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Un artículo con un título casi idéntico al citado, «Mentira de la civilización cristiana», fue publicado en Isla de San Juan de Puerto Rico, II., 4, abril de 1940, pp. 12-14. No hemos podido consultarlo, aunque suponemos -dada la práctica habitual de los escritores exiliados- que se trata de una reproducción del texto aparecido en el primer número de España Peregrina.

 

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«...por un lado el pueblo, con su profunda ignorancia, instruido sangrienta y eficazmente por la vida, por la política, busca certeramente para su país la única salida libre en la historia: la de delante» (1, p. 16). «Sólo el pueblo español decía la verdad, la sentía en su raíz y daba consecuentemente testimonio de ella» (4, p. 160). Cf. «Eugenio Imaz, un humanismo en agraz», en J.L. Abellán, Filosofía española en América, op. cit., p. 244.

 

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Anna Caballé realiza, a propósito del exiliado Paulino Masip, un estudio de la readaptación de este concepto en el exilio literario («Una visión intrahistórica de la guerra de España (el «Diario» de Masip)», A. Santa, ed., Literatura y guerra civil, PPU, Barcelona, 1988), pp. 263-274. Vid. como una pauta para un posible estudio de este concepto en el exilio a C. Blanco Aguinaga, quien en su «Unamuno contemplativo» (1959) niega su conservadurismo, así como el estudio de Serrano Poncela, El pensamiento de Unamuno (1953).

 

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Adviértase cómo el propio Imaz, en «Fastos culturales. Centenario del primer colegio de América» se refiere a Luis Vives y se refiere a la obra educativa de los humanistas como un antecedente de las propuestas pedagógicas republicanas (4, p. 181). Estas, coherentemente con el «mito de la cultura» acuñado, reforzaban la lucha ideológica y defendían cómo, a través de la educación, podía redimirse la humanidad.

 

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El interés por el romance, que había ido en descenso conforme avanzaba la guerra, dejó de interesar formalmente a los poetas desterrados (Cf. la entrevista a Serrano Plaja publicada por Francisco Caudet en Camp de l'Arpa, 16, enero 1975, pp. 15-18). No obstante, su significación como expresión popular, con todas las implicaciones ideológicas que ello conlleva, continúa: en este sentido se potencia su lectura a través de selecciones como la que realiza Francisco Giner de los Ríos para la Editorial Nuestro Pueblo, Tesoro de romances españoles» (1939), o se intenta recuperar su oralidad a través del Cancionero popular español (1940) de Halffter, en la misma editorial, que seguirá a Romance, Romances y villancicos españoles del siglo XVI. Dispuesto en edición moderna para canto y piano (Con un facsímil de un villancico de 1154), México, 1939.

 

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Cfr. el tan acertado artículo de Raquel Asún, «Literatura y guerra civil», en Estudios y ensayos, Universidad de Alcalá de Henares, Madrid, 1991, donde se plantea la evolución de estos conceptos durante el período 1936-1939.

 

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Cf. L. Fernández Cifuentes, Teoría y mercado de la novela en España: del 98 a la República, Gredos, Madrid, 1982.

 

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Una integración que encontramos en continuos paralelismos y coincidencia de planteamientos: «Por eso nosotros, republicanos españoles, hacemos también nuestra la figura de Quiroga [el fundador del Colegio de San Nicolás Obispo, la institución de estudios superiores más antigua de América, creada para que en ella recibieran instrucción españoles e indígenas] y unimos su celebración a la de Luis Vives, este otro cristiano a fondo que persiguió radicalmente una obra de pacificación y de educación» (p. 181).

 

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«...es para nosotros mexicanos españoles de América -afirmaba el pintor Manuel Rodríguez Lozano- un gran ejemplo y una gran esperanza [la defensa de la República española], porque nosotros también todo lo esperamos del pueblo» (3, p. 135). La revolución mexicana -continuaba afirmándose en la entrega de mayo- quiso «despertar al indígena poniéndole alerta a la altura de los tiempos», lo mismo que había pretendido la pacífica revolución republicana: «Porque si el indígena indio durmió, también durmió con él al otro lado del Atlántico el indígena español, sumido desde entonces por siglos en la ignorancia y la pobreza... (4, p. 181). Desde una perspectiva histórica afín a su proyecto revolucionario, el presidente Lázaro Cárdenas había comentado en el Congreso Indigenista interamericano: «La ciudadanía democrática creyó asegurar la redención de los siervos otorgando los derechos de voto y de propiedad individual, pero los excesos del capitalismo crearon el peonaje, el latifundio y la dictadura» («El indígena, factor de progreso», 6, p. 279). Recordemos que fue en este Encuentro en que la sección mexicana propuso la protección, fomento y conservación del arte popular interamericano, tal como se testimonia en la revista América Indígena, donde se imprimieron las conclusiones y recomendaciones de esta reunión. Sobre el discurso ideológico del presidente Cárdenas, sus antecedentes y las primeras realizaciones prácticas, Vid. las «Observaciones finales» con que Daniel F. de la Borbolla cierra Arte popular mexicano, FCE, México, 1974.

 

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En este sentido, es muy ilustrativa la ponencia sobre arte popular presentada por Alfonso Caso en el mismo Congreso Indigenista, «La protección de las artes populares», publicada después en América Indígena, vol. II, 3, julio 1942, pp. 25-29. Vid. asimismo Ana Ortiz Angulo, Definición y clasificación del arte popular, INAH, México, 1990, pp. 46 y ss.

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