Selecciona una palabra y presiona la tecla d para obtener su definición.

Siguiente

Hija y madre

Drama en tres actos

Manuel Tamayo y Baus

Al Excmo. Señor don Cándido Nocedal

Cuando por mutua inclinación se acercan las almas, el cariño arraiga pronto en ellas. Nacida ayer nuestra amistad, parece hoy antigua; y así como usted se goza en ver premiados mis afanes de autor dramático, gózome en verle a usted defender con sumo talento, valor extraordinario y nobleza nunca superada sus íntimas convicciones en el revuelto campo de la política.

Y dejándome ahora llevar del imperioso anhelo que mueve al hombre a publicar sus afectos honrados y puros, olvido que la ofrenda es mezquina para quien tan grande la merece, y mi pluma, antes por mi corazón movida que por mi mano, junta en la presente obra al nombre de Cándido Nocedal el de su cariñoso amigo.

Manuel Tamayo y Baus.

PERSONAJES



LA CONDESA DE VALMARÍN.
TERESA
ELENA, bajo el nombre de María.
ANDRÉS.
DON LUIS DE GUEVARA.
EL DUQUE DE CAMPO-REAL.
JOSÉ RUIZ.
ANTONIO.
Damas, caballeros y lacayos.

La acción del primer acto, en una quinta poco distante de Madrid; y en esta villa, en casa de la CONDESA, la del segundo y el tercero.

Acto primero

Parque. A la izquierda, fachada lateral de una quinta, con dos puertas. Verja en el foro. Un banco de piedra a la derecha.

ESCENA I

La CONDESA y TERESA. Aquélla sale por la verja del foro.

CONDESA.-El Duque tiene razón: su silla de posta es más cómoda que mi coche. En ella iré yo. ¿No se nos olvida nada?

TERESA.-Creo que no.

CONDESA.-Ya sabes que saldremos de aquí a las siete en punto.

TERESA.-Ya lo sé.

CONDESA.-Llegaremos a Madrid a las diez, y así podremos descansar bien esta noche. Mañana tendremos mucho que hacer.

TERESA.-Juan es muy listo, y ya habrá repartido las esquelas de convite y arreglado la casa; pero si no te hubieras obstinado en no volver hasta hoy...

CONDESA.-Con el pretexto de convenir a mi salud los aires del campo me refugié dos meses ha en esta quinta, huyendo de mis acreedores, y no he debido regresar a Madrid sino pocas horas antes de aquella en que ha de firmarse mi contrato de boda.

TERESA.-¡Ojalá que tal hora no llegase nunca!

CONDESA.-Te empeñas en mortificarme.

TERESA.-Casándote de nuevo cometes una imprudencia. No me cansaré de repetirlo.

CONDESA.-En vano lo repites. Casada con el Duque, podré satisfacer mis deudas.

TERESA.-Y seguir cumpliendo los antojos de tu insensata vanidad.

CONDESA.-¿Sería mejor exponerme a que mis acreedores recurrieran a los tribunales en contra mía?

TERESA.-Lo mejor hubiera sido contener a tiempo tus despilfarros.

CONDESA.-¡Despilfarros! ¿Cuántas veces te he dicho que yo no he podido disponer de los bienes vinculados de mi primer esposo? Estos bienes pertenecerán a nuestra hija, si al fin parece, o a los más inmediatos herederos del Conde, y con lo que a mí me quedó...

TERESA.-Bastaba y sobraba para que no carecieras de nada necesario, ni aun de mucho superfluo. Pero te empeñaste en competir con las más opulentas damas, en asombrar con el lujo de tus trenes y la suntuosidad de tus fiestas, en ser ídolo de Madrid, ¿y qué sucedió? Lo que por fuerza había de suceder.

CONDESA.-Mala hija y esposa y madre desventurada, busqué alivio a mis remordimientos y mi dolor en ese ruido que me aturdía, en ese brillo que me ofuscaba, en esa continua agitación que iba poco a poco endureciéndome el pecho. Ya no me es posible vivir de otro modo.

TERESA.-Tu difunto era un alma de Dios; el Duque es un señorón muy encopetado, y si averiguara que tú...

CONDESA.-Basta.

TERESA.-De fijo reventaba o nos hacía reventar a nosotras, que sería peor... Tengo, de algún tiempo a esta parte, un desasosiego... Y ¡qué noche he pasado! ¡Qué soñar tan penoso! He creído ver a tu padre tal y como le vimos por última vez en La Coruña, once años ha; once años que se cumplirán dentro de una hora. Sin duda, lo habrás recordado.

CONDESA.-¡Teresa!

TERESA.-Sí, como le vimos: en la orilla del mar, tendiendo los brazos hacia la barca en que íbamos nosotras.

CONDESA.-Te he prohibido hablarme de eso.

TERESA.-¡Pobrecillo! Se habrá muerto de pena.

CONDESA.-En el mundo todo se olvida.

TERESA.-Olvidan los hijos a sus padres, y por eso tú has olvidado al tuyo; pero no los padres a sus hijos, y prueba de ello es que tú aún te acuerdas, y siempre te acordarás de tu hija.

CONDESA.-¡Oh, si no la hubiese perdido, cuán otra sería! ¡Oh, si aún viviera, si la recobrase al fin y pudiera estrecharla en mis brazos! Entonces sí que renunciaría contenta a esa pompa que ahora tanto me halaga y seduce; entonces sí que viviría dichosa en el más desierto rincón de la tierra. Don Luis: déjanos.

(Vase TERESA.)

ESCENA II

La CONDESA y DON LUIS.

LUIS.-Apostaría a que ha hablado usted de su hija con Teresa.

CONDESA.-Sí, amigo mío; tal es la causa de mi aflicción.

LUIS.-Fácil era de adivinarlo. ¿Y nunca logrará usted desechar tan funesta memoria?

CONDESA.-Cuando la muerte nos arrebata un ser querido, fuerza es acatar la voluntad del cielo, y la resignación llega al cabo; pero recuerde usted cómo perdí yo a la hija de mis entrañas. Razonablemente puedo presumir que vive todavía. Quizá la conserve en su poder el bandido que me la robó. Y ¡qué vida será entonces la suya!

LUIS.-Ea, ea, a otra cosa. Con que ¿nos marchamos a las siete?

CONDESA.-Sí, señor, a las siete. Ténganlo ustedes todo preparado.

LUIS.-Nosotros poco tenemos que preparar.

CONDESA.-¿Dónde ha dejado usted al Duque?

LUIS.-En el comedor dando cabezadas.

CONDESA.-¡Pobre señor! Esta mañana se levantaría con estrellas.

LUIS.-Él y yo hemos tenido el gusto de contemplar la salida del sol. ¡Espectáculo muy bonito!

CONDESA.-Ha sido mucha fineza en ustedes hacer un viaje esta mañana para acompañarme en el que yo he de hacer esta noche.

LUIS.-El Duque tiene de cuando en cuando muy buenas ocurrencias. Me propuso que viniera con él, y ciertamente que no había yo de desaprovechar la ocasión que se me ofrecía de volver a verla a usted antes y con antes.

CONDESA.-Es usted incorregible.

LUIS.-Usted podrá no quererme; pero impedir que yo la ame a usted y se lo diga a cada momento...

CONDESA.-¿Y si el Duque lo sabe?

LUIS.-Buen cuidado se me daría a mí de eso. Harto hago con no oponerme a que este matrimonio se verifique.

CONDESA.-Y ¿cómo podría usted estorbarlo?

LUIS.-¡Bah! Dando a mi rival una buena estocada.

CONDESA.-No me prive usted del placer de estimarle. Usted es mi único amigo.

LUIS.-Diga usted su esclavo..., su juguete.

CONDESA.-¡Don Luis!

LUIS.-Adoro a usted, y no porque adorarla esté hoy de moda en Madrid, sino porque tal es mi destino; pero conozco que yo no podría hacerla venturosa. No tema usted de mí ninguna imprudencia.

CONDESA.-Cuente usted en cambio con mi agradecimiento. ¿Y está usted seguro de lo que anoche me dijo?

LUIS.-Segurísimo. ¡Maldito dinero! Si tuviese yo el que a usted le hace falta, ¡qué pronto se acabarían estos apuros!

CONDESA.-¡Qué mujer tan inicua!

LUIS.-El que lucha, a todo se expone, y usted ha luchado con la Marquesa; la ha vencido, arrebatándole primero el crédito de que por hermosa y elegante gozaba, y después el nombre y los tesoros del Duque de Campo-Real, que consideraba ya como suyos.

CONDESA.-Lo que esa mujer ha hecho es indisculpable. Apenas puedo creerlo.

LUIS.-Pues no hay más. Un agente suyo ha comprado escrituras de préstamo firmadas por usted, y ayer recurrió a los Tribunales. Fácil es de colegir que con esto se propone la Marquesa difamarla a usted y ver si logra desbaratar, o retardar cuando menos, el enlace del Duque. Ella sabe muy bien que este señor es por extremo encopetado y meticuloso.

CONDESA.-Mañana mismo quedará pagada esa deuda; por la noche se firmará mi contrato de boda, y a fe que he de castigar tan perversa trama.

LUIS.-Lo que es en eso hará usted muy bien; pero en cuanto a lo de casarse... Vamos, no me puedo acostumbrar a la idea de que usted va a ser esposa de otro. ¡Le sentaba a usted tan bien la viudez!

CONDESA.-No diga usted niñerías.

ESCENA III

Dichos y el DUQUE.

LUIS.-¿Se ha despertado usted ya?

DUQUE.-¡Despertarme! ¿Supone usted que me he dormido?

LUIS.-Y por cierto que daba usted unos ronquiditos muy graciosos.

DUQUE.-¡Roncar! ¡Este Guevara tiene unas cosas! Cerró los ojos para poder pensar en mi dicha sin que nada me distrajera. En cuanto me case con usted, voy a ser el hombre más envidiado del mundo. ¿Verdad, Guevara?

LUIS.- (¡A mí me lo pregunta!)

CONDESA.-Siempre mereció usted fama de galante.

DUQUE.-Ahora no soy más que justo. No veo el instante de poder ufanarme con el título de esposo de usted.

LUIS.-(Hágale usted que calle, porque si no...)

(Bajo a la CONDESA.)

DUQUE.-¿Qué le dice a usted don Luis?

CONDESA.-Me pregunta si he convidado a mi boda a la Marquesa de Torralba.

DUQUE.-¡Ay, Condesa! Cuando yo tuve relaciones con esa dama no la conocía a usted. (La pobre está celosa.)

LUIS.- (¡Fatuo!)

DUQUE.-Recordará usted que, después de llegar a Madrid con el Conde su esposo, estuvo usted algún tiempo retraída del mundo con motivo de la pérdida de su hija.

LUIS.-¿A qué hablar de eso?(Al DUQUE, con enfado.)

DUQUE.-Perdone usted. He cometido una imprudencia.

CONDESA.-¡Oh, no! La llaga estará siempre abierta en mi pecho.

ESCENA IV

Dichos y TERESA.

TERESA.-Señora.

CONDESA.-¿Qué?

TERESA.-Un hombre de mala traza, con el embozo hasta los ojos, se empeña en ver a usía.

CONDESA.-Pregúntale qué quiere.

(Vase TERESA.)

DUQUE.-Será algún bribón, y querrá, sin duda, abusar de la generosidad de usted. Creo que no debe usted recibirle.

LUIS.-Y ¿por qué?

DUQUE.-¡Ya! Usted la echa de filósofo... No se desdeña de alternar con nadie...; piensa que todos debemos estar a merced de cualquier tuno que trate de aligerarnos el bolsillo o de hacernos perder el tiempo.

LUIS.-Rarezas mías, Duque.

TERESA.-Dice que necesita hablar con usía de un negocio muy importante.(Saliendo de nuevo.)

DUQUE.-¿De qué negocio ha de hablar con usted un hombre que tiene tan mala traza?

ESCENA V

Dichos y JOSÉ RUIZ.

JOSÉ.-Cada cual tiene la traza que Dios le dio, caballero.

TERESA.-Me ha seguido. ¡Qué desvergüenza!

JOSÉ.-Punto en boca, abuelita.

CONDESA.-En efecto. Podía usted haber aguardado...

LUIS.-¿Quiere usted que le haga salir más que de prisa?

JOSÉ.-¡Eh! No hay que amostazarse. ¿Me conoce usía?

(Desembozándose y acercándose a la CONDESA, que retrocede al verle.)

CONDESA.-¡Jesús! ¿Qué veo? ¿Es posible?...

TERESA.-Sí, no hay duda; bien presente tengo yo esa cara de condenado.

JOSÉ.-No vale poner motes, mi alma.

CONDESA.-¿Eres José Ruiz?

