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Se comenta, a propósito de una entrevista al capitán del Sinaia: «'En Marsella, antes de salir, decía el capitán del Sinaia, algunos les pintaban a ustedes como ladrones, asesinos, etc. Compruebo que, por el contrario, todo el mundo se muestra perfectamente normal'. Al cabo del año, suponemos que todos los bobalicones prevenidos podrán confirmar estas palabras del capitán y nosotros, que no pedimos perdón por haber hecho la guerra ni tomamos muy en serio los certificados de buena conducta, nos alegramos de que en el mundo haya una estupidez menos» (5, p. 229).
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«No es que yo pretenda que la calidad personal de los exilados sea superior o inferior a la de los que no lo son. No es cuestión de personas, sino de situación y, sobre todo, de destino», afirma más adelante.
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Op. cit., p. 5. Este libro es, en muchos aspectos, un correlato de los planteamientos de España Peregrina. Así por ejemplo, respecto a esta identificación del exiliado con España, Masip afirma: «Para nosotros España no está encerrada en los límites de la piel de toro apéndice del continente europeo. España está derramada por el mundo en tantos como corazones españoles andan desparramados por él. Si esta comunidad se deshiciera ¿qué sería de nosotros? Por asesino de mi patria me tendría, si aquel día yo me creyera culpable, y aun siéndolo pienso con terror en la aridez desolada y tremenda de mi alma» (p. 9).
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Inevitablemente, este término evoca el formulado por el franquismo -«reserva espiritual de Occidente»- con otro sentido y propósitos distintos, aunque con una misma necesidad de autojustificación. Estas coincidencias las encontramos también en el uso de la tradición española, literaria o no, y la necesidad de encontrar unas bases ideológicas adecuadas a sus planteamientos políticos.
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Similares planteamientos encontramos en el libro «portavoz» de la Junta de Cultura Española: «Eres emigrado, pero no te pareces en nada a los muchos compatriotas que te han precedido. Llevas encima un adjetivo que te da color y significación singulares. Eres emigrado político. Además no has salido de España por afán de aventura personal, sino que te han echado en compañía de algunos centenares de miles de compatriotas. En cierto modo también a los emigrados anteriores les echaba la vida española, pero en ellos entraba una parte de fantasía individual, porque tenían opción, podían elegir que nosotros no. Esta cualidad te imprime carácter, te uniforma porque es común a todos los españoles emigrados contigo y como tú. Te concedo la mayor parte de las horas del día para que hables en primera persona del singular, yo soy, yo hago, yo digo; pero deja algunas para hablar en plural, nosotros, nosotros...» -los subrayados son nuestros (P. Masip, Cartas a un emigrado español, Junta de Cultura Española, México, 1939, p. 8).
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Médico y filólogo nacido en Filipinas, Rizal denunció los abusos de la administración española (tanto civil como religiosa) en su país y por ello fue condenado a muerte y fusilado. Toda su obra gira en torno a la defensa de las ideas nacionalistas e incluye, aparte de ensayos, artículos y un epistolario que fue editado por J.M. Kalw entre 1930 y 1938, las novelas de tesis Noli me tangere (1887) -reeditada en 1992 con prólogo de J. Ordaz- y El filibusterismo (1891). Su actitud política y, por ende, ética no difiere demasiado de la defendida por los americanos descendientes de españoles que contribuyeron a la independencia de América Latina. Vid. Leopoldo Zea, «José Rizal y el pensamiento latinoamericano», Cuadernos Americanos, marzo-abril 1962, pp. 194-204.
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Vid. V. Llorens, «Emigraciones de la España Moderna», en J. L. Abellán, El exilio español de 1939, op. cit., I, pp. 34-39, donde incluye una lista de los hombres más prestigiosos que hubieron de salir de España a causa de la represión que siguió la Reforma: Juan de Valdés, Miguel Servet, etc.
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Ibídem, pp. 60-80. La comparación entre los exiliados y los emigrados del XIX ha sido repetida, posteriormente, por la crítica y los mismos exiliados. Como la emigración decimonónica, la de 1936 contaba con una clase media-profesional muy importante, emprendieron numerosas empresas culturales como periódicos, centros para la enseñanza de la lengua... se dedicaron, también, a la reflexión histórica, centrando su interés, fundamentalmente, en la guerra de la Independencia y las Cortes de Cádiz. En el Boletín de Información de la Unión de Intelectuales Españoles se comentaba a propósito de las revistas literarias españolas en México: «En la segunda oleada de las emigraciones fernandinas, en aquella época, en la que según la sesuda y clerical ENCICLOPEDIA ESPASA, «los mejores ingenios tuvieron que expatriarse y en suelo extraño ir a ganarse difícilmente la vida en espera de mejores tiempos», fue Londres el centro donde se reunieron casi todos esos mejores ingenios que periódicamente tienen que salir de España. Y fue allí donde apareció la primera revista de los refugiados escrita, exclusivamente, por ellos en los 20 del pasado siglo. Sería injusto que, al reseñar nuestra producción hemerográfica en México, no recordáramos a los OCIOS DE EMIGRADOS ESPAÑOLES, que, como casi todas las nuestras, fue, después de la emigración, cuando tuvo resonancia en el interior de nuestra Patria» (5, junio-septiembre 1957, p. 18).
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El término da título a una de las colaboraciones de la revista y proviene del prólogo a la edición de 1940 del DRAE: «La presente edición del Diccionario estaba en vísperas de salir a la venta cuando las hordas revolucionarias que al servicio de poderes exóticos pretendían sumir a España para siempre en la ruina y la abyección, se enfrentaron en julio de 1936 con el Glorioso Movimiento Nacional». Durante los años de la guerra había sido ya utilizado por los sublevados como muestra el texto del BOE de 10 de diciembre de 1936 firmado por José María Pemán donde se propone la depuración de todos los simpatizantes del Frente Popular, herederos de la perseguida «Institución Libre de Enseñanza»: «Los individuos que integran esas hordas revolucionarias, cuyos desmanes tanto espanto causan, sencillamente son los hijos espirituales de catedráticos y profesores que, a través de instituciones como la llamada 'Libre de Enseñanza', forjaron generaciones incrédulas y anárquicas» -el subrayado es nuestro- (Cit. en J. Rodríguez Puértolas, op. cit., p. 349).
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Nº 3, pp. 134-135.