1.- ¿Qué es lo bello? 2.- Lo bello real y lo bello ideal. 3.- Lo bello y lo feo. 4.- Lo bello y lo interesante. 5.- Las Bellas Artes. 6.- Estética del Quijote. 7.- Estilo de Cervantes en el Quijote. 8.- Estilo literario del Quijote.
Porque lo bello, para ser apreciado, requiere previamente ser sentido, se denomina Estética (de la voz griega «aistesis», sentimiento) a la ciencia de lo bello. Dos problemas fundamentales abarca la estética: el problema de lo bello y el problema del arte. Mientras la teoría del arte se aplica a considerar la realización de lo bello producida por la actividad humana, la teoría de lo bello estudia lo bello en sí mismo, según se encuentra en la naturaleza y según sus afectos en el espíritu del que lo percibe. En este sentido cabe contemplar lo bello bajo dos puntos de vista: subjetivo -en el hombre- y objetivo -en las cosas bellas.
Una resonancia emotiva -emoción estética- y un efecto intelectual -juicio estético- acompañan siempre a la visión de lo bello. Al admirar lo bello experimentamos, ineludiblemente, un puro y peculiar —210→ sentimiento de agradabilidad que constituye la emoción estética. «Pulchrum est quod cognitum placet» (bello es lo que conocido agrada), dijo Santo Tomás. Pero además emitimos, al contemplar una cosa bella, un juicio sobre su objetividad.
En la «Crítica del juicio» (lib. I, 5-10) Kant sintetiza el aspecto subjetivo de lo bello en cuatro reglas:
I.- Lo bello es esencialmente desinteresado. El placer de lo bello es superior y distinto de las sensaciones agradables que experimentan los sentidos. «El gusto, afirma Kant, es la facultad de juzgar un objeto por una satisfacción libre de todo interés; el objeto de esta satisfacción se llama bello».
II.- «Lo bello es lo que agrada universalmente y sin concepto». Las cosas bellas lo son para todos, los desacuerdos sobre la valoración provienen de los críticos, no de lo bello en sí.
III.- «Lo bello es una finalidad sin fin». Con ello quiere indicarse que encierra una finalidad en sí mismo lo que no quiere decir que sea la finalidad absoluta y sin fin alguno ulterior utilizable como medio.
IV.- Lo bello es objeto de una satisfacción necesaria. Una cosa bella se impone necesariamente a la admiración del contemplador. Sólo quien carezca de gusto estético o no sepa contemplar puede no gozar ante una obra bella.
Los clásicos han pensado que en el orden («unitas in varietate») estriba el primer elemento que exigimos a las cosas para tenerlas por bellas. Sin desconocer la importancia de este elemento, pensamos que no alcanza a resumir toda la belleza objetiva de todas las cosas bellas. En efecto, existen cosas bellas -un quieto lago, un azul celeste o un sonido deleitoso- en las que el elemento orden no desempeña papel principal o destacado. Pero hay algo más: a —211→ nadie se le ocurriría llamar bellos, aunque les reconozcamos la cualidad de ser ordenados en extremo, a un libro de química o de geometría, a un edificio o a una cara inexpresiva.
¿Estará tal vez caracterizado lo bello por la grandeza de la cosa y el poder de la misma? Ante todo se ocurre pensar que existen objetos que no son grandes ni poderosos -una niña, un gatito, un rosal- cuya carencia de dichas notas no obsta para que sean bellos.
Seleccionemos, para analizar, algunos objetos bellos: El «Entierro del conde de Orgaz», del Greco; la Basílica de Santa Sofía, una fuga de Bach y el paisaje de la bahía napolitana. Todos estos objetos son esencialmente expresivos, significantes; nos hablan a la sensibilidad y a la imaginación. Advertimos una íntima vinculación entre lo bello y el pensamiento, un sentido interno y un vigor propicios para sugerir, al espíritu contemplador, un puñado de sentimientos e ideas: majestad, dulzura, dignidad, gracia, alegría, dolor, generosidad, fuerza, armonía, delicadeza... De ahí el genial pensamiento platónico: «la gracia de las formas consiste en que ellas expresan en el seno de la materia las cualidades del alma». Y no anda lejos de Platón, Hegel, cuando afirma, en su «Estética», que lo bello es «la manifestación sensible de la idea».
Para que una cosa sea bella, no basta que sea expresiva. Exprésese la idiotez, el horror, la repugnancia y la fealdad y no se conseguirá la belleza. Es que algo más se requiere: unidad, orden y armonía de la vida noble, plena, libre, rica de ideal. Bien sabía Kant lo que decía cuando afirmó: «bello es lo que satisface el libre juego de la imaginación sin estar en desacuerdo con las leyes del entendimiento».
Belleza es plenitud de vida plasmada en forma, manifestación sensible de lo ideal, forma pletórica de —212→ expresión, ser sin mácula... Podríamos decir con Friedrich Kainz, profesor de Estética en la Universidad de Viena, que «la belleza de un objeto reside en su fuerza de expresión, en la plétora de espíritu y de vida que en él se manifiesta, pero, además, en el hecho de que se ajuste a determinadas leyes formales (unidad en la verdad, armonía, simetría, ritmo, proporción, equilibrio de todas sus partes), de que fluya en líneas claras y límpidas, de que presente una clara ordenación armónica en el tiempo y en el espacio, armoniosos sonidos y combinaciones sonoras, limpios colores, etc.»90.
Atrayéndonos irresistiblemente, resplandeciendo por doquier, la belleza -esta belleza terrena que no es más que pálido reflejo de la belleza increada- nos conmueve y nos eleva hasta Dios.
Superando su afán por lo útil y práctico, el espíritu humano busca y ama lo bello, porque su contemplación le produce el puro e inefable placer que lo transfigura y arroba. Posesionados y transformados por las cosas bellas que admiramos, reproducido lo bello en todo nuestro ser, despiértase en el espíritu el anhelo de engendrar la belleza, cuya virtud lo embelesó y pone en acción esa fuerza irresistible que es la inspiración. Es así como nace el arte: ese mundo maravilloso e ideal que posee una realidad más duradera que este mundo en el que nos debatimos en medio de la angustia y la desesperanza. Por medio del arte, libremente regido por su voluntad, el —213→ hombre logra satisfacer su natural deseo y necesidad de vivir en un mundo ilimitado.
El realismo artístico se contenta con copiar lo natural sin aditamentos ni restas ni modificaciones de ninguna especie. A mayor reproducción, mayor progreso. Intuir los máximos matices y detalles de la realidad y transvasarlos escrupulosamente a la obra artística es lo único que cabe.
Se ha observado -y con razón- que el realismo artístico es insuficiente. El arte no puede limitarse a copiar la realidad: Lo bello natural es imperfecto, incompleto, limitado. En la naturaleza, lo bello está mezclado con lo feo, con lo insignificante o con lo prosaico; velado y oscurecido por manchas que lo enturbian.
Precisamente porque el artista advierte estas imperfecciones de lo bello real, se aleja de la imitación servil y concibe lo bello ideal. Si la reproducción totalmente fiel fuese el objeto del arte, la fotografía sería superior a la pintura, el modelado a la estatuaria, y la versión taquigráfica de un proceso judicial superaría en fidelidad a la más artística novela o al más acabado drama.
La arquitectura y la música son las más alejadas de la imitación. Pero aun la pintura, la escultura, la poesía y la elocuencia, que parecen artes de reproducción, no se atan a objetos reales. Tras la elección de la cosa bella, real o ideal, se procede a eliminar lo prosaico y vulgar. Atenuando unos rasgos, reforzando otros, interpretando y sintiendo el objeto bello, el artista imprime su alma y crea la obra de arte.
¿Podría creerse sensatamente que la realidad logre satisfacer el ansia de belleza que se agita en el espíritu del hombre? Todo auténtico artista depura lo real, lo transfigura. Sirve a una intuición primigenia, eliminando lo incompleto, lo imperfecto. Habrá ocasiones en que el artista exprese la belleza ideal, —214→ abstrayendo lo feo, lo prosaico, lo vulgar que encuentra en la realidad, y aumentando los rasgos bellos de las cosas sensibles. Otras veces, cuando la naturaleza no ofrezca modelos, creará directamente la belleza ideal, respetando el ser unitario y verdadero de las cosas, pero expresándolo en bellos y perfectos sonidos, colores y formas.
Es menester, sin embargo, que el artista no huya de lo natural, porque si no asumiera como base de su producción la realidad, la obra de arte carecería de verdad y de naturalidad. Las consecuencias son fáciles de advertir: caída en lo falso, en lo ficticio y en lo fantástico. Ni realismo exagerado ni idealismo a ultranza.
Para sentir y discernir la belleza, requiérese la facultad estética del gusto. Para comprender lo bello en las cosas naturales o en las producidas por el arte, necesitamos el gusto estético, cuyos elementos son la razón, la imaginación y la finura de la sensibilidad. El talento estético supone, a más de los elementos anteriores, la técnica y práctica artísticas. El genio se eleva sobre el talento. «El genio es ante todo inventor y creador. El hombre de genio -dice Víctor Cousin- no puede dominar la fuerza que en el reside y es hombre de genio por la necesidad ardiente e irresistible de expresar lo que experimenta. Se ha dicho que no hay hombre de genio sin puntas de locura; pero esta locura, como la de la cruz, es la parte divina de la razón»91. Enciéndese en el artista genial la incitación a crear, el aguijón de una lucha espiritual constante, al producir la obra magistral. Un algo divino, una fuerza superior e irresistible, se apodera del genio, lo guía, lo seduce, lo gobierna, y lo mantiene siempre en febril actividad. Sus creaciones, siempre elevadas, son inimitables.
—215→Hay quienes reprochan al genio el hecho de que no forma escuela. A esto se le llama en buen romance «pedirle peras al olmo». Si el genio traspasa los cánones comunes de escuela y crea obras maestras de acuerdo a medidas que él sólo es capaz de utilizar, ¿cómo esperar que tenga discípulos?
Modernamente se dice que la belleza artística es el esplendor del ser puesto en obra. Este pensamiento equivale a aquella vieja y genial sentencia platónica: la belleza es el resplandor de la verdad. Por eso en la historia del ser en el pensamiento occidental los cambios esenciales de la verdad corresponden -como observa agudamente Heidegger- a los cambios de interpretación de la belleza.
Se podrían formar bibliotecas enteras con las definiciones que se han dado de la belleza. Por el momento nos interesa tan sólo la concepción grecocristiana de la belleza como un trascendental del ser, como una cualidad del cosmos o atributo de Dios. Ciertos objetos poseen la cualidad de producir una emoción estética. De ahí que Santo Tomás haya dicho que bello es lo que agrada al ser contemplado: «quae visa placent». Pero cabe preguntar: ¿Qué es la emoción estética? ¿Cuál es la cualidad de los objetos capaz de agradar al ser contemplados?
Siempre que experimentemos un sentimiento desinteresado, puro, agradable, que afecte armónicamente a todas las facultades humanas -sensitivas, intelectuales y morales- estaremos gozando una genuina emoción estética. Mientras el placer de los sentidos está localizado en el órgano sensorial impresionado —216→ por el objeto, el placer estético no está localizado en ningún órgano, nace de la mera contemplación del objeto que nos agrada, aunque no encontremos ninguna utilidad en él. El sentimiento armónico generado por la belleza se extiende a todas las facultades humanas. De no ser así -excitación excesiva de una facultad a expensas de otra-, la belleza será defectuosa.
Pero la emoción estética es, en última instancia, inefable. Algo hay en ella de amor, de entusiasmo, de aprobación, pero no cabe confundirla con ninguno de estos sentimientos.
¿Por qué decimos tan sólo de determinados objetos que son bellos? La teoría clásica sostiene que existe en ellos algo fundamental, necesario para la belleza; pero que no es todavía la belleza. Eso fundamental es: el orden, la verdad, la bondad. Aunque fundamental, este elemento no basta. Se precisa algo más: el esplendor, el brillo -elemento formal- que origine la belleza. Por eso se dice que la belleza es esplendor del orden, el esplendor de la verdad, el esplendor de la bondad.
Menester es no confundir la belleza con conceptos afines a lo bello. He aquí las principales categorías estéticas: a).- Lindo (belleza en pequeñas proporciones); b).- Bonito (si el objeto reúne la armonía completa, con todos sus elementos, que supone la belleza); c).- Gracioso (viveza y suavidad de movimientos); d).- Elegante (formas selectas, distinguidas); e).- Sublime (grandeza ilimitada de lo bello).
A lo bello se opone lo feo, lo ridículo, lo grotesco. Lo feo, a diferencia de lo bello, produce repugnancia. La falta de armonía, de orden, de proporción en la forma de los objetos, nos desagrada.
Una moda estúpida ha hecho escoger, a determinados artistas «snob», la fealdad y los valores negativos. Los degenerados morales -que nada quieren —217→ saber del amor, de la verdad, de la belleza y de la santidad- representan lo malo en colores atrayentes, por treinta monedas de plata. Y naturalmente que sus mercaderías -revestidas de un ameno aspecto de belleza- atraen a muchos incautos. Con un poco de propaganda y considerables esfuerzos de sugestión, se logra «embobar» a muchos hombres de este siglo de modorra que padece una aguda ausencia de sentido crítico. ¡Y cuidado con que alguien se atreva a llamar a una obra fea o fútil -su nombre verdadero- porque los artistas le desacreditarán, pontificalmente, como un ignorante del arte! Hace falta un poco de coraje para no sucumbir a esa sugestión del momento.
Es antihumano buscar la fealdad por la fealdad. El hombre es un animal sediento de belleza. Cuando falta la belleza, en todo hombre noble se produce «una angustia tan dolorosa -ha dicho monseñor Gustavo J. Franceschi- como el espectáculo de la perversidad o el contacto con la mentira».
