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Se ha visto al alcalde mayor de Sepulveda presentarse al Rey, en San Ildefonso, con el batallon de voluntarios realistas de aquella villa, y su jurisdicion, de que era comandante, sin mas objeto que el de manifestar su celo, y sin embargo de que, desde Sepulveda al sitio real de San Ildefonso, hay once leguas. Adviertase, que Sepulveda es un pueblo de poca consideracion, y que los voluntarios realistas eran casi todos labradores de la villa y de las aldeas inmediatas. ¡Que de perjuicios no se seguirian á aquellas gentes, de abandonar sus casas y labores por el espacio de siete ú ocho dias, solo para que el alcalde mayor fuese á ostentar realismo, y tal vez á solicitar una toga! ¡Y que idea se tendrá de lo que es gobierno, cuando se tolera y se aplaude que el magistrado encargado de administrar justicia, organice la fuerza armada y se ponga al frente de ella! La Gaceta de Madrid del 25 de setiembre, que trae este hecho, se complace en referir el entusiasmo y decision de aquellos labradores, y participando los redactores del fuego, que sin duda animaba al alcade mayor de Sepulveda, concluyen el articulo con estas palabras: Viva Fernando VII de Borbon, rey absoluto de los Españoles!

He dicho que el general Aimerich anuló el reglamento apenas subio al ministerio, y no se contentó con dar este paso, sino que en el mismo decreto previno á los capitanes generales que se dedicasen desde luego, sin perdonar medio, fatiga ni desvelo, á aumentar en sus provincias los realistas, que son el mas firme apoyo de los derechos de la legitimidad «en todos los pueblos de la monarquia». Dos dias despues de haber sido nombrado ministro, espidió otro decreto, concediendo á los voluntarios realistas de Madrid el privilegio de no poder ser arrestados en las carceles publicas, cualquiera que sea el delito, que cometan; pues deben sufrir la prision en su cuartel, para que no se mezclen entre malhechores, y lo que es mas, «entre enemigos declarados de la augusta real persona y soberania». Jamas las cortes, en medio de la predileccion que en el ultimo periodo de la epoca constitucional manifestaron por los voluntarios nacionales, se atrevieron á concederles un privilegio de esta naturaleza. ¿Y en que se habrá fundado el señor Aimerich, para no hacer estensiva aquella gracia á los voluntarios realistas de todo el reino? Sin duda porque quiso dar esta muestra de aprecio á los de Madrid, que habian tenido el honor de que fuese su coronel. La prudencia y la justicia no son cualidades, que adornan las providencias de S. E.

 

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Ahora se está cogiendo el fruto de las intrigas, que se pusieron en practica durante los ultimos diez años. No es de admirar que D. Carlos tuviese partidarios, ni que estos fuesen mas ó menos exagerados en sus opiniones y deseos; lo singular es la deverguenza y descaro, con que se conspiraba en su favor hasta en la misma camara del Rey. Es de advertir que este señor no ignoraba nada de cuanto ocurria, no solo porque se le dijo mil veces, sino porque el mismo llegó á verlo con sus propios ojos, y tuvó en su mano las pruebas mas convincentes. Con todo eso, no se atrevió jamas á castigar á los delincuentes, ni supo resistir á las recomendaciones de su hermano y cuñada Doña Maria Francisca. Pudiera referir infinitos pasages que probarian esta verdad; pero baste el siguiente. Cuando S. M. volvió de la espedicion de Cataluña, en 1827, llegó á su palacio de la Granja, y observó, desde la pieza del tocador de la Reina, que el oficial abanderado del batallon de guardias de servicio hacia los honores reales al señor Infante. El Rey montó en colera contra el conde de España, que estaba de cuartel, á punto de preguntarle cuantos reyes habia en sus dominios, y mandé llevar arrestado al oficial. Todos los circunstantes se persuadieron á que iba á recaer una resolucion terrible; sin embargo, tres dias despues, se vió con admiracion que al oficial se le dió el grado de teniente, por recomendacion de la infanta Doña Maria Francisca. Si D. Carlos no usurpó la corona en vida de su hermano, y tal vez con consentimiento de este ultimo, debe atribuirse á sus principios religiosos ó á falta de decision pero no á que careciese de ocasiones para conseguirlo.

 

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¿Y de que egercito procede Aimerich?

 

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Resulta de las Gacetas de Madrid, que desde el 24 de agosto hasta el 12 de octubre de este año, han sido fusilados y ahorcados, por conspiradores, ciento doce hombres; y debe advertirse que el numero de ajusticiados será mucho mayor en adelante, pues en la ultima fecha que queda citada, aun no regia el barbaro decreto que insertaré luego.

 

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Hemos sobrepujado la violencia que nos causa recordar tan horribles pormenores, no solo porque era justo anatematizarlos con la indignacion que se merecen, sino tambien para que sirvan de ejemplo á los coriféos de todos los partidos intolerantes, al ver con que colores pinta la historia sus escesos. Por desgracia, estas lecciones son generalmente perdidas, supuesto que hoy mismo estamos presenciando ejecuciones mucho mas numerosas y menos motivadas, llegando el caso de que no basta el que los acusados hayan sufrido las sentencias de sus jueces, por severas que sean, para estar seguros de su suerte. Pues al menor grito de la canalla feroz, la cual hoy domina en algunas ciudades populosas de España, vuelve á abrirse la causa, y son condenados al ultimo suplicio, por los mismos jueces que, pocos dias antes, no les juzgaban merecedores de el. ¡Desgraciada condicion del genero humano, á quien no corrijen ni los ejemplos ni la reprobacion de la historia!

