371
Ibídem, p. 531.
372
La primera oposición mexicana a los republicanos españoles fue debida, fundamentalmente, a la creencia de que todos ellos eran «rojos» y pretendían desestabilizar los países donde se instalaran. Cf. L. Márquez Morfín, «Los republicanos españoles en 1939: política, inmigración, hostilidad», Cuadernos Hispanoamericanos, 458, agosto 1988. De todo ello, el general Piña se justificaba en el libro antes citado, donde indicaba, como así fue en realidad, que los exiliados no podrían participar en la política de México.
373
Estas ideas encuentran su correlato poético en «España viva», un poema publicado en la séptima entrega de España Peregrina y recogido más adelante en otros libros, como «Jornada Hecha», FCE, México, 1953.
374
Vid. asimismo el comentario de E. Abreu Gómez en «Letras de México», 13, enero 1940.
375
En ningún momento se define un concepto que, debido a su reiteración durante los años anteriores, parece no necesitar ninguna explicación. En nuestro estudio, entendemos «pueblo» en un sentido amplio, el que le daba Manuel Andújar recientemente: «...este fenómeno histórico en tanto que uno de los incubadores capitales de la Segunda República, en paz alumbrada, y resultante no sólo de la Institución Libre de Enseñanza y de la Junta de Ampliación de Estudios, sino también, al menos, gracias a una corriente poderosa en que el pueblo -proletariado en agraz, amplios sectores profesionales y clase media- comenzaba a formular y verificar el sueño de su destino» («Lectura española del mexicano Alfonso Reyes», en A. Rangel Guerra, ed., «Alfonso Reyes en Madrid», «op. cit.», pp. 86-87).
376
J. L. Abellán, De la guerra civil al exilio republicano, op. cit. p. 18.
377
Eduardo Mayone, «Los romanceros de la guerra civil de España: ¿literatura comprometida?», Hispania, LI, 1968, p. 433.
378
Desde la perspectiva de quien todavía pretende la revolución, Sánchez Barbudo concluía de esta traza su reseña a Alerta a los pueblos del general Vicente Rojo: «Y es que si verdaderamente el Ejército fue lo más abnegado, lo más puro y lo mas noble de nuestra guerra, lo fue por ser la flor de nuestro pueblo... Por encima de una y otra [traición], queda limpia y clara la grandeza de nuestro pueblo. Nada puede oscurecer su gloria» (2, p. 86).
379
La posesión de la cultura se la atribuyeron desde el principio los republicanos... El razonamiento utilizado es sencillo: la cultura tiene sus raíces en lo popular, en el pueblo; y el pueblo está con la República; luego está, defendiendo y teniendo a su lado al pueblo, tienen y defiende la cultura...» (Fernández Soria, op. cit., pp. 300). Para confirmar estos mismos argumentos Cf. los artículos de los mismos protagonistas: R. Chacel, «Cultura y Pueblo», Hora de España, 1, enero 1937, pp. 13-22 y «Nuestra defensa de la cultura», Nueva Cultura, 1, 1937.
380
En estos términos se expresaba Eugenio Imaz en su «Discurso in partibus»: «...los intelectuales, a quienes la cultura se les dormía en la cabeza por falta de sangre, ven en una experiencia terrible y conmovedora, enfrente, el suicidio de todos los valores en una nueva vida. Se daban los cruces fecundos: pueblo e historia, intelecto y vida, moral y tarea...» (1, p. 16).