Hoy en día se pretende pasar de contrabando, bajo el pabellón del arte, la música más exótica y estrafalaria, la pintura más absurda y antiestética. Es muy fácil llamar retrógrados e ignorantes a los que se atreven a hacer una crítica desfavorable de los esperpentos pseudo-artísticos, pero es muy difícil hacer tragar al hombre natural que la belleza reside, precisamente, en la fealdad. Cuando Dostoievski -un verdadero artista- representa lo malo, tan abundante en la vida, lo hace como una sombra de lo bueno, como una cosa que debemos evitar, y justamente esa representación se hará en forma tal, que lo bueno se vislumbrará claramente a través de ese mal. Porque el fin propio de todos nuestros anhelos, el verdadero alimento de nuestro espíritu no puede ser la maldad, el error y la fealdad sino el bien, la verdad y la belleza.
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Las cualidades objetivas de la obra de arte sólo cobran vigencia cuando se actualizan en el espíritu de un gustador o -para decirlo en términos más académicos- contemplador entendido. Las imágenes concretas y sensibles operan un a trasposición de sentido. «En la tela -advierte Nicolai Hartmann- ‘aparece’ otra cosa distinta de lo que está sobre ella. Aparece el paisaje con su profundidad especial, la escena con su vida, la cabeza con sus rasgos característicos. Todo esto no es real, no se debe tomar por real; real a primera vista es solamente la distribución del color en la superficie de la tela. Todo eso ‘aparece’ sobre ella o por medio de ella. Lo mismo sucede en la escultura. Una figura representa movimiento (el Discóbolo, el caballo de Coleone), pero el producto material en piedra o bronce no se mueve, no debe ser tomado por algo que se mueve. El movimiento, la vida aparecen como otra cosa en lo que es inmóvil e inanimado». (Sistematische Selbstdarstellug.) Bien puede afirmarse entonces, con los estetas contemporáneos, que todo arte tiene un sentido metafórico.
En la antigüedad clásica y en el Medievo, lo que hoy llamamos Estética era una auténtica filosofía de la obra bella. El pensamiento moderno ha dejado de ser, en muchos casos, reflexión filosófica de la belleza para convertirse en una técnica de hacer obras interesantes. El hombre de nuestros días busca en el arte un remedio para atenuar o curar su angustia metafísica ante la nada. Los artistas contemporáneos -muchos de ellos, por lo menos- buscan la belleza en el no-bien, hacen de lo demoniaco y de —219→ lo caótico la suprema categoría estética. Pero un arte nihilista no puede perdurar. Vivimos en una época de transición. El arte superrealista -expresión de la actividad automática e inconsciente del espíritu- nos ha producido un desencanto. No se trata de escandalizarse ante el levantamiento de un sistema de represión del subconsciente, sino de percatarse que en el fondo de esa manifestación artística no encontramos ningún mensaje apetecido. Querer destruir la objetividad y dinamitar la realidad es vana pretensión. En vano intentarán los pintores distraernos con colores «agrestes, hirientes, como queriéndose imponer por sí mismos y adquirir una calidad sustancial». Hoy se habla de una plástica del absurdo. Buscando algo nuevo se ha llegado a pintar vacíamente el vacío. Dejémosle la palabra a un ilustre psiquiatra: «¿De dónde procede el valor estético de lo interesante? Lo interesante es lo que atrae y sacude. Sólo el hastiado necesita ser atraído y sacudido. Lo interesante es la categoría estética creada por el aburrimiento. Cuando el aburrimiento subsiste, aumenta las exigencias de interés que deberán ofrecer las creaciones artísticas. Este incremento impone una línea evolutiva al arte, que cada vez se ha de volver más sorprendente, más chocante. Tal sentido evolutivo conduce, necesariamente, a una disolución de las verdaderas categorías artísticas. Al final de la serie el interés ha de venir de muchos desconocidos: fuertes llamadas del inconsciente»92.
Hace ya tiempo -y el mismo López Ibor lo recuerda- que Friedrich Schlegel decía que el predominio de lo interesante significa una crisis pasajera del gusto, puesto que al fin del camino sólo existía este dilema: o la estética volvía a regirse por normas superiores -lo bello como trasunto de lo bueno, —220→ como en la estética clásica, con la consiguiente desaparición de lo interesante-, o persistiría en ese mismo nivel, en cuyo caso lo interesante, para mantener su valor estético, debería ser cada vez más excitante y acabaría por degenerar en lo chocante. Lo chocante es la última convulsión del gusto moribundo.
Todos los esnobismos han resultado, a la postre, inútiles como medios de evasión al imperio de la genial sentencia platónica: la belleza es el resplandor de la verdad. Traducida a términos modernos por el doctor Luis Juan Guerrero, profesor de Estética en la Facultad de Filosofía y Letras de Buenos Aires, la sentencia de Platón se convertirá en esta otra: la belleza artística es el esplendor del Ser puesto en obra. Integridad, proporción y esplendor han sido, clásicamente, los tres requisitos de la belleza. Cuando las partes de un objeto resplandecen a la luz de una forma sustancial, nos enfrentamos a la belleza. Lo demás, es alegría inefable, presentimiento de la originaria Belleza divina, de la cual toda belleza terrenal no es sino reflejo.
Etimológicamente la palabra arte deriva del verbo griego «aro», yo dispongo. Comúnmente se define al arte como «el conjunto de reglas y preceptos para hacer bien alguna cosa». En este sentido las artes pueden ser mecánicas y liberales. Las primeras tienen por objeto la confección de cosas útiles (oficios). Las segundas se refieren a la imaginación y al intelecto. En aquellas trabaja más la mano que el espíritu; en estas más el espíritu que la mano. Dentro —221→ de las artes liberales están comprendidas las Bellas Artes.
Aunque existen numerosas clasificaciones de las Bellas Artes, nos inclinamos por ofrecer la más clara y sencilla: artes plásticas y artes fonéticas. Esta clasificación tiene su base en el hecho de que el placer estético nos es proporcionado por la vista (forma, colores) o por el oído (sonidos). A las artes plásticas y a las artes fonéticas habría que agregar las artes de movimiento (danza, cinematógrafo, representaciones teatrales), cuyo efecto es un conjunto de impresiones visuales y acústicas.
Pintura, escultura y arquitectura constituyen las tres artes plásticas que se desarrollan en el espacio. La primera bajo dos dimensiones y las dos últimas bajo tres. Son características esenciales de las artes plásticas la objetividad y la extensión.
La danza suaviza ese tránsito de las artes plásticas a las fonéticas. Las expresiones de belleza en el espacio son unidas, en su rítmico movimiento, a las expresiones de belleza en el tiempo (música).
Las artes fonéticas emplean, como medio de expresión, el sonido musical y articulado. Música, elocuencia y poesía hablan al oído y se desenvuelven en el tiempo sin ocupar espacio. Mientras las artes plásticas tienen partes coexistentes en sus obras, las artes fonéticas son sucesivas.
Es nota común de las Bellas Artes el que se vuelvan -despreocupadas de otros valores captables- hacia el valor expresivo de los seres y de las formas como tales. Dejando lo perturbador y enmarañado, búscase la configuración pura, la forma evocadora que suscite sentimientos armónicos. Hay una verdad llamada estética que se da cuando se logra el ajuste perfecto entre sentimiento y expresión. Un resultado así es de valor estético universal.
Evidentemente hay un trato pre-artístico con las —222→ cosas, pero el arte modifica las formas de la naturaleza, estéticamente impuras, valiéndose de la transformación, de la yuxtaposición y de la selección. De este modo elévase el valor expresivo, pero siempre en una dirección determinada. Cabalmente por eso se puede hablar de estilo, que no es otra cosa que la modificación, más o menos intensa, del material dado en servicio de la pureza de expresión.
Para el efecto estético es decisivo el equilibrio de los contrastes, la recta proporción, la distribución de los colores y tonos, de las luces y sombras, la medida de la materia y del sonido.
En ocasiones basta la alteración de un solo punto en la obra de arte para acabar con la recta proporción y producir efectos totalmente diversos.
Se ha dicho, y con razón, que la obra de arte es un ser tierno, frágil, y una pequeña modificación, como el matiz sonoro de una vocal en un verso, puede dar al traste con su belleza.
Hay muchas expresiones posibles para sentimientos idénticos. De ahí la variedad de estilos bellos en los diversos países y los diversos siglos. El arte se vincula fuertemente a grupos y comunidades. Para hombres de otra experiencia y de otra nacionalidad, las mismas obras artísticas tienen diverso contenido sentimental. Y es que la expresión artística está íntimamente vinculada a la eventual totalidad de la situación existencial. La poesía lírica, por ejemplo, resulta casi intraducible, a menos de acabar con la armonía vocal, adaptada al sentimiento, y de destrozar la configuración poética. Hay que tener presente que el arte, en cuanto arte, expresa, no comunica. No se trata de revelarnos el ser en sí de las cosas, sino de orientarnos a configuraciones que alegran el corazón.
El arte como liberación nos proporciona descanso en la lucha de la vida. Le experimentamos como —223→ «catarsis» y como liberación, no como salvación. Nos quitará, y ya es bastante, la carga de la existencia por unos momentos, para que, fortalecidos, podamos recomenzar el asalto de la altura.
El ilustre filósofo alemán, Prof. Dr. August Brunner, escribe estos luminosos conceptos: «Lo bello es algo sensitivamente perceptible que agrada a todos -distinguiéndose aquí el agradar del apetecer y querer-. Cuanto este agrado sea más universal en el espacio y el tiempo, tanto más pura es la expresión encontrada por el sentimiento, y tanto más universalmente humano será este. El lugar metafísico de lo bello es, pues, el de la intersección de la vida y el espíritu, pero cayendo más del lado de la vida»93. El arte -elemento indispensable para nuestra felicidad- hace que nuestra vida humana se torne alegre, colorida, noble...
El Quijote suscita, en el lector, una resonancia emotiva -emoción estética- y un efecto intelectual -juicio estético- propios de la visión de lo bello. Al admirar la figura del Caballero manchego experimentamos, ineludiblemente, un puro y peculiar sentimiento de agradabilidad y emitimos, además, un juicio sobre su objetividad. Don Quijote -esencialmente expresivo y significante- nos habla a la inteligencia, a la sensibilidad y a la imaginación. Advertimos en él un puñado de sentimientos e ideas: caballerosidad, dulzura, dignidad, gracia, delicadeza, dolor, generosidad... El caballero todo, —224→ expresa, las cualidades de su alma. Y esta alma nos sugiere la armonía de la vida noble, buena, libre, rica de ideal. Una egregia vida humana plasmada en forma.
Nuestro espíritu busca y ama la figura de Don Quijote, porque su contemplación nos produce un puro e inefable placer que nos transfigura y arroba. Despiértase en el alma el deseo de engendrar la belleza. La inspiración -esa fuerza irresistible- es puesta en acción. Y entonces nos sentimos vivir en un mundo ilimitado...
Cervantes, en su Quijote, sabe mantenerse a buena distancia del realismo exagerado y del idealismo a ultranza. Nunca cae en lo falso, en lo ficticio y en lo fantástico. Pero tampoco se complace en lo feo y en lo chocarrero. Goethe dijo en alguna ocasión, pensando en Cervantes, que «la literatura española ha tenido el genio de confrontar la idea con la realidad, al encarnar esta idea pura y hacerla chocar con las realidades groseras de la vida». Desgraciadamente no supo ver, el egregio escritor alemán, que las ideas no perdieron su alta pureza por el hecho de que Don Quijote no advirtiese muchas realidades concretas. «La idea, que entra directamente en el mundo de los fenómenos, en la vida, en la realidad, no puede -asegura Goethe -, si ella no tiene resultados graves o trágicos, sino ser ‘considerada como una quimera, y así, desviada, no teniendo ya su más alta pureza, se pierde. El individuo en el cual ella se manifiesta, lucha en vano por conservarle esta pureza y perece en el conflicto’. Esta idea no tiene ya, desde el momento en que aparece como fantástica, ningún valor: es por eso que el fantástico, que perece al contacto con la realidad, no excita ninguna conmiseración, sino que se vuelve ridículo, porque provoca situaciones cómicas que se prestan perfectamente a los fuegos de los malintencionados. La obra —225→ más bien lograda en este género es el Don Quijote; de Cervantes...»94. Es preciso deshacer un equívoco: las ideas (o ideales) de Don Quijote no entran, con frecuencia, en la realidad, sencillamente porque el monomaniaco tiene un falso concepto de la realidad. Sin embargo, no consideramos a los ideales quijotescos, por ese simple hecho, como quimeras. Los ideales de Don Quijote no son fantásticos. Fantásticas son las visiones que el hidalgo manchego tiene del mundo sensible. Pero su daltonismo metafísico -permítasenos la expresión- no le torna ridículo, ni evita que le tengamos una honda conmiseración. El ridículo no despertaría nunca, en nosotros esa emoción estética y ese amor intelectual propios de lo bello y de lo bueno.
«Lo que en la vida nos desazona -ha dicho Goethe- puede gozarse en imagen». Cervantes, como auténtico artista, depura lo real, lo transfigura. Su facultad estética -razón, imaginación, finura de sensibilidad- supone, además, la técnica y práctica artísticas. La belleza artística del Quijote es el esplendor del valor de lo caballeresco puesto en obra. Su lectura nos afecta armónicamente en todas nuestras facultades humanas. El orden, la verdad, la bondad derivadas de la novela cervantina, están envueltos por un esplendor, por un brillo especial. Al lado de la belleza fundamental de la obra se dan otras categorías estéticas afines a lo bello: a).- Elegancia (formas selectas y distinguidas de Don Quijote); b)-. Sublimidad (grandeza ilimitada dejos ideales quijotescos); c).- Gracia (viveza y suavidad del caballero y de algunos otros personajes). Se cuida don Miguel de Cervantes de no escoger la fealdad y los disvalores para representarlos en col ores atrayentes. Un —226→ espíritu como el suyo, sediento de belleza, no puede buscar la fealdad por la fealdad. Bien sabía; también, que un arte nihilista no puede perdurar. Como clásico, buscaba la integridad, la proporción, el esplendor... Despreocupado de otros valores captables, se vuelve hacia el valor expresivo del ser de un caballero andante, monomaniaco, es verdad, pero medularmente bueno, generoso, sensitivo y espiritual. El Caballero de la Triste Figura tiene, como todo ente artístico, un sentido metafórico.
