Poesías de la primera juventud (Inéditas
o poco conocidas)
D. Alonso de Aguilar en Sierra Bermeja
Poema heroico en octavas reales
(Van adjuntos el poemita,
traducido de los metamorfóseos de Ovidio y titulado:
Píramo y Tisbe, la traducción de la égloga
VIII de Virgilio y diferentes poesías del autor)
Con el título
de Un poema épico de Menéndez y Pelayo publicó
Artigas, en el segundo trimestre de 1923 en nuestro Boletín,
un breve artículo, en el que se daban noticias sobre
este Poema, que hoy nos decidimos a publicar íntegro
a pesar de que, con letra de su mano, dejó escrito
don Marcelino: «Prohíbo que se publique ni dé
a conocer nada de este poema más que su título».
¿Por qué fue tal prohibición
y qué alcance puede tener? Esto es lo que vamos a
explicar a los lectores para poner en claro nuestro proceder,
en primer término, y para que nos absuelvan del pecadillo
que cometemos, si por tal lo juzgan.
Como
se verá por la portada que va al frente, en 1871,
o sea el año en que terminaba Menéndez Pelayo
su Bachillerato en Artes, como entonces se llamaba, concluía
también su famoso poema de D. Alonso de Aguilar en
Sierra Bermeja. «Comenzose este poema, dice en una de sus
cuartillas autógrafas, a 15 días del mes de
Mayo de 1871 en Santander». Cuando a fines de septiembre
de este año salió para Barcelona con su tutor
don José Ramón Luanco, llevaba ya pergeñado
todo el borrador de la famosa composición poética.
«Acabose este poema, dice en otra parte, a 12 días
del mes de Setiembre en Santander».
He
aquí un chico que sin cumplir los 15 años había
compuesto, ya un largo poema heroico en sonoras octavas reales.
Torcuato Tasso comenzó su primer poema Rinaldo
a los 16 años y no lo terminó hasta los 18;
y perdónesenos este recuerdo que no viene a establecer
comparaciones, inoportunas y, hasta si se quiere, desorbitadas,
sino a mostrar lo madrugador en todo del talento de Menéndez
Pelayo.
Con su poema en el
baúl -con baúl se viajaba entonces y con baúl
viajó él toda su vida- llegó Menéndez
Pelayo a Barcelona; y con el poema escrito en cuadernillos
de folio, uno para cada canto, y arrollados debajo del brazo,
iba de acá para allá, ahora a las clases, luego
a la biblioteca, haciendo en las octavas las enmiendas que
se le iban ocurriendo. Su tutor Luanco, hombre de buen humor,
le embromaba frecuentemente a cuenta de las musas, no por
mortificarle, sino por verle reaccionar y defenderse. El
instrumento, es decir, el rollo poético de Marcelino,
era objeto de cuchufletas y hasta de pareados, de los que
don José Ramón era buen improvisador.
Pero
don Marcelino Menéndez Pintado, el padre del juvenil
poeta, lo había tomado muy por lo serio; él
iba copiando con su clarísima letra las octavas que,
bien pulidas ya y con su última lima, le enviaba el
hijo a Santander: «Bien por la lección de Poética,
le decía en 10 de enero de 1872; pero al dármela
te olvidaste, hijo mío, de que yo estoy poco fuerte
en eso; así es que al mandarte la octava para que
la reformases, si te parecía conveniente, sólo
lo hacia porque no me sonaba bien; por lo demás, con
haberme dicho que estaba ajustada a las buenas reglas, bastaba;
de todos modos mándamela otra vez, porque no me he
quedado con copia».
Y Marcelinito
no sólo le devolvía aquella octava ajustada
a las buenas reglas para que el padre la copiase tal como
quedó en su primera y correcta redacción, sino
otras muchas octavas nuevas para otro canto más; canto
histórico que podía servir de introducción
al Poema. Este canto, al que llama el padre Cuarto, pero
que en realidad es el Primero, o el de Introducción
histórica, sin numerar como lo insertamos en esta
edición, fue compuesto ya todo él en Barcelona
y resulta un añadido nada pertinente al asunto del
Poema, aun tomando las cosas ab ovo.
Sin
embargo al padre -que hemos visto por la corrección
de la octava que no podía presumir de crítico
literario- le agradaban los nuevos versos: «Me gustan
mucho las primeras octavas del Canto Cuarto y tengo grandes
deseos de que lo concluyas para poder enseñarlo a
algunos amigos. No dejes de decirme el juicio que del poema
forme el señor Milá».
