En septiembre de 1682, se presentó por primera vez el gobernador, don José de Garro en Concepción, con ánimo de emprender una campaña para reconocer los fuertes y plazas de la frontera, proveer a las necesidades del ejército, reconocer los territorios ocupados por los indios y cerciorarse del número y disposiciones pacíficas de éstos. En Concepción le esperaban algunos caciques de la frontera que, persuadidos por los capitanes del ejército, venían a dar la bienvenida al gobernador y a darle seguridades de sus pacíficas intenciones. Garro los recibió amablemente, les obsequió con regalos del gusto de los indios, y partió en seguida para la frontera.
Los indios estaban en paz. Veinticuatro años de guerra sangrienta, y tan funesta para ellos como para los españoles, les habían extenuado y reducido a la inacción; los animosos cabecillas que de cuando en cuando surgían de entre ellos para inducirlos a la revuelta y guiarlos al combate, habían perecido a manos de los españoles. El león de Arauco necesitaba de un largo reposo para curar sus heridas, recobrar las agotadas fuerzas, y lanzarse de nuevo, amenazador y terrible, sobre sus crueles enemigos.
Garro no tuvo necesidad de desenvainar la espada ni en su campaña de 1682, ni en la que emprendió a su vuelta de Santiago en la primavera del año siguiente: sus empresas se redujeron a amunicionar y reforzar las guarniciones de los fuertes, y a celebrar con los indios dos parlamentos, el uno en Purén y el otro sobre las mismas ruinas de la Imperial. Pero, sin embargo, Garro conoció al través de todas las demostraciones pacíficas de los indios, que éstos estaban muy lejos de haber sido definitivamente sometidos a la dominación española. Era cierto que permanecían quietos en sus tierras; pero no lo era menos que eran tan libres y soberanos de sí mismos como el día en que Valdivia atravesó por primera vez el Bío Bío; y aún, para ser contenidos dentro de los límites de su territorio, era necesario mantener en la frontera un ejército permanente de dos mil quinientos hombres, cuyo sostenimiento costaba ya al erario real la ingente suma de doscientos noventa mil pesos anuales.
Don José de Garro, como todos los gobernadores recién llegados, pensó que le era posible ilustrar su gobierno con la conquista y sumisión definitiva de toda la Araucanía, y después de haber observado de cerca el carácter y estado de los indios, combinó un plan que le pareció el «más a propósito, el más seguro y más fácil» para conseguir el resultado que deseaba. Consistía éste en hacer a los indios «una convocación general, y apresar en ella a todos los caciques, indios y principales en una plaza o en muchas; porque en faltándoles las cabezas se acobardaban; y enviando a los españoles a conducir sus familias, ganados y caballos, reduciéndolos con ellos adonde sean mantenidos en política»145.
Semejante plan tenía tanto de pérfido como de absurdo: los indios eran muy numerosos, no estaban sometidos a ningún sistema de gobierno, la autoridad, en cierto modo patriarcal, de los caciques era muy efímera e insignificante; por lo tanto, la perpetración de la maldad que Garro proponía sólo habría causado una formidable insurrección de los indios que no fueran apresados, quienes no necesitaban de sus caciques para morir peleando por su libertad. Don José de Garro, al comunicar su plan al virrey del Perú don Melchor de Navarra Rocafull, duque de la Palata, y al rey Carlos II, pidiéndoles permiso y refuerzos para ejecutarlo, recibió la más formal negativa y aún una severa reprensión del soberano146.
Mientras el gobernador se entretenía en semejantes devaneos, Concepción permanecía en tranquilidad, sólo perturbada por el temor remoto de que algunas de las expediciones filibusteras que merodeaban en las costas del Pacífico durante el último cuarto de siglo XVII, tuviera la desgraciada ocurrencia de atacar una ciudad en que tan pocos tesoros había que robar. Este temor creció a mediados de febrero de 1684, al esparcirse en la ciudad la noticia de que alguien había visto pasar frente a la bahía tres buques sospechosos que navegaban en conserva con rumbo al norte, y no faltaba quien asegurara que los buques eran cuatro. Don José de Garro despachó el 18 de febrero un buque que llevara al virrey la noticia de la presencia en la costa de aquellas naves, que se suponían corsarias, y repartió vigías sobre los cerros de la costa para que vigilaran la aproximación de toda nave sospechosa. Concepción estaba casi indefensa: de las fortificaciones que muchos años antes habían construido los gobernadores a orillas del mar, no quedaban ni vestigios después del terremoto y salida del mar de 1657. Los pequeños cañones y los arcabuces de la guarnición no habrían podido oponer seria resistencia a naves armadas de gruesa artillería y tripuladas por valientes y prácticos soldados. Dispuso, pues, don José de Garro la construcción de una planchada o batería de piedra capaz de diez y seis cañones de grueso calibre, con almacenes subterráneos para las municiones y cuarteles adyacentes. Esta fortaleza, edificada a orillas del mar y frente al palacio de gobierno, ha resistido a la acción del tiempo y a la de tres terremotos y salidas del mar: la batería subsiste hasta hoy casi intacta, aun se conservan en ella algunos viejos cañones de hierro, y la bóveda del polvorín permanece todavía en pie. Eso sí, el curso vario y caprichoso de los acontecimientos ha convertido en ameno y deleitoso paseo lo que fue antes temible y amenazador baluarte.
Mientras el temor de un ataque de los corsarios traía preocupados los ánimos de militares y vecinos de Concepción, un terrible e inesperado suceso vino a producir en la ciudad y en toda la frontera hondo sentimiento. Arrostrando el peligro de caer en manos de los filibusteros, salió del Callao, en octubre de 1684, el navío San Juan de Dios, cargado con el dinero y géneros del situado y trayendo a su bordo al obispo recién consagrado de Concepción, don fray Antonio de Morales, ex-provincial de los dominicos de Lima, que venía a suceder al Ilustrísimo señor Loyola y Vergara, fallecido en 1677. El San Juan de Dios logró llegar con felicidad a los mares de Chile; pero estando ya muy cerca de Concepción, le asaltó un furioso temporal de norte que lo arrojó sobre la costa de Tucapel, veinticinco leguas más al sur del punto de su destino, y allí se estrelló contra las rocas, despedazándose y pereciendo casi todos sus pasajeros y tripulantes. Se ahogó el obispo Morales con los eclesiásticos, familiares y sirvientes que le acompañaban, y el situado se perdió casi totalmente; el veedor y el contador real de Concepción, que se trasladaron al lugar del naufragio, sólo consiguieron salvar una parte de la carga del San Juan de Dios, que fue estimada en treinta y cinco mil quinientos once pesos próximamente, la octava parte del valor total del situado.
La muerte del Ilustrísimo obispo Morales, que prolongaba la ya larga viudez de la iglesia de Concepción y privaba a la diócesis de la benéfica influencia de su prelado, fue muy lamentada en la ciudad. La pérdida del situado era también muy dolorosa para los infelices soldados, que lo esperaban pobres y desnudos, y para los estancieros, que perdían con él el producto de sus cosechas de aquel año, vendidas para la manutención de las tropas. Por otra parte, el comercio de géneros era tan escaso en aquella época en Concepción, que la pérdida de los del situado dejaba a muchos sin abrigo ni cobijas para el invierno; así fue que por más trazas que se dio don José de Garro para atenuar los efectos de la pérdida del San Juan de Dios, siempre tuvieron mucho sufrir los soldados y los vecinos.
En medio de estos afanes, el gobernador se daba tiempo para mandar que se retiraran de la costa todos los ganados, para que los piratas no encontrasen víveres en caso de desembarcar en ella, y para decretar el despueble de la isla de la Mocha, frente a la embocadura del Cautín, cuyos pobladores, en su totalidad indios, habían prestado buena acogida y socorrido con víveres a los corsarios ingleses y holandeses en años anteriores. Felipe III, por cédula de 31 de marzo de 1608, había decretado el despueble de la isla para evitar que los extranjeros, entrando en relaciones con los indios, procuraran establecerse en la costa de Chile.
Esta orden, ya fuera porque el despueble se creyera una crueldad, ya porque se le juzgara ineficaz para conseguir lo que con él se perseguía, había pasado cerca de ochenta años sin cumplirse. Don José de Garro, después de acreditar la conveniencia del despueble de la Mocha con una información rendida en Concepción, y de haber consultado a los prelados de las órdenes religiosas y otros eclesiásticos de nota, decidió llevar a cabo la traslación de los indios de la isla al continente, y comisionó para ejecutarla al maestre de campo don Jerónimo de Quiroga.
En marzo de 1685 se dirigió Quiroga a la Mocha con un cuerpo de tropas, apresó a todos los habitantes de la isla que pudo haber a mano y los condujo por tierra a Concepción. El gobernador había decidido poblar con ellos un ameno valle que se extendía a orillas del Bío Bío, a dos leguas de la ciudad; había hecho construir allí una pequeña iglesia y algunas chozas de paja y había prevenido algunas ovejas para el sustento de los indios. Llegados éstos, se bendijo solemnemente la iglesia, se celebró en ella una misa y se contaron y distribuyeron los habitantes de la nueva población, a la que se puso por nombre San José de la Mocha147. Setecientos indios, entre hombres, mujeres y niños, habían salido de la isla, en la que se quedaron algunos ocultos; el cuidado de la población de la Mocha fue confiado a dos jesuitas que instruían y catequizaban a los indios y recibían seiscientos pesos de sínodo.
Los indios de la Mocha fueron tratados al principio con caridad y consideración; pero bien pronto los vecinos de Concepción y los militares comenzaron a obligarlos a servir como esclavos en los trabajos agrícolas y menesteres domésticos, oprimiéndolos y vejándolos de mil maneras. Los jesuitas se constituyeron en defensores de los indios, y el 24 de septiembre de 1708, el padre Antonio Covarrubias, procurador general de la Compañía, en un extenso informe dirigido a una junta mandada formar por el rey para el mayor progreso de las misiones de Chile, decía lo siguiente: «Están al presente (las familias de los indios de San José de la Mocha) tan perseguidas y disipadas, que apenas quedan ciento sesenta, y cuando visité dicho pueblo, acudieron a mí los caciques brotando lágrimas de sus ojos, pidiéndome los amparase, porque los jefes, los cabos y españoles de la Concepción los tenían como esclavos, llevándolos a trabajar por fuerza fuera del pueblo, y confesó un cabo que sacaban dichos indios hasta traerlos a trabajar a la jurisdicción de Santiago, distancia de cien leguas, dejando sus mujeres e hijos y sementeras por cuatro y seis meses, y aun un año entero, remudándose por turnos, y los vecinos de la Concepción les quitan sus mujeres para amas y sus hijos e hijas para servirse»148. Los generosos esfuerzos de los jesuitas se estrellaron en vano contra la codicia y duro carácter de los españoles.
Excusado es agregar a lo que dejamos dicho que el valle de San José de la Mocha es el mismo a que se trasladó la ciudad de Concepción después del terremoto de 1751.
Durante los años siguientes al de 1685 no vino a perturbar la tranquilidad de Concepción, otro acontecimiento que la presencia en la costa de Chile de las naves filibusteras de Davis y Knight, que fueron los últimos corsarios que navegaron en el Pacífico. En diciembre de 1686 y noviembre del año siguiente, Davis estuvo en las islas de la Mocha y Santa María, en las cuales recogió abundantes provisiones, demostrando así la ineficacia de la despoblación de la primera.
