Ensayo de una biblioteca española de los mejores escritores del reinado de Carlos III
Tomo Quinto
Juan Sempere y Guarinos

Una historia literaria de nuestra nación, en la que se tratara filosóficamente, de las causas de los progresos de las Letras en España, en algunos tiempos, y de su decadencia en otros: de su estado actual; de los vigorosos esfuerzos que han hecho nuestros reyes, particularmente los de la Augusta Casa de Borbón, para desterrar la barbarie, y extender la Ilustración; de los obstáculos que han encontrado estos esfuerzos, y que han estorbado que fueran mayores, y más rápidos entre nosotros los adelantamientos en las Ciencias y Artes; de los ocultos y execrables medios con que se ha procurado arruinar a muchos que han trabajado por introducir en su patria el buen gusto y la juiciosa crítica; los que por el contrario han usado otros para acreditarse, y ser reputados por sabios, sin serlo; y en fin, una historia, en la cual se señalaran claramente nuestros errores, nuestras preocupaciones, nuestras luces, y se describiera exactamente la vida literaria de los —2→ mejores escritores españoles, sería una obra utilísima, y al mismo tiempo instructiva, curiosa y agradable.
Entre otros buenos efectos que produciría esta historia, sería el de corregir dos errores muy comunes y dañosos: uno hijo de la ignorancia, y otro de la presunción. El primero es el de los que piensan, y creen que en España se sabe todo, y que en materia de literatura, para nada necesitamos los libros de los extranjeros: error tan perjudicial como ridículo. Perjudicial, porque quien cree que lo sabe todo, es un ignorante, y no puede dejar de serlo, mientras no mude de opinión. Ridículo: porque ¿qué mayor ridiculez puede haber que el despreciar a los extranjeros, cuando en nuestras Universidades, Colegios, y demás escuelas públicas, casi no se estudian otros libros que los suyos, ni se predican otros sermones, ni se leen otras obras, o bien sean de piedad, y devoción, o de diversión, y entretenimiento? ¿Son españoles Goudin, Roselli, Jacquier, Billuart, Gotti, Berti, Vinio, Vallensis, Selvagio, Cullen, Séñeri, Bourdalue, —3→ Massillon, Flechier, Croiset, etc.?
El otro error es de los que creen que no hemos adelantado nada: error no tan general, y propio de los que se tienen, y quieren ser reputados por críticos, a poca costa, y sin más trabajo que el de ir contra la corriente. El mismo efecto que produce en los primeros la ignorancia, engendra en estos la arrogancia, y presunción, esto es, la indocilidad, y la poca aplicación a la lectura, de donde resulta, por una parte el desaliento en los que los oyen; y por otra, que dominados del deseo de singularizarse, y distinguirse, no pudiendo hacerlo, ni por la superioridad de su talento, ni por el trabajo de la continua lectura, y meditación, que se requiere para ser verdaderamente sabios, lo hacen adoptando máximas, proyectos, y pensamientos extravagantes, e impracticables, contrarios a nuestro gobierno, usos, y costumbres, cuya propagación, llamada malamente ilustración, y filosofía, puede causar más daños que la ignorancia misma.
Pero semejante historia literaria, si se ha de escribir como corresponde, es no solamente —4→ muy difícil, por el trabajo de buscar, y coordinar los materiales necesarios, sino mucho más por el riesgo de chocar contra ciertas gentes, que tienen demasiado influjo en la opinión pública, y en el crédito y conveniencias de los particulares.
¿Y entre tanto hemos de carecer absolutamente del conocimiento de nuestros sabios? ¿Hemos de dejar sepultadas en el olvido sus obras? ¿Hemos de ser, o tan cobardes, y tímidos, o tan ingratos y orgullosos que neguemos a su mérito, y a sus beneficios, en favor de la humanidad siquiera el pequeño obsequio de la alabanza, y el reconocimiento?
En otras partes los buenos escritores son celebrados, y extendida su fama rápidamente de mil modos en infinito número de papeles que circulan con los títulos de Diarios, Bibliotecas, Diccionarios, Catálogos, Compendios, Espíritus, y otros de esta clase. Solamente en Francia, veinte años hace, esto es en el de 1769, se contaban ya treinta y ocho Diarios; dos Gacetas; dieciséis Almanaques; once Anales; echo Años; cinco Efemérides; tres Mercurios; —5→ siete Espectadores; dos Espectadoras; tres Observadores; un Censor hebdomadario; y otros muchos periódicos, con varios nombres; veintiocho Diccionarios; doscientos cuarenta y seis Ensayos, sin el infinito número de Compendios, Espíritus, Historias, Memorias, Observaciones, Críticas, y otras obras de esta clase1, por cuyo medio se divulgan y extienden brevemente los nombres de sus escritores, sus producciones, sus inventos, y adelantamientos en las Ciencias, y las Artes. Desde aquel año se ha aumentado el número de ellas con algunas docenas, y se van multiplicando más de cada día.
¿Y nosotros? ¿qué Diarios? ¿qué periódicos tenemos? ¿qué Diccionarios? ¿qué Bibliotecas? Sátiras injuriosas, libelos infamatorios contra los sujetos más beneméritos de la literatura, no nos faltan. Pero de elogios de nuestros sabios, de noticias de sus vidas, de extractos de sus obras, y de reflexiones sobre sus —6→ adelantamientos y bellezas, estamos ciertamente muy escasos. La única y excelente Biblioteca de D. Nicolás Antonio, que tenemos, solo llega hasta fines del siglo pasado; se imprimió fuera de España, la primera vez, y hemos estado más de cien años sin reimprimirla, ni aumentarla. Un buen Diario de los Literatos, que empezó a publicarse en 1737; no llegó a tres años, por haber prevalecido contra él los tiros de la ignorancia, y de la envidia. Y a mí que he querido suplir de algún modo la falta de noticias acerca de nuestra literatura, en una de sus más brillantes épocas; que he puesto todo el trabajo que me ha sido posible para que mi Biblioteca saliera con la mayor exactitud, gastando para esto no pocos reales en correspondencias, y compras de libros, y teniendo la paciencia de leer muchos de ellos, sin más objeto, ni provecho, que el de poder dar noticias de su contenido; que he cuidado infinito de guardar el decoro debido a la nación, y a los particulares de quienes hablo; cuando en otros reinos ha sido sumamente celebrada; cuando por ella, y por —7→ otras obras se me ha colmado de elogios2; en mi país ha sido aplaudida de bien pocos, despreciada de algunos, y yo insultado con los más bajos dicterios.
Desde que me puse a escribir esta obra, sabía el riesgo a que me exponía de disgustar a muchos, habiendo de hablar de escritores vivos. Así lo advertí en el prólogo del segundo tomo, diciendo. «Que ha de haber defectos en mi obra, nunca lo he dudado, por los motivos que ya tengo expuestos en el Discurso preliminar. Pero tampoco he dudado que he de tener muchos contrarios: unos, porque —8→ lo son de todo lo que no hacen ellos; otros, por que creyéndose que son escritores de mérito, no se verán incluidos en esta Biblioteca; y algunos también, porque siéndolo, y estando en ella, no se verán retratados conforme al original que se tienen formado en su imaginación».
La experiencia ha manifestado la verdad de esta prevención: aunque puede servirme de algún consuelo el que las sátiras que se han escrito contra mí, han salido de sujetos, en quienes es mayor la vanidad, el amor propio, y la arrogancia, que el juicio y la literatura; y que si han llegado a adquirir alguna reputación, ha sido momentánea, debida más a sus embrollos, a la calidad de los asuntos, y personas sobre que han escrito, y a otras circunstancias, que al verdadero mérito; por lo cual, o ha decaído ya enteramente, o decaerá, al paso que la razón vaya propagando sus luces entre nosotros.
Si yo hubiera hablado de ciertos sujetos haciendo de ellos elogios desmedidos, y pomposos, cuales ellos los han hecho de sí mismos, —9→ bien retratándose en figuras bautizadas con nombres extravagantes, o fingiendo cartas de correspondientes suyos, llamándolos por ejemplo, artífices inteligentes, que muestran las extravagancias y desproporciones, en beneficio del vulgo ignorante; o los primeros de nuestros sabios y azote de la superstición, y apóstoles del buen gusto, y la filosofía en España; etc. me hubiera libertado tal vez de la rabia con que han tirado a despedazar a cuantos no han hablado de ellos con el mismo tono.
Pero crean otros necios admiradores lo que quieran, yo ni temo a las sátiras, ni me dejo arrastrar fácilmente de los aplausos ganados por el enredo, la protección, y el libertinismo. Alabo tibiamente por lo general, por que hay pocos grandes sabios, y escritores en España; y si llamo a los sujetos contenidos en ella mejores, ya he explicado en otra parte el sentido que doy a esta palabra relativa a lo que añado ahora, que escribo en España, y que si escribiera en otra parte, ni en la clase de buenos, ni de medianos colocara a muchos de ellos.
Por lo que toca al mérito de mi Biblioteca, —10→ conozco, y he confesado en otras partes, que hay en ella defectos y equivocaciones, porque son casi inevitables en una obra de esta clase. Algunas las corregiré, y otras se escaparán tal vez a mi diligencia. Pero no se me habrá visto, ni se me verá jamás alabar el mal gusto: antes bien en cuantas ocasiones se me han presentado de clamar contra los vicios en la enseñanza, contra la barbarie y sofistería, lo he hecho siempre, sino con la dureza y acrimonia que exigen estos males, a lo menos con decoro, y buena intención, y sin cábalas ni parcialidades. Y como quiera que sea, si esta, y las demás obras que he publicado me han granjeado algún crédito, sé que no lo he debido a las malas artes con que han conquistado otros unos aplausos pasajeros, que se desvanecerán por sí mismos, al paso que vaya aumentándose la cultura de la nación, pudiendo decir, como Corneille.
REJÓN DU SILVA (Señor D. Diego Antonio) del Consejo de S. M. su Secretario, Oficial de la primera Secretaría de Estado y del Despacho, de la Real Academia de las Artes. Tratado de la Pintura. Por Leonardo de Vinci; y los tres libros que sobre el mismo Arte escribió León Bautista Alberti; traducidos e ilustrados con algunas notas, por... En Madrid, en la Imprenta Real, 1784. En cuarto mayor.
En ningún ramo son tan notorios y perceptibles los adelantamientos que van teniendo las Ciencias y las Artes en España, como en las que llaman nobles, por su excelencia, por la multitud de conocimientos que exigen para su perfección; y porque sus profesores son en cierto modo criadores de una nueva naturaleza ideal, copiada de la perfectísima que produjo la infinita sabiduría del Todopoderoso.
Nunca la Pintura, Escultura, y Arquitectura se han cultivado con el ardor y el examen que al presente. Si en otros tiempos se vieron en España célebres profesores, fueron efecto de una protección momentánea, o de las felices circunstancias que los excitaron al estudio y observación de la naturaleza. La fundación —2→ del Monasterio del Escorial fue una de las más principales. Pero en ella Felipe II, no tanto cuidó de radicar en su reino las nobles Artes, cuanto de dejar a los siglos un monumento eterno de su grandeza, y de su devoción.
