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El error de las cortes y el de la Regencia de admitir por disculpa de los mayores crimenes eso que se llama celo y adhesion á su causa, está reproduciendose en el dia con igual ó mayor ceguedad, que entonces. Ciertamente no es facil encontrar ejemplos de mayores atrocidades cometidas en pueblo alguno, que las que se han perpetrado en España desde que se publicó el estatuto real, sino en los delirios de la revolucion francesa en 1793, y sin embargo, los diferentes ministerios, que se han sucedido, muchos diputados á cortes, la prensa oficial y oficiosa y aun muchos magistrados han encontrado espresiones para atenuar su horror en el exceso de celo de los delincuentes. Semejante modo de disculpar no es un error, sino una verdadera aprobacion de semejantes actos, una prueba de cobardia y de servilidad vergonzosa á la fuerza brutal, una complicidad indigna con los asesinos, y una prueba patente de que la causa, que de tal manera se defiende, es viciosa y contraria á la conciencia publica. Teman, los que asi se han explicado, el dia de una reaccion, porque á las injurias, de que pueden ser victimas, se seguirá el desconsuelo de que, lejos de ser vengados, encontrarán otros, que aplaudan tambien el celo de sus asesinos.
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El que dirigía y redactaba este infame periodico era el padre Fr. Manuel Martinez, mercenario calzado, que despues ha muerto siendo obispo de Malaga. Por estos y otros meritos, que se han premiado succesivamente en los diferentes partidos que han dominado en España, se encuentran muchas de sus diocesis presididas por obispos, que son la ignominia de la cristiandad y el desconsuelo de la verdadera religion.
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Mas adelante veremos que esta voluntad de S. M. apenas duró un mes.
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Debe advertirse que hasta entonces no se habia purificado mas que un numero, muy corto de empleados civiles, de los que se hallaban en Madrid; que todavia no se habia establecido el metodo para purificar á los militares, y que ni á los diputados á cortes, ni á los consejeros de estado, ni á ninguna de las otras clases, que se nombraban en el decreto, se les admitia á purificarse sino habian sido empleados antes del 7 de marzo de 1820; es decir que de los sujetos comprendidos en esta real orden, no habia media docena que estuviesen purificados.
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El general Zayas.
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Se acabó de escribir esta obrita en los primeros dias del mes de noviembre de 1824. (N. del E.)
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El gefe del nuevo ministerio, que sucedió al de D. Victor Saez, fue el señor marques, de Casa Yrujo, cuya sentida muerte ocasionó males sin cuento á la infeliz España. No porque sus calidades fuesen tales, que la historia le deba consignar en el rango de los hombres eminentes, sino porque en las circunstancias dadas ninguno era mas á proposito que el, para dar á los negocios interiores y esteriores el giro de moderacion y tolerancia, que convenian al Rey y á la nacion. A buen seguro, que viviendo el marques, no hubiera prevalecido el estupido sistema de Calomarde, á cuya ignominiosa direccion deben atribuirse casi todas las calamidades, que han afligido á los Españoles en los ultimos tiempos.
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He aqui uno de los grandes inconvenientes, que tienen las intervenciones á medias, como fue la que hicieron los Franceses en 1823. Intervenir no es otra cosa que asistir con autoridad á algun negocio, mediar con la fuerza entre dos partidos ó dos intereses encontrados, no el prestar su apoyo esclusivo al uno de ellos, con perjuicio del otro. Semejante modo de intervenir no es mas que arrancar el puñal de unas manos, para depositarle en otras tal vez mas feroces y sanguinarias. El señor duque de Angulema, y muchos de sus generales, bien conocieron esto mismo desde los primeros dias de su llegada á Madrid; pero la mala acogida que tuvó en el gabinete de las Tuillerias el decreto de Andujar, que fue preciso revocar ó dejar sin efecto, le dió la medida exacta de sus facultades, ó por mejor decir, le hizo comprender el espiritu de las instrucciones, que se le habian dado á su salida para España. Poco importaba, segun parece, comprometer la dignidad de la palabra de un principe generalisimo, y vilipendiar el decoro de los tratados militares, con tal que el egercito francés no comprendiese que su mision habia sido dar la verdadera libertad á un pueblo. En cuanto á los consejos que despues se prodigaron tal vez en demasia, á nosotros nos consta su certeza y la buena intencion, con que se dieron; pero llegaban tarde, y se habia pasado la unica ocasion en que hubieran podido llamarse eficaces. Mucho podriamos decir de lo que se escribia desde Paris á Madrid, en los años 24 y 25 de este siglo; pero dejamos á la historia que califique estas comunicaciones diplomaticas. Por ahora, solo nos limitarémos á decir, que si alguna vez piensa la Francia en intervenir de este modo, vale mas que no intervenga.
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Suprimo el preambulo de este decreto, en obsequio de la brevedad; y por el mismo motivo, no insertaria tampoco la alocuciou del Rey, si los sentimientos, que en ella se espresan, no fuesen tan opuestos á los que se han manifestado en otros decretos, y á las ideas del partido que hoy domina y aflige á España.
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Cuando se escribian estas lineas, todavia no habia organizado el gobierno francés los socorros, que luego concedió con mano franca á todos los refugiados. ¡Pluguiera á Dios que esta generosidad solo se hubiera egercido en favor de los emigrados por opiniones politicas, y no en el de tantos fugitivos por sus crimenes, que se agolparon á desacreditar la emigracion! (N. del E.)