JOSÉ.-El mismo que viste y calza, señora.

CONDESA.-¡Dios mío!... ¿Es esto un sueño?...

DUQUE.-Pero ¿se puede saber...?

CONDESA.-Ese hombre..., ése fue el que me robó a mi hija.

DUQUE.-¡Cómo! ¿Éste?...

CONDESA.-Mil diligencias se practicaron inútilmente en busca suya, y ahora...

JOSÉ.-Vea usía cómo, cuando Dios quiere, las cosas se vienen a la mano.

TERESA.-Que le prendan, que le prendan al punto. ¡Favor, socorro!

LUIS.-No se escapará.

JOSÉ.-Señora, mande usía a esa vieja que calle, y a este señorito que me suelte. Yo vengo de paz; más: vengo a hacer un favor.

CONDESA.-Sí, déjenle ustedes; y tú habla, o teme el justo castigo de una madre que es tan desgraciada por culpa tuya.

JOSÉ.-Pues, como iba diciendo, hará ocho años, pico más, pico menos, que yo con mi gente asalté un coche en un camino de Andalucía.

CONDESA.-Y no encontrando lo que sin duda esperabas, decidiste quedarte con mi hija hasta tanto que a lugar convenido se te llevase una crecida cantidad de dinero.

JOSÉ.-Cabales: así pasó la cosa sin quitarle ni ponerle.

DUQUE.-¡Y lo confiesa de buenas a primeras el muy descarado!

JOSÉ.-¡Toma! Pues si es verdad.

LUIS.-Serénese usted, amiga mía. Yo le interrogaré.

CONDESA.-No nos interrumpan ustedes. Y di, cruel, di, ¿por qué no esperaste al emisario nuestro, que fue a llevarte la cantidad que habías exigido?

JOSÉ.-Porque ni pude esperar, ni estaba en mi mano devolver a la chica.

CONDESA.-¿Por qué? Habla: dilo. No, no; si has de decirme que murió, vete y no me lo digas.

JOSÉ.-No diré yo tal cosa: que tal como a usía se la quité salió de mis manos el angelito.

CONDESA.-Explícate pronto, pronto, por piedad.

JOSÉ.-A las cuatro o cinco horas de haber tenido yo el grandísimo gusto de ver esa cara, de cielo...

DUQUE.-¿Pues no se atreve a requebrarla?

JOSÉ.-¡Sosiegue usted el pecho, señor, que no me la comeré con la vista!

CONDESA.-Sigue, no te detengas.

JOSÉ.-Pues, como digo, aquella misma noche topamos con uno que, al parecer, no merecía que le registráramos la bolsa; pero recordando que debajo de una mala capa suele ocultarse un buen bebedor, procedimos a esta operación; y en ella estábamos cuando, como si brotase de debajo de la tierra, se nos encaja encima una partida de tropa que, sin duda, emboscada nos aguardaba. El zipizape que allí se armaría no hay para qué explicarlo. Tuve un mal pensamiento, y ya iba a saciar mi coraje en la criatura que llevaba en los brazos...

CONDESA.-¡Oh!

JOSÉ.-Cuando el tal de que he hablado a ustedes me dio con un guijarro en la frente, y ahí está la señal que no me dejará mentir; me quitó la niña y apretó a correr en dirección opuesta a la que nosotros y la tropa temamos.

CONDESA.-Y ese hombre, ¿cómo se llama, quién es, dónde está, dónde podré hallarle?

JOSÉ.-Casualmente le he vuelto a ver, y al instantito le he conocido por varias circunstancias que yo me sé.

CONDESA.-¿Y mi hija?

JOSÉ.-Es, o mucho me engaño, una que va con él.

CONDESA.-Y ¿qué tardas? ¿Dónde está ese hombre? Yo misma iré a buscarle.

JOSÉ.-Por lo visto, a usía le interesa mucho averiguar el paradero de la chavala.

CONDESA.-¿Eso me preguntas ahora? ¿No sabes que es mi hija? Devuélvemela, y pide en cambio lo que quieras.

JOSÉ.-A pedir he venido, que la ocasión ha de cogerse por los cabellos, y ayúdame y te ayudaré...; y toma y daca...; y...

LUIS.-¿Hasta cuándo va a durar esta letanía? Hable usted, o ¡vive Dios!...

JOSÉ.-Déjese usted estar, señorito, que nadie nos corre. He sido ladrón, pero no tengo sobre mi conciencia una mala muerte. Acabo de pasar tres meses seguidos con mi madre, que es una viejecilla muy guapa, que anda con la barba por el suelo y que me quiere más que a las telas de su corazón. Tanto me ha sermoneado y tanto ha hipado la pobre..., que, la verdad..., no me da vergüenza decirlo, me ha metido en ganas de cambiar de bisiesto y hacerme hombre de bien. Pero si yo me asomo por esos mundos pueden bonitamente echarme la garra, y el hijo de mi madre no nació para verse colgado como los melones. Con el aquel de evitar esta contingencia he pedido mi indulto, y como no tengo ni una rata que me favorezca en Madrid, aprovechando las circunstancias, he dicho para mi capote: Pues, señor, vámonos a buscar a mi señora la Condesa, y a proponerle que sea mi madrina y me saque el indulto; en cambio de lo cual yo le descubriré el nombre del que se llevó la chiquita, cuál es su modo de vivir, dónde, sobre poco más o menos, se podrá darle caza, y todo lo que se me pregunte y un poco más.

CONDESA.-Bien: te juro hacer lo que me pides. Esta tarde salgo para Madrid; mañana me arrojaré a los pies del mismo Rey, y muy pronto quedarás indultado.

JOSÉ.-Pues trato hecho. También yo marcho a Madrid, y enviaré por la razón a casa de usía.

CONDESA.-Sí; pero dime antes lo que deseo.

JOSÉ.-Lo que es eso, nequáquam, señora, porque están verdes.

LUIS.-¿Desconfías de la palabra de la Condesa?

TERESA.-¿Y quién nos asegura que cuanto él nos ha contado no es un embrollo?

DUQUE.-Tiene razón Teresa.

JOSÉ.-No hay en toda España, sin agraviar a nadie, un ladrón tan honrado como yo. ¿Ve usía (A la CONDESA.) este escapulario en que está pintada la Virgen de las Angustias? Pues juro por su nombre santísimo que mi boca en esta ocasión ha sido boca de verdades.

CONDESA.-Te creo; pero sé clemente y no dilates mi ansiedad y mi pena. Por esa Virgen te lo suplico; y si es preciso, te lo suplicaré de rodillas.

DUQUE.-¿Qué hace usted, señora?...

JOSÉ.-Puede usía creer que esas lagrimillas me han traspasado el corazón, que lo tengo muy blando; y con esto, y para no cansar más, aquí sobra uno.

LUIS.-No saldrás, villano, y al punto te pondremos en manos de la justicia.

JOSÉ.-Me rindo a discreción, señorito. Ni un alfiler traigo encima. Haga usted lo que guste; pero entonces, tan cierto como que todos nos hemos de morir, y colmo que hay un Dios en el cielo, que no diré ni una palabra, y la muchacha no parecerá nunca.

CONDESA.-Déjenle ustedes; que se vaya, que haga lo que quiera. Y ¡ay de él si me engaña!

JOSÉ.-¿Pues no ha visto usía que he jurado por la Virgen de las Angustias?

CONDESA.-Prométeme que te hallaré mañana en Madrid.

JOSÉ.-Iré a Madrid, y allí sabrá usía mi escondite, que yo no desconfío de la gente de calidad. Con que hasta mañana, madrinita mía. Salud y pesetas, caballeros. Con Dios, abuela.

(Vase por el foro derecha.)

ESCENA VI

Dichos, menos JOSÉ RUIZ.

CONDESA.-¡Qué felicidad! Tenía por imposible recobrar a mi hija, y ahora confío en volverla a ver.

DUQUE.-Advierta usted, Condesa, que antes es preciso lograr el indulto de ese bribón; y la vindicta pública...

CONDESA.-Si algún obstáculo se presentase, a una todos procuraríamos vencerle.

LUIS.-¡Y no faltaba más sino que no pudiésemos alcanzar cosa de tan poca importancia!

CONDESA.-Ya lo dije: hablaré al Rey, me echaré a sus plantas y accederá a mis ruegos. ¡Es tan elocuente la voz de una madre! Y tú, Teresa, ¿por qué callas? ¿No confías también tú en abrazar de nuevo a la desdichada criatura por quien tantas lágrimas hemos vertido?

TERESA.-¡Ay, señora de mí alma, yo estoy que se me puede ahogar con un cabello!

DUQUE.-Hace usted mal en prometérselas tan felices.

CONDESA.-No habrá dispuesto Dios lo que acaba de suceder para quitarme de nuevo la esperanza. Sígueme, Teresa. Vamos a enterarnos de si está ya todo preparado para el viaje. No veo el instante de llegar a Madrid.

DUQUE.-Abríguese usted bien. Este otoño es muy fresco.

CONDESA.-La recobraré, sí. No debo, no quiero dudarlo.

(Vase con TERESA por la primera puerta de la izquierda.)

ESCENA VII

DON LUIS y el DUQUE; después, ANDRÉS y MARÍA.

DUQUE.-Esta señora va a perder la cabeza.

LUIS.-No es para menos lo que le pasa.

DUQUE.-Sí, ciertamente... ¿Quién se había de figurar?...

(ANDRÉS y MARÍA se detienen junto a la verja del foro, y aquél toca la gaita.)

LUIS.-Vea usted: ya tenemos música para solemnizar el acontecimiento.

DUQUE.-El diablo que la resista.

LUIS.-¡Pobre gente!

DUQUE.-¡Eh! Váyanse al punto.

LUIS.-Mire usted qué linda es la chiquilla.

DUQUE.-Sí, lo será; pero, por todos los santos, que callen.

LUIS.-Basta de música: se os pagará por que no toquéis.

MARÍA.-Entonces, mejor que mejor.

(Acercándose. ANDRÉS permanece en el foro.)

LUIS.-¿Qué malos vientos os traen por aquí?

MARÍA.-De Madrid venimos, y vamos adonde nos lleven los pies; y de esta manera nos ganamos el sustento por el camino.

LUIS.-¿Y como cuánto querrías tú que te diésemos?

MARÍA.-Si es que nada me ha de dar su merced, mal hace en engañarme.

LUIS.-Desconfiada eres, muchacha.

MARÍA.-Un poquillo, que viviendo se aprende.

LUIS.-Sí, que tú has vivido mucho. ¿Cómo te llamas?

MARÍA.-María, para servir a Dios y a su merced. Con que, ¿hay algo para nosotros?

LUIS.-Ya te he preguntado que con cuánto te darías por satisfecha.

MARÍA.-Vamos, señor, déme lo que guste y no me tiente la codicia.

LUIS.-Lo que me pidas ofrezco darte.

MARÍA.-¿Y si pido mucho?

LUIS.-No importa.

MARÍA.-Pues vengan dos reales.

LUIS.-Vayan veinte. (Dándole un duro.)

MARÍA.-¡Veinte! ¿Qué, de veras todo esto es para mí?

LUIS.-Sí, hermosa.

MARÍA.-¡Un duro! ¡Un duro! ¡Qué alegría! Pero no; esto debe ser demasiado. Tenga usted ahí. (Devolviéndole el duro y yendo hacia donde está ANDRÉS.)Padre, aquel caballero quiere darme un duro; ¿le tomo?

ANDRÉS.-Tómale, hija mía, y besa la mano a ese señor por el bien que nos hace.

MARÍA.-Pues venga el duro, y ahí va el beso.

LUIS.-Ahí va el duro de balde. (Resistiéndose a que MARÍA le bese la mano.)

MARÍA.-¡Qué buen corazón! ¿Nos permite su merced descansar un ratito a la sombra de estos árboles? ¡Hay aquí tantas flores!...

LUIS.-Descansad en hora buena.

MARÍA.-Y bien que lo necesita mi pobre padre.

(Va en busca de ANDRÉS y le trae de la mano hacia el proscenio.)

LUIS.-Apuesto a que no han comido en todo el día los infelices.

DUQUE.-Y si va usted diciendo amén a cuanto se le antoje a la niña...

LUIS.-Pero ¿no ve usted qué graciosa es?...

(ANTONIO y otros dos criados salen de la quinta con bultos de equipaje.)

DUQUE.-¡Eh, Martín! (A uno de los criados.) El abrigo de don Luis y el mío dentro de la silla, por si hacen falta.

(Vanse los criados por la verja del foro.)

MARÍA.-Ea, padre siéntese usted, que estos señores lo permiten. (Haciéndole sentar en un banco.)

