Guillermo Díaz-Plaja o el diálogo incansable
Marcelino Jiménez León
Guillermo Díaz-Plaja (Manresa, 1909-Barcelona, 1984) es una de las figuras esenciales en el diálogo entre Cataluña y España, por muchas razones, como veremos en este artículo, e hizo de esta cuestión uno de los ejes de su vida y de su obra. Aunque se definió como «anti especialista», terminó siendo una figura de referencia en diversos ámbitos de la historia de la Filología hispánica del siglo XX, de la que es parte esencial, no solo por la variedad de campos en que trabajó, sino también por la perspicacia con que lo hizo y por su dimensión didáctica: ambas características han permitido que sus trabajos sigan siendo hoy vigentes e iluminadores. Él mismo se definió como «anti especialista», entendido como el intelectual que explora varias áreas sin dejar fuera de su interés ningún fenómeno que tenga relación con la cultura. Así, en su extensa producción hallamos descubrimientos e investigaciones literarias pioneras o de referencia obligada (como su Introducción al estudio del Romanticismo español, 1936; El espíritu del Barroco, 1940; Modernismo frente a 98, 1951; o El combate por la luz. La hazaña intelectual de Eugenio d'Ors, 1981), pero también ensayo divulgativo (como El arte de quedarse solo y otros ensayos, 1936 o La ventana de papel, 1939, por citar solo dos ejemplos muy tempranos); obras mayores de historia literaria (así, su Historia general de las literaturas hispánicas, en seis volúmenes publicados entre 1949 y 1967), y simultáneamente, una amplia trayectoria en didáctica de la literatura (destacó como autor de manuales) y crítica literaria (ejercida primero en la prensa y luego, en muchos casos, recogida en volumen, como en La creación literaria en España -1968-, o Cien libros españoles -1971-, que recoge buena parte de su labor en el diario ABC). Y, al mismo tiempo, observación del entorno sociocultural (Sociología cultural del posfranquismo, 1979); cultivo de la poesía (desde el Primer cuaderno de sonetos, 1941 hasta el Atlas lírico, 1978, sin olvidar su producción poética en catalán), y también seguimiento del fenómeno teatral (Esquema de historia del teatro, 1944); gestión cultural a través de la dirección de centros diversos (el Instituto del Teatro o el Instituto Nacional del Libro, entre otros) y pasión por la literatura de viajes (desde Cartes de navegar, publicado en 1935 a Mis viajes por Asia, 1984); monografías sobre autores (destacan las dedicadas a Federico García Lorca en 1948; Juan Ramón Jiménez en 1958 y Ramón María del Valle-Inclán en 1965), y trazados panorámicos de una época (a los ejemplos citados anteriormente pueden sumarse ensayos tan valiosos como Estructura y sentido del Novecentismo Español o Vanguardismo y protesta en la España de hace medio siglo, ambos publicados en 1975), todo ello tanto en castellano como en catalán. Una gran cantidad de géneros diversos, de ámbitos diferentes y de recepciones distintas que comportan necesariamente una documentación rica y variada, lejos del campo acotado de un saber restringido (lo que hoy se llama transdisciplinariedad), todo lo cual redunda en una más amplia y certera visión de los temas que Díaz-Plaja trató, en especial, el que aquí nos ocupa sobre su papel en las relaciones entre Cataluña y España.
