Hervás y sus críticos: una contribución a la historiografía lingüística española
José del Canto Pallarés
El jesuita español Lorenzo Hervás y Panduro es, sin duda, una de las figuras lingüísticas más interesantes del siglo XVIII. Nació en Horcajo de Santiago (Cuenca) en 1735. Entró en la Compañía de Jesús y estudió en Alcalá de Henares. Fue profesor de latín en Cáceres, Director mayor del Colegio de Nobles de Madrid y profesor de filosofía en Murcia. En esta ciudad le sorprendió el decreto de expulsión de los jesuitas de 1767. Se estableció en Italia; primero en Forlí y luego en Cesena. En 1784 fijó su residencia en Roma. Amparado por un nuevo decreto del Gobierno, regresa a España en 1798. En 1802 se ve obligado a expatriarse de nuevo. Vuelve a Roma, donde residirá hasta su muerte, en 1809. Durante estos años desempeñó el cargo de prefecto de la biblioteca del Quirinal. Fue miembro de las Academias de Dublin y de Cortona y de la Real Sociedad Bascongada de Amigos del País.
Hombre de su tiempo, prototipo de «ilustrado», se puede decir que ningún aspecto de la cultura le fue ajeno. Destaca su tarea compiladora, que no tenía precedentes: Aprovechando la concentración en los Estados Pontificios de misioneros jesuitas que habían sido expulsados del Imperio español, proyecta recopilar todo el material lingüístico posible de todas las partes del mundo. Pero no se limita a consultar a sus compañeros de destierro. Hervás preguntaba a cualquier misionero o viajero que pudiera proporcionarle noticias y documentos sobre cualquier lengua del mundo. También buscaba información en obras de erudición, en libros de historia, etc. Así logró reunir una colección de materiales lingüísticos muy superior a las conocidas hasta entonces: vocabulario, oraciones religiosas -principalmente Padrenuestros-, muestras gramaticales, etc.
De 1778 a 1787 publicó una obra enciclopédica con el título genérico Idea dell'Universo en veintiún tomos. El subtítulo explica las diversas secciones de que consta: Storia della vita dell'uomo, Elementi cosmografici, Viaggio estatico al mondo planetario, Storia della terra y, al final, alterando el plan inicial, [Storia] delle lingue. Esta última sección comprende los volúmenes XVII al XXI, y constituye la parte lingüística de la obra italiana de Hervás, sin duda lo más importante de ella. Sus títulos particulares son: Catalogo delle Lingue conosciute e notizia della loro affinità e diversità (vol. XVII), Trattato dell'Origine, formazione, meccanismo ed armonia degl'idiomi (vol. XVIII), Arithmetica delle Nazione, e divisione del tempo fra gli Orientali (vol. XIX), Vocabolario Poligloto [sic] con prolegomeni sopra più di CL lingue (vol. XX) y Saggio Pratico delle Lingue con prolegomeni, e una raccolta di orazioni dominicali in più di trecento lingue, e dialetti (vol. XXI).
Hervás quiso publicar sus obras en español. Tras muchas dificultades, y gracias a la intervención de su tío Frey Antonio Panduro, aparecieron en Madrid, con bastantes modificaciones, Historia de la Vida del Hombre (7 vols., 1789-1799), El Hombre Físico ó Anatomía Humana Físico-Filosófica (2 vols., 1800), Viage Estático al Mundo Planetario (4 vols., 1793-1794) y el Catálogo de las lenguas de las Naciones conocidas, y numeración, división, y clases de estas según la diversidad de sus idiomas y dialectos (6 vols., 1800-1805).
En el Trattato dell'Origine..., en los «Prolegomeni» al Vocabolario Poligloto (pp. 9-161) y al Saggio Pratico delle Lingue (pp. 9-59) y en la «Introducción» al Catálogo de las lenguas español (pp. 1-106) se encuentra básicamente la exposición de la teoría lingüística del autor. En el Vocabolario Poligloto, una lista de 63 palabras en más de 154 lenguas, y en el Saggio Pratico delle Lingue, una colección de Padrenuestros en más de 300 lenguas, que representa sólo una parte del material lingüístico que logró recopilar Hervás, en el que se apoya para las clasificaciones de las lenguas y de las «naciones del mundo» en los dos Catálogos.
