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Una creación artística innovadora que enlazará con «una vida y un pensamiento nuevos» (1, p. 38), los mismos que, en otro texto, Larrea intuye genéricamente a través de sus teorías sobre el Nuevo Mundo y, concreta en dos pintores que han sabido encaminarse hacia este porvenir con paso firme: Pablo Picasso y Joan Miró. (El artículo sobre el pintor catalán fue originalmente publicado con el título de «Miroir d'Espagne» en Cahiers d'Art [1937] y, junto a la noticia sobre la exposición de Picasso [1, pp. 35-36], ejemplifica muy bien los inicios de su carrera como crítico de arte por la que fue conocido, especialmente, en Estados Unidos).

 

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Aunque las conclusiones sean las mismas, conviene tener en cuenta la mayoritaria reacción ante las vanguardias no obedece a los mismos intereses ideológicos o artísticos. Así, Ramón Gaya rechaza el surrealismo porque considera que se ha adquirido un carácter histórico y, por tanto, desde el momento en que ha sido aceptado por la sociedad, ha perdido su fuerza renovadora.

 

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Así se expresaba Eugenio Imaz en su comentario de Pensamiento y poesía en la vida española y Filosofía y Poesía de María Zambrano, en términos que servían bien para marcar la específica posición del intelectual exiliado ante sus antecedentes y la necesidad de basarse en ellos para proseguir su labor: «Pero a nosotros se nos ha cercenado todo lo viejo y lo que se creería desembarazo y privilegio se convierte en la ausencia brutalmente presente del miembro amputado. Y una de dos: o asistimos en nuestra propia carne al reclamado milagro de la pierna recrecida o ya tenemos de por vida un molde doloroso para nuestra nostalgia» («Dos libros de María Zambrano» 1, p. 38)

 

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Este mural supuso un primer intento de pintura colectiva, en que tuvo un papel destacado Josep Renau y su mujer, Manuela Ballester. Cf. Romance, 4, 15 marzo 1940, p. 7, donde se transcriben unas palabras del propio Siqueiros: «Yo afirmo que la obra pictórica mural que realiza en el Sindicato Mexicano de Electricista el Equipo Internacional de Artes Plásticas, formado por mexicanos, españoles y yanquis, significa la continuación, el segundo escaló de un movimiento trascendental en favor del Arte Público y frente a frente del estatismo «Occidental», esto es, del arte snob moderno de Europa...». A pesar de sus grandes proyectos, el muralista mexicano abandonó el trabajo -por aquellas fechas se estaba tramando el atentado contra Trosky-, que, finalmente, fue concluido por Renau y su mujer.

 

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R. Gaya, «Carta de un pintor a un cartelista», Hora de España, 1, enero de 1937, pp. 59-61 y J. Renau, «Contestación a Ramón Gaya», Hora de España, 2, febrero de 1937, pp. 58-59. Cf. A. Jiménez Millán, «La intelectualidad republicana y Hora de España», loc. cit., pp. 359-60.

 

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J. Renau, loc. cit.

 

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De nuevo, obsérvese la afinidad entre estos planteamientos y los esbozados por Sánchez Barbudo en su respuesta a Guillermo de Torre, «La adhesión de los intelectuales a la causa popular», Hora de España, 7, julio 1937: «Nosotros, por otra parte, creemos en la eficacia, en la necesidad de un arte de propaganda... pero nunca creeremos que este arte de propaganda, si arte puede llamársele, sea el único, el exclusivo y propio de la revolución y los revolucionarios... ¿Qué usted no quiere, con Julien Benda, que la expresión artística y literaria quede reducida a mera propaganda? ¡Ni nosotros tampoco! Desde esta misma revista venimos desde hace meses defendiendo lo contrario... Creemos menos en el «arte social» que en el valor social del arte... Por otra parte, los intentos de «arte social» han tenido cierta importancia y han cumplido un papel histórico» (pp. 71-72, 74) -subrayado del autor.

 

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La ausencia del público «lógico» a que se refería Ayala en su conocido «Para quién escribimos nosotros», loc. cit., actúa, sin duda, como detonante de esta mayor preocupación por los lectores. Problematizan su ausencia y, con ello, teorizan sobre su importancia.

 

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A la manera de Salinas quien en su «Defensa de la lectura» diferenciaba entre el leedor y el lector -aquel leía por obligación, buscando informaciones útiles; este «lee por leer, por el puro gusto de leer, por amor invencible al libro, por ganas de estarse con él horas y horas, lo mismo que se quedaría con la amada; por recreo de pasarse las tardes sintiendo correr, acompasados, los versos del libro y las ondas del río en cuya margen se recuesta. Ningún ánimo, en él, de sacar de lo que está leyendo ganancia material, ascensos, dineros, noticias concretas que le aúpen en la social escala, nada que esté más allá del libro mismo y de su mundo» (El Defensor, (Madrid, 1967), p. 167), usamos el término para describir no a quien mira, sin más, sino a quien pretende penetrar en cada obra -tal es la propuesta de Renau- buscando un placer similar al de ese lector saliniano.

 

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Esta defensa de un acercamiento intuitivo al arte nos remite a Bergson y sus teorías vitalistas que anunciaban la posibilidad de superar el abismo epistemológico que existía entre el «yo» y el «otro».

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