos».
Según el relato del coronel Beauchef, sus tropas tuvieron una pérdida de 11 hombres, que fueron muertos, y de 29 heridos. Elogia, como se merece, al capitán Labbé y, con respecto a la actuación general de sus soldados, dice:
Antes de la vuelta a Osorno, Beauchef comisionó al teniente Alemparte para reunir a los españoles que se habían ocultado en los bosques vecinos. Al día siguiente, a la 1 de la tarde, ya tenía más de 300. Todos se presentaban con sus ropas destrozadas. A ellos se podía aplicar ahora la despectiva frase de «baraja sucia» con que ellos habían calificado antes a los patriotas.
El viaje de regreso estuvo lleno de peripecias, pues durante la tarde se descargó una lluvia torrencial, que sólo cesó a las 8 de la noche. Las dificultades del camino, aumentadas por el temporal, produjeron la pérdida de muchas mulas, cargadas de despojos, que se precipitaron en las quebradas.
El jefe patriota dijo que si este temporal se hubiera producido el día anterior, los habría derrotado a todos, españoles y patriotas.
La ciudad de Osorno recibió a los vencedores en forma triunfal. Las campanas fueron echadas a vuelo, y en los rostros de soldados y civiles se pintaba una gran alegría. Espléndidas comidas, bien regadas con la chicha de la tierra, fueron ofrecidas a los vencedores.
Los prisioneros españoles fueron organizados por compañías que, al cuidado de campesinos armados de lanzas, continuaron al día siguiente su viaje a Valdivia.
Un acontecimiento que vino a producir a corto plazo una situación angustiosa en el ejército patriota del sur, lo constituyó el reemplazo del comandante Beauchef por don Cayetano Letelier, jefe de ingenieros, que tomó posesión de su cargo el 4 de mayo de 1820.
No fueron, sin embargo, las dotes de Letelier las que ocasionaron esta situación desgraciada, sino más bien la miseria y abandono en que quedaron, de parte del Gobierno central de la República, estos humildes soldados del sur:
En octubre de 1820, la aprehensión casual de un emisario enviado por bandas realistas instaladas al norte de Valdivia, hizo saber a los patriotas el peligro que existía de que Quintanilla, informado por el emisario de las derrotas patriotas de Pangal y Tarpellanca, a orillas del Laja, avanzara con sus fuerzas chilotas en dirección a Osorno y Valdivia, por lo que Letelier y Beauchef, ya que este último aún lo secundaba, resolvieron ocupar Osorno con una fuerza considerable de tropas.
Ellas fueron las que protagonizaron un hecho luctuoso en la historia de la ciudad y del país en general, debido, en no pequeña parte, al alejamiento de Beauchef, en junio de 1821, y a la designación, como jefe de las fuerzas de Osorno, del odiado mayor José María Vicenti y de algunos subalternos tan poco dignos de cariño como él.
«El motín de Osorno fue un verdadero drama de odio y amor, de hambre y de venganza», dice Vicuña Mackenna en su obra La guerra a muerte.
El Batallón que guarnecía la plaza de Osorno, denominado «Valdivia», estaba dividido en cuatro compañías, de las cuales dos estaban en el cuartel de la Plaza de Armas, una en el lugar llamado La Trinchera, y otra en el Fuerte denominado Mackenna.
El jefe militar de Valdivia había acantonado en Osorno una fuerza relativamente poderosa, debido a que después de los desastres patriotas a que hemos hecho referencia en el capítulo anterior, se temía el ataque español desde Chiloé.
Este cuerpo estaba integrado por elementos totalmente heterogéneos, pues, junto a los aguerridos luchadores de El Toro, figuraban doscientos presidiarios que habían sido sacados de las cárceles del norte para traerlos a Valdivia.
El motín de Osorno fue un drama de miseria, de hambre y de venganza. La tropa creyó que eliminando a sus jefes terminarían sus penurias, lo que estimaban fácil realizar, dado el aislamiento en que estaban con respecto a las demás fuerzas militares de Chile.
Sin embargo, hay que reconocer que este desamparo no sólo era propio del Batallón osornino, sino de todas las fuerzas patriotas destacadas fuera de Santiago, y justamente esta situación angustiosa provocó la caída y abdicación de O'Higgins, Director Supremo, como consecuencia del alzamiento de las fuerzas de Concepción, mandadas por don Ramón Freire, que pasó a reemplazar a O'Higgins en la dirección suprema del Estado.
Las tropas de Maule al sur, según relatos de dos contemporáneos, llegaron a alimentarse de perros, caballos y mulas.
El motín de Osorno fue un drama de amor. Uno de sus principales promotores, el sargento Juan de la Cruz García, creyó alcanzar, desde un cargo de oficial, la mano de una señorita, hija de un vecino respetable de la ciudad, que le era negada.
El Batallón a que hacemos referencia contaba en sus cuadros a los siguientes jefes y oficiales:
Jefe del Cuerpo, Mayor José María Vicenti.
Capitán Miguel Cortés.
Capitán José María Labbé.
Capitán Simón Antonio Santucho.
Capitán Manuel Valdovinos.
Teniente Tomás Domingo Anguita.
Teniente José María Carvallo.
Teniente Juan de Dios Vial.
Teniente Ramón Nieto.
Subteniente Miguel Alfaro.
Sus principales suboficiales eran:
Sargento 1.º Juan de la Cruz García.
Sargento Andrés Silva.
Sargento Miguel Bustamante.
Sargento José Galaz.
Cabo José Casas.
En relación con los motivos inmediatos que tuvo la tropa para sublevarse, bastará leer más adelante el bando en que el sargento 1.º Juan de la Cruz García explica las causales.
Residía en ese tiempo en Osorno el teniente-coronel don Cayetano Letelier, jefe político y militar de la provincia de Valdivia, que se hospedaba en la casa del párroco, padre mercedario Fr. Miguel Ovalle, consumado patriota en la guerra de la Independencia que, por un brillante sermón patriótico pronunciado en 1810, recibió un obsequio de $500 del Conde de la Conquista.
En la noche del miércoles 14 de noviembre de 1821 la oficialidad del Batallón Valdivia asistía a una tertulia que se celebraba en el hogar de don José María Casas, situado a dos cuadras al poniente de la Plaza.
En la misma noche otra reunión de carácter muy distinto se verificaba en el cuartel del Fuerte. Era la de los sub-oficiales complotados, que tomaban allí los últimos acuerdos para la sublevación que estallaría en pocos momentos más. Era la reunión de «los sargentos», en la cual participaban García, Silva, Espinoza, Crespo, Rubio, Bustamante, Galaz, Pulgar, Casas, Sobarzo, Poblete, Parra, Roa, Simanis, Machuca, Toledo, Baeza, Cabrera, Barbosa y Santana.
El amanecer del 15 de noviembre fue trágico, no sólo para la oficialidad del Batallón Valdivia, sino para el pueblo entero.
Uno de los primeros muertos por los amotinados, según Vicuña Mackenna, fue el maestro de víveres, don Patricio Lagos, responsable, en opinión de la tropa, de tantas hambres.
Sin embargo, no encontramos su nombre ni en la relación del Comisario don Rafael Pérez de Arce, que conoció de cerca estos acontecimientos, ni en el informe del futuro Gobernador de Valdivia, don Jaime de la Guarda, ni tampoco en las inscripciones de defunciones de la Parroquia de Osorno, por lo que nos inclinamos a creer que el señor Lagos no fue sacrificado en este motín.
El Gobernador, don Cayetano Letelier, creyó poder sofocar personalmente la revuelta, pero fue inmediatamente ultimado por el sargento Andrés Silva. El vecino don Félix Flores, que vivía en el extremo oriente de la cuadra norte de la Plaza, encontró, al amanecer de ese día, frente a su casa, el cadáver desnudo del Gobernador Letelier. Dicha calle, hoy Ramírez, llevó el nombre de Letelier.
Cabe advertir que el día 14, manos anónimas dejaron en una de las pilas de la Iglesia una advertencia de lo que sucedería, a fin de que el cura Ovalle previniera del peligro a su amigo y huésped Letelier; pero este arrogante jefe no dio mayor importancia al rumor.
El capitán Valdovinos, que se encontraba de guardia en el cuartel del Castillo, dormía tranquilamente cuando fue arrancado de su cama. Don Fernando Cañas Letelier, abogado y periodista, publicó en El Damas, de 2 de julio de 1892, un interesante relato sobre este motín. Con respecto a la muerte de Valdovinos, dice:
Ebria de venganza, la soldadesca sacrificó a sus jefes en forma cruel: al odiado teniente Anguita, que dormía profundamente, lo velaron en su propia cama, poniendo alrededor de ella cuatro candelabros, y después lo despertaron y mataron a balazos. El Capitán Cortés y el teniente Alfaro, que vivían en una misma casa, fueron conducidos desnudos al cuartel y allí muertos a bayonetazos. Al teniente argentino Carvallo, héroe de El Toro, lo sorprendieron en los momentos que ensillaba un caballo a orillas del río y lo echaron vivo aún a las aguas, después de haberlo hecho juguete de las bayonetas. Por último, al teniente Vial, que se había subido al techo y se escondía detrás de una viga, lo derribaron como quien caza una alimaña.
Lo curioso es que el jefe del Batallón, y justamente el más odiado, el Mayor Vicenti, escapó de esta matanza. Guiado pro un ordenanza fiel, fue a esconderse en las quebradas cordilleranas.