Yo
no sé si leyó Menéndez Pelayo el Poema
a su maestro Milá y Fontanals; era demasiado grave
y serio aquel don Manuel; pero a quien sin duda se lo leyó
fue a don Joaquín Rubió y Ors, su catedrático
de Historia, padre de su, desde los primeros momentos, íntimo
amigo Antonio, en casa del cual pasaba la tarde muchos domingos,
y comía frecuentemente. El mozuco santanderino entretenía
a toda aquella familia reunida, recitando versos propios
y de otros autores que conservaba frescos en su memoria.
Más tarde el simpático Gayter del Llobregat escribía a su exdiscípulo y ya colega en la
cátedra, al recibir la primera edición de sus
Odas, Epístolas y Tragedias, disculpándose
de su incompetencia para juzgar bien tales poesías:
«Una cosa puedo sin embargo señalar y me glorio en
ello, y es que adiviné en usted al poeta de dotes
no comunes y de privilegiado ingenio antes de que los demás
supiesen que hacía usted versos».
Sí,
señor, aquellas épicas octavas que había
recitado en casa de Rubió y Ors y que tal vez había
oído también su maestro Vidal y Valenciano
y que le aplaudían los compañeros cuando entre
clase y clase se las leía, que obtuvieron muchos plácemes
para el padre al enseñárselas orgulloso a algunos
amigos, merecían ir a las prensas; había que
publicar el Poema.
De eso se
trató aquel verano del 1872 cuando Marcelinito regresó
a Santander en vacaciones. El tío Baldomero, hermano
de su padre, que por entonces vivía en Madrid, como
escritor y hasta autor dramático aliquando, y como
político, debía relacionarse con don Benito
Pérez Galdós, quien tenía autoridad
en varias revistas literarias de la que, por gracia de la
aceptación de la Corona de España por Don Amadeo
de Saboya, acababa de volver a ser Villa y Corte. Y habló
en efecto don Baldomero a don Bonito, y prometiole éste
que publicaría el poema de su sobrino: «Baldomero
me ha escrito, le decía su papá en carta de
17 de octubre del 72, diciéndome que ha visto a Pérez
Galdós, el cual ha quedado en avisarle cuando se vaya
a publicar el Poema; pero no le ha dicho cuándo será».
Y en espera de ese aviso
de Galdós quedan padre e hijo impacientes y soñando
con ver pronto en letras de molde el famoso Poema; Sueñan
ambos, pero no la madre, poco letrada, es cierto, pero muy
equilibrada señora, a quien preocupan ya tantos afanes
literarios de su hijo, tanta absorción por los libros
y tantas distracciones en las cosas más triviales
de la vida; la preocupan y hasta la encelan. Es un insensato,
dice ella con frecuencia; parece que quiere más a
su Ovidio y su Oracio (sic) que a su madre.
El
Poema no acaba de salir a pública luz; pero eran ya
tantos los que de él habían oído hablar,
los que habían leído algunas octavas, que la
impaciencia por conocer la composición hubo que calmarla
dando una lectura en público: «El viernes, le escribe
el padre en 23 de octubre del 72, se celebró por fin
la sesión literaria en este Ateneo, en la cual se
leyó la Introducción y el Primer Canto del
Poema; para lo cual de acuerdo con Juan,326 saqué una
copia con las correcciones que tú habías hecho,
sólo que le pareció a Juan que no debíamos
suprimir las primeras octavas. Gustó mucho y la prensa
local, al hacer las reseñas de la sesión, te
dedica frases muy lisonjeras; otro día te remitiré
las reseñas, pues hoy no tengo los periódicos».
Todo era parabienes y enhorabuenas;
la gente de letras de Santander, después de la lectura
que en el Ateneo había dado don Víctor Oscáriz,
catedrático de Retórica en el Instituto, no
hacía más que hablar del famoso Poema y de
su jovencísimo, casi infantil, autor. Pero en Madrid
no marchaban las cosas tan esperanzadoramente como en un
principio. Pérez Galdós comenzaba a disculparse
con aquello de la abundancia de materiales, según
comunicaba al tío Baldomero en los primeros días
de noviembre; y transcurrió todo aquel año
del 72 sin que saliesen a luz las octavas reales del estudiante
santanderino.