Mas no se sabe que hubiese escuelas establecidas por el gobierno, pensiones concedidas para perfeccionarse en su ejercicio en Roma, y en las demás partes que pueden contribuir a la más perfecta enseñanza y perfección. Que las mismas Personas Reales no solo hayan manifestado una particular inclinación, y aprecio a las obras de esta clase, sitio que hayan aprehendido a conocer científicamente su mérito y aun a honrarlas con su pericia.
Finalmente, nunca se han escrito tantas obras en España acerca de ellas, ni se han traducido las que más convenía que se vulgarizasen en cualquiera nación que se precie de honrar las nobles Artes, y de promoverlas.
El señor D. Diego Rejón ha hecho un servicio muy importante a España con esta traducción, por ser el original una de las obras más útiles y científicas que se han escrito acerca de la Pintura; por las importantes notas con que la ha enriquecido, particularmente acerca de la Anatomía, que en tiempo de Vinci no estaba tan adelantada como ahora, y por lo que ha mejorado las figuras, valiéndose para uno y otro de hábiles profesores. —3→
En esta obra se trata de las diferentes actitudes que toma el cuerpo humano en los movimientos infinitos que tiene; del modo de pintar una batalla, una borrasca, un horizonte, etc. de la alteración que padecen los sujetos en su figura según la mayor o menor distancia de la vista por la interposición del aire grueso, en todo lo cual da admirables reglas para la perspectiva aérea, parte principal en la perfección de una pintura, como también para las luces y las sombras, y para toda la parte sublime del Arte.
La Pintura. Poema didáctico en tres cantos. Por don Diego Rejón de Silva, etc. En Segovia, por don Antonio Espinosa de los Monteros, año de 1786. En octavo mayor. No contento el señor Rejón con haber traducido las obras antecedentes, para facilitar más los progresos de las nobles Artes, a las que es sumamente apasionado; ha recogido los preceptos que se encuentran en los mejores autores, y ha escrito este poema, en el cual se explican los elementos de la difícil arte de la Pintura con la mayor sencillez y claridad; y se proponen los mejores modelos que deben imitarse después del estudio del natural, el cual se recomienda como el más principal.
Se compone de tres cantos, en silva de rigurosos consonantes. En el primero que se intitula el Dibujo, se recomienda esta parte de la Pintura como la más principal, y se —4→ explican las diferencias de la figura humana, según la edad, sexo y estado, y según la alteración que recibe el semblante con las pasiones y afectos que agitan el corazón: se explica en lo posible la belleza ideal, que se debe estudiar en las estatuas griegas, y romanas que nos quedan, y en algunas pinturas que sobresalen en esta parte, y se advierte lo unidos que han de ir siempre el estudio del antiguo con el del natural, para que la pintura tenga verdad. En el segundo se explican las reglas de la composición, con algunos ejemplos de imágenes, sacadas de la Historia de España; se habla de la variedad en la expresión; del partido o colocación de los pliegues; de las ropas, de la propiedad, del traje y adornos, del contraste de las actitudes, de los retratos, y de los países. El tercero incluye la parte del colorido, y en él se trata de los colores primitivos, de la mancha, del claro y obscuro, de la división de términos, del contraste de las tintas, y medias tintas, del acuerdo y armonía general de un cuadro, del diferente colorido de los rostros según la edad, sexo o situación, esto es, según los afectos que manifiesten. Se tocan los varios modos de pintar conocidos, y las perfecciones de las varias escuelas de Pintura, inclusa la española, con algunas otras cosas, para mayor amenidad.
Al fin añade varias notas para la mayor explicación de algunos lugares del poema, y —5→ en una de ellas defiende el mérito de los españoles en la Pintura, manifestando las equivocaciones y falta de noticias de algunos extranjeros, al hablar de nuestros pintores.
Diccionario de las nobles Artes, para instrucción de los aficionados, y uso de los profesores. Contiene todos los términos y frases facultativas de la Pintura, Escultura, Arquitectura y Grabado, y los de la Albañilería, o construcción, Cantería, Carpintería, de obras de fuera, etc. con sus respectivas autoridades, sacadas de autores españoles, según el método del Diccionario de la Lengua Castellana, compuesto por la Real Academia Española. Un tomo en cuarto, en Segovia año de 1788. Por don Antonio Espinosa.
Algunos motejan a la Literatura moderna, llamándola Ciencia de Diccionarios, por donde indirectamente parece que condenan las obras de esta clase. A la verdad todo aquel que haga alarde de literato con la instrucción que ha recogido en los Diccionarios, y no más, merece con razón esta crítica; pero de aquí no se deduce que sean inútiles los Diccionarios. Los de Artes y Ciencias especialmente son utilísimos, por la comodidad de hallar prontamente la definición de una voz o frase técnica, cuya obscuridad impide tal vez el entender toda una página de un libro; y así todas las naciones cultas han publicado Diccionarios de esta naturaleza. Recopilar y —6→ definir en uno solo todos los artículos pertenecientes a las Ciencias, Artes y Oficios, es empresa del todo imposible para las fuerzas de un hombre, por laborioso que sea. Dígalo la escasez, disminución y equivocaciones que se advierten en el del Padre Terreros. Ni esto debe parecer extraño, sino a quien imagine que un hombre puede unir en sí el conocimiento de tantas ideas como encierran las Ciencias, Artes y Oficios, para poder explicar todos sus usos y operaciones. Hará bastante en poder desempeñar esto en aquellas a que se haya dedicado particularmente, pues no es nada fácil hacer una definición clara, breve y sencilla de tanta inmensidad de voces. Para que la nación pueda llegar a tener un Diccionario completo de Artes y Ciencias es menester que muchos sujetos se dediquen a componer varios particulares, y esto es lo que ha movido al señor Rejón de Silva a escribir el presente Diccionario, para cuyo complemento y perfección no ha perdonado trabajo ni fatiga, ya leyendo todos los escritores castellanos, y ya consultando prolijamente a los profesores. Esta obra es absolutamente original: porque aunque en francés, y en italiano hay algunos Diccionarios de Bellas Artes, solo traen las voces más usuales, y en la parte de la Arquitectura no se hallan los términos de la construcción, Cantería, Carpintería, etc. que es en lo que está el mayor —7→ trabajo, ni en ninguno de ellos se ven los artículos probados con la autoridad de algún escritor público. Este trabajo puede animar a otros, para que según su estudio y afición coadyuven a la empresa de un Diccionario general de Ciencias, Artes y Oficios.
REQUENO (el Señor Abate D. Vicente) Ex-jesuita. Saggi sul ristablimento dell' antica arte de Greci, è de Romani Pittori: in Venezia 1784. Apresso Giovanni Gotti. En octavo. Se han hecho varias tentativas para restablecer los antiguos métodos que usaron los griegos y romanos en la Pintura. En Francia se propuso un premio a este fin. Pero no obstante lo que habían trabajado el Señor Conde de Caylus, Mr. Bacchilier, y Cochin, nadie ha adelantado tanto como el Abate Requeno, así en la interpretación de los antiguos, que estaban muy obscuros en esta parte, como los ensayos para el restablecimiento de aquellos métodos: habiendo conseguido el llegar a presentar varias pinturas al encausto, o hechas con ceras desleídas, que se cree tienen muchas ventajas sobre las que se hacen por el estilo común de pintar al olio.
Su obra está dividida en dos partes. La primera contiene la historia de la Pintura entre los griegos y romanos. La segunda trata del método práctico que estos observaron. Manifiesta en ella los defectos del moderno modo de pintar, llamado al olio, interpreta —8→ unos lugares de Plinio, que nadie hasta el señor Requeno había explicado bien; y finalmente propone su método, dando noticias del buen éxito que había tenido, y de varias obras hechas por el autor, y por otros pintores con la cera preparada, o al encausto.
Ha sido muy aplaudida esta obra en los papeles públicos de Italia. «Possa, concluye uno de ellos, la fática el' eccitamento del nostro valoroso autore produr quel efetto, che egli desidera, è che è in dirito di avere. Noi avremmo una felice rivoluzione nella piu bella, è seducente delle arti, è questa si dobra al nome immortale del sig. Abate Requeno».
RIBERA (P. M. Fr. Manuel Bernardo de) Dr. Teólogo, y Catedrático de Escoto, de S. Anselmo, y de Filosofía moral en la Universidad de Salamanca, y Cronista general de su Religión de la Santísima Trinidad: Institutionum philosophicarum, duodecim volumina complectentium, Tomus I. Auctore Fr. Emmanuele Bernardo de Ribera, Ordinis SS. Triados, generali ejusdem chronographo, sacrae Theolog. Lectore rude donato, in Salmanticensi Academia Doctore Theolog. atque in eadem post obitam Philosophiae catedram, aliarum candidato. Salmanticae: Ex tipographia Antonii Josephi Villagordo et Alcaraz. An. Dom. 1754. El segundo tomo se imprimió en la misma ciudad en 1756. En cuarto.
El P. M. Ribera estaba trabajando algunos —9→ opúsculos, de germana idea Theologiae; de regulis judicandi, in omni materia; de eruditionis lenociniis; de hispanorum oratorum vitiis, cuando recibió una orden de su Provincial para escribir estas Instituciones de Filosofía, cuyo vasto plan propone él mismo en la prefación.
Había primero esparcido el P. M. Ribera algunos ejemplares de esta, con el título de Emisario, para explorar de algún modo el juicio que formaba el público de su obra. «Sed non adeo bonis avibus (dice él mismo en una advertencia, que está también al principio del primer tomo) ut etsi multi eximiis dotibus inclarescentes, summas in me, atque in Emisarium meum laudes congesserint; multiplex inventus non fuerit Riberomastix. Difficillimum dictu est, quam furens irruerit in oppellam et ejus autorem scommatum et ineptiarum alluvies».
Si todos los obstáculos que se oponen a los hombres grandes para la publicación de sus producciones, se redujeran únicamente a meras habladurías, sería corto el mérito que les resulta de oponerse al torrente de las preocupaciones. Suele haber otros mayores, tanto más temibles, cuanto más ocultos y paliados; de cuya naturaleza fueron los que retardaron al padre Ribera la impresión de este tomo, y acaso la conclusión de su obra. Él mismo lo insinúa, diciendo: «Ad haec, ut praesentes elucubrationes publici juris citius fierent, impedimento —10→ fuere quaedam eventa, Eleusinae arcanis annumeranda, quae pati quidem cogimur, at perscrutari omnino prohibemur. Heu!»
Quidquid delirant reges, plectuntur Achivi.
En la introducción al segundo tomo satisface a algunos reparos que se habían hecho sobre el primero; cuales eran, el haberse manifestado contrario a los peripatéticos, declarándose ecléctico, el haber puesto entre las cuestiones inútiles las de las distinciones formal, y ex natura rei; la preferencia que había dado a la definición del género de los jurisconsultos sobre la de los lógicos; el haber dicho que la Vulgata no corresponde en todo y por todo a su original; el haber puesto por aforismo, Phenomena usquequaque naturalia exquirens, ac de ipsis judicium laturus, heterodoxorum opiniones impune consulat; el haber ponderado demasiado la necesidad de la Geometría, para las demás Ciencias; la dureza y obscuridad de estilo, etc.
