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Exilio y región. Los discursos de la resistencia cultural (Un estudio de la narrativa argentina de los 70 y 80)

Pablo Edmundo Heredia





¿O era que era nada más que así, vaguedad, no expreso, no hablado, no ideado, otra manera de consistir, entresiendo?


Haroldo Conti, Mascaró, el cazador americano                


La historia de un hombre es un largo rodeo alrededor de su casa. [...] No quise seguir viviendo entre violentos y asesinos; en las sombras de aquellos árboles abandoné la memoria de mis muertos. Un soplo desvaneció mi casa, pero ahora sé que aquella casa todavía está aquí, erigida en mi corazón.


Héctor Tizón, La casa y el viento                



Los discursos culturales

El texto literario en tanto un espacio discursivo donde se entrecruzan referencialmente los registros de las diversas prácticas y pertenencias culturales de una región determinada, es un punto de partida que nos permite recorrer analíticamente -más allá de las categorías criticas institucionalizadas tradicionalmente por los manuales de literatura que distinguen la producción nacional y la regional-, aquellos textos que refieren en su constitución y construcción, una estética de la cultural nacional.

La conformación de un discurso literario a través de los usos del código geocultural1 de una región determinada, refiere directamente a un espacio interdiscursivo en donde se entrecruzan, por un lado, las voces y los registros de una geocultura regional (la memoria, oral y escrita; las prácticas y pertenencias sociales: las formas y mecanismos existenciales y vitales); y por el otro, superpuesto, el género narrativo construido sobre los significados de los textos de la realidad, de la historia, de las instituciones sociales y de los productos culturales2.

El texto literario, entonces, como un texto de cultura que registra en su «institución las formas de un uso del código cultural de la región que refiere a través de su discurso estético, se compone y se define por los significados que circulan enunciativamente en los referentes elaborados en su discurso. En consecuencia, las consideraciones críticas tradicionales acerca del regionalismo (o nativismo, costumbrismo, i, etc.) como un rasgo típico del catálogo de la literatura «nacional», las dejaremos de lado, intentando elaborar una observación crítica desde otras categorías.

La regionalización de los textos literarios, en tanto categoría de análisis para el estudio de la producción cultural de todas las regiones del país, la vinculamos en su aplicación, a las que conforman referencialmente -interdiscursivamente- los mismos textos literarios (tales como los textos de la realidad, de la historia, de la sociedad, entre otros).

La región como un elemento constitutivo del discurso de los textos literarios que recorreremos a continuación, e incluso como un discurso más, se entrecruza compositivamente, con los que denominaremos discursos del exilio y de la resistencia cultural (emergentes constantes en la narrativa argentina), en tanto se presentan como significados latentes y definitorios que conforman los textos literarios. Hemos tomado para este recorrido interpretativo del fenómeno de la regionalización de la narrativa argentina -en relación con el emergente del exilio (interno y externo)-, los textos literarios de Haroldo Conti, Juan José Hernández, Daniel Moyano y Héctor Tizón, editados en las décadas del 70 y del 80, período que abarca la consagración de esta generación (denominada del «posboom») en los 70, el golpe militar del 76 y finalmente su consecuente «Proceso de reorganización nacional», en el que está inserta la problemática del exilio, la censura, la opresión cultural y el autoritarismo.




Los viajes culturales de la identidad regional

La segunda mitad de la década del setenta marca un punto de disociación semántica en el proceso temático de creación para la narrativa argentina, en tanto cierra un esquema de la conformación de los significados que constituían los textos literarios desde el denominado Boom latinoamericano, y al mismo tiempo abre otro esquema donde los significados se forman y se conforman a través del referente enunciativo de la censura y la opresión social del Estado. El golpe de Estado militar que instauró el autodenominado «proceso de reorganización nacional» es una referencia nombrada elípticamente en los textos literarios, la cual se registra a través de un contradiscurso que lo alude construyéndose en los resquicios o grietas de su expresión, tales como la censura y sus consecuencias directas, la violencia (física y mental) y el exilio.

Asimismo, es posible observar que durante las décadas del 60 y del 70 subyace un planteo cultural en el discurso de los textos literarios argentinos (Tizón, Moyano, Hernández, Di Benedetto, Conti, Saer), constituido en un trabajo diferenciado del denominado regionalismo tradicional y centrando las voces referenciales de los discursos regionales a través de una renovación de sus estructuras narrativas3. En estas indagaciones (experiencias estéticas), propias de la macropolítica intelectual de esas décadas, está latente, muchas veces de forma acabada, el problema de la regionalización de la cultura nacional, en la cual está presente el problema del centralismo de la Capital Federal y sus relaciones contradictorias con el resto de las regiones argentinas. De estos discursos regionales que plantean las relaciones entre la identidad regional y la nacional, surge otro discurso que se definirá a través de la voz de un narrador arquetípico: el del sujeto geocultural aislado en el exilio interno4, cuya voz se expresa en los márgenes del circuito cultural nacional residente en la Capital del país.