A principios
de 1873 interviene Pereda con Galdós y le apremia
para que dé a la estampa el D. Alonso de Aguilar en
Sierra Bermeja. D. Benito no se niega, pero expone nuevas
dificultades: ¡Es tan largo aquel poema para darlo en un
artículo de revista! Así lo dice para conocimiento
del propio autor y de su buen padre. Éste comenta
con el hijo en carta de 7 de febrero del 73: «También
a mí me ha escrito Baldomero, diciéndome lo
mismo que a ti; mucho siento la mutilación que va
a sufrir el Poema, pero no estoy conforme en lo de suprimir
el primer canto; en lo que Juanito opina lo mismo que yo,
creyendo uno y otro que debes dejarlo al criterio de Pérez
Galdós y esperar el resultado que ya no se hará
esperar mucho tiempo».
Mas
a pesar de la supresión de ese primer canto histórico
sobre la Discordia, supresión muy acertada, pues aligera
y queda más ceñido al asunto el relato, Galdós
no se daba prisa a publicar el tan traído y llevado
Poema; «para las Calendas Griegas» opina don Marcelino, padre,
que va dejando este negocio. Menéndez Pelayo gestiona
entonces la publicación de sus versos en Barcelona.
Ha leído sus cantos a varios amigos literatos y todos
se los aplauden; pero como Galdós, con estos o los
otros pretextos, ninguno se decide a publicarlos.
Va
sintiendo desvanecerse su primera ilusión, sus sueños
de poeta novel; no consigue ver en letras de molde aquel
su primer ensayo, para el que ya, desde 1871, tenía
hecha la portada anunciadora de la primera de las Obras del
Bachiller en Artes, Marcelino Menéndez y Pelayo.
Aquello
se ponía serio. Luanco, su tutor, ya no le gastaba
bromitas con el instrumento; el padre había terminado
de hacer copias y más copias de cantos enteros, y
ya en sus cartas no le habla más de Baldomero ni de
Pereda, ni de Galdós, ni de D. Alonso de Aguilar.
Hay en la correspondencia como un tácito convenio
de no volver a tratar aquel asunto desagradable.
Hay
además otras cosas que están cambiando rápidamente.
Aunque sus papás le llaman todavía Marcelinito,
le recomiendan ya que se afeite de vez en cuando para que
esté presentable; va a cumplir los 17 años;
estudia el segundo curso de Facultad y, lo que es más
importante... se ha enamorado. Es ya un hombre y empieza
a ver el mundo con otros ojos; no son las aventuras guerreras
de D. Alonso las que le seducen; ahora, su dulce Belisa le
ha embargado por completo los sentidos:
«Yo vi, señora, tu beldad riente
En la sonante playa laletana,
Donde eleva Favencia
la romana
Hacia las nubes su murada frente.
Te
vi, te amé, mi corazón fue preso
Entre los
rayos de tus claros ojos,
Entre las redes de tu crencha
hermosa;
¡Feliz quien pueda, de tus
labios rojos
Ebrio de amor arrebatar un beso,
Y venga
sobre mí la muerte odiosa!»
Y
allá van ahora sonetos en serie a su primer amor,
aquella «hija cual yo de la Cantabria fuerte», que le traía
anyoranzas de su tierruca y despertaba en él nueva
inspiración. ¡Pobre D. Alonso de Aguilar! En el fondo
del baúl -mundo del estudiante yacía fajado
como una momia egipcia en su ataúd. Ya no volvió
a acordarse de él. Quizá al regresar a su hogar
en el verano de 1873 echó una mirada, entre enfadada
y desdeñosa, al famoso rollo, y lo guardó detrás
de aquella nueva estantería que acababa de mandar
construir su padre, y de la que le había cedido dos
terceras partes para que colocase su ya abundante biblioteca.
Aquel curso del 73 al 74 fue
a estudiar en la Universidad de Madrid, y desde allí
mandaba colaboración para Miscelánea Científica
y Literaria, de Barcelona. Algunas de aquellas «diferentes
poesías del autor», que habían de acompañar
al D. Alonso de Aguilar, cuando se publicase el primer volumen
de las proyectadas Obras de Marcelino Menéndez Pelayo,
Bachiller en Artes, aparecieron en la revista barcelonesa
durante el 1874.
Terminada
brillantemente su carrera en el curso del 73 al 74, doctor
ya en letras en 1875, sin haber cumplido los 19 años,
comenzó, de vuelta a su hogar, a hacer proyectos y
a revisar apuntes y papeles. Y entre éstos debió
de aparecer su D.Alonso, el héroe de Sierra Bermeja,
cubierto no del polvo de las batallas, sino del de los anaqueles.
