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ArribaAbajoCapítulo IX

El padre Luis de Valdivia y su plan de pacificación. -Estado de la frontera durante el gobierno de García Ramón. -La sede de Concepción vacante. -Por equivocación se restablece la audiencia en Santiago. -Concepción a comienzos del siglo XVII. -Llega el padre Valdivia con plenos poderes del rey, y es nombrado gobernador de la diócesis de Concepción. -La expedición de Spilberg en la bahía. -Los jesuitas fundan un colegio. -Los padres de San Juan de Dios en el hospital. -Muerte de Ribera


Con el nuevo gobernador de Chile llegó a Concepción un hombre extraordinario, que estaba llamado a desempeñar en la historia de nuestro país un interesantísimo papel: era éste el padre Luis de Valdivia, jesuita natural de Granada, que después de haber sido rector del colegio de San Miguel en Santiago, había pasado al Perú y de allí venía animado de un nobilísimo propósito. El padre Valdivia había visto muy de cerca los horrores de la guerra de Arauco; conocía el indomable valor de los indios, el odio mortal que profesaban a los españoles, la constancia heroica con que lo sacrificaban todo a trueque de no perder la libertad; pero había visto también la crueldad de los jefes y soldados para con el indio vencido, conocía la torpe codicia de los encomenderos, que trataban a los indios pacíficos como a bestias, y había mirado de cerca el horror que inspiraba al araucano la dura servidumbre a que los españoles le sometían.

El padre Valdivia creyó que la guerra de exterminio que se hacía en Arauco, sobre ser inhumana, no bastaría jamás para domar la ingénita altivez del araucano, y juzgó que la duración de esta guerra, incomprensible para la corte de España, no podía tener otra causa que el ser la paz para los indios peor que la misma guerra. La caridad de apóstol del padre Valdivia no pudo permanecer indiferente e inactiva ante el lastimoso cuadro que ofrecía Chile a sus ojos: en medio de los lamentos de los infelices indios que gemían bajo el pesado yugo de la más dura esclavitud; a la vista de las hogueras y de la horca en que morían los que tomaban las armas y caían prisioneros, huyendo de ser esclavos; ante el triste espectáculo que presentaban la sangre derramada a torrentes, los campos desolados, las ciudades destruidas, los ejércitos diezmados, el hambre y la miseria, el temor y la confusión reinando en todas partes, el padre Valdivia se decidió a buscar un remedio a tal cúmulo de males, y cuando creyó haberlo encontrado fue a pedir al virrey y luego al mismo soberano los medios para ponerlo en práctica.

El plan del padre Valdivia era muy sencillo: quería que la paz, el cristianismo y la civilización consiguieran lo que en sesenta años de continuo batallar no habían alcanzado las armas españolas; quería mejorar la condición de los indios pacíficos, aboliendo definitivamente el aborrecido servicio personal; quería invitar a los araucanos a la paz, y obtener que los españoles les trataran como hermanos, no como bestias; quería moderar el rigor de la guerra, haciéndola puramente defensiva; quería predicar a los araucanos la verdad evangélica, infundirles los principios elementales de la moral y reducirles, por fin, a vivir en pequeñas agrupaciones y formar pueblos o aldeas. Si tan generosas ideas no pasaban de ser una utopía, preciso es confesar al menos, que era un sublime visionario el que con tan dulces remedios pretendía curar llagas tan dolorosas.

El padre Valdivia venía acompañando a don Alonso García Ramón por orden del virrey del Perú conde de Monterrey, y con especial encargo de observar de cerca el estado de la guerra de Arauco, y estudiar el modo de llevarla a pronto y feliz término. Como la grande obra del padre Valdivia fue de trascendental importancia para Concepción, creemos que no estará fuera de nuestro plan el dar siquiera breve noticia de sus trabajos.

El domingo 20 de marzo de 1605, es decir, el día siguiente al de su llegada, don Alonso García Ramón hacía publicar en Concepción, por bando, su nombramiento de gobernador de Chile, y las órdenes del virrey para que se suprimiera el servicio personal de los indígenas. En la tarde de ese mismo día los caciques amigos del distrito de Concepción se reunían en parlamento, y el gobernador les hacía saber por medio de un intérprete llamado Alonso Sánchez, las instrucciones que había recibido del conde de Monterrey y sus propias intenciones de hacer cesar las injusticias y vejámenes de que hasta entonces habían sido víctimas. El padre Valdivia leyó en seguida en lengua araucana, que conocía perfectamente, las provisiones del virrey en que declaraba a los indios libres del servicio personal, sustituyéndolo por un impuesto en dinero o en especies que debía servir para regularizar el gobierno de los mismos indios y servir a su conversión y bienestar. Los caciques recibieron estas noticias con grandes demostraciones de alegría, y uno de ellos, llamado Unavila, contestó a nombre de todos agradeciendo la innovación tan provechosa y deseada, prometiendo sumisión y fidelidad al rey de España y haciendo promesa de vivir en perpetua paz. García Ramón, después de anunciarles que esperaba grandes esfuerzos de tropas con los cuales les haría guerra sangrienta y sin cuartel si faltaban a lo pactado, despidió a los caciques amistosamente.

Pocos días después el gobernador y el jesuita iban a juntarse con el ejército y con Alonso de Ribera en el fuerte de Paicaví, y celebraban allí un nuevo parlamento con idéntico objeto que el de Concepción. Inmediatamente después, y mientras Ribera se marchaba a su nuevo gobierno del Tucumán y García Ramón tomaba el mando y dirección de los asuntos familiares, el padre Valdivia recorría los fuertes de la frontera predicando a los soldados humanidad y moderación, llamando a los araucanos a la paz, internándose en su territorio para inspirarles confianza, con gravísimo peligro de su vida. Poco más de un año permaneció el padre Valdivia en esta tarea riesgosa y estéril, porque ni los españoles ni los indios creían en la paz que mutuamente se ofrecían y que olvidaban a cada paso; en mayo de 1606 el padre Valdivia se embarcó en Concepción y se fue a Lima, de donde pasó bien pronto a España a proponer al mismo rey el plan de pacificación que la observación inmediata de los hechos le había sugerido.

Las campañas de don Alonso García Ramón no tenemos para que referirlas al pormenor: todos sus esfuerzos se redujeron a mantener y fortificar la línea del Bío Bío y a hacer malocas en tierra de los indios para destruirles las comidas y libertar los cautivos que estaban en poder de ellos.

García Ramón recibió de España el refuerzo llamado la tropa de los mil y otros menos cuantiosos del Perú y México con los cuales llegó a tener un ejército de casi tres mil hombres, que fue muy desgraciado en sus empresas. Los indios, atentos siempre a aprovecharse de cualquier descuido de los españoles, no se presentaban a batalla campal; pero emboscados cerca de los fuertes, aguardaban la salida de algún destacamento, y cayendo sobre él de improviso le hacían sufrir cruelísimas derrotas. El estado de la frontera llegó a ser tal que mientras los indios se devoraban unos a otros por falta de comidas, los soldados del grande ejército de García Ramón, desesperados por las fatigas sin término de aquella guerra perdurable, desertaban en gran número y aun se pasaban a los enemigos y peleaban al lado de ellos contra los españoles.

Sin embargo, gracias a la línea fortificada, Concepción permaneció tranquila y en creciente prosperidad, tanto que el gobernador podía escribir a Felipe III lo siguiente: «Tres cosas puedo con verdad asegurar a V. M. La primera, que desde el río Lebu para acá, que es lo último de la provincia de Arauco, y Millapoa para Santiago, que solía ser la fuerza de la guerra de este reino, jamás, por la bondad de Dios, ha tenido la paz y la quietud que al presente, pues se camina para todas partes como de Madrid a Toledo. La segunda que jamás lo que está de paz, que serán doscientas leguas, se ha visto tan próspero de haciendas, ni los vecinos y moradores tan descansados y ricos como el día de hoy. Se verifica bien esto, con que en la ciudad de Santiago han entrado este año del Perú, más de trescientos mil ducados, los cien mil en plata y doscientos mil en ropa, sólo a fin de sacar de este reino cordobanes y sebos y otras muchas granjerías que en él hay. La tercera, que nadie en el reino de Chile ha tenido hacienda segura hasta este tiempo, en el cual, por ninguna vía ni ningún modo, se les echa ni ha echado derrama, ni se toma cosa a nadie, que no sea con el gran gusto suyo, y pagándoselo, ante todas cosas, en conformidad de lo que V. M. manda, como tan cristianísimo; con lo que los vasallos de V. M. viven contentos y con gran prosperidad, y sus haciendas y granjerías van en grandísimo aumento»43. Esta carta, escrita en Concepción el 11 de septiembre de 1607, da cabal idea del estado del país, estado que continuó, a pesar de los reveses militares sufridos en la frontera, hasta que don Alonso García Ramón, ya viejo y achacoso, falleció en Concepción el 5 de agosto de 1610, dejando encargado del gobierno al doctor Luis Merlo de la Fuente.

A fines de 1608, o a principios del año siguiente, el obispo de Concepción don fray Reginaldo de Lizárraga, abandonó su diócesis para ir a ocupar la sede de la Asunción del Paraguay, a la que, en 1607, había sido promovido por el rey de España. Conociendo el soberano la pobreza de la diócesis de Concepción, no quiso proveer su sede tan pronto, y encargó del gobierno de ella al obispo de Santiago don fray Juan Pérez de Espinosa; aunque había en la catedral de Concepción dos canónigos: García Torres de Viveros y García de Alvarado, que habían sido nombrados por el señor Lizárraga, y que habían podido ser encargados del gobierno, mientras permanecía vacante la sede.

Por real cédula de 23 de marzo de 1606, decretó Felipe III el restablecimiento de la audiencia de Chile, suprimida en 1575, y dispuso que se estableciera en Santiago, y que fuera su presidente el mismo gobernador de Chile. El tenor de esta cédula, y especialmente el de una frase de ella, hicieron nacer la duda de si la intención del monarca había sido restablecer la audiencia en Concepción44. El historiador Santiago de Tesillo, que escribía por los años de 1630 a 1640, se inclina a creer que la intención del soberano fue que Concepción siguiera siendo asiento de la audiencia. «Es la ciudad de Concepción, dice45, cabeza de las fronteras, plaza de armas del ejército, puerto de mar donde desembarcan y distribuyen los situados, y donde estuvo fundada la real audiencia que hubo en aquel reino de Chile, hasta que se extinguió por causas que debieran parecer justas, allende, que después se hallaron conveniencias con volver a establecer la que hoy reside en la ciudad de Santiago, y su residencia allí es opinable, por la ambigüedad de la cédula que para ello se despachó; dice: que asista la real audiencia en la ciudad de Santiago, donde antes solía estar; esto es en lo que consiste la ambigüedad, y si atendemos al sentido literal de la misma palabra, es constante que la voluntad del rey fue que residiese segunda vez en la Concepción, y lo contrario se debe creer que fue equivocación o falta de noticia». Los cronistas Córdoba y Figueroa y Olivares, confirman y repiten esta opinión de Tesillo46.

¿Qué hemos de pensar nosotros sobre este particular? ¿Fue sólo un error de pluma el que privó a Concepción de ser asiento del gobierno civil y judicial? ¿Se aprovecharon de ese error el virrey del Perú, y los oidores, temerosos de verse expuestos en Concepción a los azares de la guerra? Carecemos absolutamente de datos para decidirlo; pero, sea como fuere, desde el restablecimiento de la real audiencia en Santiago, tuvo esta ciudad, casual o legítimamente, asegurada la primacía entre las ciudades de Chile, y quedó Concepción relegada al segundo puesto, teniendo tantos títulos para reclamar el primero.

