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Espacios interiores y exteriores en Luisa Valenzuela

Gwendolyn Díaz



Laberintos, encarcelamientos, prisiones oscuras, espacios cibernéticos varados, barcos, basurales, espacios cultos de escritoras, espacios incultos (aunque sabios) de los cartoneros, pisos sin salida, sótanos oscuros, villas miseria, laberintos de cartón, bajos fondos urbanos, vericuetos escondidos... ¿Hacia dónde apunta todo eso, en el mundo valenzueliano, sino hacia una búsqueda, hacia la aventura del escritor que bucea desde su interior para lanzarse a escarbar en los basurales del inconsciente -cómo gatos eficaces- buscando encontrar el sentido, la palabra, la identidad del sujeto?






Espacios

Los espacios de la novela son los lugares donde se desarrolla la aventura que es el viaje de una escritora desde el consciente al mar urubórico del inconsciente. Con mucha valentía y arriesgando perder su propia identidad, la protagonista escritora zarpa adentro del lenguaje para ver adonde la lleva. Y allí se pierde, se diluye, se desdobla en otras. Es una novela tipo thriller, pero no un thriller de aventuras externas, sino más bien es una aventura hacia el interior de un sujeto creador, una escritora que se deja llevar, que boga por los adentros de su propia identidad hasta explotar en tres: Elisa, Melisa, Juana, dislocada en forma tripartita: autora, aventurera y heroína de la emancipación. Se produce un vaciamiento de su identidad, hacia el silencio, hacia el no ser más quién era, antes de volver, poco a poco, a reconstruirse a partir de sus alter egos: Melisa la aventurera, la que se refugia en la villa de los cartoneros y se convierte en uno de ellos, o, Juana Azurduy, la coronela de la independencia, la que lucha contra la colonización del otro, el español, o aquí, el falocentrismo del lenguaje invasor que excluye a la mujer. Es un viaje que busca encontrar el lenguaje a partir de la mujer, esa identidad que da la palabra y que se le niega a la mujer desde el orden simbólico patriarcal. Es la búsqueda del ser mujer para contrarrestar la sentencia de Lacan en el seminario 20 donde dice que «la mujer está fuera del lenguaje».




Espacio 1ro. El barco. Mujer y lenguaje.

Lo que más le interesa explorar a Valenzuela es el lenguaje y cómo el lenguaje nos constituye. En esta novela, se adentra específicamente en la construcción de un lenguaje de mujer. De allí el énfasis en la identidad de la protagonista y su desdoblamiento. ¿Quién soy yo, qué pienso, cómo pienso, y cómo, lo que pienso hace quién soy? pregunta la protagonista. Y esta pregunta se construye con el lenguaje y se contesta con él también. Tal vez por eso Elisa Algañaraz (engañarás?) es eliminada como escritora por los hombres de negro que invaden el barco donde ella y las otras autoras del Encuentro Confidencial de Escritoras celebran su regodeo en el lenguaje, cito: «habíamos jugado con él, nos habíamos revolcado y hasta chapoteado en las palabras como en los tiempos pre verbales» (o sea, tiempos anteriores a la lengua-orden patriarcal) p. 14. Ante esta amenaza, ante el temor de que estas escritoras dieran vuelta el orden establecido, los poderes de la represión invaden el barco y las toman presas a todas, recluyéndolas en arresto domiciliar. «Nos dieron vuelta la página. Borrón y cuenta nueva, dijeron, y fuimos nosotras las borradas. Dieciocho narradoras nacionales borradas del mapa literario de un plumazo» (p.14).




Espacio 2do. El departamento #13. Mujer y Omer y la cibernética.

Prisionera en su propio departamento, ante una computadora sin conexión online y sin memoria, sólo puede escribir para que le borren lo que escribe. El poder le quita la palabra. Elisa posee el símbolo de la comunicación, la computadora, pero sin su función. Como sus palabras, su discurso es borrado del ámbito social. Es entonces que aparece Omer-Ombre, Amor, al fin. Omer-amor al rescate, tal vez represente ese lado yang, masculino de toda mujer, somos todos un poquito de yin y yang, que viene a salvarla con la posibilidad del escape. Considero éste su primer desdoblamiento, cuando se funde con lo otro, el otro. Y esto le abrirá la puerta de la salida. Pero cómo con Alicia en el país de la maravillas, no puede salir sin antes caer en el pozo. Al irse Omer y sin esperanza de salida, la protagonista se sumerge en una depresión enfermiza donde comienza a soñar y en sus sueños es Juana Azurduy, que lucha contra el colonizador sacrificando a sus propios hijos para lograr la libertad. Éste su segundo desdoblamiento es el de la tenaz luchadora que no permite que la colonicen.




Espacio 3ro. Transición al sótano y salida a villa indemnización.

Con instrumentos que le dejara Omer, logra salir de su departamento y buscar salida desde el sótano del edificio. Oscuro y amenazante con sus calderas infernales, un descenso orfeístico, Elisa tiene que elegir una puerta de las tres del sótano que le de paso a la salida. Casi en un estupor delirante, logra dar con la puerta acertada y, como Alicia, Elisa en el país de las maravillas espantosas, se escapa llevando consigo sólo el disco rígido de su computadora, su memoria congelada en un rectángulo de metal. De aquí la importancia de la cibernética en la novela. Tiene que ver con la memoria. Con no perder la memoria y con poder transmitir y divulgar esa historia. La que se le ha vedado, pero que ella intenta recuperar: su palabra, su discurso, su historia. Para recuperarlo, primero se vacía en la nada del delirio. Llega al punto cero del ser, al momento pre verbal. Es recién entonces cuando empieza a reconstruirse desde una zona oscura y escondida de la urbe. Un niño de la calle la conduce hasta su villa. Es la villa de los cartoneros en los bajos fondos de la ciudad. Allí la acogen y la protegen hasta que recobra la consciencia. Pero ya no es ella, es otra, es Melisa, la aventurera que se albergó con los cartoneros. Se convierte en la protegida del Viejo de los Siglos, un sabiondo criollo, patrón de la villa. Y allí, entre pilas de cartones y botellas y deshechos, Melisa comienza a recomponerse, hasta que llega el momento en que deber partir. Para esto, el viejo de los siglos le alcanza sus zapatos de taco alto y la conmina a ponérselos.




Espacio 4to. Salida a el mañana. Compleción de la mandala.

Los cuatro cuartos, o espacios de la novela, representarían la cruz centrada en la mandala, dividiendo el círculo en las cuatro partes que completan la individuación. Según Jung y la práctica de las mandalas, representa la integración del sujeto. Aquí, el cuarto espacio es el del mañana. De allí la significación integradora de la novela.

Con sus zapatos de antes, Elisa recobra su antigua persona de escritora. Se incorpora en los zapatos de quien fue; re-ordena su identidad para volver a ser Elisa, la autora; la escritora que se creía embarazada de una hija. Pero ese embarazo no era de hija sino de palabras, y cual hija, son palabras de mujer. Son esas las palabras que sale a enunciar en el mañana. Seguramente serán nuevas, nacerán de un vientre que surgió desde las profundidades del no ser donde las ubicara Lacan, para emerger nuevas, con cuerpo y sentido propios. Ahora, en el mañana, Elisa enunciará un nuevo lenguaje. He aquí la promesa de la novela; he aquí el desafío a Lacan: la mujer que estuviera fuera del lenguaje, ¡oh sorpresa! lo lleva dentro de sí. Como una hija formada en sus entrañas, ese lenguaje que engendra adentro del vientre creador se llama mujer.





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