D. Marcelino pasó una mirada comprensiva sobre el
Poema, y se sonrió inteligentemente, sin pizca de
resentimiento ni amargura. Ni los sonetos clásicos
que había dedicado a su Belisa le satisfacían;
ensayaba entonces nuevas formas poéticas, escribía
en verso blanco, huyendo del martilleo de la rima, traducciones
de clásicos griegos y latinos, sáficos y laverdaicos,
que enviaba a su amigo y maestro D. Gumersindo, quien amorosamente
y parándose en los detalles más nimios, se
los retocaba aconsejándole. Caminaba a pasos de gigante
al molde más acabado de su expresión poética:
la Epístola a Horacio, LaGalerna del Sábado
de Gloria, la Carta a mis amigos de Santander. Se había
convencido de lo que tal vez ya por entonces le habría
dicho su amigo D. Juan Valera, quien, hablando de su asombrosa
facilidad para versificar, había de expresarse pocos
años después con bella frase en el discurso
con que le recibió en la Real Academia de la Lengua:
«su Pegaso pide más que espuela, freno».
El
freno que él supo ir poniendo a su desbordada fantasía,
la armonía interna, la euritmia y engarce sonoro de
versos y estrofas, que disciplinadamente le hace pasar casi
sin sentir, del verso libre a la maravilla de su prosa, en
la que a veces los párrafos son también como
estrofas de un canto.
Y si
en este aspecto de la forma poética estaba ya muy
lejos de las octavas de su infantil poema, más aún
se había distanciado en cuanto a los asuntos. Ya no
canta las armas y los esforzados guerreros al modo clásico,
ni los tiernos amores, queriendo emular al divino Herrera,
a Dante y a Petrarca:
«Que al nombre celestial de mi Belisa
Al olvido darían su tormento
Dante, Petrarca
y el divino Herrera».
Continúa
haciendo versiones de clásicos; pero tanto en éstas,
como en las poesías originales, hay una nueva fuente
de inspiración, temas de más trascendencia,
una rara mezcla de paganía y cristianismo, un nuevo
arte de «verter añejo vino en odres nuevos». Y todo
ello encuadrado en un fondo filosófico en el que sobresalen
las puras, bienaventuradas, ideas platónicas.
En
aquel verano de 1875 es cuando traduce La Hechicera, de Teócrito,
la hechicera que con sus conjuros hace volver al amor que
se aleja; dos composiciones de Catulo, aquel Catulo cuyos
versos se había aprendido de memoria repasándolos
en la edición microscópica que le había
regalado Posada Herrera, y que llevaba de chico en el bolsillo
del chaleco; dos odas de Horacio, de su Horacio, el «monarca
de la lira», al que tal vez ensayaba ya dirigir su famosa
Epístola; un fragmento de Petronio sobre cuyo Satyricón
había tratado largamente en su tesis doctoral; el
Himno de Prudencio, poeta cristiano, A los mártires
de Zaragoza; y los Sepulcros del descreído Hugo Fóscolo;
y aquella inspiradísima Paráfrasis de
una oda teológica de Sinesio de Cirene, en versos
que no hubiera desdeñado el mismo Fray Luis de León.
«Huyo de la falacia
De profanos amores,
Por el eterno amor que nunca sacia;
De mundanos loores,
Por el divino aliento de la Gracia.
¿Es
comparable el oro,
O la beldad terrena,
O de los reyes
el tesoro,
O la amorosa pena,
Al pensamiento del Señor
que adoro?»
Sí, era
ya otro; estaba alcanzando en tan temprana edad la madurez
de un hombre de estudios; había dado a luz varios
trabajos de crítica literaria: sobre las Obras inéditas
de Cervantes, publicadas por D. Adolfo de Castro, sobre Pedro
de Valencia,Noticias para la historia de nuestra métrica,
Noticias literarias sobre los jesuitas españoles extrañados
del reino en tiempo de Carlos III, varias Noticias bibliográficas,
su peregrina tesis doctoral La Novela entre los latinos;
tenía dispuesto para la imprenta su estudio sobre
Trueba y Cosío y más de 50 biografías
para su Biblioteca de Traductores, tres de ellas premiadas
en un solo concurso de La Ilustración Española
y Americana. Era colaborador de esta revista, de la Revista
Histórico-Latina y de la Miscelánea Científica
y Literaria, de Barcelona, de la Revista Europea y de La
Tertulia; se había hecho ya amigo de Valera, de los
Pidales, y de otros muchos hombres de letras madrileños;
formaba con los de Santander la Sociedad de Bibliófilos
Cántabros y recogía datos para escribir toda
una colección o biblioteca de Escritores montañeses;
poseía ya sólidos conocimientos científicos,
históricos y filosóficos -a pesar de haber
querido suspenderle Salmerón en Metafísica
el año anterior- como pudo demostrarlo, pocos meses
después, al comenzar la polémica sobre La Ciencia
Española.
