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En su importante estudio sobre El Sistema Religioso de los Lucumís y otras Influencias Africanas en Cuba (publicado en la revista Estudios afrocubanos, Vol. III, 1939) Rómulo Lachatañeré designa bajo el nombre de Grupo Ewe-Tshi a los esclavos procedentes de la Costa de Oro y los de la Costa de los Esclavos. «En este grupo, dice el referido autor, catalogamos los exponentes de los mencionados grupos lingüísticos del África Occidental encontrados en Cuba. El temprano establecimiento de las factorías para el comercio de negros en la Costa de Oro, trajo como consecuencia la presencia en el Nuevo Mundo de esclavos procedentes de los antiguos reinos de Fatee y Ashante, de suerte que en Cuba también se reconocieron tales esclavos. Y los dahomeyanos y otros tipos del «stock» Ewe que hallamos en esta Isla, es obvio decir que procedían de las factorías establecidas en la llamada Costa de los Esclavos. Las cifras numéricas de los exponentes de estos dos grupos varían en Cuba en la misma proporción y posiblemente su influencia; de modo que nuestro interés al ordenarlos en un mismo grupo ha partido de este hecho.-Señalemos algunos de los ejemplares encontrados, los cuales jugaron un papel de importancia en la Isla como en todo sitio donde estuvieron presentes. Así tenemos a los:
Dahomes.-Conocidos como dajomé, procedentes del reino de Dahomey.
Mahee.- ¿Serían los arará magino?
Fantis.-Entraron con el mismo nombre.
Ashante.-Conocidos como achanti. Conjuntamente con los fantis, constituían la «mercancía» preferida de los barcos que cargaban en la Costa de Oro (Adams).
Minas.-Procedentes, en los albores de la trata, de San Jorge el Mina. Entraron en Cuba como minas popó y minas achante.»
Sobre el carácter de los negros minas existen opiniones contradictorias. Enrique Dias en su carta a los holandeses, de 1647, citada por Gilberto Preyre en Casa-Grande y Senzala, afirma que son «los minas tan bravos que, adonde no pueden llegar con el brazo, llegan con el nombre». Lo cual se aparta ostensiblemente del tipo de negro mina que describe Anselmo Suárez y Romero en la novela, acercándose más en la parte moral a la descrita por Henri Dumont en su obra ya clásica Antropología y patología comparadas de los negros esclavos, de 1876, traducida por Israel Castellanos, en 1922 para la Colección Cubana de Libros y Documentos Inéditos o Raros. Dice Dumont: «Cuanto a la parte moral, los minas son delicados, impresionables, cobardes en las enfermedades, especialmente en las que determinan constantes variaciones de la temperatura, que -como en todos los miembros de su raza- les hace exagerar en grado sumo su dolencia y, si existen, sus dolores. Los padecimientos más comunes entre ellos son: la anemia y los flujos intestinales... Los minas, en general, son inteligentes, ágiles y útiles».
En el Brasil parece haber sido muy grande la influencia de este grupo negro, a lo menos en determinadas regiones, como Minas Geraes. Refiere Gilberto Freyre que «Araripe Junior escribió que la negra mina presentóse siempre, en el Brasil, con todas las cualidades para ser «una excelente compañera». Aseada, ingeniosa, sagaz, afectiva, con tales virtudes -añade Araripe Junior- y en las condiciones precarias en que, en el primero y segundo siglos, se encontraba el Brasil en materia de bello sexo, era imposible que la mujer mina no dominase la situación».
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Esta escena parece haber sido recogida por Lino Novás Calvo en su obra El negrero.
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La esquifación era el vestido de los esclavos. El Reglamento de Esclavos de 1842, al referirse a este particular disponía, en su artículo 7, lo siguiente: «Deberán (los amos) darles también dos esquifaciones al año en los meses de diciembre y mayo, compuestas cada una de camisa y calzón de coleta o rusia, un gorro o sombrero y un pañuelo; y en la de diciembre se les añadirá alternando, un año una camisa o chaqueta de bayeta, y otro año una frazada para abrigarse durante el invierno». Como se ve, el Gobierno metropolitano era extraordinariamente generoso con los esclavos.
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El guardiero era el esclavo que cuidaba de las talanqueras de las fincas y de las puertas de los barracones, etc., función ésta que, al no requerir una gran actividad, se le reservaba a los esclavos ya viejos o a aquellos otros que, por razón de enfermedad, no podían trabajar en las duras faenas de la finca.