Su trayectoria profesional fue realmente brillante desde el principio hasta el final de su carrera. Estudio Filosofía y Letras en la Universidad de Barcelona, donde obtuvo el Premio Extraordinario de Licenciatura en 1931. En 1932, atento siempre a las novedades, organizó en la Universidad de Barcelona el primer curso universitario sobre cine celebrado en España, y en muy poco tiempo alcanzó una posición relevante en el mundo de las Letras: en 1935 recibió el Premio Nacional de Literatura con un excelente ensayo titulado Introducción al estudio del Romanticismo español, a la vez que colaboraba en la prensa en castellano y en catalán, con aportaciones relevantes en ambas lenguas, como demuestran las primeras entradas de su bibliografía. Sus tres primeros trabajos están publicados en castellano y tienen que ver con la tradición y el canon (Rubén Darío y Francisco de Goya) pero el cuarto es un estudio publicado en catalán, pionero en su ámbito y que muestra la perspicacia de Díaz-Plaja para descubrir nuevos horizontes: Una cultura del cinema: introducció a una estètica del film (Barcelona, Publicacions de La Revista, 1930, con prólogo de Sebastià Gasch). Dos años después se publicó otro estudio en catalán que va en la misma línea: L'avantguardisme a Catalunya i altres notes de crítica (Barcelona, Publicacions de La Revista, 1932), ensayo que, como tantos otros suyos, ha resistido muy bien el paso del tiempo. En los años de preguerra siguió publicando ensayos y artículos tanto en catalán como en castellano, y en el para él annus mirabilis de 1935 recibe el Premio Nacional de Literatura por el ya citado ensayo sobre el Romanticismo español (donde rastrea por vez primera la importancia de Cataluña en la introducción del Romanticismo en España; se publicó en 1936 y conoció varias reediciones hasta 1980). En ese año, el mismo en que obtiene la plaza de catedrático en el Instituto Jaume Balmes, también publica su primer libro de viajes, en catalán: Cartes de navegar (Barcelona, Llibreria Catalònia, 1935).
Pero la guerra civil modificó la trayectoria de esta brillante carrera en ambas lenguas, y le hizo pasar a pertenecer a lo que él mismo llamó «una generación destruida»
. En el libro de memorias que tituló precisamente así evoca un momento de 1936, en plena guerra civil, que dibuja el polo opuesto a esa fulgurante carrera: «Me veo […] bajando por el Paseo de Gracia. Ya no soy escritor, ni catedrático, ni conferenciante, ni periodista. Voy vestido de caqui y llevo al hombro un saco de patatas. Voy contento porque en casa el saco será muy celebrado. Estoy aquí. Estoy aquí ahora, y seguiré estando aquí después. Entiendo esto un poco vagamente, un poco a la desesperada. Me agarro a mi raíz, como un molusco a la roca. Pienso que, en cualquier caso, mi misión consiste en permanecer»
(Díaz-Plaja, Memoria de una generación destruida, p. 138). He aquí una clave esencial de su pensamiento que algunos de los trabajos sobre su persona escritos en los últimos años no han sabido interpretar adecuadamente, queriendo ver espíritu acomodaticio y arribista donde había una opción personal difícil, que también tuvo sus riesgos y consecuencias negativas. Si bien, en honor a la verdad, hay que decir que también se han publicado en fechas recientes varios estudios sobre la figura de Díaz-Plaja, como los citados en la bibliografía final, mucho más precisos y más ponderados en el análisis.
Fiel a este pensamiento («mi misión consiste en permanecer»)
, durante el largo invierno franquista, y también cuando terminó, Guillermo Díaz-Plaja supo proseguir una importantísima labor que a él le gustaba definir como «tendedor de puentes»
, en varios sentidos. En primer lugar, desde el punto de vista didáctico. Su divisa fue «aproximar lo mejor a los más»
, desde la perspectiva del «anti-especialista: el impenitente curioso de horizontes»
, como ya hemos visto que le gustaba definirse. En sus conversaciones con Dámaso Santos afirmaba: «Entiendo que toda mi obra está bajo el signo de lo didáctico»
, incluyendo aquí su labor crítica, según él mismo escribió: «de ahí que yo tenga de la crítica un concepto modesto y didáctico; que la considere como una actitud "pontifical" en el sentido radical de tendedor de puentes»
(Santos 1972: 31, 115, 140 y 137, respectivamente). Esa labor periodística la ejerció en medios tan importantes como La Vanguardia o ABC, en España o La Nación de Buenos Aires (como la había ejercido antes de la guerra, y en catalán, en la revista Mirador, por ejemplo), y de ella surge buena parte de su obra ensayística.
Pero sobre todo fue hombre-puente entre Madrid y Barcelona, y predicó con el ejemplo, pues durante muchos años mantuvo, por sus obligaciones profesionales, casa y cargos importantes en ambas capitales. También fue hombre-puente entre España y América (supo ver desde muy pronto la importancia de la literatura hispanoamericana) y, más ampliamente, entre culturas distantes y distintas, estudiadas siempre desde una perspectiva comparatista. Viajero incansable por todo el mundo (destacan sus constantes viajes a América), cuando le preguntaron, en 1972, qué zonas resaltaría, afirmó: «Europa, sin vacilar. Soy europeo obstinando y me aterra el entusiasmo con que se apoyan los factores diferenciales o pintorescos […]. Mi ideal político sería naturalmente los Estados Unidos de Europa, que no tendrían otro defecto que el de no ser los Estados Unidos del Mundo»
(Santos, 1972: 89). Todos estos aspectos muestran su radical modernidad, el interés de su legado y la apertura de horizontes sobre la que se asienta su voluntad de diálogo y comprensión.