LUIS.-Ese hombre está exánime.

DUQUE.-Los pordioseros tienen muchas camándulas.

LUIS.-Di, niña (MARÍA se acerca a él.) ¿qué le pasa a tu padre? ¿Está enfermo?

MARÍA.-No, señor; está como alelado de resultas de una pena muy grande, que en tal día como hoy se le aumenta todos los años.

LUIS.-¿Por qué?

ANDRÉS.-¿Por qué?... ¡Ay, señor, porque tal día como hoy, once años ha, perdí..., todo lo perdí, todo!

DUQUE.-De cierto va a contarnos que perdió su caudal.

MARÍA.-No, señor; que lo que perdió fue una hija muy bonita, a quien quería más que a las niñas de sus ojos.

DUQUE.-Y qué ¿aún llora a la difunta?

MARÍA.-Ca; si no murió.

DUQUE.-Pues no entiendo...

MARÍA.-La muy pícara se le escapó de casa.

LUIS.-¡Hola, hola!

DUQUE.-(¡Qué cotorra es la niña!)

MARÍA.-Y él ha dado en la manía de que la ha de buscar por toda la tierra.

LUIS.-¡Coincidencia más rara!

DUQUE.-En efecto: hoy llueven niños perdidos. No sé qué gusto tiene usted.

(DON LUIS, sin hacerle caso, se acerca a ANDRÉS, que permanece inmóvil sentado en el banco.)

LUIS.-Ánimo, buen viejo; por esta chica se ya lo que a usted le pasa.

ANDRÉS.-Y ¿qué, me compadece usted, verdad?

LUIS.-¿Cómo no, si es usted desgraciado? ¿Quiere usted contarnos sus penas?

ANDRÉS.-Si, señor; si usted quiere oírlas...

DUQUE.-Pero, hombre...

LUIS.-Este es un entretenimiento como otro cualquiera. Ya escucho.

ANDRÉS.-Vera usted, señor, verá usted qué suerte tan mala he tenido siempre. No conocí a mis padres, y en un pueblo de Galicia criáronme gitanos, de quienes huí en cuanto pude. La mujer que fue, mía luego, murió haciendome padre. ¿Oye usted esto? ¡Fui padre! Padre de una niña tan hermosa, que la gente se paraba embelesada en medio de la calle al verla pasar. Bendijo el cielo mis afanes, y pude tenerla tan compuesta como una señorita y darle educación esmerada. Acababa de cumplir dieciséis años, y un día... ¡Qué día!... La busqué por todas partes; la aguardé en vano... ¡Ay, pobre de mí! Había huido, señor; había abandonado a su padre.

LUIS.-¿Por qué motivo?

ANDRÉS.-Sólo pude averiguar que de cuando en cuando venía al pueblo un caballero desconocido, que no paraba en él más que una o dos horas, y que se lo había visto hablar con mi hija.

MARÍA.-¡Por un novio dejar a su padre! Ya ve usted qué alhaja sería la criatura.

ANDRÉS.-Di parte a la justicia. Todas las pesquisas fueron inútiles. Buscábala también yo, y un día, estando en La Coruña a la orilla del mar, la vi en una barca con un joven y con la mujer que la cuidaba, y que había desaparecido al mismo tiempo que ella. Grité como loco, y creí notar que los marineros remaban más de prisa. Los tres infames subieron a un bergantín, y el bergantín al momento se dio a la vela. Lo que entonces sentí no puedo explicarlo; pero lo cierto es que me arrojé al agua como para seguir al buque maldito que se llevaba a mi hija.

DUQUE.-¡La ocurrencia fue singular!

(Riendo. DON LUIS le mira con desdén.)

ANDRÉS.-Medio ahogado me sacaron del mar unos pescadores. Supe que aquella embarcación había salido para Cádiz. Allá me fui.

LUIS.-¡Buen salto!

ANDRÉS.-En Cádiz no logré hallarla. A otra parte..., a otra..., a otra. He recorrido ya casi todas las ciudades principales de España. ¡En todas pregunto por mi hija a cuantos me quieren oír! Miro a cuantos se asoman a los balcones, a cuantos entran en las iglesias, a cuantos acuden a las diversiones públicas, a cuantos van por las calles y los paseos... ¡Y riada! ¡Ni María ni su raptor, ni la mujer que la acompañaba! ¡Ninguno de los tres, ninguno! Ahora vengo de Madrid. Voy... no sé adónde. Y seguiré buscándola en vano. Pero nunca dejaré de buscarla. Dios me ha maldecido. Mi hija no parece. Otro cualquiera en mi lugar ya se hubiera muerto de pena, y yo ni eso: ni siquiera morirme. (Llorando.)

LUIS.-Vamos, vamos, tranquilícese usted. Quién sabe si algún día...

ANDRÉS.-¿He dicho que no la encontraré? Pues mire usted, he mentido. Juraría que he de encontrarla.

LUIS.-Y esta chica, ¿es también hija de usted?

ANDRÉS.-Sí, sí, señor: ésta es una perla, un ángel del cielo.

LUIS.-Pues ponga usted en ella todo su cariño paternal, y olvídese de la que le habrá olvidado sin duda.

MARÍA.-Eso le digo yo: que me quiera a mí solita.

LUIS.-Cuando las cosas no tienen remedio...

ANDRÉS.-¿Y quién piensa que ésta no lo tiene? Vaya si lo tendrá. Estoy yo muy convencido de que un día u otro he de encontrarla. Hasta hoy han sido vanos mis esfuerzos; no importa: seguiré buscándola mientras me dure la vida. Y si al fin la encuentro, juro a Dios... Mire usted, señor, la verdad es que si la encuentro, lo que haré yo será perdonárselo todo; y entonces sí que me moriré... de alegría, señor, de alegría.

LUIS.-¡Pobre viejo!... Pero ¿qué es eso..., qué tiene usted? (Viéndole vacilar y buscar apoyo.)

MARÍA.-¡Qué ha de tener! Que hoy no ha querido probar bocado.

LUIS.-Antonio

(A ANTONIO, que vuelve.)

, llévalos a la cocina, y que les den algo de comer.

ANDRÉS.-No... Ya se me va pasando el vahído...

LUIS.-Vaya usted, buen viejo; también tú, chiquilla.

MARÍA.-¡Ca!, no..., señor, muchas gracias.

LUIS.-Hagan ustedes lo que se les dice.

MARÍA.-¡Ya!... Si usted nos lo manda...

LUIS.-Lo mando.

MARÍA.-Pues chitito..., y a comer, padre.

ANDRÉS.-Dios se lo pague a usted, caballero.

MARÍA.-Lo que es otro señorito como usted, ni con un candil que se le buscara.

(Vanse por la segunda puerta de la izquierda. Empieza a anochecer.)

ESCENA VIII

El DUQUE y DON LUIS; a poco, la CONDESA.

DUQUE.-Usted, amigo, dispone aquí como si estuviera en su casa.

LUIS.-Por bien hecho dará la Condesa lo que acabo de hacer.

DUQUE.-¡Cuidado con estarse media hora hablando con un gaitero!...

LUIS.-Y usted, ¿por qué no se ha ido?

DUQUE.-Al fin picó mi curiosidad el demonio del hombre con los disparates que nos ha referido. También esta gentecilla quiere echársela de sensible.

LUIS.-Mire usted, Duque: no todos tienen medios para gozar en el mundo, pero corazón para amar y padecer a nadie le falta.

CONDESA.-Los coches están enganchados y es hora de partir. (Entrando por la primera puerta de la izquierda.) Con que prepárense ustedes.

DUQUE.-Yo ni siquiera tengo que volver a entrar en la quinta. Mi criado Martín ha llevado ya a la silla de posta cuanto nos pertenece a don Luis y a mí.

LUIS.-Ruego a usted, Condesa, que me perdone lo que en su casa acabo de hacer.

CONDESA.-Y sepamos: ¿qué es lo que usted ha hecho? (Con tono festivo.)

LUIS.- He dispuesto que den de comer a un gaitero y a una muchacha que han venido pidiendo limosna.

CONDESA.-Por tal atrevimiento no cuente usted con mi perdón, sino con mi gratitud.

DUQUE.-Este señor filántropo se ha estado aquí rato no corto departiendo mano a mano con ese vagabundo.

LUIS.-El cual, vea usted qué singular coincidencia, se halla en el mismo caso que usted.

CONDESA.-¿Cómo así?

LUIS.-Como que también anda buscando a su hija.

CONDESA.-¿A su hija?

DUQUE.-Que se le escapó con un amante.

CONDESA.-¿Sí?

DUQUE.-Años ha. No recuerdo cuantos ha dicho.

LUIS.-Y desde entonces va el infeliz mendigando de pueblo en pueblo, empeñado en hallarla.

DUQUE.-Otros con menos motivos estarán encerrados en una casa de locos.

CONDESA.-¿De dónde vienen?

LUIS.-Ahora, de Madrid. Cuando se quedó sin la doncellita menesterosa habitaba en Galicia.

CONDESA.-¡En Galicia!

LUIS.-¡Eh!... Ese grito...

DUQUE.-Se ha puesto usted muy pálida.

CONDESA.-¡Estoy tan nerviosa!... La venida de José Ruiz... La esperanza de recuperar a mi hija... El temor de un nuevo desengaño... No es nada, nada. Se hace tarde. A partir.

DUQUE.-¿Irá usted en la silla?

CONDESA.-Sí, sí, señor.

DUQUE.-Pues voy a ver por mí mismo si todo está bien arreglado.

(Vase por la verja del foro.)

LUIS.-Yo subo a mi cuarto por un solo momento.

(Vase por la primera puerta de la izquierda.)

ESCENA IX

La CONDESA; después. MARÍA.

CONDESA.-Ese hombre... Lo que de él han contado... ¿Qué debo pensar? ¿Me arrebató acaso el cielo a mi hija porque yo abandoné a mi padre, y no quiere devolverme a la una sin que el otro...? ¡Bah! Después de tanto tiempo... A ese anciano le habrá ocurrido lo mismo que a mi padre. No soy yo la única mujer que ha huido del suyo. ¿Y he de quedarme con esta duda, con esta horrible zozobra? Averiguaré, la verdad. ¿Para qué? Segura estoy de que mis temores son infundados, y por una vana aprensión no he de retardar mi viaje. Iba a partir. Partiré. Si, partiré al punto. Es lo mejor.

MARÍA.-¡Ah!, ya se han ido...

CONDESA.-¿Quién eres tú? ¿Qué haces en esta casa?

MARÍA.-Perdóneme usted, señora, creí...

CONDESA.-¿Qué? Dilo.

MARÍA.-(No, no se le parece al otro.)

CONDESA.-¿Qué rezas entre dientes?

MARÍA.-¿Es delito rezar?

CONDESA.-¿Te burlas?

MARÍA.-No, no, señora; líbreme Dios.

CONDESA.-Quién eres te he preguntado ya.

MARÍA.-Y ya hubiera yo respondido si usted no me estuviese mirando con esos ojos tan relucientes.

CONDESA.-Habla.

MARÍA.-Soy la hija del gaitero, a quien ha socorrido un señorito muy bueno y muy guapo que encontramos aquí.

CONDESA.-¡Ah! ¿Ese vagabundo es tu padre?

MARÍA.-Sí, señora.

CONDESA.-¿Pues no dicen que anda buscando a su hija?

MARÍA.-Y dicen bien.

CONDESA.-¿Con que ha tenido más de una?

MARÍA.-A la cuenta.

CONDESA.-(Mi padre, cuando le abandoné, no tenía más hija que yo.) ¿Y por qué estáis aquí todavía?

MARÍA.-Ya nos vamos.

CONDESA.-Sí, marchad en seguida, en seguida. ¿Lo oyes?

MARÍA.-No soy sorda, a Dios gracias.

CONDESA.-(Me alarmé sin motivo. Necia he sido de veras.)

(Procurando recobrarse y dirigiéndose a la quinta.)

ANDRÉS.- (Dentro.)¡María!

CONDESA.-¡Ah! (Deteniéndose y dando un grito de espanto.)

MARÍA.-No se asuste usted, que es mi padre.

CONDESA.-¿María te llamas?

MARÍA.-Sí, señora, María.

CONDESA.-(¡Otro desatino! Pues no me había figurado...)

ANDRÉS.-¡María!

CONDESA.-¿Con que os marcharéis?

MARÍA.-Sí, señora, sí.

CONDESA.-No os detengáis ni un solo instante.

MARÍA.-Está bien: nos iremos corriendo.

CONDESA.-(¡Qué susto! Cuando la conciencia no está tranquila...) (Éntrase por la primera puerta de la izquierda.)

MARÍA.-¡Jesús, qué pícara mujer!