Era por tanto
natural que aquel candoroso poema infantil, en el que hay
versos que recuerdan mucho los de Quintana, Gallego, el Duque
de Rivas, etc., y en los que las imitaciones de los
grandes poemas clásicos La Ilíada y La Eneida
son tan patentes y directas que a veces parecen calcos, hiciese
sonreír a su autor y no quisiera éste que tal
ingenuidad poética, que tantas desazones le había
proporcionado de niño, viese la luz pública.
Y entonces fue -por el mismo carácter de letra ya
casi hecha se puede reconocer también la época
-cuando, en una de las copias del poema, escrita por su padre,
no en el original autógrafo que también se
conserva, estampó su prohibición de que se
diese a conocer del poema más que el título.
Había que prevenirse;
porque su buen padre y su tío Juan -Juanito- y algunos
entusiastas amigos, a los que las sonoras estrofas retumbaban
aún en los oídos, eran muy capaces de organizar,
durante sus proyectadas ausencias, nuevas lecturas públicas
del poema, como aquella del Ateneo en el año 72, o
de imprimirlo, al menos en edición privada, para que
lo conociesen íntegro sus paisanos, sus profesores
y amigos.
Este es, a mi modo
de ver, el sentido claro de la prohibición de don
Marcelino de que se diera a conocer su Poema. La puso al
frente de una de las copias del padre, porque para él
y los suyos estaba escrita principalmente; si Menéndez
Pelayo hubiera deseado que el Poema no se diera jamás
a la estampa lo hubiera roto; habría destruido el
original y todas las copias en lugar de conservarlas tan
cuidadosamente.
No era para
darlo entonces a la estampa aquel su ensayo infantil, que
nada podía añadir al lauro de poeta, al que
aún aspiraba por entonces con todo entusiasmo; pero
se daba ya cuenta Menéndez Pelayo de que su personalidad
de escritor había de pertenecer a la historia, y que
aquellos sus primeros pasos por el camino de la poesía
podían interesar al historiador, al biógrafo
de mañana. Publicarlo él o consentir que sus
deudos publicasen el poema de D. Alonso de Aguilar hubiera
sido una inocentada; el que ahora, a los 42 años de
muerto su autor y en vísperas de la conmemoración
del Centenario de su nacimiento, en el que se han de hacer
estudios serios sobre las distintas facetas de la personalidad
literaria de don Marcelino, lo demos nosotros a conocer,
nos parece un deber, que nos agradecerán muchos y
que al mismo autor no había de desagradar.
Enrique
Sánchez Reyes
Advertencia histórica
Aunque es bastante conocido
el hecho que sirve de argumento a este poema, creemos oportuno
dar algunas noticias históricas tomadas de los escritores
del siglo XVI y de algún otro posterior. «El año
1500, dice Mármol, los moros de la Sierra y Alpujarras,
se rebelaron, diciendo que se les quebrantaban los capítulos
de las paces con que se habían entregado. Sabidos
estos alborotos en Sevilla, el Rey Católico partió
para Granada, a 27 de enero y mandó al Conde de Tendilla
y a Gonzalo Hernández de Córdoba que fuesen
sobre el castillo de Güéjar, donde se habían
recogido algunos moros de los alzados; los cuales fueron
luego sobre él y tomándole le destruyeron,
no sin gran daño de la gente de armas que llevaban.
El Conde de Lerín fue sobre Andarax, porque los moros
de aquella taha (comarca), se habían hecho fuertes
en el castillo de Lanjar y ganándole por fuerza de
armas, voló con pólvora la mezquita mayor.
Y el Rey D. Fernando entró por el valle de Lecrín,
cercó y ganó el castillo y lugar de Lanjarón,
viernes a siete días del mes de marzo, llevando consigo
al alcaide de los Donceles, a Gonzalo Mejía, al comendador
mayor de Calatrava y a otros muchos señores y caballeros.
