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Lectura


Cómo escribo

Las mujeres no escribimos solemnemente como Buffon, que se ponía para el trance su chaqueta de mangas con encajes y se sentaba con toda solemnidad a su mesa de caoba.

Yo escribo sobre mis rodillas y la mesa o escritorio nunca me sirvió de nada, ni en Chile, ni en París, ni en Lisboa.

Escribo de mañana o de noche, y la tarde no me ha dado nunca inspiración, sin que yo entienda la razón de su esterilidad o de su mala gana para mí...

Creo no haber hecho jamás un verso en cuarto cerrado ni en cuarto cuya ventana diese a un horrible muro de casa; siempre me afirmo en un pedazo de cielo, que Chile me dio azul y Europa me da borroneado. Mejor se ponen mis humores si afirmo mis ojos viejos en una masa de árboles.

Mientras fui criatura estable de mi raza y mi país, escribí lo que veía o tenía muy inmediato, sobre la carne caliente del asunto. Desde que soy criatura vagabunda, desterrada voluntaria, parece que no escribo sino en medio de un vaho de fantasmas. La tierra de América y la gente mía, viva o muerta, se me han vuelto un cortejo melancólico pero muy fiel, que más que envolverme, me forra y me oprime y rara vez me deja ver el paisaje y la gente extranjeros. Escribo sin prisa, generalmente, y otras veces con una rapidez vertical de rodado de piedras en la Cordillera. Me irrita, en todo caso, pararme, y tengo siempre al lado, cuatro o seis lápices con punta porque soy bastante perezosa, y tengo el hábito regalón de que me den todo hecho, excepto los versos...

En el tiempo en que yo me peleaba con la lengua, exigiéndole intensidad, me solía oír, mientras escribía, un crujido de dientes bastante colérico, el rechinar de la lija sobre el filo romo del idioma...

Ahora ya no me peleo con las palabras sino con otras cosas... He cobrado el disgusto y el desapego de mis poesías cuyo tono no es el mío por ser demasiado enfático. No me excuso sino aquellos poemas donde reconozco mi lengua hablada, eso que llamaba Don Miguel el vasco, la «lengua conversacional».

Corrijo bastante más de lo que la gente puede creer, leyendo unos versos que aún así se me quedan bárbaros. Salí de un laberinto de cerros y algo de ese nudo sin desatadura posible, queda en lo que hago, sea verso o sea prosa.

Escribir me suele alegrar; siempre me suaviza el ánimo y me regala un día ingenuo, tierno, infantil. Es la sensación de haber estado por unas horas en mi patria real, en mi costumbre, en mi suelto antojo, en mi libertad total.

Me gusta escribir en cuarto pulcro, aunque soy persona bastante desordenada. El orden parece regalarme espacio, y este apetito de espacio lo tiene mi vista y mi alma.

En algunas ocasiones he escrito siguiendo un ritmo recogido en un caño que iba por la calle lado a lado conmigo, o siguiendo los ruidos de la naturaleza, que todos ellos se me funden en una especie de canción de cuna.

Por otra parte, tengo aún la poesía anecdótica que tanto desprecian los poetas mozos.

La poesía me conforta los sentidos y eso que llaman el alma; pero la ajena mucho más que la mía. Ambas me hacen correr mejor la sangre; me defienden la infantilidad del carácter, me aniñan y me dan una especie de asepsia respecto del mundo.

La poesía es en mí, sencillamente, un rezago, un sedimento de la infancia sumergida. Aunque resulte amarga y dura, la poesía que hago me lava de los polvos del mundo y hasta de no sé qué vileza esencial parecida a lo que llamamos el pecado original, que llevo conmigo y que llevo con aflicción. Tal vez el pecado original no sea sino nuestra caída en la expresión racional y antirrítmica a la cual bajó el género humano y que más nos duele a las mujeres por el gozo que perdimos en la gracia de una lengua de intuición y de música que iba a ser la lengua del género humano.

Es todo cuanto sé decir de mí y no me pongáis vosotros a averiguar más...

Texto leído por Gabriela Mistral,

en una tarde de enero de 1938, en Montevideo.