En noviembre de 1690, una nave mercante inglesa mandada por Juan Strong que, a pesar de los tratados de paz celebrados entre España e Inglaterra en 1670, no había sido recibida en ninguno de los puertos de Chile, salvo Coquimbo, en donde se le dieron, por orden de Garro, algunos víveres, se acercó a la embocadura del Bío Bío y mandó un bote a tierra a conferenciar con los pobladores de aquellos campos. Estos expusieron que no podían tener con los extranjeros trato alguno sin el permiso del corregidor de Concepción. Impuesto de esta contestación, Strong envió a su segundo a tierra con una carta, que éste debía hacer llegar a manos del corregidor por medio de alguno de los pobladores riberanos. Los marineros que trajo el segundo de Strong fueron sorprendidos por los españoles que tomaron prisioneros a once de ellos, mientras los otros tres se metían en el bote y volvían apresuradamente al buque. Strong, indignado, mandó dejar en una roca de tierra una nueva carta, en la que exigía que esos prisioneros fueran tratados con la consideración debida a súbditos de una nación amiga de España, y hacía responsables a las autoridades de Concepción del mal tratamiento que se les diera. Como no recibiera contestación alguna, Strong se dio a la vela, y atravesando el estrecho, se dirigió a Inglaterra.
Es probable que estos sucesos, que sólo nos son conocidos por las noticias que da de ellos el diario de Strong, produjeran en Concepción profunda sensación y alarma, y que el ataque a los marineros de Strong fuera dispuesto por el corregidor de la ciudad, porque Garro se hallaba entonces en Santiago. Todos en la colonia, desde el gobernador abajo, estaban acordes en considerar a todo extranjero, quienquiera que fuese, como un enemigo mortal a quien se debía negar el fuego y el agua.
Después de la pérdida del situado de 1685, que dejamos referida, el presidente Garro pidió al rey que el situado fuera remitido directamente de Potosí por los caminos de tierra, para evitar, junto con los naufragios, el peligro de que pudiese caer en manos de los filibusteros. Carlos II aprobó esta medida por cédula de 16 de enero de 1687, y por otra de 13 de septiembre del mismo año dispuso que todo el situado se trajera en plata amonedada, y que en plata se pagaran los sueldos de los soldados, para evitar así los abusos a que daba lugar la distribución de géneros y ropa que antes se traían. Para evitar otro abuso, el de pagar por listas en que estaban asentados más soldados de los que realmente servían, ordenó el rey que se hiciera una minuciosa revista para «que en tabla y mano propia reciba cada cual su sueldo», y que el reparto del situado fuera hecho en presencia del oidor decano y del fiscal de la audiencia.
En 1689 llegó el primer situado de Potosí; a fines de septiembre partió para Concepción el gobernador en compañía del oidor decano don Bernardo de Haya y Bolívar y del fiscal don Pablo Vázquez de Velasco, llevando consigo el sello real, símbolo de la suprema autoridad. El reparto del situado se hizo con escrupulosa probidad; pero el dinero recibido no alcanzó para pagar a la tropa sus sueldos atrasados. Por lo demás, las dilaciones y dificultades con que siempre había tropezado el envío del situado, crecieron desde que la remisión comenzó a hacerse desde Potosí. Para que los oficiales reales de esta ciudad entregasen el dinero que debía remitirse a Chile, se necesitaba orden especial del virrey del Perú, que tardaba siempre en llegar; este alto funcionario aplicó, además, la suma correspondiente a un situado a los gastos de equipo de una escuadra que despachó contra los filibusteros; y cuando se le pidió el reintegro de ese dinero para pagar el ejército de Chile, «respondió que era imposible hacerlo por lo empeñada que se hallaba la real hacienda»149. La situación del ejército llegó a ser por estos motivos bien miserable, y los soldados, desnudos y pobres, no tenían otro recurso que suplir la falta de sus sueldos oprimiendo a los indios con odiosas extorsiones.
A fines de 1691, llegaron a Concepción dos situados que Garro, noticioso de que su sucesor estaba próximo a llegar, no quiso repartir, para dejar a éste que inaugurase su gobierno con un acto que había de producir gran contento entre los soldados y vecinos de Concepción. El 5 de enero del año siguiente llegaba a Santiago, por la vía de Buenos Aires, el nuevo gobernador don Tomás Marín de Poveda, y el mismo día tomaba posesión del gobierno que el rey le había confiado por un período de ocho años, como a varios de sus antecesores150.
Don Tomás Marín de Poveda no era un desconocido en Concepción. El gobernador don Juan Henríquez le había traído del Perú en su séquito y le había dado en el ejército un puesto subalterno en el que había prestado algunos servicios. Antes de que terminase el gobierno de Henríquez, Marín de Poveda había vuelto al Perú y de allí a España, en donde, gracia al apoyo de algunos protectores y a sus influencias de familia, alcanzó rápidamente el título de teniente general de caballería y la cruz de la orden de Santiago. Su nombramiento para gobernador de Chile fue bien recibido en Concepción y los militares que habían sido sus camaradas y amigos en el ejército de la frontera, se dispusieron a celebrar su llegada con grandes regocijos y las fiestas más espléndidas que la ciudad había presenciado desde su fundación.
A fines de febrero, es decir casi dos meses después de su llegada a Santiago, Marín de Poveda invitaba al oidor decano y al fiscal de la audiencia para que le acompañasen a Concepción a presenciar el reparto de los dos situados llegados de Potosí a fines del año anterior; los dos funcionarios se excusaron, y el gobernador partió sin ellos, llevando un arreo de mil caballos para el ejército. Pero el gobernador no iba tan sólo a repartir los situados; desde años atrás había concertado un matrimonio con una noble señora de Lima, a quien había anunciado desde España su próxima llegada a Chile, pidiéndole que viniera a reunírsele en este reino, en donde celebrarían sus bodas. Doña Juana Urdanegui, hija del marqués de Villafuerte, estaba ya en Concepción aguardando al que iba a ser su esposo, cuando hizo éste su solemne entrada en la ciudad. Como el casamiento iba a celebrarse inmediatamente, el cabildo de Concepción acordó postergar las fiestas con que se había pensado celebrar el recibimiento del gobernador, y el día de la boda «su ejecución (la de las fiestas) excedió al deseo» dice un testigo presencial151.
«Constaba el obsequio, dice el mismo testigo, de catorce comedias, y la de El Hércules chileno, obra de dos regnícolas, toros y cañas, cuyas demostraciones, ni antes ni después vistas, bien dan a entender la aceptación y aplauso que causó su ingreso. Lo hubo también entre los indios, y asistieron todos a cumplimentarle, y se volvieron muy satisfechos de su liberalidad y agrado».
Estas fiestas, que parecieron entonces muy lucidas y costosas, parecen dar muestra de una decidida afición a las letras entre los pobladores de Concepción por la parte tan principal que las comedias tuvieron en ellas; es de sentir que la de El Hércules chileno, probablemente obra de dos ingenios penquistas, nos sea enteramente desconocida; ella nos habría permitido apreciar el estado de cultura intelectual de la ciudad para que había sido escrita y en general, de la colonia entera. Pero, si hemos de juzgar de ella por la forma y el fondo de otras composiciones literarias del mismo tiempo que han llegado hasta nosotros, es muy probable que El Hércules chileno y las catorce comedias de que habla el cronista citado, no fueron sino farsas grotescas a propósito para divertir a los rudos e ignorantes soldados que componían la gran mayoría de los pobladores de Concepción. Sea como fuere, ello es que Marín de Poveda debió sentirse muy halagado por tan cariñosa acogida y tan espléndidas demostraciones de aprecio. La distribución de los situados, que el gobernador hizo inmediatamente, vino a aliviar la miserable condición de los soldados, y a hacer aún más viva la satisfacción que todos demostraban por la llegada del nuevo gobernador.
Se dedicó éste en seguida a estudiar la situación militar de la frontera, que permanecía en paz desde que se había dejado a los indios tranquilos en sus tierras. Después de recorrer los tercios y fuertes principales, celebró Marín de Poveda con los indios un gran parlamento cerca de las murallas del tercio de San Carlos de Austria (Yumbel). Asistieron al acto el gobernador del obispado, que aún permanecía en sede vacante, los prelados de las comunidades religiosas de Concepción, los misioneros, sacerdotes seculares y jefes del ejército, un alcalde ordinario y un regidor del cabildo de la misma ciudad, y numerosos caciques de todas las reducciones. El gobernador, que creía de gran eficacia para el sometimiento de los indios el establecimiento de misiones y poblaciones dentro de sus tierras, exigió de los caciques que permitieran la entrada de los misioneros y la predicación del evangelio, a lo que se allanaron los caciques sin dificultad, conociendo que la única guerra en que tenían que temer por su libertad era la que los soldados les hacían a sangre y fuego y no la que emprendieran los misioneros sin más armas que su breviario.
La historia de las numerosas misiones que a costa del situado estableció entre los indios Marín de Poveda durante su gobierno, no pertenece a nuestra narración; nos contentaremos con avanzar que Concepción fue el centro de donde salían los misioneros, y, según la expresión del padre Valdivia, «plaza de armas de la conquista espiritual como lo había sido de la militar». Más adelante tendremos ocasión de demostrar la exactitud de esta alegórica frase.
Las misiones, sin embargo, no produjeron desde luego el resultado que Marín de Poveda esperaba de ellas; en la primavera de 1693 algunas tribus comenzaron a agitarse y a hostilizar a las que permanecían en paz. Los esfuerzos del inspector superior de los indios o comisario de naciones, don Antonio Soto de Pedreros, que aprehendió y remitió a Concepción a algunos de los culpables, no bastaron para restablecer la tranquilidad, ni produjo tampoco el efecto deseado un solemne parlamento celebrado con los caciques de paz en Concepción el día 3 de noviembre (1693). En él se renovaron las protestas de amistad y sumisión, los caciques ofrecieron apoyo a los misioneros y hubo algunos que llegaron a prometer que perseguirían a los indios y revoltosos y los entregarían a las autoridades españolas. Este parlamento, como todos, fue infructuoso; aunque las promesas de los caciques hubieran sido sinceras, era tan efímera e insignificante su autoridad que, aunque hubieran deseado contener a los rebeldes, no lo hubieran conseguido. Muy pocos días después del parlamento de Concepción, el capitán don Miguel de Quiroga era asesinado por los indios de Maquegua, cuyo cacique acababa de ofrecer la paz en el parlamento. El comisario Pedreros, que salió de Purén con mil indios amigos y cincuenta españoles a castigar a los rebeldes, fue atacado por éstos en el paso del río Quepe, afluente del Cautín, y, aunque se batió denodadamente, fue derrotado y muerto; de modo que al entrar el invierno de 1694 la insurrección estaba triunfante.
Estos sucesos fatales produjeron en Concepción un malestar y descontento que contribuían a fomentar muchas otras causas: la gran exportación de trigo para el Perú, que había crecido mucho en los últimos años152, había hecho subir otra vez considerablemente el precio de este cereal, que se volvió a vender a seis pesos la fanega; los situados no llegaban de Potosí, y las tropas permanecían sin paga y casi sin alimento ni vestido; el dinero escaseaba por este motivo en la ciudad y los cosecheros mandaban casi todo su trigo al Perú, porque en la ciudad eran bien pocos los que podrían pagar el precio que en el virreinato se conseguía.
Para hacer aún más difícil la situación, el 27 de enero de 1694 apareció en la boca de la bahía una nave sospechosa. Dentro del puerto se hallaba un barco llamado el Santo Cristo de Lezo, cuyo capitán y propietario Juan Güemes Calderón, fue enviado a reconocerlo; pero sin acercarse a él volvió asegurando que el buque sospechoso debía ser una nave española que se esperaba de Chiloé. El reconocimiento había durado un día entero, y el 28 en la tarde volvía Güemes con su barco al fondeadero y bajaba descuidado a pasar la noche en tierra. Al amanecer del día siguiente los marineros de su buque venían a despertarle diciendo que el pirata se había apoderado del barco, había echado la tripulación a tierra y se había llevado en el buque sólo al contramaestre. Corrió Güemes Calderón a la playa y vio con asombro que su propio buque estaba tranquilamente fondeado al lado del bajel pirata cerca de la Quiriquina; desesperado por la pérdida de su buque, Güemes se metió en una lancha y fue a negociar con el jefe pirata el rescate de la nave apresada.