El comisario militar, don Rafael Pérez de Arce, y el teniente don José de Meza, enviado como emisario por Quintanilla, y que resolvió aquí unirse al ejército patriota, pusieron tranquilidad después de tanta furia.
Al amanecer del 15 de noviembre, la gente de Osorno huía de la ciudad. Las señoras montaban «a dos ases o a dos voluntades», sin atender a vestidos ni a nada.
Copiamos de Cañas Letelier:
El 1.º García se convirtió en Comandante del Batallón, y en oficiales los sargentos y cabos más destacados.
En la tarde del día 15, el nuevo Comandante explicó por bando los motivos que los habían inducido a rebelarse.
Don Rafael Pérez de Arce, comisario militar de la división observadora acantonada en Osorno, se dio cuenta inmediatamente de la gravedad y proporciones del motín de la madrugada del 15, por lo que estimó prudente no salir de su casa.
Momentos después de comenzada la rebelión y matanza, se presentó en su domicilio un grupo de soldados mandados por un sargento, los cuales le ordenaron les entregara el dinero que estaba a su cuidado y el almacén de vestuario y víveres.
Accedió inmediatamente a lo primero, haciéndoles entrega de «un talego con seiscientos y pico de pesos»; pero les hizo presente que era más prudente que no tomaran posesión directa de la bodega donde, entre otras cosas, se guardaban tabaco y ron, porque esto contribuiría a exaltar más los ánimos, lo que era conveniente evitar. Les agregó que él los proveería con largueza de todo lo que necesitaran. Felizmente, estas atinadas razones fueron aceptadas por la tropa.
Don Rafael tenía un hermano cadete en el Batallón Valdivia, don Francisco Pérez de Arce, a quien mandó al día siguiente al cuartel, a fin de que tratara de conocer cuáles eran los propósitos inmediatos de la tropa sublevada.
El informe del cadete no pudo revestir mayor gravedad: los soldados se proponían saquear la ciudad y desbandarse después, aunque fuera necesario huir a la otra banda de la cordillera de los Andes.
El comisario comprendió el papel que él podía desempeñar a fin de evitar mayores calamidades y, a riego de ser asesinado, se presentó en el cuartel, solicitando ser oído por los nuevos jefes y oficiales.
Su palabra persuasiva y tranquila y la promesa de que él se ofrecía como intermediario para tratar de arreglar pacíficamente las dificultades, llevaron a la cordura a la gente exaltada.
Era indispensable, ante todo, aplacar el hambre de los sublevados, recurriendo a la ayuda del vecindario. Don Rafael se ofreció gustoso para realizar este propósito y no aceptó la escolta de una compañía de soldados, sino de un reducido grupo, formado por un sargento y doce hombres.
Cuando la división fue llevada posteriormente a Valdivia, don Rafael Pérez de Arce elevó un completo informe de su actuación al Director Supremo, don Bernardo O'Higgins, con fecha 5 de diciembre de 1821.
Fue tal el ascendiente que el comisario militar se conquistó con su tino y prudencia en toda esta zona, que, cuando en 1826, y en conformidad a la ley de 12 de octubre de ese año, se eligió el primer Intendente de la provincia de Valdivia, fue designado don Rafael Pérez de Arce, con fecha 20 de noviembre.
Don Fernando Cañas Letelier, al referirse al papel desempañado por Pérez de Arce, decía en El Damas de 20 de agosto de 1892:
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«Pérez de Arce es acreedor a figurar en primera línea en las páginas de la historia de esta provincia». |
Otra persona que contribuyó grandemente a aminorar las consecuencias del trágico motín del 15 de noviembre, fue el teniente don José Mesa.
Enviado por Quintanilla a fin de tratar de convencer a la división osornina que cometía un error con oponerse a las armas del Rey, Mesa se pasó al ejército patriota.
A raíz del motín, fue el mejor guía y consejero que tuvo el desmoralizado sargento García, y muchas de las medidas que éste tomó se debieron a insinuaciones del nuevo oficial patriota.
El cuerpo municipal de Valdivia, en acta de 12 de diciembre, dejó constancia de «los incomparables servicios» de este joven, a quien llamó «benemérito oficial».
El 19 de noviembre el Comandante de facto, don Juan de la Cruz García, dirigió oficio al Cabildo y Ayuntamiento de Valdivia, lamentando lo sucedido y proponiendo la elección de un Gobernador en reemplazo del extinto don Cayetano Letelier.
García aseguraba en su oficio la fidelidad de él y de la división a su mando hacia las armas de la patria. Textualmente decía al respecto:
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«Mi mayor placer será en ocupar la espada en el sostén de la justa causa de la América». |
En oficio del 23 del mismo mes agregaba:
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«Todos nos consumiremos que retroceder del punto en que traten de hollar la libertad de los americanos, que hemos sabido comprar con nuestra sangre». |
Invitaba García a los miembros del Ayuntamiento y Cabildo valdivianos a reunirse en la Misión de Trumao el día 27 de noviembre, a fin de efectuar al día siguiente la elección de nuevo Gobernador.
En la mañana del 28, y antes de la votación, cuyo reglamento fue fijado por García con fecha 22, se celebró una misa en la Misión de Trumao, seguida de una solicitud de perdón de los sucesos recientes, dirigida a los cabildos respectivos por los escribanos públicos de Osorno y Valdivia.
Los nuevos jefes del batallón osornino se comprometían a «la subordinación, orden y demás principios que constituyen un virtuoso militar, amante de la patria, cuyo documento de fidelidad y respeto tienen en sí la idea, por si alegue el nuevo gobernador algunos temores».
Efectuada la votación, resultó elegido don Pedro de la Fuente, militar exilado en Valdivia por su afección a los Carrera y su amistad con Manuel Rodríguez.
De la Fuente consiguió tranquilizar los ánimos, pero el 22 de diciembre resignó su cargo, temeroso de que pudiera interpretarse en forma torcida su patriótica intervención. Fue designado en su reemplazo el vecino don Jaime de la Guarda, tesorero de la provincia.
Una de las primeras medidas tomadas por el Gobernador de la Fuente, fue la de disponer el traslado del Batallón a Valdivia, lugar donde ya se encontraba el 5 de diciembre.
A menudo un motín provoca otros, y fue lo que aconteció aún antes de que las tropas abandonaran Osorno. Un conato de alzamiento contra la nueva oficialidad fue sofocado severamente por García, que hizo fusilar en el Fuerte a los suboficiales Toledo y Baeza y a nueve cómplices.
Ya en pleno viaje, fue necesario tomar igual medida con seis individuos más, que fueron pasados por las armas en el paso de Trumao.
El vecindario valdiviano se esmeró por socorrer a tan indeseables visitas, no sólo por temor a ellas, sino porque muchos comprendieron que el estado de miseria y abandono de esos hombres había sido una de las causas principales del motín de Osorno.
Además del dinero y especies, las damas regalaron joyas, fondos con los que fue posible acuñar la moneda que se llamó «chunimpa», con la que se pagó a la tropa.
Por otra parte, las autoridades valdivianas se esforzaron por comunicar pronto al Gobierno los graves sucesos ocurridos, a fin de dar término a la situación irregular que existía.
En efecto, el Cabildo comisionó a los señores Vicente de la Guarda y Juan José Moreno, que ofrecieron sus servicios generosamente, para que en una pequeña embarcación se trasladaran a Valparaíso, y de ahí a Santiago, a fin de informar al Director Supremo.
Llegaron a Talcahuano en los primeros días de enero de 1822 e hicieron entrega al Intendente de Concepción del pliego que llevaban para el Gobierno; pero, temerosos de que ese documento pudiera perderse en el viaje por tierra, continuaron ellos a Valparaíso.
Desgraciadamente, la pequeña embarcación de estos esforzados emisarios naufragó frente al río Maule y algunos de sus tripulantes perecieron.
La situación irregular ocasionada por el motín de Osorno se mantuvo casi medio año, debido, primeramente, a que la noticia de los sucesos llegó a Santiago dos meses después de ocurridos éstos y, en segundo lugar, a la falta de recursos y hombres que existía, con motivo del reciente despacho de la Expedición Libertadora al Perú y de los desastres reiterados sufridos por los patriotas desde Chillán al sur.
El hombre elegido por el Director Supremo, don Bernardo O'Higgins, para arreglar la delicada situación valdiviana, fue el coronel don Jorge Beauchef, que unía a sus dotes de gran militar el tino y energía necesarios, además de ser sumamente querido por la tropa.
La expedición de su mando partió de Valparaíso, en los buques Lautaro y Chacabuco, el 1º de abril de 1822 y constaba de 331 hombres que, dado el ascendiente y prendas personales de Beauchef, no necesitaba para imponerse a los amotinados.
Sin embargo, éstos, instigados por el feroz Silva, asesino del Gobernador Letelier, creyeron que Beauchef pudiera venir resuelto a tomar medidas de suma severidad en contra de ellos, y estuvieron dispuestos aún a disparar con los cañones de los fuertes en contra de los buques expedicionarios.
El coronel se vio obligado a reprimir en forma ejemplar estos hechos, lo mismo que un complot contra su persona, del cual se le informó oportunamente, e hizo fusilar en el castillo de Corral, el 9 de mayo, a Silva, Bustamante, Salas, Casas y Rubio. La cabeza de Silva fue colocada en Osorno, en la plaza del Fuerte, frente a la casa de García que, según parece, no acompañó a las tropas a Valdivia.