Satisfacción al público. Crisis del cuaderno cuyo título es, Satisfacción pública y cristiana a favor de la inocencia culpada, expuesta por un amador de la justicia. Defiende en ella contra cavilaciones temerarias el recto proceder de la comunidad religiosa de los PP. Franciscos Descalzos de S. Juan Bautista de Zamora. Su autor don Dionisio Buhursio, censor valentino: 1752. Es un papel jocoso sobre —11→ cierta quimera que tuvieron en Zamora los PP. Descalzos de S. Francisco, con los PP. Trinitarios, sobre precedencia en las procesiones, con cuyo motivo se trata de la antigüedad y fundación de estas dos órdenes religiosas. Aunque se publicó sin nombre de autor, lo fue el P. Ribera.
Dictamen de la Universidad de Salamanca al Real Consejo de Castilla, que la consultó sobre una Academia de Latinidad de la Corte. Formole de orden de la misma Universidad el M. Fr. Manuel Bernardo de Ribera, Trinitaria Calzado, etc. 1756. En folio. En este papel se recomienda el estudio de las humanidades, y se declama contra los que persuaden que es mejor estudiar en lengua vulgar.
Respuesta cortesana a una apología, cuyo título es: La Púrpura sagrada justamente defendida. Discurso histórico apologético, que en obsequio del máximo Dr. y P. de la Iglesia San Gerónimo, escribía su menor hijo Fr. Francisco de San Andrés, Prior que ha sido en su Monasterio de S. Leonardo de Alba, Ex-Definidor, y Cronista general por su sagrada Religión. Su autor D. Tiburcio Zúñiga de las Varillas, opositor que fue a las Cátedras de Cánones en la Universidad de Valladolid. En Sevilla 1757. El P. Ribera en sus Instituciones filosóficas, había puesto en duda el que San Gerónimo hubiese sido Cardenal. Y como las opiniones adoptadas en las Órdenes —12→ religiosas, o porque se cree que ceden en honor de ellas, o por otros motivos, se sostienen con el mayor ardor y tesón el Cronista general de la de S. Gerónimo creyendo agraviada a la suya, salió a la defensa del Cardenalato de su Santo fundador. Lo que consiguió con esto fue dar ocasión a que se manifestara mucho más la debilidad de los fundamentos de aquella opinión, por medio de esta respuesta del P. Ribera.
Dictamen que sobre erección de Academias de Matemáticas, expresó primero en Junta particular, y reprodujo después en el claustro pleno de la Universidad de Salamanca el M. Fr. Manuel Bernardo de Ribera, Dr. teólogo de la misma Universidad, y su Catedrático de S. Anselmo. En Salamanca, en la Imprenta de la Santa Cruz, año de 1758. En cuarto. Don Diego de Torres, y algunos otros individuos de la Universidad de Salamanca, deseaban fundar una Academia de Matemáticas; para lo cual representaron a la Universidad la importancia de estas Ciencias, y el atraso que padecían en ella, hasta que aquel catedrático con la Cencerrilla de su pronóstico la había despertado, como él mismo decía, del profundísimo letargo que padecía en esta parte. El P. M. Ribera llevó muy a mal que se satirizara de este modo a la Universidad, y así extendió este informe, al cual va adjunto un índice de los defectos de la traducción del libro de Mr. —13→ de Vaugandi, que se había hecho para aquel efecto, trabajada por él mismo, juntamente con el Dr. Francisco Obando, Catedrático de Pronósticos.
Las circunstancias de ser el P. Ribera natural de aquella ciudad, y educado en su Universidad, lo pueden en algún modo excusar de haberse opuesto a la fundación de aquella Academia, y de haber procurado ocultar o disminuir el atraso que padecía por entonces la Universidad de Salamanca en las Matemáticas. Su papel se mandó recoger; pero no tuvo efecto la Academia, ni se mejoró en la Universidad el estudio de las Matemáticas: porque los vicios de que adolecía, eran obstáculos insuperables para su fomento.
Dictamen que da la Universidad de Salamanca al Real Consejo de Castilla, sobre la Academia universal de Ciencias y Artes, cuya erección con el título del Buen Gusto, pretenden varios particulares de la ciudad de Zaragoza. Formole, por orden de la misma Universidad, su menor hijo, el Mtro. Fr. Manuel. Bernardo de Ribera, Trinitario Calzado, Catedrático de Teología Moral, año de 1760. En Salamanca, en la imprenta nueva de Nicolás José Villagordo y Alcaraz. En folio. El Señor Conde de Fuentes había pensado en fundar en Zaragoza una Academia general de Ciencias y Artes, con el título del Buen Gusto, cuyo objeto era el mejorar éste, descubriendo con —14→ moderada crítica los defectos y abusos que se hallasen en la materia y modo de enseñarlas, y proponer los medios para corregirlos y evitarlos, procurando nuevas luces, y métodos para la perfección de cada Ciencia y Arte en particular. El Memorial del Conde de Fuentes, juntamente con los Estatutos de la Academia proyectada, se pasaron a la Universidad de Salamanca, para que informara lo que le pareciese acerca de aquel establecimiento. Esta nombró a varios Comisarios de todas facultades para extender el informe; y habiendo conferenciado entre sí, y llegado su turno al P. Ribera expuso. «Que se inclinaba poderosamente a que los pretendientes de la Academia se hubiesen engreído con las lecciones que de arrogancia, más que de sabiduría, dan los modernos enciclopedistas, v. gr. el Heineccio, el Muratori, el Orimini, el Rollin, y el Vernei, de los cuales se sospechaba con mucha vehemencia fuese su hombre el segundo, por la coincidencia del título de la Academia con el del libro3 en que dicho autor da reglas para estudiar con provecho las Ciencias y Artes; y porque el parrafillo en que los aragoneses informan del objeto de su Academia, es traducción literal de uno de aquel escritor en su república literaria. Que este proyecto sería mucho —15→ no se dirigiese a desterrar el método de las Universidades, y extinguir estas, pasado algún tiempo. Que los señores de Zaragoza daban principio a sus ideas y pretensiones por donde debían finalizarlas, pidiendo privilegios antes de hacer mérito con trabajos literarios, y sin mostrar alguna producción, que por sí misma fuese el clamor más eficaz para el premio, etc. Estas razones, y más que todas la segunda, movieron a los comisionados a procurar desacreditar la Academia del Buen Gusto, y encargaron al P. M. Ribera la extensión del informe que había de darse al Consejo acerca de aquel establecimiento.
Empieza éste, hablando en general contra la pretendida reforma de los estudios; y si poniendo que para ella se habrían dirigido los académicos por lo que habrían leído en Launoy, Gataker, Fontenelle, Muratori, y Verney, se hace crítica de estos autores. Sigue luego haciendo elogio a la Universidad de Salamanca, y persuadiendo que no se necesita en ella de nuevos métodos ni reformas, por vivir firmísimamente persuadidos a que observando sus Leyes municipales, se pueden aprender en ella las Ciencias, sin dispendio de tiempo, y sin temor de haberle consumido en cosas inútiles. Y se concluye el informe recapitulando todo lo dicho en cinco artículos.
Al fin se añaden unos apuntamientos para ilustrar y añadir este papel, y vindicarle si se lo —16→ opusiere alguna impugnación o censura.
Por su lectura se ve evidentemente, que la razón más poderosa de él consistió en que los académicos aragoneses no habían consultado a la Universidad de Salamanca, antes de solicitar la aprobación de su Academia, y los recelos de que hubiese alguna conjuración contra las Universidades. El mismo P. Ribera, aunque llama a la Universidad de Salamanca la Reina de las Universidades, el trono de sabiduría, el asilo del catolicismo, y la gran fortaleza de la cristiandad; y aunque dice que en ella se aprenden bien las Ciencias, y que de allí se deriva a otros estudios la doctrina y el más calificado método de enseñar; en otra parte confiesa «que en todos los cuerpos políticos, militares, literarios, civiles y regulares, se conoce decadencia de su primitivo fervor y rigidez. Que además de los principios inevitables de deterioración, hay otros particulares en la Universidad de Salamanca. Que él mismo escribió a cierto Grande un dictamen sobre su reforma. Y que los desórdenes en el estudio teológico de Salamanca, se ven y lloran también en otras Universidades». Como quiera que sea, este dictamen de la Universidad de Salamanca, o por mejor decir del P. Ribera, fue causa de que se disolviese la Academia del Buen Gusto de Zaragoza.
Entre sus MSS. se creyó hallar muchas preciosidades: como una Colección de reglas —17→ críticas sacadas de Santo Tomás; un tratado de Oratorum vitiis; el tomo tercero de las Instituciones; y los apuntamientos para los nueve restantes, de que había de constar aquella obra, de cuya existencia había informado el mismo P. Ribera a su amigo el P. M. Denche, docto y pío religioso de su misma orden, a quien he debido mucha parte de estas noticias. Pero habiéndose hecho el reconocimiento de sus papeles seis meses después de su muerte, no se encontraron, con mucho dolor de sus amigos, y de todos los que conocían bien el mérito de aquel sabio. Murió en 25 de septiembre de 1765. Predicó sus honras en la Universidad el P. Miguel Ignacio de Ordeñana, y se imprimió el Sermón en Salamanca en 1766, como también varios elogios suyos, en distintos géneros de metro, compuestos por su amigo D. Gabriel García Caballero.
RÍOS (D. Vicente de los) Coronel graduado, Capitán de la compañía de Caballeros Cadetes del Real Cuerpo de Artillería, de las Reales Academias de la Historia, Española y Buenas Letras de Sevilla; Socio de Erudición de la Real Sociedad Económica de Madrid. Discurso sobre los ilustres autores e inventores de Artillería que han florecido en España, desde los Reyes Católicos hasta el presente. Por... Madrid, por Joaquín Ibarra, calle de la Gorguera, año de 1767. En octavo.
Observa juiciosamente el seor Ríos, «que —18→ regularmente, las Bellas Artes que copian la naturaleza con las gracias que no poseemos, encuentran más grato hospedaje en nuestro espíritu, que las facultades útiles, por cuyo medio aliviamos las pensiones anexas a nuestra misma naturaleza. Preferimos lo brillante a lo sólido, y lo agradable a lo útil. «Con efecto para uno que tiene noticia de los hombres célebres en las matemáticas, y otras ciencias útiles, habrá más de ciento que saben muy por menor la vida y obras de los poetas y pintores. Apenas hay español que ignore los nombres de Garcilaso, Cervantes, Lope de Vega, Quevedo, y Góngora. ¿Cuántos han sido siquiera los de Alaba, Collado, Lechuga, Ufano y Firufino? Sin embargo puede creerse que han sido estos mucho mas útiles a la Patria, tratando y perfeccionando la artillería, arte utilísimo para la defensa de los enemigos que intentan sustentarla.
El señor Ríos manifiesta el mérito de estos autores, y los progresos que les debió la Artillería, exponiendo al mismo tiempo con una crítica justa e imparcial los defectos en que incurrieron, y lo que han adelantado la misma ciencia otros extranjeros.
Discurso para la abertura de la escuela de Táctica de Artillería; dicho en el Real Colegio Militar de Segovia, por el Capitán D. Vicente de los Ríos, Teniente de la compañía de Caballeros Cadetes del Real Cuerpo de Artillería: —19→ Académico del número, y Revisor de la Real Academia de la Historia, Supernumerario de la Española y de la de Buenas Letras de Sevilla, Socio de erudición de la Regia Sociedad. Madrid 1773, por D. Joaquín Ibarra, Impresor de Cámara de S. M. En octavo.