Era el jefe uno de los tantos aventureros franceses e ingleses que, después de haberse retirado del Pacífico las expediciones filibusteras, armaban un buque, le cargaban con mercaderías y salían sin permiso ni patente de ninguna autoridad a comerciar o robar en las costas de las colonias españolas; por lo demás, el nombre y nacionalidad del que apresó el buque de Güemes nos son absolutamente desconocidos. Güemes fue bien recibido por el pirata: era rescate precisamente lo que él quería, porque el barco no le servía de nada; y con muy buenos modos dijo a Güemes que si dentro de dos días le entregaba seis mil pesos en dinero, cien botijas de vino y veinticinco de aguardiente, su barco le sería inmediatamente devuelto. El buen Güemes se desesperó con tan enorme exigencia: seis mil pesos en dinero tal vez no los había en Concepción, y así se volvió al puerto, pensando en proponer al gobernador, que estaba en la ciudad, un atrevido plan para recobrar su nave.
«Me pareció, dice Marín de Poveda, refiriendo el suceso, que era conveniente quebrantar la osadía del pirata, y que a este intento se dispusiese alguna gente que fuera a apresar el bajel enemigo y a recuperar la presa. Aunque la falta de embarcaciones y el corto plazo que había dado para el rescate hacían difícil la ejecución, formé junta de guerra de personas prácticas; y con lo que en ella se resolvió, me dediqué con grande vigilancia al apresto de tres barcas con cincuenta hombres y tres pedreros de bronce. El día 30 de enero, luego que anocheció, los despaché a esta función. Llegaron navegando con todo secreto hasta ser sentidos de los centinelas del enemigo, y entonces dieron carga cerrada y estuvieron batallando por avanzar al bajel del enemigo, el cual, habiendo hecho sus diligencias por avanzar sobre las barcas, no pudiéndolo conseguir, se fue retirando; y reconociendo los nuestros que no le podían dar alcance, cargaron sobre el navío Santo Cristo y le ocuparon, recuperando la presa. Desde él se estuvieron cañoneando con los mosquetes y arcabuces más de una hora el uno al otro; y el enemigo trató de retirarse. Luego que llegó el día, se vieron ambos bajeles en la boca del puerto, y el nuestro siguió al del enemigo con grande denuedo; y por embarazar el alcance, el enemigo echó al agua al contramaestre que tenía prisionero, y se procuró sacarlo salvo, con que tuvo tiempo, mientras esto se ejecutaba, de ponerse en mayor distancia. Aunque nuestro bajel continuó su seguimiento, no pudo empeñarse más por no llevar mantenimientos algunos, y quedar expuesto a que la inconstancia de los vientos, saliendo el mar afuera, lo pusiese en términos de no poder volver con la brevedad necesaria al mismo puerto»153.
Este combate daba claras muestras de la debilidad de las fuerzas del pirata, y animó a los españoles a pensar en perseguirlos. El buen Güemes Calderón, que había sacado dos heridas del combate, y todavía rabioso contra los corsarios por la desazón que le habían hecho pasar, propuso al gobernador que se armara en guerra el Santo Cristo y saliera en seguimiento del buque enemigo; aceptó el gobernador la proposición, y con mucho trabajo se equipó el buque, que zarpó del puerto el 8 de febrero a las órdenes del capitán de caballería don Antonio Marín de Poveda, hermano del gobernador.
El Santo Cristo de Lezo navegó con rumbo a las islas de Juan Fernández, que eran el ordinario refugio de los piratas y filibusteros perseguidos; pero no encontró en ellas sino frescos rastros de que allí habían estado otros que poco antes habían hecho en la costa de Arica varias presas de valor. De Juan Fernández determinó el capitán Marín dirigirse a la Mocha, que también solía ser frecuentada por piratas y corsarios, y no encontrando tampoco allí al que buscaba, se dirigió a Valdivia, y el 31 de marzo se halló de vuelta en Concepción. En cuanto a la nave pirata, se supo en esta ciudad en diciembre, por carta del gobernador de Valdivia, que después de su fuga se había dirigido al Estrecho, había naufragado allí, y doce hombres de su tripulación habían llegado en una canoa a Valdivia, refiriendo el desastre que acababan de sufrir ellos y sus compañeros.
A mediados de octubre volvió el gobernador de Santiago, en donde había pasado el invierno, trayendo consigo las milicias de esa ciudad, porque pensaba emprender una activa campaña contra los araucanos rebeldes. Al efecto, reunió en Yumbel un cuerpo expedicionario de mil seiscientos soldados españoles y más de dos mil indios amigos, con los cuales se internó por el valle central sin encontrar resistencia; toda la expedición se redujo a celebrar un gran parlamento en Choquechoque, cerca de las vegas de Lumaco, y con él bastó para que los araucanos, atemorizados por el despliegue de fuerzas que el gobernador hizo a sus ojos, se volvieran tranquilos a sus tierras.
Pero la tranquilidad y el bienestar no volvieron con esto a Concepción; el cabildo, escribiendo al rey en septiembre de 1695, manifestaba poca confianza en la seguridad de aquellas paces. «Aunque en la campaña última, decía, que hizo el gobernador, se aseguró la paz con los indios, tienen éstos tal inconstancia, que, llevados de su veleidad, no discurren otros negocios que conspiraciones, y sólo viven en quietud reconociendo las armas españolas ventajosas, y aunque son por el gobierno mantenidos en justicia, bien tratados y amparados en su natural libertad, exentos de las mitas a que concurrían a esta ciudad a obras de S. M., y sin pensión alguna que pueda causarles molestias, todavía no se satisfacen si no sacuden el dominio español; y es preciso, señor, se conserve vigoroso el ejército y que se le asista, como V. M. tiene repetidamente mandado, con las anuales pagas, así para la defensa del enemigo doméstico como del extranjero del norte, que tantas hostilidades ha ejecutado en las costas del Perú, y pretendido continuar en éstas». Este juicio sobre los araucanos y sobre la situación y necesidades de la frontera, era exactísimo, y forma contraste manifiesto con las ilusiones de Marín de Poveda transmitidas al rey en sus cartas.
A aumentar estos temores e inquietudes llegaron bien pronto noticias de Buenos Aires y una cédula de Carlos II154, anunciando que de los puertos de Francia habían salido dos formidables expediciones contra los dominios españoles de América, una de las cuales, compuesta de seis naves con ciento veintiséis cañones y setecientos veinte hombres, al mando del capitán De Gennes, se hallaba ya en las costas orientales de América del sur. Por fortuna, esta expedición, dirigida principalmente contra el Perú, pero que habría tocado sin duda en las costas de Chile, no pudo atravesar el estrecho de Magallanes, y así fueron infructuosos los preparativos que se hicieron en Concepción para aguardarla, poniendo atalayas sobre los cerros, manteniendo lista la compañía de milicias de la ciudad y tomando otras precauciones, que sin duda no hubieran sido bastantes para poner a cubierto la ciudad, en caso de que se hubiera presentado en la bahía la expedición de De Gennes.
En 1695 la diócesis de Concepción, que había pasado diez y ocho años gobernada por un vicario general, recibió a su nuevo pastor, el Ilustrísimo señor don fray Martín de Hijar y Mendoza, natural de Lima y ex-provincial de los agustinos de esa ciudad. La corte de España, al tener noticia de la trágica muerte del Ilustrísimo señor Morales, que ya hemos referido, presentó para la sede de Concepción a don fray Luis de Lemus, también agustino, que falleció a poco de haber sido consagrado en Madrid; al Ilustrísimo señor de Lemus venía a suceder el señor Hijar y Mendoza, precedido de una gran fama de hombre de valiosas prendas y de singular prudencia y tino. El gobernador iba a aprovecharse bien pronto de sus servicios en un asunto por demás dificultoso y que reclamaba pronto remedio.
Desde que don Tomás Marín de Poveda se hizo cargo de las riendas del gobierno, sólo había llegado a Chile un situado, que fue repartido a principios de 1695, cuando volvió el gobernador de la campaña que terminó con el parlamento de Choquechoque, y que no bastó para pagar a los soldados ni siquiera el sueldo de un año. Se debían al ejército los situados correspondientes a cinco años, y la miseria y necesidades de los soldados habían llegado a ser tales, que comenzó a relajarse la disciplina y a introducirse en las filas del ejército la desmoralización más completa. Marín de Poveda, ansioso de remediar tan insostenible situación, envió a Potosí en 1693, al contador real de Concepción, Juan de Esparza, para que hiciera todo empeño por obtener de los oficiales reales de aquella ciudad, el situado correspondiente al año anterior. Pasaron cuatro años sin que se tuviera de Esparza la menor noticia; y entretanto, las necesidades del ejército se hacían más premiosas, la desmoralización cundía, los alimentos se hacían cada vez más caros, y para mantener un ejército de dos mil hombres sin dinero, no había más remedio que cometer injusticias y exacciones que debían producir gran descontento y general empobrecimiento del país.
En Chile se creía que el atraso de los situados sólo era causado por mala voluntad de los virreyes; nadie pensaba en que la interminable serie de desastrosas guerras en que se vio envuelta la monarquía española durante todo el siglo XVII, y el mal gobierno de España y el de las colonias, durante la decadencia de la causa de Austria, debían haber producido el agotamiento casi absoluto de los fondos reales, al mismo tiempo que la ruina de las fortunas particulares. Sea como fuere, a principios de 1697, la situación del ejército de Chile se había hecho insostenible, y discurriendo arbitrios para ponerle remedio, llegó Marín de Poveda a dictar un auto el 23 de abril de ese año, en el cual, teniendo en vista lo mucho que se debía a los vecinos por alimentos y a los mercaderes por vestuario para el ejército, y la carencia absoluta de fondos para pagar estas deudas y satisfacer las necesidades futuras, ordenaba «al maestre de campo general del reino (don Alonso de Córdoba y Figueroa), que luego y sin dilación alguna haga junta de guerra y hacienda en la ciudad de Concepción, llamando a los cabos principales de dicho ejército, y presidiendo en ella el Ilustrísimo señor obispo de dicha ciudad, se nombre procurador general para el dicho efecto, y se informe a S. E. (el virrey) del estado del ejército sin omitir cosa alguna».
En obedecimiento de este auto se reunieron en Concepción, el 28 de mayo (1697), diez y seis jefes militares, presididos por el obispo don fray Martín de Hijar y Mendoza, que llevó la palabra en la asamblea. En un largo discurso expuso los graves inconvenientes creados a todo el reino por la falta de siete situados que habían dejado ya de remitirse, y como remedio propuso que se enviara a Lima un comisionado especial que representara al virrey este estado de cosas y le pidiera la entrega inmediata de las cantidades que se adeudaban. Este comisionado debía traer dos situados en ropa para las tropas y reclutar «seiscientos hombre de los de la provincia de Quito, por lo bien que han probado en este ejército», y conducir el resto en dinero para el pago de oficiales y soldados y de los compromisos contraídos hasta entonces, «fiando, decía el obispo, en la divina misericordia, que, informado S. E. de tan irreparables trabajos y calamidades, luego sea benigno y socorra liberal los clamores de tantos miserables que padecen», y repitió con fervor y celo pastoral se pusiese gran cuidado en la celeridad de la ocurrencia, «porque si a tan inminentes peligros no se busca el remedio con prontitud, será indefectible la ruina»155. Todos los otros miembros de la asamblea aprobaron sin discusión este dictamen y designaron al general don Antonio Marín de Poveda, hermano del gobernador, como la persona más apta para el desempeño de aquella comisión.