Tenemos, en resumen, que el trágico motín de Osorno no sólo ocasionó la muerte de siete jefes y oficiales, sino la de veintidós revoltosos que fueron cayendo víctimas de su ambición o del temor al castigo.
¿Y García, principal jefe del alzamiento? En vista de que su actuación en el motín no tuvo nada de sanguinario y, por el contrario, ayudó al avenimiento de las partes, sólo fue desterrado a Concepción, de donde regresó poco tiempo después indultado por don Ramón Freire, por decreto de 25 de febrero de 1826.
Vamos a reproducir íntegro el texto de la solicitud enviada por García al Director Supremo, no sólo porque en ella expone en forma curiosa su intervención en los desgraciados sucesos, sino porque encontramos aquí detalles de fechas que, hasta ahora, no hemos podido coordinar.
La solicitud dice así:
El Director Supremo proveyó lo siguiente:
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«Concepción, 25 de febrero de 1826. Concedido.- Ocurra al jefe de la Provincia en solicitud del pasaporte necesario para conducirse a su casa. Freire.- Palazuelos». |
El original de este interesante documento que, en copia, fue elevado a la consideración de Freire, estuvo en poder de don Francisco Félix Díaz García, descendiente de don Juan de la Cruz, y fue reproducido por el periódico El Osorno en su número del 14 de noviembre de 1921, de donde lo hemos tomado.
En el texto de él resaltan algunos puntos oscuros.
No nos referiremos a la participación que tuvo García en la preparación y desarrollo del motín, que nosotros hemos tomado de autores y documentos imparciales, sino a la falta de coordinación de ciertas fechas.
En primer lugar, no cabe duda que el indulto de García se decretó en 1826, ya que el solicitante felicita a Freire por su «triunfo merecido sobre Chiloé», que fue en enero del mismo año.
Pero, ¿cómo se explica que diga en su solicitud que la revuelta se produjo «el año pasado», en circunstancias que la matanza de oficiales fue el 15 de noviembre de 1821?
Lógicamente el proceso de García que, según hemos visto por sus declaraciones, se hizo en Santiago, debe haberse instruido poco después de los acontecimientos mismos, ya que a eso vino Beauchef, o, cuando mucho, a fines de 1822. ¿Cómo se explica entonces que solicitara indulto después de haber sido condenado a tres años de relegación, que ya habría cumplido, a principios de 1826? Son detalles que, hasta ahora, no hemos conseguido aclarar. A menos que el proceso se hubiera efectuado mucho más tarde, pero entonces no hablaría del «año pasado».
Triunfante el motín del 15 de noviembre de 1821, para Juan de la Cruz García se abrió un paraíso con el cual sólo había soñado su afiebrada mente.
El Libro I de Matrimonios de la Parroquia de Osorno, en su folio 103, dice textualmente:
Los hijos de este matrimonio de amor fueron numerosos: más de una docena, cinco de los cuales fueron varones. Desgraciadamente, sólo uno de éstos alcanzó a vivir hasta la edad adulta, pero murió soltero, cuando contaba 22 años, de modo que el apellido familiar de García se extinguió con respecto a su descendencia masculina.
Una anciana más que octogenaria, residente en Osorno, la señora Teresa Angulo Urriaga, fue esposa de don Francisco Félix Díaz García, culto caballero, hijo de la segunda hija de nuestro héroe, que fue casada con don Luis Ceferino Díaz, uno de los primeros en hacer la navegación del río Bueno en una goleta que entró por la barra, estableció una curtiduría, que instaló en el fundo Río Blanco y una destilería en la ciudad. Don Luis Ceferino falleció en 1892.
La señora Angulo es nieta, además, por línea materna, de don Santiago Montalva, padre de doña Nieves.
En 1842, con fecha 11 de abril, el Presidente don Manuel Bulnes, con la firma de su Ministro de Guerra, don Manuel Montt, concedió los despachos de teniente de la Compañía de Cazadores del Batallón de Infantería Cívica, de reciente creación en Osorno, a don Juan de la Cruz García.
La agitada vida de nuestro héroe se extinguió tranquilamente, a los 78 años, el 5 de agosto de 1863. Su esposa, hada de un romance de juventud, se le fue a unir en la eternidad el 23 de julio de 1871, cuando constaba 70 años de edad.
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«La historia de los pueblos, será siempre la historia del corazón». (Vicuña Mackenna). |
A pesar de la actitud sanguinaria que demostraron alguno de los promotores del motín de Osorno, justo es reconocer que después obraron como chilenos ante un peligro que amenazaba a la patria entera.
Para ellos, convertidos en delincuentes, que estaban aún dispuestos a huir trasmontando los Andes, nada hubiera sido más sencillo que aceptar las insinuaciones del jefe español Quintanilla y unirse a él en Chiloé, lugar tan cercano a Osorno.
Sin embargo, tanto los jefes del Batallón Valdivia, como la tropa, rechazaron indignados tal proposición y prefirieron afrontar en forma varonil las consecuencias de su desgraciada actitud.
Digno broche del proceder de los modestos soldados fue la reacción de los verdaderos jefes de Valdivia que en agosto de 1823, ordenaron no dejar pasar más allá de Osorno a un nuevo comisionado de Quintanilla, que les ofrecía la felicidad y el bienestar futuros y el olvido de todo lo pasado.
Los laureles de esta actitud digna de recordar fueron cogidos en 1826.
La abdicación de O'Higgins, en 1823, exaltó al cargo de Director Supremo de Chile al general don Ramón Freire.
Una de sus primeras preocupaciones fue la de incorporar al territorio nacional los lugares que aún permanecían en poder de los españoles, como la actual provincia de Arauco, los terrenos próximos al sur del Bío-Bío, las faldas de la cordillera de los Andes donde se habían refugiado guerrilleros adictos a España, y la isla de Chiloé.
La estada del coronel Quintanilla en este último punto significaba un constante peligro para la independencia de la República, por lo que el general Freire resolvió destruir este importante foco realista.
En efecto, el 1.º de marzo de 1824 salió del puerto de Talcahuano una expedición destinada a este objeto, la que, después de recoger en Valdivia un batallón de la Guardia de Honor, siguió su viaje al sur.
Este cuerpo expedicionario contaba con 2150 hombres, entre los cuales iban el coronel don Jorge Beauchef, embarcado en Valdivia, y un hermano de doña Isabel Riquelme, el sargento mayor don Manuel Riquelme, tío, en consecuencia, de don Bernardo O'Higgins.
El objetivo principal de la expedición, la toma de la isla de Chiloé, no se vio cumplido en esta primera empresa, pero el mayor Riquelme tuvo pleno éxito en las operaciones que se le encargó realizar en la parte continental, y en las que prestó cooperación un cuerpo de milicianos patriotas de Osorno, comandados por el mayor Labbé, de sobresaliente actuación en la batalla de El Toro, que se dirigió por tierra a la región de Maullín, obedeciendo órdenes de Freire.
Al mayor Riquelme se le dio orden, el 28 de marzo de 1824, de apoderarse con su batallón, compuesto de 280 hombres, del fuerte de Carelmapu, defendido por 200 infantes y 100 jinetes, que estaban bajo el mando del comandante español don Tadeo Islas.
Don Diego Barros Arana relata así el desarrollo de esta acción:
Con respecto a Freire, fracasado en su intento de apoderarse de la isla, regresó con sus tropas a Talcahuano, a mediados del mes de abril.
Si no sobre los progresos de la ciudad de Osorno, al menos hemos encontrado datos relacionados con el estado en que ella se encontraba en diferentes épocas, en los informes o memorias que enviaban a Santiago los Intendentes de la provincia de Valdivia, en los números del periódico oficial El Araucano, cuya colección hemos revisado cuidadosamente, y en los documentos existentes en el Archivo Nacional.
Con respecto a la pobreza de la ciudad de Valdivia, basta leer la descripción que hace de ella don Vicente Pérez Rosales en su admirable obra Recuerdos del Pasado. Y si la capital de la provincia, ubicada en lugar preferente para sus comunicaciones, presentaba un triste aspecto, es de imaginar el estado de las otras ciudades de la provincia: La Unión y Osorno.
Al hablar del motín de 1821, hemos visto que una de sus causas más poderosas fue el estado de pobreza y abandono en que se encontraba la tropa del destacamento acantonado en Osorno, miseria que el comandante Letelier no había podido remediar, pese a sus buenas intenciones, por falta casi absoluta de recursos.
Con fecha 21 de febrero del año 21, el jefe mencionado comunicaba al Director Supremo que se había visto obligado a repartir de fondos fiscales veinticinco pesos entre la gente más pobre. O'Higgins aprobó el mencionado gasto, y agregó: «puede continuar en lo sucesivo interim tienen arbitrios para subsistir».
A los oficiales del destacamento, en vista de la falta de pago de sus sueldos, se les autorizó «para surtirse de varias prendas de vestuario de los efectos de los comerciantes Peña y Masenlli».
La falta de billetes del Estado, o moneda metálica, hizo que fuera necesario hacer circular vales o billetes emitidos por la Tesorería de la provincia, y que había necesidad de renovar anualmente debido a la facilidad con que se deterioraban. Para aumentar el sacrificio de los pobladores, hay que anotar que dicha moneda provincial era aceptada sólo con un descuento de un cuarto a un tercio del valor correspondiente.