Después de la invención de la pólvora, el cañón, y el uso de los fuegos, son los que deciden principalmente la victoria, y la Artillería es una de las Ciencias más importantes para la Milicia. Así lo demuestra el señor Ríos en este Discurso, insinuando al mismo tiempo la multitud de conocimientos de que debe estar dotado un buen artillero, y exhortando a su estudio a los Caballeros Cadetes del Real Colegio de Segovia.
A un profundo conocimiento de la ciencia de Artillería, que era su facultad propia, juntaba el señor Ríos una instrucción nada vulgar en las humanidades y un gusto delicado en materia de Bellas Letras, según se ve en las Memorias de la vida y escritos de don Esteban Manuel de Villegas, que preceden a la reimpresión de las obras de este poeta español, hecha por D. Antonio Sancha en 1774, y en la vida de Miguel de Cervantes Saavedra, y análisis del Quijote, puesta al frente de la magnífica edición de esta obra, hecha por la Real Academia Española, en 1780.
En la Real Academia de Buenas Letras existen manuscritas las obras siguientes: Disertación —20→ sobre la preferencia de Lúcano a Virgilio. = Disertación sobre el uso y concernencia de la elocuencia de las Bellas Letras. = Traducción y discurso sobre la Oda IX del lib. 3. de Horacio. También dejó concluida otra obra intitula Táctica de Artillería, en cuyo elogio basta copiar aquí las palabras de la Academia Española, en el prólogo a la citada edición del Quijote. «Esta obra, dice, junta con el mérito anteriormente contraído en la carrera militar, y sus demás circunstancias recomendables, le granjearon a D. Vicente de los Ríos la estimación del soberano, y tuvo la gloria de que S. M. se dignase de manifestarlo, diciendo públicamente, cuando supo el peligroso estado de su salud: Sentiré que se muera, porque perderé un buen oficial. Perdió con efecto el Rey y la Patria un buen soldado, y perdió la Academia un ilustre miembro; pero vivirá eternamente su memoria.
RISCO (El P. M. F. Manuel) del Orden de S. Agustín, Regente de sagrada Teología, de la Real Academia de la Historia: España sagrada, tomo XXX. Contiene el estado antiguo de la Santa Iglesia de Zaragoza, con algunos documentos concernientes a los puntos que en él se tratan, y una colección de las Epístolas de S. Braulio, y otras escritas al mismo Santo por los sujetos más célebres de su tiempo, nunca publicadas hasta hoy, por la mayor parte. Su autor... En Madrid, en la imprenta de don —21→ Antonio de Sancha, año de 1775. En cuarto.
Muerto el P. Florez, mandó S. M. en 8 de junio de 1773, que la España sagrada se continuase con el objeto de ilustrar la Historia Eclesiástica de sus reinos, y disipar las fábulas que el falso celo había introducido. Y la elección de sujeto para la continuación recayó en el P. M. Risco.
Para quien solo tenga en sus estudios por objeto la fama, y el aura popular, es muy arriesgado el continuar o adicionar obras de autores que han llegado a tener una reputación extraordinaria en la república de las Letras. La gloria de estos hace desaparecer la de los continuadores, por más mérito que tengan. Así se ve, que habiendo el P. Bolando escrito bien pocos tomos de la colección inmensa de las Actas de los Santos, y habiendo trabajado en ella otros eruditos, acaso de más mérito que aquel P. no obstante su nombre es el que más sobresale, y bajo del cual se cita toda la obra.
Aunque la modestia del P. Risco se esmera en ponderar el mérito del P. Florez, y en rebajar el de su suficiencia para suplir la falta de aquel docto Agustiniano en la continuación de su España sagrada, con todo, el público ha visto, que ni en la erudición, ni en la crítica, ni en la exactitud ceden los tomos que van impresos hasta ahora a los que había celebrado en el primero. —22→
La historia de la Santa Iglesia de Zaragoza era una de las más difíciles, como en alguna parte advierte el P. Florez, y antes que él lo habían notado también Zurita, y otros doctos aragoneses. No obstante, el P. M. Risco la ha puesto en la mayor luz posible, refutando varias fábulas que en ella había introducido la credulidad y el espíritu de paisanaje, sin oponerse a las tradiciones comprobadas con buenos documentos. En el apéndice publica por la primera vez treinta y seis cartas de S. Braulio, sacadas de un antiquísimo códice, existente en la Santa Iglesia de León, y reimprime otros instrumentos propios para la comprobación de algunos pasajes de su obra.
Los autores de la Biblioteca Eclesiástica Friburgense, después de haber dado alguna noticia del contenido de este tomo, y del trabajo que había puesto el P. M. Risco en coordinar los dos que le preceden, dicen lo siguiente. «Quisquis non ignorat, quantis curis, quantaque circunspectione opus sit, in tanta rerum remotissimarum obscuritate, ut ne à semita veritatis ullo loco deflectas nullo pene negotio intelliget, quantae fuerint nostro historiographo superandae difficultates, ut omne ferret punctum. At qua est moderatione animi eruditus Risco, tantum tribuere sibi ausus non est, ut vel sentiret, vel affirmaret, se rem ubivis acu tetigisse. Istud solum aseveravit, quod potuit nulli se pepercisse labori, ut in dubiis rebus —23→ atque obscuris seligeret ea proponeretque, quae veritati accedere propius existimasset.
Tomo XXXI. Contiene las memorias de los varones ilustres Cesaraugustanos, que florecieron en los primeros siglos de la Iglesia: las noticias concernientes a las iglesias mozárabes, literatos, y reyes de Zaragoza, en los cuatro siglos de su cautiverio; y las obras del célebre Obispo Tájon, hasta hoy no publicadas. En Madrid, en la imprenta de D. Antonio de Sancha, año de 1776. Hablando de este tomo los sabios autores de la Biblioteca Eclesiástica Fribugense, dicen lo siguiente.
Incomparabili labore, multisque vigiliis opus erat auctori, ut omnia quae ad statum antiquum, tum civilem, tum ecclesiasticum laudatae metropoleos attinent, rite adcurateque explicaret. Crucem ei maximam fixit quadringentorum annorum spatium quo Caesaraugusta sub saeva saracenorum tiranide gemuit; ubi omnia aut obscura admodum; aut numquam hactenus ab auctore quoquam alio pertractata reperit. Primus hanc illustrare provinciam aggresus est Hieronimus Blancas; at tam exiguo cum progressu, ut amplissimum ad huc campum reliquerit Risconi exornandum. Quo quidem suo munere egregie defunctus est recentissimus scriptor Augustiniensis: sique non omnium expectationi fecit satis, id monumentorum raritati, rerumque qua involutae jacent obscuritati; non culpae auctoris tribuendum. —24→ Sane industria singulari examinavit Risco quae scripsit, gessitque Aurelius Prudentius, cognomento clemens Caesaraugustae, anno 348 in lucem editus, inter Eclesiasticos poetas facile princeps. Omnium tamen maxime commendari meretur auctoris nostri studium, quod Samuelis Tayonis, qui Braulioni in episcopatu succesit, quinque libros sententiarum ex S. Augustini, et Gregorii M. operibus collectos è codice gotico antiquissimo, in scriniis regii monasterii S. Aemiliani aservato, in lucem publicam protraxerit, cum utriusque sancti Doctoris sententiis contulerit; locum, quo quamlibet invenire licet assignarit, atque ad finem paginae notarit quid discriminis edita inter atque inedita intersit. Vidit hos sententiarum, libros Mabillonius in Biblioteca Thuana Parisiis; viderunt alii viri eruditi. Mirandum vehementer, à nullo hactenus fuisse prelo submisos, dum alia antiquorum scripta, saepe multo minoris pretii, summa sollicitudine, studiosissime conquirerent, ut tiporum formulis descripta proferrent in publicum. Quam vere hoc pronuntiem, inficiabitur nemo, quiqumque Mabillonii, Marteni. Muratorii, aliorumque eruditorum collectiones evolverit.
De Tayonis sententiarum libris haec habet Mabillonius: (Vet analect. pag. 64, edit. Paris 1728) Haec de rebus Theologicis sententiarum collectio, facta ex patribus, prima mihi videtur, ad cujus fere exemplum Petrus Lombardus, —25→ aliique alias condiderunt. In primo siquidem libro agit Tayo de Deo, divinisque atributis, in secundo de incarnatione Christi, et praedicatione Evangelii, deque pastoribus et subditis; in tertio de diversis Ecclesiae ordinibus, et de virtutibus; in quarto de divinis judiciis, tentationibus et peccatis; in quinto de reprobis, et de judicio, ac resurrectione. Opus suum, sacrum esse voluit Tayo Barcinonensis Ecclesiae antistiti Quirico; quam epistolam praefationis loco libris sententiarum praemisit. Nec modica ex hac collectione in rempublicam literariam Ecclesiasticam utilitas redundat, ut alias rationes quam plures silentio premam, quod plura fortasse sancti Augustini opera, quae in appendices rejecta jam sunt, facta inter ea et Tayonis sententias comparatione suo vindicari auctori possint. Exstat porro ejusdem Tayonis epistola ad Eugenium III Toletanae urbis Episcopum perscripta, quam ex Baluzii, tomo IV Miscell: rursus pag. 166 edidit Risco; ex qua colligimus, aliud opus ex S. Gregorii libris compilasse laudatum antistitem, tributum in codices sex; quorum primis quatuor vetus, duobus ultimatis novum Testamentum justo ordine explicabatur. Nullus Doctorum hujus collectionis ante Risconem meminit; qui quidem nec ipse exploratum habet, ubinam gentium cum tineis blattisue illa decertet; si non omnino interiit. Putat Baluzius Tayonem anno 640 ad Eugenium eam —26→ epistolam exarasse. At fallitur; cum id demuni anno 651 fieri potuerit, quo in sedem caesaraugustanam evectus est Tayo; in epistola enim sua ita loquitur de se; ultimus servorum Dei Caesar augustanus Episcopus, etc. Quod nostrarum est partium, optamus magnopere ut eruditissimus Risco de patria sua, atque adeo universa Ecclesia, et republica literaria bene mereri pergat.
Tomo XXXII. La Vasconia. Tratado preliminar a las Santas Iglesias de Calahorra, y de Pamplona; en que se establecen todas las antigüedades civiles concernientes a la religión de los vascones, desde los tiempos primitivos hasta los reyes primeros de Navarra. Su autor... En Madrid, en la imprenta de Miguel Escribano, año de 1773. En cuarto. Si la historia antigua en algunos ramos está obscura, por falta de noticias y escasez de documentos, en otras lo está mucho más, por la confusión que han introducido las opiniones varias, dictadas por pasiones, y fines particulares. Esto ha sucedido en el asunto de este tomo. El Arzobispo Pedro de Marca, el P. Moret, Ferreras, y otros, acumulando cada uno toda la erudición que pudo, para fundar sus opiniones, fueron causa de que se obscurecieran mucho más. El P. M. Risco ha impugnado los principales sistemas, y desembarazado de ellos, ha tratado de los verdaderos límites de la antigua Cantabria, con más crítica, y más imparcialidad —27→ que ninguno. Merece particularmente leerse su disertación sobre los antiguos límites que dividieron los reinos de España, y de Francia, por la parte que correspondía a Vasconia en la costa, y en el Pirineo, en donde se da razón de lo actuado en los años de 1659, y 1660, acerca de los límites de España y Francia; y se refuta con la mayor solidez y nervio, lo que sobre este asunto escribió el Arzobispo Pedro de Marca, y publicó Balucio.