«Siendo pues opresos los rebeldes
con increíble presteza y allanadas las cosas de la
Alpujarra, volvió el Rey a Sevilla. El año
501 se alzaron varios lugares de la Serranía de Ronda
y Sierra Bermeja y Villaluenga, y sus Altezas enviaron contra
ellos al Conde de Ureña y a D. Alonso de Aguilar.
Mas no les sucedió tan prósperamente, pues
fueron desbaratados en un lugar, llamado Calaluí,
cerca de Ginalguacil, martes en la noche a dieciséis
días del mes de marzo, muriendo D. Alonso de Aguilar
a manos de un moro llamado el Ferí, vecino de
Ben-Estepar. Escapó D. Pedro, su hijo, con los dientes
quebrados de una pedrada y el Conde de Ureña y los
demás, con grandísimo trabajo.» Hasta aquí
Mármol, libro I, cap. XXVIII.327
Gonzalo
Fernández de Oviedo y Valdés, en sus Quincuagenas
(Bat. Iª, Quin. Iª, Dial. 36), asegura que D. Alonso fue
muy gentil capitán y valiente lanza y muchas veces
dio testimonio de su animoso esfuerzo.
Abarca,
en su obra titulada Reyes de Aragón, hace el siguiente
elogio del héroe castellano: «Fue sugeto de grande
autoridad entre los grandes de su tiempo, por su linaje,
por sus prendas personales y por los altos puestos que ocupó
así en la paz como en la guerra. Hizo ésta
a los infieles, por espacio de cuarenta años, bajo
el estandarte de su casa en la niñez y como caudillo
de sus gentes más adelante o como virrey de Andalucía
y capitán de los ejércitos reales. Fué
el quinto señor de su cristiana y belicosa casa que
pereció combatiendo por su patria y religión
contra la maldita secta de Mahoma y debe creerse que su alma
recibió en el cielo la gloriosa palma del soldado
cristiano, puesto que iba fortificado con los santos sacramentos
de la Confesión y Comunión, que aquella misma
mañana recibiera.» (Reyes de Aragón, tomo II,
página 340 y 341.)
Bleda
afirma en su Crónica de los Moros de España
(Valencia, 1618; libro 5.º, capítulo 26) que abierto
el sepulcro del héroe muchos años después
de su muerte, se encontró introducido en sus huesos
el hierro de la lanza con que fue herido por el Ferí
de Benestepar.
Era D. Alonso
natural de Córdoba y hermano mayor del Gran Capitán.
Paulo Giovio (Vita magni Gonsalvi) hace derivar el nombre
de Aguilar del águila, enseña de los guerreros
de su casa. Por los servicios de sus antepasados en tiempo
de San Fernando, se les concedió el derecho de usar
el apellido Córdoba, por el cual fue conocido siempre
Gonzalo. Distinguiose mucho en las guerras de Portugal y
de Granada, y por su valor y pericia militar llegó
a merecer la confianza de sus soberanos. Tuvo en su juventud
largas rivalidades con su primo el Conde de Cabra. «El año 876 de la Égira (1471 de la Era Cristiana),
dice Conde, pidió campo al Rey de Granada D. Diego
de Córdoba contra D. Alonso de Aguilar, con quien
estaba enemistado y habiéndolo pedido al Rey de Castilla,
su señor, no se lo había concedido. Recibiole
bien Abul-Hacén y le señaló campo en
la vega, y como detenido por su señor el rey, no viniese
el día aplazado D. Alonso de Aguilar, el Rey de Granada
le declaró por vencido. Estaba presente cierto caballero,
pariente del cristiano Aguilar y se ofreció a tener
campo por el ausente y pelear con su contrario, asegurando
que D. Alonso era tan buen caballero que no faltaba por su
voluntad a la aplazada lid y que no consentiría que
se le declarase por vencido ni por cobarde. El rey Abul-Hacén
no le permitió salir a pelear, diciendo que había
dado seguro a don Diego de Córdoba y como aquel caballero
porfiase, el Rey le mandó matar por su falta de respeto,
y por intercesión de D. Diego de Córdoba, a
quien el Rey estimaba mucho, le perdonó.»328
Hallose
D. Alonso en la desgraciada expedición de la Ajarquía
y a él se debió en gran parte la victoria de
Lucena y la prisión del rey Boabdil. Concurrió
a las conquistas de Málaga, de Baza y de Granada,
y coronó sus hazañas con la gloriosa muerte
que recibió en Sierra Bermeja. A este funesto combate
asistió, aunque no lo refiera Mármol, D. Juan
de Silva, Conde de Cifuentes, asistente de Sevilla, que mandaba
trescientos caballos y dos mil infantes. Apenas sufrieron
pérdida sus gentes, pues quedó al pie de la
Sierra, custodiando el campamento y protegió la retirada
del Conde de Ureña y de D. Pedro de Córdoba,
a quien dieron los Reyes Católicos el título
de Marqués de Priego. En 1570 el Duque de Arcos, descendiente
del Marqués de Cádiz, atravesó aquel
sitio para sofocar la segunda rebelión de los moriscos
granadinos. Veíanse por doquiera lanzas, arneses y
armaduras destrozadas, blanqueban los huesos de los que perecieron
al lado del señor de Aguilar, porque hacía
medio siglo que ningún castellano había puesto
su planta en aquellas rocas inaccesibles.329
El
pueblo acusó al Conde de Ureña de haber abandonado
a su compañero de armas en la Sierra, y Bleda ha conservado
dos versos de un romance en que se le increpa en estos términos:
Decidme, Conde de Ureña,
¿Dónde D. Alonso
queda?