Del resto de la producción de Hervás, hay que citar por su interés lingüístico (sobre todo fonético y gramatical) la obra Escuela Española de Sordomudos, ó Arte para enseñarles á escribir y hablar el idioma español (2 vols., Madrid, 1795), que escribió, como indica su título, con fines didácticos.
Hasta hace muy poco, tanto la obra como la personalidad de Hervás han sido desconocidas o mal interpretadas. Coseriu, en un artículo de 1978 titulado «Lo que se dice de Hervás», puso de manifiesto que la mayor parte de las noticias que circulaban acerca de Hervás, de su vida, escritos y tarea lingüística, eran erróneas o imprecisas; como poco, discutibles; que habían ido pasando de unos autores a otros, adulterándolas frecuentemente, de modo, dice, que «la imagen que un lector desprevenido puede hacerse de la obra del jesuita español sobre la base de la bibliografía corriente es una imagen, no sólo lagunosa, sino también, en gran parte, adulterada»
(1978: 35).
Los estudios que existen sobre la obra lingüística de Hervás, se han centrado en su empresa comparativa, destacando casi exclusivamente dos aspectos; uno, la importancia comparatista de nuestro autor; el otro, la finalidad u objetivo de sus comparaciones. A continuación pasamos a trazar el itinerario que han seguido las ideas que han circulado sobre Hervás referidas a esos dos aspectos.
En algunos estudios dedicados a nuestro autor se lee que Hervás es el padre o fundador de la lingüística (o gramática) comparada. Coseriu (1978: 37n) atribuye el origen de esta idea a Max Müller y da a entender que a través de él llegó a Menéndez Pelayo. Pero lo cierto es que el sabio alemán, aunque pródigo en elogios hacia el jesuita español, nunca hizo una aseveración tan categórica. En sus Lectures on the Science of Language, que data de 1861, refiriendo algunos de los descubrimientos de Hervás afirma que «fue el primero que demostró que la verdadera afinidad de las lenguas debe determinarse sobre todo por los hechos gramaticales, y no por una simple semejanza de las palabras»
1. Este juicio de Max Müller provocó entre los eruditos españoles del último cuarto del siglo XIX y primera mitad del XX la exaltación de la figura de Hervás.
El texto más antiguo donde la idea se expresa con una claridad absoluta lo encontramos en Gumersindo Laverde, paisano y amigo de Menéndez Pelayo. En un artículo de 1868 que lleva por título «Del tradicionalismo en España en el siglo XVIII»», donde sitúa en esa línea el pensamiento de Hervás, escribe (1868: 481): «Con Jovellanos concuerda en el fondo el esclarecido jesuita D. Lorenzo Hervás y Panduro, padre de la Lingüística y de la Etnografía, metafísico, fisiólogo, astrónomo e historiador doctísimo, uno de los hombres más sabios que ha producido Europa...»