Entre otros méritos literarios, tiene el P. Risco en particular el de haber combatido la opinión común entre escritores extranjeros, y regnícolas acerca del origen de los celtas españoles. Todos convenían en que estos habían venido de Francia, y atribuían a esta nación la cultura, usos, y costumbres, dimanados de aquella gente. Algunos solamente habían llegado a sospechar, que aquella opinión no estaba tan fundada, que no hubiese bastantes razones para dudar de ella. Pero los PP. Mohedanos intentaron combatir los motivos de dudar, poniéndola, a su parecer, en el mayor grado de probabilidad posible. El P. Risco, sin dejarse llevar de la corriente, ha examinado por sí mismo aquella cuestión en este tomo, y probado lo primero, que no debe atribuirse a los galos todo lo que se halla escrito de los celtas, como muchos habían hecho. II. Que la expedición de los celtas galos a España no es constante en la —28→ Historia. III. Que los celtas más antiguos que se conocen son los españoles. Y que lejos de haber venido nuestros celtas de las Galias, ni traído a estos países sus letras y costumbres, es más cierto que los de España se extendieron hasta la Galia Narbonense, y que por su gloria y fama, los griegos vinieron a llamar celtas a todos los galos. Esta opinión singular la ha fundado el P. Risco en razones sólidas, de suerte que la han adoptado los que han escrito después de él sobre el mismo asunto, cuales son el señor Noguera en sus adiciones al primer tomo de la Historia de España del P. Mariana, y el Abate Masdeu en su Historia Crítica de la misma.
Estando ya para concluirse la impresión de este tomo, salió una obra intitulada: La Cantabria vindicada, en la cual su autor se quejaba de que el P. Florez en su disertación preliminar a la Provincia Tarraconense había intentado despojar a las Vizcayas de las glorias que les resultaban de ser descendientes sus moradores los antiguos cántabros, nunca vencidos de los romanos, ni de los godos, y por consiguiente oriundos de los primitivos, y originarios españoles. Como el P. M. Risco trata también de este asunto en el tomo de la Vasconia, y adopta la opinión del P. Florez, y de otros que ponen a la Cantabria antigua en límites muy diferentes de los de las Vizcayas, y que sostienen que los vizcaínos —29→ fueron dominados por los romanos, por esto, y en honor de la memoria del P. Florez, imprimió a parte la obra intitulada: El R. P. M. Florez vindicado del vindicador de la Cantabria, D. Hipólito de Ozaeta y Gallaiztegui. En Madrid, en la imprenta de D. Pedro Marín, año de 1779, en la cual desvanece los argumentos con que aquel vizcaíno, llevado más del indiscreto amor a su país, que del que debe profesar todo hombre a la verdad, había intentado debilitar las razones del P. M. Florez, y sostener la opinión vulgar.
Tomo XXXIII. Contiene las antigüedades civiles y eclesiásticas de Calahorra, y las memorias concernientes a los Obispados de Nájera, y Álava. Añádese al fin una breve confutación de la obra publicada por el R. P. Fr. Lamberto de Zaragoza, del Orden de Capuchinos, contra el tomo XXX. En Madrid, en la imprenta de Pedro Marín, año de 1781.
En este tomo da el P. M. Risco una prueba muy evidente de la imparcialidad de su crítica. Es muy común a todos los hombres, el que el amor a su país los deslumbre, e incline a creer fácilmente cuanto parece que puede contribuir a sus glorias, así por lo que toca a sus antigüedades, como por lo que respecta a los hombres ilustres en santidad, en armas, o en letras. No obstante que el P. Risco es natural de la Villa de Haro, perteneciente al Obispado de Calahorra, examina con muy severa —30→ crítica sus antigüedades, y cuando por una parte manifiesta el mérito de Quintiliano, y defiende que nació en ella, contra la opinión de algunos críticos, por encontrar este hecho más conforme a la verdad, guiado por el amor a la misma, manifiesta la incertidumbre de algunos milagros, y otros hechos pertenecientes a las vidas, y martirios de algunos santos calagurritanos, no obstante que algunos de ellos han sido creídos por otros autores modernos de mucho crédito.
No ha guardado la misma moderación el R. P. Fr. Lamberto de Zaragoza del Orden de Capuchinos, quien creyendo agraviada a la Santa Iglesia de aquella ciudad, su patria, por haber quitado el P. Risco en el tomo XXX algunos obispos del catálogo impreso en las constituciones sinodales de aquel Arzobispado, y negado algunos hechos relativos a la historia eclesiástica de Aragón, en el tomo primero preliminar al teatro histórico de las iglesias de aquel reino, se quejó por esto del P. Risco, y procuró refutar las sólidas razones, sobre que este se había fundado; y movido del calor que excita generalmente el paisanaje, contra los que cree contrarios a las glorias de su nación; arroja contra él algunas expresiones nada propias de la indiferencia conque debe escribir un historiador que busca la verdad, y no glorias fingidas, e imaginarias de los pueblos que describe. El P. Risco —31→ correspondió en su juicio a todos los argumentos del P. Fr. Lamberto, demostrando al mismo tiempo, que no se opone a la verdadera y sólida piedad, ni al honor de los pueblos, el limpiar la historia eclesiástica, o civil, de fábulas, o hechos inciertos, y destituidos de sólidos fundamentos.
Tomo XXXIV. Contiene el estado antiguo de la Santa Iglesia exenta de León, con varios documentos, y escrituras concernientes a los puntos que en él se tratan, sacadas en la mayor parte de su archivo. Madrid, en la imprenta de D. Pedro Marín, año de 1784.
Tomo XXXV. Memorias de la Santa Iglesia, exenta de León, concernientes a los siglos XI, XII y XIII fundadas en escrituras, y documentos originales, desconocidos en la mayor parte hasta ahora, y muy útiles para la historia de esta ciudad, del reino de León, y de la España en general. En Madrid, en la oficina de Pedro Marín, año de 1736. No obstante que el P. M. Risco había ofrecido continuar, escribiendo la historia de las iglesias, situadas en la Provincia Tarraconense, las particulares circunstancias de habérsele franqueado el precioso Archivo de la Santa Iglesia de León, y la mayor utilidad, le han movido a escribir antes esta. Para hacerlo con más acierto, ha emprendido dos viajes a aquella ciudad, registrado por sí mismo el Archivo de la Santa Iglesia, y sacado copias de Escrituras, y otros instrumentos importantísimos —32→ para su objeto, mucha parte de ellos, no solamente inéditos, sino desconocidos, como es la vida de S. Froilán, impresa en el tomo XXXIV. Por medio de ellos corrige muchas veces la cronología de los reyes, obispos, y santos; aclara hechos que hasta ahora habían sido muy obscuros; refuta algunas fábulas, no siendo menos digno de alabanza, por la apreciable colección de instrumentos antiguos que acompañan a estos tres tomos, muy útiles para el mayor conocimiento de nuestra historia eclesiástica y civil.
En el año de 1774, había publicado él mismo otra obra, intitulada: La profesión cristiana según la doctrina evangélica, y apostólica, y los ejemplos santísimos de nuestro Señor Jesucristo, y de los primeros cristianos. Madrid, en la imprenta de D. Antonio Sancha. En cuarto, obra llena de la más pura doctrina, y propia para fomentar la más sólida piedad, por estar fundada toda ella sobre las sagradas Escrituras, y Santos Padres, y escrita con muy buen método.
Informado S. M. del mérito del P. M. Risco, no solamente le ha concedido la misma pensión que disfrutaba el P. Florez, sino que ha pedido a S. S. le dispensara también los honores, privilegios, y exenciones de los Ex-Provinciales, y Ex-Asistentes generales de su orden, cuya gracia le concedió el Sumo —33→ Pontífice, por Breve de 7 de agosto del año de 1787.
ROBLE S VIVES (Señor D. Antonio) Caballero de la Real y Distinguida Orden de Carlos III del Consejo de S. M. en el de Hacienda. Representación contra el pretendido Voto de Santiago, que hace al rey nuestro Señor, D. Carlos III el Duque de Arcos. Madrid, 1771. Por D. Joaquín Ibarra. En folio.
Una de las pruebas más convincentes de lo difíciles que son de desarraigar los abusos introducidos con pretexto de piedad y devoción, es la historia del voto de Santiago.
Por los años de 1204, se dejaron ver por la primera vez, copias de cierto privilegio dado, según se decía, por D. Ramiro I, en la Era de 1182, en el cual, haciéndose relación de la batalla de Clavijo, y atribuyendo la victoria al apóstol Santiago, en reconocimiento de ella, el rey, de acuerdo con los Grandes, y el Pueblo, ofrecieron darle perpetuamente en cada año, por cada yunta las medidas de grano, y vino, al modo que las Primicias, en toda España, para el sustento de los Canónigos de Santiago, en donde se venera su santo Cuerpo. No obstante que aquel privilegio se confirmó después por algunos reyes, estuvo sin observancia por cerca de setecientos años, hasta que los Reyes Católicos D. Fernando, y Doña Isabel lo renovaron en el —34→ reino de Granada, en 1492, y en virtud de este nuevo privilegio, y de varias ejecutorias, dadas por diferentes tribunales, se puso en práctica su cobranza. Los pueblos reclamaron esta novedad; pero inútilmente, siendo condenados por varias sentencias, expedidas a favor de la Santa Iglesia, desde el año de 1513. No obstante, los de los Obispados de Tajo a esta parte, viendo que no habían sido suficientes las razones alegadas por los otros contra el Voto, en la Chancillería de Granada, y Audiencia, de la Coruña, opusieron al privilegio en la de Valladolid, la excepción de falsedad, con tales pruebas, que aquella Chancillería, en sentencia de Vista del año de 1592, declaró por bien probadas estas excepciones, y los absolvió del pago del Voto. Suplicó la Iglesia de esta sentencia; y para esforzar su justicia, presentó la ejecutoria, obtenida a su favor en Granada. Logró con esto, que en Valladolid se reformara aquella sentencia, por la de Revista, dada en 1612. Los pueblos suplicaron segunda vez ante la Real persona, bajo cuya suplicación fueron amparados, y acogidos todos los que no habían suplicado.
Antes de determinarse este recurso, se publicaron varios escritos, unos en favor, y otros en contra del Voto. Escribieron a su favor Ambrosio de Morales, y D. Mauro de Castella. Y lo impugnaron D. Lázaro González de Acevedo, y el docto —35→ cronista don Fr. Prudencio de Sandoval.
Ilustrado el Consejo con estos escritos, vio el recurso el año de 1628, y por su sentencia revocó la de Revista de la Chancillería de Valladolid, imponiendo a la Santa Iglesia perpetuo silencio sobre aquel pleito.