Pero todas estas diligencias fueron infructuosas. Don Antonio Marín no consiguió del virrey ni un solo maravedí: el único dinero que a cuenta del situado recibió don Tomás Marín de Poveda durante el tiempo restante de su gobierno fue de unos ciento siete mil pesos, con que, después de unos cuatro años de ausencia, llegó a Santiago el contador Esparsa, el 19 de agosto de 1697, y que, lejos de salvar la situación, pusieron al gobernador en nuevos conflictos. «Me hallo en la confusión, escribía al rey tres días después de la llegada de Esparsa, de la forma de su pagadero, pues no alcanzan a pagar los empeños que por parte de los oficiales reales se han hecho de los vestimentos de los soldados, y si éstos se pagan, queda la misma dificultad en pie de la desnudez de los soldados, y si no se satisfacen, será imposible continuar la violencia para mantenerlos de raciones». Siendo tal el tesoro real, juzgue el lector cuales serían la pobreza y descontento que reinarían en Concepción, cuyos vecinos eran casi todos sus acreedores por fuertes sumas; agréguese a esto que el veedor general, que lo era entonces don Francisco Girón, para proveer de comida al ejército se veía obligado a quitar por fuerza a los vecinos y comerciantes de la ciudad la tercera parte del trigo y harina que encontraba en sus casas y todo el ganado que creía necesario, sin oír los clamores de las víctimas de tales violencias. Como el pago de las especies que el veedor les quitaba no llegaba nunca, los estancieros no se determinaban a cultivar los campos temerosos de que no habrían de aprovechar el fruto de sus trabajos, y seguros que no tendrían ni siquiera el dinero necesario para pagar a los indios que habían de ocupar en las faenas agrícolas.
Crecía de esta suerte la miseria: la ciudad y sus campos se veían plagados de soldados desnudos y hambrientos que se escapaban de los fuertes de la frontera para venir a pedir limosna con la espada en la mano; los mismos capitanes, reducidos a idéntica condición que sus soldados, abandonaban también sus compañías y salían a mendigar pan y vestido. A tal extremo llegó la escasez en Concepción que no fue posible admitir enfermos en el hospital, porque no había en él medicinas y los mismos religiosos de San Juan de Dios que cuidaban de los enfermos no tenían con qué mantenerse. Los religiosos franciscanos que por su instituto de orden mendicante no pueden poseer estancias u otras propiedades y vivían de limosnas, llegaron a verse en el caso de no tener recursos para alimentarse.
El profundo descontento que producía en la ciudad tan deplorable estado de cosas, fue haciendo que poco a poco se despertara entre los vecinos y militares cierta animosidad contra el gobernador, a quien injustamente se culpaba de no poner remedio a lo que era irremediable. Para dar muestra de su disgusto se aprovechó el pueblo de los choques que el gobernador tuvo con varios funcionarios y militares que residían en la ciudad. Don Mateo del Solar, tesorero real de Concepción, se opuso a algunas medidas administrativas de Marín de Poveda, e irritado éste, le hizo tomar preso y conducir a Santiago, en donde permaneció Solar hasta que, terminado el gobierno de Marín de Poveda, la audiencia le puso en libertad y le repuso en su empleo. Tuvo también ciertas influencias con el veedor general don Francisco Girón, que tuvieron un trágico desenlace, porque, habiendo salido de Concepción este funcionario para ir a ponerse bajo la protección de la audiencia, cuyos oidores eran adversos a Marín, tuvo la desgracia de ahogarse en el río Teno. De todo esto se culpaba en Concepción al gobernador, que se vio aún envuelto en otra contienda más ruidosa que las anteriores.
Al tomar posesión del gobierno de Chile, Marín de Poveda encontró desempeñando el cargo de maestre de campo general al viejo Jerónimo de Quiroga, a cuyas órdenes había servido él durante el gobierno de don Juan Henríquez, en el rango de capitán. Marín de Poveda mantuvo a Quiroga en su puesto durante algunos años; pero le separó de él más tarde, acusándole, entre otras faltas, de haber tolerado algunas prácticas fraudulentas en el ejército. Quiroga se creyó gravemente ofendido por esta destitución, y refería a todos que, años atrás, siendo Marín de Poveda subalterno suyo, había merecido ser severamente reprendido por él, y que de allí provenía la mala voluntad que ahora le mostraba, convirtiendo el puesto de gobernador en medio para satisfacer una injusta venganza. Aconteció al mismo tiempo que el proveedor del ejército Francisco García Sobarzo, que se había comprometido a suministrar la fanega de trigo por dos pesos, se vio en la imposibilidad de seguir cumpliendo con su compromiso, por haber subido el precio de la fanega a seis pesos, y lo hizo presente así al gobernador. Pero este desoyó su justo reclamo, y viéndole en la imposibilidad de cumplir con la obligación contraída, hizo rematar todas sus propiedades y obligó a los fiadores de Sobarzo a pagar una crecida fianza, con lo que él y ellos quedaron reducidos a la última miseria.
Con este motivo, circularon en Concepción pasquines en verso y prosa, en pro y en contra del gobernador; culpó éste al maestre de campo, Quiroga, de ser autor de ciertos picantes epigramas, y mandó allanar su casa y reducirlo a prisión, sin que nada pudiera descubrirse. Cierto día, se paseaba Quiroga pensativo y mirando al suelo, delante del gobernador, el cual, en tono de burla le preguntó: «Señor Quiroga, ¿qué está usted haciendo versos a sus pies?» A lo que respondió éste sin desconcertarse, y en tono respetuoso y comedido: «Señor, quien los ha hecho a su cabeza, puede muy bien hacerlos a sus pies»156. Se siguió a esto un altercado entre los dos que no hizo sino agriar más los ánimos; recurrió Quiroga al virrey conde de la Monclova y a la corte de España; pero aunque el virrey pidió a Marín de Poveda que restituyera a Quiroga a su puesto de maestre de campo, se negó el gobernador a hacerlo, y siguió Quiroga encabezando e instigando a todos los que en Concepción murmuraban de él y de su gobierno.
Así transcurrieron los últimos años del gobierno de don Tomás Marín de Poveda. Durante los ocho años que permaneció en el poder se había enajenado casi por completo la voluntad del pueblo de Concepción; la ciudad que en 1682 le había recibido con espléndidas manifestaciones de júbilo le vio dejar el gobierno a fines de 1700, con la más absoluta indiferencia157. Durante su gobierno fue corregidor de Concepción don Alonso de Sotomayor y Angulo158.
Nos habíamos abstenido hasta aquí de dar noticias generales que permitieran apreciar el grado de adelanto y crecimiento que iba Concepción alcanzando en las distintas épocas de su vida; porque antes de los comienzos del siglo XVIII, la que es hoy floreciente y rica ciudad no pasaba de ser una pobre aldea de cuya exigua población, humildes edificios, industrias y comercio, hemos dado en los capítulos anteriores los pocos datos que nos ha sido posible recoger. Hemos visto ya, en el curso de nuestra narración, a esta pequeña aldea perpetuamente amenazada por las calamidades de una guerra de pillaje y de exterminio que debía ser funesta para ella; la hemos visto dos veces abandonada por sus heroicos habitantes al furor de los indios, y dos veces destruida por terribles terremotos que no habían dejado piedra sobre piedra. Sin embargo, a pesar de estos obstáculos que parecían oponer una barrera insuperable al progreso de Concepción, y gracias a la indomable energía y heroica constancia de sus habitantes, la ciudad, venciendo todos los obstáculos que encontró en el camino de su vida, después del siglo y medio de existencia, había alcanzado un grado tal de progreso y crecimiento, que por sí solo merece un especial capítulo.
En la segunda mitad del siglo XVII, la población de Concepción había aumentado bien poco: los doscientos vecinos que vivían en la ciudad al estallar el alzamiento de 1654, sufrieron en los años siguientes tales penurias y sobresaltos, que nadie pensó en venir a compartir con ellos sus trabajos y sufrimientos. La paz inalterable de que gozaba Santiago mientras Concepción defendía al país entero, sosteniendo al ejército con víveres y enviando al combate a la gran mayoría de sus hijos, que a veces no volvían a sus hogares, debió incitar continuamente a los vecinos más acomodados de esta ciudad a abandonarla e ir a establecerse en la capital, en donde podían pasar en tranquilidad y reposo los últimos años de su vida, y solían quedarse establecidas sus familias.
Así pues, aunque la absoluta carencia de datos estadísticos permite apreciar en ocho mil habitantes la población de Santiago al comenzar el siglo XVIII, las escasas noticias que de la de Concepción tenemos, nos inducen a creer que en la misma época la población de nuestra ciudad no pasaba de mil quinientos habitantes de raza española, aparte de los indios de servicio que se mantenían en casi todas las casas para los menesteres domésticos, y de los españoles e indios que vivían de ordinario fuera de la ciudad, diseminados en las estancias de los vecinos.
Estos habitantes vivían en doscientas casas más o menos, la mayor parte de ellas de adobe con techo de colihue y teja, y las demás con techo pajizo y a veces paredes de quincha embarrada en lugar de adobe. Todas estas casas estaban diseminadas en diez y ocho a veinte manzanas de forma regular, de ciento veinte varas castellanas por lado, que formaban calles rectas de diez y seis varas de ancho, sin veredas y con una acequia en el centro (arroyo) por la cual corrían las aguas lluvias y a la que se arrojaba toda clase de basuras. Las mejores casas de la ciudad estaban situadas cerca de la plaza o en ambas orillas del estero que atravesaba la ciudad; pero, en las manzanas situadas al norte de éste, había grandes solares vacíos y tal vez abiertos, en los cuales solía sembrarse maíz u otras legumbres. En los suburbios de la ciudad y especialmente en los barrios llamados de Cantarrana, situado en el extremo norte de ella, y de San Roque, próximo a Cerro Verde, vivían los vecinos más pobres en cabañas agrupadas sin orden, y entre las cuales apenas se conocía lo que debía ser la calle. En la plaza y en algunas calles se encuentran todavía algunos restos de empedrado hecho con pequeños cantos rodados que abundan en los cerros vecinos.
De los edificios públicos, era el más importante la catedral, edificada durante el gobierno de don Juan Henríquez por el obispo Loyola y Vergara, y estrenada en febrero de 1676; sus paredes debieron de ser de adobe, y el techo de tablazón de alerce; era de tres naves, las paredes blanqueadas con cal de concha, que se hacía en la misma playa, y las tres puertas del frontis adornadas con grandes clavos de bronce, al uso de la época. Después del terremoto de 1730, la catedral fue reconstruida de cal y ladrillo, y parece que en 1751 era uno de los pocos edificios hechos con estos materiales159 que existían entonces en la ciudad.
El palacio del gobernador, las cajas reales y el cabildo, construidas probablemente durante el gobierno de Porter Casanate (1656 - 1662), eran edificios insignificantes, de los cuales no tenemos noticia alguna que merezca referirse. Otro tanto debemos decir de los conventos de San Francisco, la Merced, Santo Domingo y San Agustín, y de sus respectivas iglesias, en los cuales sólo había un cortísimo número de frailes que vivían muy pobremente. El colegio e iglesia de los jesuitas estaba en estado mucho más floreciente: por los años de 1613 y al fundarse el colegio, el canónigo don Juan García de Alvarado le había hecho donación de la estancia de La Magdalena160, de la cual sacaban los jesuitas mucho vino y trigo, que se molía en el molino que tenía el colegio en uno de los arrabales de la ciudad. En 1627, más o menos, don Juan Ventura de Larma y Castillo, vecino de Concepción, legó al colegio la estancia de Cuchacucha, a orillas del Ñuble, que él había heredado de su mujer, y que a principios del siglo XVIII se avaluaba en ocho mil pesos. Don Francisco Lazo de la Vega hizo donación de la enorme estancia de Longaví, que el marqués de Baides aumentó con dos mil cuadras más de tierra, y que producía mucho en trigos y ganados.
El capitán Diego de Trujillo dio a los pobres la estancia de Tomeco161, y la mitad de la casa que tenía en Concepción, donación que en la época a que nos referimos se tasaba en cuatro mil quinientos pesos; y el deán don Juan López de Fonseca, una estancia de quinientas cuadras con viña y cabras162. Estas donaciones fueron un poco anteriores a la de Longaví. Con tantas y tan valiosas propiedades, no es extraño que los jesuitas de Concepción gozaran de una posición mucho más holgada que los otros religiosos, pudieran mantener más sujetos en su colegio, y prestaran en la ciudad y en toda la frontera servicios más valiosos y considerables que los que prestaba todo el resto del clero secular y regular. Esta relativa abundancia de que gozaban les había permitido ensanchar y reparar su colegio y edificar una cómoda iglesia durante el gobierno de don Juan Henríquez, quien les ayudó con peones y madera y les dio seis esclavos para que sirvieran en el trabajo de los edificios. No podríamos decir de qué calidad y extensión eran éstos; pero avanzaremos que en 1751 sólo el frente del colegio, que era de altos y con tiendas de arriendo en el piso bajo, era de cal y ladrillo y todo el interior de adobe; es probable que hasta 1730 toda la iglesia y colegio fueran de este último material163.