«Salió como
buen caballero, dice Mendoza, aunque dando ocasión
a los cantares y libertad española.»
Ginés
Pérez de Hita, en su Historia de las Guerras Civiles
de Granada, atribuye a D. Alonso varios hechos conocidamente
fabulosos y refiere su muerte con alguna diversidad en las
circunstancias.
Fue tan célebre
en Castilla el desastre de Sierra Bermeja, que sobre él
se compusieron tres bellísimos romances insertos en
la obra de Hita y en el Romancero General (Madrid, 1614,
por Juan de la Cuesta).
El
jurado de Córdoba, Juan Rufo, en su poema La Austríada,
impreso en 1585, Toledo, dedica a D. Alonso este breve y
honroso recuerdo:
Tendrá Córdoba siempre el
dolor vivo,
Igual con la razón y el sentimiento,
Que se debe a la muerte presurosa
De un hijo, por quien
ella fué famosa.
¡Oh
cara, ilustre prenda, quién pudiera
Tu ingenio
y tu valor mayor que humano,
En voz cantar que perdurable
fuera,
Por todo cuanto abraza el oceano!;
Que si el
acerbo fin no previniera
El largo paso de tu orgullo ufano,
Tú fueras, D. Alonso, en todo el mundo,
Mayor
que fué tu hermano sin segundo.
El
que desee más pormenores puede consultar las obras
siguientes: Historia de los Reyes Católicos, de Andrés
Bernáldez, Cura de los Palacios, publicada modernamente
en Sevilla por la Sociedad de Bibliófilos Andaluces;
Anales de Sevilla, de Ortiz de Zúñiga
(Madrid, 1677); Zurita, Anales de Aragón (Zaragoza,
1585), Garibay, Compendio Historial; Sandoval, Historia del
Emperador Carlos V (tomo I, página 5.ª); Mariana,
Historia de España; Prescott, Historia de los Reyes
Católicos, etc. Además de los autores citados
en la presente noticia, Hernando de Baeza, Relaciones acerca
de los últimos tiempos del Reino de Granada, publicadas
por la Sociedad de Bibliófilos Españoles.
M. Menéndez Pelayo.
Invocación
Et pius est, patriae facta referre, labor.
(Ovidio, Trist.,
lib. 11, 322.)
Oh musa
celestial, tú que cantaste
La cólera
del hijo de Peleo,
Tú que al piadoso Eneas celebraste
Cuando surcó las ondas de Nereo,
Y al desterrado
Dante acompañaste
En las negras orillas del Leteo
Del Averno los antros recorriendo
Al divino Virgilio
en pos siguiendo;
Tú
que inspiraste al vate lusitano
Cuando cantó las
naves que surcaban
Las espumas del férvido Oceano,
Y al reino de la aurora navegaban
Mientras en la región
del aire vano
Los vientos blandamente respiraban
Y
el céfiro ligero se mecía
Y las cóncavas
velas impelía;
Divina
Clío, tú que en el Parnaso
Inspiraste al
cantor de Godofredo,
Tú que dictaste de Sorrento
al Tasso
Las glorias de Reinaldo y de Tancredo,
Que
meciste la cuna a Garcilaso
Al pie de las murallas de
Toledo,
Tú, que al Homero inglés, a Milton
ciego,
De sacra inspiración le diste el fuego;
Préstame, oh musa, tu
sagrada lira,
La lira que pulsó el divino Herrera
Cuando la triste Lusitania mira
Llorar su error del
Tajo en la ribera;
El Betis su doliente son admira,
Y su sonora voz en la pradera
Las ninfas y los faunos
aplaudieron
Y su canto sublime repitieron,
Quiero alzar a mi patria un monumento,
Que el tiempo no destruya ni el olvido,
Que si humilde
es mi voz, débil mi acento,
Grande es el de Aguilar
y esclarecido.