El Reglamento de Esclavos prohibía a los amos que abandonaran a los esclavos que, por la edad o la enfermedad, no se hallaren en estado de trabajar, obligándoles a darles alimento y prohibiéndoles al mismo tiempo que les concedieran la libertad para descargarse de ellos a no ser que les proveyeran de peculio suficiente a satisfacción de la justicia, con audiencia del Procurador Síndico, para que pudieran mantenerse sin necesidad de otro auxilio.
La función de guardiero, pues, permitía a los amos cumplir el Reglamento, no sin dejar por ello de seguir explotando a los esclavos.
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Manuel Vázquez y Torre, citado por Fernando Ortiz, señala que «generalmente se observa que la mayor parte de los mayordomos ya sea por impericia pereza y otras causas, miran la enfermería con alguna indiferencia y como ajena de sus operaciones y confiando este cuidado a negras enfermeras, faltas de toda racionalidad y experiencia, los negros mueren frecuentemente víctimas de los excesos, de la hambre, del poco aseo y asistencia; y terminan sus infelices días abandonados a la más cruda y espantosa miseria». (El Mayordomo de un Ingenio. Origen del mal desempeño que se observan en estas plazas, y algunas reflexiones a los señores hacendados. Habana).
El Reglamento de 1842, trató de reaccionar, aunque débilmente, contra este deplorable abandono sanitario, estatuyendo lo siguiente:
«Art. 27.-Asimismo habrá en cada finca una pieza ce, rrada y asegurada con la división oportuna para cada sexo y otras dos además para los casos de enfermedades contagiosas, donde serán asistidos los esclavos que cayeren enfermos por facultativos en los casos graves, y por enfermeros o enfermeras en los males leves en que sólo se necesita de remedios caseros; pero siempre con buenas medicinas, alimentos adecua, dos y con el mayor aseo».
«Art. 28.-Los enfermos, a ser posible, serán colocados en camas separadas, compuestas de un gergón, estera o petate, cabezal, manta y sábana, o en un tablado que preste el desahogo suficiente para las curaciones de los individuos que en -él se reunan, pero siempre en alto».
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Dice
Pichardo: «Coyunda.-N. s. f.-Aquí se entiende la soga
o cuerda gruesa regularmente de dos tercios de pulgada, o
algo más hecha de pita de Jeniquen o Corojo, con tres
ramales ya corchados; a diferencia de la Soga, que es de
majagua, dos o tres ramales sencillamente corchados, y más
gruesa. Una Coyunda tiene regularmente once varas. Coyunda
Vaquera es la delgada». (Diccionario Provincial casi-razonado
de Vozes Cubanas, por el Auditor Hon
de Marina D. Estéban
Pichardo. Tercera edición, notablemente aumentada
y corregida. Habana, 1862, p. 73).
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Cachimbo. En su libro Contrapunteo Cubano del Tabaco y del Azúcar, La Habana, 1940, Fernando Ortiz dice, en síntesis, lo siguiente: «En el lenguaje del tabaco, la voz cachimba significa pipa; en el del azúcar, la misma voz con desinencia masculina, cachimbo, quiere decir un pequeño ingenio de moler caña. Se dice despectivamente, comparando la humilde maquinaria y su prominente chimenea humeante con una pipa o cachimba... El titulado Nuevo Diccionario de la Lengua Castellana, de la Sociedad de Literatos, añadió las otras dos acepciones cubanas que sigue: cachimbo: «Especie de cubo» Suponemos que se refiere a la acepción que trae Pichardo: «Pieza de metal que servía antiguamente en los ingenios en lugar de bombón». Hoy ha caído en desuso. Y cachimbo: «Apodo que se da a los negros arrogantes». Será la acepción que trae Pichardo: «Tratamiento o vocativo de desprecio, algo así como «perro» o «cachorro». También es una voz desusada».
Seguramente en esta frase de Francisco, el mayordomo se refiere a un cubo cuando emplea la palabra cachimbo.