Los viajes del exilio interior

El exilio entendido como despojo y marginalidad -no como destierro- se constituye como un discurso que hace hincapié en los significados latentes (experienciales y vivenciales) del texto de la realidad de las regiones provinciales del país, conformándose al mismo tiempo a través de una dinámica cultural expresada enunciativamente en una búsqueda epistemológica de los valores culturales propios. Dicha dinámica manifiesta en la expresión de un conocimiento vivencial de la geocultura regional, se presenta generalmente por medio de un desplazamiento espacial que interconecta diversas experiencias sobre el problema de la identidad, y al que llamaremos, retomando las metáforas referidas en los textos mismos, el viaje. Este viaje interregional por las márgenes de los usos del código y del discurso de la literatura metropolitana, se expresa a través de una conciencia de dicho margen o exilio interno del escritor de provincia.

De este modo, es posible destacar en estas observaciones, diversas formas del viaje del exiliado interno, según los componentes significativos de los discursos que predominan en los diferentes textos que trataremos. Estos discursos no serán tomados como exclusivos de un solo texto, sino como predominantes, e incluso también como niveles en que se manifiestan conjuntamente con otros.


a) El viaje mítico-simbólico

Los desplazamientos espaciales (geográficos y culturales) por diversas regiones del país, en tanto referencias simbólicas de un viaje mítico, se conforman a través de una estructura narrativa por la cual se desarrolla un discurso que pone en relieve el problema de la relación político-cultural entre las provincias y la Capital Federal.

En El trino del diablo (1974) de Daniel Moyano, el discurso cultural refiere, a través del símbolo de un desplazamiento geográfico hacia el perfeccionamiento y la fama del músico (la Capital), la dicotomía geocultural entre Buenos Aires y las Provincias (en este caso La Rioja). Triclinio, el personaje central, es obligado por circunstancias económicas, sociales y culturales a trasladarse a la Capital para especializarse como músico, viaje que será truncado debido a los emergentes políticos que constituyen el texto de la realidad de la Capital. El viaje se desarrollará entonces entre una región marginada por la política centralista del país (La Rioja) y otra región marginal (Villa Violín, zona periférica de la Capital), en donde residen los músicos que no lograron acceder a una orquesta en el centro.

El viaje hacia la Capital se presenta a través de una parábola a la manera de los viajes iniciáticos de los relatos tradicionales, en los que el héroe emprende su campaña en busca de una sabiduría reveladora, universal y trascendente. En esta novela, dicha parábola se expresa por medio de un discurso paródico, en que no solo se ironiza sobre los relatos clásicos sino, y en particular, sobre las inconsistentes relaciones de poder cultural entre la Capital y las Provincias. El grotesco de la parodia se figura en la mentalidad (en la política) del poder autoritario de la Capital, al marginar cualquier tipo de manifestación cultural que represente algo extraño a los componentes cosmopolitas de sus formas de producción cultural.

Los símbolos de la marginalidad geocultural de la Provincia y sus relaciones contradictorias con la Capital se acentúan al final de la novela cuando el territorio de la Provincia pierde su conformación política y se disuelve en otras. Triclinio ya no puede entonces regresar a su región natural porque ya no existe. El exilio se convierte entonces en un desarraigo, y el problema geocultural se traslada al campo de la geopolítica.

Héctor Tizón elabora también su discurso sobre estas relaciones paradójicas. En su volumen de relatos El traidor venerado (1978), los viajes hacia la Capital (el Sur: Jujuy, Capital de la región de la Puna argentina) se producen a través de un medio condicionante: el tren. Precisamente en el relato «Un viaje en tren», la Capital es el medio por el cual es posible alcanzar la solución circunstancial. El aborto a una adolescente es una figuración paradójica de un mundo que dista de ser atractivo para el niño que la acompaña, convertido en el protagonista que experimenta ese cambio de mundo cultural. Para Tizón, la representación de un enfrentamiento entre el Sur y la Puna (ámbito rural) carece de un fundamento geocultural sólido, ya que las voces narrativas del relato registran las prácticas culturales (mentales y psicológicas) del pueblo de esa región, desconociendo estructuralmente dicha oposición.

El viaje simbólico como un desplazamiento por las prácticas y pertenencia culturales de diversas regiones, con los consiguientes paradigmas mentales ligados a las relaciones estructurales entre la Capital y las Provincias, implica también un traslado mental por las formas de aprehensión y proyección de la historia regional, que no siempre está vinculada a la de las instituciones nacionales (oficial). El discurso de la historia, entonces, se expresa a través de la voz de la memoria oral y anónima, representada simbólicamente por medio de la construcción de un macrorrelato elaborado con la retórica regional propia de los «cuenteros» populares.

El texto que expresa más claramente este tratamiento simbólico de la historia popular a través del discurso oral, es la novela Sota de bastos, caballo de espadas (1974), en la cual Tizón reconstruye -y revisa- la historia de las batallas por la independencia nacional en el noroeste argentino, y en particular el éxodo jujeño. Desde un doble abordaje del tema del exilio, el discurso de la memoria oral y anónima se desarrolla con los usos del código popular, alejándose así de las formas discursivas de la historiografía oficial. De este modo, observamos que, por un lado está representado en la actitud enunciativa del tema (la memoria regional sobre un hecho interregional, es decir nacional); y por el otro, en el autodestierro del pueblo jujeño (éxodo) por un ideal o proyecto político que desconoce o que incluso el imposible de incorporar en sus estructuras mentales. Esta distancia mental de ambas culturas, se manifiesta en los caudillos patriotas, representados en la figura jerárquica del General Manuel Belgrano, «ilustrado» de la Capital que casi al final de su empresa apenas comprende el poco asidero de su proyecto político (con su propia cosmovisión cultural) en esas regiones. Por ello, y de diversas maneras, tanto el caudillo como el pueblo jujeño están obligados al exilio-destierro (éxodo), uno por un proyecto político-militar, el otro, por coacción física (leva patriótica).