El fuerte de la Planchada, con los almacenes y cuarteles adyacentes, edificados por Garro, eran sólidas construcciones de piedra, que han dado muestras de ser tales, resistiendo, aunque muy deterioradas, al embate de dos terremotos con salida de mar y a la acción demoledora de dos siglos. Sin embargo, cuando Frezier visitó estas fortificaciones, en 1712, encontró que la mitad de la batería estaba sin plataforma y carecía de solidez para resistir a la artillería de grueso calibre. La observación debió de ser exacta, porque algunos años después, durante el gobierno de Cano de Aponte, hubo necesidad de reparar y dar «una recorrida» a toda la batería. Estaba ésta armada en 1712, y probablemente desde que se terminó su construcción, con nueve cañones de a 24 y de a 18, fundidos en Lima en 1618 y 1621, cuatro de ellos montados en malas cureñas e incapaces de servir sin una reparación previa164. Este fuerte, construido para defender la ciudad de los filibusteros y piratas que infestaron el Pacífico en el último cuarto del siglo XVII, no tuvo nunca ocasión de disparar un cañonazo contra ellos; sólo sirvió de cuartel a la compañía de soldados que guarnecía la ciudad, y hacía guardias en el fuerte y en el palacio del gobernador, cuya ala derecha ocupaba el cuerpo de guardia.
En el patio que estaba delante de éste, vio Frezier dos pequeños cañones de a 4, y refiere al mismo tiempo que los soldados, por lo indisciplinados, apenas parecían tales; hacían guardias cuando querían, y no recibían paga desde hacía catorce años, lo que bien pudo ser verdad. La ciudad tenía también para su defensa la compañía de milicias, compuesta de vecinos y comerciantes de la ciudad que se armaban por su cuenta, no recibían suelto y sólo salían a campaña cuando las irrupciones de los indios ponían en grave riesgo a la ciudad; la paz en que vivían éstos desde algunos años atrás, hacía innecesario en mantener en la ciudad mayor número de soldados.
El aspecto exterior de Concepción, como se ve, no podía ser más humilde; si penetramos ahora en el interior de las casas, nada encontraremos tampoco de fastuoso y deslumbrador. Los criollos de Chile y de toda América tenían una afición desmedida por el lujo, que era camino seguro para llegar al empobrecimiento; los ricos de Santiago solían vestirse espléndidamente, tenían sus casas bien alhajadas con buenos muebles traídos del Perú o de España y ricas vajillas de plata; en Concepción, estas maravillas fueron siempre desconocidas entre los vecinos, todos ellos pobres y modestos. Más aún, la ostentación y el lujo, que en Santiago granjeaban consideración y respeto a quien los lucía, eran en Concepción causa de menosprecio y malquerencia: los gobernadores que, como Mujica, Peredo y Garro, se habían señalado por la modestia en sus trajes y ajuares, fueron muy queridos y populares en la ciudad; Meneses, Henríquez y Marín de Poveda, con su lujo deslumbrador, sólo consiguieron escandalizarla y hacerse odiosos.
Los vecinos de Concepción no usaban sino catres y mesas de madera trabajados en la misma ciudad, sillas de baqueta hechas con cordobán del país, vajilla de loza o greda y vasijas de barro. Tal vez alguno que otro de los más pudientes se permitía el lujo de algunos tiestos de plata, mirados en las familias con verdadera veneración, y que no salían a relucir sino en las grandes ocasiones. Por lo demás, cada familia amasaba su pan con la harina comprada o mandada moler en el molino real o en el de los jesuitas165, y con él comía el tradicional cocido, algún quiso de ave o de legumbres, que las había en abundancia y de toda especie, siguiendo el sistema español de almorzar después de oír misa, comer a las dos, cenar y acostarse al toque de ánimas, después de rezar el rosario.
El vestido de hombres y mujeres era tan sencillo como estas frugales costumbres; el de los hombres se componía ordinariamente de camisa y calzón, de lienzo de Sevilla las más veces o de bretaña de hilo, calzas y jubón de paño burdo de Ruan, ancho sombrero de fieltro, medias de lana o seda, según la calidad de la persona y el día, zapatos de cordobán o botas, capa y espada. Este traje, con las ligeras variantes que le imponía la desigualdad de fortunas, las estaciones y la pobreza, era el que usaban a principios del siglo XVIII todos los vecinos de Concepción, fueran ricos o pobres, personas civiles o jefes militares. Sólo los regidores del cabildo se diferenciaban de los demás en que vestían de negro y usaban golilla; todos llevaban el pelo largo y no usaban peluca.
Las mujeres vestían camisa o almilla de Bretaña, saya de Ruán o de seda, justillo de lo mismo, mantilla de seda o de punto adornada con tiras de terciopelo, para salir a la calle, media blanca y chapines de cuero o género; la saya se llevaba corta hasta mitad de la camilla y sobre ella comenzó a usarse, poco antes de 1712, una segunda pollera más corta todavía; el pelo se llevaba peinado en trenzas y la cabeza atada con una cinta de colores vivos. Los pobres indios de servicio vestían, como hoy, chamal y poncho, que se quitaban para trabajar. En 1712, los españoles usaban ya en las estancias y en los viajes el poncho y las botas sin pie de los indios.
De todas las prendas de vestuario que dejamos nombradas, sólo los zapatos y los sombreros de batán se fabricaban en Chile; todas las demás se traían del Perú, adonde llegaban de España, aunque la mayor parte de estas mercaderías eran extranjeras. Las infinitas trabas y limitaciones puestas al comercio por los reyes de España, el monopolio exclusivo que de éste se había establecido a favor de los comerciantes de la metrópoli y más tarde sólo a favor de los de Sevilla, el recargo que las mercaderías sufrían en su valor por los subidos fletes que había que pagar y por los numerosos cambios de mano por que pasaban antes de llegar a Chile y las gruesas utilidades que de su venta pretendían sacar los comerciantes, de tal modo hacían subir su precio que generalmente se vendían en Concepción con doscientos o trescientos por ciento de recargo sobre el valor que los mismos artículos tenían en España. Júzguese pues, cuán difícil y costoso sería vestirse en Concepción, mientras duraron la escasez y la carestía de que hemos hablado en el capítulo anterior. Esta dificultad aumentó con la reforma hecha en el envío del situado, que desde 1689 empezó a llegar tarde, mal y nunca y sólo en plata. En la ciudad, parece que no había ninguna tienda de géneros establecida de firme; los mercaderes, sobre todo después de la fecha apuntada, llegaban al puerto principalmente de noviembre a abril, en naves propias o fletadas, trayendo géneros que desembarcaban y vendían a veces ocultamente para ahorrarse el pago del impuesto de alcabala.
Así continuaron las cosas hasta 1712, año en que llegó a Concepción la primera expedición comercial francesa, autorizada por la corte de Felipe V. Sucesivamente siguieron llegando otras, con o sin autorización, que vendían sus géneros la mayor parte de las veces de contrabando, con la cual la ropa llegó a ser en Concepción mucho más barata. La expedición en que vinieron Bucinot, Leclerc, de Bicourt, Morandais, Le Breton, Pradel y Bridón, en 1712, vendía a los comerciantes de Concepción la vara de Ruán a real y medio, y las cinco anas166 de bretaña a trece reales, mercaderías que se revendían en la ciudad a precios mucho más subidos; y al llegar al puerto la nave de Duchense, en la que venía Frezier, encontró tal abundancia de mercaderías en la plaza, que no creyó conveniente vender las que traía. Finalmente, es muy posible que en la época de que hablamos hubiera ya en Concepción quienes se ganaran la vida cortando y cosiendo ropa; pero es probable que las mujeres hicieran la mayor parte de este trabajo, porque noticias de que hubiera sastres en la ciudad no se encuentran sino muy entrado el siglo XVIII.
Pasando de estas exterioridades a asuntos de mayor trascendencia, cúmplenos ya decir algo sobre la educación y cultura intelectual en Concepción. Habiendo sido esta ciudad durante muchos años bien poco más que un campamento militar, habitado por rudos soldados y por pobres estancieros, es evidente que no debía darse en ella gran importancia a los estudios, en que no se enseñaba a vencer a los araucanos, ni a conseguir que produjera la tierra sin necesidad de cultivo. Antes de los comienzos del siglo XVII, sólo existían en Concepción las pequeñas escuelas de los conventos en las que se enseñaba a los niños la doctrina cristiana, lectura y escritura; otro tanto pasaba en Santiago, donde los padres de familia más acomodados solían mandar sus hijos a estudiar en Lima, cosa en que no pensaron jamás los pobres pero esforzados vecinos de Concepción. Como cuatro años después de haber fundado la residencia de los jesuitas en esta ciudad, es decir, más o menos en 1617, el padre Luis de Valdivia, en su calidad de vice-provincial, y teniendo en vista la necesidad urgente de que hubiera un colegio en la ciudad, dio este nombre a la casa recién fundada, nombró rector al padre Vicente Modolell y dispuso que se abrieran los estudios al público. Las personas principales de la ciudad se apresuraron a mandar sus hijos al nuevo colegio: don Alonso de Ribera envió a su hijo don Jorge, y el maestre de campo Álvaro Núñez de Pineda envió también al suyo, don Francisco Núñez de Pineda y Bascuñán, autor del Cautiverio Feliz, y que tanto se distinguió más tarde por sus talentos militares. Este colegio gratuito, dirigido por tan hábiles maestros como los jesuitas, progresó rápidamente; en 1647 se trasladaron a él los profesores y estudiantes del de Santiago167, completamente destruido por el temblor del 13 de mayo de ese año, y allí permanecieron hasta que se reconstruyeron las aulas arruinadas168.
A principios del siglo XVIII acudía al colegio de los jesuitas toda la juventud de Concepción, que aprendía allí a leer, escribir, catecismo, gramática latina y griega, y retórica, según los modelos clásicos antiguos. «Ciencias mayores, decía el padre Olivares, de filosofía y teología no se pusieron, por parecer que con los estudios de Santiago bastaba; y como todo en esta ciudad (Concepción) era en aquellos tiempos estruendo de armas y guerra, más se inclinaba la juventud al clarín y parche, que a la campanilla que les llamase al aula. Cuando uno se aplicaba a las letras, pasaba a la ciudad de Santiago a cursar nuestras aulas, como hemos conocido a muchos... No obstante, en algunas ocasiones se leyeron en este colegio algunos cursos de artes, que oyó la juventud penquista, en que salieron algunos bien aprovechados; porque los del río Penco no ceden en los ingenios a los del río Mapocho»169. Los cursos de filosofía escolástica y teología dogmática y moral sólo vinieron a establecerse en 1725, al fundarse por empeños del obispo Nicolalbe, el convictorio de San José, internado abierto por los mismos jesuitas para los seminaristas y estudiantes, que venían al colegio a oír las clases170.
Escandalizará tal vez a alguno la pobreza del plan de estudios de este colegio, en el cual se echan de menos la geografía, la gramática y literatura castellanas, las matemáticas, la física y la química; pero creemos que bastará para que cese este asombro el saber que en Santiago no se hacían en esta misma época otros estudios que los que dejamos apuntados; sólo en el Colegio Máximo de San Miguel enseñaban los jesuitas la lengua araucana a los padres y sacerdotes destinados a las misiones de la frontera. En España, iban los estudios por el mismo camino: los que no se dedicaban a los estudios de jurisprudencia o medicina, no pasaban de la gramática latina, que les ponía en aptitud de leer los autores clásicos, siendo preferidos los de la decadencia, la retórica, que les enseñaba a perorar y escribir en el estilo pedantesco y amanerado propio de la época, y la filosofía, que, lejos de ser tal, no era sino un tejido de cuestiones de escasísima importancia, sobre las cuales aprendían los estudiantes a disputar en forma silogística171, sin conocimiento alguno del fondo de las cuestiones metafísicas sobre que discurrían.
