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Fin de semana (Fragmentos)

Ricardo Gullón





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La mañana, con su color de uva temprana, rueda por la estancia ahuyentando perezas, disipando las sombras últimas, curioseando los rincones que dejó sin quererlo el día anterior. Se evaden las postreras ensoñaciones, y después de ser durante algunas horas vencedor en el «ocho» de Cambridge, me despabila la delicia plata de la ducha, entregándome la carnal envoltura de todos los días.

La cifra en sangre del calendario iza gallardetes de fiesta. Es domingo, y este cuarto sembrado de libros, florecido de barullo, se aclara y queda nuevo, desconocido. Me asomo a la ventana para saludar a la nube blanca, a la nube rosa, a la nube azulenca que atraviesan los pájaros rozando con su plumaje suave la piel quebradiza; aman y gozan al gozarla entera, penetrándola, siguiéndola y persiguiéndola, envolviéndose en nubes, viéndolas desde arriba, desde donde no alcanzan a verlas nunca estos ojos nuestros tan muertos, peces de otras aguas, tierra de otro jardín.

Los ojos de Elsa llegan como una saeta de aviso disparada por cerbatana de consuelo. El olor a primavera se hace sensible por todas partes; lo tocamos; lo noto como baile entre mis manos. Siguiéndole, guía de la delicia, salgo a la calle. Canciones resbalan entre las acacias que forman a los dos lados de la calzada. Voy fuera de mí, lanzado a la pura aventura con un ardor que tiene sus raíces perdidas en el soñar, retenido en el mundo y flotando encima de él. Una gran alegría sin risas, con una fuerza naciente de ternura; un sólido afán constructivo, productivo, logrador, austero fervor de lanzamientos, de soportar rudos trabajos: sentimiento bello de un destino que se va de puntillas para renacer glorificado en largo diálogo apasionado.

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Voy siguiendo a los ojos de Elsa, que como en un remanso del espacio andan chorreando luz. El contratiempo de ayer es otro acicate en esta marcha presente. En cada esquina músicas nuevas dicen de su espera; me rodean centenares de Elsas, millones de Elsas apasionadas y hermosas, que me obligan a marchar como un sonámbulo por esta ruta tan conocida y en la que todo me resulta ajeno. ¡Este escondido jardín que atravieso por ganar tiempo! Abandonado de los álamos, que huyeron a entoldar el fresco paso del arroyo; triste jardín sin flores, sin manos pequeñas, sin propios aromas, sin voces y sin melancolía. Hosco recinto vacío de soledad, tristísimo de pasos apresurados. Seco el cemento de su fuente, verdinoso en sus bordes, ni siquiera muerto, inmóvil, paralítico nada más como una piedra o la oscura nada.

Acaso un día puedas ser escenario fiel de lágrima sin sollozo y de la sonrisa hacia el pájaro alto de los místicos olmos, de un adiós como de dos amigos; el amor en punto muerto cuando su peso curva la recta. En tus bancos grises, viejas piedras de ruinas; en tus senderos ásperos, la palabra breve, sin el gesto, con un dolor que sabe de su vida, de su muerte, en que ya no es dolor; muerte dulcísima. Resucitamiento entonces de la arena sucia, de los troncos secos, que en la nostalgia tendrán ramajes verdes, vida dorada, rosa, malva, olor de hora distante, luz de amanecer en abril. ¡Este escondido jardín!

Otra vez el ruidoso ámbito de las calles. Compro un periódico; intento leerlo y no lo consigo: las grandes titulares impresionantes no logran transmitirme significado alguno si no es agrupándose cuatro iniciales únicas: E. L. S. A. ¿Acaso no quedan en el alfabeto letras distintas? ¿Qué periódico es éste, desnudo? Imposible cuajar una lectura cualquiera. Maquinalmente paso hojas y hojas; aquí hay fotografías. ¿Cómo? Sí, claro, Elsa en todas ellas, de frente, de perfil, al lado de Mussolini, asomando burlona entre los vagones de este exprés despeñado... Cierro el diario, lo guardo bajo el brazo como acogotando esta sensación que es puro nervio. Inútil: Elsa sonríe ahora desde la plataforma del tranvía, en la vitrina de una droguería, columpiándose en los cables de conducción eléctrica.



