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Sin embargo, algunos propietarios parecen haber sido más humanitarios, o, mejor digo, más prácticos, para asegurar mayor rendimiento de su ganado humano: cuando el lugar de faena se hallaba demasiado alejado de las casas, para que la dotación pudiera guarecerse rápidamente en caso de lluvia, disponían de unos curiosos carros-paraguas, que venían a ser unos inmensos techos de guano, de dos aguas, montados sobre doy ruedas y tirados por un par de bueyes. El poco conocido dibujante Ramón Barrera y Sánchez, nacido en Matanzas a principios del siglo XIX, salvó del olvido el curioso artefacto en un dibujo a lápiz que lleva por título Carro-paraguas para guarecer la negrada de la lluvia. Este dibujo pertenece hoy a la colección del doctor Mario Sánchez Roig.

 

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Negro curro: Dice Fernando Ortiz que así se llamaba «a ciertos matones que infestaban la vida habanera del primer tercio del siglo XIX, marcados con caracteres tan salientes y peculiares en aquel ambiente corrompido que necesitan un estudio especial».

La tradición del negro curro ha persistido en nuestra literatura. En una guaracha de F. V. Ramírez, del siglo XIX, titulada El negro bueno, leemos lo siguiente:


Del Manglar a Monserrate,
y de la Punta a Belén,
todos doblan el petate
i toco yo a somatén.
Donde se planta Candela,
o hay negra que se resista
y si algún rival la cela,
al momento vende lista.
Candela no se rebaja
a ningún negro valiente;
en sacandola navaja,
o hay nadie que se presente.

 

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Nuestro contemporáneo, el poeta afrocubano Nicolás Guillén, también aludió en su José el Chiquito (West Indies. Habana, 1935) a algún descendiente de aquellos negros curros del Manglar.

José Victoriano Betancourt publicó en El Artista (tomo I. núm. 21, domingo 31 de diciembre de 1848) un artículo en el que esboza con coloridas pinceladas los rasgos característicos de los negros curros: «Los curros tenían una fisonomía peculiar y bastaba verles para clasificarlos por tales; sus largos mechones de pasas trenzadas, cayéndoles sobre el rostro y cuello a manera de grandes mancaperros, sus dientes cortados a la usanza carabalí, la camisa de estopilla bordada de candeleros, sus calzones blancos casi siempre, o de listados de colores, angostos por la cintura y anchísimos de piernas, el zapato de cañamazo, de corte bajo con hebilla de plata, la chupa de olancito de cortos y puntiagudos faldones, el sombrero de paja afarolado, con luengas, colgantes y negras borlas de seda, y las gruesas argollas de oro que llevaban en las orejas, de donde cuelgan corazones y candados del mismo metal, forman el arreo que sólo ellos usan; conóceseles además por el modo de andar contoneándose como si fueran de gonces, y meneando los brazos adelante y atrás; por la inflexión singular que dan a su voz, por su locución viciosa, y en fin, por el idioma particular que hablan, tan físico y disparatado, que a veces no se les entiende; tales eran los curros del Manglar, famosos en los anales de Jesús María por sus costumbres relajadas y por sus asesinatos, que han hecho temblar más de una vez a los pacíficos moradores de los barrios de extramuros».

 

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Anselmo Suárez y Romero desarrollará en su época de plena madurez, en bellas y melancólicas meditaciones, este tema del camposanto del potrero en un sentido artículo titulado El cementerio del ingenio, que no recogió en su Colección de Artículos (1859) Más tarde Fernando Ortiz lo incluyó en el tomo XXVII de la Biblioteca Internacional de Obras Famosas.