Como con esta solemne decisión se derribó la opinión favorable al Privilegio, se contentaron los Agentes de la Santa Iglesia con pedir el Voto en muchos de los pueblos de Galicia, y de Tajo allá, a los que voluntariamente quisieran pagarlo, por modo de limosna: política que les mantuvo, con el pretexto de piedad, en la posesión de cobrar; para hacer de aquella posesión un uso muy diferente en los tiempos posteriores.
Con efecto, reducida otra vez a exacción forzosa la cobranza precaria que habían retenido en algunos pueblos de Galicia, y León, y provincias de Tajo allá, la extendieron a otros muchos pueblos de Castilla, no inclusos en los obispados que quedaron libres por la Ejecutoria del Consejo, cuyo documento ocultaron para ganar, como ganaron, Ejecutorias favorables a su intento, y diferentes competencias, a favor de su jurisdicción privativa; volviéndose con esto a exigir el Voto, con tanto rigor, que en algunos pueblos importaba tanto, como todas las contribuciones reales juntas.
Muchos de los pueblos gravados con aquella —36→ carga, pertenecían a los Estados del Excmo. Señor Duque de Arcos, quien se creyó obligado a reclamarla, y pedir su reforma, para lo cual hizo esta representación, la que se dice trabajó, y extendió el señor Robles Vives.
En ella se demuestra la nulidad del Privilegio del Voto, atribuido a Ramiro I por el anacronismo de su fecha; por las fábulas sobre que estriba la donación particular; la del infame tributo de las cien doncellas y la aparición de Santiago, de las que no hay memoria en los autores contemporáneos, ni en los Privilegios, Bulas, Historias Lápidas, Medallas, Testamentos, Escrituras y demás instrumentos de aquella edad. Y se desbaratan los argumentos con que se intenta sostener: manifestando con juiciosa, y delicada crítica, la ineficacia de los que se toman de las confirmaciones de otros reyes posteriores; de las Bulas, Ejecutorias tradición, y rezo de la Aparición del Santo; manifestando finalmente la injusticia del Privilegio, aun cuando fuera cierto.
El estilo es vivo, nervioso, y animado, cual correspondía a un escrito presentado al monarca por una de las primeras personas del reino, para desarraigar generalmente, o a lo menos en sus estados, un gravamen muy pesado para sus vasallos. Para muestra de él puede leerse lo que escribe en la página 63, —37→ hablando de las pinturas en que se representa la Aparición de Santiago.
«Cuando el interés, dice, y la libertad hicieron su irrupción en los espíritus débiles, nacieron infinitas representaciones quiméricas, con que los pintores, y otros artífices (hechos a obedecer las ideas de aquellos cuyo favor han menester) propagaron en piedras, tablas, y planchas, los errores que les sugerían. Dejando aparte las fábulas de los paganos, que ejecutaron las manos de los más grandes hombres de Grecia, y Roma, en los siglos cristianos se ven otros monstruos perpetuados por los pintores, y poetas, cuya suerte es igual en este punto, como decía el grande Horacio. De aquí vino una araña de S. Jorge; un S. Pedro con tiara, báculo y guantes; unos ángeles como muchachos con alas; un duelo de S. Miguel contra Satanás, en que se ve el vencedor con morrión y cota, y el vencido con astas en la frente, cola de sierpe, y empuñado el tridente de Neptuno. De semejante calor de imaginativa, nació el retrato de la fama, el de los vientos, el de los sentidos, el de las estaciones, y el de otro millón de cosas, cuyo bulto nos han ofrecido los artífices por meras alegorías. Como asimismo nos ofrecen un S. Cristóbal gigante, un Júpiter por Jesucristo, como lo figuró Miguel Ángel; y un Santiago a caballo, como han inventado los compostelanos. —38→
»¿Pero cuándo, señor (dice en otra parte, hablando de cierta Bula de Celestino III) los Papas han dado leyes a España, fuera de los puntos de creencia, y de dogma? Las leyes que reglan el dominio y posesión de las cosas, y la potestad de señalar los límites entre lo tuyo y mío, solo pueden derivarse del Imperio, no del Sacerdocio. La preocupación de los siglos de la restauración, hizo respetable una Bula, sacada sin duda con engaños contra la intención del Papa. ¿Qué admiración puede causar esta Bula, al ver las de Alejandro III, Gregorio IX, y Clemente V, para que solo en Santiago se labrasen las conchas o veneras de plata, bronce, estaño, y plomo, de que usaban los peregrinos, mandando a su Arzobispo, excomulgase a los que las comprasen de fuera, por estar S. S. informado de que algunas personas las hacían en otras partes, con poco temor de Dios? ¿Quién tiene arte para obtener Bulas semejantes, que mucho la tuviese para obtener la de Celestino III, contra la prescripción en que tanto se interesaba?
Me he detenido algo en la noticia de esta obra, por su excelente mérito, y porque entre otras preocupaciones que reinan en nosotros, es una la de no contar comúnmente entre las piezas literarias las que se trabajan para el foto. Es verdad, que atendiendo al infinito número de Alegaciones, Memoriales, y papeles en Derecho, que en él se escriben, destituidos absolutamente —39→ de crítica, y sin estilo, y llenos de citas inoportunas, y molestas repeticiones, de doctrinas vulgarísimas, y erudición pedantesca, y farraginosa, poco pueden servir para nuestro crédito literario. Mas también hay abogados sabios, y doctos magistrados, como se puede colegir de algunas obras insinuadas en esta Biblioteca, y particularmente de la Representación del señor Robles.
Memorias que recogía el Fiscal de S. M. en esta Chancillería (de Valladolid) para formar la alegación por el Patrimonio Real, y el Concejo, y vecinos de la villa de Dueñas, contra el Conde de Buendía, Duque de Medinaceli, sobre la restitución a la Corona, de dicha villa, su señorío, jurisdicción, rentas, pechos, y derechos, alcabalas, tercias, y demás que socolor de dueños de ella, han llevado dichos Condes. Con motivo de impugnar el valor de la merced de Dueñas, expedida en 1440, a la casa de los Condes de Buendía, trata el señor Robles Vives en estas memorias del derecho feudal de España, materia la más obscura, y poco examinada por nuestros jurisconsultos, no obstante, que es la más importante de la jurisprudencia española, por haber tenido en el origen la forma de nuestra constitución civil, varios modos de adquirir desconocidos entre los romanos, y las principales regalías de la Majestad, y la Grandeza. Este asunto pedía una obra más completa, aunque muy difícil, por —40→ las tinieblas en que está generalmente sumergida la historia de aquellos tiempos.
«El mundo, dice el señor Robles, se ha envejecido, y a proporción la literatura se ha cargado y hecho demasiadamente pesada. Cada día se aumenta la historia del género humano, y se van multiplicando las revoluciones de los Imperios, las variaciones de las costumbres, y las alteraciones de las leyes. El hombre, al paso que se retira de los primeros tiempos, va perdiendo de vista los sucesos que pasan, los monumentos que perecen, las tradiciones que se vician, y todo cuanto cede a la fuerza irresistible del tiempo. Su impericia fatal va retirando de la memoria las leyes de nuestro antiguo gobierno feudal: ya solo nos conserva algunos vestigios, tan dispersos, que para reunirlos, y combinarlos, se necesita de la lectura de inmenso número de libros áridos, de códigos bárbaros, de historias antiquísimas, y de una diplomática, cuya falta lloramos. La escasez de estos monumentos, hace cuasi insuperable la dificultad.»
Por lo mismo es muy apreciable el ensayo de la historia feudal que da en estas Memorias el señor Robles, quien prueba en ella, que por el pacto nacional del establecimiento de la monarquía goda, se destinaron ciertos bienes, para dote del Estado, con prohibición de separarse en propiedad del señorío del reino. Que de esta clase de bienes son las —41→ ciudades, villas, castillos, jurisdicción, y tributos. Que por lo mismo, nunca pasaron en propiedad, sino en feudo a los vasallos singulares; y la jurisdicción de ningún modo. Que de estos señoríos feudales, hubo unos de la Corona, consistentes en regalías, y casi propios de los príncipes, o ricos hombres, llamados tierra, y honor, y otros de dominios particulares, llamado solariego, divisa, y behetría, cuya naturaleza explica. Que en los pueblos de estos señoríos, ejercieron la jurisdicción los Magistrados Reales, hasta los tiempos de D. Sancho el Bravo. Y que este derecho público, no se alteró por las leyes del Ordenamiento de Alcalá, ni de la Recopilación.
RODRÍGUEZ (el Rmo. P. M. D. Antonio José), monje cisterciense, graduado en Artes, y4 Dr. de Sagrada Teología; Examinador Sinodal del Arzobispado de Toledo, y Obispados de Tarazona, y Jaca, teólogo, y Examinador de la Nunciatura, Consultor de Cámara del Serenísimo Señor Infante D. Luis, Académico de las Reales, Matritense, y Petropolitana; Socio de la de las Ciencias de Sevilla. Palestra crítico médica, en que se trata de introducir la verdadera Medicina, y desalojar la tirana intrusa, del Reino de la naturaleza. Escrita por... Seis tomos en cuarto; impresos, y reimpresos en varias imprentas y años, desde el de 1735. Cuando el P. M. Rodríguez emprendió esta obra, no tenía más —42→ de 30 años. Pero su gran talento, sobre haberle allanado ya, en tan corta edad, las dificultades que ofrecen los estudios monásticos, le hizo extender su estudio a la Medicina, y emprender el vasto proyecto de persuadir, que todos los sistemas médico-especulativos son falsos; y que de todo punto se ignora la más mínima causa morbosa, y el modo de obrar los medicamentos; siéndonos solamente concedido el uso de estos, por observación propia, o extraña; y un discernimiento, harto confuso, de las enfermedades, por los caracteres, y signos que se nos presentan.
El empeño era gravísimo, tanto por la calidad de la persona, de cuya profesión se creía muy ajeno el estudio de la Medicina, cuanto por que en España dominaba por entonces en toda su fuerza la Medicina sistemática, y eran muy pocos los buenos médicos, que se dirigían en su ejercicio, por la observación atenta de la naturaleza. Nada de esto atemorizó al P. M. Rodríguez, quien si no persuadió a todos sus opiniones, a lo menos contribuyó muchísimo para ilustrar al público, para disminuir el crédito de los sistemáticos; y preparar la feliz revolución hacia el recto estudio de aquella facultad, tan útil al género humano.
El estilo de esta obra tiene todavía el vicio, que dominaba generalmente en aquel tiempo, de hinchado, cadencioso, y metafórico, —43→ como puede verse por el principio de la dedicatoria al abad, y monjes del Real Monasterio de nuestra Señora de Beruela, que dice así: «Común ha sido alentar la obligación, o el amor a los autores, para buscar patrocinio a sus desvelos; pero hallarse tan soberano, es felicidad, que franqueo a pocos la fortuna. El amor de hijos, y la obligación de esclavo, son dos máquinas de muelle tan activo, que ni el peso de mi insuficiencia, ni la inmensa distancia entre la ofrenda y el simulacro, fueron bastante para estorbar, que ejerciendo su elástico movimiento, nos arrojen a la obra, y a mí a las plantas de V. S.»