En pro de la conveniencia de que se hubiera establecido la audiencia en Concepción, ninguna razón pudiéramos dar tan poderosa como el testimonio de dos gobernadores de Chile, que, algunos años después de haberse establecido la audiencia en Santiago, pedían al rey su primitivo asiento. «Lo mejor que se podría hacer, escribía don Juan Jaraquemada a su soberano, es de mudar la audiencia a la Concepción, porque los oidores ayudarían mucho, y el gobernador podría ir a vivir en Arauco y hacer una población grande, porque hay más de mil quinientos indios amigos, y mucha comida y pesca»47. Cinco años más tarde48, reiteraba Jaraquemada su petición, y en 1627, el gobernador Fernández de Córdoba escribía al rey: «Representado tengo en otras a V. M. las conveniencias que a su real servicio tendrá, que dicha audiencia viniese a asistir a esta ciudad de la Concepción, puerto de mar y frontera de la guerra, donde ha estado otra vez, que siendo muy moderada de vecinos y moradores, crecería su fuerza con la asistencia en ella de este tribunal, etc.»49.

La real audiencia se instaló solemnemente en Santiago el 8 de septiembre de 1609, con inusitada pompa; fueron sus oidores el doctor Luis Merlo de la Fuente, el licenciado Hernando Talaverano Gallegos, que desempeñaba el cargo de teniente de gobernador, el licenciado Juan Cajal y el doctor Gabriel de Celada, y poco más tarde fue nombrado fiscal del tribunal el licenciado Francisco Pastene50.

Antes de seguir con nuestra narración, que al llegar a esta época se resiente de alguna languidez por falta de noticias locales de Concepción, queremos dar algunos datos respecto al grado de adelanto y prosperidad a que había llegado al comenzar el siglo XVII.

El año 1610 había en Concepción setenta y seis casas particulares: de éstas, treinta y seis eran de madera, con techo de paja, y el resto de adobe, porque el ladrillo sólo empezó a usarse en el siglo XVIII; todas estas casas, en su mayor parte, «muy ruines y de mala traza», estaban dispuestas «sin forma de calles ni otra ninguna cosa de curiosidad ni de república». Había en la ciudad, aparte de la catedral o iglesia mayor, que era servida por los canónigos, el cura vicario y un sacristán, tres conventos: el de los padres mercedarios, para el cual señaló sitio y solar Pedro de Valdivia, el día de la fundación de la ciudad, en 1550, que debía de ser el más antiguo, y en el cual había dos religiosos; el de los domínicos, que fue aceptado como recién fundado en el capítulo provincial de la orden celebrada en Lima en 1581, y en el cual había dos religiosos; y el de los franciscanos, fundado en 1559, durante el gobierno de don García Hurtado de Mendoza, en el cual había tres religiosos. Existía también un hospital recién construido por don Alonso de Ribera, según hemos dicho en el capítulo anterior. En este hospital se atendía y curaba a los soldados heridos o enfermos que venían de la frontera a buscar descanso y alivio en Concepción, y los conventos servían de alojamiento a las tropas que llegaban del Perú, mientras les llegaba el día de ir a guarnecer los fuertes de la frontera, o de salir a campaña con el gobernador. Del lugar que estos edificios ocupaban, no hay noticia cierta; pero es más de probable que ocuparan el mismo que tuvieron después del terremoto de 1657, que está señalado en el plano que acompañamos para mejor inteligencia51.

Los vecinos de Concepción en su mayor parte tenían sus estancias en las orillas del Itata y principalmente en la ribera norte, por estar más seguros de las invasiones de los indios. Los cerros cercanos a la ciudad no eran cultivados, por estar totalmente cubiertos de bosque virgen, en el que se cortaban maderas de roble, lingue, alerce y ciprés. Hacia el lado de Rere estaba la enorme Estancia del Rey o Catentoa, que desde el Bío Bío se extendía hasta el Itata y el Laja, defendida por el fuerte de Buena Esperanza, poblado por 2.000 yeguas, 17.000 vacas, 20.000 ovejas y en la cual solían cosecharse hasta 2.000 fanegas de trigo y 700 de cebada.

Las estancias de los vecinos estaban también muy pobladas de ganado mayor y menor, las cosechas de cereales, especialmente trigo y maíz, eran muy abundantes por la calidad de la tierra, que don Alonso de Ribera creía mejor que la de Chillán, y las viñas se habían aumentado tanto que producían ya de «quince a veinte mil botijas de vino muy fino y ruin»52. En todo el distrito de Concepción no había arriba de 3.000 indios, que se ocupaban exclusivamente en el trabajo de las estancias, de tal suerte que las minas, por escasez de brazos, apenas se trabajaban.

El precio de los productos agrícolas era muy exiguo: una vaca valía de doce a veinte reales, un carnero, de cuatro a cinco reales, y una oveja, tres; la fanega de trigo, doce reales y más o menos lo mismo la arroba de vino. Comenzaba ya a mandarse al Perú trigo, vinos y cueros para pagar los vestidos y demás objetos necesarios que sólo de Lima podían traerse. A Concepción llegaba cada año el situado, que había sido elevado a doscientos doce mil ducados; allí se repartía a razón de ocho pesos seis reales mensuales a cada soldado, veinticinco a los sargentos, cuarenta a los alféreces y ochenta a los capitanes; lo que producía en cierta época de cada año un movimiento comercial bastante activo. En épocas de paz y abundancia los vecinos pudientes de Concepción solían alimentar cada uno a veinte, treinta y aún cuarenta soldados por caridad y gratuitamente, al ver que la pequeña paga que éstos recibían del rey no alcanzaba para satisfacer sus necesidades, y así, solían andar tan desnudos, descalzos y hambrientos que inspiraban compasión53.

Esto era Concepción al comenzar el siglo XVII, y como veremos, su progreso fue lentísimo durante el curso de ese siglo: nuestra sociedad tenía en su contra dos enemigos terribles, la guerra y los terremotos; ellos iban a ser el obstáculo insuperable con que había de tropezar en el camino de la prosperidad.

Durante los gobiernos del oidor Merlo de la Fuente y de don Juan Jaraquemada, ningún acontecimiento digno de mención vino a interrumpir la paz de que Concepción gozaba; los rumores lejanos de la lucha incesante empeñada alrededor de cada uno de los fuertes de la frontera no bastaban para sacar a Concepción de su reposo. Fueron sucesivamente corregidores de la ciudad el maestre de campo Diego de Hinojosa y Diego Simón. Cediendo a generales instancias, nombró de nuevo Felipe III gobernador de Chile a don Alonso de Ribera, y envió a Chile al padre Luis de Valdivia con reales poderes para plantear el sistema de guerra defensiva en la forma que hemos dicho al comienzo de este capítulo. Alonso de Ribera llegó a Santiago el 27 de marzo de 1612, y el 13 de mayo llegaba a Concepción el padre Valdivia en una de las naves que traían del Perú el real situado.

Apenas llegó a Concepción, dio principio el padre Valdivia a sus trabajos: el obispo de Santiago le nombró gobernador eclesiástico de la diócesis de Concepción y el rey le había nombrado visitador general con plenos poderes para entender en la pacificación de los indios y dirección de la guerra. Traía además una carta del rey dirigida a los caciques y jefes araucanos llamándolos a la paz y prometiéndoles que serían tratados con toda consideración y humanidad, y varias provisiones del virrey marqués de Montes Claros en las que, junto con ordenar varias medidas en orden a la libertad y bienestar de los indios, dirección de la guerra y defensa de las plazas de la frontera, confirmaba y ampliaba las facultades concedidas por la corona al padre Valdivia, hasta el punto de constituirlo en árbitro de los negocios de Chile54.

Una de las provisiones del virrey disponía que hubiera en cada una de las ciudades de Concepción y Chillán un corregidor con título de capitán de guerra, que gozaría de una renta de seiscientos ducados de a once reales, y que tendría a sus órdenes cincuenta soldados avecindados en cada ciudad, además de los vecinos, que debían también tener listas sus armas y caballos para cualquier evento. El padre Valdivia dispuso que sin demora se diera cumplimiento a estas órdenes: envió un mensajero a Santiago a avisar su arribo a don Alonso de Ribera y despachó otros emisarios a los capitanes de los fuertes del Bío Bío con orden de suspender toda hostilidad contra los indios. Seis días después de su llegada a Concepción el padre Valdivia salía para Arauco para dar comienzo a su difícil empresa.

No nos toca referir la prodigiosa actividad desplegada por el padre Valdivia en la realización de su plan de pacificación; sólo diremos que el odio mortal e inextinguible que setenta años de guerra habían despertado en el araucano, y la indiferencia o marcada hostilidad con que los militares, los vecinos y el clero mismo miraron la empresa del padre Valdivia, hicieron inútiles los heroicos sacrificios hechos por el célebre jesuita y por sus compañeros. Entre estos merecen particular mención los padres Martín de Aranda, Horacio Vecchi y hermano Diego de Montalván, sacrificados por los indios, y el padre Gaspar Sobrino, defensor y continuador de la obra del padre Valdivia.

Entre los personajes que se manifestaron contrarios a los propósitos del ilustre jesuita debe contarse al obispo de Santiago fray Juan Pérez de Espinosa, cuya oposición y disgusto con el padre Valdivia tuvieron algunas consecuencias para Concepción. En el año 1613 y después de haber hecho pública la enemistad que el obispo de Santiago profesaba al padre visitador, necesitó aquél pasar al Perú, y al partir dejó encargado del gobierno de las dos diócesis al cabildo de Santiago. Esto produjo naturalmente la renuncia del padre Valdivia de su puesto de gobernador de la diócesis de la Imperial; de ella y del estado de la diócesis daba cuenta poco después al rey en los siguientes términos:

«Sin haber llegado bula de Su Santidad ni cédula de Su Majestad para que deshaga esta catedral (la de Concepción) que aquí está entablada y que cesen dos canónigos que aquí había, y poder gozar el obispo de la renta de ambos obispados, ha deshecho (Pérez de Espinosa) esta catedral y desposeído dos canónigos que en ella había sirviéndola, y ha declarado ser todo un obispado, y (al marcharse el Perú) dejó nombrado al cabildo eclesiástico de Santiago por gobernador de este obispado junto con el otro, y extendido la jurisdicción del provisor y vicario general de la ciudad de Santiago a todo él y nombrado un visitador para Concepción sin declarar que jurisdicción es la que me deja. Habiendo ya visitado este obispado, he hallado gran desventura y miseria. Los indios, aún los más infelices, y aún los que están bautizados, viven casados con cuatro y cinco mujeres, sin iglesias ni ornamentos. Los clérigos, tan tasados, que siendo incapaces por no saber latín, ni tener una suma de casos de conciencia, ni saber que cosa es, si para remedio importa mudar alguno, no hay con quien suplillo»55. A consecuencia de este último hecho, el padre Valdivia se había visto en la necesidad de nombrar curas párrocos a varios jesuitas; esto y la incontestable superioridad de los sacerdotes de la Compañía sobre el resto del clero secular y regular de la colonia, atrajo sobre el padre Valdivia los celos y la oposición de que ya hemos hablado.