Por lo demás ¿de qué hubiera aprovechado a los pobres vecinos de Concepción el estudio de la geografía si no habían de salir jamás de su rincón, si jamás llegaba a él noticia alguna de lo que sucedía fuera de España y el Perú? Para hacer los cálculos necesarios en sus pequeños y sencillos negocios no necesitaban saber sino sumar y restar con la ayuda de los dedos; y las ciencias naturales, aparte de estar en ciernes y encerradas en los laboratorios de algunos sabios, no hubieran conseguido despertar el interés de jóvenes que se preparaban para seguir la carrera de las armas, o para batallar con la miseria cultivando la tierra del modo más rudimentario y primitivo. No debemos, pues, culpar a los jesuitas por lo deficiente de su plan de estudios; ellos conocían las necesidades de su época y el carácter especial de la vida colonial y proporcionaron a ellas la instrucción de la juventud; si esta era escasa, no lo era tanto que retardara notablemente el progreso de la colonia, cuya escasa y diseminada población tenía que ser siempre la causa inevitable de la lentitud de su crecimiento y desarrollo. Y quien sabe también cuán infelices se hubieran sentido los habitantes de Chile en medio de las miserias de la vida colonial, si una instrucción más vasta hubiera venido a descubrir dilatados horizontes a los ojos de su ambición! El deseo sigue de cerca los pasos del conocimiento, y el más dichoso es el que menos desea.
En efecto, el sistema de ideas, el modo de mirar las cosas que debía engendrar esa limitadísima instrucción que los habitantes de Chile recibían a principios del siglo XVIII, eran los más adecuados para hacer llevadera esa vida monótona y miserable de la colonia que nos inspira hoy tanta lástima y desprecio. Si tratamos de adivinar los pensamientos y sentimientos que los sucesos del mundo exterior debían despertar en los habitantes de Concepción de la época que venimos describiendo, nos convenceremos de la verdad y justicia de esta observación.
Para ellos, después de Dios, sólo existían en el mundo el rey, España, el Perú y Santiago.
¿Qué era el rey para Concepción? Una entidad superior, un ser que tenía de Dios la omnipotencia, la omnipresencia y la invisibilidad; era dueño del mundo, árbitro de los destinos de sus súbditos que habían nacido para servirlo en cualquier lugar y condición, y merecer, sirviéndole, la gloria eterna, porque los intereses del rey y la gloria de Dios se confundían en una misma cosa. En cuanto a España, se tenía de ella una idea muy vaga en Concepción; estaba tan lejos y las comunicaciones con ese país eran tan escasas y difíciles, que apenas se recibían de él en Chile otras noticias que las del advenimiento al trono y muerte de cada soberano, algunas disposiciones sobre el gobierno interior de Chile que, como dictadas a dos mil leguas de este país, quedaban a igual distancia de sus necesidades; y de cuando en cuando alguna cédula real, en que el augusto soberano pedía a sus humildes súbditos algún donativo para sostener el esplendor de la corona: en tan débiles fundamentos reposaba el religioso respeto y veneración que en Chile se profesaba a la persona y autoridad del monarca. Con el Perú, Concepción mantenía relaciones comerciales bastante activas; la llegada de un buque del Callao ponía en movimiento a la población entera, porque todos tenían algo que comprar o que inquirir a bordo; del virrey del Perú dependía la venida de los situados, cuya llegada era siempre motivo de júbilo para la ciudad, reanimando el comercio y las transacciones. Pero los situados habían pasado muchos años sin llegar; su tardanza había arruinado en buena parte la agricultura y el comercio de Concepción; había traído la miseria al ejército y el empobrecimiento general a la ciudad; en vano se clamaba al virrey que tal situación era insoportable; el virrey se hacía sordo, porque el tesoro real estaba exhausto, mientras en Concepción se murmuraba de su mala voluntad y de la indiferencia con que miraba los asuntos de Chile. Santiago vivía en tranquilidad y en la abundancia, sus fértiles campos no habían sido jamás desolados por los indios, sus ricos y poltrones vecinos cómodamente vivían de las rentas de sus estancias en una ciudad populosa y segura, y ponían el grito en el cielo cada vez que se les mandaba acudir a la frontera a defender al país amenazado por una invasión de bárbaros. Santiago tenía el egoísmo que produce el bienestar prolongado; mientras los vecinos de la capital daban de mala gana caballos, trigo y harina para el ejército, los de Concepción llevaban todo el peso de la guerra y sacrificaban continuamente la tranquilidad, la hacienda y la vida para conseguir la seguridad del país entero. Santiago, por lo demás, estaba en comunicación continua con Concepción, seis u ocho soldados designados y pagados especialmente viajaban continuamente de una ciudad a la otra, llevando y trayendo cartas.
España, el Perú, Santiago, eran para Concepción el mundo entero; fuera de esto, los habitantes de Concepción, como todos los de la pobre y aislada colonia de Chile, nada sabían ni entendían. Fuera de España y sus colonias sólo existían para ellos piratas y filibusteros, gente enemiga de Dios, del rey y de todo lo que era español. Esta estrechez de miras iba más lejos todavía: a pesar de la fe ciega e inquebrantable de los pobladores de Concepción, a pesar de su escrupulosa adhesión a los dogmas y autoridad de la Iglesia Católica, puede decirse que el Papa no existía para ellos, era no más que un eclesiástico de superior jerarquía, cuyo acuerdo solicitaba su Majestad Católica en algunos negocios del orden espiritual, reservándose la facultad de aceptar o suspender sus decisiones, según fuera su real voluntad. Tal maña se había dado el regalismo invasor para acumular en la persona del monarca la suma de todos los poderes, que los mismos obispos consideraban como cosa accidental y accesoria la investidura canónica, comenzaban a gobernar sus diócesis desde que tenían noticia de la representación real, y sólo consultaban con el soberano los asuntos eclesiásticos, mientras el clero y los seglares, viendo en la autoridad real una monstruosa confusión del poder divino con el poder humano, dedicaban todos sus esfuerzos y fatigas «al servicio de las dos Majestades»172, la de Dios y la del rey. La moral que se practicaba en las colonias españolas estribaba en este absurdo principio: servir al rey es servir a Dios; es decir, quien sirve al soberano no sólo recibirá recompensas temporales, sino que es acreedor al premio eterno. Dentro de este principio estaba don José de Garro cuando proponía al rey someter a los araucanos por medio de una horrible traición, que el mismo Garro, con ser hombre de gran virtud, encontraba muy justificada por convenir al real servicio. He ahí la estrecha órbita en que giraban todas las ideas, todos los sentimientos, todas las aspiraciones de los habitantes de Concepción. Esta era, si tal puede decirse, su vida anterior, de la cual la exterior tenía que ser vivo reflejo.
Es evidente que sólo hombres que pensaran y sintieran de este modo podían vivir contentos o resignados a su suerte en el medio que hemos descrito en las primeras páginas de este capítulo; sólo ellos podían soportar aquella vida cuya triste monotonía sólo era interrumpida por la variación de las estancias, por las solemnidades y fiestas religiosas, por la llegada y salida de los gobernadores, por los choques de éstos con los militares y vecinos, por el temor de un ataque de piratas, por la llegada de algún bajel mercante, y con más frecuencia por las noticias de la guerra de Arauco, cuyos buenos o malos sucesos se discutían sin cesar entre los vecinos de Concepción y los que habían sido actores o espectadores de ellos. Fuera de estas accidentales diferencias, todos los días eran iguales: los hombres maduros, fuera del tiempo que dedicaban a sus estancias y negocios, y las mujeres en el que les dejaban libres los quehaceres domésticos, consagraban buena parte del día al ejercicio de prácticas piadosas que hacían en la casa o en la iglesia con grandísimo fervor. Es seguro que los jóvenes, que especialmente se inclinaban a la carrera de las armas, se darían trazas para procurarse diversiones profanas y que habría en la ciudad algo de esos galanteos y amores por la ventana que tan propios eran del carácter y costumbres españolas; pero no existe constancia de que en Concepción ocurrieran sucesos escandalosos como los que con frecuencia ocupaban la atención de la audiencia de Santiago.
En cuanto a diversiones públicas, apenas las había en muy raras ocasiones. La llegada de los gobernadores era festejada de ordinario con repiques de campana, salvas de artillería, parada militar, funciones religiosas y alguna vez con iluminación nocturna por medio de antorchas. Pero los gobernadores se renovaban cada ocho años, y la solemne recepción que se hizo a Marín de Poveda y que hemos descrito en el capítulo anterior, fue de una pompa y costo tan excepcionales e inusitados que por largos años quedó grabado su recuerdo en la mente de los vecinos. Es probable que sólo el advenimiento al trono de los reyes fuera tan pomposamente celebrado. Los toros y cañas que se jugaron en la plaza el día del matrimonio de Marín de Poveda, debieron repetirse con mucha frecuencia por la loca afición que el pueblo y los militares tenían a estos ejercicios; aún las festividades de la Iglesia se solemnizaban con esta clase de diversiones.
Pero para el religioso espíritu y acendrada piedad de los habitantes de Concepción, el gran número de fiestas religiosas venía a suplir la falta de diversiones públicas, sin las cuales nos parece hoy imposible la vida del hombre civilizado. Según carta de Marín de Poveda al rey173, en 1696 se guardaban en Chile ciento treinta y nueve días festivos, fuera de los domingos, en los cuales al menos era obligatoria la misa, aunque por costumbre nadie trabajaba en tales días. Los indios de servicio sólo tenían obligación de guardar doce días de los ciento treinta y nueve que hemos dicho. No eran estas festividades de institución canónica; las habían establecido los cabildos o el obispo para honrar a los patronos de la ciudad, para conmemorar algún hecho notable, como eran los dos terremotos que habían arruinado la ciudad, o por otros motivos semejantes. La escasa atención que reclamaba de los vecinos el cuidado de sus pobres intereses materiales, unida a su ardiente devoción, les permitían no echar de menos los días de trabajo, y asistir con entusiasta asiduidad a las funciones religiosas que se celebraban en esos días. El lujo y aparato que en esas funciones se desplegaba debían ser muy modestos; las entradas de la catedral eran muy exiguas y mucho más las de los conventos, excepto el de los jesuitas, que se empeñaron siempre en dar gran esplendor y brillo al culto para atraer el concurso de los fieles, por lo cual era su iglesia la más concurrida de todos. La cera, que se traía de España, debía de ser carísima; el regalo de un quintal que dio don Juan Henríquez para las fiestas de la dedicación de la catedral, pareció un regio presente; él mismo obsequió a esta iglesia una imagen de bulto de la Inmaculada Concepción, varios adornos de plata dorada, un rico frontal para el altar mayor, una colgadura de damasco de seda para la nave central, y ayudó con algunas joyas a la construcción de una custodia «con sobrepuestos de oro, perlas, esmeraldas, rubíes y otras piedras preciosas» entre las cuales hizo poner el obispo Loyola las de su anillo pastoral.174 Con éstos o semejantes ornamentos, y generalmente a la luz de velas de sebo, se cantaban Te Deum y misas solemnes sin acompañamiento de música alguna, se celebraban procesiones presididas por el obispo y el corregidor rodeados de los dos cabildos, se rezaban novenas, y predicaban sermones y pláticas proporcionados a la cultura intelectual de los oyentes. Además de esto, los jesuitas daban cada año en su iglesia una misión sumamente concurrida; hacían el ejercicio hasta hoy llamado Escuela de Cristo, los domingos en la tarde para las mujeres, y los martes en la noche para los hombres; y daban los ejercicios de San Ignacio, a los hombres en el colegio, y en una casa de arriendo a las mujeres, que acudían a las distribuciones, y comían y dormían en sus propias casas. Todos los habitantes de Concepción, sin distinción de sexo, oficios y posición social, asistían asiduamente a estas fiestas y prácticas religiosas, y frecuentaban los sacramentos; en todo esto encontraban ellos sus más puros y completos goces.
