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La indignación sobre este hecho duró muchos años. Muchos años después, Luis Araquistáin todavía exclamaba con apasionamiento: «...ocurrió algo que sí era motivo justificado para exasperarse y desesperarse, para llorar de ira y amargura, para escupir a los gobiernos y a los pueblos, a los hombres y a los dioses nuestra indignación y nuestro desprecio: aludo a la prisa con que a principios de 1939, cuando los ejércitos republicanos combatían aún en el frente de Madrid, las democracias occidentales corrían a Burgos a reconocer a Franco, a besarle la mano y la espada triunfante, para que Alemania e Italia no se llevasen solas el botín diplomático de la victoria. Las democracias pudieron y debieron diferir el reconocimiento, cotizarlo para obtener de los vencedores una paz, si no justa, por lo menos algo humana con los republicanos españoles. No lo hicieron» (op. cit., p. 153).
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Este fue uno de los primeros libros de Séneca: su impresión acabó el 25 de marzo de 1940. Se incluyó en la Colección Lucero con el título y subtítulo de Espejo de alevosías. Inglaterra en España y Fragmentos del diario de El Diplomático Desconocido. Era una traducción del original inglés Britain in Spain (H. Hamilton, Londres, 1939), realizada por Carlos Castillo e incluía una nota preliminar de Bergamín.
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Muchos son los textos que inciden en este punto. Y no sólo se incluyen los republicanos sino también los del bando contrario: España Peregrina, en un afán de veracidad, incluye testimonios de Franco o Serrano Suñer que vienen a afirmar, de igual modo, cómo el conflicto español «ha sido la primera fase de la guerra actual» (8-9, p. 122).
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Por esos años empezaron a publicarse muchos testimonios, libros de memorias... que vinieron a llenar esta ausencia bibliográfica (vid. Aldo Garosci, op. cit.) También aparecieron muchos artículos críticos en varias publicaciones periódicas americanas como el trabajo del escritor José Francisco Cirre, «La realidad imperial inglesa», Revista de las Indias, 20, agosto 1940, pp. 91-95.
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Aparte, claro está, de la sección «Memorias de Ultratumba» a que ya nos referíamos antes y donde se incluyen fragmentos referidos a la práctica del falangismo [7, p. 41], en una selección que muy bien podría reunirse algún día como un ramillete de los mejores (y más ridículos, claro está) textos sobre la cultura de la inmediata posguerra (8-9, p. 122; 10, p. 71).
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Este periodista participó activamente en la guerra civil siendo uno de «aquellos corresponsales de guerra que hicieron vivir, a través de su propia persona, la guerra civil española a las élites cultas del mundo, y que les hicieron avergonzarse de su impotencia para producir una situación política diversa, dándoles al mismo tiempo un cierto alibí moral» (Aldo Garosci, op. cit., p. 313.). Una vez acabada la guerra, continuaba teniendo estrecho contacto con algunos españoles, entre ellos, los miembros de la Junta: así lo muestra el hecho de que Waldo Frank afirme haber recibido el libro publicado por la editorial Séneca, España, aparta de mí este cáliz, por medio de él (8-9, p. 62). Otros datos sobre él en Richard Bjornson, «Escritos americanos» en Marc Hanrez, ed., «op. cit.», pp. 106 y ss.
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La Universidad de Barcelona, por ejemplo, perdió casi 150 profesores en una recesión cultural inimaginable hasta entonces (J. Rodríguez Puértolas, Literatura fascista española, I, Akal, Madrid, 1986, p. 350.)
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BOE, 10-XII-1936 (texto firmado por José María Pemán), cit. en Ibídem, p. 349.
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Juan F. García Santos, Léxico y política de la segunda república, op. cit., p. 511.
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Tratado desde diversas perspectivas: la política, a la que antes nos referíamos, y la cultural. En varias ocasiones vuelve a tratarse sobre la creación de institutos de italiano o a la gestación de la revista castellana Imperio, que se editaba en Roma para ser distribuida por Hispanoamérica, donde debía crear un clima favorable a sus proyectos expansionistas.