A fines de 1614 y cuando los varios sucesos de la campaña pacífica del padre Valdivia tenían fija la atención pública, llegaron noticias al gobernador Ribera de que no tardaría en presentarse en la costa de Chile una expedición holandesa compuesta de seis naves que, a las órdenes de Jorge Van Spilberg, o Spilbergen, había salido de Texel a mediados de ese año. La noticia renovó la alarma que habían producido antes otras semejantes y determinó al virrey del Perú a equipar una escuadrilla compuesta de tres naves, que salió del Callao al mando del general don Rodrigo de Mendoza en diciembre de 1614 con dirección al mar del sur y trayendo a Chile algunos soldados y el real situado. Esta escuadrilla llegó a Concepción el 21 de febrero de 1615, desembarcó allí el situado y los soldados que habían de quedar en Chile se dio de nuevo a la vela para reconocer las costas del sur; después de haber llegado hasta Valdivia, volvió la escuadrilla a Concepción y permaneció en el puerto hasta el 6 de abril, día en que, creyendo a toda la costa libre de enemigos, determinó don Rodrigo de Mendoza volverse al Perú.

No tenía la misma seguridad don Alonso de Ribera quien, a pesar de las infructuosas exploraciones de Mendoza, continuó tomando toda clase de precauciones para poner las ciudades de la costa en estado de defensa. No fueron inútiles tales preparativos, porque a fines de mayo el gobernador tuvo noticias en Concepción de que cinco buques de la expedición de Spilbergen56 habían fondeado en la isla de Santa María, habían desembarcado un buen número de soldados, derrotando a los españoles que quisieron oponérseles, y habían embarcado como 500 ovejas y otros víveres.

El gobernador despachó al punto un buque que llevara el aviso al virrey, y por tierra dio sus ordenes a Santiago para que Valparaíso y los puntos del norte se aprestaran para la defensa. «Hecho esto, decía el mismo Ribera al rey, comencé a fortificar la ciudad (Concepción) lo más aprisa que fue posible, con trincheras y parapetos en la estacada y entrada encubierta, y otras prevenciones que creí necesarias, y junté la más gente que pude, así de españoles como de indios amigos, y con ella iba haciendo las obras que digo; y cuando el enemigo llegó a la boca del puerto, que fue a 3 de junio a hora de las dos después de medio día, estaba todo tan bien dispuesto que tengo por seguro que si saltara en tierra hiciéramos un gran servicio a V. M. y bien a este reino, porque fuera tan descalabrado que no quedara para hacer los daños que hizo en el Perú. Y hizo harto en escaparse, porque yo me hallaba con 900 españoles, incluso los vecinos y moradores, estantes y habitantes de esta ciudad y su contorno, y con 300 indios amigos de Talcamávida, Arauco y otros de la ribera del Itata, todos los cuales mostraron muy buen ánimo de servir a V. M. y se me venían a ofrecer con palabras en que lo daban a entender»57. Spilbergen no se atrevió a arrostrar los peligros de un combate, aunque creía a Concepción defendida sólo por doscientos hombres.

El día siguiente, 4 de junio «a las cuatro de la tarde, añade Ribera, los holandeses se hicieron a la mar sin hacer ningún daño en este lugar con artillería ni de otra manera, porque no pudieron entrar dentro del puerto respecto de un desgarrón de puelche grande que se lo impidió»58. Los holandeses intentaron varios desembarcos en la costa de Chile, pero sin éxito; en las aguas del Perú se batieron con la escuadra de don Rodrigo de Mendoza, que se había aumentado hasta ser de ocho buques, y la derrotaron completamente, echando a pique tres de las naves españolas. Después de algunas excursiones por la costa del norte, Spilbergen se dirigió al Asia, y llegó a Holanda con sus cinco naves.

Desde que llegó a Concepción el padre Valdivia con sus diez compañeros jesuitas59, formó el propósito de fundar allí una casa que sirviera de centro a las misiones de que tanto esperaban para la obra de la pacificación de la Araucanía. El gobernador Ribera, que durante mucho tiempo profesó al padre Valdivia cordial cariño y estimación, le sirvió de grande ayuda para la realización de este proyecto.

El año de 1613 el canónigo Juan García de Alvarado, «aficionado a los ministerios de la Compañía, viendo el fruto que hacía así en los españoles como en indios, y deseando ayudar a los intentos de S. M. y de los padres, que era la pacificación de los indios y su conversión, dio a la Compañía, para que fundase un colegio en aquella ciudad, unas casas que tenía en la plaza con otro solar y una viña con mil setecientas cuadras de tierra que tenía junto a Itata, llamada la Magdalena; y había en ella quinientas cabras, mil ovejas, bueyes y mulas y muchos yanaconas o indios de servicio. Con cuya donación se empezó a disponer la casa en forma de colegio y se trazó una iglesia de prestado»60.

Los canónigos de Concepción se opusieron a la fundación del colegio e iglesia, alegando que por su proximidad a la catedral iban tal vez a arrebatarle el concurso de los fieles o hacerles otros daños semejantes. «Pero el gobernador, dice Olivares, dio un buen corte para quitar controversias. Dijo al padre Valdivia: Dispóngase la iglesia, póngase las campanas en su lugar y toquen una mañana de repente a misa y cojan posesión de su colegio, que así callarán todos. Se hizo de la suerte que el gobernador dijo; y el padre Valdivia fundó el colegio de la ciudad de la Concepción, que, como es plaza de armas de la conquista temporal, así lo ha sido de la conquista espiritual»61.

Algunos años después, un sacerdote que había sido militar, llamado don Miguel de Quirós, oriundo de Concepción y visitador del obispado, legó al colegio de los jesuitas toda su fortuna, avaluada en diez y seis mil pesos. El gobernador don Juan Henríquez favoreció más tarde al mismo colegio con algunas concesiones y nuevas donaciones, y en el primer cuarto del siglo XVIII don Juan Ventura de Larma y Castilla, vecino de Concepción, le legó la estancia de Cuchacucha avaluada entonces en ocho mil pesos62. El padre Valdivia, desde que se fundó el colegio de Concepción, residía en él de ordinario hasta que regresó a España, y predicaba muy a menudo en la iglesia.

Por disposición de don Alonso de Ribera, vinieron del Perú, poco antes de su muerte, ocho religiosos de San Juan de Dios a hacerse cargo de los hospitales de Santiago y Concepción. El 19 de abril de 1617 se recibieron estos religiosos del hospital de Santiago, y poco después del de Concepción. Por disposición de Ribera, los cabildos de ambas ciudades siguieron siendo patronos de sus respectivos hospitales.

Del gobierno de don Alonso de Ribera sólo nos queda que decir que la paz y la tranquilidad se mantuvieron en el distrito de Concepción hasta la muerte del ya viejo gobernador, que acaeció en esta ciudad el 9 de marzo de 1617, con gran sentimiento de su familia, de los capitanes del ejército y del vecindario; su cadáver fue sepultado en la iglesia de los jesuitas. Durante el gobierno de Ribera fueron corregidores de Concepción el maestre de campo don Diego Flores de León, «que regía aquella ciudad con mucho nombre y grande estimación de todos»63 y el capitán don Martín Pacheco.




ArribaAbajoCapítulo X

El cabildo de Concepción y el visitador Machado. -El padre Valdivia vuelve a España. -Osores de Ulloa abandona el sistema del padre Valdivia. -Don fray Luis Jerónimo de Oré, obispo de Concepción. -La ciudad y sus campos durante el gobierno de Lazo de la Vega. -Muere el Ilustrísimo señor de Oré. -Recepción del marqués de Baides. -La tesorería real de Concepción


Al morir, Alonso de Ribera nombró por sucesor suyo al oidor don Fernando de Talaverano y Gallegos, que llegó a Concepción a fines de abril, conferenció allí con el padre Valdivia, que acababa de recibir de la corte nueva ratificación y ampliación de sus poderes, y en compañía suya salió pocos días después a visitar los fuertes de la frontera. Las guarniciones de éstos, y todos los militares de Chile, se manifestaban abiertamente descontentos del sistema del padre Valdivia que, junto con abolir el servicio de los indios, les obligaba a mantenerse inactivos, encerrados en los fuertes, cosas ambas que no se avenían bien ni con su codicia, ni con su valor. La paz es la ruina de los que tienen por profesión la guerra; así lo comprendían los numerosos aventureros que habían venido a Chile, ansiosos de distinguirse por sus empresas militares y de hacer méritos para obtener del rey cuantiosas recompensas, y es evidente que éstos tenían que ser enemigos declarados del sistema del padre Valdivia.

Sin embargo, estos mismos adversarios del ilustre jesuita se convirtieron en ardientes partidarios y aduladores suyos desde que supieron que el rey le hacía árbitro de los negocios militares, con facultad de asignar los cargos del ejército a los que fueran partidarios de su sistema y se conformaran en todo a las reales resoluciones. El padre Rosales cuenta que la celda del padre Valdivia se veía llena de pretendientes y lisonjeros que iban a ofrecerle por entusiastas sostenedores de la guerra defensiva, siendo así que habían sido antes sus más tenaces impugnadores. A este hecho, que explica claramente la causa de la oposición que los planes del padre Valdivia encontraban en Chile, ha de agregarse todavía otro.

A mediados de 1617 llegó a Chile el licenciado Fernando de Maenado, fiscal de la audiencia de Lima y nombrado por el virrey príncipe de Esquilache para que, en el carácter de visitador general, sostuviera las disposiciones del padre Valdivia. Llegado a Concepción, el visitador Machado, dando cumplimiento a las terminantes instrucciones que traía, puso en libertad a los indios que en los últimos años habían sido reducidos a la esclavitud, y a otros que en poder de algunos vecinos de Concepción sufrían la carga del servicio personal. Esta medida produjo entre los vecinos universal disgusto; el cabildo se reunió y acordó dirigir al visitador un mensaje, en el cual le representaban que los indios que él acababa de poner en libertad habían sido reducidos a la servidumbre en virtud de la real cédula expedida en Ventosilla el 26 de mayo de 1608, que mandaba considerar como esclavos a los cautivos de la guerra, y que, por consiguiente, el visitador extralimitaba sus facultades dejando sin efecto lo que estaba mandado por el mismo rey.

Fue a llevar este recado al visitador el procurador de la ciudad, que era el comisario Juan de Contreras, y apenas le hubo oído Machado, le mandó prender con grandísimo enojo, y dispuso igualmente la prisión del cabildo, que se atrevía a estorbarle el ejercicio de su real comisión. Al tener noticia de esta violenta decisión del visitador, los alcaldes y regidores del cabildo se fueron en cuerpo a casa del corregidor, que lo era el maestre de campo Alonso de Miranda Salón, y resolvieron hacerse fuertes allí y rechazar por la fuerza a quien viniera a prenderlos. Por fortuna, el licenciado Machado se calmó luego y, en beneficio de la paz pública, dejó sin efecto la orden que ya había expedido, con lo cual se serenaron los ánimos y volvieron las cosas a su acostumbrado giro.

Pero el cabildo no se detuvo aquí, sino que, sabiendo que el obispo de Santiago partía a España a tratar algunos asuntos referentes a su diócesis, determinó nombrarle procurador suyo ante el rey y dirigió a éste una petición para que se hiciera cesar el sistema de guerra defensiva, cuyos desastrosos resultados ponderaba con grande empeño64. Esta petición no fue atendida por el rey, y revela a las claras que el gran motivo de las quejas que levantaban las medidas de pacificación dictadas por el padre Valdivia, era la codicia de los encomenderos, que no se resignaban a dar libertad a los infelices indios, a quienes tan inhumanamente explotaban.

El gobierno del licenciado Talaverano duró apenas diez meses; el 12 de enero de 1618 desembarcó en Concepción don Lope de Ulloa y Lemos, trayendo consigo ciento sesenta soldados. Le acompañaba su esposa doña Francisca de la Coba, rica señora peruana que venía rodeada de un lujo deslumbrador, hasta entonces desconocido en la pobre colonia de Chile.