La recuperación de una historia que se fundamenta en la memoria colectiva, oral y anónima, a través de un discurso que representa en sus relatos las prácticas y pertenencias culturales de la región del noroeste argentino, se desarrolla simbólicamente a través de las voces de los discursos del exilio del poder central, cuyos protagonistas son tanto los pueblos de esas regiones, como sus enunciadores-narradores.




b) El viaje socio-cultural

Aunque ya hemos esbozado algunas consideraciones sobre el viaje cultural implícito simbólicamente en los discursos del exilio interno, imbricados con el discurso geocultural de las regiones provinciales, observamos también que dicho viaje puede leerse despojado de sus figuras simbólicas. De esta manera, el viaje socio-cultural inserto en El trino del diablo representa una búsqueda de los asideros o fundamentos paradigmáticos de una región en relación a otra. La interpretación de los mecanismos mentales de una sociedad regional en relación con los factores de poder socio-culturales, es el tema central de estos textos que se expresan con algunos significados del discurso realista de la narrativa de los años 60.

El exilio interno como una actitud discursiva de la voz narrativa de estos textos, que presenta e interpreta las condiciones geopolíticas y culturales en la organización social del país, se expresa en el viaje desde la Provincia a la Capital en búsqueda de una reversión de los paradigmas culturales manifiestos a través de la oposición Provincianismo-estancamiento/Cosmopolitismo-progreso. Dicha oposición, desde un discurso regional asentado en los fundamentos geoculturales de una epistemología situada, es desarticulada con los registros orales de la voz narrativa, no sólo por medio de un fatalismo positivo, sino también, con una desentrañamiento de las prácticas identificatorias regionales al negar en sus pertenencias culturales los significados de los términos de dicha oposición.

En La ciudad de los sueños (1972) de Juan José Hernández, el viaje social de la protagonista, Matilde, se desarrolla para acceder a la cosmópolis de la cultura y también a una posición social liberal, vedada en su ciudad natal (Tucumán) Hernández parte de una concepción acuñada por la burguesía provincial, que consiste en la oposición Provincia-conservadurismo/Capital-progresismo. Desde esta mentalidad -que en la novela no figura en las clases populares representadas por medio de las sirvientas de la burguesía-, la protagonista emprende su viaje para figurar frustradamente sólo ante sus comprovincianos, ya que para los porteños que frecuenta en la Capital su condición de provinciana es una fatalidad inexorable. Por lo tanto, los objetivos de su traslado concluyen en un mero destierro voluntario, ya que su estadía en la Capital es contemporánea de los sucesos políticos que protagonizara el peronismo en el poder, favorecedor de la clase que la protagonista negara en su ciudad natal. Este fenómeno, como un significado del texto de la historia que funciona dentro del discurso estético de la novela, opera como un cruce diagonal en la novela que une ambos espacios geoculturales y al mismo tiempo desmembra la oposición que mueve a la burguesía provinciana. La trama del relato deja al descubierto que tal oposición es producto de una mentalidad de origen social, ya que los lazos de unión de las clases populares de ambas regiones, al desconocer los valores de los términos cosmopolitismo y progreso poseen un fundamento más profundo en el texto de la realidad nacional que los de la autosubestimada burguesía provinciana.

En el volumen de relatos La favorita (1977), Hernández vuelve sobre el discurso regional de la sociedad burguesa, indagando psicológicamente sus estructuras mentales. Y aunque en estos textos no hay una representación de referencias políticas determinadas, la diferenciación clasista de la sociedad burguesía provincial sigue latente sobre aquella misma oposición. En el relato «Reinas», el personaje central monologa acerca de su relación con la servidumbre, revelando impasiblemente la patología histérica de una joven burguesa por diferenciarse de la sirvienta. El viaje cultural, y mental en este caso, se corresponde con la idea de la protagonista de que el fenómeno de las prácticas y pertenencias culturales de la sirvienta sólo forman parte de su región provincial.

Pero esta demarcación de los espacios sociales dentro de la provincia se traslada a otro fenómeno social, el económico. En el relato «Las Dalias», una pareja de la Provincia residente en la periferia de la Capital demarca experiencialmente los espacios geográficos de su hábitat, diferenciándolos con los de la Provincia. Los protagonistas son conscientes de esto aunque no estén de acuerdo sobre las cualidades positivas para la vida en ambas regiones. Desde las voces de ambos discursos entrecruzados (el de la Provincia y el de la Capital), podemos observar cómo se conforma el eje estructurador del relato a través de la dicotomía de los caracteres espaciales de ambas regiones: Provincia = espacio abierto-aire libre-naturaleza (pocos recursos económicos)/ Capital = espacio cerrado (la pensión hacinante)-smog-simulación de la naturaleza (afiches de paisajes campestres).

El viaje socio-cultural del discurso regional de las provincias se manifiesta también a la inversa, en el traslado de la Capital a las regiones rurales de las Provincias e, inclusive, con los mismos significados de su texto de la realidad, desde la Capital a su periferia, habitada por las clases populares de la sociedad provenientes de las Provincias.

