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Vease la pagina 65.

 

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Habiendo pedido esplicaciones al gobierno francés el embajador de S. M. C. sobre los rumores que corrian de que algunas tropas francesas se acercaban á los Pirineos, contestó el baron Pasquier, ministro entonces de relaciones exteriores, desmintiendo absolutamente la especie, y entre otras cosas decia lo siguiente. «No se le ha podido ocurrir al gobierno francés el tomar ninguna de las medidas, que se han supuesto, y es evidente que el acuerdo del Rey y de la nacion española, para la adopcion de un sistema constitucional, no podia turbar la buena inteligencia, que reina entre la España y la Francia, cuando esta debe á su soberano las ventajas del gobierno representativo; al contrario, es de esperar que este será un nuevo motivo para estrechar entre las dos naciones los lázos de amistad que tan esencialmente contribuyen á su prosperidad y sosiego». Esta contestacion es del 14 de abril de 1820.

 

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Solo dos Españoles reusaron jurar la constitucion: el uno era embajador en Róma y el otro consul en Marsella.

 

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No es esto decir que en las partidas de realistas no hubiese hombres de las mejores intenciones, y que hubiesen abrazado aquel partido, porque creyesen que era el unico medio de restablecer la tranquilidad. Sin duda que habia muchos de buena intencion, porque no hay partido ninguno, á que no pertenezcan sujetos muy honrados. Lo que he pretendido manifestar es, que aquellos que conspiraron de buena fé contra la constitucion con las armas en la mano, se equivocaron en los medios que pusieron en planta para lograr su objeto, porque en lugar de triunfar de los anarquistas, los fomentaron, dandoles los medios de aumentar el desorden. La esperiencia demostró esto palpablemente, asi como hizo ver, que sus esfuerzos eran inutiles, porque hasta que el egercito francés entró en España, los constitucionales vencieron en todas partes á los absolutistas.

 

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Una larga observacion y la experiencia, tan repetido de medio siglo á esta parte, nos obliga á llamar la atencion sobre los peligros, que ofrece siempre á la tranquilidad de los pueblos la vuelta de los emigrados á su pais, cuando en el no hay un gobierno bastante fuerte para sujetar sus exageradas pretensiones y la animosidad, de que vuelven poseidos. Para uno que de buena fé se entregue al dulce placer de abrazar á los objetos amados de su corazon y gozar las inesplicables sensaciones, que causa la vista de su patria á quien por largo tiempo estuvo privado de ella, hay mil que solo vuelven animados de una ciega ambicion y de un perverso espiritu de venganza. Un gran numero de ellos mira con desden ó con odio aun á los de su misma opinion, que prefirieron quedarse en el pais, suponiendoles un no sé que de cobardia ó por lo menos de frialdad en los intereses de su partido. Por el contrario, considera y pretende que sea considerada su fuga como un rasgo de valor ó de decision superior á todo elogio. Sabida es la calificacion que los emigrados de Francia de 1791 daban á los que tardaron algo mas en seguir su vergonzonso exemplo. Llamaban tibios á los de 1792, sospechosos á los de 1793, y traidores á los de los años siguientes, llegando á punto de formarles causa para cuando amaneciese el dia de las venganzas. Amaneció en efecto al cabo de 25 años, durante los cuales ni supieron olvidar ni aprendieron nada; y consiguieron lo que era preciso que consiguiesen, que fue precipitar á la dinastia y hacerla perder un trono, que mil estraordinarias combinaciones la habian proporcionado recobrar.

Poco menores daños hicieron á la España los emigrados, que volvieron á ella en 1823, y es de temer que escedan á todos los que le causen estos ultimos emigrados, á quienes la bondad de la Reina gobernadora abrió las puertas de su patria en 1832. Sus hidropicas exigencias, su orgullo por la mayor parte infundado, sus extravagantes teorias y su participacion en casi todos los crimenes, que ensangrientan y manchan la revolucion actual, darán al traste con todo lo bueno que preparaban los hombres moderados y juiciosos de todas las epocas, y lograrán hacer odiosa la libertad. Esto, que decimos del mal espiritu de los emigrados en general, admite asi en España como en todas partes muchas y muy honrosas excepciones.