Dos días después de la llegada del nuevo gobernador, el licenciado Talaverano le entregaba el mando en Concepción, el 18 de abril don Lope de Ulloa prestaba juramento ante el cabildo de Santiago.

Don Lope de Ulloa y el padre Luis de Valdivia eran también de opinión que la audiencia debía trasladarse a Concepción, y así lo pidieron al rey, aunque sin resultado. La audiencia estuvo siempre en contradicción con Ulloa; éste se puso de parte de la autoridad eclesiástica en varias controversias que se suscitaron entre ésta y los oidores. Fue una de éstas motivada por un acuerdo de la audiencia para fijar los aranceles parroquiales, acuerdo cuya validez desconoció el provisor que gobernaba la diócesis de Concepción, lo que dio lugar a serias dificultades, en las que el gobernador dio la razón al provisor.

El padre Valdivia, después de siete años de incesantes trabajos, y durante los cuales la frontera se había mantenido en paz, sólo interrumpida por insignificantes robos hechos por los indios, determinó volver a España a dar cuenta al rey del resultado de su trabajo, a pedir tropas para fortificar la línea de la frontera y mantener la paz armada, y a solicitar del soberano la radical y completa abolición del servicio personal, que hasta entonces había sido imposible realizar en Chile. El virrey del Perú y el gobernador de Chile aprobaron calurosamente la determinación del padre Valdivia, y a fines de noviembre de 1619 se embarcó éste en Concepción, después de haber conferenciado allí largamente con Ulloa, y haber arribado a un convenio sobre las reformas que el padre Valdivia había de solicitar del rey65. Después de una corta estadía en el Perú, el padre Valdivia siguió viaje a España, en mayo de 1620, llevando consigo las más ardientes y halagüeñas recomendaciones del príncipe de Esquilache y de don Lope de Ulloa. A fines de ese mismo año llegaba el padre Valdivia a la corte, y era recibido por el rey con gran deferencia, a pesar de los numerosos informes que en su contra se habían enviado de Chile y el Perú. El padre tenía deseos de volver a la brevedad posible a Chile, y comenzó, sin demora, sus gestiones para conseguir del rey lo que venía a pedirle; pero la temprana e inesperada muerte de Felipe III, acaecida el 31 de marzo de 1624, y el cambio completo de personas y de sistema que ella produjo en el gobierno, dieron al traste con las negociaciones del padre Valdivia, que, descorazonado al verse sin apoyo en la corte, se retiró al colegio de la Compañía en Valladolid, y allí vivió consagrado a la meditación y al estudio hasta el 5 de noviembre de 1642, en que falleció a la edad de ochenta y un años66.

Don Lope de Ulloa, entretanto, pensaba en fortificar a Concepción para ponerla a salvo de todo ataque por el lado del mar, ataque que era muy de temer, por la frecuencia con que las expediciones de los corsarios holandeses estaban llegando a la costa. Con este objeto pidió y obtuvo del príncipe de Esquilache cuatro cañones de bronce y dos de hierro, y un operario para plantear en Chile una fundición de piezas de artillería, que se quiso instalar en Santiago, pero con mal éxito. Despachó también dos expediciones en busca de la fabulosa ciudad de los Césares, que se suponía que estaba en la Patagonia; una expedición salió por tierra, de Cuyo, y la otra por mar, desde Castro. En estos trabajos vino a sorprender al gobernador Ulloa una grave enfermedad, que alguien creyó más tarde debida al veneno, y de la cual falleció en Concepción, en la mañana del 8 de diciembre de 1620. Cuenta el padre Rosales que le asistía un médico que hacía sus predicciones sobre el curso de la enfermedad, tomando muy en cuenta las fases de la luna; agrega que el gobernador recibió con ejemplar devoción los sacramentos, que su cadáver fue sepultado en la iglesia de San Francisco, de donde su esposa lo trasladó más tarde a Lima, y que la muerte de don Lope de Ulloa fue muy lamentada en todo el reino de Chile67.

Por disposición del príncipe de Esquilache, se reglamentó durante el gobierno de Ulloa la distribución del situado que hacían en Concepción los empleados llamados oficiales reales. Se ordenó que presenciaran los pagos un juez de resultas y el veedor general del ejército don Francisco Villaseñor y Acuña, y que de los cuarteles de Yumbel y Arauco, y de los fuertes de las fronteras viniesen las compañías de dos en dos, a recibir sus correspondientes sueldos. Esta prudente medida sólo pudo mantenerse mientras duró la paz, que fue bien poco tiempo.

El oidor don Cristóbal de la Cerda y Sotomayor, que quedó gobernando con el carácter de interino por nombramiento que hizo al morir don Lope de Ulloa y Lemus, llegó a Concepción a principios de febrero de 1621, a presenciar los primeros movimientos de los indios, que presagiaban un gran levantamiento. El 25 de marzo los indios atacaron un fortín situado en la ribera norte del Bío Bío, lo tomaron a viva fuerza y dieron muerte a diez soldados españoles y muchos indios amigos; y el 9 de abril incendiaron el fuerte de Yumbel en donde se hallaba el gobernador, sin que éste pudiera hacer más que prender algunos indios sospechosos y pedir al rey con instancia que hiciera cesar el sistema de guerra defensiva, al cual se atribuía el atrevimiento de los indios, y toda la calamidad que sobreviniera al país.

Don Cristóbal de la Cerda hizo construir un fuerte sobre el Andalién, que muy a menudo se hacía invadeable, e hizo publicar en Concepción, el 14 de febrero de 1621, las ordenanzas sobre abolición del servicio personal acordadas por el virrey del Perú y al padre Valdivia, antes de salir éste para España. La publicación de esta ordenanza68, que consta de setenta y tres artículos de larga extensión, causo en Concepción y en todo el país profundo disgusto, como era de esperar. El 4 de noviembre llegaba a Concepción una escuadrilla de tres naves que traía a don Pedro Osores de Ulloa, gobernador nombrado por el virrey, y trescientos once soldados. Al día siguiente de su llegada el nuevo gobernador juró ante el cabildo de Concepción desempeñar fielmente su cargo y respetar los fueros de la ciudad, y se recibió del mando.

Don Pedro de Osores era un animoso anciano; apenas pudo observar el estado del país, decidió emprender de nuevo la guerra ofensiva y la solicitó del virrey, pintándole la situación precaria a que tenía reducido el país la llamada guerra defensiva. «Estaba esta tierra, decía, por la falta de bastimentos, llena de aflicción, trabajos y desnudez de los soldados, por lo que fue necesario quitar por fuerza las haciendas, comidas y bastimentos de los mercaderes de esta ciudad (Concepción) y de otras partes para sustentarlos, aunque la gente que había aquí y en los campos era poca, y muchos impedidos, descontentos, llenos de agravios, y lo peor de todo acorralados y olvidados de la milicia, con la suspensión de las armas de nueve años que habían estado en la guerra defensiva y sin obediencia alguna. Los enemigos, muchos y victoriosos, cargados de despojos nuestros, intentando con notable atrevimiento cada día mayores daños y robos. Estaba perdida la reputación de nuestra gente, y era presunción cierta de los que aquí habitan y saben de estas materias que si el río Bío Bío no lo hubiera estorbado con mayor avenida que otros años, hubieran intentado el asolar esta ciudad y sus términos, con que lo demás fuera fácil»69.

Fácil es que hubiera en la pintura de este cuadro algo de exageración, y no poco empeño de ponderar el mal estado del país, para atribuirse después el mérito de su mejoramiento.

Sea como se fuere, ello es que Osores de Ulloa rompió con todas las medidas de pacificación establecidas por el padre Valdivia, y recomenzó la lucha secular interrumpida por una breve tregua, enviando dos cuerpos de tropa, el uno desde Yumbel y el otro desde Arauco, a recorrer el interior del territorio araucano, hasta la famosa ciénaga de Purén. Osores, entretanto, permanecía en Concepción hasta entradas del invierno de 1622, en que se fue a Santiago para volver en la primavera de ese año, a seguir activando las campañas de la frontera. Osores no volvió ya a salir de Concepción, y allí falleció a la edad de ochenta y cuatro años, el 18 de septiembre de 1624, dejando por sucesor al maestre de campo don Francisco de Álava y Nurueña. El cadáver de Osores fue sepultado en la iglesia de San Francisco.

La sede episcopal de Concepción, que había permanecido vacante desde la traslación del señor Lizárraga, recibió nuevo pastor en 1622. Felipe III había propuesto, en 12 de diciembre de 1616, para que ocupara esta sede, al doctor don Carlos Marcelo Cornerino70, canónigo magistral de la catedral de Lima, que fue consagrado en esta ciudad, por el arzobispo don Gonzalo Ocampo el 18 de octubre de 1618. Pero antes de que partiera el señor Cornerino a tomar posesión de su diócesis, le presentó el rey para la sede de Trujillo, y así volvió a quedar vacante la de Concepción. Por fin, el 7 de abril de 1620, presentó Felipe III para esta sede a don fray Luis Jerónimo de Oré, religioso franciscano, natural de Guamanga, y que se había distinguido en el Perú por sus trabajos apostólicos, y algunas obras literarias71. Consagrado en Lima, tomó posesión de su diócesis en 1622, y fue durante su gobierno ejemplo de humildad, caridad y pobreza. Hizo la visita de la diócesis, y recorrió en ella todo el archipiélago de Chiloé, con grandísimo riesgo de perecer con sus compañeros, que eran dos jesuitas, el padre Juan López Ruiz y el padre Gaspar Hernández. El ilustrísimo señor de Oré gobernó la diócesis hasta 1631, fecha de su fallecimiento, y su cadáver fue sepultado en la catedral.

El maestre de campo Álava y Nurueña gobernó pocos meses, durante los cuales se ocupó en fortificar la costa y ponerla en estado de resistir los ataques de los corsarios holandeses, que a las órdenes de Jacobo LHermite y Hugo Spapenham habían infestado en los años anteriores las costas del Perú. Concepción, por ser el primer puerto de Chile, mereció particular atención del gobernador interino. «En orden a esto escribía el rey Álava, he fortificado esta ciudad y playas lo más que he podido, que para donde no hay recursos no ha sido poco, con tres plataformas de a cinco piezas de artillería en diferentes puestos, y del primero al último seguidos de muy segura trinchera por la lengua del agua, de suerte que no pueda saltar una mosca en tierra que no sea sentida. Y si como este enemigo (los holandeses) corre los puertos de abajo, tocara en éste, lo estimara para que mis servicios lucieran en esta ocasión en el real de vuestra majestad»72.

Fueron inútiles todos estos preparativos, porque los corsarios no venían a las costas de Chile, en donde casi no había presas que hacer, y se dirigían con preferencia a las del Perú, Tierra Firme y Nueva España o a los archipiélagos de la Oceanía. Cuando el gobierno de Álava no había durado sino seis meses y medio, llegó a Concepción el gobernador del Perú marqués de Guadalcázar, que era su sobrino don Luis Fernández de Córdoba y Arce. El nuevo gobernador tomó posesión del mando el 29 de mayo de 1625, día de Corpus Christi, y siguiente al de su llegada al puerto.

Don Luis Fernández de Córdoba, durante los cuatro años y meses que duró su gobierno, continuó la guerra ofensiva y las correrías en el territorio araucano iniciadas últimamente por Osores de Ulloa; los indios, embravecidos, comenzaron a su turno a hacer correrías al norte del Laja y con mejor fortuna que los españoles. En una de sus malocas Lientur, con una partida de cuatrocientos indios, asoló los campos vecinos a Chillán, dio muerte al corregidor de esta ciudad que con alguna tropa había salido a batirlo, y en las Cangrejeras, cerca de Yumbel, hizo sufrir a un fuerte destacamento español un terrible desastre. Fernández de Córdoba fue reemplazado por don Francisco Lazo de la Vega, militar distinguido, enviado por el rey, que desembarcó en Concepción el 23 de diciembre de 1629 y tomó ese mismo día posesión del mando.