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La influencia que ejerció Laverde en Menéndez Pelayo es de sobra conocida. Por indicación suya, alentado por otras motivaciones sabidas también, comenzó la célebre polémica que sostuvo con Gumersindo de Azcárate y otros krausistas, neokantianos y positivistas que se añadieron a ella (Nicolás Salmerón, Manuel de la Revilla, José del Perojo, etc.) sobre la ciencia española y las relaciones entre la Iglesia y la cultura. La primera referencia del polígrafo santanderino a Hervás y a su valía lingüística data de 1875, en que escribe una serie de artículos sobre «Jesuitas españoles en Italia»», publicados en La España Católica, donde dice: «La ciencia filológica cuenta a Hervás entre sus primeros y más esclarecidos representantes; los estudios lingüísticos fueron ocupación constante de su vida, y constituyen su mayor título de gloria, en el juicio de la posteridad»
(citado por Cascón, 1940: 376). Al año siguiente -1876- le concede decididamente la paternidad de la «filología comparada»», primero en un artículo que publica en La Tertulia de Santander (cfr. Cascón, 1940: 433), y luego en las epístolas que con el título «Polémicas, indicaciones y proyectos sobre la Ciencia Española» envía a la Revista Europea, en defensa de la actividad científica en España durante los siglos XVI, XVII y XVIII, que había sido negada por Azcárate. Estos artículos vuelven a aparecer en una edición aumentada de 1880: La Ciencia Española: Polémicas, indicaciones y proyectos; y más tarde, en 1887-1888, con correcciones y adición de un volumen completo, el tercero, con el título La Ciencia Española (Polémicas, proyectos y bibliografía) como obra definitiva. De esta tercera edición (1887: 28) son las siguientes palabras: «riquísima mies lingüística [las gramáticas, catecismos y traducciones de libros sagrados de misioneros jesuitas] que á fines del siglo XVIII había de cosechar uno de los más esclarecidos hijos del solar español, el jesuita Hervás y Panduro, de cuyo cerebro, como Minerva del de Júpiter, brotó armada y pujante la Filología comparada»
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La misma idea se repite en el Discurso de contestación del discurso de Mir en su entrada en la RAE (9 de mayo de 1886): «Y ya que la intolerancia de nuestros mayores nos privó de la inmensa gloria que sobre esta Academia hubieran arrojado nombres como el de Hervás y Panduro, padre de la filología comparada...»
(citado por Cascón, 1940: 503). Y en la edición de 1911-1932 de Historia de los heterodoxos españoles (vol. VI: 175): «En un solo día arrojamos de España al P. Andrés, creador de la historia literaria, el primero que intentó trazar un cuadro fiel y completo de los progresos del espíritu humano; a Hervás y Panduro, padre de la filología comparada y uno de los primeros cultivadores de la etnografía y de la antropología...»
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La generosa atribución de Laverde y de Menéndez Pelayo tuvo una excelente acogida por parte de nuestros intelectuales. De su inmediata repercusión da buena muestra el discurso de recepción del P. Fita en la Real Academia de la Historia, que con el título El Gerundense y la España primitiva, fue leído el 6 de julio de 1879, en donde se refiere a Hervás como el sabio «que echó los cimientos a la Filología comparada en relación estrecha con la etnología...; del infatigable creador de la Filología moderna, arqueólogo, astrónomo, filósofo, varón, en fin, en quien la ciencia era universal»
(citado por Beltrán, 1928: 72). Muñoz y Manzano, conde de la Vinaza, en la Bibliografía española de Lenguas indígenas de América en el «Prólogo» (1892: VI), entre otras alabanzas a Hervás, afirma que «creó la lingüística ó filología comparativa»
; y vuelve a insistir en ello en sus obras siguientes: En la Biblioteca Histórica de la Filología Castellana, concretamente en la «advertencia preliminar» (1893: XXV), presentándolo como «indiscutible fundador de la filología comparada»
, y en La Ciencia española y la Filología Comparada (1932: 9-11), en donde se pueden leer frases como éstas: «Sistematizando y metodizando los trabajos de los misioneros españoles, otro español ilustre, de quien ya he hecho mención, don Lorenzo Hervás y Panduro, echaba los cimientos de la ciencia de las lenguas y esclarecía a la vez difíciles problemas históricos y geográficos»