En 1834 el Intendente de Valdivia, don José de la Cavareda, insinuaba al Gobierno la idea de suprimir esos vales, por lo fácil que era falsificarlos, «pues, como decía el mencionado funcionario, por la forma de los billetes hechos según el estado de las artes de Valdivia, es muy fácil ejecutarlo, como ya se ha intentado» (Memoria del 2 de agosto), y como en realidad sucedió en septiembre de 1840, en que se descubrió una falsificación de vales provinciales.
En consecuencia, los negocios se realizaban, generalmente, cambiando «efectos por efectos».
En nota de 14 de junio de 1836, el Intendente acusaba recibo de la orden de recoger las onzas de oro de 1826 y 1830 que se hallaron en las oficinas fiscales, «el que ha tenido, decía, entero cumplimiento en las oficinas fiscales de esta provincia, en las cuales no se ha encontrado una sola onza de oro».
La falta de moneda nacional hizo que se aceptara en las transacciones la de otros países sudamericanos, uso que se prohibió en 1838.
El estado lamentable de la ciudad vino a agravarse con dos sucesos inesperados.
La región de Valdivia y Osorno fue azotada, en corto tiempo, por dos espantosos terremotos.
El primero de ellos se produjo el 20 de febrero de 1835, a las 11 1/2 de la mañana, y a pesar de causar los peores estragos en Concepción, Talcahuano, Chillán y otros pueblos de esa zona, se dejó sentir también con gran fuerza en el territorio de Valdivia».
1835 fue recordado por los abuelos como el «Año de la Ruina». Y en realidad que tuvieron razón para designarlo así.
Se encontraba entonces en el país el famoso naturalista Carlos Darwin, que viajaba en el barco capitaneado por Flitz-Roy, y le tocó experimentar el fenómeno cuando se encontraba en Valdivia.
Darwin lo describe así:
Agrega:
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«Aún cuando las casas, hechas de madera, no fuesen derribadas, no por eso dejaron de sufrir las sacudidas. Todos los habitantes, presa de un terrible pánico, se precipitaron a las calles». |
No hemos logrado encontrar datos con respecto a los perjuicios que este sacudimiento de tierra haya ocasionado en Osorno.
En Concepción y Talcahuano no quedó en pie una sola casa, y en este último lugar una salida del mar barrió con cuanto encontró en su camino.
El otro cataclismo, que produjo estragos en las ciudades de Valdivia, Osorno y Ancud, tuvo lugar, según informe del Intendente de Valdivia, a las 8 y 5 de la mañana, y a las 7 1/2, según el de Chiloé.
La fuerza del sismo fue tan grande, que las personas apenas podían mantenerse en pie. Los edificios públicos más importantes de las ciudades antes nombradas quedaron destruidos o con graves deterioros, lo que no sucedió en tal escala con los particulares, debido a que casi en su totalidad eran de madera.
En la tierra se produjeron enormes grietas y las sementeras quedaron destruidas, debido al movimiento de la tierra y a los numerosos derrumbes de cerros que las sepultaron.
Felizmente, las desgracias personales fueron escasas, no sólo por la hora en que la catástrofe se produjo, sino por la índole de las costumbres.
Refiriéndose a Osorno, el Intendente de Valdivia, don Isidoro Vergara, decía en su informe de 24 de noviembre:
El período de fuertes temblores se prolongó por espacio de veinticuatro horas, pero los remezones de menor intensidad se sucedieron por un tiempo no menor a quince días.
El mar no tuvo agitaciones de especial consideración y en la costa no se produjeron solevantamientos o depresiones visibles.
El terremoto de 1837, tal vez por su mayor intensidad en la región de Osorno y Chiloé, dejó recuerdos indelebles en la mente popular, y es así como no hace muchos años las gentes del pueblo repetían en romances los detalles del espantoso siniestro.
Como una curiosidad los reproducimos, tomados de la obra folklórica Chiloé y los Chilotes, del académico don Francisco Javier Cavada:
| «El temblor de 1837: | |||
| Emperatriz de los cielos, | |||
| Madre de Dios soberana, | |||
| Madre de Jesucristo, | |||
| María llena de gracia, | |||
| en este triste destierro | |||
| a ti suspiran y claman. | |||
| ¡Lo que se ha visto en Chiloé | |||
| y en Valdivia, Virgen Santa! | |||
| Un martes por la mañana, | |||
| día siete de noviembre, | |||
| a las siete de la mañana | |||
| hubieron siete mareas. | |||
| En el año treinta y siete | |||
| se ha sentido un terremoto | |||
| que las tierras se doblaban, | |||
| haciendo concavidades | |||
| y abriéndose las montañas. | |||
| Las fieras daban bramidos, | |||
| el mar furioso amenaza, | |||
| el viento sopló bastante, | |||
| el agua se desbordaba, | |||
| los edificios cayeron, | |||
| los templos y las murallas: | |||
| todo fue una confusión. | |||
| La gente toda turbada | |||
| en el puerto de San Carlos, | |||
| en el palacio y las playas | |||
| se han reunido las gentes | |||
| para encomendar sus almas, | |||
| todos puestos de rodillas | |||
| ante la imagen sagrada | |||
| de Jesús sacramentado. | |||
| Allí se han postrado en tierra, | |||
| que los alientos le faltan, | |||
| los padres de la oración | |||
| recién venidos de Italia, | |||
| y llorosos en el templo | |||
| y del altar en sus aras | |||
| celebrando el sacrificio | |||
| de la misa sacrosanta. | |||
| Se asustan los circunstantes | |||
| que allí presentes estaban, | |||
| y dentro del santo templo | |||
| con otros se acompañaban. | |||
| Allá en la iglesia del Carmen | |||
| se ha desprendido unas tablas, | |||
| y se ha roto la cabeza | |||
| un sacerdote que estaba. | |||
| Un santo Cristo de bulto | |||
| de la piedad soberana, | |||
| su imagen allí presente | |||
| del Redentor de las almas. | |||
| Señor mío Jesucristo, | |||
| que tus manos se desclavan | |||
| del patíbulo de la cruz, | |||
| Jesús, defiende las almas. | |||
| Aplaca, Señor, tu ira | |||
| de tu espada y tu venganza | |||
| que contra los pecadores | |||
| y la tienes levantada. | |||
| De Carelmapu refiero | |||
| cerca del pueblo a la chacra | |||
| donde el mar se refugió | |||
| cerca de hallan varias casas. | |||
| En esta hora de temblor | |||
| se cierran puertas, ventanas, | |||
| corren veloces las aves. | |||
| ¡Qué movimientos el agua! | |||
| Por la boca de los ríos | |||
| las olas del mar avanzan. | |||
| Todos pensaban en morir | |||
| los que estaban en llamada (¿ramadas?) | |||
| porque ya no tenían consuelo, | |||
| sólo de Dios esperaban | |||
| la sagrada consolación | |||
| y la Madre Candelaria | |||
| como madre protectora, | |||
| que sus clemencias no faltan | |||
| para libertar sus hijos | |||
| cuando de veras la llaman. | |||
| Sólo para los ladrones | |||
| no tienen perdón sus almas: | |||
| robaron cuanto pudieron | |||
| a las familias que andaban | |||
| metiéndose por los cerros, | |||
| y como infernaron su alma | |||
| en los profundos eternos, | |||
| por eso no temen nada. | |||
| Téneles misericordia | |||
| a estas benditas almas | |||
| por su sangre reamada, | |||
| y por tu cruz tan pesada | |||
| que tú llevaste al Calvario | |||
| diciendo así la palabra. | |||
| ¡Consummatum est! | |||
| ya está la obra acabada». |
En 1834, la ciudad de Osorno era, según lo decía el Intendente Cavareda, en Memoria de 2 de agosto, un pueblo rodeado de bosques impenetrables que invadían aún la misma población.
En 1842 leemos en El Araucanode 12 de agosto (Memoria del Ministro del Interior), Osorno era un villorrio constituido por 102 casas y cuya población se bastaba para la alimentación diaria con dos animales vacunos y ocho lanares. Los habitantes blancos formaban sólo la sexta parte de la población de la provincia, en un total calculado en 48.000 por el Intendente Cavareda en la Memoria antes citada.
El 4 de julio de 1845 asumió el mando de la provincia de Valdivia don Salvador Sanfuentes, el que envió al Gobierno interesantes memorias o informes, después de efectuar minuciosas visitas a todos los pueblos de su jurisdicción.
Según dice Sanfuentes, Osorno presentaba «un triste aspecto de desolación». Las habitaciones, en su mayoría, eran simples ranchos, debido, principalmente, a que los propietarios de mayores recursos tenían sus casas en sus respectivos fundos.
Los principales edificios de la ciudad, la Iglesia Matriz y el Cabildo, permanecían arruinados después del terremoto del año 37. En este último edificio, que consistía en un solo cañón de casas, de no más de veintisiete varas de largo por quince de ancho, funcionaban: la cárcel pública, con secciones para hombres y mujeres, además del cuarto de guardia, la sala del Cabildo, sala de armas y escuela municipal. Nos parece difícil comprender cómo en un recinto tan estrecho cabía tanto.