El nuevo gobernador venía dispuesto a dar nuevo impulso y vigor a las operaciones militares, para lo cual trajo del Perú cerca de quinientos hombres bien vestidos y armados, y gran copia de armas y municiones. Y como encontrara la Estancia del Rey casi despoblada de animales y todos los campos del distrito de Concepción agotados por las repetidas contribuciones de guerra que se les había impuesto, escribió al cabildo de Santiago representándole la urgencia de que los vecinos de la capital acudieran al ejército del sur con su contingente de ganados y comidas y aún con sus mismas personas y armas. Esta orden, varias veces repetida durante el gobierno de Lazo de la Vega, causó en Santiago profundo disgusto y encontró gran resistencia de parte del cabildo y los vecinos, que, habituados ya a vivir en paz aumentando sus caudales y exentos del servicio militar, creían que correspondía sólo a Concepción el sobrellevar todo el peso de la guerra y de la defensa del país entero. La noticia del más ligero revés sufrido por el ejército del sur causaba en Santiago una alarma y una confusión indescriptibles; pero cuando se trataba de hacer sacrificios personales o de dinero para ayudar al sostenimiento de la guerra de Arauco, los pacíficos y egoístas vecinos de Santiago ponían el grito en el cielo.

Don Francisco Lazo de la Vega pasó la mayor parte del tiempo que duró su gobierno, en Concepción, a pesar de que, según los médicos, el clima de esta ciudad no le estaba bien para un mal calificado por ellos de hidropesía, que el gobernador comenzó a sentir a poco de haber llegado a Chile. No le impidió este mal hacer en cada verano largas correrías en el territorio de los indios, y como estos, al mando de Butapichum, llegaran a traspasar la línea fortificada internándose hasta Coyanco, don Francisco Lazo salió contra ellos desde Yumbel y los batió a orillas del Itata en un lugar llamado los Robles73. Fácil es comprender el estado de alarma en que estaría Concepción mientras duraron estas incursiones de los indios; pero las campañas que emprendió Lazo en los siguientes años con algunos refuerzos que recibió del Perú, y las brillantes victorias que alcanzó en la Albarrada junto al fuerte de Arauco, y en el interior de la tierra, bastaron para restablecer la tranquilidad, alterada también por otros motivos.

Un indio amigo, a quien los cronistas llaman Cuero, se pasó a los rebeldes, y en vez de retirarse con ellos a Purén y Lumaco, se juntó con algunos otros y se escondió con ellos en las serranías que están al oriente del valle de Penco y cerca del camino real que las atravesaba en dirección a Chillán y Santiago. «Se hizo salteador de caminos, dice Tesillo, casi en los mismos arrabales de la ciudad de Concepción, hallándose cada día muchos hombres muertos, indios negros y algunos españoles pasajeros y mayordomos de aquellas estancias: era horrendo el escándalo y la confusión que causaban estos sucesos, por no poderse verificar la verdad de ellos, aunque la justicia, por su parte, y los ministros de la guerra, por la suya, estimulados unos y otros de don Francisco, hacían excesivas diligencias; mas como la tierra es tan áspera y montuosa, se emboscaba el Cuero y hacía sus salidas con seguridad, mudando cada día parajes, nadie se persuadía pudiesen ser enemigos rebeldes, sino indios amigos de aquellas reducciones, que con la codicia de algún pillaje cometerían aquellos insultos. Muchos días se continuó esta duda, hasta que en Cienaguilla, camino real, dos leguas de Concepción, cerro el Cuero con unos pasajeros, mató algunos y se escaparon otros que nos desengañaron, ser enemigos rebeldes; con esta luz previno el daño don Francisco, echando gente de guerra en aquella parte inaccesible de montes, y en algunas emboscadas tomaron prisioneros a Lepiguala, uno de los que acompañaban a Cuero, que refirió el origen de su entrada y demás que deseaba don Francisco, que hizo honra al mismo deseo, y salió en persona a buscar a Cuero, y le halló, porque aún con este bandolero se lograsen sus dichos, y también el resto de los suyos que, traídos a la Concepción, los mandó arcabucear vivos y repartir en cuartos por los caminos»74.

Don Francisco Lazo de la Vega fue, desde su llegada, gran protector de los estancieros; él animó a los que, intimidados por los indios, pensaban abandonar sus estancias y refugiarse en tierra de paz, y les disuadió de su intento; les anunció que con los recursos que tenía a la mano volvería bien pronto a restablecer la tranquilidad, les incitó a volver a poblar sus estancias, de su propio caudal habilitó a los pobres para que compraran semillas y útiles de labranza, y volvió a poblar con gran cantidad de ganado la hacienda real de Catentoa.

Los gobernadores habían habitado hasta entonces en Concepción una casa muy humilde y ruinosa, cuya ubicación ignoramos; Lazo de la Vega hizo edificar, cerca de la plaza, una suntuosa casa para los gobernadores, cuya construcción duró dos años75 y fue costeada con las vacantes de encomiendas y con las pensiones que los encomenderos pagaban, sin gasto para la hacienda real. Edificó también el cuerpo de guardia y almacén de armas, que estaban inmediatos al palacio de los gobernadores, y un subterráneo para guardar pólvora, e hizo recoger y guardar los cañones que Álava y Nurueña había colocado en la playa para defensa del puerto. Hablando de estos edificios, dice Tesillo que eran «de excelente arquitectura y que pueden ser emulación de los mejores que de este género hay en la Europa, con que ha venido aquella ciudad a tener ornato, así por esto como por el número de casas que en ella se han fabricado, perpetuándose allí los que antes deseaban salir, con ocasión de las fatigas de la guerra»76. A pesar de estas ponderaciones del cronista, creemos que los espléndidos edificios que nos describe no debieron pasar de sencillas construcciones de adobe, que era el material usado entonces, casi sin excepción.

En el verano de 1632 apareció por primera vez en Concepción una peste que Lazo describía diciendo que es «un romadizo con dolor de costado, de que ha enfermado casi toda la gente del ejército y del reino»77. Esta peste no debió ser otra cosa que el catarro epidémico conocido con el nombre de grippe, que es frecuente en Concepción y en todo el sur durante los veranos con días fríos y lluviosos.

Durante el gobierno de Lazo de la Vega falleció el obispo de Concepción don fray Luis Jerónimo de Oré78, hombre de gran virtud a quien sus contemporáneos sólo echaban en cara que era poco exigente con las personas a quienes confería órdenes sagradas; Felipe IV presentó para esta sede a un religioso franciscano, don fray Bernardino de Guzmán, que murió a poco de haber sido presentado, y antes de recibir la investidura canónica. Al saberlo, el rey presentó para la sede de Concepción a don Diego de Zambrano Villalobos, natural de Mérida, en Castilla la Nueva, y cura párroco de la villa imperial de Potosí. El señor Zambrano era graduado de doctor por Salamanca; había sido visitador general de la diócesis de la Paz, comisario de Cruzada y de la Inquisición. Llegó del Perú a tomar posesión de su iglesia en 1637, y encontró la diócesis tan escasa de sacerdotes, que se vio en la necesidad de nombrar vicario general al doctor don Juan Yáñez, seglar, pero hombre de «vasta literatura»79.

Aunque don Francisco Lazo de la Vega fue el primero de los gobernadores de Chile, nombrado por el período fijo de ocho años, su gobierno duró más de nueve. Durante el último repobló a Angol, llevando de Concepción todos los elementos para hacerlo, y se volvió a esta ciudad a esperar la llegada de su sucesor. El domingo de Cuasimodo, 1.º de mayo de 1639 al anochecer, fondeaban en el puerto de Concepción dos naves que traían del Perú trescientos veinte y seis soldados, y a la cabeza de ellos a don Francisco López de Zúñiga, marqués de Baides, gobernador nombrado por el rey para suceder a don Francisco Lazo de la Vega. El marqués de Baides envió a tierra un esquife a anunciar su llegada a Lazo, y al punto la ciudad se puso en movimiento y el corregidor, maestre de campo Alonso de Figueroa, y el comandante militar Santiago de Tesillo, comenzaron a toda prisa a disponer lo necesario para recibir al nuevo gobernador, que manifestaba la intención de desembarcar y tomar posesión del mando aquella misma noche. En dos horas o poco más estuvieron terminados los aprestos; y a las diez de la noche desembarcaba el marqués de Baides.

Oigamos como Santiago de Tesillo nos cuenta el recibimiento de que fue testigo y principal actor. «Lo que faltaba a la luz natural del día suplía la artificial de las luces con la multitud de fuegos esparcidos en toda la marina; el concurso de las encendidas hachas, la copia de luminarias por las calles, bombas de fuego en las plazas, la luz de los mosquetes, la exhalación de la artillería, que hicieron día la noche, acreditando todos los deseos en el agasajo de tan superior huésped. Aguardó don Francisco Lazo al marqués en la playa, acompañado de su séquito y de todo lo lucido de aquella ciudad; se recibieron estos dos capitanes con la estimación y cortesía que se debían a sí mismos y a la amistad que habían profesado en Flandes. Acabado, pues, lo urbano del recibimiento, le dio don Francisco al marqués el bastón de capitán general, que lo rehusó tomar por entonces el marqués; pero vencido de don Francisco le admitió: estaba allí cerca dispuesto el cabildo de la ciudad con todo lo necesario para recibir al marqués, hizo el juramento y pasó a la iglesia y a su casa, y don Francisco se retiró también a la suya, aliviado sin la pesada carga de un gobierno tan peligroso a la reputación por los accidentes de la guerra a que está sujeto»80.

Aquella noche misma el capitán Juan de Sancón, por encargo del marqués de Baides, pagaba en la tesorería real de Concepción «diez y seis mil quinientos cuarenta y cuatro reales en plata doble» mitad del impuesto de media anata creado por Felipe IV en 22 de mayo de 1631 y extendido al virreinato del Perú por cédula del 27 del mismo mes y año. Era este impuesto una especie de contribución de tanto por ciento sobre el sueldo, que debían pagar los empleados que no fueran eclesiásticos y cuya renta anual pasara de cincuenta ducados, la mitad antes de tomar posesión de su empleo, y el resto un año después. Para terminar este capítulo, será bien que demos una ligera idea de la administración del tesoro real, que estaba entonces radicada en Concepción.

El empleado de más alta jerarquía que entendía en los asuntos de la real hacienda, aunque sin tomar parte directamente en su administración, era el veedor general. «Es un fiscal del rey, dice Tesillo, a quien toca el miramiento general de todo, y sus replicatos tienen mucha fuerza, así en el buen cobro de aquella hacienda del real situado, como en la justificación de las elecciones, paga de los sueldos, y que todos los que le gozan en aquel ejército cumplan enteramente con su obligación»81 y otros empleados subalternos que le ayudaban en el ejercicio de su ministerio. En la época a que nuestra narración ha llegado era veedor general desde hacía muchos años don Francisco de Villaseñor y Acuña, militar que se había distinguido en Chile desde los tiempos del primer gobierno interino de don Alonso García Ramón.