El ingenio no siempre está hermanado con el gusto, y delicadeza de estilo. Pero aun en este se advierte mucha diferencia entre las primeras obras que escribió el P. Rodríguez, y las que trabajó en edad más adelantada; resplandeciendo por otra parte en todas ellas cierto fuego, que solamente se encuentra en las originales, y no en las traducidas, o copiadas.
Nuevo aspecto de Teología Moral, y ambos Derechos, o Paradojas físico-teológico-legales. Obra crítica, provechosa a párrocos, confesores, y profesores de ambos Derechos, y útil a médicos, filósofos, y eruditos. Escrito por... Cuatro tomos en cuarto, impresos, y reimpresos en varios años, y por última vez en el de 1788. Ocurren frecuentemente —44→ varias dudas, y causas en la Teología Moral, y en la Jurisprudencia civil, y canónica, que no pueden resolverse bien sin la física, y conocimiento de la naturaleza. Y como la mayor parte de los autores más acreditados en aquellas facultades, no han hecho por sí mismos un estudio fundado de esta parte de la Filosofía, se han introducido en ellas cuestiones importantísimas y opiniones peligrosas. Cuanto se ha disputado sobre el bautismo del feto dentro del útero materno; sobre la operación cesárea; sobre la impotencia para la generación; sobre las pruebas de la virginidad; sobre los maleficios; íncubos, y súcubos; brujas; apariciones, milagros: ¿y cuánto no se ha errado en muchas de estas cosas, por no conocerse bien las fuerzas de la naturaleza?
El P. Rodríguez, con las luces que le suministró el estudio de esta, manifiesta los yerros que pueden cometerse en tan importantes, y delicadas materias, y da las luces necesarias para precaverlos.
Pero en lo que puso mayor cuidado fue en combatir, y disminuir el gran concepto, que se tiene formado vulgarmente, acerca del poder del demonio. Es muy bueno que se tema a este, como instrumento que es de la justicia de Dios, y enemigo de la eterna felicidad de los hombres. Mas este temor, lejos de servir para mejorar la conducta de la vida, muchas veces sirve para buscar, y alegar excusas —45→ a la malicia humana.
«Tan antiguo es en la naturaleza, dice el P. Rodríguez, afectar, y presentar disculpas al pecado, como el pecado mismo... Apenas se oye voz más frecuente en el trato humano, y aun en lo sagrado de la confesión, que la del diablo me tentó para esto, el diablo tuvo la culpa de aquello. Mostrando el que lo presenta, que lo tiene por adecuada disculpa de su delito; y como que tiene cierto derecho a que se le admita la disculpa; como si su libre albedrío, no fuese más poderoso con la gracia, que todo el poder del diablo; y como si ya S. Agustín no hubiese advertido que hay hombres que de todo cuanto pecan, culpan al demonio», lib. de Contin. Cap. 4.
Luego explica más por menor, los daños que resultan de semejante opinión, diciendo: «Todos los hombres abundan en sus juicios; y en sus modos de pensar, por lo común son muy diferentes. Se han escrito muchos tratados, y libros, para convencer de heréticas aquellas doctrinas (de los molinistas) y apartar el juicio humano de semejantes obscenidades; pero por la verdad, se ha ganado poca tierra en cuanto a los efectos. ¿Pero cómo se ha de adelantar el partido, si al mismo tiempo que los teólogos trabajan oportunamente, en persuadir que las violencias molinísticas, son fundamentalmente heréticas, y —46→ que se oponen a la ley, y a toda virtud; al mismo tiempo, se hallan millares de libros, escritos también por teólogos, canonistas, y filósofos, en que se persuade, se cree, y se pretende probar, que el diablo puede incubar, y sucubar; que puede por su propia naturaleza forcejar contra una mujer, y violentarla; y que esta puede concebir, quedando virgen? No solo esto: ¿qué puede el diablo, por su propio natural poder, hacer con la naturaleza corpórea cuanto quiera? Esto se halla en autores de la recomendación más alta, y de todas clases...
»Todo el vulgo, y se pueden contar dentro de él muchos que no debieran serlo, está en la preocupación de duendes, multitud de brujerías, de hechicerías, y de otras maniobras diabólicas. Hoy día en el país, que vivo, se creen atentados brujescos, se oyen duendes, se acumulan ligaciones matrimoniales, y se aseguran con certeza a cada paso maleficios. Sobre esto último, es una lástima lo que pasa. De tal modo está esparramado este poder diabólico, que apenas una enfermedad se resiste algo a los remedios comunes, y muchas veces sin llegar a este estado, al instante se proclama por maleficio. Al instante los parientes, o interesados, recurren a tal, o tal parte, en donde hay un eclesiástico que los cura.
»Es materia de reír, si no fuese el punto —47→ tan serio, oír los engaños, y embustes que forjan, o la malicia, o la preocupación de los que van con los trapos, pelo, o vestidos del enfermo, a buscar el remedio al santuario, o al eclesiástico. No encuentran en el camino cuervo, u otro pájaro lúgubre, que no crean, y después publiquen que eran diablos, o los mismos hechiceros, que salían al camino, para impedir que llegase al lugar del remedio. Lo mismo si les salen perros ladrando al paso, cosa tan común por todas partes. Lo mismo cualesquiera ruido nocturno, que se oiga por el emisario, en el lugar del médico antihechicero, o por el mismo enfermo, domésticos en su casa. A todas estas ocurrencias naturalísimas, eleva la preocupación bien arraigada, o tropiezos puestos por el hechicero, para que la curación no se logre.»
Estas razones movieron al P. Rodríguez a combatir las ideas, que vulgarmente se tienen sobre el poder natural del diablo, por ser el desmedido, que se le atribuye, la causa principal de aquellas supersticiones, y de muchos vicios, que se tienen por flaquezas, para excusarlos, siendo en la realidad efectos de la malicia mas arraigada, y endurecida.
Además de estas dos obras, publicó el P. Rodríguez, las Reflexiones teológico-canónico-médicas, sobre el ayuno eclesiástico. = El Filoteo, o demostración crítica de los —48→ fundamentos de la religión cristiana. = Y varios tratados, sobre la antigüedad de la Regla de S. Benito: sobre el gran problema de la respiración; sobre el origen, disciplina, y gobierno antiguo del Orden Monástico; sobre el feto monstruoso de una cabra.
ROMÁ Y ROSELL (Señor D. Francisco), abogado de pobres por S. M. del Principado de Cataluña, académico de la Real Conferencia de Física Experimental, y Agricultura de Barcelona, y últimamente, Regente de la Real Audiencia de México. Disertación histórico-político-legal por los Colegios, y Gremios de la ciudad de Barcelona, y sus privativas. Barcelona: por Tomás Piferrer, impresor del rey nuestro Señor. Año 1766. Varios comerciantes alemanes, y napolitanos, establecidos en Barcelona, no contentos con la venta, por mayor, que se permite en aquella ciudad, a todo nacional y extranjero, querían vender por menor, todo género de manufacturas, en perjuicio de los privilegios, que acerca de esto tienen los gremios de ella, por los estatutos municipales. Se siguió un pleito ruidoso, con cuyo motivo el señor Romá escribió esta Disertación, en la que trata de los Colegios, y Gremios de artesanos, particularmente en Cataluña. Prueba su utilidad, por la mayor perfección, que con ellos adquieren las manufacturas, y porque por ellos se asegura mejor el orden público, —49→ y las buenas costumbres de los artesanos. Que las privativas no introducen el monopolio en las ciudades muy populosas, cual lo es la de Barcelona. Que no se oponen al derecho natural, y de gentes, por excluirse en ellas a extranjeros. Y finalmente, que no se impide por ellas el establecimiento de extranjeros útiles, y se evita la ruina de muchas familias nacionales.
Señales de la felicidad de España, y medios de hacerlas eficaces. En Madrid, en la imprenta de D. Antonio Muñoz del Valle, año de 1768. En octavo. Se dice, que este librito le valió la toga al señor Romá. ¡Afortunado autor! También el mérito depende de la opinión, y varía, como esta, según los tiempos. Pocos años antes del 68 se habría castigado severamente a quien hablara como el señor Romá, acerca de algunos puntos, y señaladamente sobre el lujo. Veáse cómo se explica en la pág. 43.
«En la monarquía, dice, de grandes proporciones, como España, es el lujo, no solo útil sino necesario. En el estado de decadencia para restablecerla: en el de mediocridad, para conservarla, y aumentarla; y en el de opulencia para preservarla de ruina en un país apto para sustentar una grande población, decaído, y despoblado por causas accidentales, no se puede imaginar un medio más pronto, y eficaz, para reintegrarle, que —50→ dar ocupación a las familias. El lujo va aumentando, a proporción de sus caprichos, las de los artífices, y estas contribuyen con el consumo al aumento de labradores. Restablecida medianamente la población, el lujo, y la agricultura, redoblan sus esfuerzos, animados, aquel del mayor despacho de sus manufacturas, y esta del consumo de los simples, y alimentos; y resultando, cuanto más asegurado esté el despacho interior, un sobrante de géneros, para extraerlos; se forma un comercio activo, que encamina a la mayor opulencia. Verificada esta, peligra el estado de ser agobiado del pelo de los metales, y solamente el lujo puede sostenerlo. Todas las malas consecuencias de la abundancia del dinero nacen de que este pase los límites de su proporción relativa, no solo a las necesidades del reino, y al número de sus consumidores, sino también a la estimación que tenga en los países extranjeros, proporcionada igualmente en estos por el número de sus necesidades, y de sus consumidores. Más claro: si en España, por ejemplo, dieciséis millones de personas, necesitasen doscientos millones de pesos, que circulasen para acudir a sus urgencias, con unos precios que imposibilitasen la mayor baratura de las manufacturas extranjeras, atendidas la igual estimación, que tuviese la moneda en los demás países, desde luego que se introdujesen repentinamente —51→ otros doscientos millones, sin aumentar el número de necesidades, ni la población, duplicaría naturalmente el precio de todos los géneros, y manufacturas nacionales, y lograrían la preferencia los extranjeros mucho más baratos. El remedio, en tal caso, sería duplicar por medio del lujo, el número de necesidades, a cuyo aumento sería consecuente indefectible el de la población... No es el lujo, por sí solo, sino el conjunto de ocio, lujo, y otras causas, lo que produce las enfermedades que padece el reino, y que el gobierno desea remediar, como lo expresa un calificado español, escritor moderno. Tan equivocado es el concepto, de que el lujo por sí solo aniquilé el estado, como el que sea autor de una multitud de vicios, que nacen de la impunidad, y otras causas.»
ROSELL (D. Antonio Gregorio) Catedrático de Matemáticas en los Estudios Reales de Madrid, y Comisario de Guerra honorario. Demostración de las causas que concurrieron a los daños y ruinas de las obras del Prado nuevo de Madrid, en la tarde del 23 de septiembre de 1775, y modo de precaverlas en adelante. Por D. Antonio Rosell Urciano, catedrático de Matemáticas en los Estudios Reales de la Corte. En Madrid: 1775. Por D. Joaquín Ibarra.
Se da primeramente noticia de les estragos ocurridos en el Prado de Madrid, con motivo —52→ de la grande lluvia del día 23 de septiembre del año de 1775; y para mayor claridad se halla en una estampa el plan de dicho paseo, donde están señalados los parajes de las ruinas que se experimentaron. El autor declara después las diligencias que practicó, para averiguar las causas que las ocasionaron, y deseando hacer más útil su trabajo, pasa a manifestarlas, dando demostraciones científicas, apoyadas en la experiencia, y en principios de cálculo, y Dinámica; exponiendo el modo con que le parece, se pueden precaver en adelante semejantes ruinas.