El discurso popular que registra los valores y los significados vitales de la región periférica de la Capital, se configura estéticamente en los textos literarios de Haroldo Conti. En su volumen de relatos Con otra gente (1972), el viaje que emprenden los protagonistas está desprovisto de una conciencia de la búsqueda de un conocimiento determinado, sino que simplemente obedece a una fuga vital del espacio regional de las grandes urbes. En el relato «Como un león», la voz narrativa del protagonista -un niño- avizora un destino diferente para su vida en la villa de emergencia si traspasa las vías del tren. El paso de las vías supone el mundo de la delincuencia, prefigurado como una determinación que el personaje conoce a través de su hermano y sus amigos; pero el discurso que subyace en la voz del niño expresa una visión del mundo que, al mismo tiempo que transgrede la villa, también subvierte los usos del código de interpretación del texto de la realidad de la ciudad-Capital. El viaje socio-cultural está dado entonces como un paso transgresor hacia el espacio o la zona de la delincuencia, que geográficamente se sitúa detrás de las vías del tren.

El viaje de la transgresión como una forma del exilio interno, manifiesto en un discurso de la clase popular de la periferia de la Capital, se expresa en Conti también por medio de una actitud vital en que los personajes profesan una filosofía de vida, explícitamente diferente de la cosmovisión utilitaria de la burguesía ciudadana. En el relato «El último», el protagonista, autoasumido como un vago, emprende un viaje sin rumbo en que sólo está latente la intención de disfrutar de su condición de sobrevivencia en la contemplación pasiva del mundo. Por medio de rasgos paródicos en su discurso, el monólogo está lejos de ser una apología de la vagancia, asumiendo desde su voz un mero estar no más5, en tanto una cosmovisión existencial que transgrede los significados legislativos del texto de la realidad oficial. El discurso cultural de las regiones provinciales, sustentado y desarrollado en los significados del texto de la realidad propia de ese espacio geocultural, es construido por Conti como un discurso marginal, no sólo del texto de la cultura oficial de las ciudades, sino también del de la institución literaria argentina. Por lo tanto, este discurso regional, que refiere constantemente a un dinamismo cultural de los personajes en una búsqueda silenciosa de su identidad y su destino, se sustenta en un viaje sin un rumbo determinado en el que, a su vez, los protagonistas, desde un destierro marginal, intentan reencontrarse con la región universal de los valores inembargables del hombre (libertad, justicia, autodeterminación). Este discurso paradójico se desarrolla desde una conciencia de la marginalidad de sus voces, que sobreentiende la dicotomía Capital: poder-arbitrariedad-injusticia social/Provincia; libertad-naturaleza social-miseria (con la utopía de una superación).

El texto de Conti que mejor expresa todas estas consideraciones es Mascaró, el cazador americano (1975), cuyo protagonista actoral es el viaje transgresor del «Circo del Arca». El circo funciona en la estructura novelesca como una institución paracultural, al trabajar con los significados del texto de la realidad regional de las zonas rurales y populares. Los significados del nomadismo, los manuales técnicos de educación popular, la vestimenta de los artistas transhumantes, las recetas de cocina, la alquimia, el epistolario sentimental, entre otros, conforman el texto de la realidad popular de la región marginal que funciona como referencia cultural de la novela6. Estas referencias son las que estructuran estéticamente al texto literario y lo orientan en su sentido global: las formas de resistencia vital de las prácticas y pertenencias culturales del pueblo que habita y construye un discurso propio y original al margen de los códigos sociales de la cultura «occidental» ciudadana.

Novela del viaje de la cultura popular en busca de un asentamiento existencial en las regiones rurales del país, a través de una estética vital y al margen de los usos del código «ilustrado» de la ciudad. Mascaró... se desarrolla sobré la base de un discurso que se constituye con los despojos (marginados y deshechados) de los significados del discurso literario institucionalizado por la norma académica contemporánea.

El viaje comienza en la primera parte de la novela titulada «El Circo», ciclo que se desarrolla a través de un desplazamiento por las regiones rurales (supuestamente del Uruguay) y que culmina cerca de los centros poblados periféricos de la gran ciudad. El circo representa el hogar homogéneo de un cuerpo heterogéneo de personajes cuyo destino está implícito en el viaje mismo como meta. Esta cosmovisión, presupuesta en los actos de los protagonistas de la novela, es un estado de transgresión para la cultura «ilustrada» de la ciudad: en tanto que, para ella, las formas de vida y los números artísticos del circo producen un efecto transparentemente político en el público popular, al lograr que asuman una estética de sus prácticas y pertenencias culturales como una resistencia al poder socio-cultural de la ciudad. La operación ingenua sobre el pueblo por parte del «Circo del Arca», culmina cuando comienza la segunda parte de la novela, «La guerrita», y Oreste es apresado y torturado kafkianamente para que confiese las supuestas actividades subversivas del circo.

El personaje que liga el discurso popular regional y el discurso del exilio, presente en esta novela a través de las formas de la clandestinidad y el destierro nómade, es el Cazador americano, Mascaró. Héroe poco visible con apariciones esporádicas (subversivas), se constituye como el arquetipo mítico de una esperanza (una meta) para la justicia social del pueblo. Es el nexo que une las dicotomías cultura popular/cultura ilustrada (legítima) y Región rural/Región ciudadana. Su presencia mítica es la que desmembra los significados de ambos términos y descubre sus contradicciones, provocando entonces para la ley esa situación de caos que debe reprimirse porque desestabiliza su poder.