Elsa queda pensativa. Acaso sueña. Sí, debe soñar, porque sus ojos tienen color de sonrisa y perdida en su boca se dibuja una extraña quimera. Una quimera que sin palabras nos ha unido más que todas esas frases   —11→   hechas que se dicen los malos amantes y que no son más que cuerpo sin alma, voz sin sonido, mañana sin sol.

Se le pierde la mirada en la lejanía; sin esfuerzo la devuelvo a sus piedras azules húmedas. Insiste.

-Es extraño.

-¿Qué?

-Esto; no acabo de darme cuenta. Tú y yo.

-No pienses en ello, déjalo.

-¿No se acabará nunca? ¿No crees?

-Desde luego, durará tanto como pueda durar. ¿Eternidad? ¡Ay! Primero será la voz del árbol, la orquesta, su casaca verde; después los vientos y su alegría, las cien brisas pálidas y el revoloteo de las palomas. El ángel se llevará las flores, los labios y las risas, el zumo del beso final en un andén o en una alcoba. Quietos los pájaros mudos, arriadas las banderas en todos los navíos, ni ondearán fragancias ni se doblarán trigos; las albercas y los mares iguales que dos y dos, corrales y fuentes, tábanos y golondrinas, tendrán igual dormir. Sin nieve, porque todo será nieve, sin color, sin vehemencia, la lluvia y los yelos indistintos. Sólo nubes encaramadas, ráfagas de cielo y de luna con su mirar de muerto. Todo se hará noche, menos aún que nada, mundo, no sé qué. Y al final, todavía más lejos, la noche misma no será.

Sus manos entre las mías. Con voz tibia, que es cántico y gloria, va diciéndome cosas que nunca se había atrevido a decir. O al menos no las había dicho con esta íntima y cordial entonación que hoy las infunde. Sus confidencias tienen en el instante un tic de penitente que espera la absolución. Yo, ¿qué podría decirle? Soy un confesor de criterio amplio que no perdona porque hay hechos que no requieren perdón. Parece triste; acaso lo está. Quiero consolarla; acaricio su mano blanca y concisa. Su cara se anima por grados; habla, sonríe, recobra su habitual aspecto sereno, se burla de su tristeza inmediata, de mí, del campo, del aire, de cuanto se acerca a nosotros; estalla en una risotada franca, alegre, que sin causa me hace reír, contagiado de su júbilo, embarcado en su alegría sensitiva.

-Ves. Estoy loca. Tan pronto río como lloro; estoy deseando correr, saltar, noquear al importuno...

-¿No seré yo el importuno?

-... ser campeona de cien metros vallas o lanzarme al agua desde el alto balancín. Quiero gozar. Fuera tristeza, nostalgia; murria estéril; riamos. ¿Qué es la filosofía toda ante esta bella mañana de abril? ¿Qué valen   —12→   todos los libros del mundo junto a nuestro amor? Bésame. Bésame sin pensar en nada. O no, no me beses, no compliques esta hora tan limpia con tu experiencia galante. Un beso, uno solo, suave como aleteo de gaviotas, como espuma de ola al romper.

A esta Elsa no la he conocido nunca; de sus reservas personales surgen por instantes rasgos y actitudes sin estrenar, escarzos del más prístino encanto. Su risa es diferente: brota del corazón en lugar de nacer en la cabeza; contagia, transmite su alegría a todo cuanto toca. Si tuviera un piano sabría realizar en él las más complicadas fugas, las más atrevidas escalas; la veo sentada ante la máquina como si fuera un clavecín de manejo difícil arreglando su falda con la belleza del ademán inútil que se repite tantas veces como se sienta: alisando sus cabellos con la mano izquierda para, con un brusco movimiento, devolverles seguido su primitivo encrespamiento, situada frente al espejo breve que extrae de la sima sin fondo de su bolso de mano y con el rojo estilete remarca el ardiente trazo de sus labios.