Su trayectoria profesional fue distinguida con diversos reconocimientos. Señalo a continuación, a modo de ejemplo, algunos de los hitos más destacados: miembro de la Real Academia Española, de la Real Academia de Buenas Letras de Barcelona y de la Hispanic Society; Premio Nacional de Literatura en 1935; Primer Premio Internacional de Poesía (Espiga de Oro) del Congreso Eucarístico de Barcelona en 1952, Premio Ciudad de Barcelona de Ensayo en 1961, Premio Nacional de Cultura Hispánica en 1980 (conviene destacar que los dos ensayos que motivaron estos dos últimos premios -Viatge a l'Atlàntida i retorn a Ítaca. Una interpretació de la cultura catalana y El combate por la luz. La hazaña intelectual de Eugenio d'Ors- están estrechamente vinculados al tema que nos ocupa); Doctor Honoris Causa por las Universidades de San Marcos (Lima, Perú), de Cuyo (Mendoza, Argentina) y de Estrasburgo (Francia), también recibió la Orden de Isabel la Católica y la de Alfonso X.
Paradójicamente, a pesar de su perspicacia en la historiografía literaria y a la modernidad de sus enfoques, su obra no ha sido investigada con la atención que merece (con algunas excepciones), si bien desde comienzos del siglo XXI se inició una fase de revisión, cuyo primer paso importante es el estudio de Mainer (2003), y entre los hitos más destacados hay que citar la bibliografía (compilada por Díaz-Plaja, Roca-Sastre y Vela, 2007), el epistolario (seleccionado y editado por Amat, Bravo y Díaz-Plaja, 2009) y el volumen compilatorio editado por Jiménez León (2017). Y, sobre todo, debe subrayarse el trabajo constante en torno al Fondo Guillermo Díaz-Plaja, ubicado en la Reial Acadèmia de Bones Lletres de Barcelona, donde, además de custodiarse el legado bibliográfico y archivístico de Guillermo Díaz-Plaja (salvo el epistolario, conservado en la Unidad de Estudios Biográficos, de la Facultad de Filología y Comunicación de la Universidad de Barcelona), se ubica la Asociación Fondo Guillermo Díaz-Plaja, que realiza una importante labor de conservación, investigación y difusión de su obra y de los temas que le preocuparon, en especial esa labor de puente entre Cataluña y el resto de España (véanse: http://www.guillermodiazplaja.com/ y https://www.fondoguillermodiazplaja.com/).
Volviendo al segundo calificativo que utilizaba Díaz-Plaja para definirse, el de hombre-puente, como he señalado, con esta expresión se refería a su voluntad de ser un vínculo entre sus dos lenguas, la catalana y la castellana; entre el mundo barcelonés y Madrid; entre España y América; entre culturas teóricamente alejadas, como la rusa o la china y la nuestra. Esta voluntad de diálogo, en lo que atañe a las relaciones entre Cataluña y España, ha sido estudiada, entre otros, en los trabajos de Ana Díaz-Plaja (2003), Conrad Vilanou Torrano y Raquel de la Arada Acebes, Julia Butiñá Jiménez y Juan M. Ribera Llopis (estos últimos recogidos en Jiménez León, 2017). El de Ana Díaz-Plaja (2003) establece de modo preciso las bases sobre las que analizar la obra de Guillermo Díaz-Plaja en relación al tema que nos ocupa en las tres secciones centrales de su artículo (enmarcadas entre la introducción y la conclusión del mismo). La primera sección, «Una vida, una forma de ser», subraya hasta qué punto sus circunstancias personales y su formación intelectual determinaron ese espíritu de diálogo. En la segunda sección, «Ideas sobre el diálogo», señala los cuatro pilares sobre los que debe asentarse ese diálogo entre Cataluña y España. El primer pilar es la necesidad de información (que debía establecerse desde la primera