Hay quienes han emprendido el estudio de las fuentes literarias de Cervantes en su Quijote, con un fervor digno de mejor causa. A cada paso esperan encontrar, en su pobre y miope cotejo, el antecedente decisivo. Poco ha faltado para que le llamen plagiario. No comprenden, estos míseros roedores de la gloria, que el pensamiento de Cervantes se eleva por encima -y a mucho de distancia- de sus parciales fuentes. Es posible que en el inicio Cervantes se haya valido de algún «Entremés» que le suscitó su concepción de Don Quijote y de Sancho, pero lo cierto es que su genio se emancipa pronto de cualquier antecedente, valorizándole y superándolo. En su estudio intitulado «Un aspecto en la elaboración del Quijote», don Ramón Menéndez Pidal apunta: «Cervantes, justamente en los momentos en que sigue más de cerca al Entremés (se refiere al Entremés de los Romances), aparece más original que nunca. Nada de aquella fresca, sutil y honda finura cómica que hace del episodio de los mercaderes toledanos uno de los mejores de la novela, nada deriva del Entremés; este impuso a la imaginación de Cervantes varios pormenores tan sólo de los más externos de la aventura. El grotesco y apayasado Bartolo se parece en la brutal materialidad de algunos actos a Don Quijote; pero nada más que esto poco, porque carece totalmente del misterioso atractivo interior —227→ que acompaña a Don Quijote desde el comienzo»95. Toda esa compleja grandeza que late en el Quijote, es una incesante revelación de lo que puede la invención artística de un genio, más allá de las primigenias fuentes literarias que muy pronto se convierten en estorbo.
El estilo -rúbrica auténtica del más íntimo modo de ser- se refleja en todo cuanto el hombre hace y produce, lo mismo en el porte y el ademán que en la creación artística o intelectual. «El estilo es el hombre», ha dicho Buffon. La afirmaciones correcta, siempre que se entienda por hombre al individuo concreto. Cada individualidad tiene un modo peculiar de expresarse en forma literaria o artística, de actuar en el orden moral o social, de pensar en materia doctrinal y de exponer su ideología. Estos modos peculiares de las personas son expresiones de su carácter mental y hasta de su temperamento fisiológico.
Si Don Quijote -como objeto estético- es un individuo de la especie de Cervantes, preciso es examinar -usando el término orteguiano- su protoplasma-estilo.
En Cervantes alentó siempre una irreprimible aspiración romántica. Abandonó el campo de la acción sólo cuando se convenció de que la realidad no podría colmar sus ímpetus heroicos de grandeza. Insatisfecho, pero no resentido, buscó convertir toda su energía creadora en actividad estética. No quiso escribir —228→ para negar seca y prosaicamente los proyectos ideales, sino para purificarlos y complementarlos. Era un espíritu equilibrado -no lo hubo mayor entre los ingenios del Renacimiento- que empleaba una benévola ironía para atacar cuanto de utópico, inmoral y hueco había en la degeneración del ideal caballeresco. No se olvide, sin embargo, que don Miguel de Cervantes y Saavedra era un caballero de clásica serenidad -pese a sus románticas aspiraciones- que quiso enaltecer y transfigurar los ideales caballerescos. Le tocó nacer en una época de crisis. Un mundo se perdía en el ocaso y apenas sí se veía alborear un nuevo mundo. El ilustre Manco de Lepanto se siente oscilar, en un tránsito sucesivo, de lo ideal a lo real. ¿Qué hacer? ¿Serán sus ideales proyectados en la vida una mera alucinación? ¿Pueden quedar incólumes los valores morales a cuyo servicio puso su brazo armado, aunque el contacto de la áspera realidad, siempre imperfecta, le haya limitado y desgarrado? Cervantes se ve llevado, paulatinamente, a echar mano de un ente de ficción, de un héroe que al principio no es sino un monomaniaco. Gradualmente va desenvolviendo, en Don Quijote, un riquísimo contenido ideológico y moral. Pronto advierte que no se trata de un loco cualquiera, a los cuales, por lo demás, les tuvo siempre mucha simpatía. Sus frívolos burladores nada pueden contra la nobleza y sabiduría de Don Quijote. La risa va ahora acompañada de un profundo respeto a esa mente inmaculada que alberga los más altos ideales. Cervantes ha conseguido purificar las risotadas vulgares para quedarse en un humorismo sin hiel. Su héroe es ya un símbolo sin dejar por ello de ser una criatura viva. La veneramos como símbolo porque antes le queremos criatura concreta. Nos alegramos de sus triunfos, nos entristecemos de sus derrotas, nos sentimos molestos de las burlas que sufre (aunque —229→ él no lo advierta), nos enorgullecemos de sus discursos y sabias razones y hasta nos duele, por ejemplo, ese incidente en que se le sueltan los hilos de una media. Decididamente estamos con él. ¿No es acaso este el mayor triunfo del estilo cervantino?
«No fue de los menores aciertos de Cervantes haber dejado indecisas las fronteras entre la razón y la locura -asegura don Marcelino Menéndez y Pelayo- y dar las mejores lecciones de sabiduría por boca de un alucinado. No entendía con esto burlarse de la inteligencia humana, ni menos escarnecer el heroísmo, que en el Quijote nunca resulta ridículo sino por la manera inadecuada e inarmónica con que el protagonista quiere realizar su ideal, bueno en sí, óptimo y saludable. Lo que desquicia a Don Quijote no es el idealismo, sino el individualismo anárquico. Un falso concepto de la actividad es lo que le perturba y enloquece, lo que le pone en lucha temeraria con el mundo y hace estéril toda su vida y su esfuerzo. En el conflicto de la libertad con la necesidad, Don Quijote sucumbe por falta de adaptación al medio; pero su derrota no es más que aparente, porque su aspiración generosa permanece íntegra, y se verá cumplida en un mundo mejor, como lo anuncia su muerte, tan cuerda y tan cristiana»96.
Con Don Quijote surge una nueva categoría estética. Realiza, ya lo hemos apuntado, el valor de lo bello y otras categorías estéticas afines: sublimidad, elegancia, gracia. Pero introduce en el mundo del arte algo radicalmente nuevo y distinto. Se ha tratado de explicar esta original e irreductible categoría estética, diciendo que es una nueva casta de poesía narrativa, no vista antes ni después, tan humana, trascendental y eterna como las grandes epopeyas, —230→ y al mismo tiempo doméstica, familiar, accesible a todos, como último y refinado jugo de la sabiduría popular y de la experiencia de la vida. Lo cierto es que todo intento de explicación fracasa, porque el nuevo mundo poético de Cervantes es, en cuanto a belleza se refiere, inefable. Podemos, no obstante, aproximarnos prudentemente a esos nuevos cielos y nuevas tierras que Cervantes descubre para el arte universal. Bueno sería que en esa aproximación nos fuésemos revestidos de ese temple cervantino: equilibrado, armónico, católico, comprensivo, indulgente, idealista, jovial, humano. Porque humanísima es esa contemplación cervantina de la vida, en que el sentimiento de justicia, no realizada, nunca empaña la serenidad de su inteligencia y la salud de su piadoso corazón.
Cervantes -potencia creadora y renovadora- obra en su estilo como opera la naturaleza: como energía creadora que adapta felizmente los medios al fin propuesto. Suscita una nueva forma en el conjunto del universo, un universal sin concepto -como lo podría haber dicho Kant-, un universal poético: el Quijote. Nos brinda -¿cómo valuar ese don?- su individualidad incomunicable, en conjunción con la vida española y las esencias de la humanidad entera.
El Quijote nos ofrece todos los zumos y los ritmos de la vida humana. Bien humedecidas sus raíces en la tierra española, Cervantes se siente lanzado en aspiración vertical hacia las alturas. Y entonces se vierte -íntegra, fielmente- en un libro. El estilo, —231→ es el hombre con toda la sangre de su espíritu. Presentía don Miguel que había venido al mundo para vaciar el fuego poético de su vida, para escribir una obra. En el atardecer de su existencia, después de haber vivido con amplitud y profundidad, se apresta a darnos su mensaje definitivo. Nada de rigideces en la forma. Presentación de momentos existenciales en un arte fluido, flexible, variadísimo. Ritmo y armonía en la prosa. Frases gallardas y agudezas de concepto. Abundan los párrafos elegantes y correctos. Los adjetivos son escogidos casi siempre con buen tino y gracia inigualable. Hay epítetos que valen por toda una frase. Selecciona, con exacta propiedad, la palabra adecuada, sin aplicar inútiles pegotes. Una dulce serenidad -rítmicamente pausada- permea toda la obra.
La magia de la palabra cervantina se pone de manifiesto, sobre todo, en la descripción de caracteres y momentos psicológicos. Más que los colores le importan las formas. Nada nos dice Cervantes sobre el color de los ojos y del cabello de Don Quijote. Nada sobre la tonalidad de su piel. ¿De qué color era Rocinante? ¿Cómo era el hermoso rostro de Luscinda? ¿Cuál era la fisonomía física de la Duquesa? Nunca podremos saberlo. Apenas sí tenemos ocasión de conocer el retrato -más bien debiera llamarse caricatura- de la famosa y deforme Maritornes. En cambio, ¡qué magnífica descripción psíquica de la ventera, de don Diego de Miranda, de doña Rodríguez, de Pedro Alonso! Con unos cuantos, pero muy expresivos rasgos, Cervantes dibuja, con mano maestra, el semblante espiritual de los personajes. Por arte del genio cervantino podemos vivir verdaderos momentos vitales con toda la riqueza de sus implicaciones. Por lo concreto y efímero nos asomamos a lo universal y eterno. Es el hombre de carne y hueso -ese mismo del que nos hablara Unamuno-, en la —232→ plenitud, funcional de su cotidiano vivir, el eje central del mundo construido por Cervantes.
No hay para qué negar que Cervantes incurre en descuidos, incorrecciones, incongruencias y despropósitos. Hay mucho de improvisación en el plan externo. Autores alemanes han examinado acuciosamente, hasta caer en torpeza, los defectos de la estructura y plan del Quijote. En sustancia, estos críticos nos vienen a decir que no era posible presentar en modo alguno a Don Quijote en este escenario temporal del mundo sin violentar parcialmente la realidad del mundo que nos es dado. Cervantes que, consecuentemente con su idea o propósito inicial evitó sabiamente todo lo contranatural, tuvo la precisión de avenirse con muchas cosas y situaciones innaturales, es decir, inverosímiles e increíbles. En el círculo habitual de la vida corriente no encontraremos venteros que se presten a alistar en la orden de la andante caballería a un loco, ni gentes como el párroco, el barbero y el bachiller que se avengan a hacer retornar al buen camino al soñador monomaniaco, ni duques dispuestos a poner en movimiento complicados enredos y difíciles manipulaciones para burlarse de un pobre extraviado mental. El desarrollo de la novela no es continuado y orgánico, por eso se apela a un demiurgo que dirige o vigila el curso de los acontecimientos. Abundan los encuentros fortuitos y los acontecimientos casuales. Se repiten motivos y descripciones y etopeyas. Todo ello puede ser cierto, pero es, desde luego, miope y parcial.
La depuración del tipo quijotesco sobrepasa, con mucho, los descuidos de algunos pormenores. Una íntima y prolongada convivencia de Cervantes con su Don Quijote le hizo avizorar toda la honda y compleja grandeza de su ente de ficción. El personaje se desenvuelve, sin cansarnos, en una larga novela de aventuras. Espontáneamente, con fuerza avasalladora, —233→ van surgiendo en diversos momentos de vida auténtica rasgos de alto voltaje espiritual, facetas de imprevista hermosura. La realidad escribe por la pluma de Cervantes. ¡Quédense los cazadores de gazapos con sus terroncitos gramaticales y sus bien medidas reglas de preceptiva! Cervantes, el Gran Poeta -como le ha llamado un ilustre amigo nuestro- «de la palabra tierna, recién creada, mojada aún, como los seres en la mañana de la creación», está más allá de las grotescas y parciales imágenes de los que usan lupa, porque están casi ciegos.
He aquí una eterna lección de Cervantes: someterse humildemente al asunto, ver la realidad con objetividad serena y mirada amorosa. El príncipe de los ingenios españoles no violenta las cosas ni las personas. Las intelige y las deja que hablen por su boca. Casos de la vida familiar son elevados a la dignidad de la epopeya. Y caso único de la literatura universal: un héroe de novela que, por decirlo así -observa Thomas Mann-, viva de la gloria de su gloria; la simple reaparición de personas conocidas en las novelas cíclicas, como en las de Balzac, es otra cosa... En el Quijote hay mucho mayor vejamen romántico, mucho mayor magia irónica. Don Quijote y su escudero salen (en esta segunda parte) de la esfera real a que pertenecían, de la novela en que han vivido. Andan como realidades potenciales por un mundo que, como ellos, representa un grado más elevado de realidad en comparación con su mundo anterior, a pesar que este también era un mundo imaginario, una evocación ilusoria de un pasado ficticio, así que Sancho se permite la broma de decir a la duquesa... «Y aquel escudero suyo que anda o debe andar en tal historia, a quien llaman Sancho Panza, soy yo si no es que me trocaron en la cuna, quiero decir que me trocaron en la estampa». Cervantes —234→ llega hasta insertar una figura sacada de la falsa y detestada continuación «para que esta figura se convenza de que el Quijote con que estaba unido en ella no pudo ser el verdadero»97.