El plano de la ciudad era el mismo que tuvo desde la repoblación. Por supuesto que era inoficioso habilitar más manzanas si la mayoría de las existentes estaba vacía. Cinco calles iban de E a O, con una extensión de siete cuadras; y siete atravesadas, con una longitud de cinco. En total treinta y cinco manzanas. Ninguna de las calles tuvo nombre hasta esos tiempos.
Los paseos públicos son sencillos, como los habitantes: además de la Plaza, que no tenía atractivos como lugar de paseo, el puente del río de las Damas y un plano vecino a dicho puente, donde se efectuaban las carreras de caballos, único deporte en aquellos años.
No había vigilantes ni serenos, ni servicio público de aseo. La tranquilidad de la población se aseguraba con el carácter pacífico de los habitantes, y el aseo de las calles y casas estaba reglamentariamente entregado a los moradores.
Cuando la autoridad necesitaba los servicios de gente armada, empleaba los milicianos.
Este cuerpo, que hemos visto figurar en Osorno desde los tiempos de don Juan Mackenna, estaba formado por vecinos del pueblo, que se reunían los días domingos a practicar formaciones militares y manejo de armas.
En tiempos de don Salvador Sanfuentes, el total de la fuerza efectiva de este Batallón era de 384 hombres de infantería, con uniforme y armamento, de los cuales 200, más o menos, participaban en las reuniones dominicales.
Existía también un escuadrón de caballería, denominado «Pumachilgüe», pero sus hombres carecían de uniforme y armamento.
Por decreto de 25 de abril de 1850, se comisionó al coronel don Benjamín Viel para reorganizar los cuerpos militares y cívicos de la provincia, correspondiendo a Osorno una dotación de cinco compañías, una de las cuales tuvo su asiento en Río Bueno, y las restantes en la capital del departamento, formando en conjunto éstas últimas un batallón de infantería.
Desde el año 1839 se comenzó a subvencionar a este cuerpo con la suma de $70 mensuales.
La Municipalidad, formada por siete miembros, tenía entradas realmente insignificantes. El principal producto era la chicha de manzana, que pagaba el impuesto de un real por cada barril, y que en total no rendía más de 400 ó 500 pesos anualmente. Otras entradas consistían en los réditos de $1.800 puestos a interés, al remate del Balseo de Trumag, que solía dar $70, y al arriendo de dos fundos rústicos avaluados en $500 y que producían ambos sólo $20, y el rubro de multas, que rendía por término medio poco más de $100 al año.
Con estos fondos el Municipio tenía que costear la alimentación de los reos, pagar $200 anualmente al preceptor de la escuela, además de los gastos ordinarios de ella, y el sobrante debía invertirse en la reparación de los puentes, que sufrían considerablemente en el curso de cada invierno. Además se pagaba con fondos municipales un actuario y un tesorero. Este último percibía, además, una comisión del 4% sobre las cobranzas.
Pero, si corto era el número de pesos que ingresaba a caja, reducidos eran también los gastos, en vista de la facilidad de vida de esos años y al alto valor de la moneda. Como dato curioso, diremos que la Municipalidad pagaba medio real diario al proveedor de alimentos por cada reo de la cárcel, y éstos se servían nada menos que dos libras de carne, la octava parte de un almud de papas, dos onzas de sal, dos ajíes y dos panes por cada ración. Los alimentos se entregaban en crudo y eran preparados por un ranchero elegido entre los mismos presos.
No menos curiosa era la fama de pagar los impuestos municipales. Era tal la escasez de dinero que había en esos años en esta región, que dichos tributos se pagaban en animales, sistema que ofrecía, como se comprende, múltiples dificultades, pero cuya solución era imposible alcanzar.
Con respecto a la escasez monetaria, el Intendente Sanfuentes decía en carta de 17 de julio de 1845, dirigida a don Manuel Montt:
El Intendente Sanfuentes, al exponer al Gobierno la urgencia que había en emitir nuevos billetes, insinuaba que éstos llevaran impresos, en lugar de cifras, objetos naturales pintados en ellos.
Para hacer ver la ignorancia que reinaba entre los habitantes de esta provincia a mediados del siglo pasado, baste repetir el dato que Pérez Rosales hace figurar en su obra Ensayo sobre Chile: «sobre 8.31 habitantes hay uno que sabe leer y escribir, y uno sobre 6.92 que sabe leer solamente».
En la época que comentamos, la escuela municipal de Osorno no tuvo más de setenta alumnos de matrícula, de los cuales asistía a clases ordinariamente la mitad, debido a los motivos que siempre ha tenido el pueblo para no mandar sus hijos al colegio: la indiferencia o ignorancia, la pobreza, que los hace utilizarlos como auxiliares en el trabajo agrícola, y las largas distancias de la casa a la escuela.
La mayor parte de la instrucción se impartía en las misiones religiosas, a las cuales concurrían principalmente los indios, pero allí los sacerdotes dedicaban el tiempo casi exclusivamente a prepararlos en la religión, enseñarles a rezar y darles los conocimientos relacionados con la confesión y comunión.
Como los indios vivían dispersos en los campos, el capitán de amigos recorría periódicamente las reducciones en busca de niños, los cuales permanecían concentrados en la misión por espacio de quince días o cuando más un mes. Despachados éstos, se traía un nuevo grupo.
Como se puede ve, lo que menos aprendían los niños en las misiones era a leer y escribir.
Todas estas casas religiosas tenían un terreno anexo para efectuar siembras y plantaciones, en cuyo trabajo participaban los padres de los niños, ya que de ahí obtenían alimentos para ellos mientras permanecían reunidos. Las madres, por su parte, hilaban y preparaban la comida.
En la misión se iniciaban y terminaban las labores del día con sesiones de rezo y explicaciones de la doctrina, todo en idioma mapuche. Estas reuniones eran dirigidas, muy a menudo, por indios ancianos elegidos entre los más juiciosos y servibles para el caso.
En la noche, niños y niñas se retiraban a galpones separados que les servían de dormitorios.
El Gobierno, deseoso de fomentar la instrucción, dictó, con fecha 24 de julio de 1834, una ley que imponía un impuesto sobre el consumo de carnes; pero en Osorno dicha disposición no tuvo aplicación práctica, pues, como lo decía el Intendente en oficio de 1.º de julio de 1835, «no se ha podido conseguir que se forme un mercado público donde se exija el impuesto».
El mismo año 34, la ley de 30 de octubre mandó establecer escuelas en todas las misiones, medida que tampoco pudo cumplirse totalmente por falta de locales.
Con fecha 20 de mayo de 1847 se decretó la creación de una escuela fiscal de hombres para Osorno, y en noviembre del año siguiente el Gobierno concedió fondos para construir casa destinada a dicha escuela, en lo que se invirtió la suma de $179-1 real.
En la provincia de Valdivia había un solo juez letrado con residencia en la capital de ella, de modo que en Osorno la justicia era administrada, en primera instancia, por los alcaldes o regidores, y sus providencias eran autorizadas por dos testigos.
Los alcaldes también desempeñaron funciones notariales, como lo recuerda don Ricardo Donoso en su obra Constitución de la Propiedad Austral (página 299):
A propósito de los gastos municipales, hablamos algo relacionado con la alimentación de los reos.
El número de detenidos que habitualmente había en le presidio era reducido, no más de veinte, condenados, en su mayoría, por motivos no graves, pues los crímenes eran rarísimos, según dice el Intendente Sanfuentes. Lo más corriente era, sin embargo, que hubiera tres o cuatro detenidos, y hubo años, como 1842, en que ingresaron sesenta en total. En una visita que efectuó el Intendente en 1846, había 18, de los cuales 11 eran por delitos y 7 por deudas.
Debemos hacer notar que no sólo la cárcel servía de lugar de reclusión, pues los funcionarios rurales mantenían cepos, no solamente para asegurar a los delincuentes recién aprehendidos, sino para castigar en forma definitiva a los individuos que hubieran cometido pequeñas faltas.
Trabajo permanente, como lo es hasta hoy día, demandaba la conservación de caminos y puentes. De los dos principales caminos, el de Valdivia y el de Chiloé, decía el Intendente Sanfuentes, en Memoria estadística de la provincia, correspondiente a 1846:
Con respecto a puentes, el único que existía en las proximidades de Osorno era el del río de las Damas.
Las dificultades en las comunicaciones entre un lugar y otro hacían que el valor de los fletes fuera muy elevado. Don Guillermo Frick, que tuvo en 1849 la misión de reconocer y mensurar los terrenos fiscales de la provincia, dice al respecto en «Apuntes sobre la provincia de Valdivia» (El Araucano, de 12 de diciembre):
Uno de los primeros servicios relacionados con la salud pública que funcionaron en Osorno, y en el país en general, fue el de la vacuna para prevenir la viruela.
El periódico oficial El Araucano publicaba mensualmente cuadros estadísticos que demostraban el número de personas vacunadas.
En 1850 el médico provincial, don José R. Elguero, decía que en esta región no había epidemias y escaseaban las enfermedades.
Con respecto a la natalidad, el mismo año hubo en Osorno 235 nacimientos de varones y 67 de mujeres. Desgraciadamente el informe no menciona las defunciones.
Con largueza proporcionó el Estado, entre los años 1847 y 49, fondos para la construcción del edificio destinado al Hospicio de Osorno, dirigido por los padres franciscanos. Durante este lapso se invirtieron con este fin tres mil seiscientos pesos, según se desprende de los datos consignados en los libros de la Intendencia de Valdivia.