ESCENA X

ANDRÉS y MARÍA.

ANDRÉS.-¡María! ¡María! (Saliendo por la segunda puerta de la izquierda.)

MARÍA.-Pero ¿no me ve usted?

ANDRÉS.-Si no te llamo a ti, criatura. Si llamo a la otra...

MARÍA.-¿A qué otra?

ANDRÉS.-A mi hija..., a mi hija verdadera.

MARÍA.-Vámonos al momento, padre.

ANDRÉS.-¿Estás en tu juicio? ¡Irme ahora!

MARÍA.-No sea usted terco, que aquí corremos peligro.

ANDRÉS.-¿Pero no ves cómo río y cómo lloro de contento? El corazón no me engañaba. ¡Dios eterno, tú no abandonas a los pobres desventurados!

MARÍA.-¡Pues sucedió lo que me pensaba! Ya le decía yo a usted que no bebiese tanto.

ANDRÉS.-Si no es eso...: si es que ya la encontré; que ya encontré a mi hija; no lo dudes, a la hija de mi corazón.

MARÍA.-Usted, por querer quitarse las penas...

ANDRÉS.-No me desesperes. Te digo que la he visto, como a ti te estoy viendo. Al pasar por delante de una habitación en que había luz... Por poco me caigo redondo. Se me figuró que era ella misma... Luego vi que era una pintura..., un retrato..., un retrato suyo..., y no me detuve más: eché a correr, llamándola a gritos.

MARÍA.-¡Dios mío! ¿Será cierto?

ANDRÉS.-Mentira parece, pero te juro que es verdad. ¡Qué contenta se pondrá la pobre en cuanto me vea!

MARÍA.-Una señora ha estado aquí hablando conmigo.

ANDRÉS.-Ella, tal vez...

MARÍA.-No lo quiera la Virgen Santísima, que la tal señora tiene traza de no ser nada buena.

ANDRÉS.-Entonces no era ésa mi hija. Pronto daré con ella.

MARÍA.-¡Ojalá! Pero... ¡pobrecita de mí!

ANDRÉS.-¿Por qué, criatura?

MARÍA.-Porque ahora no me va usted a querer ni tantico.

ANDRÉS.-¡No quererte yo a ti, lucero de mis ojos! ¡A ti, por quien vivo aún; a ti, por quien puedo volverla a ver!... Pero, corramos..., corramos en su busca. Ven... Sígueme.

MARÍA.-Tengo miedo sin saber por qué.

ANDRÉS.-¡María, hija!... ¡Aquí estoy!... ¡Aquí está tu padre!...

(Gritando y dirigiéndose hacia la primera puerta de la izquierda. TERESA, que sale por esta misma puerta con una bolsa en la mano y ataviada como para ponerse en camino, tropieza con ANDRÉS.)

ESCENA XI

Dichos y TERESA; después, la CONDESA, DON LUIS y el DUQUE.

TERESA.-¡Eh! ¿No tiene usted ojos en la cara?

ANDRÉS.-¡Teresa!

TERESA.-¡Madre de Dios!

ANDRÉS.-(A MARÍA.) ¿Ves cómo te decía verdad?

TERESA.-(Retrocediendo.) ¡Si será alma del otro mundo!...

ANDRÉS.-¡Infame! Tenía pensado acabar contigo...

TERESA.-¡Andrés!

ANDRÉS.-No temas: todo lo olvido. Pronto, ¿dónde está?

TERESA.-(¡Qué apuro!)

ANDRÉS.-Habla. Si no la veo pronto, voy a morirme antes de verla.

MARÍA.-Vamos, hable usted, que mi padrecito se pone malo.

ANDRÉS.-(Amenazándola.) ¿Dónde está? Responde, o te mato.

TERESA.-¡Oh!

MARÍA.-(Deteniéndole.) ¡Padre!

ANDRÉS.-Di.

TERESA.-Aquí está.

MARÍA.- (Saltando de gozo, como para alegrar a ANDRÉS.)¿Oye usted? ¡Viva! ¡Viva!

ANDRÉS.-¡Ay! A mí me va dar algo... No, no, Dios santo, no me mates ahora.

TERESA.-¡Ya vienen!

MARÍA.-Mire usted: allí.

ANDRÉS.-(Viendo aparecer a la CONDESA, y cayendo al suelo sin sentido.) ¡Oh! ¡Mi hija!

CONDESA.-(Saliendo con sombrero y abrigo por la primera puerta de la izquierda; DON LUIS viene con ella.) ¡Mi padre!

LUIS.-¡Eh! ¿Qué dice usted?

DUQUE.- (Presentándose en la verja del foro.)¿Vamos?

CONDESA.- (Bajo, a DON LUIS. Vacila un momento, y luego se dirige hacia el foro.)¡Silencio!

FIN DEL ACTO PRIMERO

Acto segundo

Sala amueblada lujosamente en casa de la CONDESA. Puerta en el foro y otras laterales.

ESCENA I

La CONDESA y TERESA; a poco, ANTONIO.

TERESA.- (Desde la puerta del foro.)Ya está ahí Antonio.

CONDESA.-Que venga. ¿Tendré que avergonzarme también en presencia de un criado mío?

ANTONIO.-(Saliendo a una señal que TERESA le hace.) ¿Ha descansado usía del viaje?

CONDESA.-Sí. ¿Tú acabas de llegar?

ANTONIO.-En este momento.

CONDESA.-Di: ¿qué, ha sido de aquel gaitero que quedó en la quinta desmayado?

ANTONIO.- Hice lo que usía mandó, y poco después recobró el sentido; pero no del todo, porque miraba como demente a uno y otro lado, preguntando a voces: «¿Dónde está, dónde está?» «La señora Condesa de Valmarín se ha marchado», le respondí yo. «Sí, padre, se ha marchado», exclamó, llorando, la niña que la acompañaba. «¿Por dónde?» «Por allí.» Y echó a correr como alma que se lleva el demonio.

CONDESA.-Vete.

(Vase ANTONIO.)

ESCENA II

La CONDESA y TERESA; después, ANTONIO.

CONDESA.-Nada se ha descubierto aún; pero mi padre sabe el nombre que llevo.

TERESA.-Y ¿qué recurso nos queda si viene aquí?

CONDESA.-Negar.

TERESA.-¿Negar yo después de haberle conocido en la quinta?

CONDESA.-Negarás, Teresa, y, si es preciso, jurarás que no le conoces.

TERESA.-¿Tendrás tú valor para rechazarle?

CONDESA.-Ya que sé cómo vive, cuidaré en lo sucesivo de remediar su indigencia por segunda mano; pero si ayer le dejé desmayado en el suelo, ¿para qué no tendré valor? Ganemos tiempo. En cuanto me case y recupere a mi hija, haremos un largo viaje por países extraños; y si me fuera posible no volver nunca a España...

TERESA.-El corazón me dice que en vano querríamos seguir ocultando la verdad. Créeme: no te cases: basquees a tu padre sin dilación; vámonos a nuestra tierra; vivamos allí en paz. Esto es lo acertado; esto sólo.

CONDESA.-Más audacia tenías cuando, sobornada por el Conde, me aconsejabas que le siguiese. Un poco más de resolución ahora, Teresa, y ayúdame a evitar el peligro de que estoy amenazada.

TERESA.-¡A don Luis ya no se le puede engañar! Es joven, atolondrado, y con una sola palabra que se le escape.

CONDESA.-Don Luis callará. Para obligarle a ser prudente. hice como que le confiaba un secreto que él en realidad descubrió.

TERESA.-Tu obstinación no tiene disculpa.

CONDESA.-Te engañas. ¿He de bajar voluntariamente desde la altura en que me hallo a tan hondo abismo? ¡Cómo se burlarían de mí las ilustres damas que ahora me envidian! ¡Cuál se gozaría en mi infortunio la Marquesa de Torralba, esa depravada mujer, que, arriesgando su dinero, intentaba promover un escándalo que me infamase! Recuerdo que el Conde para casarse conmigo puso por condición que yo nunca revelara mi origen. ¿He de faltar a mi promesa, manchando el esclarecido nombre de quien tan hidalgamente cumplió la suya? Y hoy, hoy que espero recobrar a mi hija, ¿he de publicar mi oprobio, que se reflejaría en ella? No, Teresa, no. Lucharé, me defenderé. Ya el agente de la Marquesa ha recibido el importe de la deuda cuyo pago me reclamaba judicialmente. Esta noche, el baile en que se firmará el contrato de mi boda con el Duque. Mañana seré rica. Adelante: a todo estoy resuelta, venga lo que viniere.

ANTONIO.-(Desde la puerta del foro.) El señor Duque de Campo-Real.

(Vanse ANTONIO y TERESA.)

ESCENA III

La CONDESA y el DUQUE.

DUQUE.-¡Albricias, Condesa, albricias!

CONDESA.-¿Ha visto usted al Rey?

DUQUE.-Acabo de verle.

CONDESA.-¿Concede la audiencia que para mí le habrá usted pedido?

DUQUE.-Concede el indulto.

CONDESA.-¿De veras?

DUQUE.-Le ha interesado tanto la desgracia de usted, que, sin vacilar un punto, resolvió complacernos si, con efecto, ese truhán no ha matado a nadie.

CONDESA.-¡Bendito Dios!

DUQUE.-Dichosamente estaba allí el ministro de Gracia y Justicia, y quizá hoy mismo quede despachado el asunto.

CONDESA.-José Ruiz me ha escrito.

DUQUE.-Y aun ha hecho más Su Majestad.

CONDESA.-Me dice el sitio en que a cualquier hora podremos hallarle.

DUQUE.-Su Majestad asegura que no ha visto nunca mujer más hermosa que usted.

CONDESA.-¡Cuánta bondad!

DUQUE.-Y como siempre me ha tenido a mí particular estimación, quiere apadrinarnos.

CONDESA.-¡El Rey padrino de mi boda!

DUQUE.-Ya el Conde, mi primo, no puede serlo sino en nombre de Su Majestad.

CONDESA.-(Si ahora se descubriese...)

DUQUE.-Pero ¿qué tiene usted? Parece que tan fausta nueva la asusta en vez de alegrarla.

CONDESA.-Tamaña honra me alegra y me asusta al par.

DUQUE.-Sí... ¡Una honra tan grande!... También yo... Voy, voy al momento a participar a mi primo esta soberana resolución.

ESCENA IV

Dichos y DON LUIS. Éste sale corriendo muy azorado y se detiene al ver al DUQUE.

LUIS.-¡Oh! (¡El Duque!)

DUQUE.-¿Qué trae usted, amigo?

LUIS.-¿Yo? Nada... A los pies de usted, Condesa.

CONDESA.-Bien venido, Guevara.

LUIS.-(¡Qué contratiempo!)

DUQUE.-A usted algo le ha sucedido.

CONDESA.-(Bajo, a DON LUIS, con ansiedad.) (¡Que hay?)

LUIS.-(A la CONDESA.) (Ánimo.)

DUQUE.-Qué, ¿no quiere decirlo?

CONDESA.-(Hable usted.)

LUIS.-(Acabo de encontrar a su padre de usted en la calle.)

CONDESA.-(¡Qué fatalidad!)

DUQUE.-Pues la cosa debe de tener alguna importancia, porque la Condesa pone un gesto... ¿Por qué a ella se lo cuenta usted y a mí no?

LUIS.-Porque las damas son compasivas y usted es burloncillo. ¡Parece tan ridículo un hombre rodando escaleras!

DUQUE.-¡Cómo! ¿Usted...?

LUIS.-Sí, señor... Acabo de contar veinticinco escalones con las costillas.

DUQUE.-¿De veras? ¡Ja! Ja!

LUIS.-Lo que yo me temía: ya se está usted riendo.

DUQUE.-Supongo que no habrá que llamar al cirujano.

LUIS.-Ciertamente; pero el susto... (Quizá venga aquí.) (Bajo, a la CONDESA.)

DUQUE.-Tome usted un poco de agua con unas gotas de vinagre.

CONDESA.-(Bajo, a DON LUIS.) (Es preciso alejar al Duque.)

LUIS.-(Volviéndose hacia el DUQUE.) Hasta luego.

DUQUE.-¿Eh?

LUIS.-Creí que había usted dicho adiós.

DUQUE.-Pensando estaba en marcharme.

LUIS.-(¡Qué feliz pensamiento!)

DUQUE.-Aún tengo mucho que hacer. ¿Me permite usted que le bese la mano?

LUIS.-Tiempo le queda a usted para eso.

CONDESA.-Hasta después.

LUIS.-Adiós, Duque.

(El DUQUE se retira y vuelve.)

DUQUE.-¿Con que el baile empezará a las diez; la firma del contrato, en presencia de los testigos, de los parientes y de algunos de nuestros amigos más estimados?