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Está muy lejos de ser una excepción, el facultativo que, con tintes tan sombríos y grotescos a la vez, describe Suárez y Romero en esta novela. Antes al contrario, la regla general era la de existir en los campos de Cuba médicos de este tipo. Un autor de la época, Honorato Bernard de Chateausalins, preocupado por esta cuestión, escribió El Vademecum de los hacendados cubanos o guía práctica para curar la mayor parte de las enfermedades; obra adecuada a la zona tórrida y muy útil para aliviar los males de los esclavos. Filadelfia, 1848.
Leemos en unas páginas de la obra, que cita Fernando Ortiz, los siguientes datos, muy significativos: «Importa, pues, mucho a los hacendados de las Antillas tanto por humanidad como por interés propio, no confiar el cuidado médico de sus fincas, sino a hombres peritos en cirugía y medicina, ilustrados por una larga experiencia y que hayan ejercitado la profesión médica en las regiones equinociales. En general sucede lo contrario en los países españoles americanos. El amo de una finca se ve precisado por falta de otros a acomodar unos facultativos que con el mero título de cirujanos romancistas o barberos ilustres, profesan en el campo todos los ramos del arte de curar. Los médicos y cirujanos de instrucción y práctica, prefieren ejercer su profesión en una ciudad populosa a establecerse con algunas ventajas en desiertos, donde sus talentos son frecuentemente desconocidos por la ignorancia y confundidos con la crasa impericia de tantos que profanan el título de médico».
«La suerte de los negros esclavos tocante a su salud que tanto importa conservar, es despreciada en sumo grado. Regularmente al arbitrio de hombres que con las facultades de mayoral o contramayoral, no les permiten siquiera quejarse aunque tengan el cuerpo adolorido, desprecian sus lamentos, exigen de ellos en este principio de enfermedad, trabajos recios y así es que en muchos casos estos infelices llegan a la enfermería sólo para exhalar el alma».
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Este interrogatorio, rudimentario y simplista, era el que acostumbraban usar los médicos de los ingenios. Hasta para los casos en que se trataba de negros bozales, se quiso establecer un vocabulario con la traducción de las preguntas más orientadoras. Leemos en la obra de Henri Dumont (p. 64) lo siguiente: «A fin de evitar a la medicina humana la fisonomía de medicina veterinaria que toma cuando se aplica a los africanos llamados en Cuba bozales, es preciso establecer un vocabulario en las lenguas más comunes de los negros, concerniente todo él a asuntos patológicos. Por ese motivo, se necesita reunir en un Manual, el idioma de los congos, mandingas y carabalís. Nosotros, con ese propósito, hacemos el primer esfuerzo, reuniendo un buen número de frases lucumís, las cuales nos han sido traducidas por un natural muy inteligente de esa región, que presta hoy sus servicios al geógrafo Dr. Latorre. Los idiomas lucumí y congo son los que en la actualidad más se hablan en los almacenes, ingenios y hospitales de Cuba».
De acuerdo con el cuestionario médico en lengua lucumí, preparado por Dumont, las preguntas que el facultativo dirige a Francisco, pudieran traducirse así: «Areó le? Yno nomé? Aiyá on domé? Voló un duan?»
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Medicina muy popular en la época. Era un purgante muy violento de uso corriente no sólo para los esclavos sino también para los amos.
José Victoriano Betancourt en su chispeante artículo de costumbres titulado El médico pedante y las viejas curanderas, publicado en La Siempreviva, tomo III, 1839, alude también a esa patente:
«La curandera que conoció el efecto mágico de su promesa prosiguió diciendo:
-No tenga usted miedo. Lo voy a poner bueno, y usted se acordará de mí; con diez purgante de Le Roy y diez vomitivos se cura usted en un santiamén: créame usted, D. Ciriaco: el que toma el Le Roy no se muere, he hecho milagros con ese medicamento.
-¿Tendrá muy mal gusto?, replicó D. Ciriaco.
-¡Qué!, no señor, es muy suave, yo no tomo otro, y eso que no soy de las que tengo la boca muy dulce para beberajes de botica. No hay más que cerrar los ojos, y echarse a pecho una botella del número 4.
También en Bernard de Chateausalins, a quien nos hemos referido en la nota 28, encontramos citado este medicamento: «Se presenta otro declarando guerra abierta a sólo los intestinos; por todas partes encuentra humores corrompidos, pestilenciales, humores depositados, y el cuerpo en su concepto es únicamente un receptáculo de impurezas: representa el verdadero purgón burlado por el célebre Moliere. Tal es el charlatán Le Roy, o medicina curativa».