Los empleados de la tesorería tenían el nombre general de oficiales reales, y el primero de ellos llevaba el título de tesorero. «Los oficiales reales, dice Tesillo, hacen en esta hacienda oficios de pagadores, y en esta parte no tienen más miramiento ni autoridad que recibir y pagar con órdenes. Y si en la ciudad de Concepción se acuerda remitir algunas cantidades de este tronco del situado, a la ciudad de Santiago para efectos del ejército los administrarán los oficiales reales de aquella caja, con órdenes y libranzas del gobierno, y las materias que sobre esto necesitaran de acuerdo, le haría el gobernador fiscal de la audiencia y oficiales reales de Santiago, estando presente el gobernador; más estos oficiales reales tienen la obligación de dar cuenta y noticia de todo a la verdurería general y oficios del sueldo, para que en ellos se censure su expedición, como tronco de donde emanaran aquellos ramos, y donde se da paradero legítimo a esta hacienda»82. La tesorería real de Concepción era, pues, la principal del reino, ella recibía cada año el situado de doscientos doce mil ducados que enviaba el virrey del Perú, ella hacía los pagos a los empleados del ejército y a los soldados por compañías, tomando en cuenta los adelantos que a cuenta de sueldos hubieren recibido en ropa o comida. A las compañías que no podían venir a pagarse en Concepción, les pagaba un oficial real en su propio cuartel, bajo la inspección del veedor general, que por razón de su oficio no tenía residencia fija y recorría continuamente las ciudades y fuertes de la frontera para dar cuenta al rey de cuanto observaba que pudiera interesar al real servicio.

Al terminar el gobierno de don Francisco Lazo de la Vega, era tesorero real del obispado de Concepción el capitán Lorenzo de Arbieto, que había sido antes el secretario del gobernador. La tesorería estaba instalada en uno de los departamentos de la nueva casa de los gobernadores edificada por Lazo, que estaba a corta distancia de la plaza con frente hacia el mar y a orillas del pequeño estero que atraviesa el valle y ciudad de Penco.




ArribaAbajoCapítulo XI

Las paces de Quillín. -Los restos del Ilustrísimo señor Cisneros en Concepción. -La expedición de Brouwer en Chiloé y Valdivia. -Don Martín de Mujica sucede al marqués de Baides. -La desmoralización y bandalaje en el ejército. -Nuevo parlamento de Quillín preparado en Concepción. -Choques entre el gobernador y el obispo de Concepción. -El temblor de 13 de mayo de 1647. -Santiago en ruinas es socorrido por los habitantes de Concepción


El juicio de residencia de don Francisco Lazo de la Vega se publicó en Concepción a poco de haberse recibido del gobierno el marqués de Baides. Era de estilo que el gobernador que entraba instruyera este juicio contra el gobernador que salía, y que, invocando el real servicio que denunciándolo se hacía, llamara a todos los que tuvieran conocimiento de alguna injusticia, agravio o abuso de autoridad cometido por el gobernador saliente, para que acudieran a probarlo en juicio. Tesillo dice que con ocasión del juicio de residencia de Lazo salieron a relucir los rencores de algunos que habían aguardado el verle caído para desatarse contra él y que antes se le habían mostrado favorables y halagüeños. El marqués de Baides se mostró con su predecesor como noble y generoso caballero, y Lazo salió del juicio de residencia sin cargo alguno en su contra. Aquejado por sus dolencias, pasó en Santiago el invierno de 1639 y pasó después a Lima, en donde falleció el 25 de julio de 1640, de edad de cincuenta años.

Desde su llegada a Concepción, el marqués de Baides había juzgado que las sangrientas y felices campañas de su predecesor bastaban para amedrentar a los indios y para quitarles toda esperanza de acudir el yugo de la dominación española. El marqués creía que el único medio de domar a los araucanos era la conquista gradual y pacífica, tal como lo había comprendido el padre Valdivia y como se la aconsejaban al nuevo gobernador sus amigos los jesuitas. Sin temor de que los indios interpretaran ya como debilidad un llamamiento a la paz, el marqués de Baides durante el invierno de 1640 se ocupó de mejorar la disciplina y armamento del ejército a la vez que de preparar el camino para un gran parlamento.

A principios de septiembre el marqués fue a Santiago a recibirse del cargo de presidente de la audiencia y a buscar recursos y soldados entre los vecinos de Santiago, que, apoyados en resoluciones reales, le opusieron la acostumbrada resistencia; a principios de enero el marqués de Baides salía de Nacimiento en dirección a Purén con un ejército de mil setecientos hombres. Pero el marqués no llevaba el propósito de hacer la guerra a sangre y fuego como sus predecesores inmediatos; el estandarte suyo, en que hizo bordar la imagen de San Francisco Javier, apóstol de las Indias y héroe de la guerra evangélica, era una señal muy significativa de sus intenciones. La campeada duró hasta mediados de marzo, en que volvió el gobernador a Concepción, y desde allí dio noticia al rey de sus pacíficas intenciones, y a los comandantes de los fuertes orden de que se abstuvieran de hacer en las tierras de los indios las acostumbradas correrías.

Los agasajos y obsequios que el gobernador gastaba de continuo con los indios comenzaron a atraer a Concepción a gran número de caciques e indios principales que venían a gozar de ellos y a ofrecer al marqués la paz y las seguridades de su amistad y obediencia. Vino entre éstos un cacique a quien los cronistas llaman don Antonio Chicaguala, hijo y sucesor de Gualacán, cacique de Maquegua y de doña Aldonza de Aguilera y Castro, principal señora española que, cautivada por los indios, vino a ser mujer de Guacalán y madre de dos hijos bautizados por un cautivo español con los nombres de Antonio y Pedro. Don Antonio Chicaguala, «mestizo de gallardo talle y linda disposición» al decir de Rosales, venía acompañado por treinta caciques de su obediencia, y con ellos se presentó al marqués de Baides prometiéndole fidelidad y obediencia y reconociendo la soberanía del rey de España. El marqués de Baides escuchó conmovido el parlamento de Chicaguala, y cuando hubo éste terminado, abrazó cariñosamente a él y a Lincopichón, otro gran cacique que había sido el primero en ofrecer la paz, les demostró en atentas palabras su agradecimiento, y les regaló bastones de mando adornados con casquillos de plata y ropas españolas, y les permitió visitar libremente la ciudad, para lo cual envió a Chicaguala un hermoso caballo.

«El veedor general Francisco de la Fuente Villalobos, imitador del marqués en agasajar a los indios y en desear su conversión, los llevó a su casa, y con grande gasto de su hacienda y admirable liberalidad los regaló y banqueteó todo el tiempo que estuvieron en la Concepción, y no sólo a éstos sino que sin cansarse ni enfadarse de sus importunidades, recibía a cuantos venían de la tierra adentro, regalándolos y sirviéndoles en su casa, aunque fuesen muchos, como si fueran unos príncipes, y procuró con grandes veras su paz y su quietud, por lo cual los indios le amaban y decían que era su padre».

Los caciques volvieron a sus tierras muy complacidos del buen trato y agasajo que habían recibido y con el encargo de prepararse ellos y sus amigos para un gran parlamento que había de celebrarse en Quillín para dar forma y solemnidad a los tratos de paz. El 6 de octubre el gobernador expidió un auto en el cual mandaba que el 15 de diciembre se hallaran todos los encomenderos y muchos moradores de las ciudades de Chile reunidos en Concepción para acompañar al gobernador al parlamento que debía celebrarse en enero. Estas disposiciones encontraron en el cabildo de Santiago la resistencia habitual y produjeron gran descontento en el ejército y entre los vecinos de Concepción. «Lo general era, dice Rosales83, cargar la mano sobre la inconstancia de estos indios, sobre sus traiciones, que los soldados con la paz se hacen holgazanes, la milicia se estraga y da en viciosa y en descuidada, llegando a jugar las armas y a vender los caballos, como cosas que ya no son necesarias. Los soldados sentían perder el pillaje, que no se haría caso de ellos ni luciría el buen soldado ni se sabría quien era valiente, y los puestos se darían al que los comprase o los negociase, y no al que con hazañas los mereciese; que no habiendo guerra les quitarían el real situado, y que ya se trataba de avisar al virrey que excusase a Su Majestad de un gasto tan excesivo como era de doscientos doce mil ducados cada año, y que faltándoles el situado andarían desnudos y sin premio».

A pesar de las murmuraciones que llegaban a sus oídos, el marqués de Baides persistió en su propósito de celebrar parlamento y hacer la paz con los indios. Durante los días que precedieron al de la partida del gobernador todo fue movimiento y preparativos en Concepción; el gobernador quería llevar un lucido acompañamiento alrededor de su persona y exhibir ante los indios, junto con el brillo de su persona, el de las armas de sus soldados. Debían reunirse éstos en la plaza de Nacimiento, y desde principios de diciembre comenzaron a moverse en dirección de ese punto las tropas acuarteladas en Yumbel y Arauco y luego las que estaban en Concepción, por destacamentos. El 18 de diciembre se puso por fin en marcha el marqués, después de haber pedido la protección del cielo en la Catedral y la Ermita por medio de funciones religiosas, escoltado por la compañía de capitanes reformados, acompañado del capellán mayor, de los caballeros de Concepción que voluntariamente quisieron ir, y de algunos jesuitas que hacían los oficios de confesores y capellanes.

El gobernador y su comitiva se dirigieron primero al fuerte de Buena Esperanza y de allí a Nacimiento, en donde le esperaba el ejército, compuesto de mil trescientos setenta y seis españoles y novecientos cuarenta indios auxiliares. El 6 de enero se celebraba en Quillín con pompa nunca vista el gran parlamento, y se daba a la paz todo el territorio araucano.

Terminado el parlamento siguió el marqués con el ejército marchando hacia el sur, hasta llegar a las ruinas de la antigua Imperial; en las puertas de la ciudad, que se conservaban frondosas y crecidas, se aposentó el ejército por algunos días, y allí se presentó al marqués de Baides un tal Francisco Gris, antiguo vecino de la Imperial, que había estado cautivo de los indios desde la destrucción de la ciudad, y formado entre ellos una numerosa familia. Por las noticias que Gris dio pudo conocerse el sitio en que había sido sepultado el Ilustrísimo señor don Agustín de Cisneros, segundo obispo de la Imperial. Cavando en las ruinas de la catedral, cerca del altar mayor y al lado del Evangelio, se encontraron los restos del venerable prelado «en una caja consumida ya del tiempo», y el marqués de Baides determinó trasladarlos a Concepción para darles honrosa y cristiana sepultura.

Dio con esto el ejército la vuelta a Concepción, en donde fue recibido el gobernador con grandes demostraciones de alegría, y en celebración de las paces de Quillín se cantó un solemne Te Deum en la catedral y se celebraron otras fiestas religiosas por disposición del devoto marqués. Los restos del Ilustrísimo señor Cisneros fueron sepultados en la Catedral, después de habérseles hecho «unas suntuosas exequias que quiso honrar el príncipe y pastor de aquel obispado, don Diego Zambrano de Villalobos, con su misa de pontifical, prebendados, canónigos y toda su clerecía»84.

Para vigilar de cerca el cumplimiento de los pactos de Quillín y los movimientos de los indios, el marqués de Baides se estableció en Concepción con su esposa y familia; los indios, mimados por el benévolo trato que les dispensaban el gobernador y el veedor general, acudían en gran número a la ciudad, en donde los caciques eran recibidos con la pompa y agasajos que antes hemos dicho. Poco más de un año duró este estado de tranquilidad, que aprovechó el marqués de Baides para ir a Santiago; pero en el invierno de 1642 empezaron a notarse ciertos movimientos y preparativos de los indios, que era señal segura de un próximo alzamiento. Butapichón y Sincopichón, que habían sido el alma de las paces de Quillín, aparecieron como ocultamente comprometidos en las nuevas conspiraciones, y fueron tomados en uno de los fuertes de la frontera que visitaban con aire de amigos. Si los jesuitas no hubieran intercedido por ellos, sin duda que los caciques traidores hubieran sido condenados a muerte, como lo aconsejaban al gobernador algunos de los capitanes del ejército.