CONDESA.-Sí, justamente.

DUQUE.-Seré puntual.

LUIS.-¡Gracias a Dios!

(Repítese el juego anterior.)

DUQUE.-¡Ah! ¿No sabe usted?... El Rey va a ser padrino de nuestra boda.

LUIS.-¡Hola!... ¿El Rey?... Me alegro, me alegro infinito. Vaya usted con Dios.

(Empujándole hacia la puerta. Vase el DUQUE.)

ESCENA V

CONDESA y DON LUIS; después, TERESA; a poco, ANTONIO.

CONDESA.-¿Está usted seguro de no haberse equivocado?

LUIS.-Lo he visto muy bien.

CONDESA.-Confieso que no le esperaba tan pronto.

LUIS.-Con tal que el Duque no se encuentre con él de manos a boca... Casi me alegraría, porque entonces, adiós matrimonio. ¡Oh! Soy un insensato.

CONDESA.-¡Qué despreciable debo parecerle a usted!

LUIS.-Estoy tan acostumbrado a que me parezca usted hechicera, que todavía...

CONDESA.-¡Luis!

LUIS.-Tiene usted razón: no sé lo que me digo.

CONDESA.-Bien estoy pagando mi culpa. Si mi padre lograse averiguar las señas de mi casa...

LUIS.-Si viniese esta noche...

CONDESA.-¡Esta noche!

LUIS.-Tranquilícese usted: no es lo más probable.

CONDESA.-Únicamente puede salvarme la audacia. ¡Qué quiere usted! Una falta es siempre origen de otras muchas. Debo a todo trance encubrir la verdad; no por mí, sino por la memoria de mi esposo, por el nombre de mi hija.

LUIS.-Además, el escándalo sería terrible.

CONDESA.-Confío en la lealtad de usted; confío en que no me negará su amparo.

LUIS.-Me hace usted justicia.

CONDESA.-¡Ese ruido!... (Tira fuertemente del cordón de la campanilla.)

LUIS.-Le aseguro a usted que este negocio me acobarda.

CONDESA.-¿Qué me sucederá a mí?

LUIS.-Pues nada de eso: con serenidad se han de conjurar los grandes peligros.

CONDESA.-(A TERESA, que sale muy azorada por el foro.) ¿Qué hay, Teresa?

TERESA.-(Bajo, a la CONDESA.) Tu padre está ahí.

CONDESA.-¡Oh! Habla alto. Don Luis puede oírnos.

TERESA.-Los criados tratan de detenerle, y él dice a gritos que es tu padre.

LUIS.-¿Qué haremos?

CONDESA.-Luchar. (Tira del cordón de la campanilla.)

TERESA.-¿Cuál es tu intención?

(ANTONIO sale por el foro.)

CONDESA.- (A ANTONIO, sonriendo.)Calla. Ese hombre que acaba de llegar dice que es mi padre, ¿eh?

ANTONIO.-(Turbado.) Sí, señora; eso dice.

CONDESA.-No le exasperéis; debe de ser un pobre demente.

ANTONIO.-De fijo. ¡Si tiene una cara!... Lo mismo me había figurado yo.

CONDESA.-Hazle entrar en esta sala, y que aguarde un momento.

ANTONIO.-¿No teme usía?...

CONDESA.-No, nada. Quiero desengañar a ese desdichado anciano y darle un socorro.

ANTONIO.-¡Qué buena es usía!

CONDESA.-Ve por él.

(Vase ANTONIO por el foro.)

TERESA.-Tiemblo como una azogada.

CONDESA.-(Con ira.) Déjate de aspavientos.

LUIS.-El lance es grave.

CONDESA.-Síganme ustedes. (Dios dirá.)

(Vanse los tres por la puerta de la izquierda.)

ESCENA VI

ANDRÉS y MARÍA. ANTONIO aparece con ellos en la puerta del foro y luego se va.

MARÍA.-(Examinando la estancia.) ¡Ay, padre! Miedo me da de entrar aquí.

ANDRÉS.-¡Qué muebles! ¡Qué lujo! ¿Y ésta es su casa? ¡Bah! ¿No supe en la quinta que allí habitaba la Condesa de Valmarín? Sin duda la tal Condesa es mi hija... ¡Ella Condesa!... No hay para qué romperse los cascos, que pronto sabremos la verdad.

MARÍA.-Lo que es yo, no las tengo todas conmigo.

ANDRÉS.-Desde la puerta creí ver pasar a Teresa. ¡Inicua! ¡No haber dicho a mi hija que yo estaba allí!

MARÍA.-¡Qué terco es usted, padre! Aquella señora le vio a usted muy bien.

ANDRÉS.-Tú eres la terca. A haberme visto, ¿se hubiera marchado? Lo que hay de cierto es que la pobre no reparó en mí, y que Teresa, por no sé qué motivo, no le diría nada.

MARÍA.-Jurara que se fue de prisa y corriendo la tal señora para que usted, al volver en sí, no la encontrase ya en la quinta.

ANDRÉS.-¿Qué apostamos a que me enojo contigo? ¿Cómo puedes imaginar que huyese de mí? Eres una loquilla que no sabes lo que te pescas. Seguro estoy de que la infeliz se habrá arrepentido de su falta; segurísimo de que me habrá buscado como yo a ella. Verás, verás cómo viene volando a pedirme perdón.

MARÍA.-Para venir volando ya tarda.

ANDRÉS.-Pero ¿qué es lo que tú presumes?

MARÍA.-Yo no sé más sino que allá fue muy ligera de pies para marcharse, y que ahora los tiene de plomo para venir.

ANDRÉS.-Quizá no esté en casa.

MARÍA.-Nos han dicho que sí.

ANDRÉS.-Pueden haberse equivocado. Me estremezco a pesar mío. Después de tantos años como hace que no me ve... Fuera..., fuera malos pensamientos. Mi hija es buena, mi hija me ama. ¡Oh! Teresa..., ella la envía sin duda.

ESCENA VII

Dichos y TERESA.

TERESA.-La señora Condesa quiere saber qué es lo que a usted se le ofrece.

ANDRÉS.-¿Qué? ¿Te chanceas? Pues, ¡voto a Cristo!, que para chanzas estoy yo ahora.

TERESA.-Repare usted en dónde se halla, buen hombre.

ANDRÉS.-¿Buen hombre me llamas?

MARÍA.-¡Ay..., ay..., ay...!

TERESA.-Pues usted, ¿quién es?

ANDRÉS.-¿Tú me lo preguntas?

TERESA.-¡Ah, sí, ahora recuerdo: el de la gaita, el que estuvo ayer en la quinta de mi señora!

ANDRÉS.-¿Con que el de la gaita?

TERESA.-Y por cierto que allí todos le tuvimos a usted por loco.

ANDRÉS.-¿Con que me tuvisteis por loco?

TERESA.-Sí; porque dio usted en la manía de creerse madre de mi señora la Condesa. Y a fe que si yo no sigo la broma, me hace usted añicos entre sus manos.

ANDRÉS.-Broma, ¿eh?

TERESA.-Supongo que no vendrá usted con la misma tema.

ANDRÉS.-¡Ah vieja infame y descarada, ah bruja maldita!...

TERESA.-Cuidado con propasarse. (Retirándose asustada.)

MARÍA.-¡Si me lo daba el corazón!

ANDRÉS.-Calla también tú. A mi hija, aquí como allí, la engañan y le ocultan que yo la busco. Mi hija ignora estas iniquidades que se están haciendo conmigo... ¡Oh! Yo la encontraré, y entonces... (Dirigiéndose a la puerta de la izquierda.)

TERESA.-Deténgase usted. (Tratando de detenerle.)

MARÍA.-Más vale que luego volvamos.

ANDRÉS.-No; ahora mismo.

TERESA.-Repito que no se puede pasar.

ANDRÉS.-¿Que no se puede? Pues ya verás como yo paso.

ESCENA VIII

Dichos y DON LUIS.

LUIS.-¿Con qué objeto?

(Presentándose en la misma puerta.)

MARÍA.-¡Ah! La Virgen nos le trae a usted, señorito.

LUIS.-Aparta.

MARÍA.-(Con extrañeza y aflicción.) ¡Oh!

LUIS.-¿Con qué objeto quiere usted pasar más adelante? Sepámoslo.

TERESA.-Este santo varón tiene la cabeza a las once.

ANDRÉS.-Y ¿quién es usted para preguntármelo?

LUIS.-Quien le obligará a usted a respetar el lugar en donde se encuentra.

ANDRÉS.-En mi casa estoy, señor mío.

LUIS.-¿Y si yo le mando a usted que se vaya al punto?

ANDRÉS.-Eso, quien podía mandárselo a usted soy yo.

LUIS.-¿Usted? ¡Ja, ja, ja!

ANDRÉS.-Así se ríen los tontos, caballerito, sin saber por qué.

MARÍA.-No le haga usted caso. (A DON LUIS.)

LUIS.-Puede usted retirarse. (A TERESA.)

TERESA.-(¡Ay, no me ha costado poco trabajo!...) (Vase por el foro.)

LUIS.-Nosotros arreglaremos cuentas, señor insolente.

ESCENA IX

ANDRÉS, DON LUIS y MARÍA.

MARÍA.-Oiga usted a mi padre, señor, y verá que tiene motivo para enfadarse.

LUIS.-Bien, que hable; pero sin decir desatinos.

ANDRÉS.-Deje usted que antes logre darme cuenta a mí mismo de lo que me está pasando.

LUIS.-Basta de circunloquios.

MARÍA.-¡Qué mal genio ha echado usted en tan poco tiempo!

ANDRÉS.-No ignora usted que andaba buscando a mi hija.

LUIS.-¿Y qué?

MARÍA.-¿Y qué? Que dio al fin con ella.

ANDRÉS.-Mi hija es la señora que ayer tarde salió con usted al parque de la quinta, cuando yo caí desmayado.

LUIS.-¿La Condesa de Valmarín?

ANDRÉS.-La que ahora lleva ese nombre.

LUIS.-Usted chochea.

ANDRÉS.-Comprendo que hay empeño en hacerme creer lo contrario; pero ¡vaya usted a convencer a un padre de que su hija no es su hija! Escúcheme usted por lo que más quiera en el mundo. Volví en mí cuando ya se había marchado; corrí y divisé el coche en que iba sin duda. Pero, al cabo, a esta pobre criatura y a mí nos faltaron las fuerzas.

MARÍA.-Sí, señor; se puso a la muerte, y tendido en medio del camino ha pasado la noche; y por cierto que llovía a más y mejor. Yo, de rodillas, sin pegar los ojos un momento, rezaba por él; y lloraba porque veo que solamente quiere a la otra.

ANDRÉS.-Sentí con la luz del día reanimarse sin fuerzas; y vuelta a andar, a correr, hostigado por la ansiedad que me devoraba. Llegamos a Madrid; pregunto, logro averiguar las señas de esta casa; vuelo aquí desalado, hallo resistencia en la puerta, la venzo al fin; me dicen que aguarde en esta sala; aguardo, y mi hija no viene; esa pícara vieja niega haberme reconocido en la quinta, y se burla de mí; usted, que antes nos amparó, nos maltrata ahora. ¿Qué es esto? Sépalo yo de una vez. Empiezo a maliciarme una cosa que no quiero creer, que no creo, que no creeré nunca, pero que me causa el mismo dolor que me causaría una serpiente mordiéndome el pecho. ¿Acaso mi hija, después de haber pisoteado mis canas y desgarrado mi corazón...; acaso porque ahora la llaman Condesa, y no sé por dónde le ha venido ese título...; acaso porque yo no conocí a mis padres, porque me criaron gitanos, porque soy un vagabundo..., acaso?... No, no me atrevo a preguntarlo. Con la pregunta se me iría el alma del cuerpo... ¿Acaso?... Usted me comprende; respóndame usted..., respóndame usted, por Dios, sin que yo lo pregunte.

LUIS.-(¡Pobre viejo! ¡En buen negocio me he metido!)

ANDRÉS.-¿Por qué no viene mi hija? Dígamelo usted. No me faltará valor para soportar mi desgracia.

LUIS.-¡Hija de usted la Condesa! ¡Ja, ja, ja! A fe que la ocurrencia es chistosa.

ANDRÉS.-¿Usted se ríe? ¿Usted insulta a un anciano? ¿Usted se burla de la aflicción de un padre?

LUIS.-¿Y qué he de hacer sino reírme? La Condesa pertenece a una familia muy ilustre que yo he conocido. Porque me compadezco de usted le aconsejo que salga al punto de esta casa, y mañana mismo de Madrid.

ANDRÉS.-El consejo es inútil.

