11
Ibíd., p. 468.
12
Ibíd., pp. 468-469.
13
Recordemos que Galdós, en estos primeros capítulos, se vale también de otro personaje -Isabel Cordero- para recordar acontecimientos célebres del reinado de Isabel II al hacerlos coincidir con las fechas de nacimiento de sus hijos: «Mi primer hijo -decía- nació cuando se casó la Reina, con pocos días de diferencia. Mi Isabelita vino al mundo el día mismo en que el cura Merino le pegó la puñalada a Su Majestad, y tuve a Rupertito el día de San Juan del cincuenta y ocho, el mismo día que se inauguró la traída de aguas» (II, V).
Este procedimiento de medir la extensión de la peripecia argumental dentro de los hitos históricos a lo largo de toda la novela tiene para GEOFFREY RIBBANS «La historia contemporánea en la estructura y en la caracterización de Fortunata y Jacinta», en Fortunata y Jacinta. Madrid, Taurus, 1986, pp. 47-70, la función de establecer un paralelismo entre los cambios de la política del país y la vida conyugal de Juanito, de esta manera se observa que los periodos de estabilidad política de la nación coinciden con la fidelidad de Juanito a Jacinta. Vid. también en este sentido la introducción de FRANCISCO CAUDET a Fortunata y Jacinta. Madrid, Cátedra, 1983.
14
Páginas de indudable belleza que recrean un ambiente de exotismo que contrasta con la lóbrega descripción del edificio que alberga la casa familiar de Barbarita. En el interior de ella, la niña se cría en una «atmósfera saturada de olor a sándalo, y las fragancias orientales, juntamente con los vivos colores de la pañolería chinesca» (II, II) y Galdós, magistralmente, nos hace partícipes de las impresiones que experimenta Barbarita cuando observa esos maniquíes de tamaño natural vestidos de mandarín, el retrato de Ayun -autor de los bordados de los pañuelos de Manila-, la belleza de los abanicos o de los objetos labrados en marfil y, sobre todo, nos descubre la emoción que experimenta Barbarita cuando contemplaba «aquellas flores bordadas con luminosas torzales y tan frescas que parecía cuajarse en ellas el rocío. En días de gran venta, cuando había muchas señoras en la tienda y los dependientes desplegaban sobre el mostrador centenares de pañuelos, la lóbrega tienda semejaba un jardín. Barbarita creía que se podrían coger flores a puñados, hacer ramilletes o guirnaldas, llenar canastillas y adornarse el pelo. Creía que se podrían deshojar y también que tenían olor...» (II, II).
15
Obras completas, Op. cit., p. 454.
16
Vid. sobre el personaje de Juanito y lo que él representa F. CAUDET, Op. cit., pp. 53-57; J. F. MONTESINOS, Op. cit., pp. 217-226; R. GULLÓN, «Estructura y diseño en Fortunata y Jacinta», en Fortunata y Jacinta, Op. cit., pp. 184-185.
17
CARLOS SECO SERRANO, Obras de don Ramón de Mesonero Romanos, Edición y estudio preliminar de... T. I, Madrid, Atlas, (BAE), 1967, pp. IX-LXXXII.
18
Ibíd., p. LXIV. Carlos Seco dedica unas páginas a poner de manifiesto el respeto y la veneración que sienten por Mesonero los nuevos escritores que despuntan alrededor del 68. Vid. también a este respecto M.ª DEL PILAR PALOMO en su edición, Ramón de Mesonero Romanos. Escenas Matritenses, Barcelona, Planeta, 1987, p. XXXI.
19
Vid. entre otros, los testimonios de JOAQUÍN OLMEDILLA PUIG, Bosquejo biográfico del popular escritor de costumbres don Ramón de Mesonero Romanos. Madrid, Hernández, 1889; CAMILO PITOLLET, «Mesonero Romanos, costumbrista», La España Moderna, octubre de 1903; EMILIO COTARELO Y MORI, «Elogio biográfico de D. Ramón de Mesonero Romanos», Boletín de la Real Academia Española, t. XII, 1925, pp. 153-191, 309-353 y 433-469.
20
Vid. Memorias de un setentón, en Obras de dos Ramón de Mesonero Romanos, Op. cit., t. V, p. 3.