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José Monleón, El Mono Azul. Teatro de urgencia y romancero de la guerra civil, op. cit., pp. 29-30.

 

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Aunque no aparece firmado, detrás advertimos la mano de Bergamín: a ello contribuyen su cita del inolvidable «nuestro Unamuno» y, sobre todo, la función introductoria de uno de los poemas inéditos de Lorca, que están en poder de Bergamín, así como las referencias al cristianismo progresista. De todas formas, Larrea no fue su autor: de ser así, lo hubiese indicado -como hace en otras muchas ocasiones en que no aparecía su firma en el original- en el índice alfabético preparado para la reimpresión facsimilar de España Peregrina.

 

493

Este misma introducción se reimprimió, precediendo al poema, en Repertorio Americano, San José de Costa Rica, 6 de abril de 1940, p. 141. Cit. en D. Eisenberg, op. cit., p. 94.

 

494

La coincidencia con muchos de los conceptos expresados en el prólogo de Bergamín a la edición de Poeta en Nueva York -también aparecido en la edición americana de Norton- no es casual, si consideramos que estas ideas se esbozaron ya durante la guerra y continuaron formulándose nada más llegar a México, como ejemplifica el propio Bergamín a través de la serie de dos conferencias que bajo el título genérico de «¿Dónde está España? Tres voces vivas y un [sic] silencio de muerte)» realizó el editor de Séneca en julio de 1939, en la Casa de España. En ellas, como se nos informa en el número 7 de Letras de México, se trataron los siguientes temas: «1ª: España en la Luna: El espejo lunático de Larra. El Cristo Lunar de Unamuno. 2º. España en la Tierra: La muerte en el alba de Federico García Lorca. El mediodía mortal de Antonio Machado» (15 julio 1939, p. 1).

 

495

Habíamos observado como en la publicidad de la casa editorial no aparece la mención al libro de Lorca hasta el mes de abril, justo un par de meses antes de su aparición. Descartando la idea de que Bergamín no pensaba publicar un texto que se preveía tendría un gran éxito, han aparecido diversas hipótesis, ninguna comprobada: D. Eisenberg, por ejemplo, considera que no se dio noticia de su aparición hasta que el manuscrito original fue devuelto a México, pero, a pesar de su demostración, sus afirmaciones no resultan del todo convincentes. Cf. también G. Penalva, «José Bergamín y Poeta en Nueva York», Manojuelo de estudios literarios ofrecidos a José Manuel Blecua Teijeiro, Gredos, Madrid, 1983, pp. 185-193.

 

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D. Bary, op. cit., p. 121. Con tales pretensiones aparece, sin duda, en la reimpresión que se hizo del artículo en Letras de México (III, 1, 15 enero 1941, pp. 5-6 y 9), donde, digámoslo de paso, no se indica su procedencia, tal y como sucede con otros textos de la revista de la Junta.

 

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El mismo García Lorca había comentado, a propósito de un libro que por entonces era tan sólo un proyecto: «...y de impresiones neoyorkinas, el que puede titularse: La ciudad, interpretación personal, abstracción impersonal, sin lugar ni tiempo dentro de aquella ciudad mundo» (Gil Remnumeya, «Estampa de García Lorca», en Obras Completas, Aguilar, Madrid, 1977, vol. II, p. 938). Años más tarde, Devoto se refería a la última etapa del poeta andaluz, a propósito de Falla: «Las alusiones tangibles a lo español o lo españolista van desapareciendo de la lengua de estos dos creadores, que utilizan lo que los rodea para reconocerse y componerse, encarnando en ellos el acento de su pueblo para luego ascender y trascender en una total universalización: el poeta, en Poeta en Nueva York y sus composiciones últimas; el músico en su Concerto» («Notas sobre el elemento tradicional en la obra de García Lorca», Filología, vol. II, 3, 1950, reimpr. en I.M.Gil, Federico García Lorca, Taurus, Madrid, p. 72).

 

498

I.M. Gil, ibidem.

 

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Ya lo había anticipado en «Como un solo poeta»: «...la significación profunda de su obra, incluso en ese aspecto recóndito que probablemente escapó a la conciencia del artista» [2, p. 80]. En el texto a que nos referimos aquí, Larrea afirma: «Como España, el poeta muere, pues, en el Finisterre, en el fin de la tierra, víctima de las primeras insinuaciones del cielo en cuyas manos encomienda su espíritu; muere como el Verbo hispánico, revelando con su muerte la verdad -su verdad de hombre de sangre - a que se encuentra vinculado (¡ay, voz de mi abierto costado!). En este trance en que pugnan violentamente viejo y nuevo mundo, individualismo y espíritu universal, el poeta expira individualmente en el seno de la colectividad, dando testimonio de la existencia metafísica del poeta impersonal, de la entidad creadora, en este caso el Verbo hispánico, así como éste, esencialmente colectivo, da testimonio justificante de la vida del individuo» (6, pp. 251-252). Y reitera: «Allí estaba esperándole la muerte, la muerte del pueblo español, su muerte. Estaba escrito (6, p. 251), «Alzando su voz franca, noblemente colérica, pretendía justificarse, ignorando que ahora, en esta otra ribera, había de ser objeto de la redención del espíritu, plenamente justificado -lavado y ungido- para descansar gloriosamente en la memoria de los hombres» (6, p. 254).

 

500

M. Laffranque, «Puertas abiertas y cerradas en la poesía y el teatro de García Lorca», en I.M. Gil, op. cit., p. 75.

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