511
Este número, el último y durante tantos años desaparecido, iba fechado en noviembre de 1938, pero se imprimió en enero de 1939. Cf. M. Zambrano, «Hora de España XXIII (Introducción en la edición facsímil de 1977)», III-XX y F. Caudet, «Apuntes para la biografía de Hora de España, nº 23», en la reimpresión facsímil de este número (1977). El poema de Vallejo aparece con una introducción de A.S.P. (Arturo Serrano Plaja).
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Un rigor del que también carecieron, al menos al principio, algunos poetas del otro lado del Atlántico que empezaron a interesarse por Vallejo progresivamente: a los colaboradores de la revista Espadaña de Victoriano Crémer y Eugenio de Nora, siguieron los estudios de J.M. Valverde publicados más tarde en libro y, ya al final y revalorizando todos estos intentos, Blas de Otero se vio fuertemente influido por él. Vid. Chicharro Chamorro, Teoría y crítica literaria en Blas de Otero, Universidad de Granada, Granada, 1991 y J.A. Valente, Las palabras de la tribu, Tusquets, Barcelona, 1994. En los últimos años, la desaparecida editorial Laia emprendió la admirable empresa de publicar toda la obra vallejiana conocida, en nueve tomos. La tarea quedó inconclusa, editándose únicamente seis de los volúmenes programados.
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Publicado por la madrileña Cátedra en 1988, p. 71. El mismo Larrea reconocía este hecho cuando, algunos años más tarde, confesaba de forma implícitamente autocrítica: «En forma al parecer arbitraria y por lo pronto tímidamente gradual, su prestigio se dio a crecer alimentado por los sentimientos que despertaba su figura...por razones en buena parte políticas o asimilables a esa sensibilidad, por motivos tangencialmente literarios, su persona empezó a dar que hablar en algunos artículos de opinión» (Prólogo a Poesía Completa de César Vallejo, Laia, Barcelona, 1976, p. 10).
514
Taller, II, 10, marzo-abril 1940, p. 47.
515
Cit. en Mainer, La Edad de Plata, op. cit., pp. 141-142.
516
Ibídem, p. 142.
517
J. R. Marrá-López, Narrativa española fuera de España, Guadarrama, Madrid, 1963, p. 70.
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Incluso algunos años más tarde, en 1955, Sender volvió a referirse a Unamuno en su libro Unamuno, Valle-Inclán, Baroja y Santayana -después reeditado como Examen de ingenios; Los noventayochos (1961)-, el cual, a juicio de Germán Gullón, «más que independencia manifiesta arbitrariedad. Su violento ataque de Unamuno carece de justificación; es un desahogo y no una crítica. El resentimiento anuló toda posibilidad de examen objetivo del genio y el ingenio de Unamuno...» («El ensayo y la crítica», en J. L. Abellán, El exilio español de 1939, op. cit., IV, p. 272). Sender había representado muy bien esta orientación revolucionaria descalificadora de Unamuno en Orto, el año 1932, cuando afirmaba: «La cultura española está ya decidida hacia la nueva sensibilidad revolucionaria. Los primates del decadentismo del 98 y con ellos su primer representante, Miguel de Unamuno, no interesan. Sus libros no se lee...» (cit. en C. A. Molina, op. cit., p. 173).
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Exilio que resultó, tal como los republicanos de 1939 querían que fuera el suyo propio, muy prolífico en la creación literaria y publicista -recordemos Hojas Libres y España con honra- y, más importante aún, consiguió una importante repercusión entre la comunidad intelectual del país de origen.
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J. C. Mainer, «Algunas expresiones culturales entre 1902-1903 [sic]», Historia social de España. Siglo XX, Madrid, 1976, p. 122. Unas páginas más arriba, el mismo Mainer se refiere al intelectual que luchaba, agónicamente, «por una idea de pueblo traicionado que, no sin causa, Iliá Ehrenburg pudo comparar a la de los más fogosos conservadores panaeslavistas rusos del siglo XIX» (p. 119).