El decálogo del artista

  1. Amarás la belleza, que es la sombra de Dios sobre el Universo.
  2. No hay arte ateo. Aunque no ames al Creador, lo afirmarás creando a su semejanza.
  3. No darás la belleza como cebo para los sentidos, sino como el natural alimento del alma.
  4. No te será pretexto para la lujuria ni para la vanidad, sino ejercicio divino.
  5. No la buscarás en las ferias ni llevarás tu obra a ellas, porque la Belleza es virgen y la que está en las ferias no es Ella.
  6. Subirá de tu corazón a tu canto y te habrá purificado a ti el primero.
  7. Tu belleza se llamará también misericordia, y consolará el corazón de los hombres.
  8. Darás tu obra como se da un hijo: restando sangre de tu corazón.
  9. No te será la belleza opio adormecedor, sino vino generoso que te encienda para la acción, pues si dejas de ser hombre o mujer, dejarás de ser artista.
  10. De toda la creación saldrás con vergüenza, porque fue inferior a tu sueño, e inferior a ese sueño maravilloso de Dios que es la Naturaleza.

Desolación.






ArribaVoces sobre Gabriela


Gabriela Mistral

La poesía de Gabriela Mistral es nerviosa y firme. No hay en ella vagidos temerosos, sensiblerías mujeriles ni actitudes hieráticas. Surge de sus robustos poros la savia torrentosa de ¡deas macizas y profundas, reveladoras de las fuertes pasiones que encierra, y que cubre sus desnudeces con vestiduras dignas de su abolengo. [...]

Su labor, relativamente escasa pero segura y definitiva, la ha colocado, y no tememos declararlo a pesar de los orgullos que se sentirán atropellados, a la cabeza de ese grupo de seis personalidades que son los más grandes poetas que ha tenido Chile en todos sus tiempos, y que en otra ocasión señalaremos.

Julio Molina Núñez y Juan Agustín Araya.

Selva lírica, 1917.




Presencia de Gabriela Mistral

Siendo Directora del Liceo N.° 6 de Niñas de Santiago, le llegó la invitación del Gobierno de México, la cual hizo noticia continental y permanente ya que ese país significó en su persona el más alto homenaje de fraternidad a Chile.

Contar los actos que en su honor y servicio se le hicieron a Gabriela Mistral con caracteres de acontecimiento, llenos de conmovedores detalles, sería inacabable.

Apuntamos, sí: se le invitó a ella y a una secretaria con todos los gastos pagados; se le instaló una casa-vergel; su arribo fue una apoteosis sin precedentes en México.

Simbólicamente se le entregaban las llaves de las ciudades por donde pasaba. Se edificó y se puso su nombre a una Escuela-Hogar e igualmente a la más grande y moderna Escuela Primaria. Se designó con su nombre a infinitos otros planteles, calles, bibliotecas, centros culturales, etc. Se le erigió una estatua.

Homenajes y finezas ininterrumpidas a lo largo y parejo de dos años a los que se extendió la invitación que originariamente era de seis meses.

Se le fijó una renta mensual en oro para hacer la labor que ella quisiera, la que se le prolongó en Europa, en ¡guales condiciones. En cuanto a mí, que fui de secretaria, y Amantina Ruiz que también fue con nosotras, mis servicios sobraron, porque se puso a su disposición para servirla en ese cargo a la maestra más capacitada de la Universidad, la Srta. Palma Guillen, y a un equipo de taquígrafas y dactilógrafas.

Yo entonces solicité, y obtuve trabajar en el Servicio de Misioneros de Cultura Indígena lo que me permitió recorrer gran parte de la tierra mexicana.

Laura Rodig.




Gabriela Mistral en su poesía

Toda aproximación al mundo poético de un gran escritor puede realizarse por varias vías. Sería así posible penetrar en el espíritu de la poesía de Gabriela Mistral siguiendo el más transitado de los caminos, el de los versos simples, infantiles, inspirados en un sentimiento maternal de la criatura humana y aun de las cosas del cosmos, como lo hiciera por ejemplo, Paul Valéry, cuando escribió el ensayo que sirve de prólogo a una de las ediciones de los versos de nuestra poetisa.