infancia, en las escuelas, hasta el periódico o los trabajos de investigación). El segundo pilar es la apuesta por una España pluricultural, formada por lenguas y culturas diferentes que se integran en una unidad diversa. El tercero es la necesidad del uso de los dos idiomas y la fidelidad a la lengua. «Guillermo Díaz-Plaja siempre defendió el bilingüismo de uso periodístico, y aún el literario: sin detenerse a considerar la posible asimetría del mismo. Al mismo tiempo, informaba a los lectores y escritores del ámbito castellanos acerca de las razones por las que un escritor catalán no querrá abandonar su lengua, y practicará el monolingüismo, clave en el mantenimiento casi milagroso de la lengua catalana en la dictadura»
(Díaz-Plaja, 2003: 22). El cuarto pilar, por último, lo constituyen la unidad y solvencia de la lengua catalana. Finalmente, la tercera sección del artículo de Ana Díaz-Plaja está dedica a los «Vehículos de transmisión» de estas ideas, que fueron todos los que Guillermo Díaz-Plaja tuvo a su alcance: la docencia (en el instituto y en la Universidad), el periódico, sus libros ensayísticos o los de investigación, y, obviamente, todas sus actividades dentro del mundo de la cultura: conviene recordar que fue Director del Instituto del Teatro de Barcelona, de la Real Escuela Superior de Arte Dramático de Madrid y del Instituto Nacional del Libro, además de Presidente de la Asociación de Críticos Literarios. Antes de terminar con el análisis de este trabajo, quisiera señalar un último aspecto clave al estudiar el tema que nos ocupa: la necesidad de luchar «contra el hábito ya establecido de dividir a los que vivieron la posguerra entre héroes y traidores […]. Es posible que la realidad fuera menos clara, un mal escenario para recibir los pasaportes de dignidad e indignidad que hoy algunos otorgan sin importar demasiado la pertinencia del análisis o incluso la veracidad de los datos»
(Díaz-Plaja, 2003: 23).
El trabajo de Joan M. Ribera al que antes me he referido se centra más en el ámbito estrictamente literario, en lo que atañe a las relaciones entre la literatura catalana y la castellana en su producción ensayística y de investigación; y el de Conrad Vilanou y Raquel de la Arada estudia la relación entre Eugenio d'Ors y Guillermo Díaz-Plaja, que muestra la raíz institucionista de su espíritu de concordia, pues concluye que:
Si, por un lado, Díaz-Plaja tiene un pie hincado en el pensamiento orsiano, no es menos verdad que el otro se hunde en la tradición institucionista que vivió en la Cataluña de comienzos del siglo pasado una época brillante (Delgado, 2000). Aunque en ocasiones se ha pretendido minusvalorar esta presencia krauso-institucionista en Cataluña, lo cierto es que, además de la amistad entre Francisco Giner de los Ríos y Joan Maragall, Eugenio d'Ors -que siempre fue bien recibido en la Residencia de Estudiantes, desde cuya tribuna dictó importantes conferencias- mostró sus simpatías por Giner […]. Está claro que, bajo la influencia institucionista, Díaz-Plaja no pudo ver en la relación entre Barcelona y Madrid, entre Cataluña y España, una oposición sino, justamente, un puente que debía favorecer -de conformidad con el mensaje orsiano- la amistad y el diálogo (D'Ors, 1981). Por tanto, Díaz-Plaja puede ser considerado un ingeniero del pensamiento que se sitúa a medio camino entre los radicalismos de ambos lados, esto es, del separatismo catalán y del centralismo unificador español. Así, Díaz-Plaja no tuvo inconveniente en recriminar a los intransigentes de ambos bandos, los de aquí (Cataluña) y los de allá (Meseta).
