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Baer, Bischoff, Oken, Carus, Haeckel, Ecker, etc. -L. Agassiz, sin embargo, cree necesario limitar este paralelismo que Owen parece que llega a negar decididamente.
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I. H. Fichte protesta en su Antropología contra la opinión general de que el hombre no se distingue del animal, sino porque sobre la base común a ambos (v. g., el conocimiento sensible, etc.) se añaden en el primero tales o cuales facultades más. «Nada en el animal es igual al hombre, dice, nada poseen en común;» (pár. 235) sentido enteramente opuesto a la conocida sentencia de Linneo (mineralia crescunt, vegetabilia crescunt et vivunt, animalia crescunt, vivunt et sentiunt), que completó nuestro doctor Fabra, con aquella otra que establece en el discurso preliminar a su Fil. de la legislación natural (1838), en que también se decide en pro del reino hominal.
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La relación del grado de la vida psíquica con el del desarrollo del cerebro y en general del sistema nervioso, ha comenzado a ponerse en duda. Así, nota, por ejemplo, Debrou (La vie 3.ªparte, IV) que entrelos moluscos e insectos, que carecen de cerebro y cuyo sistema nervioso es por demás rudimentario, se, hallan especies (la araña, la hormiga, la abeja, etc., etc.), que superan en inteligencia a grandes vertebrados como el toro, el cerdo o el carnero. Además, animales en quienes hasta hoy no ha sido posible descubrir vestigio alguno, no ya de sistema, sino ni aun de masa nerviosa (v. g. en los infusorios), se hallan lejos de carecer de vida psíquica. El mismo T. E. Martin (Phil. spiritualiste de la nature, II, c. 270, pár. 129) no se atreva a negarlo. -Carus, sin embargo, proclama enérgicamente (Psic. comp., IV) al sistema nervioso como condición irremisible de todo fenómeno espiritual. Otro tanto afirma Prisco, Elementos de fil. especulativa tr. esp.), II, 199, pár. 15.
34
Fisiología, t. V, parte 4.a.
35
La vie, 2.ª parte.
36
Science et phil.;Ie probléme de l'ame, II.
37
Bain, Espíritu y cuerpo y Psicología (tr. fr.); H. Spencer, Principios de Psicología (id.), Despine, Psychol. naturelle; Huxley, Movimiento y conciencia (tr. fr.); Carpenter, Fisiol. del espíritu (id.) Wundt, Psicol. fisiológica (al); Ribot, Luys, Duboys-Reymond, etc., etc.
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Este es uno de los más graves errores que afean el bello libro de Bernardino de Saint-Pierre Etudes de la nature, donde tan geniales intuiciones y presentimientos se encuentran a cada paso. Menos disculpa tienen todavía los modernos escolásticos que, como Taparelli (Ensayo de Der. nat., n. XXVIII al libro I) sostienen «que el hombre no tiene deber alguno para con los animales.»(!) Ya Tertuliano decía que Dios mundum, homini, non sibi fecit; sentido que es también el de San Agustín, cuando afirma que lo racional es el fin de la creación toda (Ritter. ob. cit.) Entre nosotros, recientemente, el sr. Ortí y Lara en su Introd. al estudio del Derecho natural, se burla con más donaire que prudencia del pretendido derecho de los animales.
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Un distinguido astrónomo me escribía poco ha las siguientes graves consideraciones: «... para los animales no hay vida eterna, en que puedan esperar recompensa; y sin embargo, padecen en esta a veces horriblemente. No quiero hablar de las dolencias físicas que puedan experimentar, ni aun de los malos tratamientos ni privaciones... de que a un pajarito saquen les ojos unos inocentes y futuros asesinos o que un pobre perro sufra durante quince días las consecuencias de las inspiraciones de un Brown Séquard o de un Claudio Bernard... Pero no es esto a lo que quiero referirme; intento hablar de los sufrimientos morales de las bestias. ¿Es o no verdad que, entre otras muchas cosas, sabemos, que algunos perros han muerto de dolor sobre la sepultura de sus amos?... ¿El hombre capaz de estos sacrificios encontrará su galardón, y para el pobre animal será estéril su sufrimiento?... o no hay Providencia, o hay segunda vida para los animales».
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En su Psyché y en su Psicología comparada.