Naturalmente, Gabriela Mistral era eso y algo más en su poesía de tan variados acentos. Fue también la poetisa de una ardiente pasión y, si la pasión hace posible un conocimiento que no podría haber sido conquistado sin ella, forzoso es reconocer que ella poseía una visión personal del mundo, dentro de la cual cada objeto, cada palabra, cada gesto del lenguaje encaman un valor único que llega hasta nosotros como una revelación auténtica. Hay creaciones artísticas que surgen de una identificación de ser, obra y vida. En tales casos, llega el espíritu creador, por medio de su obra, a una suerte de lucidez apasionada. Así sucedía con Gabriela Mistral.

Luis Oyarzún.




Interpretación de Gabriela Mistral

Un cardenal despidió sus restos en el hemisferio norte, otro los recibió en su iglesia del hemisferio sur y, durante el viaje, bajo las nubes, sobre la tierra, Embajadores y Presidentes, los poderes públicos, autoridades civiles, militares, docentes, eclesiásticas, cuanto cada país tiene de representativo y superior, le tributaron honores sin paralelos.

Un diario ha hablado de canonizarla. En respuesta a un libro que en Chile la llamó Divina, en Ecuador la han llamado Santa.

La extraordinaria intensidad de expresión que alcanzan los poemas eróticos de Gabriela Mistral, esos llamados vibrantes en que exhala todo el ser permiten calcular el ímpetu de su primer amor. Sólo la Biblia en que bebió a raudales, curada ya de Vargas Vila, satisfacía su vehemencia y, en sus estrofas, las metáforas ardientes suceden a gritos de pasión, como no se habían escuchado en lengua castellana. Sólo fuera de Chile, conoce Gabriela Mistral la paz, empezando por la no menos importante: la paz económica. Ni la flor otorgada a sus «Sonetos de la muerte» en los Juegos de 1914 ni sucesivos ascensos en su carrera pedagógica la habían liberado del yugo profesional.

Alone.




Yo conocí a Gabriela Mistral

La vi llegar a su patria después de 16 años de ausencia. Gabriela, vestida de tonos tristes, adusta la cabeza gris de lisos cabellos, pálida sin una joya, sin otra gracia humana que la de su alma revelándose, llena como de la fatiga y con parcas, fraternales palabras. Fue el 9 de septiembre de 1954, cuando nuevamente la invitaba el Gobierno de Chile para rendirle honores, otorgarle el título de Doctor Honoris Causa de la Universidad de Chile, creado para ella, declararla huésped ilustre de las ciudades que visitaba desde Valparaíso hasta su propio valle de Elqui, en el norte, y ensalzarla y vitorearla y decirle de viva voz la admiración de la patria suya por cuanto había estado dando de sí a la poesía y a las relaciones humanas.

Venía en barco y en cada puerto chileno que tocó hubo para ella homenajes. Las Municipalidades le dieron medallas de oro en recuerdo, los escolares la rodearon, el pueblo la redescubría. Santiago estaba esperándola con la declaración oficial de día festivo. El Ministro de Educación fue a recibirla acompañado de altos funcionarios. Un tren especial en que viajó al lado de su gran amigo de siempre Hernán Díaz Arrieta (Alone), crítico, admirador de su obra, se vio escoltado a todo lo largo del trayecto entre el puerto y la ciudad, por largos cordones de escolares, que de todas partes acudieron a verla pasar.

Luz Machado de Arnao.




Gabriela Mistral

Mi primer contacto con ella fue la lectura de aquellas pocas poesías que hacia 1920 traspasaron las fronteras de Chile y se reprodujeron en periódicos de América y de España. Tuve al leerlas la impresión inequívoca de encontrarme ante un valor nuevo de primer orden en la literatura de nuestra lengua. Prueba de ello es que muy pronto, en febrero de 1921, di una conferencia en el Instituto Hispánico de la Universidad de Columbia acerca de esta escritora nueva, desconocida entonces para aquel público. Los estudiantes y maestros de español que lo formaban, al saber que las poesías de aquella escritora, amada de ellos desde el primer momento como escritora y como maestra, eran inaccesibles por no haberse publicado en forma de libro, decidieron espontáneamente hacer una edición de ellas, dando así expresión a su admiración y simpatía por la compañera del sur. Así nació la edición primera de sus poesías, juntas bajo el título de Desolación, hecha en 1922 con el consentimiento de la autora, que yo obtuve dirigiéndome a ella en nombre de los maestros norteamericanos de español.