(Vilanou y de la Arada, 2017: 114-115)
Un repaso por la extensísima bibliografía de Guillermo Díaz-Plaja (recogida en Díaz-Plaja, Roca-Sastre y Vela, 2007 y que suma 554 entradas) mostraría hasta qué punto la voluntad de diálogo es una de las claves de su proyecto vital y profesional. Dado que es imposible hacer aquí ese repaso, por razones de espacio, y para no reiterar lo que ya se ha dicho en los trabajos anteriormente mencionados, sí me quiero detener al menos en sus libros memorialísticos más extensos: Memoria de una generación destruida: 1930-1936 (con prólogo de Julián Marías. Barcelona: Delos-Aymá, 1966) y Retrato de un escritor (Barcelona: Editorial Pomaire, 1978), así como también en el único libro que dedicó explícitamente al tema que nos ocupa: Mentalizar sobre la región. Una posibilidad llamada Cataluña (Barcelona, DOPESA, 1976), con dos objetivos básicos: el de repasar las bases de ese diálogo, para subrayar su vigencia y utilidad todavía hoy y, sobre todo, a partir de la reproducción de fragmentos, estimular la relectura de sus obras, que es el mejor modo de mantener vivo su pensamiento.
En el conjunto de su producción memorialística en castellano el primer libro fue Memoria de una generación destruida: 1930-1936, publicada en la colección «Fiel Contraste» de crítica y ensayo, dirigida por el propio Díaz-Plaja. Este nuevo proyecto editorial se presentaba así: «La colección Fiel Contraste, de crítica y ensayo, será un índice de testimonio y denuncia de nuestra vida cultural»
, y fue inaugurada por Díaz-Plaja con este volumen memorialístico, que supone el acta de bautismo de su generación, volumen al que siguieron los de José Cruset, Pedro Laín Entralgo, Rafael Olivar-Bertrand y Arturo Serrano Plaja. Es decir: los cinco primeros autores son miembros de la generación del 36: tres de ellos en España y dos en América, lo que corrobora la voluntad de tender puentes por parte de Díaz-Plaja. Varios capítulos de este libro subrayan esta voluntad: «Pudimos entendernos» (IX), «Permanecer y dialogar» (XXIII), o «Dialogar es necesario» (XXIV), y no es casual que después de este capítulo sigan otros dedicados a las relaciones entre Cataluña y España, como tampoco lo es que acuda al catalán para explicar la estrecha vinculación entre diálogo y razón: «En catalán, "razonar" y "raonar" enlazan con el verbo que significa hablar ("enraonar"), y por eso es tan nuestro el dicho proverbial de que "hablando la gente se entiende"»
(p. 147).
El primero de esos capítulos dedicados a la relación Cataluña-España se titula, muy significativamente, «Función hispánica de Cataluña», donde insiste en una idea clave: «La variedad es una de nuestras mejores fortunas. Lloren otros la ausencia de una patria monocorde. Nosotros la sentimos, por el contrario, maravillosa en su enérgica pluralidad»
(p. 153). Atribuye a la condición de bilingües una flexibilidad de espíritu mayor que a los que no lo son, y es partidario de incluir en la cultura catalana a los escritores catalanes que escriben en castellano (esta cuestión, que todavía hoy provoca polémicas, la había señalado ya en Viatge a l'Atlàntida i retorn a Ítaca. Una interpretació de la cultura catalana, 1962, pp. 85-86). Además, entiende que la posición geográfica privilegiada sitúa a Cataluña en permanente contacto con Europa y con los valores universales, opuestos a cualquier cantonalismo.
El siguiente capítulo, «Cataluña y la Academia», se centra ya en un aspecto concreto que muestra, una vez más, su amplitud de miras y la actualidad de su planteamiento: la necesidad de que la Real Academia Española de la Lengua se interese por la aportación de los escritores catalanes en lengua castellana, en lengua catalana o en ambas, así como el valiente reconocimiento de que «difusa o explícitamente la Academia tropieza con algo específico en sus relaciones con la cultura de Cataluña»
(p. 160). Sobre este tema volverá en Retrato de un escritor, donde confiesa que «mi sueño de una Academia Española que asumiese la misión representativa de nuestra cultura, un Senado de nuestras múltiples expresiones intelectuales, es, ciertamente, difícil de asumir»
(p. 250, nota 4). De hecho, fue Díaz-Plaja quien, al discutirse un nuevo reglamento de la Academia (promulgado en julio de 1977), propuso -y se aceptó la propuesta con solo dos votos en contra- que se volviese a la denominación de «lengua castellana», para que todos los idiomas de la comunidad hispánica pudieran sentirse «españoles» sin discriminaciones (p. 250, nota 4). Sobre el tema de la Academia y Cataluña insistirá en Tratado de las melancolías españolas (Madrid, Sala, 1975).