MARÍA.-Ya estamos hartos de viajes.

LUIS.-Esa señora da un baile esta noche, y mañana debe casarse con el Duque de Campo-Real.

ANDRÉS.-¿María se casa con un Duque?

LUIS.-Y el Rey va a ser padrino de su casamiento.

ANDRÉS.-¡El Rey!

MARÍA.-¡El Rey! ¡Ave María Purísima!

LUIS.-Como grave delito sería castigado el menor escándalo que usted promoviese.

MARÍA.-¡Ay, Dios de mi vida!

ANDRÉS.-Y ¿qué se me da a mí de ese baile, ni de esa boda, ni de ese Duque, ni del mismo Rey? Quisiera ver cómo se componían para hacerme más desgraciado.

LUIS.-Serénese usted, y váyase por todos los santos del cielo.

ANDRÉS.-¡María me arroja de su casa! Dígale usted que llegará día en que se arrepienta. Y usted sepa que su oficio en este momento...

LUIS.-¿Eh?

ANDRÉS.-Es oficio muy vil. Yo, cargado de años y de ignominia y de pesadumbres no me cambiaría por usted, joven, galán, feliz y quizá rico y noble, aunque, me diesen dinero encima. Sí señor, yo valgo ahora más, mucho más mil veces más que usted.

LUIS.-(¡Me avergüenza!)

MARÍA.-Y tiene razón. Usted es un hipocritilla de siete suelas, que ayer, con su cara de pascua, nos engañó como a unos bobos.

ANDRÉS.-¿Quién había de figurarse que usted?...

MARÍA.-Si parece imposible que sea usted el mismo.

LUIS.-Pero ¿qué puedo hacer yo por ti, criatura; ¿qué puedo hacer por usted?

ANDRÉS.-Puede usted llevarme adonde está mi María. ¿Teme acaso mi cólera? ¿Se aleja por esto de mí? Pues hace mal; que nada tema, que venga, y comprenderá hasta qué punto la adoro. Verla una vez siquiera..., y después me iré. Y si mi vida le estorba para algo, que mande morir: moriré contento.

MARÍA.-¡Mire usted, señor, que haber andado tantos años hala que hala detrás de ese angelito, y encontrarnos ahora con que ese angelito así quiere vernos a nosotros como al mismísimo Lucifer!

ANDRÉS.-Ampáreme usted, y no le pesará, que Dios paga las deudas de los pobres honrados.

MARÍA.-¡Le querré a usted tanto si es bueno!

ANDRÉS.-Hágalo usted por su padre.

MARÍA.-O por su novia, o por quien usted quiera.

LUIS.-¡Oh, que, charla tan insoportable! Déjenme en paz.

MARÍA.-¡Bah, bah! Por muy fosco que usted se ponga, ya no me engaña a mí.

LUIS.-¿Qué dices?

MARÍA.-Digo que a usted se le ha saltado una lágrima.

LUIS.-Sí, lágrimas... Fastidio es lo que me causa oír tantas simplezas.

MARÍA.-Mírela usted, padre, mírela usted cómo le rueda por este carrillo.

LUIS.-¡Eh, muchacha!

ANDRÉS.-Sí, usted está conmovido... En vano se esfuerza por ocultarlo. ¡Gracias, Virgen santísima! (Cogiéndole una mano y besándosela.)

LUIS.- (Queriendo detenerle.)¿Qué hace usted?

MARÍA.-(Cogiéndole la otra mano y besándosela también.) Bien sabía yo que era bueno.

LUIS.-¡Qué diablos! Se me acabó la paciencia. Cálmese usted, pobre viejo. Yo no me he burlado de usted, ni mi ánimo ha sido ofenderle, ni..., y en prueba de ello, venga esa mano.

ANDRÉS.-(Dándole la mano.) ¡Señor!

LUIS.-Apriete usted sin miedo.

MARÍA.-¡Qué gusto!

LUIS.-Y tú, buena alhaja, con más picardía que cuerpo, ven acá, ven, que en castigo te quiero dar un beso, y dos, y tres, y cinco. (Besándola repetidas veces.)

MARÍA.-¿No más? Castígueme usted siempre así, y no haya miedo de que me queje.

ANDRÉS.-Con que, ea, ea, a ver a mi hija. Llévenos usted a su habitación.

LUIS.-(Pero... ¿qué estoy haciendo? Todo lo eché a rodar.)

ANDRÉS.-¿Vacila usted de nuevo?

LUIS.-No..., no vacilo..., sino que...

MARÍA.-¿Qué?

LUIS.-¡Qué sé yo!...

ANDRÉS.-Entonces...

LUIS.-Sí, entonces... (Vamos, vamos, voy a decirle que se las componga como pueda, porque yo no sirvo para estas cosas.) (Éntrase corriendo por la puerta de la izquierda.)

ESCENA X

ANDRÉS y MARÍA.

ANDRÉS.-¡Se va!

MARÍA.-Señor..., señor... ¡Ca! No me oye.

ANDRÉS.-¡Se fue! ¿Qué te parece de esto?

MARÍA.-Me parece que no hay tu tía; que no vemos hoy a la señora.

ANDRÉS.-Pues si cree que impunemente ha de burlarse de mí, se equivoca. Si me niega su amor, yo le negaré el mío: tú sola serás mi hija; tú sola.

MARÍA.-Eso me parece muy bien pensado.

ANDRÉS.-¿Cómo tuve corazón para exponer tu salud, y acaso tu vida, en largos y penosos viajes; para verte padecer todo género de privaciones?

MARÍA.-¿Quiere usted afligirme?

ANDRÉS.-Perdóname. Llegó el momento de remediar mi injusticia, mi ingratitud.

MARÍA.-¡Dale!

ANDRÉS.-Ahora sí que voy a ser para ti un padre verdadero; para ti, que cuando deberías aborrecerme...

MARÍA.-Sí, señor; debería aborrecerle a usted porque me dice esas tonterías.

ANDRÉS.-¡Ca! No viene. (Mirando hacia adentro.)

MARÍA.-Mándela usted a paseo.

ANDRÉS.-Estaba por irme.

MARÍA.-¿A que no es usted capaz de que nos marchemos?

ANDRÉS.-¿Que no?

MARÍA.-Apostaría las orejas.

ANDRÉS.-Vámonos.

MARÍA.-Eso es chanza.

ANDRÉS.-Te digo que nos marchamos. Anda delante.

MARÍA.-¿Sí? Pues paso redoblado.

ANDRÉS.-Pero no; no me iré. (Deteniéndose en la puerta del foro y volviendo al proscenio.)

MARÍA.-¡Bah!

ANDRÉS.-Me quedo. No, no pienses que por el gusto de verla; nada de eso: la aguardo para confundirla, para castigarla. Te juro que ha de conservar un buen recuerdo de mí.

MARÍA.-¡Chito! Por allí viene una señora. Es la misma.

ANDRÉS.-¡Sí, sí, ella es! ¡Dios mío! Vete: entra en ese cuarto. Pronto te llamaré.

MARÍA.-¡Qué perifollada y qué guapetona! Estaba por ir y... (Con acento y ademán de amenaza.) Me voy, sí, señor. Mejor es que me vaya. (Vase por una puerta de la derecha.)

ESCENA XI

ANDRÉS y la CONDESA. Ésta sale por la puerta de la izquierda, con traje de baile.

ANDRÉS.-(¡No sé qué me sucede!)

CONDESA.-(Valor ¡Es preciso!)

ANDRÉS.-(Con ternura, yendo hacia ella.) ¡Hija! ¡Hija!

CONDESA.-(Deteniéndole con un ademán.) Me han dicho que usted desea hablarme.

ANDRÉS.-¿Con que era verdad? ¿Con que no quieres conocer a tu padre?

CONDESA.-Afortunadamente, no ignoro la peregrina casualidad que motiva este suceso. Entre esa joven que usted busca y yo, hay, sin duda, una semejanza muy singular, cuando, ni aun viéndome de cerca, se convence usted de su error.

ANDRÉS.-¿Me habré equivocado, efectivamente?

CONDESA.-Sí, señor; y confío en que no volverá usted a insistir...

ANDRÉS.-Pero... ¿Y Teresa? ¿Y el testimonio de mis ojos? ¿Y los gritos de mi corazón? ¿Es esto verdad? ¿Cabe tanta perfidia en una mujer? ¿Hay descaro mayor que el tuyo? Repite que no me conoces, que no eres mi hija; repítelo si te atreves... ¡Oh! No te atreverás, porque entonces...

CONDESA.-(Muy turbada y retirándose.) (¡Qué suplicio!) Espero que usted me permitirá...

ANDRÉS.-¡Oh! Quieta aquí, señora Condesa... (Sujetándola bruscamente por un brazo.) He de saberlo todo.

CONDESA.-Pero advierta usted...

ANDRÉS.-Quieta. Sí, no hay más; es que me desprecia. ¡Desprecia a su padre! ¡Quieta, digo! ¿Temes que te manche con el contacto de mis manos, que te descomponga el vestido, que te arrugue los encajes? Y qué, ¿te has engalanado tanto para imponerme así más respeto, para turbarme y engañarme más fácilmente? Sí, sí, buen caso hago yo de tus galas... ¿Por qué te llaman aquí Condesa? ¿De dónde has sacado todo ese lujo, que me angustia, que me enfurece? ¡La señora Condesa!... ¿Condesa tú? ¡Ja, ja, ja! Si acabarás por hacerme reír. ¡Tú eres mi hija! ¡Tú eres la serpiente que yo engendré!

CONDESA.-(Como haciendo un gran esfuerzo sobre sí misma.) (¡Oh!) Todo se lo perdono a usted, todo.

ANDRÉS.-¿Tú me perdonas? ¿Tú a mí? ¡Pues no dice que me perdona! ¿Pues no se atreve a perdonarme?

(Un reloj de sobremesa da las diez.)

CONDESA.-(¡Las diez!)

ANDRÉS.-¡Dios mío, es éste el premio de mis afanes! ¿Para esto permites que la encuentre? ¿Y yo vivo aún? Levanta la vista; fíjala bien en mí: estas canas no representan mis años, sino mis padecimientos; estas canas te acusan. ¿Cómo puedes verlas sin temblar y arrepentirte? Tú sí que apenas has cambiado: hermosa eres como antes, sino que antes tu cara celestial no mentía, y ahora es una mentira..., un engaño infame.

Recuerda los días de tu niñez, los de tu juventud, y no habrá hora, no habrá minuto en que no halles una prueba de mi cariño. Mi vida desde que tú naciste no fue más que trabajar por ti o llorar por ti. Vamos, sé buena. Cuéntame por qué me, dejaste, qué ha sido de ti desde entonces, por qué, ahora reniegas de tu padre desventurado. Yo no tengo la culpa, de ser pobre y humilde. Yo hubiera querido nacer rey, y hasta una corona me pareciera poco para mi hija... Un consuelo, María, que ni uno solo he disfrutado desde que tú me abandonaste. Llámame padre, que ha ya muchos años que me diste por última vez este nombre. Mil reconvenciones imaginaba hacerte, mil injurias tenía pensadas para decírtelas; y, ya lo ves, lloro y suplico. Te quería aborrecer, y ya ves que te amo; me había propuesto maldecirte, y míralo: me arrojo a tus pies, (Arrodillándose.)

CONDESA.-Levántese usted..., yo se lo ruego.

ANDRÉS.-Ofréceme que tendrás lástima de mí.

CONDESA.-Levántese, usted, por Dios.

ANDRÉS.-No, hasta que no me hayas llamado padre.

CONDESA.-(No pudiendo contenerse.) ¿Usted a mis pies? ¡Usted!

ANDRÉS.-¡Qué! ¿Al fin lo confiesas? (Levantándose.) ¿Confiesas que eres mi hija? ¡Ven, hija de mi alma, ven a los brazos de tu padre!

CONDESA.-No, no merezco...

ANDRÉS.-Si yo te perdono de buena gana; si los padres no sabemos hacer otra cosa más que perdonar.

CONDESA.-(¡Qué horrible combate!)

ANDRÉS.-¿Aún vacilas?

CONDESA.-(¡No puedo más!)

ANDRÉS.-(Abriendo los brazos como para recibir en ellos a su hija.) ¡María!

CONDESA.-¡Señor! (Yendo a lanzarse en los brazos de su padre.) ¡Ah! (Deteniéndose al ver salir a MARÍA.)

ESCENA XII

Dichos, MARÍA y en seguida ANTONIO.

ANDRÉS.-¡Eh! ¿Quién te llama? ¿Qué quieres?

MARÍA.-Me han echado de ahí.

ANTONIO.-Ya hay gente en el salón.

CONDESA.-¡Ya!