Federico de Onís.




Comienzos de Gabriela Mistral

Gabriela Mistral la miró con su mirada verde. Y la profesora largó el llanto. Lloró a gritos, con alaridos, convulsionada; corrió a su cuarto y durante una hora o más pasaba del sollozo al lamento.

Esta criatura tan alta, sonriente pero seria, absorbida por ideas y propósitos ideales, aparece ante muchas de sus adoradoras como ser desvalido. Hay quien ata el cordón de su zapato; quien la ayuda a vestirse. Alguien hace por ella pequeñas o grandes diligencias. Rara vez anda sin compañía. Numerosas personas de cerca o de lejos, velan por su ventura y, si algo amargo le sucede, recíbenlo como daño personal.

¿Por qué suscita tan grande admiración en este país sin héroes?

Del cabello al pie todo en ella es sencillo y austero. Tiene grandes ojos verdes, muy límpidos; nariz aguileña, boca que se deprime en las comisuras y color blanco cobrizo. Al hablar mueve sus manos albas, de largos y bien formados dedos. Anda con paso lento y señoril. La voz, agradable y monótona, gotea. En su feminidad hay algo de trascendente. El asunto más pueril en otra boca fluye de la suya con sustancia. Mana de su naturaleza autoridad y envuelve cuanto expresa. Habla del campo, la política, de mil asuntos. No siempre está contenta de lo que acaece. Jeremías sopla por su espíritu. Mejor sería decir que rara vez lo está. Es un poquitín pesimista. Dentro de ella hay un angustiado reformador. Aunque diga sus ocurrencias sin alzar el tono, nada se pierde, la tertulia absorbe el sentido, la voz y el gesto. ¿Es muy importante lo que dice? Pocos estarían dispuestos a jurarlo. Quizá sea el acento, la fuerza con que brota desde adentro, y también un como respeto a las palabras, los que dan a sus juicios tan ardiente sugestión. Dice las palabras colmadas, tal como se crearon.

José Santos González Vera.




Carta de José Vasconcelos a Gabriela Mistral

En México ninguna mujer es más querida y admirada que Ud.

Usted es un resplandor vivo que descubre a las almas sus secretos y a los pueblos sus destinos. Así, no la concebimos como a una gloria de cenáculo sino como una presencia que borra todo recuerdo extraño...

Si yo siguiera diciéndole todo lo que México siente y todo lo que espera de Ud. no terminaría nunca. Ud. misma va a mirar muchas cosas que tal vez nosotros no hemos visto y Ud. no se sentirá cohibida para decirnos su pensamiento, porque por encima de sus sentimientos, de su cortesía, están sus deberes de maestra que dice la verdad conforme a su limpio corazón.

José Vasconcelos.




El primer libro de Gabriela Mistral

Su persona irradia tal poder espiritual que sobrecoge. Ya no se duda. Confieso que cada vez que me hallo en su presencia, siento el dominio. Un fluido emana de ella. Tiene el verbo en la mirada, el verbo del gesto, el verbo del callar, el verbo de las manos. Algo imposible de resumir en elementos objetivos, fórmale atmósfera. Somos asidos, presos. Por momentos, nos sentimos incómodos; un respeto parecido al miedo nos desordena el pensamiento. Tememos responderle algunas cosas sin lograr la palabra que ciñe y valoriza exacta y alumbradamente las ideas, como ello lo hace. A no ser por su bondad, por su risa limpia de toda torcida intención, por su jugar de niña estalla y nos alivia y entona, huiríamos, cansados como si nuestra sensibilidad hubiese sostenido mucho rato una presión agobiadora.

Quien no lo haya experimentado, quien carezca de capacidad para recibir la grandeza de su obra, niegue.

Eduardo Barrios.