La puesta en escena de las referencias geográficas indeterminadas en el discurso regional, apunta en Conti a entablar el viaje simbólico del «Arca» como una representación de la cosmovisión de la estética popular, conjuntamente con sus prácticas y pertenencias culturales. El exilio de los personajes en esas regiones se sistematiza sólo a través del discurso de la ley ciudadana, que desde el poder construye las dicotomías socio-culturales que dividen a las diversas culturas regionales del país.




c) El viaje político de la resistencia

Un nivel más acentuado de los viajes dentro del discurso geocultural de las regiones provinciales, es el del exilio político, representado a través de un discurso simbólico para aludir los fundamentos culturales de sus manifestaciones: la represión (acoso a la libertad), la censura y el autoritarismo.

Esta problemática se circunscribe con mayor énfasis en los textos literarios editados ya en el exilio externo, aunque las alusiones de las referencias geoculturales se correspondan con las del país. El texto de la realidad nacional está implícito en las obras literarias a través de los significados de la política del gobierno militar, tales como, repetimos, los de la censura y la represión.

En la novela El vuelo del tigre (1982) de Daniel Moyano, el exilio está representado por medio de la obligación que tiene una familia a permanecer exclusivamente dentro de su casa junto a un sicario del régimen militar que oficia de guardacárcel, censor y apuntador de las formas «correctas» de comportarse socio-culturalmente. El viaje obligado (exilio) de la familia hacia el interior de su propia casa, implica un inmediato refugio en las formas discursivas de la cultura popular como un modo de resistencia ante el avasallamiento arbitrario. Dichas formas consisten en la recuperación de los entretenimientos lúdicos populares (ejercicios de la memoria oral y visual) conjuntamente con la mímica gestual y la música. Simbólicamente, la resistencia a la represión kafkiana del gobierno se desarrolla por medio de un discurso propio construido con los significados latentes de los textos de la realidad regional y popular. Es así que Hualacato, el pueblo referido donde habita la familia Aballay, presenta las características culturales de una región alejada de la Capital. El efecto narrativo de esta referencia es la distancia cultural de las cosmovisiones geoculturales que se enfrentan a través de un hecho político.

El traslado de un fenómeno político-cultural de una región a otra, como un significado del texto de la realidad del país durante la dictadura militar, es una de las formas más frecuentes que aparecen en los textos literarios de este período. De esta manera, se produce una trasposición absurda de los contenidos políticos de la Capital a otras regiones en que, por un lado, desconocen esas prácticas políticas y por el otro, esas mismas prácticas no tienen asidero cultural en esas regiones. Los habitantes de Hualacato se ven avasallados por una represión que se fundamenta en la presencia de un enemigo para ellos inexistente, pero que para la dictadura está extendido en las mismas prácticas y pertenencias culturales del pueblo. La enfermedad del régimen está relacionada con una patología propia del poder de la región central de la Capital, que se justifica en la guerra que está librando, reprimiendo no sólo a la «subversión» ideológica, sino también a una cultura para ellos incomprensible7.

El vuelo del tigre opera, en un nivel más globalizado de la problemática que estamos tratando, como una metáfora de las distancias geoculturales entre ambas regiones, y de las formas impuestas de homogeneización social por la metrópolis.






Los viajes del exilio externo

El fenómeno del exilio externo, es decir el destierro cultural del hombre como componente del discurso literario, se inserta en los textos literarios a partir del golpe militar de 1976 y se producen desde el exilio de los escritores. La voz narrativa de la conciencia del despojo, en tanto componente existencial del habitar en una región geocultural, conforma al discurso de la resistencia vital del individuo en los relatos del viaje forzado hacia el exterior del país.

Este viaje hacia el exterior figurado en los textos literarios, consiste en un recorrido por las contradicciones absurdas de la aplicación de un paradigma político-cultural de la Capital en las regiones provinciales. Las voces de los protagonistas del exilio desconocen y no comprenden la persecución del ejército gubernamental, cuyo poder está fundamentado en la construcción de un texto de la realidad con los significados del absurdo kafkiano y de la ficción de un mundo plagado de enemigos subversivos.


a) La fuga

La casa y el viento (1984), de Héctor Tizón, se desarrolla a través de un desplazamiento del protagonista por la región de la puna jujeña, desde la capital de la provincia hacia la frontera con Bolivia. El narrador-protagonista de la novela emprende su recorrido territorial huyendo de la violencia policial del régimen militar, en un principio no hacia la frontera sino hacia las regiones rurales de la puna. El viaje se fundamenta en una búsqueda simbólica de unos versos perdidos de una copla popular, que al hallarlas es posible descubrir el sentido de las cosas y el destino del mundo.

La voz del narrador estructura el discurso del exilio externo -rumbo a la frontera geopolítica- en base a un uso del código de la cultura popular regional de la puna, a la cual él pertenece. El desajuste absurdo del traslado de los significados políticos del texto de la realidad de la Capital a los de la región rural del noroeste, es el eje temático que da pie al desarrollo de las reflexiones del protagonista en la trama del relato. La meditación sobre el absurdo del poder y sus mecanismos de ejecución derivan en una descripción de los efectos patológicos en el individuo, tales como el desdoblamiento de la personalidad, el desmembramiento de la identidad cultural, el delirio de la persecución (la culpabilidad inexorable) y la perdida de la noción de la otredad. La estructura narrativa de los extensos monólogos reflexivos se construye, por un lado, con el discurso de la voz geocultural de la región jujena, y por el otro, con el discurso de la voz del género del diario de viaje, implícito en el texto como un relato de la escritura que acompaña al protagonista en mi desplazamiento exponencial del exilio.