ANTONIO.-El señor Duque ha preguntado por usía.

CONDESA.-¡El Duque!

ANTONIO.-La señora Marquesa de Torralba acaba de llegar. (Vase ANTONIO.)

CONDESA.-Se ha atrevido a venir. ¡Cómo voy a humillarla! Corramos.

ANDRÉS.-¿Qué, te vas, te vas, hija mía?

CONDESA.-(¡Su hija!... ¿Y mi casamiento? ¿Y mi venganza?)

ANDRÉS.-¿No contestas? ¿Apartas los ojos?

CONDESA.-La interpretación que ha dado usted a mis compasivas palabras...

ANDRÉS.-¡Otra vez! ¿Vuelves a rechazarme?

CONDESA.-Le suplico a usted que por esta noche...

ANDRÉS.-Te libre en mi presencia, ¿no es esto?

CONDESA.-Hallaremos mañana... Se lo prometo a usted...

ANDRÉS.-¿Mañana?

CONDESA.-Sí, mañana.

ANDRÉS.-¿Mañana? ¡Oh miserable de mí!...; ¡Hola! ¡Aquí..., aquí todo el mundo! (Tirando fuertemente del cordón de la Campanilla y dando golpes sobre los muebles.)

CONDESA.-¿Qué intenta usted?

ANDRÉS.-Quiero ver a tus duques, a tus marqueses..., a tus príncipes... ¡Hola, señores míos!... ¡Hola! (Dejando caer de una mesa un jarrón de china.)

MARÍA.-¡Dios nos la depare buena!

ANDRÉS.-Sepan todos que esta gran señora es mi hija.

CONDESA.-Señor..., señor... ¡No me oye!

ANDRÉS.-(Recorriendo frenéticamente la estancia.) Y yo soy un expósito...; y cuando niño pertenecí a una horda de gitanos, y bailé en calles y plazas...

CONDESA.-¡Silencio!

ANDRÉS.-Y ahora, al son de una gaita, pido limosna de puerta en puerta.

CONDESA.-¡Silencio, o yo haré!...

ANDRÉS.-(Sin dejar de tirar del cordón de la campanilla y de dar golpes, fuera sí.) Ya no le quedaba más que amenazarme... Pero ¿está sorda esa gente? ¿No hay quien quiera saber la historia de esta Condesa?

ESCENA XIII

Dichos y TERESA; a poco, DON LUIS; después, el DUQUE, DAMAS y CABALLEROS

TERESA.-(Saliendo por el foro.) ¿Qué hay? ¿Qué ocurre?

CONDESA.-Que ha perdido el juicio.

TERESA.-Calle usted, por favor, calle usted.

MARÍA.-¡Hágalo usted por mí!

ANDRÉS.-No..., no hay perdón para ella.

LUIS.-(Saliendo por la puerta de la derecha.) ¡Todo lo comprendo! ¡Silencio, desdichado!

CONDESA.-¿Qué haré? ¿Qué haré?...

TERESA.-Ya están ahí.

ANDRÉS.-Es mi hija. Digo y juro que soy su padre; lo juro por la sangre de Dios.

CONDESA.-(Viendo aparecer al DUQUE en la puerta del foro, seguido de llamas y caballeros, que permanecen allí.) (¡Oh!)

DUQUE.-¿Qué sucede?

CONDESA.-(A ANDRÉS bajo, con expresión de ansiedad y ternura.) ¡Padre, padre mío, piedad!

DUQUE.-(Rumores de extrañeza.) ¿Aquí este hombre?

ANDRÉS.-(Estremecido vivamente.) (¡Su padre ha dicho!... ¡Me ha llamado padre!...)

DUQUE.-¿Nadie responde?...

CONDESA.-(¡Compasión, padre mío!)

DUQUE.-Pero ¿qué significa esto, Condesa?...

ANDRÉS.-Nada entre dos platos, señor... Yo vine a pedir... Esta muchacha ha roto esa hermosa pieza de china...(Señalando los pedazos del jarrón, que él ha roto.) Quise castigarla... No me lo permitieron... Y como estoy un poco bebido..., pues..., ya se ve..., me enfurecí, y dijo gritos que yo la puedo castigar, porque soy su padre. Del susto, la pobre señora se ha quedado sin gota de sangre en las venas.

DUQUE.-¡Canalla!

CONDESA.-(Como queriendo dirigirse al DUQUE, para no agravie a ANDRÉS.) ¡Oh!

ANDRÉS.-(Detente.) (Conteniéndola.) Ruego a usía que me perdone.

CONDESA.-(¡Padre!)

ANDRÉS.-(¡Silencio!)

MARÍA.-¡No señor! Esto no se puede sufrir...

ANDRÉS.-¡Eh! Vamos andando. (Cogiéndola de la mano.) (¡Me ha llamado padre!... ¡Me ha llamado padre!...

(Dirigiéndose con MARÍA hacia el foro.)

FIN DEL ACTO SEGUNDO

Acto tercero

La misma decoración.

ESCENA I

DON LUIS y TERESA.

TERESA.-¿Y la señora?

LUIS.-En el salón del baile, animándolo todo con su presencia.

TERESA.-¡Qué dominio tan grande ejerce sobre sí misma!

LUIS.-Como que no tiene corazón.

TERESA.-Compadezcámosla, señor don Luis, que por mucho que disimule...

LUIS.-¿Y el viejo?

TERESA.-Sabemos que está ahí cerca, en una posada.

LUIS.-¡Infeliz!

ESCENA II

Dichos y la CONDESA.

CONDESA.-Teresa: ve a la posada, en que dices que se hospeda mi padre, y ruégale, en mi nombre, que venga. Introdúcele por la escalera excusada, déjale aquí y avísame al punto.

TERESA.-Está bien. (Vase por la puerta de la derecha.)

ESCENA III

La CONDESA y DON LUIS.

LUIS.-¿Triunfará al cabo el amor filial de vanas preocupaciones?

CONDESA.-Antes de firmar el contrato, hablaré con mi padre, y pondré en sus manos mi suerte. ¡Si usted supiera cuánto padezco!

LUIS.-Lo contrario suponía yo poco ha; estaba usted bailando.

CONDESA.-No sea usted cruel. En aquel baile temí exhalar mi último aliento.

LUIS.-Pues si tanto padece usted, ¿por qué no atropella por todo y dice la verdad a cuantos la quieran oír?

CONDESA.-El mundo me acobarda; espántame el escándalo que tal revelación causaría. ¡Si mi padre hubiera llegado en otra ocasión! Llega cuando voy a casarme con un grande de España, cuando un monarca apadrina mi boda, cuando fundadamente espero recobrar a mi hija. ¿He de exponerme a verla deplorar que en sus venas corra mi humilde sangre mezclada con la de su noble progenitor? José Ruiz me ha escrito; díceme el lugar donde, a cualquier hora del día o de la noche, le hallará, quien de parte mía le busque; asegura que la persona de que ayer nos hablaba está en Madrid con la niña que a él le arrebató; promete noticiarme el paradero de ambos en cuanto reciba el papel. Hele aquí. (Mostrando a DON LUIS un papel.)

LUIS.-Eficaz ha sido el Ministro.

CONDESA.-Acaba de venir y de entregarme este papel. En seguida he resuelto llamar a mi padre y pedirle a usted un favor.

LUIS.-Mande usted.

CONDESA.-Cierto que, aun en el caso de que hubiera de recuperar a mi hija, no lograría, probablemente, hasta mañana dar con ella; pero puedo saber esta misma noche lo que ese hombre diga. Quiero saberlo antes de obligarme a nada con mi padre. Quiero al punto mitigar, si Dios lo permite, el insufrible martirio que me ocasionan la impaciencia y la duda.

LUIS.-Buscaré a José Ruiz.

CONDESA.-Tome usted su carta y el indulto. (Dándole dos papeles.) ¿A quién, sino a usted, había yo de confiar el desempeño de esta comisión? Gracias. (Alargando la mano derecha a DON LUIS, que se la estrecha, conmovido.)

LUIS.-Yo se las doy a usted. ¡Y ojalá que sus esperanzas se cumplan!

CONDESA.-Usted es quien ha de traerme o alegría, que de uno o de otro modo ponga término al conflicto de que estoy, o dolor, que todo lo remedie, acabando conmigo.

ESCENA IV

DON LUIS, y luego ANDRÉS, MARÍA y TERESA.

LUIS.-No es, a fe, divertida la comisión. En lo posible está que ese taimado fraguara un cuento para obtener su indulto por mediación de la CONDESA. Y si ahora salimos con que nos ha engañado, no habrá más remedio que romperle el bautismo y ser después portador de malas noticias. Sepamos dónde para. (Abre y lee la carta de JOSÉ RUIZ.) Afortunadamente, muy cerca de aquí.

TERESA.-(Entrando, seguida de ANDRÉS y MARÍA, por la puerta de la derecha.) Adelante.

MARÍA.-(Al ver a DON LUIS.) ¡Ah! El señorito bueno.

LUIS.-(Contemplando a ANDRÉS.) (¡Qué cara trae el desdichado! Pena me da mirarle.)

TERESA.-(A ANDRÉS.) Siéntese usted, si quiere.

ANDRÉS.-Gracias.

MARÍA.-(¡Qué fina se ha vuelto el demonio de la bruja!)

LUIS.-(¡Ea! No hay tiempo que perder. Vamos a tener la honra de platicar con el señor don José Ruiz.) (Vase por la puerta de la derecha.)

TERESA.-Pues aguarde usted un momento. Vendrá en seguida.

(Vase por la puerta del foro, dejándola cerrada.)

ESCENA V

ANDRÉS y MARÍA.

MARÍA.-Ya estamos aquí otra vez. ¡Vaya en gracia!

ANDRÉS.-Hago mal; lo conozco. No he debido volver a verla.

MARÍA.-A mí, al pisar de nuevo estas alfombras, me tiemblan las carnes.

ANDRÉS.-Ya te dije que no me siguieras.

MARÍA.-No era cosa de que usted viniese aquí solo. Oiga usted, oiga usted (Se oye la música del baile.) cómo se divierten por allá dentro. Y lo que es la señora no dejará de mover los pies.

ANDRÉS.-¡Qué vergüenza! ¿A qué habré vuelto yo? Pronto saldremos de esta casa; mañana mismo de Madrid.

MARÍA.-Cuanto más lejos de esa picaronaza, mejor.

ANDRÉS.-No acrecientes mis penas.

MARÍA.-Yo, claro, le tengo mala voluntad.

ANDRÉS.-(Con acento de reconvención cariñosa.) ¡Oh!

MARÍA.-Vamos, que no la puedo ver.

ANDRÉS.-Con razón la detestas; pero, ¡ay, no me lo digas a mí!

MARÍA.-Si usted me lo consintiese...

ANDRÉS.-¿Qué?

MARÍA.-Yo la pondría colorada; yo le diría cuántas son cinco, y de seguro sin morderme la lengua.

ANDRÉS.-¡Hija!...

MARÍA.-¡Si parece mentira que haya personas tan malas en el mundo!

ANDRÉS y MARÍA.-(Viendo aparecer a la CONDESA en la puerta del foro.) ¡Oh!

MARÍA.-(¡Me ha oído!... Que rabie.)

ESCENA VI

Dichos y la CONDESA.

CONDESA.-(Bajando al proscenio, después de haber cerrado la puerta.) Agradezco a usted, padre, que haya venido, y le ruego que me escuche.

ANDRÉS.-Habla.

CONDESA.-Que soy muy criminal, harto me lo dicen mis remordimientos, y no trataré de disculparme.

MARÍA.-(Parece que no ha roto un plato en su vida.)

CONDESA.-Siéntese usted, y le explicaré los motivos de mi fuga, y la extraña y vituperable conducta que ahora estoy observando.

ANDRÉS.-Bien; sé breve. (Sentándose.)

CONDESA.-Viome y enamoróse de mí ciertamente el Conde de Valmarín; correspondí a su amor, pero supe defender mi honra. Juró ser mi marido, si consentía en huir con él para que el matrimonio pudiera celebrarse fuera de España, en el supuesto de pertenecer yo a ilustre familia. ¿Cómo cerrar los oídos a tan seductor ofrecimiento? Huí, me casé. Con ciertos papeles, relativos a mi falso origen, puedo probar, a los ojos del mundo, que usted no es mi padre...

ANDRÉS.-(Levantándose.) ¡María!

CONDESA.-Pero si usted quiere que se descubra y publique la verdad, dispuesta estoy a hacerlo esta misma noche.

MARÍA.-(¡Pues, zalamerías!)

ANDRÉS.-¡Inicua, en vano pretendes engañarme!