De la vida misma y su contorno brotó como de una fuente riquísima el chorro abundante, fresco, transparente, del humor cervantino. Su sátira finísima no ofende ni exacerba. Su poder comprensivo penetra suavemente en lo más hondo del alma humana. Prosa poética la suya que exhala calor de vida y gestos de hidalgo. Prosa en que los estilistas admiran la elegancia de la elipsis, la naturalidad de la antítesis, la simpatía de la hipérbole, la exactitud del epíteto, la franca reduplicación... Y por encima de todo ese amor, esa absolución indulgente para la vida humana...
—235→
1.- ¿Qué es la poesía? 2.- Disquisiciones sobre lo poético. 3.- ¿Qué es y qué no es la poesía? 4.- Cervantes poeta. 5.- «Canción Desesperada». 6.- Don Quijote y la poesía.
| Adolfo Muñoz Alonso | ||
He aquí dos actitudes irreductibles: 1) Apoderarse discursivamente de la sustancia poética con el propósito de analizarla y desentrañar sus procedimientos; 2) Vivir la virginal esencia de la poesía por la vía cordial sin que la razón hunda en ella su garra. Se puede tener una vivencia que nos haga vibrar al unísono con el poeta, o se puede teorizar acerca de la esencia de la poesía; lo que resulta realmente imposible es hacer ambas cosas a la vez.
Sabemos que en un libro anterior -«Teoría de la Expresión Poética»- Carlos Bousoño explica que la labor poética consiste en modificar la lengua: el —236→ poeta ha de trastornar la significación de los signos o las relaciones entre los signos de la lengua porque esta modificación es condición necesaria de la poesía. ¿Razones? Piensa Bousoño que los contenidos psíquicos -perfectamente individualizados- son únicos en la intensidad de sus elementos afectivos, en la nitidez de sus percepciones sensoriales y en la complejidad sintética de su conjunto. La lengua, en cambio, no puede aludir individualmente a las cosas ni manifestar sintéticamente lo que las realidades tienen de complejas... Por otra parte, la lengua, con su carácter analítico, falsea la expresión completa y justa de los contenidos anímicos. Resultado: para hacer de la lengua un instrumento poético es preciso hacerle sufrir una transformación. Valiéndose de procedimientos, el poeta ha de someterla a una serie sucesiva de cambios, a los que llamaremos sustituciones.
Más allá de esa estructura externa, material o expresiva -como la estudiada por C. Bousoño- está la estructura interna espiritual. Sólo cuando se dan chispazos metafísicos del sentimiento, los versos llevan el nombre de poema. La configuración del poema consta de materia y forma. Aquello que el poema expresa -próxima o remotamente- es su materia. Pero la poesía, si lo es auténticamente, debe ser la conformación poética de su materia -asunto o tema- que no se da cabalmente sino por la belleza de los sentimientos llevados a un grado de abstracción.
Con sólo el metro, el ritmo y la rima no se tiene la poesía. Son estos los elementos de la estructura externa que, sin la entraña poética, quedarían reducidos a mera cáscara vacía.
Aunque nunca haya hecho versos, José Vasconcelos es un enorme poeta. Poesía mayor es la suya, que por iluminaciones misteriosas y súbitas incorpora los —237→ objetos y las pasiones a un ritmo de sentido espiritual. «La poesía -expresa Vasconcelos- es aquella parte del arte que por medio de las palabras y el ritmo ensaya transmutar lo real en lo divino. La palabra es la plástica del poeta y la poesía es la música del amor, así como el amor es el modo de la existencia divina». («Estética».) La imagen del poeta no es el signo del matemático, el término del lógico, sino una espiritualización del objeto mismo, mejorado en su sustancia, enriquecido en el contenido. Un concreto material que se eleva -vasconcelianamente hablando- a la categoría de concreto de espíritu. El poeta añade contenido a la forma, la preña. (Opus cit.)
La poesía no es producto de la voluntad del poeta ni valor «nacido por sí mismo». Nuestro Fray Luis de León lo dejó dicho: «Poesía no es sino una comunicación del aliento celestial y divino». La gracia de la inspiración es primero, la respuesta que ofrece el poeta viene después.
Cuando el poeta supera el sentimiento real concreto y canta lo emotivo universal pone en juego algo más que la razón o, por lo menos, algo diferente: la simbolación sensitiva. Aunque su conmoción íntima y personalísima sea intransferible, nos comunica su estado y el fruto de su inspiración. Porque la poesía posee, como virtud primaria, el don del contagio. El poeta es -como lo quería Platón- un endiosado, un arrebatado.
Recreación mágica y virginal; rodeo inesperado que nos sitúa ante «El dorso nunca visto del objeto de siempre» (Ortega y Gasset); el misterio de la poesía -siempre viejo y siempre nuevo- se renueva sin cesar:
| «¡Poesía; rocío | |||
| de cada aurora, hijo | |||
| de cada noche; fresca, pura | |||
| —238→ | |||
| verdad de las estrellas últimas, | |||
| sobre la verdad tierna | |||
| de las primeras flores! | |||
| ¡Rocío, poesía; | |||
| caída matinal del cielo al mundo!». | |||
No tiene razón Valéry al poner en primer plano de lo poético el ritmo y la sonoridad, como no la tiene tampoco Bremond al reducir la poesía a una música verbal.
El ritmo no es, precisamente, lo que produce la impresión de lo poético. Sirve, eso sí, para adormecernos y prepararnos a las sugestiones de la poesía. Eastman advierte que la función propia del ritmo es, esencialmente, hipnotizar al lector, o por lo menos ponerlo en un estado crepuscular propenso a representarse las palabras con una intensidad que raya en la alucinación. Por eso ocúrresenos decir que el ritmo es un elemento pre-poético, preparatorio.
Con pura música verbal no se hace poesía. Hay textos sumamente musicales que nadie se atrevería a llamarlos poéticos. Los ejemplos abundan. Hay muchos poemas que traducidos a otro idioma perderían, probablemente, su musicalidad, pero conservarían, no obstante, su garra poética.
Pensaba Antonio Machado que el elemento poético no era la palabra por su valor fónico, ni el color, ni la línea, ni un complejo de sensaciones, sino una honda palpitación del espíritu; lo que pone el alma con voz propia en respuesta animada al contacto del mundo... Los universales del sentimiento, los ecos —239→ inertes, pueden sorprenderse mirando hacia dentro, en un íntimo monólogo.
Al poeta se le plantean -como genialmente apunta Antonio Machado- dos imperativos, en cierto modo contradictorios: esencialidad y temporalidad. El pensamiento lógico y formal es destemporalizador. Cuando se piensa lógicamente queda abolido el tiempo. Pero al poeta no le es dado pensar fuera del tiempo absolutamente nada. Por ello, se sentía el autor de «Campos de Castilla» en desacuerdo con esa lírica dominante, intelectual más que emotiva. «Ni ha cantado jamás el intelecto, ni es su misión hacerlo». Debe, no obstante, apuntar a la poesía su imperativo de «esencialidad». Pero las ideas del poeta no son categorías formales, cápsulas lógicas, sino directas intuiciones del ser que deviene, de su propio existir: «...Inquietud, angustia, temores, resignación, esperanza, impaciencia que el poeta canta, son signos del tiempo, y al par, revelaciones del ser en la conciencia humana».
No es la comprensión de un suceso o de una situación lo que nos produce el estado de alma poético, sino el valor directo de todos los elementos que nos causan esa pura fruición de sentir y de percibir. Poco nos importa -cuando estamos en trance poético- el encadenamiento de las causas y de los esfuerzos hechos para acelerar o retrasar los acontecimientos. Sólo los valores de la afectividad y de la sensibilidad son los que cuentan; sólo la pureza de corazón nos hace vibrar al unísono con el poeta.
Razón y voluntad deben ser relegados a un segundo plano para poder alcanzar lo poético. Es preciso vaciar nuestro ser y dejarlo disponible, enteramente receptivo, para que nos invada el misterio de la poesía y nos abandonemos al imperio del sentir.
Robert Salmon acuñó en una fórmula breve y contundente toda la esencia de la poesía: «presentación —240→ de un valor sentimental, sensual o sensorial, en estado abstracto, separado de su soporte natural, y, por esta razón, separado de todo esfuerzo de saber y de querer». Un valor afectivo sentido en su pureza abstracta, separado de las causas que lo han producido, viene a caracterizar el estado de alma poético. Jean Hytier solía decir -y ahora lo podemos comprender con plenitud de sentido- que la poesía es una metafísica del sentimiento.
Dondequiera que exista un hombre que aguce sus sentidos y sus sentimientos, puede brotar la poesía. Allí donde haya valores afectivos y sensoriales, emancipados de las causas que les dieron origen y plenamente libres para jugar consigo mismos, allí habrá poesía.
Cuenta Unamuno que, en cierta ocasión, le decía el gran poeta portugués Guerra Junqueiro: «Un pensador, un filósofo, un sociólogo, puede no ser patriota; pero un poeta, si no siente lo que en derredor tiene, lo concreto y lo vivo, con mayor fuerza que lo lejano y lo abstracto, será cualquier cosa, pero poeta no». Quiere Unamuno que nos elevemos de lo circunscrito y temporal a lo universal y eterno. «Eternismo y no modernismo es lo que quiero; no modernismo, que será anticuado de aquí a diez años cuando la moda pase». En el seno de nuestro recinto, de nuestro país y de nuestra época, hay que bucear para aprehender lo eterno. Machado y Unamuno coinciden en la pretensión de dar en sus versos algo sustancial suyo. Ambos piden a la poesía densidad y honda conmoción humana. Más que musicalidad quieren hondas resonancias, Dios y tonalidad del universo, provocación para atrapar lo inasible...
¡Poesía: fiesta de la imaginación! ¡Poesía: fiesta del sentimiento!
—241→
En un verdadero poema, las imágenes no son -no deben ser- cobertura de conceptos, sino expresión de intuiciones. Hay una zona sensible y vibrante en la conciencia inmediata del hombre que se conmueve ante un cielo rojizo, un mar esmeralda o un prado amarillo... No se trata de objetos ideales que estén en la región intemporal e inespacial de la lógica, sino de cosas concretas, de imágenes en el tiempo. Antonio Machado habla de una dialéctica sensorial y emotiva que nada tiene que ver con el análisis conceptual que llamamos, propiamente, dialéctica.
El poeta es como un niño que contempla, con ojos maravillados, el espectáculo de la naturaleza. Una emotividad singular estremece sus imágenes. No pretende formular definiciones, sino gozar sus vivencias al expresarlas.
Hoy estamos ya de vuelta de aquellos intentos forjados por los epígonos de los simbolistas para construir poemas ayunos de todo ingrediente conceptual. Un poema no existe sin una estructura espiritual, sin una armazón inteligible y lógica. Lo que sucede es que con la pura armazón inteligible y lógica no se alcanza aún el valor emotivo que supone toda poesía. La auténtica poesía de todos los tiempos ha hecho siempre su carne y su sangre de las fluidas y temporales vivencias del poeta. «No es la lógica lo que el poema canta, sino la vida, aunque no es la vida lo que da estructura al poema, sino la lógica», ha dicho, espléndidamente, Antonio Machado. Todo intento de hacer lírica al margen de toda emoción humana, por una especie de álgebra de las imágenes o de arte combinatorio de puros -y como tales hueros- —242→ conceptos, ha resultado, a la postre, definitivamente estéril. Pero tampoco cabe hacer de la lírica «un arte de ciegos músicos»: «De la musique avant toute chose», como lo quería Verlaine. Es preciso recordar que en el fondo de toda lírica hay siempre una metafísica implícita. Un poema sonoro con una total opacidad del ser podrá servir a una pieza musical de Wagner, pero nunca a una poesía. Una expresión pura de las potencias oscuras, de las raíces soterrañas del ser, de lo subconsciente, podrá interesar al psicoanalista; pero el poeta anda en pos de la expresión integral del hombre de cada tiempo y no de los estados semicomatosos del sueño. Pedimos a la poesía un mundo poblado de figuras luminosas, no de fantasmas. Ante las presencias múltiples que salen al paso del poeta no se puede estar dormido, sino despierto. Sólo así -al choque de las más diversas cosas- surge el asombro del poeta. ¡Ojos maravillosos que tanta belleza abarcan!
| «¡Ojos maravillados, | |||
| que asistís al concierto | |||
| sigiloso del mundo, | |||
| mil veces más etéreo | |||
| y sutil que la música!». |
Por una parte el poeta (Moreno Villa) dibuja, con fino lápiz, su sentir. Pero, por otra, el frío contorno de las cosas impone su línea objetiva. Es ese el camino para lograr un equilibrio entre lo intuitivo y lo conceptual. «Poesía desnuda y francamente humana he pretendido hacer», afirma el poeta. Pero, ¿lo habrá logrado? En la ilimitada variedad plástica de lo humano, me pregunto yo si algún poeta habrá podido intuir esa inagotable gama de modos humanos de ser.