En Osorno no hubo hospital durante la primera mitad del siglo XIX.
Con respecto al cementerio, así describe el nuestro el Intendente Isaac Thompson, en informe del año 1835: «Lo mismo sucede con otro cementerio que tiene la ciudad de Osorno, que por hallarse enteramente abierto, los despojos humanos vienen a ser el pasto de los animales».
Los estancos eran establecimientos comerciales en que se expendía artículos sujetos al monopolio fiscal: tabacos, naipes, té, papel sellado, jergas, lonas, patentes, etc.
En las capitales de departamento se establecía sucursales de los estancos provinciales, a los que se daba el nombre de estanquillos.
Principalmente durante los años comprendidos entre 1840 y 1850, los osorninos solicitaron reiteradamente la instalación de uno de estos establecimientos, lo que no fue posible realizar hasta 1851, en tiempos de la administración Bulnes, en que se decretó la creación de un depósito de especies estancadas independiente del de Valdivia, a petición del Intendente, don Juan Miguel Riesco.
En los comienzos del año 1841 encontramos, en oficio de 29 de enero del Intendente don J. Ignacio García, los motivos que impedían la apertura de un estanquillo en Osorno: que no encontraba sujeto en el pueblo con las garantías que su administración exigía. Por otra parte, hacía presente:
Además, el vecindario habría perdido económicamente, «en atención a que proporcionando las especies estancadas por otras, obtienen (los estanqueros) un doble valor en su beneficio; no sucedería si se vendiesen únicamente por numerario».
La falta de estanco ocasionaba grandes molestias a los habitantes, ya que no encontraban ni donde comprar papel sellado, indispensable para todos sus contratos y demás documentos oficiales.
Por lo demás, la venta privada de tabacos dio lugar a incidentes molestos y curiosos, como uno de trascendencia acaecido en el curso de 1845, en que se acusó de usura a un comerciante en dicho ramo: don José María Lorca.
Intervinieron en dicho incidente nada menos que el Intendente de la provincia, el Gobernador de Osorno, que lo era don Juan A. García, el Juez de primera instancia, don Juan Francisco Montecinos, y un numeroso grupo de testigos amantes del tabaco.
Unos habían comprado «a conchavo», cambiando aún animales por el artículo tan codiciado; otros a «5 reales plata», o a diez... Total que el enredo fue tan grande, que ni fallo hubo al fin...
Mensualmente la autoridad administrativa hacía la «visita de corte y tanteo» al estanco. Era un balance en que se dejaba constancia de las especies existentes y de las vendidas, una copia del cual debía enviarse a Santiago, por intermedio del Intendente respectivo.
Las labores agrícolas y ganaderas, tanto como las del comercio y la industria, llevaban una vida lánguida, debido a un sinnúmero de factores.
La reducida población, no sólo de Osorno, sino de la provincia entera, hacía inútil una producción superior a las necesidades de los habitantes, debido a las dificultades para la exportación. Las cosechas de trigo podían mantenerse sólo por corto tiempo, ya que eran escasos los «campanarios» (verdaderos silos criollos) para guardarlos.
Además del trigo, se producían, principalmente, el maíz, las papas y las manzanas, notándose, como sucede actualmente, por falta de canales de regadío, la falta de hortalizas. Ya se cultivaban también el lino, el cáñamo y la alfalfa.
Animales vacunos y lanares había pocos en la región de Osorno, pues las principales haciendas que los producían estaban más al sur, en el camino a Chiloé. Esta escasez se debía sólo a falta de iniciativa de los dueños de fundos.
Había, por otra parte, una gran falta de brazos, no solamente para las faenas del campo, sino para los oficios e industrias. Los artesanos debían ejercer dos o más oficios simultáneamente, único medio de tener entradas suficientes para la subsistencia.
El comercio más importante era el de las maderas, cuya calidad y variedad han sido siempre tan celebradas. Sin embargo, en ese tiempo no existía en Osorno máquinas aserradoras.
En la ciudad y alrededores había en 1846 doce molinos de agua que, en su mayoría, elaboraban harina «en rama», por lo que casi todo el pan que consumía el pueblo tenía un color oscuro.
Los demás establecimientos industriales eran: dos curtidurías, ocho carreterías, ocho carpinterías, cinco herrerías, cinco panaderías, y numerosos telares, en los que se fabricaban bayetas, alfombras, huinchas, sayales, ponchos, frazadas, medias, ceñidores, etc.
En ese tiempo no había en Osorno talabarterías, barberías ni cigarrerías.
Con respecto al comercio en general, diremos que cada casa era un pequeño almacén, ya que la mayor parte de los pagos a los empleados y servidumbre se hacían en especies.
Por supuesto que, dado el corto vuelo de los negocios, no se conocían las quiebras de comerciantes en aquel tiempo en que, según descripción de Sanfuentes, no había «casa de posada, fondas, cafés, bodegones, canchas de bolas y reñideros de gallos, pues la única pasión de los habitantes en materia de juegos, eran las carreras de caballos y tiras de gallo».
Las carretas eran escasas, y muy original el primitivo sistema de vender la leña: una yunta de bueyes arrastraba por las calles del pueblo un pesado tronco de árbol, el que, una vez comprado, iba siendo consumido poco a poco por el hacha. Este sistema es tradicional aún en los campos.
En 1835 el Intendente don Isaac Thompson insinuaba al Gobierno la idea de implantar un nuevo sistema para obtener el impuesto sobre la producción de chicha de manzana, ya que el método empleado hasta entonces daba escasos resultados, por la dificultad en el control de las ventas. El jefe de la provincia proponía que el impuesto se aplicara según el número de árboles en producción, debiendo arrancarse los que no produjeran.
Una fanega de siembra tenía, a fines del período que estudiamos, los siguientes rendimientos: trigo, 30; fréjoles, 20; cebada, 30; maíz, 24; papas, 20. El precio de una cuadra de terreno de cultivo era de $1 y 4 reales. (Memoria 1842, Ministro Interior).
El decreto de 21 de julio de 1843 estableció una Comisión de Estadística en cada departamento. En Osorno ella quedó integrada por los señores Manuel Labbé y Nicolás Burgos, nombrados por el Gobierno, y por los siguientes funcionarios: Juez de la Instancia, cura párroco y un regidor elegido por la Municipalidad. Esta Comisión funcionaba bajo la presidencia del Gobernador del departamento.
En 1848 se constituyó, en conformidad al decreto supremo de 9 de junio, una Junta para hacer el cómputo de la renta anual que podía producir cada casa particular. En el mes de diciembre se había formado el siguiente cuadro:
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62 casas con renta de $ 912 57 casas con renta de $ 698 62 casas con renta de $ 1.329 58 casas con renta de $ 1.111 32 casas con renta de $ 283 271 casas con renta de $ 4.333 |
En 1850 los diferentes productos tenían los siguientes precios:
En 1850 se creyó que una nueva fuente de producción se presentaba a los osorninos: minas de oro. Se hicieron algunos pedimentos para instalar faenas en la quebrada de Quimalhue, lugar situado seis leguas al norte de Osorno, pero los resultados obtenidos fueron pobres, y las labores fueron abandonadas.
He aquí la nómina de los parlamentarios que representaron a Osorno durante este período:
| 1834: | Propietario, don Ramón Rengifo. |
| Suplente, don Vicente Arlegui. | |
| 1840: | Propietario, Presbítero don Ramón Cisternas. |
| Suplente, don Manuel González Ortúzar. | |
| 1846: | Propietario, don José María Berganza. |
| Suplente, don J. María Egaña. | |
| 1849: | Propietario, don Manuel Ramón Infante. |
| Suplente, don José Pedro Guzmán. |
No terminaremos nuestra exposición sobre la vida de Osorno durante la primera mitad del siglo XIX sin referirnos a un hecho cuyas causales se investigaron en esta ciudad: el naufragio del bergantín Napoleón, comandado por el capitán don José Eduardo Nolibois de Neuville, y que se produjo en la barra del río Bueno el 3 de marzo de 1847.
El capitán declaró que había permanecido dos días fuera de la barra, para reconocer exactamente los canales por los cuales el año anterior entró y salió con la goleta Elisa. Cuando las circunstancias le parecieron favorables, aprovechó de entrar por el lado norte, el más apropiado para los buques de mayor tonelaje. Pasó la barra sin novedad, pero en seguida las condiciones del viento produjeron el naufragio. Permanecieron luchando contra los elementos hasta después de la media noche, en que el mar se enfureció y los obligó a bajar a tierra.
Según el informe del Gobernador de Osorno, don Juan Antonio García, el bergantín salvó sin novedad la barra por el lado norte, y poco después encalló a corta distancia en un banco de arena con fondo de cinco pies de agua.
El informe establecía que pudiera haberse salvado la carga, avaluada en $14.000, si la tripulación se hubiera dedicado inmediatamente a ello, en lugar de marcharse a la misión de Quilacahuín, encontrando, a su regreso, todo completamente deshecho. Según el técnico Pavie, el barco tomó la entrada demasiado al norte, donde hay poco fondo.
Hemos tratado de pintar, en la forma más exacta posible, el cuadro de la vida osornina durante la primera mitad del siglo recién pasado, basándonos en los documentos de la época.
