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Guanga

Evaristo Escalera

Pilar Vega Rodríguez (ed. lit.)

En una de las montañas que dominan la pintoresca villa de Pravia (Asturias) allí parecen una bandada de palomas que ha descendido a beber en las azuladas corrientes del Nalón, brota una hermosa fuente que lleva el nombre que sirve de epígrafe a este artículo. Sus aguas filtran al través de la hierba, por la que se deslizan como otras tantas gotas de rocío que se desprenden de las flores cuando las mecen las brisas matinales.

Sería muy bello, reclinados en el césped contemplar sus fugitivos raudales, deslizarse por la campiña, semejando trenzas de plata, para llevar nueva vida a la rosa silvestre que vegeta humilde entre los brezos, si esa fuente no encerrara una historia, triste por demás para que el alma pueda entregarse a emociones risueñas.

Sería muy dulce adormecerse al suave rumor de sus aguas, soñando la gloria y los amores, si el murmullo que forman al brotar no remedase un lamento tierno y dolorido como el que se escapa del pecho de una doncella enamorada.

Cuando sepáis la historia de esta fuente, las que habéis dormido y soñado dichas junto a ella, sin duda que sentiréis saber sonreído donde se han derramado tantas lágrimas.

Oíd.

I

Hace muchos años una niña llenaba el cántaro en esa fuente.

Un joven la miraba apasionadamente mientras balbuceaba algunas palabras y al oírlas la niña temblaba.

Él extendía el brazo señalando los horizontes.

Ella colocaba una mano sobre el corazón.

Él cayó de rodillas.

Ella lloraba...

Él bebió en un ósculo dos tiernas lágrimas, y pronunció una palabra.

¿Aquella palabra era un adiós?

II

El joven era marino y partía, partía para muy lejos... muy lejos...

Ella quedaba para sufrir los horrores de la ausencia y para decirle al volver:

-He aquí mi amor más grande, más intenso; ¿qué se hizo del tuyo?...

III

El marino cruzaba los mares, mirando desde la popa de su bajel el vívido lucero que resplandecía en Oriente; lucero que era la imagen de su amor.

-No me olvida, no me olvida -y repetía todas las noches que el lucero brillaba con nuevos resplandores-. ¡¡¡Que ella vuelva, que ella se consuele también no dudando de fidelidad y tenga por la imagen de mi cariño la estrella más vibradora de la noche!!!

IV

Su niña está en la fuente.

¿Quién es el que entreteje con las frescas hojas del abedul el cántaro que lleva la niña?

¿Cómo es que rehúsan sus mejillas el matiz de la rosa, y divaga en sus labios de cinabrio expresivas sonrisas?

¿Olvido?

¡¡Olvido!!

Otro amante.

V

-¡Perjura! -exclamó con sofocada voz el marino cayendo sobre el césped.

Una espuma blanca apareció entonces en la superficie de las aguas.

De aquella espuma salió una niña incomparablemente hermosa: era una Xana1.

Tembló la joven y un momento después desapareció arrebatada por la xana en los manantiales de la Fuente.

VI

El marino murió de celos.

Cabe el sitio en que exhaló el postre primer aliento caen siempre esas gotas de agua.

Lágrimas tal vez con que una niña ingrata llora la falsía de sus amores.

¡Niñas!, si vais a Guanga y veis una fuente que vierte sus raudales en diminutas gotas, acordaos de una mujer infiel que expía su pecado... y bebed respetuosamente en ella para aprender y escarmentar.

Oviedo, 15-3-1857.

Evaristo V. Escalera (Las Cortes).

FUENTE

Escalera, Evaristo, «Guanga», en El isleño: periódico científico, industrial, comercial y literario, Año I, Número 43, 3 octubre de 1857, p. 2 y 3.

Edición: Pilar Vega Rodríguez.