; «A éste [Hervás] corresponde, sin controversia, el privilegio de ser como la piedra angular de la glotología, porque desde que él publicó su sistema y sus observaciones han sido fáciles y rápidos los progresos en la clasificación de las lenguas y en su historia; fecundísimos los principios iniciados con el dogmatismo creador; profundas y provechosas las modificaciones introducidas, sobre todo en los dominios de la fonética por los métodos de la gramática comparada»
. Amor Ruibal (1904-1905, vol. II: 2), desorbitando aún más los méritos del jesuita, lo presenta como un científico excelentemente dotado, documentado, riguroso y sistemático: «Séanos, pues, permitido saludar en Hervás -escribe- al iniciador de la ciencia glotológica, al legislador primero de la lingüística, universal maestro de la Gramática comparada, y reclamar para el sacerdote español y para la patria ese timbre de gloria que, como tantos otros, más que por propia iniciativa, ha venido por extraño influjo á sernos indiscutiblemente otorgado y definitivamente reconocido»
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El espíritu nacionalista de Menéndez Pelayo se deja sentir con evidencia en la crítica de la primera mitad del siglo XX, y la idea de la revolución lingüística hervasiana se sigue manteniendo. Carmelo Viñas Mey (1917: 6), al que impulsa un propósito similar al del autor de La ciencia española, claramente declarado en dos artículos de 1917, vuelve a recordar «que es un sabio español, el abate Hervás y Panduro, quien, creando la Filología Comparada ha echado los cimientos de toda esa gran obra de progreso»
. Beltrán y Rózpide (1928: 72), citando las palabras del P. Fita reproducidas por nosotros un poco antes, insiste en la misma idea. Posteriormente, en una obra importante de la bibliografía hervasiana, Estudios sobre Lorenzo Hervás y Panduro (1735-1809), I. Vida y escritos, de Julián Zarco Cuevas (1936: 30) se le sigue considerando «inmortal creador de la Filología comparada»
.
Terminaremos esta exposición -que podría ser más extensa- con dos referencias más. La primera de Enrique Sánchez Reyes (1940: 21), que, en el «Prólogo» al trabajo de Miguel Cascón: Los jesuitas en Menéndez Pelayo, toma literalmente las palabras de elogio -hasta la misma imagen- que el profesor santanderino dedicara a nuestro autor en La ciencia española: «... los estudios y disciplinas todas, tienen dignísimos maestros y primeras figuras entre los jesuitas españoles, y a veces algunos de ellos son los verdaderos impulsores de una nueva ciencia, como ocurre con Hervás y Panduro, de cuyo cerebro, como Minerva de Júpiter, brotó armada y pujante la filología comparada»
. La segunda, de Nicolás González Ruiz, que hace una edición de la obra de Hervás Causas de la Revolución de Francia, en cuyo «Estudio Preliminar» (1943: 7) repite de nuevo la susodicha apreciación: «Lorenzo Hervás y Panduro, hombre de ciencia, verdadero creador de la Filología comparada...»
.
Es fácil pensar que una idea mantenida a lo largo del tiempo debe tener sólidos fundamentos. Pero, en realidad, se trata de uno de esos ejemplos de inercia crítica que admite sin la reflexión necesaria teorías sostenidas por autoridades reconocidas. En este caso, la influencia directa o indirecta de Menéndez Pelayo es evidente; con la adición de una actitud de patriotismo interesado, que también guiaba al maestro santanderino.
Algunos de los estudios que acabamos de mencionar se limitan a repetir los elogios que de nuestro autor había hecho Menéndez Pelayo. Otros, procuran refrendar la valoración enunciando los descubrimientos lingüísticos de Hervás. Y lo que hacen es repetir también -y enaltecer en lo posible- la relación de méritos señalados por Max Müller, transcritos casi literalmente por Menéndez Pelayo2.
Para Amor Ruibal (1904-1905, vol. II: 5-6), como para Max Müller, la aportación de Hervás consiste en que «desterró el procedimiento de semejanza léxica externa como medio único de investigación e introdujo el principio fecundísimo de etimología y formas gramaticales»
y en el establecimiento de varias familias lingüísticas: la semítica, la llamada turania, la de las lenguas malayas y polinesias, etc. Viñas Mey (1917) -por citar otro caso- sigue tan de cerca a Menéndez Pelayo y a Amor Ruibal, que muchas de sus expresiones parecen tomadas literalmente de uno y de otro.