El comienzo de la segunda mitad marca un verdadero despertar, debido, principalmente, a la llegada de los primeros colonos extranjeros.
La llegada de la gente rubia fue para Osorno como si se hubiera aplicado una inyección a un cuerpo anémico: nuevas ideas, nuevos métodos, un esfuerzo nuevo.
El comienzo de la Colonización significó el remozamiento de las costumbres de los sistemas de trabajo.
La ciudad principió a despertar de su largo sueño. Ansias de más luz sintieron los espíritus. Se organizaron más escuelas, dirigidas por los primeros profesores normalistas, se abrió la primera biblioteca pública, se creó el primer liceo.
Y la luz material también llegó: las oscuras noches perdieron algo de su tristeza con los sencillos faroles que, de trecho en trecho, iluminaron las modestas calles.
La Municipalidad, cerebro y corazón del pueblo, ordenó sus servicios, sus presupuestos, arregló calles, la Plaza, y construyó puentes.
El Estado comenzó a instalar, poco a poco, oficinas de los diferentes servicios públicos: Tesorería, Juzgado de Letras, Registro Civil.
Al disiparse el temor que antes causaban las sombras de la noche, nació el primer club, y la solidaridad ante el peligro se materializó en la formación del cuerpo de bomberos.
Osorno leyó en 1880 su primer periódico, que fue seguido de muchos más.
El telégrafo vibró nervioso para ponernos en rápida comunicación con los nuestros y con los extraños.
El tren cruzó trepidante los hasta entonces silenciosos campos, transportó su carga humana y favoreció el intercambio de productos entre los pueblos.
Brotó la conciencia democrática, que se despertó en forma tan propia del carácter del chileno, que en la última década del siglo XIX, debido tal vez a los resquemores y odiosidades que produjo la revolución del 91, provocó motines públicos de trascendencia nacional.
Todo eso es el período de El Despertar de Osorno. Pero no se crea por esto que pasamos de la sombra a la luz total. Para ello se necesitaron otro impulso y otra época.
El propósito de colonizar diversas zonas del territorio nacional existió desde los comienzos de la era republicana, pero estos proyectos sólo principiaron a tomar mayor cuerpo durante el Gobierno del General Bulnes, con la dictación de la ley de 18 de noviembre de 1845, relacionada con la inmigración.
Don Bernardo Philippi recibió en 1848 el encargo de hacer venir de Alemania ciento cincuenta o doscientas familias de agricultores y artesanos de aldea. Debían ser católicos y hacerse ciudadanos chilenos. Se les ofrecía una extensión de 10 a 15 cuadras de terreno, las cuales quedaban libres del pago de contribuciones durante doce años.
Philippi tuvo dificultades para realizar su cometido, pero en enero de 1850 llegaron a Valdivia 34 inmigrantes relativamente acomodados, los que fueron verdaderos iniciadores de la colonización en esa ciudad.
Se confió la tarea de ubicar a los colonos que llegaran a don Vicente Pérez Rosales, que fue nombrado Agente de Colonización, por decreto de 17 de octubre de 1850.
Innumerables fueron los obstáculos que este funcionario debió salvar, siendo el principal de ellos el hecho de que repentinamente casi todos los terrenos más cercanos a Valdivia aparecieran con dueños que sólo ofrecían deshacerse a buen precio de sus propiedades. Todos se hicieron propietarios en las formas más curiosas que cabe imaginar.
Pérez Rosales tuvo que dirigir sus ojos entonces a los terrenos situados más al sur, en La Unión, Osorno y alrededores del lago Llanquihue.
Con respecto a Osorno, diremos que, aunque compró aquí algunos terrenos, pudo darse cuenta de que «ellos carecían de aquella unidad indispensable para un establecimiento colonial de alguna importancia», como lo dice en su hermosa obra Recuerdos del Pasado. En ella podemos leer el relato de su penoso viaje hasta el lago Llanquihue.
Le pareció que el lugar que llamó Muñoz Gamero, y que es el actual Puerto Octay, podía ser el sitio inicial para la instalación de colonos, uniéndolo por un buen camino con la ciudad de Osorno.
Don Ernesto Greve, en su Historia de la Ingeniería en Chile (Tomo II, página 411) dice que «en el año 1850 se habían radicado ya los primeros colonos extranjeros en las riberas del lago Llanquihue, lo que se verificó en la localidad conocida como Playa Maitén. Estos pobladores, que eran todos alemanes, llegaron allí desde Osorno venciendo serias dificultades. Puerto Varas recibió sus primeros colonos en 1853, pero sólo en 1858 tuvo ello lugar en mayor escala, radicándose al año siguiente los primeros de Frutillar».
El primer sendero que llevó a los nuevos pobladores a esos lugares, partía de Osorno, hasta que Pérez Rosales trasladó el centro de sus actividades a Melipulli, que, posteriormente, fue designado con el nombre de Puerto Montt.
Sobre la construcción de los caminos que partieron de Osorno y Puerto Montt, y que llegaron a los extremos norte y sur del lago, respectivamente, damos detalles en el capítulo relacionado con los caminos.
En los primeros meses del año 1851 habían llegado ya a la región unas 600 personas de diferentes sexos y edades.
En la construcción de los caminos tuvo actuación muy destacada don Guillermo Frick que, junto con su hermano don Ernesto, puede decirse que fueron la base de la colonización valdiviana.
Pérez Rosales, después de su pintoresca y accidentada excursión al lago Llanquihue, repartió en Valdivia los terrenos baldíos de Osorno y La Unión.
Los primeros colonos que se instalaron en las cercanías de Osorno, lo hicieron en el fundo Bellavista, situado entre la ciudad y el río Bueno, y formaban nueve familias.
Estos colonos llegaron al puerto de Corral el 25 de agosto de 1849, a bordo del bergantín Catalina, procedente de Hamburgo.
Uno de estos ciudadanos alemanes, don Jorge Aubel, natural de Rottenburgo, vino a establecerse en Osorno, donde encontró a un compatriota, don Juan Renous, que había venido a radicarse aquí más o menos en 1844, y que poseía una propiedad contigua al Fuerte.
El señor Renous se dedicó primeramente a coleccionar especies para un naturalista residente en Leipzig y después administró el fundo Bellavista, de que ya hemos hecho mención.
En 1851 se encontraban radicados en la ciudad los siguientes señores alemanes: Jorge Aubel, Holstein Peters, dos hermanos Bachamann, Gramm y Kramer.
En 1852 encontramos a los señores Carlos Bentz, Francisco Daniel, Germán Hube, Antonio Kuschel, Enrique Lorentz, Carlos Mantels, procedentes todos de Prusia; Conrado Bachmann, Eduardo Buschmann, Francisco Geisse, Maximiliano Günther, Lorenzo Holstein, Federico Hubenthal, Adán Martin, Carlos Scheuch y Carlos Schilling, de Essen; Enrique Jüngen, de Holstein; Federico Neumeister, de Wurttenberg; y Juan Renous, de Baviera.
Por este mismo tiempo vivían en las cercanías de Osorno los señor Augusto Gluckmann y Gaspar Mohr, procedentes de Wurttenberg, y don Cristino Schulz, de Prusia. En el fundo Bellavista residía el sileciano don Francisco Kindermann. Por último, en Quilacahuín los señores Juan Bachmann, de Essen, Enrique Kramm, de Hannover, y Juan Petersen, de Holstein.
Don Jorge Aubel es, sin duda, uno de los ciudadanos alemanes que más se destacó en Osorno a contar del año 1850 y cuyo nombre aun perdura en el gran establecimiento industrial que hoy pertenece a la Compañía de Cervecerías Unidas.
Había nacido en la ciudad de Rottenburgo el 20 de febrero de 1819 y se trasladó a Chile, acompañado de su esposa, en 1846, es decir cuando contaba 25 años de edad.
Una vez instalado en Osorno, fue el principal impulsador de toda obra de adelanto, sobre todo en la formación de colegios e instituciones alemanes.
En 1896, y con motivo de celebrar las bodas de oro de su llegada a Chile, la ciudad de Osorno rindió un grandioso homenaje a este venerable anciano casi octogenario.
La vida de don Jorge se apagó apaciblemente el 12 de enero de 1900.
Otras de las familias destacadas de esos tiempos fueron las de don Francisco, don Justo y don Felipe Geisse, de noble ascendencia alemana, que se instalaron en Osorno poco después de 1850.
El primero de los señores nombrados ocupó el puesto de ingeniero de provincia y posteriormente el de Intendente interino de Llanquihue.
Una calle de Osorno recuerda el nombre de don Justo Geisse, padre de una numerosa familia y propietario de una gran casa comercial que, aun después de traspasada a otros dueños, fue llamada durante mucho tiempo «la tienda de los Geisses».
Por último, don Felipe se distinguió en una expedición exploradora del lago Nahuelhuapi.
Otros nombres que resaltan durante los primeros tiempos de la inmigración alemana son: Guillermo Doll, Martín Mohr, Carlos Schilling, Conrado Stückarth, Santiago Hott, Carlos Ditrich, el doctor en Química don Adolfo Schwarzenberg, su hermano don Gedeón, y los señores Ubenthal, Scheuch y Kutscher, minero de profesión este último.
Entre los ciudadanos más progresistas debemos recordar también a don Federico Eggers, fundador de la villa de Riachuelo, y que fue el primero que tuvo teléfono en su propiedad.