En enero de 1643 se vio obligado el gobernador a salir de nuevo a campaña; salió de Concepción en los primeros días de ese mes y fue a juntarse al sur del Bío Bío con las tropas que le esperaban y con las cuales llegó hasta las inmediaciones de la Imperial, sin conseguir otra cosa que rescatar algunos cautivos, destruir las chozas y sembrados de los indios y arrebatarles sus ganados. A fines de febrero el marqués de Baides se hallaba de vuelta en Concepción, en donde era recibido como triunfador con fiestas religiosas de solemnidad no acostumbrada. No eran, sin embargo, grandes victorias lo que había conseguido el marqués; el fruto que había obtenido de su expedición era la convicción de que la frontera de Chile, por falta de armas y soldados, no se hallaba en situación de resistir a un ataque inminente de los indios, que sólo por el temor podían ser reducidos a vivir en paz.

Dos meses después comenzaban a desarrollarse en el sur de Chile acontecimientos que debían producir gran perturbación y alarma en la colonia y que debían complicar mucho más la difícil situación en que comenzaba a verse su gobernador. El 30 de abril avistaba las costas occidentales de Chiloé una expedición holandesa compuesta de cuatro naves que, a las órdenes de Enrique Brouwer y Elías Herckmans, habían salido de Holanda y de Pernambuco, entonces colonia holandesa, con intención de venir a fundar en la isla de Santa María y si era posible en Valdivia, puertos militares desde los cuales se proponían hostilizar a los españoles con el auxilio de los indios.

Los holandeses se adueñaron y destruyeron sucesivamente el fuerte español de Carelmapu y la ciudad de Castro, capital de Chiloé permanecieron en el archipiélago durante todo el invierno de 1643 buscando abrigo en los canales contra los furiosos temporales que durante esta estación reinan en los mares del sur, y manteniendo buenas relaciones con los indios, que les proporcionaban víveres y algunas noticias de lo que los españoles hacían para defenderse contra sus nuevos enemigos. El jefe de la expedición, Enrique Brouwer, no pudo resistir a los rigores del clima, y falleció el 7 de agosto en Carelmapu.

Según lo había dispuesto el conde Mauricio de Nassau, gobernador de Pernambuco, tomó el mando de la expedición Elías Mapu en dirección a Valdivia, adonde llegaron dos o tres días después. Los indios acudieron bien pronto a recibir a los holandeses, a quienes habían aprendido a considerar como sus naturales aliados contra los españoles, y celebraron con ellos parlamentos en los que Herckmans les ofreció la amistad de Mauricio de Nassau si querían ayudarle a hacer la guerra a los españoles. Los indios se dejaron seducir pro los halagos y obsequios de los holandeses, y les proporcionaron víveres en abundancia; pero desde que les oyeron hablar de oro comprendieron que no eran los nuevos aliados sino crueles y codiciosos explotadores de quienes debían temer las mismas exacciones que a los españoles habían hecho tan aborrecibles.

Con esto comenzó bien pronto a hacerse insostenible la situación de los holandeses, faltos de víveres y recelosos ya de los indios, que daban bien claras muestras de su descontento. Después de algunos meses de estadía en Valdivia, durante los cuales habían apenas comenzado los preparativos para fundar una fortaleza, se vieron obligados los holandeses a hacerse a la vela, y el día 28 de octubre emprendían la vuelta a Pernambuco85.

Desde la llegada de los holandeses a Chiloé, el corregidor de la provincia, Fernando de Alvarado, pensó en dar noticias de lo que ocurría al gobernador, que se hallaba en Concepción; la estación y la escasez de recursos dificultaron de tal modo la ejecución de este proyecto que sólo a fines de agosto y después de un penosísimo viaje pudo llegar a Arauco una embarcación, construida en una caleta del sur de la isla Grande de Chiloé en la cual venían el padre Domingo Lázaro, jesuita, y algunos soldados al mando del capitán Domingo Lorenzo. Estos emisarios siguieron a toda prisa en dirección a Concepción, en donde las noticias de que eran portadores produjeron una conmoción profunda86. A nadie se le ocultaba que si los holandeses tenían intención de piratear en la costa de Chile, era Concepción el punto que debían preferir para ejercer las depredaciones que acostumbraban, así por ser el más cercano al lugar en que ellos se encontraban, como por ser ciudad considerable en que podía recogerse rico botín.

El marqués de Baides, en la imposibilidad de socorrer el archipiélago mandando contra los holandeses una expedición, se limitó a poner a Concepción y Arauco en estado de defenderse, y a enviar a Santiago y al virrey del Perú, marqués de Mancera, noticias de la presencia de los holandeses en la costa. Con este fin equipó a toda prisa un buque, en el que partieron para el Callao el mismo padre Domingo Lázaro y el capitán don Alonso de Mujica y Buitrón. Así pasó un mes, durante el cual Concepción esperó tranquila y confiada en sus fuerzas la aproximación de los holandeses; los habitantes de la ciudad creían con razón que las fortificaciones que en las orillas del mar habían hecho los gobernadores y el valor bien probado de los hijos de Concepción bastaban para defenderla de cuatro naves holandesas.

A fines de septiembre llegó a Concepción un nuevo aviso del corregidor Alvarado de que los holandeses habían abandonado a Chiloé para ir a establecerse en Valdivia, y que los indios del sur amenazaban con una gran sublevación. El marqués de Baides, reducido a la inacción por falta de elementos, se limitó a comunicar estas noticias al virrey, que envió dos buques con refuerzos a Chiloé, y ordenó al gobernador de Chile que reuniera todo el ejército de la frontera, que casi llegaba a dos mil hombres y marchase con él a socorrer a las provincias australes.

Al recibir tan disparatada orden, el marqués de Baides reunió en Concepción a los principales capitanes del ejército, todos los cuales estuvieron conformes en decidir que su ejecución causaría la ruina del país, entregándolo enteramente indefenso en manos de los revueltos araucanos. Uno de estos capitanes, el maestre de campo Alonso de Villanueva Soberal, fue enviado al Perú con encargo de representar al virrey que no era posible cumplir órdenes dictadas desde tan lejos por persona que ningún conocimiento tenía de los negocios y estado de Chile, y que para expulsar a los holandeses de Valdivia era necesario que viniesen del Perú cuantiosos refuerzos de tropas y municiones.

Los indios de Arauco se agitaban entretanto sin cesar y mantenían en perpetua alarma a las guarniciones de los fuertes de la frontera, de modo que el gobernador se veía acosado por un lado, de los tradicionales y temibles enemigos de los conquistadores y pobladores de Chile, y por otro, por el temor de perder una parte muy considerable del territorio confiado a su cuidado y responsabilidad. En medio de esta continua zozobra vivía el marqués de Baides en Concepción y de ella participaban los oficiales del ejército y los habitantes de la ciudad, tan celosos como él de la defensa y tranquilidad del reino.

Los emisarios que sin cesar se internaban en el territorio araucano en busca de noticias del sur, volvían trayéndolas absurdas y contradictorias; uno de ellos trajo a Concepción una carta de Herckemans al cacique Manqueante en la que le comunica su intención de abandonar a Valdivia por falta de víveres; pero aunque esta carta era la fiel expresión de la verdad, el marqués de Baides temió que sólo fuera una estratagema para hacer que los españoles desistiesen de hacer una expedición al sur, que ya no tendría objeto una vez abandonada Valdivia. Así transcurrieron algunos meses, hasta que se decidió el marqués de Baides a enviar desde Concepción un buque y en él al capitán Juan de Acevedo y algunos soldados que fueran en busca de noticias; este barco zarpó de Concepción el 30 de abril de 1644, seis meses cabales después del día en que los holandeses habían abandonado las costas de Chile, llegó a Valdivia con muchas precauciones y temeroso de encontrar allí a los holandeses, y dio, por fin, la vuelta a Concepción con la noticia de que había desaparecido todo peligro y estaba la costa libre de enemigos.

Comunicada esta noticia al Perú, decidió el virrey marqués de Mancera enviar una formidable expedición a las ordenes de su propio hijo don Antonio de Toledo, para que fuera a poblar y fortificar a Valdivia, antes de que volvieran los holandeses a intentar establecerse en el sitio de la arruinada ciudad. Al mismo tiempo ordenó al marqués de Baides que se dispusiera a marchar por tierra con el ejército a juntarse en Valdivia con la expedición que había de llegar del Perú a ese puerto del 15 al 20 de enero de 1645, y le mandó trescientos hombres de refuerzo. El virrey no quería omitir sacrificios de ningún género con tal de que la expedición que iba a mandar su hijo tuviera un éxito completo.

El marqués de Baides, estrechado por las órdenes del virrey, se decidió a atravesar la Araucanía con un cuerpo de tropas. En preparar esta expedición se ocupó durante el invierno y primavera de 1644, y en enero del año siguiente emprendió la marcha hacia el sur, hostilizado sin cesar por los indios, que no le permitieron llegar sino hasta las orillas del Toltén. Cincuenta años hacía que los españoles no llegaban a aquel punto; los indios, embravecidos, no parecían dispuestos a recibirlos, ni a tolerar su paso por aquellas regiones; más de un destacamento español, atacado de improviso por los indios, fue desbaratado con grandes pérdidas; de la expedición de Toledo no se sabía ni que hubiera salido del Perú. El marqués de Baides pensó que era imposible continuar hasta Valdivia, vista la resistencia que había encontrado en su camino, y determinó dar la vuelta a Concepción el 9 de febrero de 1645.

Tres días antes había llegado a Valdivia la escuadra de don Antonio de Toledo, que sin grandes dificultades pudo cumplir su misión, y volver al Perú dos meses después de su llegada, dejando en la naciente Valdivia al maestre de campo Alonso de Villanueva Soberal con novecientos soldados, cuarenta y cinco cañones y gran cantidad de víveres y municiones.

Entretanto, el rey de España, accediendo a las repetidas instancias del marqués de Baides, había decidido relevarlo del difícil gobierno de Chile, y había nombrado en su lugar al caballero vizcaíno don Martín de Mujica, que por la vía de Panamá y el Callao llegó a Concepción el 8 de mayo de 1646 y se recibió inmediatamente del gobierno.

El juicio de residencia del marqués de Baides se publicó poco después en Concepción y Santiago, y de él no resultó contra el marqués sino algún cargo insignificante. Durante su gobierno se habían comenzado a cobrar en Chile los impuestos de alcabala y papel sellado, que encontraron en el país extenuado y pobre sería resistencia.

Don Martín de Mujica fue recibido en Concepción con los honores debidos a su rango y a sus honrosos antecedentes de distinguido militar y honrado caballero. Desde que se recibió del gobierno y procuró enterarse del estado del país y de sus necesidades, comprendió que lo que exigía atención preferente y más pronto remedio era la licencia y el desenfreno descarado que reinaban en el ejército. Mujica confió la dirección de los asuntos militares al maestre de campo Juan Fernández Rebolledo, y se consagró él mismo a reprimir los delitos sin número y escandalosos desórdenes a que constantemente se entregaban los soldados y el pueblo.

