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Por mas trivial que sea esta idea, no vemos que los hombres de 1836 esten mas de acuerdo que los de 1823, sobre cual es la opinion publica, ni cuales los deseos generales de la nacion española. Cada partido la creé alistada bajo sus banderas, y toma su nombre con aquel aire de seguridad, que indica una profonda conviccion. Los exaltados hablan siempre en nombre de ella, porque se les figura que nadie puede ni tiene derecho á ver las cosas, sino de la manera que ellos las ven. Asi es que los anarquistas dicen y créen que todos sus crimenes han sido cometidos por el pueblo, de quien ellos se proclaman organo fiel. Los carlistas, que tambien son del numero de los exaltados, presumen que no solo está la nacion por ellos, sino que la hacen el mayor servicio, matando y haciendose matar por sostener sus opiniones estremadas. Los moderados se créen los unicos capaces de conducir la maquina del estado, regida por las leyes ordinarias, asi en tiempo de calma como en el de revueltas y motines; contentandose con demostrar lo que debe hacerse, no aciertan jamas á egecirtar lo que convendriá. Su falta de energia legal les destina por lo comun á ser victimas perpetuas de todos sus adversarios, unos despues de otros, y á fuerza de confianza en las leyes, las dejan bollar impunemente, sin oponer una fuerte resistencia. Los moderados son individualmente unos hombres estimables, y dignos del respeto publico pero cuando constituyen lo que se llama un partido politico, no solo son inutiles, sino que sirven generalmente para irritar á sus enemigos, sin apoyar á los que no lo son.
Do todo lo dicho resulta, que la opinion publica no está por unos ni por otros, sino por la quietud, la paz, la economia, y sobre todo la justicia. Ni las elecciones del año 22, ni las del 36, prueban que la nacion es partidaria del progreso; ni el silencio de los diez años prueba que esté enamorada del absolutismo. Lo unico que prueba es que, con tal que la dejen quieta, es capaz de aguantar los sistemas politicos mas desatinados.
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En una palabra, querian dar un voto de confianza á quien se dignase admitirle. Poco mas ó menos, lo mismo se ha hecho despues.
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El deseo de intervencion en la guerra civil, que está devorando á la España, es hoy tan vivo, como lo era entonces, y como lo fue, desde que principió esta segunda lucha. La unica diferencia consiste en que hoy se publica este deseo, se discute y se analiza hasta en los estamentos, y antes, se disimulaba por pudor ó por calculo. Pero los pueblos, y en particular los que eran teatro ú estaban vecinos á los horrores de la guerra, ninguna duda tuviéron, desde que esta se suscitó con tanto furor, de que no bastaban los recursos nacionales para terminarla. Testigos de los hechos, y de la mala fé, con que se daban los partes de los generales, conociéron desde luego que quienes tan poca dificultad tenian en engañar á su gobierno y á su nacion, no eran hombres á proposito para salvar á una ni otro. Sin embargo, todos los ministros, uno despues de otro, han tenido empeño en sostener que con tal que nadie se opusiese á su sistema, ellos acabarian pronto la guerra sin necesidad de los estrangeros. Asi lo dijéron todos una y mil veces en las cortes, al mismo tiempo que el uno celebraba el tratado de la cuadruple alianza, cuyo objeto no era otro que provocar la intervencion, ó por mejor decir, el tratado era la intervencion misma. El otro la pidio abiertamente, y le fue rehusada. El tercero llamó en su auxilio legiones inglesas, francesas y portuguesas, al paso que ofrecia hacer prodigios sin auxilio de nadie; mientras que cada correo enviaba al embajador en Paris una misiva para que solicitase del gobierno frances que se dignara intervenir, sin parecer que intervenia.
