851
No es raro ver la maldad y la bajeza atraerse todas las voluntades y reinar con imperio absoluto en los corazones. LUCRECIO, IV, 1152. (N. del T.)
852
Aun las cosas que tienes delante de los ojos, si no fijas en ellas la atención, serán para ti tan desconocidas como aquellas otras que siempre estuvieron ocultas y colocadas a inmensa distancia. LUCRECIO, IV, 812. (N. del T.)
853
La diversidad y aun la oposición en este punto es tal, que a veces lo que para unos sirve de alimento obra en los otros como activa ponzoña; la serpiente, por ejemplo, al contacto de la saliva del hombre muere destrozándose ella misma. LUCRECIO, IV, 633. (N. del T.)
854
Los enfermos de ictericia todo lo ven pajizo. LUCRECIO, IV, 333. (N. del T.)
855
Nos parece ver en una lámpara dos focos de luz y en un hombre dos rostros y dos cuerpos. LUCRECIO, IV, 451. (N. del T.)
856
Este mismo efecto producen los toldos amarillos, rojos y grises que para cubrir los grandes circos es costumbre colocar entre travesaños de madera, formando como un techo flotante: nótase que cuanto queda debajo, las figuras que aparecen en escena, hombres, mujeres y dioses, todo cambia de aspecto y parece teñido del color mismo de la tela. LUCRECIO, IV, 73 (N. del T.)
857
Como el alimento que se distribuye por todas las partes del cuerpo desaparece transformándose en una nueva sustancia. LUCRECIO, III, 728. (N. del T.)
858
Si al construir un edificio nos ajustamos a un plano mal trazado y nos servimos de una escuadra irregular que no marca a dirección perpendicular que deben seguir los muros; y de un nivel que tampoco señala tal línea horizontal, toda la construcción será viciosa y por necesidad insegura; todo estará inclinado, torcido y en desorden, desde los cimientos hasta el tejado; algunas partes del edificio parecerá que se están cayendo y otras se derrumbarán a causa de su mala construcción; así el conocimiento de las cosas necesariamente falso, si son falsas las sensaciones que le sirven de fundamento. LUCRECIO, IV, 514. (N. del T.)
859
Bogamos en un vasto elemento, siempre inciertos y flotantes, empujados de un extremo al opuesto. Cualesquiera que sea el término donde pensemos asirnos y afirmarnos, al punto se tambalea y nos abandona; y si le seguimos, escapa a nuestras acometidas, se nos desliza y huye eternamente. Nada se detiene para nosotros. Este es nuestro estado natural, y sin embargo el más contrario a nuestra inclinación: ardemos en deseos por encontrar una postura firme y una última base constante, para sobre ella edificar una torre que se eleve al Infinito; pero todo nuestro fundamento cruje, y la tierra se abre hasta los abismos. PASCAL. (N. del T.)
860
Todo este pasaje, a excepción de los versos de Lucrecio, lo transcribe Montaigne al pie de la letra de la traducción de Plutarco, de Amyot. (Sobre la palabra El, c. 12.) (N. del T.)