«Los soldados, sin temor de Dios, dice Rosales, vivían de puertas adentro con sus mancebas y tenían por gala la picardía, por donaire la libertad, y por bizarría el hurto; y el que más caballos, bueyes, mulas e indios hurtaba era el más bizarro; el compuesto y contenido era el mayor mandria, el más despreciado. Considerando estos desórdenes tan introducidos y acreditados, convertidos en naturaleza y asentados en costumbre, y viendo que le decían que era imposible quitar los hurtos, los amancebamientos, los desórdenes, los desafíos y la libertad de la vida, puso tan grande eficacia en refrenarlos que si no los quitó del todo les puso mucho freno, y del todo quitó los desafíos y la demasía en las pendencias entre soldados, sin que osase ninguno sacar la espada en los cuarteles, porque estuvo para degollar a dos personas principales por el caso, y esto bastó para que todos en adelante se contuviesen. Lo que quitó con más eficacia fue los hurtos, de manera que no habiendo antes seguro en la campaña, caballo, buey, mula, cordero ni ternera, y haciendo la libertad de los soldados comunes los bienes con ofensión y agravio de los dueños, en pocos días reprimió de suerte esta libertad que no había quien se atreviese a tomar caballo ajeno ni a hurtar animal alguno»87.

A estos abusos debe añadirse otro que el activo gobernador Mujica se empeñó en refrenar. Mientras los fríos del invierno mantenían inactivas las tropas, pedían los soldados licencia para ir a «pertrecharse» en Santiago, Concepción o Chillán, licencia que los capitanes no negaban nunca, antes bien se aprovechaban de ella, obligando a los que la pedían a cederles una parte de lo que robaban mientras duraba la licencia. En efecto, los soldados licenciados, que eran siempre los más atrevidos y sin conciencia, se juntaban en cuadrillas y recorrían así los campos y ciudades, arrebatando a los hombres las capas y a las mujeres las mantellinas, robando los caballos e indios de servicio sin respetar ni cercos ni murallas, y seguros de que no habían de atreverse con ellos los alguaciles. Las depredaciones de todo género a que se entregaban estos soldados convertidos en bandidos y seguros de la impunidad habían llegado a ser un funestísimo azote, especialmente para Concepción, que por su proximidad a la frontera era preferida por los soldados licenciados, contra los cuales llegó a no haber nada seguro ni en las estancias, ni en la ciudad.

Don Martín de Mujica prohibió bajo las penas más severas que saliera ningún soldado de los fuertes con licencia, y amenazó con penas severísimas a los pendencieros y ladrones. Sus amenazas y los ejemplares y severos castigos que hizo aplicar a algunos delincuentes bastaron para atajar casi por completo el mal; pero como no era posible quitar enteramente las licencias, porque los soldados necesitaban realmente proveerse de vestidos y alimentos, quedó pesando sobre Concepción y Chillán el gravamen de proveerlos de cuanto habían menester. El celo de Mujica y sus acertadas y enérgicas medidas de represión le granjearon la estimación y agradecimiento del país entero.

El cabildo de Concepción, en una carta dirigida al rey en 28 de junio de 1648, le decía: «Después que ha venido don Martín de Mujica, informado de los excesos que cometían los soldados cuando bajaban a Santiago todos los años a pertrecharse, las vedó y quitó (las licencias) de todo punto, no permitiendo bajasen más a la dicha ciudad, con que la alivió y libró de las vejaciones que recibía de ellos, y vino a quedar esta pensión en los vecinos de esta ciudad y la de San Bartolomé de Chillán, como fronteras; y si bien no usan los soldados en demasiarse como cuando iban a Santiago, temerosos del castigo que les representa la severidad y celo del gobernador, todavía quedan con la carga de ayudarles con lo que tienen, sin poderlo excusar, que si no fueran por la que hallan en los vecinos de estas ciudades, acudieran trabajosamente al servicio de Su Majestad cuando el socorro que les da es tan corto».

Convencido de que la religión y sus piadosas prácticas son el más sólido fundamento de la moralidad, procuró Mujica, por cuantos medios estaban a su alcance, fomentar la piedad entre los soldados, aumentando los capellanes y estableciendo prácticas religiosas de regla en los cuarteles. Los esfuerzos del justiciero gobernador no fueron estériles, como otros análogos de algunos de sus predecesores: la moralidad y el orden volvieron a reinar en el ejército, y el pueblo, agradecido, aclamaba al gobernador en las calles y caminos, saludándole como a bienhechor insigne.

Se había hecho ya de estilo que inaugurasen los gobernadores su gobierno celebrando con los indios un solemne parlamento, cuya eficacia y provecho hemos tenido ocasión de apreciar en el curso de esta narración. Los caciques Butapichón, Lincopichón, y Chicaguala permanecían prisioneros en Concepción por disposición del marqués de Baides, y con el propósito de rescatarlos venían del interior de la Araucanía numerosos emisarios que hacían al gobernador Mujica rendidas protestas de amistad y sumisión de parte de los indios. Accediendo a estos ruegos, mandó suspender toda hostilidad contra los indios, recibió amistosamente a los caciques que llegaban uno tras otro a ofrecerle paz y sumisión, puso en libertad a los que tenía prisioneros y los envió a todos cargados de presentes para que fueran a ofrecer en su nombre la paz a los indios de Arauco.

Estas medidas de Mujica provocaron la oposición y protestas de los partidarios de la guerra sangrienta, y el gobernador, deseoso de proceder con prudencia y cordura, y después de deliberado consejo, convocó, a fines de agosto, en Concepción, una solemne asamblea que debía decidir sobre lo que más conviniera hacer. «Concurrieron a ella todos los militares de cierto rango que servían en la frontera88, y entre ellos el marqués de Baides, que se hallaba todavía en Concepción, ocho eclesiásticos, clérigos o prelados de las ordenes religiosas y algunos caciques e indios amigos, a quienes se quería dar esta prueba de consideración y de confianza. Divididos los caciques de indios amigos a una parte, y todos los nombrados a la otra, entraron a la pieza donde se hacía la junta los indios que venían a ofrecer la paz, y, hecha su propuesta, se les mandó esperar fuera; y después de haber hablado los indios amigos, quedando solos los autorizados sujetos de la junta, y controvertidas las razones de pro y contra, se dio punto fijo en admitirles las paces, y, en virtud de esta resolución fueron llamados los indios, y su señoría les prometió que le tendrían en todos sus acaecimientos propicio, porque conocía que las paces que ofrecían eran de buen corazón y ánimo, y fiaba tanto de su palabra, que enviaría persona que en sus propias tierras les hiciese saber las calidades y condiciones con que estas paces se habían de celebrar. Asintieron los indios a la propuesta del señor gobernador, y siendo regalados por su señoría, algunos días después partieron gozosos a sus tierras a esperar la última resolución de lo tratado y oír las capitulaciones que deseaban para que las paces tuvieran buen efecto»89.

La persona nombrada por el gobernador para llevar a cabo la solemne ratificación de los tratos de paz fue el viejo veedor general don Francisco de la Fuente Villalobos, que salió de Concepción en dirección a la Araucanía el 21 de septiembre, acompañado por cuatro religiosos y siete oficiales, entre ellos uno llamado Juan de Roa, que debía servir de intérprete. Mientras el veedor se internaba en la Araucanía para preparar la celebración de un nuevo parlamento, don Martín de Mujica se trasladaba a Santiago, de donde volvió en los primeros días de enero de 1647. Apenas llegó a Concepción preparó las tropas disponibles para llevarlas consigo al parlamento, y con ellas y mil indios amigos salió de la ciudad el 4 de febrero para llegar veinte días después a Quillín, en donde tuvo lugar el parlamento con la solemnidad y aparatos acostumbrados.

Don Martín de Mujica volvió a Concepción después de celebrado el parlamento de Quillín; y aprovechándose de la paz, empezaron a venir los indios a Concepción a comerciar en animales y frutos. Sucedió con esto el frecuente trato de los indios cristianos que había en la ciudad con los gentiles que acudían a ella, era ocasión de que muchos de los convertidos, incitados por los otros, volvieran a la vida salvaje y olvidaran las prácticas y enseñanzas de la fe católica, cosa que sucedía principalmente con las indias. «Ocurrían los caciques e indios principales al gobernador, dice un cronista, demandándolas con pretexto de parentesco, solicitando por este título su restitución. Aquel jefe no se detenía en semejantes condescendencias, tan opuestas al bien de la religión y del Estado y a las piadosas intenciones de nuestros monarcas, repetidas veces expresadas en las leyes de Indias. El reverendo obispo de la Concepción (Zambrano de Villalobos) se opuso viribus et armis a estos perniciosos indultos. Entraron en escandalosas competencias, y el desorden del gobierno subió tanto al punto, que mandó el prelado extender un edicto prohibiendo el regreso de los indios católicos a tierras de los que permanecen en la ciega infidelidad. Se hizo publicar en circunstancias de hallarse los dos, gobernador y obispo, en la iglesia Catedral. Se levantó aquel con arrogancia para salir del templo, pero lo contuvo el obispo con una vehemente exhortación que le hizo, y como hijo obediente de la iglesia, volvió a tomar su silla. Escuchó con humildad el edicto y la exhortación, y concluida la misa, acompañó al obispo hasta dejarle en su casa. Correspondió el prelado la visita con religiosa cortesía y se hicieron amigos en aquel momento; mas todo fue ceremonial. No tuvieron fin las desavenencias, que duraron hasta el sepulcro del gobernador»90.

Dentro del criterio católico, es indudable que el obispo de Concepción obraba impulsado por el estricto deber de evitar el que los indios cristianos perdieran el precioso tesoro de la fe que habían recibido a costa de tantos sacrificios. Por otra parte, los reyes de España habían manifestado siempre la intención de no omitir ninguna especie de trabajos para obtener la conversión de los indígenas, que los monarcas consideraban objeto principal de la conquista de América. El permitir, pues, que volvieran a la vida salvaje los indios ya convertidos al cristianismo y que comenzaban a recibir con la doctrina del Evangelio los beneficios de la civilización, era un absurdo que ninguna autoridad podía tolerar. Creemos que es este el único juicio que de los choques entre el obispo Zambrano y el gobernador Mujica puede darse.

Hallándose éste en Concepción el 26 de mayo, recibió un despacho de la real audiencia de Santiago, escrito en horas de angustias y desolación, en el que se anunciaba al gobernador que la capital del reino había sido completamente arruinada por un temblor de tierra el 13 de mayo a las diez y media de la noche.

Los horribles pormenores de la catástrofe causaron profunda sensación en Concepción, que sabía por una triste experiencia lo cruel y doloroso del azote que se había descargado sobre la ciudad hermana; desde que llegó la funesta noticia inició el gobernador una colecta de dinero entre los vecinos y en el ejército para socorrer a los desgraciados habitantes de Santiago. Esta colecta produjo ocho mil pesos, de los cuales eran dos mil dados por el gobernador de su propio peculio. A estas sumas creyó Mujica indispensable agregar algo más por ser tantas y tan urgentes las necesidades que pedían remedio, y de acuerdo con los oficiales reales puso mano en las cajas reales de Concepción y sacó de ellas seis mil pesos que se remitieron también a Santiago. No pasarían muchos años sin que tuvieran los habitantes de esta ciudad que socorrer en igual caso a los de la arruinada Concepción.

Don Martín de Mujica no pudo ir a Santiago sino a principios de octubre, porque el invierno de aquel año, excesivamente lluvioso, impedía absolutamente hacer el viaje. Las revueltas de los indios, que venían repitiéndose desde poco después del parlamento de Quillín, le obligaron a volver a Concepción a fines de noviembre, y a salir a campaña el 1.º de enero de 1648. Un fuerte ataque de gota le obligó a volver muy pronto a Concepción, dejando el mando de las tropas al maestre de campo Fernández Rebolledo, y en esta ciudad permaneció todo el año dirigiendo las operaciones militares. En abril de 1649 pasó a Santiago a atender los trabajos de reconstrucción de la ciudad, y allí murió repentinamente en los primeros días de mayo, con universal sentimiento de sus gobernados.