Todo esto no ha sido mas que una serie de engaños ó ilusiones, para hacer créer que se tenian fuerzas sin tenerlas, y que se gozaba de confianza, sin poder contar con nadie. Desde que el señor Martinez de la Rosa subió al ministerio, é hizo cargo de la presidencia de el, debió, ante todas cosas, no consultar su sola opinion privada, ni sus propios sentimientos de pundonor nacional, sino el verdadero bien de la nacion, que entonces pudo asegurarse con solo deshacer las masas facciosas; y esto lo hubieran ejecutado los Franceses en quince dias, obrando en combinacion con los egercitos de la Reina. Pero no es esta la primera vez que se sacrifican los mas sagrados interes al idolo de una falsa popularidad. Lo mismo que de Martinez, decimos de los demas que le han sucedido en el mando. Todos ellos han conocido desde el primer dia la necesidad de una fuerza estrangera, todos la han deseado con ansia, y todos han andado y andan en disimulos, para declararlo á la faz de sus compatriotas. Tal vez, el recelo de que la intervencion militar pasase á ser politica es la causa principal de tales disfraces.
Nosotros créemos que, por mas empeño que los ministros españoles tomen en persuadir que no necesitan intervencion y que no la pedirán en ningun caso, será indispensable que la Francia, ó la Inglaterra, ó ambas naciones, intervengan en los negocios de España. Y no asi como quiera militarmente, para deshacer las fuerzas de D. Carlos, sino politicamente, para ahogar los principios anarquicos, que con tanta priesa como furor, se estan desarrollando. No basta decir, «No quiero que ninguno venga de fuera, sino quando yo le llame en mi auxilio», sino que es preciso mostrarse bastante fuerte para vencer todos los obstaculos dentro de su casa; y solo entonces se pueden pronunciar esos Noes tan arrogantes. Lo demas no se llama, en castellano, sino jugar con dos barajas; es decir, nadie venga á participar de mi gloria ni á interrumpir mis venganzas; pero venga todo el mundo á pelear por mi, y salvarme del peligro, que mis imprudencias han hecho casi irremediable.
Repetimos que una intervencion es necesaria en España, es urgente, y debió haberse verificado el dia despues que D. Carlos pasó los Pirineos; que aun cuando, lo que no créemos, puedan las solas tropas de la Reina vencer las suyas, no por eso se ha concluido la guerra civil, sino que principiarán otras y otras, porque la nacion no se halla en estado de perfeccionar sus instituciones, sin que precedan grandes convulsiones, capaces de ocasionar una guerra general, ó sin que vuelva á oprimirla el despotismo.
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Vease la causa formada sobre los sucesos del 7 de julio, de la cual se da una ligera idea en la pag. 132.
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Á esta representacion de la grandeza de España, la sucedió lo mismo que á otros muchos actos, doctrinas y proposiciones, que se enuncian cuando diferentes partidos tienen agitadas las republicas, esto es, que desagradan á todos y no satisfacen á ninguno. La representacion fue concebida y redactada por personas, que no eran Grandes, pero que consideraban indispensable poner en accion el principio aristocratico, tan aborrecido de los demagogos de Cadiz, como mal aprovechado por los absolutistas de Madrid. A ella debió preceder ú acompañar la oferta de un cuerpo de ocho mil hombres, creado á costa de la grandeza, y mandado por individuos de su seno, el cual debia tomar parte en las fatigas y en la gloria del egercito frances, dando un aspecto mucho mas nacional á la expedicion que marchaba sobre Cadiz. Dificultades mezquinas se opusiéron á la realizacion de este pensamiento, que tal vez habria evitado ó mitigado al menos la reaccion. Pero al fin, los grandes se apresuráron afirmarla tal cual acaba de léerse; y apenas se tuvó noticia de ella entre los liberales de Cadiz; todos á una voz la anatematizáron, tratando de traidores á los firmantes; mientras que los consejeros del Rey la pintáron tambien, como un agravio hecho á la magestad y se pidiéron esplicaciones sobre su espiritu. ¡Fatal ceguedad de todos los partidos!
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Cancion insultante que se inventó en Cadiz, que lleváron á Madrid los ayudantes de Riego, y que en todas partes fue la señal de la discordia.