El discurso del exilio, en Tizón, se entrecruza con el de la identidad regional, en que los significados isotópicos del relato del viaje hacia el destierro se intensifican en los caracteres de la búsqueda de un conocimiento (los versos perdidos de la copla) con los mismos registros de los usos del código del texto de la cultura regional. De este modo, en su viaje, el protagonista demora la huida internándose en zonas recónditas de la puna para descubrir algunos datos que lo guíen al encuentro de los versos, a la manera de una investigación antropológica. La búsqueda simbólica de Belindo, el coplero que posiblemente posee los versos, se desarrolla en medio del clima de la persecución que sufre el protagonista conjuntamente con los datos de los hechos que está ejecutando el gobierno militar (secuestros, censura, torturas, fusilamientos). El símbolo de la búsqueda de esos versos consiste en una respuesta de otra búsqueda, la de la identidad geocultural ante la opresión violenta del gobierno que intenta fracturar las prácticas y pertenencias culturales de la región, en nombre de una homogeneización politico-cultural «occidental y cristiana».

La resistencia cultural se manifiesta, entonces, a través de la voz de un discurso (con los registros del género de un diario personal) que intenta, por un lado, conservar los valores propios de la región (la cosmovisión), y por el otro, reinterpretarlos a la luz del avasallamiento que está sufriendo la cultura popular de la región. En esa reflexión-meditación de la resistencia está presente la autobiografía, el legado genealógico, la sabiduría popular, la experiencia colectiva, el destierro y las consecuencias pertenenciales en la identidad de la conciencia, a la vez que también una revisión del papel y la función de la literatura y el escritor dentro de la sociedad.




b) La expulsión

El exilio externo como componente significativo del discurso regional, se manifiesta también a través del viaje como un desplazamiento desde la frontera hacia el extranjero. Con rasgos notorios de semejanza con el texto de Héctor Tizón, Daniel Moyano escribe Libro de navíos y borrascas (1984) desde el exilio en España. El clima kafkiano que envuelve las causas del detenimiento parapolicial del protagonista en La Rioja y su posterior traslado al puerto de la Capital, se conforma en un discurso del exilio que, como habíamos notado en Tizón, se desarrolla a través de una indagación (reflexión) de las prácticas y pertenencias culturales en relación con la identidad nacional.

El exilio no como una fuga sino como una grotesca expulsión, está en Moyano registrado a través de un discurso más directo, construido con los significados de los textos de la realidad (el estado de represión en el país, los desaparecidos), de la historia (la violencia política en el siglo pasado: el fusilamiento de Dorrego), el de la sociedad (la educación escolar y las ideologías sociales), y el de la cultura (canciones populares, la memoria oral y la genealogía familiar).

La novela de Moyano, espacialmente, se desarrolla en un barco sobre el mar, desde el puerto de la Capital hasta la llegada a España, pero las referencias geoculturales del discurso del exilio del protagonista se remiten a la región de La Rioja. De esta manera, las referencias evocadas por el discurso del protagonista, se sitúan en otro relato paralelo al del viaje del exilio: las experiencias vitales del personaje (un músico) en su ciudad natal.

El texto de la realidad (política, social y cultural) se explicita en la novela, al proveerla, a través de la voz del protagonista, de los significados latentes de los discursos que circulan durante el proceso militar, alimentando con su retórica, de forma paródica, el discurso estético del narrador. El exilio externo, al convertirse en el discurso que predomina en el texto literario, se desarrolla como un modo de indagación de las formas de la identidad regional nacional. Pero al mismo tiempo de una reflexión, con mayor intensidad que Tizón, de la función del escritor en su medio y de su oficio, conjuntamente con las formas y abordajes estéticos de la novela. De este modo, Moyano ensaya las formas de narrar los relatos de la memoria popular (oral y anónima), como así también de la historia (por medio de una revisión ideológica), y por sobre todo de los mecanismos retóricos de la expresión estética (estrategias de los contenidos formales del lenguaje y de las estructuras narrativas -comienzos, finales, desenlaces, etc.). Esta reflexión teórica sobre una esférica de la narración, se desarrolla desde los significados del discurso del exilio, por medio de una fórmula que podemos descifrar interrogativamente de esta manera: ¿Sobre qué y cómo escribimos ante esta situación?

El discurso regional se expresa, en fin, con los significados y las formas retóricas del discurso del exilio, que en este caso Moyano desarrolla como el único modo de resistencia (en este caso de la moral, la imaginación y la sobrevivencia) que lleva en ese viaje forzado (indeseado) que lleva al destierro a los hombres como delincuentes, pero con los contenidos de la vitalidad cultural de una región marginada del país incorporados en su conciencia.






La palabra y el nombre

El discurso literario en tanto un espacio textual en el cual se entrecruzan, constituyéndolo, los discursos geoculturales de las diversas regiones del país conjuntamente con los del exilio, también es un espacio que se conforma como un hecho del lenguaje donde el narrador indaga su especificidad (construcción y función) con respecto a una estética de la fundación del texto literario. La reflexión sobre el lenguaje, y en particular sobre las palabras que lo conforman geoculturalmente, se constituye como un discurso estético que atraviesa los otros discursos, con un sentido propio en la estructura de los textos.