Poetizar es, esencialmente, fundar el ser en palabras, ha enseñado Heidegger. Y García Bacca comenta: «Un poema no es nunca uno de tantos poemas, —243→ ni un poema cualquiera. Poesía no puede realizarse en un poema cualquiera; basta con que un pretendido poema sea uno de tantos, un cualquiera, para que no sea ya poético. Poema es algo en singular; original ejemplar, único de una única edición. Nos hace falta, pues, para dar sentido a esencia de poesía, un concepto de esencia en estado de flor, esencia-en-flor. No, esencia en fruto, fructífera para matemáticas, física, lógica, mas no para poesía». En su afán de impedir que las palabras-en-flor se troquen en palabras-cosa, García Bacca bordea peligrosamente el irracionalismo. Quiere revivir, o reprimaverizar las cosas -intento muy loable por cierto-, pero cae en el exceso de afirmar que la «poesía no tiene, por suerte, esencia». Concibe el poetizar como faena divina, aproximándolo demasiado a una «creación de nada, de esa nonada que es el aire, hecho o moldeado en palabras». En rigor -e importa mucho el decirlo-, sólo Dios es creador. Los hombres producimos, combinamos, intuimos, pero no podemos crear. Porque «poner a las cosas más allá (metá), plus ultra, de su incardinación, afincamiento, fijación en singulares, en cosas y casos, trasladándolas airosamente (forá) de una cosa a otra, sin dejar que en ninguna se posen, y que de ninguna se prendan» (García Bacca), no es, ni remotamente, pensamos nosotros, un acto de creación. Sólo Dios fundamenta el Ser sobre su palabra. En este sentido, Dios es, por antonomasia, el poeta: poeta de sí mismo. Los hombres son poetas por participación. La esencialidad vislumbrada y centelleante de las cosas hacen que los hombres -los poetas- moren sobre la tierra sobrecogidos poéticamente. Trátase de una revelación del ser de la Existencia por vía vivencial singular, única, irrepetible. Más que pensar sobre el ser y las cosas, el poeta contempla el ente concreto, lo ilumina y lo plasma imaginativamente en la palabra.
—244→
Cervantes -creador de mitos y compañero eviterno del género humano- es poeta. Poeta excepcional. No de aquellos que se limitan a cantar sus propias cuitas -poetas de «estirpe lunar»-, sino de otros -de «estirpe solar», como alguien les ha llamado- que escrutan la universalidad de lo humano, que captan el sentido recóndito de la armonía cósmica. Astros y almas, pueblos y épocas. Fundador y cabeza de una nueva progenie, en España y en el mundo, de poetas solares. La épica, la dramática y la lírica tienen en el como antes se decía, un vate, un mago, un hierofante. Siente los valores afectivos en su pureza abstracta, separados de las causas que los han producido. En el abundan los chispazos metafísicos del sentimiento. Con las palabras ensaya una música del amor.
La vocación poética de Cervantes es un hecho indubitable. Poeta precoz y duradero, nunca dejó de versificar. Empezó su vida literaria a los veintiún años (1568) con una poesía lírica, «Elegía a la muerte de la reina doña Isabel de Valois», celebrada por su maestro López de Hoyos, quien se refiere a Miguel de Cervantes como su «caro y amado discípulo». Todavía en su lecho de muerte compone algunos versos. Persiste en versificar en las circunstancias más ingratas. Tiene conciencia de su propio mérito y de su capacidad psicológica de poeta nativo. Tradicionalmente se venía diciendo que Cervantes reconoció su incapacidad como versificador, invocando, como prueba, aquel conocidísimo terceto del «Viaje del Parnaso»:
—245→| «Yo que siempre me afano y me desvelo | |||
| por parecer que tengo de poeta | |||
| la gracia que no quiso darme el cielo...». |
Desde Navarrete hasta Fitzmaurice-Kelly, pensaron muchos autores que Cervantes confesó ingenuamente que la naturaleza le había negado el don de poesía. Hoy la verdad se ha abierto paso y las interpretaciones han cambiado. Restituida esta confesión al poema burlesco, «vale decir -como lo expresa el cervantista argentino Ricardo Rojas- a la luz de su ambiente y de su espíritu, que este terceto dice lo contrario, puesto que encubre una ironía bajo su fingida humildad»98. No es posible tomar en serio lo que Cervantes dice en un poema de tono caricaturesco, con propósito de fustigar a los poetas «sietemesinos» y a la «canalla inútil». Satiriza a los que «hipan» y «sudan» al componer sus versos, el que supo decir:
| «Desde mis tiernos años amé el arte | |||
| dulce de la agradable poesía, | |||
| y en ella procuré siempre agradarte. |
Esencialmente emotivo, Cervantes se deja guiar, hasta en la prosa, por una pauta musical. Hace versos casi con la misma naturalidad con que respira. He aquí un magnífico ejemplo de simetría y de norma rítmica:
| Dichosa edad y siglos dichosos aquellos | |||
| a quien los antiguos pusieron nombres de dorados | |||
| y no porque en ellos el oro que en esta | |||
| nuestra edad de hierro tanto se estima, | |||
| se alcanzase en aquella, venturosa, sin fatiga alguna, | |||
| sino porque entonces, los que en ella vivían, | |||
| ignoraban estas dos palabras de tuyo y mío. | |||
| Eran en aquella santa edad todas las cosas comunes; | |||
| a nadie le era necesario, para alcanzar su ordinario (sustento, | |||
| —246→ | |||
| tomar otro trabajo que alzar la mano y alcanzarle | |||
| de las robustas encinas que liberalmente estaban | |||
| convidándoseles con su dulce y sazonado fruto. | |||
Expresión sencilla, emoción humana, gracia alada y tono de leyenda se pueden advertir en aquella serranilla:
| Bailan las gitanas, | |||
| míralas el Rey; | |||
| la Reina, con celos, | |||
| mándalas prender. | |||
| Por Pascua de Reyes | |||
| hicieron al Rey | |||
| un baile gitano | |||
| Bélica e Inés. | |||
| Turbada Bélica | |||
| cayó junto al Rey, | |||
| y el Rey la levanta | |||
| de puro cortés. | |||
| Mas como es Belilla | |||
| de tan linda tez, | |||
| la Reina, celosa, | |||
| mándala prender. |
Como verdadero poeta, Cervantes no sólo cultivó la versificación, sino que mostró gran riqueza de emociones y tonos, variedad de metros e invenciones. La crítica contemporánea ha demostrado que «los presuntos errores son erratas de imprenta o falsas grafías con relación a la prosodia actual». Abundancia de vocabulario, castidad de sintaxis, buen gusto ingénito y sano instinto popular son cualidades del más ilustre de los escritores españoles, que distinguidos cervantistas han puesto ya de manifiesto. Musa popular y musa académica ostentan una misma fluidez y emoción. Poeta -y gran poeta- es quien escribió aquella sentida plegaria «Oración Cristiana», la ha llamado Ricardo Rojas- que se contiene, en forma de soneto, en «La gran sultana».
—247→| A ti me vuelvo, gran Señor, que alzaste, | |||
| a costa de tu sangre y de tu vida, | |||
| la mísera de Adán primer caída, | |||
| y a donde él nos perdió, tú nos cobraste. | |||
| A ti, Pastor bendito, que buscaste | |||
| de las cien ovejuelas la perdida, | |||
| y hallándola del lobo perseguida, | |||
| sobre tus santos hombros te la echaste. | |||
| A ti me vuelvo en mi aflicción amarga, | |||
| y a ti toca, Señor, el darme ayuda, | |||
| que soy cordera de tu aprisco ausente. | |||
| Y temo que a carrera corta o larga, | |||
| cuando a mi daño tu favor no acuda, | |||
| me ha de alcanzar esta infernal serpiente. |
Cervantes fue, como poeta, un precursor de la lírica popular española. Su necesidad de canto era, en él, una necesidad interior. Nadie puede negarle ese ritmo esencial, ese don de hablar en verso. Antes de Góngora, reunió, en la abundancia de su obra, dos tendencias que se tenían por hostiles: el metro popular con su lírica realista y el arte mayor con una música más compleja y una sensibilidad más afinada. En los mecanismos externos del arte poético muchos sucesores lo superan. La técnica de Cervantes, en versos y comedias, es a veces deficiente. Su gloria, como poeta, es la de haber sido, como el mismo se llamó, «un raro inventor». «De Homero saltamos a él, como iniciador de un nuevo ciclo literario. Virgilio es un imitador del padre antiguo, y Dante confiesa la genealogía de su Comedia, dejándose guiar por Virgilio, su ‘duca’, su ‘maestro’, su ‘signore’. Ariosto, Tasso, Ercilla, Milton, Camoens, tampoco escapan a esa influencia ancestral y, desde luego, no alcanzan la magnitud del progenitor. Shakespeare viene de Sófocles más que de Homero; Rabelais, demasiado primitivo, amontona en su obra la parte más visible de la vida moderna, pero no llega a crear —248→ los mitos que sintetizan el nuevo espíritu: es el precursor ciclópeo de Dickens o Balzac, pero no alcanza a universalizarse, como el otro, en la renovación de la epopeya por el humanismo». (Ricardo Rojas.)
Inventor de su propio cauce -ritmo y acento-, Cervantes, creador de mitos y maestro de los hombres, es, en su interior, una fuente de músicas encendidas y de palabras aurorales que revientan en zumos. Por su voz, ancha y sonora, escuchamos el eterno, mensaje del hombre.
Críticos autorizados, entre ellos Andrés Ovejero, Mariano Miguel de Val y Santiago Montero Díaz, se han permitido apuntar que la «Canción Desesperada» es «la obra maestra de la poesía cervantina» y «uno de los mejores poemas de todo el idioma castellano». (Montero Díaz.) Un incontenible «pathos» se desborda en una expresión desesperada y dinámica. Una dialéctica emotiva y sensorial estremece con sus imágenes. Se advierte, en el fondo de esta lírica, una metafísica implícita. Pero Cervantes se cuida de no hacer, sobre el suicidio, ni una apología ni una condenación. Simplemente expresa, en Grisóstomo, un alma romántica en su más arrebatado estadio. «Siempre será para nosotros un gran misterio -confiesa el Prof. Santiago Montero Díaz- la impasibilidad cervantina -matizada de simpatía humana- ante la tragedia de Grisóstomo. Un misterio cuya expresión lírica, de fabulosa complejidad, anticipo grandioso sobre su época, nos da la canción desesperada»99. Tal vez Cervantes se haya querido detener, respetuoso, —249→ ante el misterio de un suicida que, no por serlo, deja de inspirarle una irremediable simpatía humana y una cristiana caridad.