Los siglos correrán cual un momento,
Los imperios caerán que han existido,
Su gloria
quedará cual firme roca
Que el mar en vano con
sus aguas toca.
Ya el
pendón de Castilla tremolaba
En las torres de Baza
y Almería,
Ya el Conde de Castilla gobernaba
De Muley Alhamar la monarquía,
La Alhambra, el
Albaicín y la Alcazaba,
La morisca ciudad de Andalucía
Mostraban ya la cruz en sus almenas
Donde brillaron
lunas agarenas.
En la bella
ciudad que el Genil riega
Y el Darro con sus aguas fertiliza,
No cruzan ya su deliciosa vega
Los agarenos en revuelta
liza,
Ni el granadino ya las cañas juega,
Ni
en opuesto escuadrón hace ya riza,
Ni ostenta ya
sus cifras y pendones
Ni cabezas suspende en los arzones.
Ni una sonrisa de su mora bella
Hace que el musulmán de amores arda,
Ni una
palabra de sus labios sella
Amor eterno, que inviolable
guarda;
Ni a los peligros lánzase por ella,
Ni a Granada abandona en noche tarda,
Ni la dirige ya
sus tristes ojos
Para volver cargado de despojos.
A las arenas líbicas
lanzados,
De la Numidia a los peñascos duros,
Tendían sus ojos, de llorar cansados,
De la ciudad
a los perdidos muros;
Y al contemplar los campos tan amados
En la desierta playa mal seguros,
Elevaban al cielo
sus clamores
Y mostraban inútiles furores.
Y ya las barras de Aragón unidas
De Castilla a los ínclitos leones,
En el Mediterráneo
tan temidas,
Dilataban su nombre y sus blasones;
Sus
armas, por Gonzalo conducidas,
Sometían indómitas
naciones;
De sus corceles al fogoso vuelo
Parténope
sintió temblar su suelo.
Porque
ya la cristiana monarquía,
Del Pirene nevado al
mar de Atlante,
Sus armas dilataba y extendía,
Doquier llevando su pendón triunfante;
Del Católico
Rey la sien ceñía,
Cual blanca perla o fúlgido
diamante,
De Aragón la corona esclarecida,
Ya
de Castilla a la diadema unida.
Y
rota al fin la artificial barrera,
Que ambos pueblos un
día separaba,
Al aire ondeaba sólo una bandera,
Y España en torno se agrupaba
Y Patria y Religión
su enseña era;
Y ante ella el Universo se inclinaba,
Que Dios sus estandartes bendecía
Y un Apóstol
sus haces dirigía.
Y
en alas de la fe y de la esperanza,
Siguiendo luego a
un genovés osado,
Sus leños entregaron sin
tardanza
A las iras del hondo ponto hinchado;
Y surcaron
en plácida bonanza
Ondas de un mar jamás
atravesado,
Y náyades y faunos y tritones
Saludan
al partir sus galeones.
Y el
viento juega en las tendidas lonas
Y el aire cruzan las
pintadas aves,
Y vense ya del monte las coronas,
Y
espumas cortan las ligeras naves;
Y un mundo al cetro
de Castilla donas
Tú, Dios, que solo su destino
sabes
Y les conduces a abrasada arena
Del mar azul
por la extensión serena.
Y
en las remotas playas de Occidente,
Ocultas hasta entonces
e ignoradas,
Bajo los rayos de su sol ardiente
Por
el salvaje habitador pobladas,
En cuya virgen selva sólo
siente
Rugir el viento en rápidas oleadas,
Enclavaron
la cruz de sus pendones
Entra barras, castillos y leones.
Canto I
... Bella, horrida bella,
Et Tybrim multo spumantem sangitine cerno.
(Virgilio, Æneid,
VI, 86.)
Argumento. -Levantamiento de los moriscos en
la Alpujarra. -Llegada del Ferí de Benestepar. -Su
discurso. -Contestación de Gazul. -Se disponen para
el combate y eligen por caudillo al Ferí.