 

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Se ha observado que la Gaceta de Madrid no ha insertado este decreto, porque tal vez se han querido ocultar á la Europa las atrocidades que contiene. Yo le he copiado del Diario de Madrid del 17 de octubre, y en todos los pueblos de aquella monarchia, se ha publicado por bando.

 

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Lo que quisieron decir el consejo y el señor Calomarde, en las palabras de que «jamas entrará el Rey en la mas pequeña alteracion de las leyes fondamentales de la monarquia, las cuales palabras puso la Gaceta de Madrid con letra bastardilla, fue, que no hay que contar con que se establezca en aquel pais un gobierno representativo. Esta fue la idea de aquellos señores; y cuando hablan de las leyes fundamentales de España, aluden sin duda á las de Cordoba y Granada, cuando mandaban alli los Sarracenos, y no á las de Castilla y Aragon.

 

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Una de las condiciones, que exigieron los amotinados, fue la separacion de D. Victor Saez, confesor del Rey.

 

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El superintendente general de policia ha dirigido, en 4 de octubre de este año, una circular reservada á todos los intendentes de policia del reino, previniendoles que formen y le remitan dos indices, uno de hombres, y otro de mugeres, de todas las personas existentes en sus provincias, que merezcan alguna de las notas, que abajo se dirán, cualquiera que sea su sexo, su estado y su edad. Las notas de que se trata son las siguientes, adicto al sistema constitucional; -voluntario nacional de caballeria, ó infanteria (se le olvidaron al señor superintendente los de artilleria, que tambien los hubo); -individuo de compañia ó batallon sagrado; -reputado por mason; - conocido por comunero; -tenido por liberal exaltado, ó moderado; -comprador de bienes nacionales; -secularizado. Todos los sujetos comprendidos en estas ocho notas son sospechosos, y ni á ellos, ni á sus hijos, criados dependientes, deben darseles pasaportes para trasladarse de un punto á otro, sino despues de probar la necesidad del viaje, y de dar fiador seguro. Ademas, los pasaportes llevan una contraseña, que sirve para que todas las autoridades á quienes tienen que presentarse conozcan que son sospechosos, y vigilen su conducto.

Es indudable que estos indices comprenderán á algunos centenares de millares de Españoles y si se los presentan al Rey, no podrá menos de angustiarse, al contemplar cuan grande es el numero de los enemigos de su gobierno. ¡Ojalá que las consecuencias, que deduzca de tales documentos, sean enteramente contrarias al objeto, que se propusieron los que las mandaron formar, y que se convenza S. M. de que, siendo imposible esterminar á tantos, ó sujetarlos por medio del terror, se hace necesario atraerlos, adoptando una forma de gobierno, que concilie los animos!

 

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Si el señor conde de Toreno no fuese un hombre tan ilustrado, tal vez no llamariamos la atencion sobre la evidente injusticia, y mezquina parcialidad, con que se esplicó sobre el estado de la hacienda en los ultimos años del reinado de Fernando VII. A el menos que á nadie debia ocultarsele que el ministro de hacienda, D. Luis Lopez Ballesteros, habia hecho una especie de prodigio con solo nivelar los gastos con las entradas, por medio de los presupuestos, elevando el credito publico á una altura jamas vista en España, desde que alli se conoce la significacion de esta palabra; satisfaciendo al dia todos los empleados en todos los ramos, cosa que nunca se habia visto, ni probablemente se verá tan presto; introduciendo el espiritu de asociacion y de orden legal en las transacciones comerciales; y esto teniendo que batallar dia y noche contra un partido ultra feroz, que no tenia otro empeño, que el de contrariar todas sus buenas disposiciones. Si el señor conde hubiera tenido presentes estas verdades, como las tendrá la España, y hubiera querido acordarse tambien, de que el ministro Ballesteros sucedió inmediatamente á la administracion desastrosa, impura y abominable del año 23, probablemente hubiera andado mas generoso y mas justo en el cuadro de su Memoria. El señor conde no debe ignorar que si el ministro Ballesteros no es un liberal, en el sentido que hoy suele darse á esta palabra, lo es en el que constantemente la da la buena razon y la filosofia. Permitido es á los traficantes en el liberalismo desplegar su saña contra los ausentes, que no pueden defenderse; pero no lo es ni debe serlo á quienes, como el señor conde de Toreno, tienen dadas tantas pruebas de que saben distinguir de hombres, de colores y de circunstancias. Don Luis Lopez Ballesteros no hizo nunca emprestitos ni bancarrotas, y el dia que se escriba la historia imparcial de su administracion, no solo se hará la debida justicia á su talento, sino que se tributará el respeto mas sincero á un hombre, que no era pobre, cuando ascendió á la silla ministerial, y que dista mucho de ser rico, despues de haberla ocupado diez años.

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