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Naturalmente, no descalificamos con esta afirmación toda la última producción, entre la cual se encuentran composiciones de calidad como «El crimen fue en Granada» que -según ha afirmado alguna vez Sánchez Barbudo-, es uno de las mejores poemas de la guerra civil.
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Vid. el número 4.
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IV, 21, p. 5.
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Respondía Bergamín en el mismo número de Letras de México: «Y la [opinión] del prólogo mío, a las Obras Completas de Antonio Machado, me parece muy respetable, aunque no comparto el criterio del poeta, sobre todo en dos extremos principales: el que se refiere a mi alusión a los jardines y galerías de la última mansión del poeta en Barcelona, que queriendo o sin querer J.R.J. tergiversa; y el de afirmar que mi evocación de la obra y figura de Antonio Machado en sus últimos tiempos de la guerra popular española, desvía a segundo término, o plano, esa obra y personalidad admirables; yo creo, por el contrario, que la trae a un primer término, a la plena luz de una realidad española que es la que mejor le corresponde y en la que verdaderamente debe situarse para su más claro entendimiento» (p. 6). Más adelante, en El Hijo Pródigo (abril 1944), «Las telarañas del juicio. ¿Qué es poesía?» todavía declarará su predilección por la poesía de Antonio Machado, por su humanidad, y rechaza la de Juan Ramón (Cf. esta polémica y su continuación en G. Penalva, op. cit., pp. 49-50).
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En efecto, el Homenaje realizado en México destaca por la limitada representatividad de los escritores que participaron en él: no se incluyen ninguno de los jóvenes españoles exiliados ni de los mexicanos de menor edad, de manera que todas las opiniones expuestas son afines a la Junta y, en ningún caso, se la cuestiona ni a ella ni a aquellos planteamientos que la distinguían como si fuera el único órgano del exilio intelectual español. Por otro lado, la heterogeneidad de los colaboradores en el otro Homenaje conlleva que el mayor interés recaiga en los asistentes, muestra de gran solidaridad, pero no tanto en los parlamentos que se realizaron.
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Nos referimos a la que realiza Joaquín Xirau, transcrita tan sólo en sus ideas principales.
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Convendría estudiar el amplio campo semántico referido a España, dada la importancia que la denominación adquiere como sustituto de un espacio concreto inasible. Y no sólo esto, sino también la adjetivación nueva que los exiliados proponen para autodefinirse: des-terrado, a-terrado, con-terrado, trans-terrado... son todos ellos términos evocadores (de la familia, los lugares conocidos, la infancia...) usados para definir al español exiliado de 1939. Aparte del adjetivo «desterrado» acuñado desde la Edad Media (J. L. Abellán, «El exilio como categoría cultural: implicaciones filosóficas», loc. cit., pp. 42 y ss.), los demás suelen ir asociados a quienes los han formulado -o inventado- con mayor rigor: Sánchez Vázquez, Juan Ramón Jiménez y José Gaos.
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Recordemos que José Bergamín manifestó también su admiración por Machado en otros muchos textos. De sus primeros meses en el exilio, destaca la publicación en Taller (4, julio de 1939) de dos sonetos en homenaje a Machado, que fueron reimpresos, a su vez, en Cuadernos Hispanoamericanos, 11-12, 1949, p. 506.
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C. Pellicer recita poemas en dos ocasiones; pero, de hecho, no aporta nada nuevo al homenaje.
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Este es, sin duda, uno de los aspectos más destacados de su primera intervención y sobre él volveremos a propósito de los otros dos escritores. De entrada, digamos que Bergamín establece una correlación entre las diferentes horas de la muerte de cada uno y su personalidad. Machado murió al mediodía como había predicho en su poema «Daba el reloj las doce...»: tuvo una «muerte plenamente esclarecida», tan «luminosa» como su vida.