A continuación, emprenderemos un recorrido en tres niveles de sentido que adquiere la palabra como fundamento de los componentes discursivos de los textos literarios de Héctor Tizón y Daniel Moyano, producidos en el exilio externo.


a) La palabra y la fundación del texto de la realidad

El texto de la realidad que impone el gobierno militar se despliega en la sociedad a través de la difusión del sentido (y los significados) que adquieren las palabras para el régimen. Daniel Moyano en El vuelo del tigre, desarrolla esta reflexión como un fundamento de la opresión militar: el régimen crea una guerra desde la palabra -«¿O es que se han olvidado que esto es una guerra?, decía Nabu a sus espaldas. ¿Guerra? Los Aballay pensaban adónde estaría el otro bando» (Moyano, 1985, p. 80)-, como así también un texto de la realidad cuyos significados se sustentan en una ficción que a través de la represión se constituyen, luego, en hechos referenciales. En Libro de navíos y borrascas, Moyano se extiende en esta interpretación del poder militar por medio del lenguaje: «Y si la verdad obtenida contrariara la intención y los fines, con el mismo procedimiento es posible transformar esa verdad en una falsedad, todo lo cual convierte al mundo en una ficción pura. Cuidadosos barnices y montañas de papeles encubren la criminalidad de los protagonistas invisibles, la muerte ya no necesita tiro ni navaja, instalada cómodamente en ese club privado de los poderosos que llamamos estado [...] A ese callejón sin salida llaman realidad y en nombre de ella imponen sacrificios a los justos, cuando esa supuesta realidad es ficticia desde el momento en que sólo puede mantenerse por la fuerza de las armas. Del mismo modo convierten a los hombres reales en ficciones, para salvaguardar mediante el inmovilismo el esquema cavernario» (Moyano, 1983, p. 53).

La imposición de los significados que adquieren las palabras para el régimen militar, creando los hechos (fundamentando su existencia en el poder) a partir de un discurso que se desarrolla con referentes ficticios, también implica una función de la coacción violenta en el discurso regional de las provincias. Esto está presente en el absurdo de la circulación de palabras tales como «comunista», «subversivo», «orden», en regiones geoculturales ajenas completamente al fenómeno histórico que se está desarrollando en las capitales del país. Héctor Tizón refiere esta situación esta situación en La casa y el viento, donde las «fuerzas de seguridad» extienden su discurso en las zonas de la puna jujeña más recónditas y aisladas culturalmente del Estado. De este modo, las palabras en Tizón se convierten en el elemento persecutorio del individuo: «Sabía que en este país impasible y duro las palabras -recalcitrante y vana tendencia del corazón- son un peligro mayor que el propio vacío» (Tizón, 1984, p. 30).

En síntesis, la concepción de una sociedad constituida en el «orden» y de carácter homogéneo (la idea del caos es extendida a todas las regiones del país), como un proyecto político-cultural del gobierno militar, ejecutada desde la invención ficticia de nuevos significados de las palabras, funciona en los textos literarios estos escritores como el marco referencial (cultural, social, político e histórico) de las indagaciones estéticas sobre la identidad regional de la argentina.




b) La palabra y la resistencia del pensamiento

En relación con las observaciones anteriores, la palabra como un instrumento de la resistencia cultural, está presente en el discurso del exilio (interno y externo), en tanto semantiza un significado de la identidad cultural del individuo. El contenido significativo que el sujeto cultural le confiere a las palabras, se actualiza ante la opresión violenta de los significados del discurso del Estado militar. Daniel Moyano, en El vuelo del tigre, recurre a la reinvención lúdica de las palabras como una forma de resistencia cultural (epistemológica y existencial) ante la apropiación salvaje de los significados del opresor: «Y callado marchaba el otro bando entre guerras y pasillos, pasándose al idioma que estaban inventando para salvar las palabras y la vida» (Moyano, 1985, p. 83). Otra respuesta ante este avasallamiento, consiste en una parodia del absurdo de las frases verbales inquisitorias para obtener una información que la familia protagonista de la novela desconoce completamente. El discurso paródico del narrador se entremezcla con el del absurdo del sicario del gobierno militar, logrando, además de ridiculizar las voces autoritarias del discurso opresor, expresar la resistencia cultural lúdicamente por los bordes de los significados impuestos. «No hube lo que había, yo no he. Ah, pero entonces había, hubo. ¿Por qué negaste entonces que había lo que hubo? Queda claro que hubiste de tocar, o sea que tocaste. Yo no toqué, no había...» (Moyano, 1985, p. 26).

El viaje del exilio como un discurso referencial que funciona con una voz de la resistencia cultural en el texto literario, se manifiesta también en las formas de la palabra escrita, como una manifestación de la memoria, elemento que se configura a nivel del discurso estético del texto literario. De este modo, en Libro de navíos y borrascas. Moyano incorpora un cuaderno de anotaciones para que las palabras no se olviden: «Ese cuaderno será el verdadero pasaporte. Únicamente pueden salvarnos las palabras que anotemos» (Moyano, 1983, p. 292). Las palabras poseen el significado del bagaje cultural que sustenta la identidad cohesionada del hombre. Son las únicas pertenencias que el exiliado posee en su viaje, y que, a manera de una metáfora de la imposibilidad de perder por cualquier medio el pensamiento, la imaginación y la expresión, llega a conformarse en un discurso que atraviesa toda la novela. En este sentido, el narrador reflexiona sobre el poder de la palabra para resistir el embate del exilio: «Aquí más que la historia importan las palabras, esas olas que nos transportaron. Vamos a sobrevivir según tengamos esas olas. Las palabras, antes simultáneas de la vida, ahora parece que van adelante. No definen un cuerpo en sus exterioridades: funcionan en el quimismo de las células. Y entonces hay que tener cuidado, compañero. Llegaremos a Barcelona si encontramos las palabras, esas olas» (Moyano, 1983, p. 294).