El arte sutil y la garra de este poema, en sonoros endecasílabos, patentiza claramente la alta calidad poética de su autor:
| Ya que quieres, cruel, que se publique | |||
| de lengua en lengua y de una en otra gente | |||
| del áspero rigor tuyo la fuerza, | |||
| haré que el mesmo infierno comunique | |||
| al triste pecho mío un son doliente, | |||
| con que el uso común de mi voz tuerza. | |||
| Y al par de mi deseo, que se esfuerza | |||
| a decir mi dolor y tus hazañas, | |||
| de la espontable voz irá el acento. | |||
| Y en él mezcladas, por mayor tormento, | |||
| pedazos de las míseras entrañas. | |||
| Escucha, pues, y presta atento oído, | |||
| no al concertado son, sino al ruido | |||
| que de lo hondo de mi amargo pecho, | |||
| llevado de un forzoso desvarío, | |||
| por gusto mío sale y tu despecho. | |||
| El rugir del león, del lobo fiero | |||
| el temeroso aullido, el silbo horrendo | |||
| de escamosa serpiente, el espantable | |||
| baladro de algún monstruo, el agorero | |||
| graznar de la corneja, y el estruendo | |||
| del viento contrastado en mar instable; | |||
| del ya vencido toro el implacable | |||
| bramido y de la viuda tortolilla | |||
| el sentible arrullar; el triste canto | |||
| del envidiado búho, con el llanto | |||
| de toda la infernal negra cuadrilla, | |||
| salgan con la doliente ánima fuera, | |||
| mezclados en un son, de tal manera, | |||
| que se confundan los sentidos todos, | |||
| pues la pena cruel que en mí se halla | |||
| para contalla pide nuevos modos. | |||
| De tanta confusión no las arenas | |||
| del padre Tajo oirán los tristes ecos | |||
| ni del famoso Betis las olivas: | |||
| —250→ | |||
| que allí se esparcirán mis duras penas | |||
| en altos riscos y en profundos huecos, | |||
| con muerta lengua y con palabras vivas, | |||
| o ya en oscuros valles o en esquivas | |||
| playas, desnudas de contrato humano | |||
| o donde el sol jamás mostró su lumbre, | |||
| o entre la venenosa muchedumbre | |||
| de fieras que alimenta el libio llano. | |||
| Que, puesto que en los páramos desiertos | |||
| los ecos roncos de mi mal, inciertos | |||
| suenen con tu rigor tan sin segundo, | |||
| por privilegio de mis cortos hados, | |||
| serán llevados por el ancho mundo. | |||
| Mata un desdén, a tierra la paciencia, | |||
| o verdadera o falsa, una sospecha; | |||
| mata los celos con rigor más fuerte; | |||
| desconcierta la vida, larga ausencia; | |||
| contra un temor de olvido no aprovecha | |||
| firme esperanza de dichosa suene. | |||
| En todo hay cierta, inevitable muerte; | |||
| mas yo, ¡milagro nunca visto!, vivo | |||
| celoso, ausente, desdeñado y cierto | |||
| de las sospechas que me tienen muerto, | |||
| y en el olvido en quien mi juego avivo, | |||
| y, entre tantos tormentos, nunca alcanza | |||
| mi vista a ver en sombra a la esperanza | |||
| ni yo, desesperado, la procuro; | |||
| antes, por extremarme en mi querella, | |||
| estar sin ella eternamente juro. | |||
| ¿Puédese, por ventura, en un instante | |||
| esperar y temer, o es bien hacello, | |||
| siendo las causas de temor más ciertas? | |||
| ¿Tengo, si el duro celo está delante, | |||
| de cerrar es tos ojos, si he de vello | |||
| por mil heridas en el alma abiertas? | |||
| ¿Quién no abrirá de par en par las puertas | |||
| a la desconfianza, cuando mira | |||
| descubierto el desdén, y las sospechas, | |||
| ¡oh amarga conversión!, verdades hechas, | |||
| y la limpia verdad vuelta en mentira? | |||
| ¡Oh en el reino de amor fieros tiranos | |||
| celos! Ponedme un hierro en estas manos. | |||
| Dame desdén, una torcida soga, | |||
| —251→ | |||
| mas, ¡ay de mí!, que con cruel victoria | |||
| vuestra memoria el sufrimiento ahoga. | |||
| Yo muero, en fin, y porque nunca espere | |||
| buen suceso, en la muerte ni en la vida, | |||
| pertinaz estaré en mi fantasía. | |||
| Diré que va acertado el que bien quiere, | |||
| y que es más libre el alma más rendida | |||
| a la de Amor antigua tiranía. | |||
| Diré que la enemiga siempre mía | |||
| hermosa el alma como el cuerpo tiene, | |||
| y que su olvido de mi culpa nace | |||
| y que en fe de los males que nos hace, | |||
| amor su imperio en justa paz mantiene. | |||
| Y con esta opinión y un duro lazo, | |||
| acelerando el miserable plazo | |||
| a que me han conducido sus desdenes, | |||
| ofreceré a los vientos cuerpo y alma, | |||
| sin lauro o palma de futuros bienes. | |||
| Tú, que con tantas sinrazones muestras | |||
| la razón que me fuerza a que la haga | |||
| a la cansada vida que aborrezco, | |||
| pues ya ves que te da notorias muestras | |||
| esta del corazón profunda llaga, | |||
| de como alegre a tu rigor me ofrezco | |||
| si, por dicha, conoces que merezco | |||
| que el cielo claro de tus bellos ojos | |||
| en mi muerte se turbe, no lo hagas; | |||
| que no quiero que en nada satisfagas, | |||
| al darte de mi alma los despojos. | |||
| Antes con risa en la ocasión funesta | |||
| descubre que el fin mío fue tu fiesta. | |||
| Mas gran simpleza es avisarte desto, | |||
| pues sé que está tu gloria conocida | |||
| en que mi vida llegue al fin tan presto. | |||
| Venga, que es tiempo ya, del hondo abismo | |||
| tántalo con su sed; Sícifo | |||
| venga con el peso terrible de su canto; | |||
| Ticio traya su buitre, y ansimismo | |||
| con su rueda Egión no se detenga | |||
| ni las hermanas que trabajan tanto, | |||
| y todos juntos su mortal quebranto | |||
| trasladen en mi pecho, y en voz baja | |||
| —252→ | |||
| (si ya a un desesperado son debidas) | |||
| canten obsequios tristes, doloridas, | |||
| al cuerpo, a quien se niegue aun la mortaja, | |||
| y el portero infernal de los tres rostros, | |||
| con otras mil quimeras y mil monstruos | |||
| lleven el doloroso contrapunto; | |||
| que otra pompa mejor no me parece | |||
| que la merece un amador difunto. | |||
| Canción desesperada, no te quejes | |||
| cuando mi triste compañía dejes; | |||
| antes, pues que la causa do naciste | |||
| con mi desdicha aumenta en ventura, | |||
| aun en la sepultura no estés triste. | |||
La pesadumbre, en un alto grado afectivo, determina en nosotros representaciones poéticas. Bien sabía Cervantes que resulta poético excitar los afectos. Su «Canción Desesperada» bella y sonora- se lleva el ánimo del oyente. Pero es una belleza terrible, fincada en un gemido cósmico de renuencia a futuros bienes y de muerte voluntaria. Grisóstomo, en el colmo de la desesperación, pide ayuda al infierno y confiesa sus propias penas sin que su vista alcance «a ver en sombra la esperanza». No quiere que el cielo claro de los bellos ojos de Marcela se turbe con su muerte de suicida. Ofrece a la causa de su tragedia la vida que va a inmolar, en espera de que su desdicha aumente, la ventura de la esquiva pastora.
Cervantes nos entrega, en su esencialidad, la tragedia de Grisóstomo, sobrecogido poéticamente por el destino del «pastor de ganado, perdido por desamor». Vislumbramos la centelleante visión cervantina, que iluminó la ficción poética de Grisóstomo alumbrándola y plasmándola imaginativamente en las palabras sonoras de la «Canción Desesperada».
—253→
Víctor Hugo, entre los franceses, reconoce que Cervantes, «como poeta, reúne los tres dones soberanos: la creación, que produce los tipos y viste las ideas de carne y hueso; la invención, que poniendo en choque las pasiones con los acontecimientos, hace lanzar chispas al hombre contra el destino y produce el drama; la imaginación, sol que derramando el claroscuro por todas partes da relieve a las cosas y las vivifica». Se refiere, claro está, a esa «Ilíada, oda y comedia» que es el Quijote.
Un soplo religioso nos sacude al leer esa magna epopeya en prosa. El amor, la fe y el heroísmo manan de las profundidades del espíritu cervantino, pero vienen de lo Eterno. En el Quijote, Cervantes nos ofrece la epopeya del hombre y su biografía espiritual. Más allá del hombre español del Renacimiento, el genio de Cervantes llega a simbolizar, en nuevo mito, el destino de la humanidad. No tan sólo esclarece los misterios ancestrales de su raza, sino que ilumina el misterio del hombre. Por eso acudimos a él los amantes de la Antroposofía. Por raza y por idioma, los hispanolocuentes todos tenemos en el Quijote un ineludible punto de confluencia. Y la humanidad misma no puede prescindir de Don Quijote porque, como bien afirma Merejkowski, «es uno de esos compañeros de ruta de la humanidad».
«¿Luego también -dijo Sancho- se le entiende a vuestra merced de trovas? -Y más de lo que tú piensas -respondió Don Quijote- y veraslo cuando lleves una carta escrita en verso de arriba abajo a mi señora Dulcinea del Toboso, porque quiero que sepas, Sancho, que todos o los más caballeros andantes —254→ de la edad pasada eran grandes trovadores y grandes músicos...». (I, XXIII.) Como Cervantes, también Don Quijote componía versos. Vencido ya definitivamente por el Caballero de la Blanca Luna, desahoga y consuela su desventura con aquel madrigalete:
| «Amor, cuando yo pienso | |||
| en el mal que me das terrible y fuerte, | |||
| voy corriendo a la muerte | |||
| pensando así acabar mi mal inmenso...». |
Después de la gran aventura de los leones, con la fresca alegría del reciente triunfo, entra Don Quijote a casa del Caballero del Verde Gabán. En toda la casa reina un silencio profundo, un silencio ideal, un silencio que Cervantes califica de «maravilloso». Este silencio, tan propio para la poesía, es lo que más ha sorprendido a Don Quijote. La casa es ancha como de aldea. Están a la vista «muchas tinajas a la redonda», que, por ser del Toboso, le renovaron las memorias de su encantada y transformada Dulcinea; y suspirando, y sin mirar lo que decía, ni delante de quien estaba, dijo:
| «-¡Oh dulces prendas, por mi mal halladas, | |||
| dulces y alegres cuando Dios quería! |
»¡Oh tobocescas tinajas, que me habéis traído a la memoria la dulce prenda de mi mayor amargura!
»Oyole decir esto el estudiante poeta hijo de don Diego, que con su madre había salido a recibirle, y madre e hijo quedaron suspensos de ver la extraña figura de Don Quijote...»100.
Levantados los manteles, y dadas gracias a Dios, y agua a las manos, Don Quijote pidió a don Lorenzo -el hijo de don Diego de Miranda- que dijese —255→ algunos versos. Acabó su glosa el poeta, «se levantó Don Quijote, y en voz levantada, que parecía grito, asiendo con su mano la derecha de don Lorenzo, dijo:
»-¡Viven los Cielos donde más altos están, mancebo generoso, que sois el mejor poeta del orbe, y que merecéis estar laureado, no por Chipre ni por Gaeta, como dijo un poeta, que Dios perdone, sino por las Academias de Atenas, si hoy vi vieran, y por las que hoy viven en París, Bolonia y Salamanca! Plegue al Cielo que los jueces que os quitaren el Premio primero, Febo los asaetee y las Musas jamás atraviesen los umbrales de sus casas. Decidme, señor, si sois servido, algunos versos mayores; que quiero tomar de todo en todo el pulso a vuestro admirable ingenio»101, Cervantes, agudo conocedor de las debilidades humanas, asegura que don Lorenzo se holgó de verse alabar de Don Quijote, aunque le tenía por loco. El caso es que el joven poeta accedió a la petición, diciéndole al caballero andante «este soneto a la fábula o historia de Píramo y Tisbe:
| El muro rompe la doncella hermosa | |||
| que de Píramo abrió el llagado pecho; | |||
| parte el Amor de Chipre, y va derecho | |||
| a ver la quiebra estrecha y prodigiosa. | |||
| Habla el silencio allí, porque no osa | |||
| la voz entrar por tan estrecho estrecho. | |||
| Las almas sí, que Amor suele de hecho | |||
| facilitar la más difícil cosa. | |||
| Salió el deseo de compás, y el paso | |||
| de la imprudente virgen solicita | |||
| por su gusto su muerte: ved qué historia. | |||
| Que a entrambos en un punto, ¡oh extraño caso!, | |||
| los mata, los encubre y resucita | |||
| una espada, un sepulcro, una memoria. |
—256→
»-¡Bendito sea Dios -dijo Don Quijote, habiendo oído el soneto, a don Lorenzo-, que entre los infinitos poetas consumidos que hay, he visto un consumado poeta, como lo es vuestra merced, señor mío, que así me lo da a entender el artificio de este soneto!
»Cuatro días estuvo Don Quijote regaladísimo en la casa de don Diego, al cabo de los cuales le pidió licencia para irse...»102.
Llegó, en fin, el día de su partida, y aún se cuidó Don Quijote de darle un último consejo al estudiante-poeta: «sólo me contento con advertirle a vuestra merced que siendo poeta podrá ser famoso si se guía más por el parecer ajeno que por el propio; porque no hay padre ni madre a quien sus hijos le parezcan feos, y en los que lo son del entendimiento corre más este engaño»103. Podemos imaginar que Don Quijote, camino de la cueva de Montesinos, recordaba con fruición el ambiente poético que había dejado y evocaba, con particular agrado, aquel «maravilloso silencio que en toda la casa había, que semejaba un monasterio de cartujos». ¡Silencio misterioso del espíritu en la quietud claustral!
Don Quijote, símbolo del pensamiento en acción, ama, como Cervantes, la poesía. Ahí está, como espléndido testimonio, ese paréntesis de poético sosiego en su vida de inquieta centella. No sólo sabe salir a los caminos de la andanza caballeresca para defender los valores espirituales de la civilización, sino que también entiende que «el discurso del pensar quedaría acallado en su esencia -como hoy lo ha dicho Heidegger- si se volviera impotente para decir aquello que debe quedar indecible»104.
—257→
1.- Vocación e invocación de Don Quijote. 2.- El, «yo sé quién soy» de Don Quijote. 3.- Aspiraciones y decepciones del Caballero de la Triste Figura. 4.- Destino final de Don Quijote (de una «menos-vida» a una «plus-vida»).
Don Quijote no se hace caballero andante por creación de la nada. En la forma primaria y concreta de ser Alonso Quijano, ya había un proyecto vital de ser un caballero «desfacedor de entuertos» y protector de los desvalidos. Si suprimimos lo que de anacrónico pueda haber en la andantesca caballería del hidalgo manchego -imputable a su locura- queda, no obstante, un mínimo esquema radical en el que es posible descubrir a la persona de Alonso Quijano como irrenunciable autor. Porque hasta una monomanía, como la de Don Quijote, se levanta sobre la base de una vocación. Alonso Quijano imaginó por su propia cuenta, al leer los libros de caballería, una figura de vida, un personaje, que emergía de su mismidad. Se sentí a llamado a ser un justiciero, a realizar grandes hazañas. Leía, sobre todo, novelas de —258→ caballerías, porque esta clase de libros -y no otros- entraban de lleno en su sistema de preferencias, reencendiendo su ideal caballeresco. «En resolución, él se enfrascó tanto en su lectura, que se le pasaban las noche leyendo de claro en claro y los días de turbio en turbio». (Parte I, Cap. I.) Rematando ya su juicio, le pareció conveniente y hasta necesario, «así para el aumento de su honra como para el servicio de su república, hacerse caballero andante y irse por todo el mundo con sus armas y caballo a buscar aventuras y a ejercitarse en todo aquello que él había leído que los caballeros andantes se ejercitaban, deshaciendo todo género de agravio y poniéndose en ocasiones y peligros donde, acabándolos, cobrase eterno nombre y fama». (Ibid.) La causa final de su decisión es la fama personal -engrandecer su ser y perpetuarse en la memoria de los hombres- y el bien común de España.
Una calurosa mañana del mes de julio se armó de todas sus armas, subió sobre Rocinante y salió al campo, por la puerta falsa de un corral, «con grandísimo contento y alborozo de ver con cuánta facilidad había dado principio a su buen deseo». ¿Por qué esa alegría? Es que tiene conciencia de estar en vías de conseguir ser de hecho el que es en proyecto. El adecuarse al proyecto vocacional -suprema brújula de Don Quijote- es fuente de íntimo alborozo. Su delicadeza de conciencia, que llega hasta limitar con el escrúpulo, le insta a no tomar armas con ningún caballero y a llevar armas blancas, sin empresa en el escudo, hasta que le armasen caballero.