Himno a Gabriela Mistral

En ella se da la ira profética contra los horrores amontonados por la historia; se dan la fe, la esperanza y la caridad; la promesa de una tierra mejor para el logro de la raza humana; la mano que traza en el aire los pases mágicos, a cuyo prestigio relampaguea ya la visión de un mundo más justo.

Montañosa y profunda como los barrancos y las arrugas graníticas de los Andes; severa y solitaria en sus alturas de nieve, mansa y juguetona en los deshielos que bañan con sus caricias las risueñas laderas; y por encima de las miserias naturales, depositaría y emisaria de la salud y el alimento -Ceres trasmutada al orden del espíritu- yo le ofrecería el sacrificio de la pankarpia, amasada con todas las pulpas frutales, que el griego silvestre brindaba, en las primeras cosechas y vendimias, a sus divinidades agrarias y benéficas.

Alfonso Reyes.




Gabriela Mistral

Entre todos los seres a quienes se ama o se admira en el curso de su existencia, hay algunos particularmente excepcionales cuyo encuentro consideramos como un privilegio que nos acuerda el destino.

Gabriela Mistral era para mí uno de esos seres y jamás llegará a borrarse el recuerdo de las ocasiones ¡ay, demasiado escasas! que tuve de verla. Sobre todo la primera vez al serle presentado no fue precisamente la cortesía mundana la que me hizo bajar la cabeza ante ella, no, sino la prodigiosa autoridad que emanaba de su persona y que se mezclaba íntimamente con los efluvios de la evangélica bondad revelada por su sonrisa. Un sentimiento religioso, en realidad de verdad, el anhelo de rendirle homenaje, y también de saber... Y de servirla. Y no me asombré, ni mucho menos, cuando la encantadora Palma Guillen me mostró sus bienes terrenales, que cabían en una breve maleta: un vestido de noche y una máquina de escribir, instrumentos necesarios a los mementos. Esta niña había dejado su México natal, para consagrarse a Gabriela y para asistirla. Aún me asombra que la poetisa de Desolación, de Tala y de Lagar y la maravillosa escritora de las Materias, me haya brindado ese día su amistad, porque nada había hecho.

Francis de Miomandre.




La muerte de Gabriela Mistral

No creo que haya leído mucho ni entendido bastante la literatura que Gabriela Mistral creó, y que ahora deja al pueblo de Chile como señalado patrimonio y extraordinaria herencia. Hay que entrar con reposo y con ímpetu en su poesía, en su prosa tan rica y tan dura como quebradas rocosas de nuestro territorio, llenas de misteriosas maderas, sarmientos encrespados, visitación de pájaros. [...]

El viento, el mar, los árboles, todo lo que canta en nuestra tierra, cantarán al recibirla para siempre, el único coro digno de Gabriela Mistral.

Pablo Neruda.




El pan, la sal y la piedra

(Gabriela Mistral. 1889-1957)


Celebramos este año 1989 el centenario del nacimiento de Gabriela Mistral. A pesar de los lazos que la unieron a nuestro país, la fecha ha pasado casi desapercibida entre nosotros. Hoy se lee poco a Gabriela Mistral; su obra no padece en el purgatorio de la literatura sino en su limbo. Este olvido es un signo más, de la frágil memoria histórica de los hispanoamericanos. La poesía de Gabriela Mistral es un manantial que brota entre rocas adustas en un alto paisaje frío pero calentado por un sol poderoso; olvidarla es olvidar una de nuestras fuentes. Más que una falta de cultura es un pecado espiritual. Pero las quejas y las imprecaciones son vanas. Recordaré solamente que, entre los escritores hispanoamericanos que vivieron en México en los primeros años de la década de 1920, invitados por José Vasconcelos, entonces ministro de Educación de la joven revolución mexicana, Gabriela Mistral fue la figura más destacada. La otra gran figura, Haya de la Torre, pertenece al mundo de la política. La presencia de Gabriela Mistral en la patria de Sor Juana Inés de la Cruz fue, más que una coincidencia, una verdadera rima histórica y literaria: son las dos grandes poetisas de nuestras tierras. Mejor dicho: de la lengua española, pues Santa Teresa es notable por su prosa y Rosalía de Castro es, sobre todo, una poetisa gallega. [...]

Octavio Paz.







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