El abordaje del problema de la palabra, constituyente del discurso del exilio externo, también está presente en La casa y el viento de Tizón, en el cual se hace hincapié en el desdoblamiento de la expresión humana bajo el régimen militar Tizón opone la palabra escrita a los hechos, y luego la palabra (pensamiento) al cuerpo-realidad. «Anoto esto a la luz de la lámpara y enseguida me arrepiento de haberlo hecho. No quiero dejar testimonio en estos cuadernos sino de hechos» (Tizón, 1984, p. 128). Y luego «Hoy he escrito en mi cuaderno: La única verdad es el cuerpo. He querido decir mi cuerpo; el límite tangible de todas mis dudas, de mis deseos, de todas las polémicas. Podemos jugar con las palabras y aun con los sueños, pero no con el cuerpo» (Tizón, 1984, p. 129). La palabra escrita en un cuaderno de notas, es un registro de la reflexión estética y epistemológica que expresa la voz de la resistencia cultural, como uno de los reductos indemnes (aún siendo repensados) de la expresión creativa del ser humano.




c) La palabra y los nombres

La palabra, en tanto componente reflexivo del discurso del exilio externo que expresa la resistencia cultural a través de las referencias identificatorias de las prácticas y pertenencias regionales de la sociedad argentina, se vincula con una tradición política de los significados impuestos por el texto de la realidad del Estado militar: la naturaleza del nombre como la palabra que funda y conserva la realidad. Moyano en Libro..., presenta a través de los diversos nombres que los personajes le ponen al barco que los lleva al exilio, la necesidad de la apropiación de las cosas en la creación de un nombre para poseerlo por medio de la memoria. Asimismo, cuando refiere al barco que transportó a los inmigrantes familiares de los deportados, especifica esta observación: «no podía nombrarlo, no tenía la palabra y era como si no existiese» (Moyano, 1983, p. 38).

El nombre como referencia de la existencia, se traduce en estos textos como una forma de la conciencia de la vida en el exilio externo. Si bien Tizón en La casa... revierte estas consideraciones al negar vitalidad en el nombre como algo retórico, revalorizando las imágenes como la única forma de preservar en la memoria las pertenencias culturales de su región, «Alguna vez seguramente olvidaré todo lo de allá, los rostros y los nombres y el nombre de las cosas detrás de los cuales mi vida se había atrincherado, pero no esto (se refiere al paisaje cultural de la puna)» (Tizón, 1984, p. 40), la palabra, en tanto componente de un discurso cultural que desarrolla en la trama del relato de la búsqueda de unos versos perdidos, adquiere las formas de la permanencia (oral u escrita) de la identidad del individuo escritor, protagonista de la novela. Al respecto, sobre el final de la novela, el narrador enuncia: «La memoria convertida en palabras, porque es en las palabras donde nuestro pasado perdura, y en las imágenes (¿no son las palabras sólo imágenes?). Así el lenguaje es también el recurso de nuestra propia desdicha: y el hombre lejos de su casa se convierte en una llamada sin respuesta» (Tizón, 1984, p. 137).

La palabra como el nombre de los objetos y la conciencia de la vida, se erige temáticamente, en estos textos, alrededor de una indagación de las formas y los contenidos de la identidad cultural regional, como así también de un registro de la sobrevivencia (resistencia) del individuo ante la emergencia del exilio externo.








Conclusión

El período que hemos tomado en la narrativa argentina, registra en su composición estética los rasgos comunes de la producción literaria ante el fenómeno del exilio interno y externo, desde el fenómeno de los proscriptos por Rosas en el siglo pasado (Alberdi, Sarmiento), hasta los casos de los «prohibidos» por los regímenes militares de este siglo. Si bien el referente (el gobierno coercitivo) que conforma el discurso del exilio en los textos narrativos argentinos varia según la puesta en escena de los significados latentes del texto de la realidad nacional, dicho discurso se ha mantenido inflexible en su voz al abordar (en esta actitud estriba su sentido), desde una reflexión estética, el problema de la identidad cultural del país.

Los gobiernos de facto funcionan con la imposición de sus significados culturales (sociales, históricos y económicos), como los emergentes que fisuran los sentidos vitales de las prácticas y pertenencias culturales de los textos de cultura del país. La indagación e interpretación de las fuerzas experienciales de las culturas regionales -formalizadas en un discurso propio cuya voz representa la cosmovisión popular-, se constituyen en una respuesta geocultural y estética que registran una postura ante el fenómeno de fricción social creado por el proyecto político del Estado nacional.

Finalmente, los textos literarios que hemos recorrido en este trabajo, refieren en sus estructuras significativas -paradigmáticas en las culturas regionales-, una orientación a trabajar conjuntamente con todos los discursos sociales que circulan en la Argentina, en la conformación de un género que contiene en sus formas discursivas las diversas voces geoculturales que conforman heterogéneamente la cultura argentina.




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