Volviendo a Memoria de una generación destruida, el siguiente artículo, «El catalán y el diccionario académico», puntualiza, en favor de la lengua catalana (y de sus variantes habladas en Valencia, Baleares y Alguer, en Cerdeña), algunas definiciones del diccionario académico al respecto. «Solana y Clarà, la antítesis española» constituye un ejercicio práctico para comprender la diversidad y complementariedad de las Españas mediante dos artistas coetáneos pero muy diferentes entre sí; este artículo es una muestra más de cómo Díaz-Plaja es capaz de percibir la riqueza y complementariedad de los opuestos. Los dos artículos que concluyen esta serie marcan otros dos problemas que siguen vigentes: «Desaprovechamiento de energía», dedicado a lo mal que administramos nuestro rico capital cultural, y «Nos falta vocación exterior», donde nos advierte de que «todos los nacionalismos, los grandes y los chicos, padecen el grave peligro de desconocer el horizonte, entusiasmados como están en su propio ombligo»
(p. 175), «creyendo dar veracidad espiritual a aquel letrero ferroviario que nos previene que "es peligroso asomarse al exterior"»
(p. 177). Termina el libro con una idea subrayada también en otros ensayos suyos: el diálogo ha sido posible también gracias a la mano tendida de los que no se exiliaron.
En Retrato de un escritor son varios los momentos en que se destaca la importancia de su labor como tendedor de puentes, pero conviene rescatar al menos dos: el primero, cuando recuerda que bajo su mandato en el Instituto Nacional del Libro se empezó a publicar anualmente un catálogo de libros en catalán, y que «era menester que, también en lengua castellana, se hiciera saber la realidad múltiple de las Españas, y en esa tarea yo quiero reclamar un puesto de honor que sólo dejarán de reconocerme los obtusos o los obcecados. Desde mis libros de texto para bachillerato […], hasta la Historia general de las literaturas hispánicas (con prólogo de Ramón Menéndez Pidal) en las que cada expresión peninsular recibe atención proporcionada, pasando por mi tarea periodística en la que una especial atención a la cultura catalana es perceptible, bien puede señalarse una "constante de atención" que quiero creer que ha sido útil para el entendimiento de nuestros valores»
(p. 183). Además, como el propio autor indica, en esos años él mismo siguió escribiendo y publicando en catalán, tanto creación como ensayo.
El otro momento clave sobre el tema que nos ocupa en este libro lo encontramos en el capítulo «Barcelona-Madrid. Una voz en busca de diálogo», donde señala:
Si, como parece ineluctable, la España de mañana ha de ser "federativa" -dentro de la gran tradición de los Austrias, destruida por los Borbones- es absolutamente necesario que se establezca un "pacto de lealtades" según el cual los acuerdos para la convivencia no puedan jamás torcerse utilizando la coyuntura política para exigir más o menos de lo estipulado. Muchas premoniciones nos llevan a temer que ese pacto de lealtades sea muy difícil. Pero entregarse a tareas difíciles es el signo de la aristocracia: Noblesse oblige. El concepto válido -insistimos- es el de enriquecimiento. De suerte que cualquier intento de desconocer la realidad equivale a una mutilación de nuestro ser colectivo.
(pp. 277-278)
Los años transcurridos desde que se escribieron estas frases, y los sucesos políticos acaecidos en todo este tiempo, dan todavía más valor a esa necesidad de un «pacto de lealtades» que no pueda torcerse por intereses políticos.