El hecho de que las colonias alemanas estuvieran establecidas en dos provincias distintas, Valdivia y Chiloé, ya que esta última alcanzaba por el norte hasta el río Maullín, presentaba numerosos inconvenientes de carácter administrativo, por lo que el Presidente de la República, don Manuel Montt, y su ministro don Antonio Varas, crearon, por Decreto de 27 de junio de 1853, el Territorio de Colonización de Llanquihue, usando de la facultad que les confería la Ley de 2 de julio del año anterior.
Se nombró, en conformidad a ese Decreto, un Intendente de Colonización «independiente de las autoridades de cualquiera otra provincia, y que sea el centro de la acción administrativa sobre las colonias», según decía textualmente.
El Intendente de Colonización, que tuvo su sede en la ciudad de Puerto Montt, estaba investido de las facultades propias de los intendentes de provincia «en la parte en que tuvieren cabida, y que como tal tendrá bajo sus órdenes todos los funcionarios que en él (territorio) hubiere».
En el Territorio de Colonización no quedó comprendida la ciudad de Osorno, ya que sus límites próximos los fijaba así:
Igual cosa determinó el Decreto de 2 de noviembre de 1854, que rectificó los límites occidentales del Territorio de Llanquihue:
La exclusión de la ciudad de Osorno y de algunos de sus campos vecinos del Territorio de Colonización, presentó numerosos inconvenientes, como lo hizo notar el funcionario don Guillermo Doll en informe de 28 de febrero de 1858 (El Araucano, de 3 de abril):
Tanto el rápido aumento de la población, como la constante subdivisión de la propiedad, hicieron necesario a corto plazo la creación de la provincia de Llanquihue, lo que se hizo por Ley de 22 de Octubre de 1861.
Pasados diez años desde el arribo de los primeros inmigrantes, en 1857, había llegado a Chile un total de 2.754 personas.
El sur de Chile sintió un verdadero despertar y un florecimiento debido a la obra tenaz de esta gente que ha hecho prodigios en la agricultura, en el comercio y en la industria.
El modesto villorrio de Osorno que, según el decir de Pérez Rosales, vivía a mediados del siglo pasado como un cenobita, se presenta hoy como una hermosa ciudad moderna, gracias, en gran parte, a los hijos y nietos de aquéllos que tuvieron que luchar en forma indecible con la naturaleza para transformar estos campos cubiertos de bosques impenetrables en hermosas tierras de cultivo.
Dice de él el Dr. don Aureliano Oyarzún, en un estudio sobre su persona:
Antes de referirnos en detalle a la obra desarrollada en Chile por este benefactor, damos a conocer algunos datos biográficos de él.
Nació don Bernardo en Charlottenburgo, lugar cercano a Berlín, el 19 de septiembre de 1811 y demostró desde muy joven su afición por los viajes y exploraciones en lugares remotos y desconocidos. Es así como, viajando en calidad de grumete de un buque mercante, llegó por primera vez a Chile y quedó encantado de esta tierra. En un segundo viaje, realizado en 1840, resolvió quedarse en ella, atrayéndole de preferencia las provincias australes, que comenzó a explorar a costa de grandes sacrificios y peligros. Fue así como recorrió el archipiélago de Chiloé y el territorio de las provincias de Valdivia y Llanquihue.
A fines de enero de 1842 efectuó su memorable y pintoresco reconocimiento de la margen occidental del lago Llanquihue, cuyos detalles dejó estampados en un Diario digno de ser conocido por todos. Están pintadas ahí con mano maestra las dificultades inmensas que ofrecía semejante empresa, el estado de miseria en que aquí se vivía, los rudimentarios métodos de trabajo, etc.
Philippi tomó parte en la expedición que, comandada por don Juan Williams, hizo flamear por primera vez en el Estrecho de Magallanes, el 21 de septiembre de 1843, la bandera de Chile, al tomar posesión de esas tierras, expedición que ganó estrechamente la partida al buque francés Phaeton que llegaba poco después con iguales pretensiones.
El Presidente don Manuel Bulnes, conocedor de sus proyectos de colonización, lo comisionó en 1848 para que se trasladara a Alemania a fin de ponerlos en práctica.
Philippi no sólo tuvo éxito en la contratación de obreros, sino que entusiasmó a familias distinguidas, y que disponían de recursos económicos, a trasladarse a Chile.
En 1851 el nuevo Presidente de la República, don Manuel Montt, llamó a Philippi al país, siendo reemplazado en su cargo de Agente de Colonización en Alemania por don Vicente Pérez Rosales.
Don Bernardo Eunom Philippi desempeñó sus diversos cargos con grados de ingeniero militar, siendo nombrado capitán en 1843, ascendiendo sucesivamente a mayor y teniente coronel en 1847 y 1849.
Tomando en consideración de que este hombre de temple excepcional se prestaba tanto para la realización de grandes empresas como para el cumplimiento de delicadas misiones, el Gobierno le confió el mando de Magallanes en circunstancias especialmente graves.
En un motín encabezado en aquel lejano lugar por un oficial llamado Miguel José Cambiaso, fue alevosamente asesinado el Gobernador, capitán de marina don Benjamín Muñoz Gamero, junto con un regular número de militares y civiles, entre los cuales se contaba el capellán de Punta Arenas.
El comandante Philippi debía poner orden en la perturbada colonia de Magallanes, y como en la revuelta también fueron sacrificados algunos indios, trató de atraerse la amistad de éstos y hacerles olvidar los sucesos pasados.
Sin embargo, los indígenas lo asesinaron alevosamente en circunstancias que acudía, en unión de algunos compañeros, a una invitación que aquéllos le habían hecho.
El 27 de octubre de 1852 se extinguió, en forma trágica e inesperada, la vida de este benefactor de Chile.
La personalidad de don Vicente Pérez Rosales no podría ser descrita dentro de un breve capítulo. ¡Tan múltiples fueron las actividades que desarrolló durante los 79 años de su existencia!
Por lo demás, tanto su vida de aventuras y de esfuerzos como su labor administrativa, han sido estudiados por eminentes historiadores y literatos.
Su hermoso libro Recuerdos del Pasado es, según el crítico Alone, «el mayor éxito de librería y de crítica conquistado post mortem que recordamos. Es asimismo, cuanto suele llamarse, en otros términos, la gloria y una promesa de inmortalidad».
Pérez Rosales dio forma definitiva a sus Recuerdos sin pretensiones literarias de ninguna especie y lo que más atrae en su hermoso libro, es la forma liviana, espontánea y sencilla con que narra los diferentes episodios y etapas de su vida.
Sólo nos concretaremos entonces a dar algunos breves datos biográficos que mayor relación tengan con la materia que nos ocupa.
Nació don Vicente en Santiago, el 5 de abril de 1807.
Hizo brillantes estudios en Europa, bajo la dirección de eminentes profesores, como don Manuel Silvela, don Leandro Fernández de Moratín, etc.
Conoció allá a distinguidas personalidades americanas: San Martín, Egaña, Irrisarri y Bello.
Su vida de andanzas y aventuras no tuvo límites. Recorrió palmo a palmo el territorio chileno y el argentino, y el oro de California deslumbró sus ojos de joven y rubricó una de las etapas más accidentadas de su vida.
Vuelto nuevamente a Chile, el ministro don Antonio Varas le ofreció un alto cargo de carácter político, que Pérez Rosales rechazó, aceptando, en cambio, el puesto de Agente de Colonización, el 17 de octubre de 1850.
Incontables fueron las resistencias de carácter material y espiritual que el Agente debió vencer, hasta lograr imponer sus propósitos.
El 12 de febrero de 1853 don Vicente Pérez Rosales fundó la ciudad de Puerto Montt, primeramente denominada Melipulli, a fin de favorecer su obra de colonización.
A fines de marzo de 1855 partió a Europa con el objeto de intensificar la venida de nuevos colonos alemanes. Allá publicó (1857) un interesante libro titulado Essai sur le Chile (Ensayo sobre Chile), en el que no sólo se concretó a divulgar lo relacionado con las provincias australes, sino que describió todas las demás que formaban el territorio nacional, hasta Atacama.
Nada descuidó en esta completa descripción, pues hasta incluyó una interesante exposición sobre las plantas indígenas del país.
Otros detalles sobre su obra en el sur de Chile podrán leerse en lo relacionado con la Colonización.
A fines de diciembre de 1859, estando aún en Alemania, fue llamado a ocupar el cargo de Intendente de Concepción, y en 1876 fue designado senador de la provincia de Llanquihue.
La actividad notable de toda su vida contrastó con la inmovilidad de sus últimos días, ya que se vio atacado por una parálisis, mal que lo llevó a la tumba el 6 de septiembre de 1886.
Las ciudades de Puerto Montt y Puerto Varas recuerdan con sendos monumentos la memoria de este hombre excepcional, e igual deuda tiene para con él Osorno, pues, si es verdad que Pérez Rosales no actuó directamente en ella, no es menos cierto que su labor colonizadora repercutió aquí como en todo el sur de Chile, y a él se debe, en primer lugar, el progreso actual de Osorno, que la hace destacarse entre las ciudades del país por su empuje y su belleza.
Pérez Rosales merece monumentos y merece cantos, y por eso reproducimos con gusto el Romance de Caupolicán Montaldo, escritor nacional residente en Osorno, primer poeta chileno que ha recordado como tal a este hombre que también fue artista.