En este ambiente de exaltación de los valores patrios, fueron desoídas voces más sensatas, como la de Julio Cejador (1906: 455), que trató de reducir a sus justos términos el valor del jesuita español: «No es necesario repetir -dice- los elogios que de él hacen Wiseman, Volney, Pott, Max Müller y otros, pero tampoco se le ha de llamar a boca llena el padre de la lingüística... Franz Bopp es el verdadero padre de la ciencia del lenguaje, como inventor del severo análisis lingüístico y como fundador que, aplicándolo, echó los cimientos y levantó las paredes maestras del edificio: Sir William Jones y Lorenzo Hervás y Panduro podemos decir que fueron sus más inmediatos precursores»
.
El entusiasmo de los españoles, por otra parte, contrasta con la escasa relevancia que, fuera de nuestras fronteras, han dado a Hervás los historiadores de la lingüística, donde podemos apreciar también la inercia crítica que estamos comentando, aunque en otro sentido bien diferente. Thomsen, por ejemplo, en su obra histórica, publicada en 1919, le dedica solamente una veintena de líneas, con algunos datos biográficos y bibliográficos de Hervás, y un breve comentario, en donde destaca que «es uno de los primeros que enfoca la importancia de la construcción gramatical en el cotejo de las lenguas frente al vocabulario, cifra de todos los esfuerzos hasta entonces»
(1945: 59).
J. Perrot, Hans Arens y Georges Mounin, que siguen a Thomsen -también en sus errores-, reducen la información que el lingüista danés había dado sobre Hervás. Perrot (1952: XXII) le concede el mérito de «considérer la grammaire comme essentielle pour l'établissement des comparaisons»
; señalando que supo apreciar varias familias lingüísticas, particularmente la semítica y la malayo-polinesia, y que advirtió la semejanza entre el sánscrito y el griego, aunque no la interpretó correctamente. Arens (1976, vol. I: 204) resalta que «en su relativamente escasa comparación no descuida la estructura gramatical de las lenguas»
. Y Mounin (1971: 154), que sitúa a Hervás al lado de otros autores del siglo XVIII, para mostrar una línea que va a desembocar en la gramática comparada del siglo XIX, dice de él que fue «más sensible al parentesco de las estructuras gramaticales que al vocabulario, y que relaciona ya griego y sánscrito, malayo y polinesio»
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En otras obras históricas, como A Short History of Linguistics (1967), de R. H. Robins, ni siquiera aparece el nombre de Hervás.
Sobre este aspecto, Coseriu (1978) ya ha demostrado la deformación histórica que han sufrido las interpretaciones «parciales» y «algo apresuradas» (aunque, en rigor, «no falsas») de Benfey y de Thomsen por parte de los autores que les han seguido: Perrot, Arens y Collado. Así, por ejemplo, refiriéndose al Catálogo de las lenguas, Thomsen (1945: 54) declara: «El objetivo de la gran obra de Hervás es no tanto describirnos las distintas lenguas, cuanto demostrarnos por medio de ellas el parentesco y diversidad de los pueblos»
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Perrot (1952: XXII) aplica la idea de Thomsen a toda la obra lingüística de Hervás, al que ve «plus préoccupé d'établir les affinités et différences entre les peuples que de décrire des langues».
Arens (1976, vol. I: 204) limita la información de Hervás al Catálogo de las lenguas y dice que «el autor tiene un interés exclusivamente etnológico, pretende explicar el parentesco y linaje de los pueblos»
. Y Collado (1973: 47-48), refiriéndose a toda la producción de Hervás, comenta que su finalidad «no tanto es describir las distintas lenguas, cuanto sobre todo demostrar por medio de ellas el parentesco y diversidad de los pueblos; sus objetivos son, pues, ante todo etnográficos, como en muchas de las compilaciones de este tipo»
.