Pero, como hemos dicho, Díaz-Plaja dedicó al tema que nos ocupa un ensayo: Mentalizar sobre la región. Una posibilidad llamada Cataluña, publicado muy oportunamente en octubre de 1976, precisamente, como dice en el prólogo, para que sus ideas sean de utilidad en «esta hora constituyente de España»
. El libro no se ha vuelto a editar, pero lo merecería, por lo interesante de su análisis y de su lectura tantos años después de su publicación. Como en la mayor parte de su producción ensayística, el volumen se forma a partir de artículos publicados en la prensa, o ya recogidos en otros libros suyos, pero tiene una perfecta articulación, que empieza señalando la función del intelectual. En el segundo bloque, «Carta a un escritor de Madrid», comienza afirmando: «llevo muchos años en la difícil y no agradecida tarea de explicar a los españoles la necesidad de entender la pluralidad de las Españas como una realidad biológico-cultural irreversible»
(p. 41). Para ello es absolutamente necesario estar bien informados y, como dice el último epígrafe de este capítulo, sobre todo es imprescindible «Entender para entendernos». El tercer bloque «El diálogo como necesidad» señala la otra premisa, y trata un problema esencial en el que todavía estamos inmersos: «no le demos más vueltas: simplificar es, muchas veces, una cómoda manera de mentir»
(p. 67). Por fin, el cuarto apartado aborda el tema esencial: «Mentalizar sobre Cataluña», para lo cual es necesario mentalizar sobre la región, sobre la provincia y sobre la ciudad, entendiendo por «mentalizar» «ofrecer datos para "tomar conciencia" de nuestra propia colectividad»
(p. 91). Los apartados que siguen a este muestran la eficacia del método para el análisis que hace Díaz-Plaja, quien atiende a la urgencia del instante, pero también a la perspectiva histórica y la proyección de Cataluña hacia el exterior. El volumen continúa con una sección sobre «Europa y el ideal federativo», unos interesantes «Programas para hoy y para mañana» y un «Nuevo diálogo sobre las lenguas», al estilo renacentista, donde Díaz-Plaja coloca como protagonistas a Salicio y Nemoroso. Concluye con un apéndice titulado «Algunas melancolías españolas», que en realidad, como advierte el autor, son unos capítulos de su libro Tratado de las melancolías españolas. Y no es baladí este final, pues el libro termina con una reflexión etimológica sobre la palabra «melancolía», de estirpe catalana, y con la cita de unos versos de Salvador Espriu que puede funcionar como epítome:
nuestras gentes, hablando lenguas distintas, llegarán a un amoroso entendimiento:
i diversos són els homes, i diverses les parlesi convindran molts mots a un sol amor.
Pero siempre, siempre, la melancólica reflexión dominante:
aquesta tristesa inmensa, glaçadora que plana des de sempre damunt nostre.
(p. 251)
Aunque en esta obra Díaz-Plaja sintetiza todas sus ideas sobre las bases del diálogo entre Cataluña y España, en sus trabajos posteriores no dejará de volver sobre el tema, muestra evidente de la importancia que tenía para él, plenamente consciente de la relevancia del momento histórico en que escribía y de las consecuencias que sus palabras podían tener en una sociedad que estaba cambiando radicalmente. Así, en Figuras con un paisaje al fondo. De Virgilio a Carmen Conde (Madrid, Espasa-Calpe, 1981) la segunda parte del libro se titula «Un juego de espejos» y consiste en un primer apartado titulado «Cataluña, vista desde Castilla», con páginas dedicadas a José Ortega y Gasset, Miguel de Unamuno, Azorín, Antonio Machado, Gregorio Marañón, Ramón Menéndez Pidal, Américo Castro y Julián Marías, y un segundo apartado titulado «Castilla, vista desde Cataluña», con textos sobre Josep Pijoan, Xènius, Pere Corominas, Gaziel, Josep Maria de Sagarra, Josep Pla, Jacint Verdaguer, Joan Maragall, Josep Carner, Joan Salvat-Papasseit y Salvador Espriu. El objetivo de Díaz-Plaja aquí es predicar con el ejemplo: mostrar las luces y las sombras de todos estos destacados nombres de la cultura respecto al tema que nos ocupa, es decir, intentar comprender (en el sentido más amplio de la palabra) con espíritu de concordia actitudes distintas e incluso contradictorias dentro de un mismo personaje.
Finalmente, en el ensayo que vio la luz poco antes de su fallecimiento, Entre la vida y los libros (Barcelona, Argos Vergara, 1984), vuelve de manera brevísima sobre el tema, insertando un capítulo titulado «Castilla y los catalanes», donde establece la fórmula que él considera necesaria:
Intensificar la política de Catalunya enfora. Hacer lo posible para que las gentes periféricas, sin abandonar la tarea de Catalunya endins, ocupen puestos estratégicos en la cultura peninsular y en los puestos-claves del Estado, utilizando el castellano (que por derecho «también» pertenece al patrimonio cultural de los catalanes) como instrumento de información para todos los españoles, y sin que ello prejuzgue actitudes ni cree discriminaciones intolerantes. Crear, en suma, una imagen de Cataluña que llegue, real y verdadera, a todos los españoles, que deben conocer la tradición de los Austrias, que configuran el Estado como un conjunto de reinos que conservaban sus características naturales. Vino, después, el cuño del uniformismo, procedente de Francia, como todos sabemos.
