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«Todos ellos [Marañón, Pérez de Ayala y Machado] habían estado mucho más cercanos a Unamuno que a Ortega; fue la voluntaria renuncia del primero a desempeñar cualquier protagonismo y alzar una bandera programática lo que les hizo pasar a aceptar la inspiración de Ortega. Unamuno prefirió seguir su agonía personal» (J. Tusell y G. Queipo de Llano, Los intelectuales y la República, Nerea, Madrid, 1990, p. 35)

 

522

Carta de Marañón dirigida a Miguel de Unamuno a su regreso del exilio francés, donde se anticipa la actitud generalizada de los republicanos españoles ante el escritor vasco. Cit. en Javier Tusell y G. Queipo de Llano, op. cit., p. 20.

 

523

Cf., por ejemplo, la nota «La muerte de Unamuno», Hora de España, 1, p. 33: «...La muerte de Unamuno, como todos los rumores atroces alrededor de otros nombres, traducen al campo de la intelectualidad española la pavorosa tragedia popular de una nación concurrida hasta sus cimientos. Unamuno, a quien todos hemos amado y combatido, muerte como era fatal que muriese, en flagrante contradicción con todos y con todo. Miguel de Unamuno no tenía un desemboque real. Su fuego no era, quizá, de este tiempo; pero era fuego, y, como tal, era vida. El, como nadie, se había llevado a la tumba el frío de una España triste, paseada por mercenarios».

 

524

Una actitud que le distanció de muchos de los hombres de su generación y le llevó a formular diversas sugerencias sobre el futuro de la América Hispana. Cf. el completo ensayo del español Luis Echávarri, «Unamuno y América», Síntesis, 31, diciembre 1929, pp. 21-34.

 

525

Vid. A. W. Ashhurst, La literatura hispanoamericana en la crítica literaria española, Gredos, Madrid, 1980 y B. Matamoro, «La literatura hispanoamericana en la crítica española», República de las Letras, 17, enero 1987, pp. 44-46.

 

526

Zuleta, E. de, Relaciones literarias entre España y Argentina, op. cit., p. 32.

 

527

Ibídem, pp. 53-54. Sobre ellos afirmaba J.L. Borges, en 1923: «Hace bastante tiempo que mi espíritu vive en la apasionada intimidad de sus versos» y destacaba, a continuación, los rasgos más sobresalientes de la poética unamuniana: hondura metafísica, precisión conceptista y universalidad (Ibídem, p. 46).

 

528

Entre estas últimas cabe destacar el texto que, bajo la forma de carta a un profesor español instalado en Buenos Aires (quizás Américo Castro), atacaba despiadadamente la situación política española y sirvió, según se indica en otra nota publicada en Nosotros en 1924, como detonante del destierro unamuniano. (Esta carta se publicó en Nosotros (I, 175, diciembre, 1923, pp. 520-521) con el título «Un grito del corazón; hermosas palabras de un hombre libre». Otros artículos aparecidos en esta publicación sobre él son: «El confinamiento de Unamuno», I, 177, febrero 1934, pp. 296-298; Lorenzo F., «Unamuno y el Sol, I, 178, marzo 1924, pp. 437-439.; M. Bromberger, «Con Unamuno en Salamanca» y H.W. Cowes, «Don Miguel de Unamuno y sus contradicciones», II, 10, enero 1937, pp. 78-82 y pp. 82-86.).

 

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Es citado por Carner a raíz de este acendrado hispanismo basado en la lengua (1, p. 37) y Sánchez Trincado (10, pp. 32-34). Aparece también en diferentes secciones como Memorias de Ultratumba (5, p. 207).

 

530

La obra había sido publicada originalmente en 1920, junto a Dos madres y El marqués de hombría con el título Tres novelas ejemplares y un prólogo (Calpe, 1920). Apareció más tarde sin las otras dos novelas cortas en la Imprenta Gráfica, en 1925. Eugenio Imaz seguramente estaba pensando en el título de esta obra cuando inicia su artículo «Pensamiento desterrado» de esta traza: «Soy un desterrado, un refugiado político. Soy un hombre. Nada menos que todo un hombre...» (3, p. 107).

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