De los sermones que en las iglesias de Concepción se predicaban a principios del siglo pasado, nos da Frezier curiosísimas noticias, que demuestran que la frivolidad y mal gusto que en esa época reinaban en oratoria sagrada española habían trascendido a nuestra ciudad y a todas las colonias de América. El 4 de agosto de 1712, Frezier que se hallaba en Concepción, asistió a la fiesta de Santo Domingo, que se celebraba en la iglesia de los frailes de su orden, y oyó el sermón predicado por uno de estos. «El predicador que hacía el panegírico, dice el viajero francés, se extendió mucho sobre la amistad de Santo Domingo con San Francisco, que él comparaba a An... y a Cupido. En seguida confesó, contra sus intereses, que San Francisco era el santo más grande del Paraíso; que a su llegada a la mansión de los bienaventurados, la Virgen, no encontrando un lugar digno de él, se retiró un poco del suyo para darle un asiento entre ella y el Padre Eterno; que al llegar Santo Domingo al cielo, San Francisco, su amigo y fiel testigo de su santidad en el mundo, quiso, por humildad, darle la mitad de su lugar, pero que la Virgen, al ver esto juzgó que Santo Domingo era un gran santo, y se retiró un poco más para dejarle un asiento entero; de suerte que estos dos santos... hoy sentados entre ella y el Padre Eterno. No se crea que yo he inventado este sermón para divertirme: hay testigos de tres buques franceses que pueden asegurar la verdad»175. Se comprende que a un francés del siglo de Bossuet, Bourdaloue, Fléchier y Fené... pareciera ridícula la ingeniosa trama de este discurso; pero es seguro que en Concepción se debió alabar mucho la novedad y dona... de la invención, y que su autor debió quedar acreditado de... de grande ingenio y mucha literatura.
La idea que ese sermón da de la ilustración y carácter del clero de Concepción no es, por cierto, muy lisonjera; y, en realidad, sucedía que las grandes necesidades de la dilatada diócesis de que Concepción era cabecera, obligaban continuamente a los obispos a conferir... sagradas a algunos individuos sin la debida preparación y que incapaces de apreciar la dignidad y deberes del sacerdote, cifraban todo su empeño en obtener un curato para vivir de sus rentas, muchas veces disipada y escandalosamente. Las prolongadas acefalías de la sede que seguían a la muerte de cada obispo, debían contribuir no poco a fomentar tales abusos, que solían ser más frecuentes entre los religiosos regulares que entre los sacerdotes seculares. Pero, a pesar de estos males innegables, yerran grandemente los que, tomándolos como regla general, aseguran que el clero durante la colonia sólo se componía de hombres ignorantes, ociosos y disolutos, que vivían a expensas de los vecinos o del rey, sin prestar al país servicios de ninguna especie; semejante aserción es falsa y calumniosa.
Para juzgar de las virtudes de ese clero y del valor de los servicios que prestaba, debemos previamente penetrarnos del espíritu de la época, del medio en que vivía, de la escasísima libertad de acción que el regalismo le dejaba, de su pobreza y la del país en que vivían, y principalmente de las ideas y sentimientos de los fieles a quienes prestaban sus socorros espirituales. Téngase presente todo esto, y se podrá apreciar en cuanto estimarían los diocesanos de Concepción los servicios que el clero les dispensaba, y con cuanta razón veneraba con religioso respeto a los sacerdotes, cuya gran mayoría desplegaba heroicas virtudes en el ejercicio de su sagrado ministerio.
Las noticias que de cada uno de los obispos de Concepción nos hemos empeñado en dar en el curso de estos apuntes, bastan para demostrar que todos ellos fueron hombres eminentes y de grandes méritos por su saber y prudencia, por su ejemplar virtud y por su infatigable celo por el bienestar espiritual y material de sus diocesanos. Les hemos visto trabajar sin descanso por mejorar la condición de los infelices indios de servicio, y por moderar el rigor de la guerra; les hemos visto emprender largas y riesgosas visitas pastorales, e internarse entre los indios para preparar la fundación de misiones en su territorio; les hemos visto tomar parte muy activa y eficaz en los consejos de gobierno, y escribir a los reyes pidiéndoles remedio para la triste situación de sus diocesanos; algunos de ellos dejaron obras que revelaban un saber poco común en su época; todos dieron muestras de prudencia o sabiduría en el gobierno de sus diócesis; ninguno de ellos se manchó con la afrentosa fama de codicioso y especulador, que merecieron muchas personas constituidas en dignidad; todos vivieron y murieron pobres176, y uno de ellos mereció ser nombrado gobernador de Chile. Claro está que los hombres que así gobernaban, no merecen el estigma de ignorantes, atrasados e incapaces que les aplican algunos que juzgan de ellos como si hoy vivieran. Evidente es también que los sacerdotes formados bajo la vigilancia de tales prelados debieron de ser generalmente el reflejo de las virtudes de ellos, y así les hemos visto ser en las misiones, en la predicación, en los campamentos y aún en las batallas, animosos e infatigables apóstoles del Evangelio, defensores de los indios, guardianes celosos de la moralidad, amigos y consuelo del soldado, con quien compartían todas las fatigas y privaciones. Este clero, por lo demás, contaba en sus filas a las personas más ilustradas de la colonia, y recibía la instrucción más completa que entonces podía darse; todos sus miembros habían estudiado latín y retórica, filosofía y teología en los colegios que los dominicos y los jesuitas tenían en Santiago, en los cuales se estudiaban las obras de Santo Tomás, Suárez y Molina, que siguen siendo los autores más notables y autorizados en las sagradas ciencias. Se acusa, sin embargo, a este clero de innumerables yerros y a algunos de sus miembros de supina ignorancia de las materias referentes a su ministerio; pero es bueno tener presente que tales acusaciones son formuladas siempre por escritores que más que historiadores son ardorosos sectarios y propagandistas, y que ellas descansan siempre en el testimonio de uno o dos viajeros franceses, sospechoso por más de un motivo. Es preciso considerar que el oficio del clero es dirigir las almas a Dios por el fácil y trillado sendero de su santa ley, para lo cual no se necesita de gran ciencia cuando las personas a quienes se trata de encaminar y dirigir son gente sencilla e ignorante. Por otra parte, debemos tener presente que los sacerdotes de aquel tiempo eran hombres de carne y hueso, agitados como nosotros por rebeldes y bajas pasiones, incitadas sin cesar por peligrosas ocasiones, y que, sin embargo, esos hombres, olvidándose de sí mismos, hacían una fatigosa vida de durísima labor y sacrificio, durante la cual podían cometer y cometían algunas faltas y errores; pero esas faltas nos parecen disculpables por la miseria de la naturaleza humana y el carácter de la vida colonial, y esos errores cometidos por amor a Dios y al prójimo nos parecen sublimes: sólo el error en que incurre el hombre cegado por el egoísmo, por un vil interés o por una culpable pasión merece la enérgica reprobación de los espíritus imparciales y serenos.
Si esto decimos en general del clero secular de la colonia a principios del siglo XVIII, y en particular del de la diócesis de Concepción, otro tanto debemos decir de las órdenes religiosas, a cuyos prelados hemos visto ser los consejeros de los gobernadores, mientras los demás frailes servían de capellanes en el ejército o ejercitaban en la ciudad los ordinarios ministerios propios de su oficio. La gran relajación que reinó en los conventos de frailes de América desde principios del siglo XVIII, según refieren Ulloa y Juan en sus Noticias secretas de América, fue mucho menor en Chile que en el resto de las colonias, y aunque algo de esa relajación debió hacerse sentir en los conventos de Concepción, carecemos absolutamente de datos concretos que nos permitan apreciar hasta que grado pudo llegar la corrupción, si es que la hubo. Los jesuitas, que eran la parte más ilustrada y laboriosa del clero de la diócesis, jamás han sido acusados de haber incurrido en faltas de moralidad y disciplina; por el contrario, sus mismos adversarios han reconocido en ellos un celo incansable, prudencia y talentos superiores y una cultura excepcional en la época a que nos referimos, de la cual son suficiente prueba los nombres de los padres Valdivia, Sobrino, Madolell, Rosales, Ovalle, Olivares y más tarde Lacunza y Molina, para citar sólo a los más conocidos. Los jesuitas eran muy queridos y respetados en Concepción; además de ser los maestros de la juventud, los gobernadores y principales militares y vecinos se confesaban con ellos, y les consultaban todos los asuntos de gobierno, de guerra y de familia; su influencia sobre los vecinos era inmensa y considerada por éstos como muy benéfica. Prueba de ello y del cariño que a los padres profesaban son las continuas y valiosas donaciones que les hacían, y que permitieron a los jesuitas dar grandísimo impulso a sus apostólicos trabajos en el servicio religioso, en la educación y en las misiones177.
Concepción era el centro de todas las establecidas en el territorio araucano o en cada uno de los fuertes de la frontera, que fueron aumentadas, dotadas con sínodo y auxiliadas con grande empeño por el gobernador Marín de Poveda. Estas misiones eran servidas por algunos clérigos seculares, frailes franciscanos y principalmente jesuitas que recibían un sínodo algo mayor, por ser más caro que el de los otros el traje que ellos usaban. Pero esta diferencia estaba sobradamente compensada por el mayor fruto que las misiones de los jesuitas conseguían entre los indios, a quienes se predicaba el Evangelio, se bautizaba a los párvulos y a los adultos que se convertían al cristianismo, se combatía la poligamia y se procuraba hacerles comprender las ventajas de la paz y de la civilización, lo que contribuyó no poco a mantenerlos tranquilos durante los últimos años del siglo XVII y principios del siguiente.
Gracias a esta tranquilidad y a la seguridad en que se mantuvieron Concepción y sus campos, la agricultura y el comercio progresaron rápidamente en los primeros años del siglo XVIII. Hemos visto en el capítulo anterior el deplorable estado a que había reducido a estas industrias la demora del situado; por esta causa la escasez de granos llegó a ser tal en Concepción, que don Tomás Marín de Poveda, de acuerdo con el cabildo de Santiago, decretó en marzo de 1696 la prohibición terminante de exportar trigo para el Perú, prohibición que se publicó por bando en Concepción y que produjo gran descontento entre los vecinos. Sin embargo, la exportación no cesó completamente; el corregidor don Alonso de Sotomayor y Angulo fue acusado por el proveedor del ejército Francisco García Sobarzo, de permitir el embarque de trigo mediante el pago de un peso por fanega; así al menos lo declararon varios capitanes de buque en el proceso que la audiencia, siguió contra el corregidor, el cual quedó impune, gracias a una contienda de competencia que Marín de Poveda entabló contra la audiencia y que el rey resolvió declarando que era el gobernador quien debía conocer en el proceso del corregidor de Concepción178. Terminado el gobierno de Marín de Poveda, la exportación de trigo fue aumentando rápidamente, de tal suerte que 1712 ocho o diez buques de cuatrocientas a quinientas toneladas salieron de Concepción para el Perú cargados de trigo, y es posible que en los años siguientes aumentara aún más la cifra de la exportación. La cantidad de trigo que los campos de Concepción producían no debía de ser muy considerable, dadas las cortas necesidades de la población y la superficie de terreno cultivado, muy poco extensa, porque, a pesar de que el único instrumento de cultivo que se empleaba era un tosco arado de madera que apenas rasguñaba la tierra, las sementeras rendían hasta el ciento por uno. Las viñas se cultivaban del mismo modo, el vino se hacía en lagares de cuero y se guardaba en tinajas de greda embreada, que, según Frezier, daban al vino un sabor amargo y un olor desagradable; este mismo viajero se asombraba de ver bosques de perales y manzanos que crecían y daban fruto sin necesidad de cultivo179.