 

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La misma uniformidad de errores vemos hoy entre los coriféos del partido del movimiento, que domina en las cortes de 1836 y los partidarios de D. Carlos. Unos y otros rehuyen la intervencion propiamente dicha, porque ni unos ni otros conciben otro placer, que el de triunfar de sus enemigos politicos y exterminarlos. Bien quisieran que alguna fuerza estrangera les ayudase á vencer sin riesgo, que es lo que ellos llaman cóoperacion; pero con tal que esta fuerza desapareciese en el momento del triunfo y no sirviese de obstaculo, para que ellos abusasen de el hasta la ferocidad. Este es el unico y verdadero sentido, en que deben entenderse los mas de los discursos que se estan pronunciando en el estamento de Procuradores en la discusion de respuesta al discurso de la corona, que es cuando escribimos esta nota.

 

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En la plaza mayor de cada pueblo estaba colocada, con arreglo á un decreto de las cortes, una lapida ó tabla con la inscripcion de Plaza de la Constitucion. Los exaltados, que llamaban á este pedazo de marmol ó de madera el simbolo de sus libertades, se réunian delante de el para entonar canciones patrioticas, y no dejaban de saludarle en todas sus algazaras. La primera diligencia, que hacian los realistas, cuando entraban en un pueblo, era derribar la lapida, y á veces ponian en su lugar un crucifijo. En el mismo sitio donde estaba antes la lapida constitucional, hay ahora en casi todos los pueblos otra lapida con el lema de Plaza real, los realistas suelen tener con esta las mismas atenciones, que los exaltados tenian con la otra*.

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*Esto se escribia viviendo el rey Fernando VII.

 

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Acuerdese el lector de que esto se escribia en fines de 1824 y principios de 25. (N. del E.)

 

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Cuan general y cuan equivocada es la idea, que se tiene en Francia del influyo del clero español y en particular del de los frailes sobre la poblacion! No negaremos ciertamente que ejerce alguno y aun confesaremos que es poderoso sobre todas las materias, que tocan inmediatamente á la conciencia. Pero este influyo cede siempre y en todas partes al grito del interes y del bien estar. De tiempo inmemorial los frailes son siempre el tipo ridiculo ó el heroe desalmado de una infinidad de cuentos ó consejas que circulan por el pueblo. Apenas hay marido, que no diga, chanceando, á su muger, que mas quiere que la visite una compañia de soldados, que no que frecuente su casa un fraile. Hasta los aldeanos mas rudos conocen que las demandas de los frailes por las aldeas y lugares cortos no son mas que unas socaliñas. El diezmo se ha pagado siempre con mucha repugnancia y de muchos años acá se necesita en casi todas las diocesis el ausilio de la fuerza civil para cobrarle. En una palabra el trono es el unico que ha sostenido lo que se llama el altar, mas que el altar al trono. La verdad es que en el reinado de Carlos IV se disminuyó hasta tal punto el prestigio del clero y se le cortaron tanto los vuelos con la disminucion de sus rentas, que probablemente hubiera quedado reducido á los limites justos, que debe ocupar en un reino catolico. Pero la guerra de la independencia, en que hizo servicios importantisimos; la falta de cumplimiento de todas las promesas, que le habia hecho el gobierno de José; la estupida persecucion, que le declararon los liberales, asignandole un campo de batalla, donde defender su existencia politica y material; la insultante negligencia de estos ultimos en pagar sus asignaciones á los exclaustrados y por ultimo las escenas sangrientas, de que está siendo victima, le han proporcionado un influjo, que ya costará mucho trabajo desarraigar.

 

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Vease entre otros decretos el reglamento para el gobierno de las provincias.

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