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Proclama del 23 de mayo dada en el cuartel general de Alcovendas. ¿El señor consejero de estado de S. M. Cristianisima de Martignac por quien está suscrita, no reconoce en las palabras citadas, que en ausencia del Rey, cuando no puede saberse su voluntad, las provincias tienen derecho para elegir el gobierno que haya de mandarlas? «¿Y admitida esta doctrina, no se legitima en cierto modo todo lo hecho por los representantes de las provincias, durante la cautividad de Fernando VII en Francia». ¿Y que prisa habia de nombrar regencia? La junta provisional pudo muy bien subsistir hasta que se reuniesen las provincias, supuesto que este era el medio mas legitimo.
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Articulo 187 de la constitucion. «Será gobernado el reino por una regencia, cuando el Rey se halle imposibilitado de egercer su autoridad por cualquiera causa fisica ó moral».
Articulo 176 del reglamento de cortes. «Para asegurarse las cortes de si ha llegado ó no el caso de que la enfermedad fisica ó moral del Rey le imposibilite para el gobierno, á fin de que tome las riendas de el la regencia en los terminos contenidos en el articulo 187 de la constitucion, oirán el dictamen de una junta de los medicos de camara de S. M. y de los demas facultativos que se estime conveniente, y despues deliberarán lo que mas convenga al bien y gobierno de la nacion».
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Segun los principios aprobados en aquella sesion, el Rey constitucional de España no podia serlo sino en tanto que accediese á todo cuanto propusiesen las cortes; porque si manifestaba una opinion contraria, debia suponersele loco, con arregló á la interpretacion de Galiano y de sus secuaces, y por consiguiente que habia llegado el caso previsto en el articulo 187 de la constitucion. ¿Y porque no lo declararon asi, cuando en el año anterior negó el Rey la sancion á la ley de señorios? Las cortes habian decretado la estincion de señorios, como habian resuelto que el gobierno se trasladase á Cadiz, con la diferencia de que en aquella ley se habian observado todos los tramites del reglamento, y esta resolucion se habia tomado en medio del tumulto y del desorden; y aun prescindiendo de esta circunstancia, es claro que el Rey tan loco estaria oponiendose á una medida como á otra, pues no habia ninguna regla para determinar cual de las dos era mas conveniente, ni tampoco era mas infalible Galiano en 1823 que en 1822.
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El mismo empeño hemos visto tomar ahora en la guerra contra D. Carlos. No hay proclama, ni bando, ni articulo de periodico, que no parta del principio de que la guerra, que se hace al pretendiente, es nacional; ojalá lo fuera! pues entonces se hubiera concluido desde la primera campaña. Si por nacional se entiende, que conviene á la nacion el que no prevalezca el partido de D. Carlos, porque las maximas, que en el predominan, son funestas á la España y aun á todo pais, que aspire á la prosperidad general, entonces desde luego convenimos en que la guerra actual es nacional. Pero si por esta voz quiere darse á entender, que toda la nacion está empeñada en la ruina de D. Carlos y triunfo de la causa de la reina, á escepcion de las cuatro provincias del norte de España, esto ni es cierto, ni debe mirarse sino como un medio oratorio, que se adoptó en los principios de la lucha para quitar las esperanzas á los insurgentes. Si la guerra fuese nacional en este ultimo sentido ¿recorrerian con tanta facilidad las partidas carlistas una gran parte de la superficie del reino sin que los habitantes se armasen contra ellas?¿Se crée de buena fé que Zumalacarregui ó Eguia necesitarian, para adelantar en su empresa, que viniesen en su ausilio diez mil Ingleses, otros tantos Portugueses, y pocos menos Franceses? ¿Hay quien se persuada de que si la Francia y la Inglaterra ausiliasen tan abiertamente á D. Carlos, como lo están haciendo á Isabel II, no estaria ya poseyendo tranquilamente el trono español? ¿Crée alguno que no sucederia lo mismo con solo que se declarasen neutrales? ¿Pues donde está la nacionalidad entendida de ese modo?