Si por vocación entendemos -como lo entiende José Ortega y Gasset- un programa íntegro e individual de existencia y no tan sólo una forma genérica de la ocupación profesional y del «curriculum civil», el «yo» de Don Quijote es su vocación. Por esa vocación personalísima, se ve en la inexorable —259→ forzosidad de realizar el proyecto de existencia que es, en lucha frenética con las cosas y con los hombres. Aunque entren en escena los encantadores -con Frestón a la cabeza- y su sobrina -en típica actitud burguesa- le inste a estar pacífico en su casa, y no irse por el mundo a buscar pan de trasiego, Don Quijote no desistirá de su empresa. Guarda minuciosamente las reglas de la caballería, hasta para no «quejarse de herida alguna, aunque se les salgan las tripas por ella». Y es que quiere ser un cabal y perfecto caballero andante. Pero un caballero con un sentido tan hondo de la fraternidad humana que se sienta al lado de Sancho y los cabreros, compartiendo platos y bebidas, y sintiendo que la caballería andante, como el amor, iguala todas las cosas.
Siempre deja ver, a las claras, la irrenunciable conciencia de su misión: «el buen paso, el regalo y el reposo allá se inventó para los blandos cortesanos; mas el trabajo, la inquietud y las armas sólo se inventaron e hicieron para aquellos que el mundo llama caballeros andantes, de los cuales yo, aunque indigno, soy el menor de todos». (Parte I, capítulo XIII.) Ama las letras, pero ama aún más las armas. Sabe resignarse ante lo inevitable: «...y no hay que hacer caso destas cosas de encantamentos, ni hay para qué tomar cólera ni enojo con ellas; que, como son invisibles y fantásticas, no hallaremos con quien vengarnos, aunque la procuremos». (Parte I, capítulo XVII.) Su fantasía estaba llena, a todas horas y momentos, de batallas, encantamientos, sucesos, desatinos, amores y desafíos, al estilo de los narrados por los libros de caballerías; «y todo cuanto hablaba, pensaba, o hacía, era encaminado a cosas semejantes». (I, XVIII.) Gusta Don Quijote de hacerle a Sancho observaciones axiológicas: el valor se basa en el bien realizado: «Sábete, Sancho, que no es un hombre más que otro si no hace más que otro». Y hasta —260→ se permite señalar una jerarquía de valores: «Porque te hago saber, Sancho, que la boca sin muelas es como molino sin piedra, y en mucho más se ha de estimar un diente que un diamante» (I, XVIII).
Desde 1955 insistíamos ya, en nuestros artículos publicados en diversos diarios mexicanos, que Cervantes empleaba la palabra valor en un sentido axiológico próximo al sentido actual. En 1957 ha publicado un libro Santiago Montero Díaz -«Cervantes, Compañero Eterno»-, en el cual comenta aquel pasaje (I, XXVII) del Quijote: Luscinda a Cardenio. «Cada día descubro en vos valores que me obligan y fuerzan a que en más os estime...». El Dr. Montero Díaz apunta: «Como en Shakespeare, empléase aquí la palabra valor en riguroso sentido axiológico, es decir, designando una cualidad irreal de alguna manera radicada en un objeto. Obsérvese, además, que estos valores son descubiertos y estimados, en riguroso acuerdo con el esquema de toda toma de posición ante un valor descrito por los axiólogos modernos. Y, finalmente, obsérvese que el breve pasaje comentado alude, para que nada falte, el carácter fundamental de forzosidad de los valores, que se imponen por su propia jerarquía. Tres notas, en un solo pasaje, esenciales a la teoría de los valores: calidades incorporadas a un objeto, estimación y forzosidad»105.
La valentía de Don Quijote nos sobrecoge. ¿Cómo explicárnosla sin esa conciencia precisa de su vocación y sin esa fidelidad heroica a sí mismo? Basandose en una especie de probabilismo moral, Don Quijote le enseña a Sancho que, en caso de duda, puede obrar hasta estar mejor informado. A un galeote le advierte -él, que creía en los encantamientos- «que no hay hechizos en el mundo que puedan —261→ mover y forzar la voluntad, como algunos simples piensan; que es libre nuestro albedrío, y no hay yerba ni encanto que le fuerce». ¡Magníficas palabras! La voluntad es irreductible y la libertad no es cosa de tener o no tener, sino de ser.
Sueños de gloria no le faltan al Caballero de la Triste Figura. Espera que su nombre ha de ser puesto «en el templo de la inmortalidad, para que sirva de ejemplo y dechado en los venideros siglos, donde los caballeros andantes vean los pasos que han de seguir si quisieren llegar a la cumbre y alteza honrosa de las armas» (I, XLVII). Y sin embargo, reconoce humildemente que sólo por medio de la invocación puede llegar al cumplimiento de su vocación. Mientras que esta es un llamado que le hace Dios -mediante la voz interior-, aquella es un llamado que él le hace a su Dios y a su Dulcinea.
Si la vocación es el yo, ¿cuál es el «yo» de Don Quijote? Él, por lo menos, parece conocerlo bien al exclamar aquél: «yo sé quién soy y se qué puedo ser».
La figura de los caballeros andantes provocaba, en el entendimiento de Alonso Quijano, la imperiosa necesidad de realizarse. Anhelaba vivir esa realidad -vida fingida en los libros- haciéndola privativamente suya, dentro de la circunstancia española de su siglo. Esa nueva vida, aún inexistente, la descubrió en su ser como trazada sobreconscientemente. Podemos imaginar, que ese día, Alonso Quijano tomó posesión de su «yo propio», inalienable y único. De allí arranca su sentido existencial, su estilo misional. —262→ Tomó conciencia de sí y trazó, caminando, su meta. «Yo sé quién soy y sé qué puedo ser» (Parte I, Cap. V), es decir, sabe lo que quiere ser y presiente su mensaje. Su sentido existencial lo siente ligado a un pueblo, a una época y al mundo. Oye una voz, clamando en su sangre, y avizora una luz, iluminándole su sendero. Es el sentido de su vocación y el hilo de su destino.
Cosa grande, pero terrible, la de tener una misión personal y secreta; «la de haber oído en las reconditeces del alma -como expresa Unamuno- la voz silenciosa de Dios, que dice: ‘tienes que hacer esto’, mientras no les dice a los demás: ‘este mi hijo que aquí véis, tiene esto que hacer’. Cosa terrible haber oído: ‘haz eso; haz eso que tus hermanos, juzgando por la ley general que os rige, estimarán desvarío o quebrantamiento de la ley misma; hazlo, porque la ley suprema soy Yo, que te lo ordeno’». Y líneas delante comenta: «El ser que eres no es más que un ser caduco y perecedero, que come de la tierra y al que la tierra comerá un día; el que quieres ser es tu idea en Dios. Conciencia del Universo: es la divina idea de que eres manifestación en el tiempo y el espacio. Y tu impulso querencioso hacia ese que quieres ser no es sino la morriña que te arrastra a tu hogar divino. Sólo es hombre hecho y derecho el hombre cuando quiere ser más que hombre. Y si tú, que así reprochas su arrogancia a Don Quijote, no quieres ser sino lo que eres, estás perdido, irremisiblemente perdido»106.
Mucho se ha hablado de la misión justiciera de Don Quijote, pero nada se ha dicho, que yo sepa, de su cristianísima misión de consolador de los afligidos: Dirigiéndose al astroso «Caballero de la Sierra» -Cardenio-, Don Quijote le dijo: «tenía determinado —263→ de no salir destas sierras hasta hallaros y saber de vos si al dolor que en la extrañeza de vuestra vida mostráis tener se podía hallar algún género de remedio; y si fuera menester buscarle, buscarle con la diligencia posible. Y cuando vuestra desventura fuera de aquellas que tienen cerradas las puertas a todo género de consuelo, pensaba ayudaros a llorarla y plañirla como mejor pudiera; que todavía es consuelo en las desgracias hallar quien se duela de ellas». (Parte I, Cap. XXIV.) ¡Sublimes palabras! Gozosa plenitud la nuestra si colmamos la vida de auténtica amistad. Excelencia -y no pequeña- es esta de vibrar al unísono con el amigo en los regocijos y en las penas, en las fiestas y en los entierros. Porque con el amigo se está, como suele decirlo nuestro pueblo, «en las duras y en las maduras». Bien pudiera explicarse la amistad como la gracia de no querer estar solos a fuerza de saber ser humanos. Triste soledad la nuestra si únicamente la llenásemos de filosofía o de versos, de flores o de espinas, de placeres o de «saudades», de oro o de brumas... Pero no de amigos. Amistad es -para Don Quijote- caridad. Pero caridad, en la sagrada unción y en la maravillosa hondura que derrama su etimología. Porque la caridad es, esencialmente, un amor de amistad. Un amor por el cual se desea el bien del amigo. No basta la simple benevolencia. «Es necesario -escribe Santo Tomás de Aquino- todavía un amor recíproco, pues el amigo es un amigo para su amigo; una tal benevolencia no va nunca, en efecto, sin una cierta comunicación, y como existe entre el hombre y Dios una comunicación por la cual Él nos comunica su beatitud, es necesario que esta comunicación sea el fundamento de una cierta amistad». Sin detrimento de la personalidad intangible, la amistad torna semejante a quien encuentra desigual. Es el caso de Sancho quijotizado. Antes que de mengua, puede —264→ hablarse de enaltecimiento. En la amistad de Don Quijote y Sancho no hay secretos. La comunicación los hermana. Desde el primer momento Don Quijote recibe a Sancho con el corazón abierto, y le habla con tanta confianza como a sí mismo. Le hace fiel, porque le considera fiel. Muere con amor Don Quijote -rodeado de amigos- porque vivió con amistad. Y el morir con amor, por vivir con amistad, es la mejor de las muertes.
El corazón del Caballero de la Triste Figura rebosa gratitud. «Por esto querría -dice Don Quijote al Canónigo- que la fortuna me ofreciese presto alguna ocasión donde me hiciese emperador, por mostrar mi pecho haciendo bien a mis amigos, especialmente a este pobre de Sancho Panza, mi escudero, que es el mejor hombre del mundo, y querría darle un condado que le tengo muchos días ha prometido; sino que temo que no ha de tener habilidad para gobernar su estado». (Parte I, Cap. L.) Pero en ese corazón -tan humano, al fin y al cabo- también hay cólera que estalla en maldiciones (insultos para el cabrero que osó decir que Don Quijote debía tener vacíos los aposentos de la cabeza); afán de dar lecciones sobre la importancia, en el mundo, de la caballería andante; desdén para su tiempo; fe vigorosa en la existencia de Amadís de Gaula y de todos los otros caballeros andantes cuyas historias se cuentan en el orbe; temor de que sus amores fuesen tratados, por los historiadores, con alguna indecencia, que redundase en menoscabo y perjuicio de la honestidad de su señora Dulcinea del Toboso.
Don Quijote preocúpase por su fama: «...y dime, Sancho amigo: ¿qué es lo que dicen de mí por ese lugar? ¿En qué opinión me tiene el vulgo, en qué los hidalgos y en qué los caballeros? ¿Qué dicen de mi valentía, qué de mis hazañas y qué de mi cortesía? ¿Qué se platica del asunto que he tomado de —265→ resucitar y volver al mundo la ya olvidada orden caballeresca?». (Parte II, Cap. II.) Siendo el hombre un ser esencialmente comunicativo, dialógico, es natural que a Don Quijote le importe conocer la opinión que les merece a los demás. Pero sus acciones no están motivadas, nunca, por el «qué dirán», sino por el bien. Cómo le dolería al buen caballero aquella respuesta de Sancho: «el vulgo tiene a vuestra merced por grandísimo loco, y a mí por no menos mentecato. Los hidalgos dicen que no conteniéndose vuesa merced en los límites de la hidalguía, se ha puesto ‘don’ y se ha arremetido a caballero con cuatro cepas y dos yugadas de tierra, y con un trapo atrás y otros adelante. Dicen los caballeros que no querrían que los hidalgos se opusiesen a ellos, especialmente aquellos hidalgos escuderiles que dan humo a los zapatos y toman los puntos de las medias negras con seda verde». Con hondo conocimiento del mundo, no exento de amargura, respondió el aludido: «Mira, Sancho -dijo Don Quijote-: dondequiera que está la virtud en eminente grado, es perseguida. Pocos o ninguno de los famosos varones que pasaron dejó de ser calumniado de la malicia». (Parte II, capítulo II.) Se trasluce, a través de esta respuesta, el «yo sé quién soy y sé qué puedo ser».
Por su adhesión al destino, amor fati, su devenir trasciende de su mera temporalidad.