Aún habría que añadir otra lista de autores españoles -prácticamente la misma de los que le atribuyen la fundación de la lingüística comparada- que, sobre el carácter de la obra de Hervás, se pronuncian en el mismo sentido, aunque exagerando también en esto los méritos del jesuita. Laverde (1868: 481), a la vez que padre de la lingüística le considera «padre de la Etnografía»
; Menéndez Pelayo, en la Historia de los heterodoxos españoles (1911-1932, vol. VI: 175) dice que fue «uno de los primeros cultivadores de la etnografía y de la antropología»
; Beltrán y Rózpide (1928: 72) habla de Hervás como el sabio «que echó los cimientos a la Filología comparada en relación estrecha con la etnología»
; el Conde de la Viñaza (1892: XVI-XVIII) afirma: «Que a los españoles y portugueses puede decirse que se debe casi absolutamente, no sólo el copiosísimo fomento de la etnografía filológica, sino la formación y el plan primero de esta ciencia, cuya gloria nunca podrá ser disputada a nuestro Hervás»
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No queremos hacer más extensa nuestra relación. En lo aquí expuesto nos parece plenamente confirmada la severa crítica que hacía Coseriu (1978: 37-38) a la bibliografía que había entonces sobre Hervás: «Pues la verdad es que nadie lo lee ni lo ha leído íntegramente: ni los que le alaban ni los que le critican. Aun lingüistas por lo demás muy atentos y escrupulosos se fundan, al ocuparse de Hervás, en noticias anteriores a las que prestan fe, mientras que ellas, muy a menudo, no merecen fe ninguna. Y los pocos historiadores de la lingüística que han visto efectivamente las obras (o, por lo menos, obras) de Hervás se han limitado, por lo general, a una rápida consulta y se han conformado con consignar los datos encontrados en una u otra de ellas, sin cotejarlos con los que aparecen en otras obras»
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Afortunadamente la situación ha cambiado en los últimos años, en que se han realizado algunos trabajos, documentados y con un rigor científico ejemplar, sobre determinados aspectos de la obra lingüística de Hervás. Sobre todos, destacan los de dos grandes maestros, Antonio Tovar y Eugenio Coseriu, que han tratado asuntos de tanto interés como «Hervás y la lingüística histórica»», «Lorenzo Hervás en la víspera del descubrimiento del indoeuropeo», «Hervás y el sustrato»», etc. Gracias a ellos conocemos mejor algunos méritos del jesuita; también sus limitaciones. Han advertido correctamente que ni fue el creador de la etnología, ni del método comparativo. Sólo desearíamos que en trabajos posteriores no se siguieran repitiendo errores sobre Hervás, como el de que «Max Müller lo redescubrió como "el padre de la filología comparada"»
, que encontramos, otra vez, en el estudio introductorio de Breva-Claramonte y Sarmiento a la edición facsímil del Vocabolario poligloto y del Saggio pratico delle lingue (1991: 11). También, que se pusiera más cuidado para no caer en imprecisiones e inexactitudes nuevas. Así, por ejemplo: El volumen XIX de Idea dell'Universo, más concretamente, el Trattato I, titulado Arithmetica delle nazioni, no se publicó en 1785, sino en 1786 (la dedicatoria a Monseñor J. Bufalini está firmada en Cesena, el 31 de diciembre de 1785). Y otra más grave: La Escuela española de sordomudos, consta efectivamente de dos volúmenes, publicados en Madrid en 1795, pero el segundo no se titula Catecismo de doctrina christiana para instrucción de los sordomudos. Ésta es otra obra, publicada al año siguiente, en 1796. Ambos errores también en Breva-Claramonte y Sarmiento (1991: 16). Y una interpretación equivocada de los mismos autores (1991: 15): Dicen que el Catalogo delle lingue «Fue publicado en español muy ampliado, en 6 volúmenes»
. No es cierto. El Catálogo de las lenguas español no es una traducción, ni siquiera una versión del Catalogo italiano. Es una nueva obra. Su planteamiento es completamente distinto. El título completo, como se puede apreciar en la relación de obras de Hervás que presentamos al comienzo de este trabajo, también es diferente: La obra italiana ocupa un solo tomo, la española seis, y aún quedó sin concluir3.
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