A fines del siglo XVII los estancieros de Concepción comenzaron a comerciar con los indios en ganado que traían éstos de las pampas por los boquetes de la cordillera en cantidad considerable. Con esto los campos, desolados antes por las incursiones de los indios, comenzaron a poblarse de rebaños de vacas, ovejas y cabras, que fueron para Concepción nueva fuente de riqueza. En muchas estancias se hacían, a principios del siglo XVIII, grandes matanzas de animales gordos, cuyos cueros solían curtirse con cáscara de lingue en las mismas estancias; la carne se hacía charqui, la grasa era el condimento indispensable en todos los guisos, como que eran desconocidos el aceite y la manteca, y el sebo se destinaba a hacer velas, que, como hemos dicho, constituían el único alumbrado de las casas y templos. Estas cecinas comenzaron bien pronto a ser un nuevo artículo de exportación muy estimado en el Perú, y esta exportación hizo subir poco a poco el precio de los animales vacunos que, de dos pesos que valían a mediados del siglo XVII, llegaron a valer cuatro en 1735. A esto, y al cultivo, en muy pequeña escala, del cáñamo para hacer sogas, se reducían la agricultura y el comercio de Concepción hace poco más de siglo y medio.
La minería, por la escasez de brazos, útiles de laboreo y capitales, estaba aún más atrasada. En las quebradas de los alrededores de Concepción se encontraban pepitas de oro, pero tan pequeñas y en tan poca abundancia que no hacía cuenta la planteación de grandes trabajos para buscarlas. En Quilacoya las había en más abundancia, y Frezier dice que se sacaban de los lavaderos de este lugar, pepas de ocho a diez marcos de peso y de mucha ley; pero sólo trabajaban allí muy pocos individuos, cuyos trabajos debían ser muchas veces esterilizados por la creencia de que el oro volvía a criarse en las tierras ya lavadas, opinión muy general en aquella época. Don Antonio de Ulloa y don Jorge Juan, en sus Noticias secretas de América, hablan de minas muy ricas de lapislázuli, hierro y cobre que existían en la cordillera frente a Concepción, ciudad que ellos visitaron en 1735, y aún agregan que los cañones que entonces había en el fuerte de la Planchada habían sido fundidos con cobre de esas mina180; pero semejantes noticias las creemos desprovistas de fundamento, al menos en lo que toca al cobre y hierro. El carbón de piedra no era enteramente desconocido en Concepción; los soldados de don García Hurtado de Mendoza, en el invierno de 1557, hacían fuego con lignita en la Quiriquina; Frezier nos refiere que el carbón se encontraba en esta isla, Talcahuano y Concepción, con sólo cavar uno o dos pies, y que los franceses de los buques mercantes solían usarlo mientras los sencillos y atrasados penquistas se asombraban de que aquellos extranjeros sacaran leña de la tierra, sin soñar que aquella preciosa leña había de ser para sus nietos poderoso elemento de progreso y de riqueza.
Todas estas industrias de que hemos hablado, tenían en su contra un gravísimo obstáculo que había de oponerse siempre a su progreso: la escasez de brazos. Los vecinos de Concepción eran todos o casi todos propietarios de algún pedazo de tierra; pero su pobreza no les permitía pagar a muchos indios para que los cultivasen a jornal, y menos comprar esclavos de los que se cogían en la guerra. La abolición del servicio personal y la gradual disminución de las encomiendas, de las cuales la mayor no pasaba de cincuenta indios a fines del siglo XVII, aumentaron más aún la escasez de trabajadores, de suerte que en esa época miserable para Concepción, muchos de los vecinos se vieron forzados a trabajar sus estancias por sí mismos para tener que comer, y los más ricos sólo las cultivaban con unos cuantos indios de servicio gobernados por un mayordomo español o mestizo. En tal estado de cosas no es de maravillarse de que se dedicaran todos a las faenas agrícolas, con las cuales se obtenían los artículos de primera necesidad, muy difíciles de obtener por medio del dinero, que tan escaso era en la ciudad desde que los situados habían dejado de venir. Nada tiene de extraño, por consiguiente, que en una ciudad de tan poca población, que podía disponer de tan pocos brazos para el trabajo y que tenía tan pocas necesidades y tan sencillas costumbres, no progresaran las industrias y permaneciera por muchos años en tan lamentable atraso la agricultura181.
Para terminar estas breves noticias, demos una idea del modo como estaba gobernada la ciudad en cuya descripción venimos trabajando.
El obispo era la más alta autoridad de Concepción; además del gobierno espiritual de la diócesis y del nombramiento de párrocos, previa la real aprobación, tenía gran ingerencia en los asuntos temporales, era miembro nato de todos los consejos de guerra y hacienda que solían reunirse en la ciudad, y en general, no se procedía en ningún asunto de interés local o general sin su aprobación y consulta. El cabildo eclesiástico, compuesto de seis canónigos de real presentación, presididos por el deán, era el consejo consultivo del obispo, y por fallecimiento de éste nombraba un vicario o gobernador de la diócesis, que hacía las veces del obispo mientras permanecía vacante la sede.
La catedral era a la vez iglesia parroquial; en ella celebraba el cura los bautizos, matrimonios y funerales.
El corregidor, que era nombrado por cada gobernador, generalmente por todo el tiempo que duraba su gobierno, era a la vez justicia mayor y capitán de guerra de la ciudad; como justicia mayor y teniente de gobernador, conocía y sentenciaba en primera instancia las causas criminales, de que en segunda instancia conocía la audiencia; juzgaba también los asuntos militares, y sus sentencias eran apelables para ante el gobernador. Los asuntos civiles eran de la jurisdicción privativa de la audiencia. Los alguaciles eran la policía de la ciudad y los ejecutores de las órdenes del corregidor.
El cabildo secular, a cuya cabeza estaba el mismo corregidor, era compuesto de dos alcaldes ordinarios y seis regidores, nombrados cada año por el gobernador; tenía un procurador de sus negocios y un escribano, que lo era la ciudad. El puesto de cabildante era un honor muy codiciado por los vecinos; en Santiago, a fines del siglo XVII, los gobernadores remataban públicamente los puestos de regidores que en tiempos de pobreza solían quedar vacantes por falta de postores. El cabildo era el representante de los intereses de la ciudad y de su partido, y como tal era consultado en casi todos los asuntos de guerra que para Concepción eran de tan trascendental importancia; al cabildo se dirigía el gobernador cuando quería obtener de los vecinos algunos víveres u otros socorros para el ejército.
Las atribuciones de cada autoridad eran muy indefinidas, por lo que sucedía a cada paso que una invadía la de otra, provocando conflictos que eran resueltos por el rey.
Así se gobernaba Concepción; tal eran su aspecto exterior, sus habitantes, sus costumbres, sus industrias y comercio, hace poco más de siglo y medio. Comparemos los progresos alcanzados por la ciudad desde entonces hasta 1810, con los que ha hecho en los últimos cincuenta años, y elevemos un himno de gratitud a Dios y a los héroes que dieron a Concepción libertad e independencia.
(Continuará.)
La Historia de Concepción que dejó escrita don Guillermo Cox y Méndez se ha publicado aquí tal como aparece en los propios manuscritos.
Como ha podido verse en la nota 2 de la página 102, el plano a que ese pasaje y otros del libro aluden no se ha podido encontrar.
El trozo del doctor don Alonso de Solórzano y Velasco a que el autor hace referencia en la nota de la página 166 y que promete publicar, caso de llegar a imprimirse su Historia, es, cambiada ligeramente su forma por lo que respecta a la ortografía y a las abreviaturas, para hacerlo más comprensible, el siguiente:
«La ciudad tiene una compañía del número con cincuenta soldados, y más diez y seis vecinos encomenderos; de mujeres y chusma, cuatrocientas personas; tiene la Iglesia mayor, la Merced y la Compañía. Para pagar dos mil plazas, envía V. M. en su real situado todos los años en real ropa de Castilla y de la tierra y otros ministrales, doscientos doce mil ducados, que se distribuyen en la manera y forma siguiente:
A vuestro gobernador se le reserva su salario a los ramos de la hacienda real de la caja de Concepción o la de Santiago. Al veedor general, dos mil pesos. Al auditor general, mil doscientos cincuenta pesos. Al capellán mayor del ejército, quinientos cincuenta pesos; a diez capellanes del ejército, a los siete, a cuatrocientos pesos; al gentil hombre del guión, ciento treinta pesos; al paje de armas, ciento treinta pesos; al cirujano mayor del ejército, trescientos pesos; a tres ayudantes de éste, a los dos que asisten en los tercios, a doscientos pesos y al otro que acude al hospital, a ciento veinte pesos; a un correo mayor, doscientos ochenta pesos; al obrero mayor y tenedor de bastimentos, quinientos pesos; al armero, doscientos cuarenta pesos; al capitán de artillería, cuatrocientos pesos; al alguacil de la real caja, ciento noventa y ocho pesos; a un ayudante de medir en la caja, ciento cincuenta pesos; al arras del barco de V. M., trescientos veinte pesos; a un marinero que sirve en dicho barco, ciento cincuenta pesos; al calafate mayor, doscientos veinte pesos; al trompeta mayor, doscientos pesos; a cuatro oficiales de la veeduría general, a ciento cincuenta pesos y sus ventajas; a once capitanes de indios amigos, a doscientos cincuenta pesos; a diez tenientes suyos, a ciento cincuenta pesos; a doscientos veintinueve indios de Talcamávida y San Cristóbal, a veinte pesos; al capitán Flores, cuatrocientos pesos; por dos plazas muertas en virtud de cédula de V. M. en compensación del feudo de los indios de Colcura que tenía en encomienda el capitán Francisco Flores y quedaron en cabeza de V. M.; por los indios de la isla de Santa María, quinientos pesos; a la persona que acude a la ocupación y trabajo de estas pagas, cien pesos; al maestre de campo don Juan de Salazar, ochocientos pesos; al maestre de campo Ambrosio de Urra, del tiempo que lo fue, mil doscientos pesos; al sargento mayor, cuatrocientos treinta y cinco pesos; a ocho capitanes de a caballo, a setecientos cincuenta pesos; a nueve de infantería, a seiscientos pesos; a cinco sargentos vivos, a ciento cincuenta pesos; a setenta y seis alféreces y tenientes formados, a cien pesos; a quince cabos de la caballería, a ciento cinco pesos; a trescientos sesenta y dos soldados de a caballo, a noventa y cinco pesos; a doscientos cincuenta y un cabos y tambores, a noventa y cinco pesos; a cuatrocientos cuatro soldados, a noventa pesos; a ciento cincuenta y un capitanes reformados, a doscientos pesos.
Ajustadas en la forma referida estas pagas, se hace separación por los tercios para distribuir dicha ropa de Castilla y de la tierra y demás géneros.
A Tucapel, seis mil de ruán; dos mil ochocientos l. bayeta de la tierra, doscientos b. de tafetán altos y cien b. de bayetas de cien hilos.
Ochenta pares de medias de seda, ciento cincuenta b. de damascos de Sevilla, diez botijas de miel, diez de aceite, diez de azúcar, diez arrobas de sal, diez quintales de jabón, y en esta forma a las demás fortificaciones referidas, según lo que ha reconocido por el acuerdo de hacienda que se hizo en Concepción en 17 de junio de 1653, por el gobernador y capitán general don Antonio de Acuña y Cabrera, de la orden de Santiago, con asistencia de vuestro oidor, doctor don Juan de Huerta Gutiérrez, el veedor general don Francisco de la Fuente Villalobos y oficiales reales ante Martín de Yeste, escribano público y de cabildo».
LOS EDITORES
| Perdóname, María, si atrevido | |||
| hasta ti levanté mi loco anhelo; | |||
| perdóname, mi bien, si te he querido | |||
| como se adora sólo allá en el cielo. | |||
| Perdona si una lágrima te pido, | |||
| signo postrer de amor y de consuelo, | |||
| y mil veces perdón porque en tu día | |||
| vengo a enturbiar tu paz y tu alegría. |
FIN