CONDESA.-No sólo indisculpable vanidad, sino también gravísimas consideraciones, me han impulsado a ser ingrata con usted. Tiene el mundo leyes y armas que usted no conoce; leyes injustas que no perdonan jamás; armas infames que destrozan y aniquilan. Pretendí ocultar la verdad, para no manchar los blasones de la casa de mi marido; para no comprometer la suerte futura de la hija de mi corazón.

ANDRÉS.-¿Eres madre?

CONDESA.-Sí, señor.

ANDRÉS.-¡Mentira parece!

CONDESA.-Una hija tuve, de quien me he visto privada largo tiempo, y que muy luego espero volver a ver.

ANDRÉS.-¿Y la quieres mucho?

CONDESA.-¡Oh! Más que a mi vida.

ANDRÉS.-Ella me vengará; la que fue mala hija será madre desventurada.

MARÍA.-(Así me gusta.)

ANDRÉS.-¡Ojalá que algún día!...

CONDESA.-¡Padre!

ANDRÉS.-¡No...; no! Dios eterno, líbrala de semejante desgracia. El tormento de tener un mal hijo a nadie puedo yo deseárselo; a nadie, ¡ni a ti!

MARÍA.-Y eso que a usted...

ANDRÉS.-Partiré al punto; sálvese la memoria de tu marido; sálvese el nombre de tu hija. Adiós.

CONDESA.-¿Así se marcha usted?

ANDRÉS.-¿Qué más quieres?

CONDESA.-Dice usted bien; no merezco otra cosa.

ANDRÉS.-Ven tú, consuelo de mis penas, único sostén de este infeliz anciano. Dejemos, hija mía, los sitios que desdora nuestra presencia. (Dirigiéndose a la puerta de la derecha.) ¡No verla más! (Deteniéndose.) No, no puedo conformarme con esta idea... Es cierto! no debo irme así... Oye (Volviendo rápidamente al lado de su hija, y como asaltado de repentina idea.), las razones que me has dado me parecen muy justas, muy poderosas. Ya se ve, hay circunstancias en que un buen hijo tiene que ser malo por fuerza... Te aseguro que me has convencido. Pero ¿no habrá medio de que yo viva a tu lado, sin que el mundo pueda burlarse de ti, ni negar su respeto a la memoria de tu marido y su consideración a tu hija? Creo que ese medio existe. A ver si apruebas mi proyecto. Yo, cuando estén presentes algunos de esos señores amigos tuyos, vengo, me arrojo a tus pies, te pido perdón por haber hoy escandalizado tu casa, y te ruego que me favorezcas; tú entonces finges compadecerte de mí, y haces como que me recibes de portero, de lacayo, de cualquier cosa. Así viviremos juntos; nos veremos todos los días..., a cada momento, y nadie, nadie, podrá imaginarse... Con que trato hecho: no hay más que hablar. Nosotros sí que vamos a burlarnos del mundo. Delante de la gente, tú la señora; yo, el criado; cuando estemos solos, muy solitos, yo, tu padre; tú, mi hija adorada.

CONDESA.-¿Qué me pide usted?

ANDRÉS.-Ni creas que esto puede durar mucho tiempo, por instantes me van acabando los años y las penas, y cuando menos lo pienses te verás libre de tan pesada carga. Muera yo con el consuelo de saber que tú, a hurtadillas, me cerrarás los ojos.

CONDESA.-Muy pervertido está mi corazón; mas consentir en eso que usted me propone sería el colmo de la imprudencia y de la iniquidad. No; prefiero revelar el vínculo que nos une. Una palabra, una sola, y verá usted cómo es obedecido.

ANDRÉS.-¿De qué me sirve a mí tu obediencia? ¡Vanidad! ¡Maldita vanidad!... Comprendía yo que se pudiera asesinar por codicia, por odio, por el placer de causar daño; pero un solo día he pisado estos magníficos salones, y ya comprendo que también se puede asesinar por vanidad.

MARÍA.-Sí, señora; tiene usted muy mal corazón.

ANDRÉS.-Perdóname; no sé lo que me digo. No quiero afligirte cuando te voy a dejar para siempre... Vamos. ¿me permites que te dé un abrazo de despedida?

CONDESA.-¡Padre!...

ANDRÉS.-¡María! ¡María! (Abrazándola.) No sabes cuánto bien me ha hecho este abrazo. Gracias, hija acuérdate alguna vez de tu padre, que no te olvidará nunca.

MARÍA.-¡Y le dejará que se vaya!

ANDRÉS.-Se acabó. (Enjugándose las lágrimas.) Tú tendrás que hacer. Sin duda, te aguardan para el baile (Óyese de nuevo la música.) y te estoy molestando. Adiós; me voy contento, muy contento... (Haciendo esfuerzos para contener sus sollozos.)

MARÍA.-Llore usted, que si no luego va a ser peor.

ANDRÉS.-La verdad es que se me parte la cabeza, que apenas puedo respirar.

CONDESA.-Quédese usted entonces, quédese usted.

ANDRÉS.-Gracias...: no te inquietes. Se me pasará pronto... Adiós, adiós para siempre.

CONDESA.-Aborrézcame usted...; desprécieme usted. Mi culpa debe ser castigada.

ANDRÉS.-¡Qué locura! No, nada de eso... Otro abrazo... Es el ultimo. Ea, ahora si que me voy.(Enjugándose las lágrimas y fingiendo alegría.)

CONDESA.-(Alargándole un bolsillo, que saca de un mueble.) Pero antes...

ANDRÉS.-¿Qué me das ahí?

CONDESA.-Torne usted.

ANDRÉS.-¿Dinero acaso? Para buscar un corazón llamé a tus puertas, no para buscar una limosna.

CONDESA.-Torne usted.

ANDRÉS.-No, no lo tomo, no lo quiero...: no lo necesito.

MARÍA.-No, señora; no queremos nada de usted. Por de pronto, no nos moriremos de hambre, y luego yo trabajaré para él, y Dios me ayudará. Con que guárdese usted su dinero para lo que le haga falta. Nosotros, ya lo dije, de usted nada queremos...; nada, ni pan bendito.

ANDRÉS.-Calla, hija, calla.

MARÍA.-No, señor, no quiero callar. Y si usted no fuera tan... tan... ¿Qué sé yo como decirlo? En su lugar de usted había yo de verme..., y vaya si me las había de pagar.

ANDRÉS.-Hija, vámonos.

CONDESA.-¿Por qué llama usted hija a esta niña? ¿Por qué ella le dice a usted padre?

MARÍA.-Porque sí, señora, ¿está usted?, porque sí. Vámonos.

ANDRÉS.-Esta niña sabe que no es hija mía, y ya la has oído.

MARÍA.-Pues, ya me ha oído usted.

ANDRÉS.-Por mí se ve reducida a la miseria, y me adora.

MARÍA.-Con alma y vida.

ANDRÉS.-A no haber sido por ella, tiempo hace que me hubiera muerto de pesadumbre.

MARÍA.-(Llorando.) Y a no haber sido por él, a mí me hubieran matado los ladrones.

CONDESA.-¿Qué ladrones?

ANDRÉS.-Unos que, sin duda, se la habrían arrebatado a su familia cuando yo tuve la dicha de salvarla. Adiós. (Dando un paso hacia la puerta de la derecha.)

CONDESA.-¿Dónde? (Deteniéndole.)

ANDRÉS.-En un camino de Andalucía.

CONDESA.-¿Cuándo?

ANDRÉS.-Hace ocho años.

CONDESA.-¿El día? ¿Lo recuerda usted?

ANDRÉS.-Sí.

CONDESA.-¿Qué día?

ANDRÉS.-El quince de febrero.

CONDESA.-¡Jesús!... No, no puede ser. (Óyese llamar a la puerta del foro.)

ANDRÉS.-Llaman. Que no nos vean.

CONDESA.-Quédese usted.

ANDRÉS.-¿Qué tienes?

LUIS.-(Dentro.) Abra usted, soy yo.

CONDESA.-(Abriendo la puerta.) ¡Ah!

MARÍA.-(¿Qué le da ahora?)

ESCENA VII

Dichos y DON LUIS.

CONDESA.-(Llevándosele a un extremo del escenario.) ¿Ha visto usted a ese hombre?

LUIS.-Sí.

CONDESA.-¿Y qué?

LUIS.-(Mirando a ANDRÉS y a MARÍA.) No vuelvo de mi asombro.

CONDESA.-Hable usted.

LUIS.-El que hoy debe tener consigo a su hija de usted es...

CONDESA.-¿Quién?

LUIS.-Júzguelo usted misma. Es un gaitero. Se llama Andrés, y el otro asegura que ayer tarde le encontró en el camino de la quinta.

CONDESA.-¿Luego es mi padre?

LUIS.-Sin duda.

CONDESA.-Padre (Corriendo hacia él.), esta niña es la que usted, arrebató a unos bandidos hace ocho años?

ANDRÉS.-Pues ¿no te lo dije?

CONDESA.-Y ¿por qué la conservó usted a su lado?

ANDRÉS.-Porque yo necesitaba de alguien a quien amar. María la llamé, y muchas veces me figuré que no te había perdido.

CONDESA.-¡Si no puedo creerlo! ¡Dios santo! ¡Voy a volverme loca!

ANDRÉS.-Pero ¿qué te sucede? Explícate.

CONDESA.-¿Sabe usted a qué madre desventurada robaron la niña, que hoy tiene usted en su poder?

ANDRÉS.-Dilo.

CONDESA.-¿Sabe usted quién es esta niña?

ANDRÉS.-Acaba.

MARÍA.-Sí.

CONDESA.-Esta niña...

LUIS.-Es nieta de usted.

CONDESA.-¡Es la hija de mis entrañas!

MARÍA.-(Dando un grito.) ¡Ah!

ANDRÉS.-¡Justicia de Dios!

MARÍA.-(Apartándose de ella rápidamente, como llena de horror.) ¿Esa... ésa es mi madre?

CONDESA.-Sí, hija mía; tu madre, que te adora.

MARÍA.-Dios de mi alma, ¿qué pecado he cometido yo para que sea mi madre esta mujer?

CONDESA.-(Cubriéndose el rostro con ambas manos.) ¡Virgen santísima!

ANDRÉS.-Te devuelvo a tu hija. Yo parto para salvar su nombre.

MARÍA.-¿Usted va a marcharse?

ANDRÉS.-Si: es preciso.

MARÍA.-Pero es que yo no me quedo aquí... Yo me voy con usted.

ANDRÉS.-Aquí serás rica.

MARÍA.-Si yo no tengo afición al dinero.

LUIS.-Aquí llevarás un nombre ilustre.

MARÍA.-Si a mí me gusta mucho llamarme María.

ANDRÉS.-Aquí está tu madre.

MARÍA.-Pues por eso me quiero ir. (Abrazándose a ANDRÉS.)

CONDESA.-¿Qué dices, desdichada?

MARÍA.-Que yo no quiero que usted sea mi madre; que yo no la quiero a usted; que no la querré nunca.

CONDESA.-¡Oh, dígale usted (A ANDRÉS.) que Dios manda que los hijos amen a sus padres!

MARÍA.-Pues si lo manda Dios, ¿por qué no ama usted al suyo?

ANDRÉS.-¡Oh, Providencia!

CONDESA.-¡Mira que he llorado ocho años por ti!

MARÍA.-Mucho más ha llorado él por usted.

CONDESA.-¡Qué horrible tormento!

ANDRÉS.-¿Ves ahora lo que yo te decía?

CONDESA.-¡Oh! (Dando un grito.) ¿Qué he hecho yo con usted? ¡Perdón, padre, perdón!(Arrojándose a sus plantas e inclinando la frente hasta el suelo.)

ESCENA ÚLTIMA

Dichos y el DUQUE.

DUQUE.-(Dentro.) Pero ¿dónde está?

ANDRÉS.-¡Oh!

LUIS.-No hemos cerrado esa puerta.

CONDESA.-(Sin levantarse.) No importa.

DUQUE.-Condesa, el notario... ¿Qué veo?... ¡Otra vez!

CONDESA.-(Levantándose y mostrándosela al DUQUE.) Mi hija.

DUQUE.-¡Ah!...

CONDESA.-(Señalándole.) Mi padre.

DUQUE.-¡Eh!...

CONDESA.-Mi padre verdadero.

ANDRÉS.-¿Qué haces?

LUIS.-(Con íntima satisfacción.) Lo que debe.

CONDESA.-(Llamándola con profundo desconsuelo y abriendo los brazos.) ¡Hija!

MARÍA.-¡Madre; madre de mi alma!(Arrojándose en los brazos de la CONDESA.)

CONDESA.-¡Bendita sea la justicia de Dios!

ANDRÉS.-¡Bendita su misericordia!

FIN DEL DRAMA