La tarde encendió sus fuegos todos, brilla de luces y de clamores. Bordeamos un arroyuelo sobre el que se empinan los juncos para contemplarse en el agua, que se despereza al contacto del sol. Acodados sobre el pretil del puentecillo que surge a la salida del merendero, nos devuelve el agua la imagen que la enviamos; así en el mirar de Elsa encuentro reflejado mi esperar y mi sentir. Nos hemos comprendido. Todo sonríe en el campo alegre; se curvan los chopos sobre la dorada presencia de Elsa; el viento va contando de hoja en hoja, de flor en flor, secretos del país ajeno. Al pasar nos roza una pareja de atletas de aspecto infantil de primitivo sano que se ha guardado el destino en el bolsillo y lo zarandea sin cuidado con la despreocupación que zumba a la pelota con la malla tensa de su raqueta.

Elsa se apoya en mi brazo, me mira muy largo, me entrega su boca, bebo sus sueños y quiero borrar ese dolor de inquietud de su frente, espumela de aguas ausentes. ¿Por qué su voz tan semejante a la de una muerta que nunca vi? ¡Cómo la recuerdo! Oscuro y húmedo, un rectángulo que allá en lo más hondo relucía de cáscaras de frutas, de papeles arrugados, de restos de fiestas y de juegos. Con un olor triste y un atardecer prematuro, siempre el sol apresurado de huirle, temeroso de sus sombras. Ruidos de motores, de platos, y sólo de cuando en cuando una voz entera, dulce, con seriedad amable. ¡Tantas horas pasé con un libro, con un pensar, junto   —13→   a la ventana abierta al patizuelo en el que ni pájaros ni macetas! De vez en vez, digo, un gramófono, un dialogar, y su voz suave. ¡Qué gozo sencillo en los días largos el exaltamiento de su voz, el cerrarse a todo lo que no fuesen redondas sugerencias de tono quieto! Sorpresa de los diálogos con el hijo, de las cosas eternas, que escalofrían oídas desde la ventana a una amante palabra de madre. Llanto, risa. No supe de su cara, de cómo sería su mirada al lanzarla en pos del grito, de su gesto al ver las hojas secas junto a los árboles. En la tibia penumbra queda su recuerdo como el paso del ave lejana, revelado por su canto.

Pasan las horas. Vamos huyendo del campo sin apercibir los variados modelos del paisaje, que desfilan como creaciones de algún genial modisto. La tarde se esconde sin prisa, ineluctablemente. Allá irán a buscarla las estrellas para que las cuente cómo es la tierra que no alcanzan, suspendidas eternas sobre bellezas que presienten.

Vibraciones de claxons, campanas de tranvías, la ciudad otra vez. Acaba la fiesta y empieza la noche que llega con vestido de nubes, brincando encima de los tejados. Caras envueltas en desilusión de los que perdieron su día de vacación sin haberlo conocido y que regresan a la vulgaridad de donde no salieron. Mañana -eso les salva- volverá la fantasía a descorrer pestillos, a girar goznes chirriantes de fatiga para, abierto el portillo de la imaginación, volver a contemplar la perspectiva liberatoria de un día feliz. Gestos y sombras -acaso en lo desolado del gesto puede yacer alguna luz de confianza que un día disipe las sombras: las de la noche como las del vano existir sin objeto.



Siento las alas quebrar su verde cuerpo transparente contra las escarpas de la roca. En la superficie la violencia se hace lágrimas de espuma, y allá en la tiniebla -sin recuerdo ni aspereza de la lucha- se entremezclan -¡cómo se abrazan!- la piedra y el agua.

Se abren las nubes. Es el agua una llamada a los sentidos: su golpeteo tranquilo, su neblina esfumando contornos entre bruma, su aroma caliente terroso, su sabor a quietud de escondido rincón familiar, su roce ligero de caricia. Lluvia lenta, cansada, estirándose por las fachadas y remoloneando luego por el asfalto.





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