(p. 190)
Cuando han pasado ya muchos años desde que se escribieron estas palabras, conviene, finalmente, hacer balance de qué es lo que ha fallado en ese diálogo necesario e incesante entre Cataluña y España por el que Díaz-Plaja tanto trabajó. Partiendo de los puntos señalados por él, podrían reducirse a dos cuestiones esenciales: en primer lugar, continuamos careciendo de un sistema educativo que haga conocer, con un cierto grado de profundización, la riqueza que supone la pluralidad lingüística y cultural de España, que nos ayude a conocernos mejor y a sentirnos parte de un todo. En segundo lugar, volviendo al párrafo que acabo de citar, tenemos un problema de conciencia social, que en cierto modo está estrechamente ligado al punto que se acaba de señalar: «este diálogo se formará cuando todos los españoles entiendan que España está formada por diferentes lenguas y culturas que se integran en una unidad diversa»
. La cita es de Ana Díaz-Plaja (2003: 22), quien, a renglón seguido, nos advierte que estas palabras pueden tener diversas lecturas. Y ahí llegamos al quid de la cuestión: la necesidad de una perspectiva que busque el diálogo y no el enfrentamiento, que luche por la comprensión de la complejidad y la diversidad, desde un espíritu de concordia que huya del maniqueísmo simplista de buenos y malos.
Bibliografía
Nota: se cita a continuación únicamente una muy breve selección de la bibliografía sobre Guillermo Díaz-Plaja.
- AA. VV. Querido amigo, estimado maestro: cartas a Guillermo Díaz-Plaja (1909-1984). Edición de Jordi Amat Fusté, Blanca Bravo Cela y Ana Díaz-Plaja Taboada. Prólogo de Anna Caballé. Epílogo de Luisa Cotoner Cerdó. Barcelona: Universitat de Barcelona-Reial Acadèmia de Bones Lletres, 2009.
- Butiñá Jiménez, Julia: «Guillermo Díaz-Plaja, puente entre culturas». En Jiménez León, Marcelino (coordinación y edición), El Fondo Guillermo Díaz-Plaja: perspectivas de un legado. Barcelona: Octaedro, 2017, pp. 121-128.
- Díaz-Plaja Taboada, Ana: «Guillermo Díaz-Plaja: teoría y práctica del diálogo», Ínsula: revista de letras y ciencias humanas, n.º 684 (2003), pp. 21-23.
- Díaz-Plaja Taboada, Ana, Roca-Sastre, Elvira y Vela, Leonor: Bibliografía del Dr. Guillem Díaz-Plaja, Barcelona, Reial Acadèmia de Bones Lletres, 2007.
- Jiménez León, Marcelino (coordinación y edición): El Fondo Guillermo Díaz-Plaja: perspectivas de un legado, Barcelona: Octaedro, 2017.
- Mainer, José-Carlos: «El ensayista bajo la tormenta: Guillermo Díaz-Plaja (1928-1941)». En Mainer, José-Carlos: La filología en el purgatorio. Los estudios literarios en torno a 1950. Barcelona: Crítica, 2003, pp. 17-38.
- Ribera Llopis, Juan M.: «Guillermo / Guillem Díaz-Plaja, discurso y práctica comparatista catalano-castellana». En Jiménez León, Marcelino (coordinación y edición), El Fondo Guillermo Díaz-Plaja: perspectivas de un legado. Barcelona: Octaedro, 2017, pp. 129-141.
- Santos, Dámaso: Conversaciones con Guillermo Díaz-Plaja. Madrid: Magisterio Español & Novelas y Cuentos, 1972.
- Vilanou Torrano, Conrad y De la Arada Acebes, Raquel: «Guillermo Díaz-Plaja y Eugenio d'Ors: el combate por la luz». En Jiménez León, Marcelino (coordinación y edición), El Fondo Guillermo Díaz-Plaja: perspectivas de un legado. Barcelona: Octaedro, 2017, pp. 105-120.