La vida de Don Quijote se nos aparece como auténtica por esa fidelidad a su vocación. En el montón de acciones y acontecimientos descubrimos siempre lo que Don Quijote tenía que haber sido. Como su —266→ vida efectiva realiza su entelequia, hay una sensación de plenitud en su existencia de andante caballero. De todas las posibilidades que se le presentan, sabe optar por la posibilidad que él debe ser. Por eso le responde a el Ama, cuando le sugiere que sea un caballero en la corte de su Majestad: «no todos los caballeros pueden ser cortesanos, ni todos los cortesanos pueden ni deben ser caballeros andantes. De todos ha de haber en el mundo; y aunque todos seamos caballeros, va mucha diferencia de los unos a los otros...». (Parte II, Cap. VI.) Y a su sobrina le advierte: «Ni todos los que se llaman caballeros lo son de todo en todo; que unos son de oro, otros de alquimia, y todos parecen caballeros; pero no todos pueden estar al toque de la piedra de la verdad». (Ibid.) Es inútil que traten de disuadirle. Él sabe lo que quiere; él tiene conciencia de su destino personal: «Dos caminos hay, hijas, por donde pueden ir los hombres a llegar a ser ricos y honrados: el uno es el de las letras; otro, el de las armas. Yo tengo más armas que letras, y nací, según me inclino a las armas, debajo de la influencia del planeta Marte; así, que casi me es forzoso seguir por su camino, y por él tengo de ir a pesar de todo el mundo, y será en balde cansaros en persuadirme a que no quiera yo lo que los cielos quieren, la fortuna ordena y la razón pide, y, sobre todo, mi voluntad desea; pues con saber, como sé, los innumerables trabajos que son anejos a la andante caballería, sé también los infinitos bienes que se alcanzan con ella; y sé que la senda de la virtud es muy estrecha, y el camino del vicio, ancho y espacioso; y sé que sus fines y paraderos son diferentes; porque el del vicio, dilatado y espacio so, acaba en muerte, y el de la virtud, angosto y trabajoso, acaba en vida, y no en vida que se acaba, sino en la que no tendrá fin; y sé, como dice el gran poeta castellano nuestro, que
—267→| Por estas asperezas se camina | |||
| de la inmortalidad al alto asiento, | |||
| do nunca arriba quien de allí declina». |
| (Parte II, Cap. VI.) | ||
El mundo se le presenta, a Don Quijote, como tentación, como campo propicio para la distracción. Multitud de posibilidades que no son de él -que no deben ser de él- se le ofrecen seductoras, insinuantes. «Yo te prometo, Sobrina -respondió Don Quijote-, que si estos pensamientos caballerescos no me llevasen tras sí todos los sentidos, que no habría cosa que yo no hiciese, ni curiosidad que no saliese de mis manos, especialmente jaulas y palillos de dientes». (II, VI.) Pero está comprometido a decidir, constantemente, ser fiel a sí mismo, ser fiel a quien le ofrece la posibilidad de ser él mismo. Aunque realizada en la sociedad española de su tiempo, con Dios y con los otros hombres, esta tarea fundamental es netamente personal.
Aunque Don Quijote persigue la fama, no se le oculta la vanidad de la misma, por mucho que dure. Sin embargo, vive sus momentos de plenitud gozosa. Nos refiere Cervantes que, después de haber vencido al Caballero de los Espejos, «con la alegría, contento y ufanidad que se ha dicho seguía Don Quijote su jornada, imaginándose por la pasada victoria ser el caballero andante más valiente que tenía en aquella edad el mundo; daba por acabadas y a felice fin conducidas cuantas aventuras pudiesen sucederle de allí adelante; tenía en poco a los encantos y a los encantadores; no se acordaba de los innumerables palos que en el discurso de sus caballerías le habían dado, ni de la pedrada que le derribó la mitad de los dientes, ni del desagradecimiento de los galeotes, ni del atrevimiento y lluvia de estacas de los yangüeses; finalmente, decía entre sí que si él hallara arte, modo o manera como desencantar a su señora Dulcinea, —268→ no invidiara a la mayor ventura que alcanzó, o pudo alcanzar, el más venturoso caballero andante de los pasados siglos». (II, XVI.) Un triunfo basta, a veces, para borrar todas las penalidades de la vida pasada. Me interesa destacar, en este pasaje, el dinamismo ascensional de la vida de Don Quijote, su tendencia irrefrenable a la plenitud subsistencial. Como hombre, tiene un afán incoercible a la supervivencia y a la sobrevivencia en la memoria de los hombres. Quiere realizar grandes hazañas para pasar a la posteridad: que es una forma -tercera vida la han llamado algunos- de que las obras personales subsisten en los otros.
Don Quijote aspira inevitable e ilimitadamente a la grandeza y a la perfección, a la felicidad y a la vida. No trata simplemente de ser siempre, sino de ser siempre en plenitud. Las felicidades temporales -en casa de Don Diego Miranda y en casa de los Duques- las vive como limitadas e insuficientes. Cuando se siente relativamente feliz, exige eternidad. Ama el arte porque admira el amplio radio de la vida del artista excepcional. Declara que desde muchacho fue aficionado a la carátula y en su mocedad se le iban los ojos tras la farándula. Compara la poesía con «una doncella tierna y de poca edad, y en todo extremo hermosa, a quien tienen cuidado de enriquecer, pulir y adornar otras muchas doncellas, que son todas las otras ciencias, y ella se ha de servir de todas, y todas se han de autorizar con ella; pero esta tal doncella no quiere ser manoseada, ni traída por las calles, ni publicada por las esquinas de las plazas ni por los rincones de los palacios». (II, XVI.)
Hablando de los comediantes, dícele Don Quijote a Sancho: «Pues lo mesmo acontece en la comedia y trato deste mundo, donde unos hacen los emperadores, otros los pontífices, y, finalmente, todas cuantas figuras se puedan introducir en una —269→ comedia; pero en llegando al fin, que es cuando se acaba la vida, a todos les quita la muerte las ropas que los diferenciaban, y quedan iguales en la sepultura». (II, XII.) Verdad tan grande que alcanza al mismo Don Quijote. Tal vez él mismo se haya imaginado, al pronunciar estas palabras, que un día la muerte le quitaría las ropas de caballero andante, igualándole al resto de los hombres en la sepultura. Todo terminaría para él. Ya no volvería a ver el río Ebro, «cuya alegre vista renovó en su memoria mil amorosos pensamientos». Pero quizá la contemplación de la amenidad de sus riberas, de la claridad de sus aguas, del sosiego de su curso y de la abundancia de sus líquidos cristales, le hizo atisbar entonces la gran realidad que se oculta en el trasfondo maravilloso de la vida. Dice Cide Hamete -el filósofo mahomético creado por la imaginación de Cervantes- que «pensar que en esta vida las cosas della han de durar siempre en un estado es pensar en lo excusado; antes parece que ella anda todo en redondo, digo a la redonda: la primavera sigue al verano, el verano al estío, el estío al otoño y el otoño al invierno, y el invierno a la primavera, y así torna a andarse el tiempo con esta rueda continua. Sola la vida humana corre a su fin ligera más que el viento, sin esperar renovarse si no es en la otra, que no tiene términos que la limiten». Esta ligereza e inestabilidad de la vida presente, prepara el ocaso y la decepción de Don Quijote: «y al cabo, al cabo, cuando esperaba palmas, triunfos y coronas, granjeadas y merecidas por mis valerosas hazañas, me he visto esta mañana pisado, acoceado y molido de los pies de animales inmundos y soeces. Esta consideración me embota los dientes, entorpece las muelas, y entumece las manos, y quita de todo en todo la gana de comer, de manera, que pienso dejarme morir de hambre, muerte la más cruel de las muertes». (II, LIX.)
—270→
¡Que quisiera morirse Don Quijote! Es mentira. Una mentira magnífica, porque es la mentira de un espíritu magnífico. Su grito de muerte es un grito de: ¡vida!, ¡más vida! Aun cuando la tragedia existe, su corazón pugna por transportarse al gozo. Cierto que este mundo, todo máquinas y trazas, contrarias unas de otras, acaba por agobiarle. Se convence de que pretender reducir a la canalla «a que por ruegos haga virtud alguna», es predicar en desierto. Por eso exclama, en el colmo del sentimiento de su desamparo ontológico y de su insuficiencia radical: «Yo no puedo más». (Parte II, Cap. XXIX.) El desengaño le hace desenmascarar, dolorosamente, lo falso, desenmascarando su propio error humano. Y llega así a la posesión de la verdad, buscada pero ignorada. Reconoce a las cosas como son. Las ventas son simplemente ventas, y no castillos. Paga daños a los pescadores por el barco hecho pedazos. Su propio criado le vence y le arranca una promesa. La adversidad le produce un desengaño cuyo impacto de verdad le afecta existencialmente.
Roque Guinart, compasivo después de todo, le dice a Don Quijote: «-No estéis tan triste, buen hombre...». «-No es mi tristeza -respondió don Quijote- haber caído en tu poder, ¡oh valeroso Roque, cuya fama no hay límites en la tierra que la encierren!, sino por haber sido tal mi descuido, que me hayan cogido tus soldados sin el freno, estando yo obligado, según la orden de la andante caballería que profeso, a vivir contino alerta, siendo a todas horas centinela de mí mismo; porque te hago saber, ¡oh gran Roque!, que si me hallaran sobre mi caballo, —271→ con mi lanza y con mi escudo, no les fuera muy fácil rendirme, porque yo soy Don Quijote de la Mancha, aquel que de sus hazañas tiene lleno todo el orbe». (II, LX.) Decididamente la adversidad se cierne sobre el Caballero de la Triste Figura. El de la Blanca Luna le ha vencido. Pero aun así, Don Quijote no puede ir contra su verdad: «Dulcinea del Toboso es la más hermosa mujer del mundo, y yo el más desdichado caballero de la tierra, y no es bien que mi flaqueza defraude esta verdad. Aprieta, caballero, la lanza, y quítame la vida, pues me has quitado la honra». (II, LXIII.) Como una vida sin honra no es verdadera vida para Don Quijote, pide que le priven de esta menos vida para pasar a una plus-vida. Sin embargo, no quiere darse por vencido definitivamente. Pasan unos días y recupera la esperanza: la esperanza que nunca muere del todo mientras viva el hombre. «-Calla, Sancho, pues ves que mi reclusión y retirada no ha de pasar de un año; que luego volveré a mis honrados ejercicios y no me ha de faltar reino que gane y algún condado que darte». (II, LXV.) ¿Ha cesado ya la tristeza y la angustia? Al salir de Barcelona y mirar el sitio donde había caído, exclama Don Quijote: «-¡Aquí fue Troya! ¡Aquí mi desdicha, y no mi cobardía, se llevó mis alcanzadas glorias; aquí usó la fortuna conmigo de sus vueltas y revueltas; aquí se escurecieron mis hazañas; aquí, finalmente, cayó mi ventura para jamás levantarse!». (II, LXVI.) ¡Qué profunda melancolía! Presiente que su ventura ha caído definitivamente. En el camino hacia su eclipse ya no puede detenerse. Unos labradores le invitan a la «taberna de lo caro», pero llega tarde la invitación: «- Yo, señores -respondió don Quijote-, os lo agradezco, pero no puedo detenerme un punto, porque pensamientos y sucesos tristes me hacen perecer descortés y caminar más que de paso». (II, LXVI.)
—272→Sancho trata de reconfortar el corazón de su amo. Le recuerda que tan de valientes corazones es tener sufrimiento en las desgracias como alegría en las prosperidades. La Fortuna es una mujer borracha y antojadiza, y, sobre todo, ciega, y así, no ve lo que hace, ni sabe a quien derriba, ni a quien ensalza. Pero Don Quijote es providencialista. Le complace constatar la discreción y la filosofía de su escudero. Tiene, no obstante, que corregirle: «Lo que te sé decir es que no hay fortuna en el mundo, ni las cosas que en él suceden, buenas o malas que sean, vienen acaso, sino por particular providencia de los cielos, y de aquí viene lo que suele decirse: que cada uno es artífice de su ventura. Yo lo he sido de la mía; pero no con la prudencia necesaria, y así me han salido al gallarín mis presunciones; pues debería pensar que al poderoso grandor del caballo del de la Blanca Luna no podía resistir la flaqueza de Rocinante». (II, LXVI.) Con toda honradez reconoce el Caballero manchego que hay una cierta adecuación entre su ser y su acontecer. Le aconteció lo que estaba en relación con su personalidad y con sus circunstancias. Trató de configurar la realidad de acuerdo con su ser de caballero andante, pero la realidad, que tiene también su forma, le resistió. «Atrevime, en fin, hice lo que pude; derribáronme, y aunque perdí la honra, no perdí, ni puedo perder, la virtud de cumplir mi palabra». (Ibid.) Don Quijote puede haberse sentido menoscabado en su «pundonor», en su estado de prelación en la jerarquía social, pero la honra, en rigor, no la perdió al perder una batalla. Sí la hubiese perdido, en cambio, si no hubiese cumplido su palabra. Porque cumplir su palabra le pertenece como su propiedad más íntima, pero perder una batalla le venía de muy lejos. El destino le tenía reservado este revés.
Aun en su ocaso, camino de su aldea, el ser de Don —273→ Quijote reclama la plenitud. Su ser se rebela ante la nada y el vacío; rechaza la contingencia y la muerte. Por eso le propone a Sancho que se hagan pastores. Nadie le puede arrebatar a Don Quijote su aspiración irrefrenable a una «plus-vida», a una vida en plenitud: «que yo post tenebras spero lucem». (II, LXVIII.) El mundo, sus realidades y complicidades, cerraron con obstinación los caminos trazados por Don Quijote con rumbo al ideal absoluto. Pero este mundo no es sino tinieblas en las cuales surge, de cuando en cuando, un rayo de luz. Esa frase de Don Quijote -«post tenebras spero lucem»-, es un adiós al mundo engañoso. Y es, también, una afirmación de su fe católica, de su providencialismo, de su amor, de su honestidad, de su convicción justiciera... Su victoria es la victoria de la persona, del ente teotrópico... Su destino fue el de haber llegado hasta el final, molido a palos y pedradas, pero sin desviar la vista de la línea vertical... Sangre, sudor y vida por la conquista de un ideal. Mientras otros, los acomodaticios, simplemente se acomodan, renuncian y se someten a la circunstancia, el Caballero de la Mancha reivindica el valor del esfuerzo, el mérito del sacrificio, la fe en el ideal y en el triunfo de la justicia final. El triunfo del maquiavelismo es sólo aparente y a corto plazo. A la larga está perdido, porque pretende fundarse en el poder metafísico del mal y el mal carece de poder metafísico. Don Quijote amó sin transigir. Amó desinteresadamente la justicia, sin motivos espúreos, sin segundas intenciones. La lucha contra la adversidad -parece enseñarnos Cervantes con su Quijote- no es una simple tragedia, sino un privilegio del hombre. Y esta locura esplendente -incurable en los verdaderos héroes-, no es infecunda. No es infecunda porque ellos, o sus continuadores, insertan sobre la vida material el orden ideal.