La Geometría de los niños. P. D. A. R. C. D. M. En Madrid: en la Imprenta Real, año 1784. En octavo.
Aquí se propuso el autor, enseñar brevemente, por preguntas, y respuestas, con ejemplos claros, y orden natural, las nociones, y prácticas más comunes de la Geometría, con ánimo de aficionar a los niños al estudio de las Matemáticas, y disponerlos para él de otras facultades, y particularmente para el ejercicio de las Artes.
Instituciones Matemáticas. Por D... tomo I. Contiene la Aritmética común, y principios de Álgebra. Madrid, en la Imprenta Real, año de 1785. En cuarto regular.
No hay obras más importantes para la enseñanza pública, que las buenas instituciones, o elementos de las Ciencias. Mas tampoco las —53→ hay más difíciles, y que exijan tanta inteligencia, estudio, y meditación en sus autores. La república literaria está llena de cursos en todas facultades, por la mayor parte áridos, sin método, y tan llenos de superfluidades, como destituidos de los principios fecundos, por los cuales el entendimiento pueda hacer en adelante grandes progresos por sí mismo. No son de esta clase las Instituciones matemáticas del señor Rosell, en el juicio de muchos sabios. Véase lo que dicen de ellas las Efemérides de Roma, en el Artículo de Madrid, de 13 de mayo de 1786.
«Gli scrittori degli elementi di matematiche si copian per lo più l'uno dietro l'altro, è niente perciò comunemente contribuiscono al più facile, ed utile apprendimento delle scienze, che prendono ad insegnare. Non sará compreso certamente in questa schiera di vulgari scrittori il sig. Rosell, il quale possedendo à fondo le scienze che prende à trattare, ed essendo allo stesso tempo gran metafisico, ha felicemente intrapreso di rifondere i stuoi elementi in una nuova forma, ed in un nuovo ordine, che possa riuscire più naturale, è più luminoso, è sia capace non che di preparare, ma sibene ancora di invoglari gli studenti ad andar oltre, è à penetrare facilmente ne più reconditi misteri di queste scienze, le quali se hanno avuto sinora un picciol numero di seguaci, se ne deè forse soltanto rifonder la colpa nel cativo metodo, con —54→ cui sono state insegnate. L'antico metodo poteva forse esser buono, allorche queste scienze erano peranche bambine, cho si rimanevano isolate, è niun uso facevasene ancora nella fisica. Ma ora che tanto si sono allargate, che tante felici applicazioni se ne son fatte à tutta la scienza della natura, bisogna assolutamente appigliarsi ad un nuovo metodo più adattato al loro nuovo stato. Il signor Rosell renda buon conto del nuovo suo metodo in un buon ragionato prologo, ch' ci premette à queste sue instituzioni. La sostanza di questo suo metodo si è di riunire insieme, siccome diffatti son di loro natura unite, l'Aritmetica è l'Algebra, comprendendo tutte due queste scienze, come già fece il Newton, sotto il nome di aritmetica universale; è far conoscere la connessione che ha con tutte due la geometria, è quella che ha la geometria trascendente coll' elementare. Egli prepara i suoi discepoli al questo studio con un' istruzione proemiale sopra il metodo matematico, ed il modo di studiare queste scienze; con un introduzione in cui si presenta è l'idea, l'oggetto generale di queste scienze, è l'enumerazione delle loro principali parti. Questo primo volume non comprehende che le regole dell'algoritmo aritmetico, ed algebraico, è i primi principii dell' analisi algebraica, applicati ai problemi del primo è del secondo grado. Il metodo di cui si serve l'A. è veramente analitico, cioè quello che non —55→ solamente insegna al studenti le cose che loro si vogliono insegnare, ma insieme capir loro, come sia nato il pensiero, ò il bisogno di cercarle, è per quali vie siensi potute ritrovare. Per l'amore che portiamo à queste scienze, noi auguríamo ozio è salute al degnissimo A., perchè possa felicemente condurre à termine questo suo corso matematico, cosi ben ideato ed incominciato; è col quale si numentera certamente in Ispagna il numero dei coltivatori di queste utilissime discipline.
Disertación sobre la causa de las Auroras Boreales, por D. Antonio Rosell, en 1770. MS.
ROSELL (el R. P. M. F. Basilio Tomás), doctor en Sagrada Teología, y Prior del Real Convento de nuestra Señora de Aguas Vivas de Agustinos Calzados, de la Provincia de Aragón, y Parcialidad de Valencia. El Monacato, o tardes monásticas, en que hablándose en general, de las obligaciones y costumbres de los monjes, se desciende en particular, a las de los Agustinianos. En Valencia, en la imprenta de Salvador Faulí, año de 1787. En cuarto.
Esta obra está dispuesta en forma de diálogo, esto es, distribuida en varias conversaciones, hablando principalmente en ellas el P. Alipio, que tiene el carácter de un religioso proyecto; Desiderio, que se ve ser un sacerdote mozo; y profuturo Corista, o estudiante. —56→ Aquel dispuesto a enseñar, y estos ansiosos de oír sus instrucciones, van hablando en muchas tardes, en estilo familiar, y natural de todo lo que pertenece al estado religioso, y de los puntos más importantes de la disciplina monástica. Dan principio, aclarando lo que son ascetas, anacoretas, y monjes. Descubre Alipio el origen de estos, dando una breve idea de las costumbres de los primitivos. Se establece, y prueba haber introducido S. Agustín el monacato en África, en donde fundó ciertamente dos Monasterios de Siervos de Dios, antes que el de los Clérigos. Se da noticia de tres reglas, que se intitulan de S. Agustín, haciendo conocer la verdadera, que es la que en el día profesan muchos religiosos, y especialmente la de sus ermitaños, cuyo primitivo instituto se insinúa, como también, que era lo que se tenía entonces por sustancial entre los monjes. Se habla en particular, de cada uno de los votos, y con más extensión del de la estrecha pobreza, que prescriben todos los demás fundadores de Institutos regulares. A continuación da la materia la exacta vida común a tres conversaciones, en las que se evidencia con muchos argumentos, que están obligados a ella los religiosos, en virtud del voto de la pobreza: se demuestra que es incompatible con este el uso de los peculios; se responde a las objeciones; se resuelven diferentes dudas acerca de lo mencionado; —57→ se desvanecen algunos escrúpulos; y finalmente, se habla del único caso en que puede ser lícito el uso del peculio, poniendo ciertas condiciones que se explican, aunque no se ve cumplirlas; y se hace patente a lo que quedan obligados en este caso, tanto prelados, como súbditos. Luego se pasa a discurrir en lo tocante al trabajo corporal de los antiguos monjes, sobre sus obligaciones, y si aun hoy duran, y por qué razones; y mencionando el desperdicio del tiempo, en varias cosas, combate el abuso de jugar los religiosos a naipes. Se declaran los que están exentos del trabajo corporal, fundándose en tres causas, que para ello indica S. Agustín; a que sigue el señalar el modo de trabajar de manos, y varias labores en que pueden emplearse dignamente los religiosos. Hace tránsito a la varia disciplina de los primitivos monjes, en orden a otros ejercicios, dándose razón de cómo y por qué se introdujo el canto en la Iglesia; se establece que todas las prácticas, y observancias regulares se encaminan a adquirir la perfección cristiana, a la cual, todo el Cristianismo, que constituye una sola república, está obligado; y que esta perfección no es otra cosa, que la caridad, por la cual se exhorta eficazmente la unión de los corazones de todos los que profesan diversos institutos entre sí; dándose reglas para conocer si se anda dentro o fuera del camino de la perfección. —58→ Concluido esto, se declara y prueba, cuál era la forma y color del hábito de los monjes antiguos, hablando también de los agustinos, hasta este tiempo; y se pasa a hacer ver, cuán antiguo es el haber monjes, clérigos, y presbíteros, con especialidad en los Monasterios Agustinos, y lo demás tocante a este particular; después de lo cual se habla de las fundaciones, en tiempo de S. Agustín; de lo que acerca de su instituto hay indubitable, hasta la unión general de la orden, y de su estado posterior; de lo concerniente a las constituciones, explicando el modo, y términos en que obligan, y declarando algunas dificultades, que sobre ello pueden ocurrir. Inmediatamente se trata de varias reformas que ha habido en el cuerpo de la religión, y en algunas de sus provincias; mencionándose, las que en el presente reinado, mandó S. M. hacer en las de las Indias. Se exhorta a huir la vana ostentación de los varones santos, y doctos que ha habido en el instituto. Comiénzase después a hablar de los estudios, desde la primera institución de los Monasterios Agustinos, y de cómo se han ido formalizando sus escuelas; del fin que deben proponerse todos en los estudios, y de los que deben evitar; y luego se declara cuál es el espíritu de las constituciones agustinianas, en orden a los grados, y que el que no se emplea en la enseñanza, no tiene derecho —59→ a las exenciones, que por respeto de ella se conceden; y juntamente se insinúa por mayor la materia de los estudios monásticos. En la conversación antepenúltima, se introduce, como por casualidad, el Maestro Licencio, quien después de haber tratado Alipio, del fin y modo que se ha de tener en las disputas; habla en particular de nueve leyes observadas en la primitiva escuela agustiniana; hace ver que la ignorancia es la causa que induce la necesidad de los estudios; indaga cual es el objeto de ellos, observando que era lo que por su medio buscaban los filósofos; establece, que al cristiano a quien se le ha dado la verdadera sabiduría, toca juzgar de aquellos; aunque no por eso ha cesado en este la necesidad de los estudios; manifiesta, cuán irregulares, que se imponga la privación de estos como pena; señala cuáles son las causas, por qué algunos adelantan poco, mientras están sujetos al Maestro; da un método para la enseñanza, que haciendo observaciones, halló en los escritos de S. Agustín; y reflexiona sobre lo que hoy se desea en los libros de Artes y Ciencias; lo que este Santo Padre hacía inflamar los corazones hacia el sumo bien; aconseja que los estudiantes busquen, y lean en las fuentes, las autoridades de los Santos Padres, que se hallan citadas en los libros que estudian, particularmente las de S. Agustín, y vindicándole de la obscuridad, que algunos —60→ teólogos le atribuyen, da una idea de los frutos, que produce su lectura; y finalmente manifiesta los deseos que ha tenido siempre, de que haya quien promueva, para los que han concluido la carrera ordinaria de los estudios, el de la disciplina antigua de la Iglesia, de los Santos PP., y de la Escritura Sagrada, de cuya utilidad habla consecutivamente. La última conversación se reduce a hacer un resumen de toda la obra, por preguntas, y respuestas que Profuturo iba escribiendo; y concluye Alipio con algunas reflexiones sobre el honor.
ROSELL (Dr. D. Manuel) Capellán de S. M. en la Real Iglesia, y Capilla de S. Isidro de esta Corte. Aurora Boreal, observada en Valencia, en la noche del día 5 de marzo, del año de 1764. Por el Dr. D. Manuel Rosell, presbítero. En Valencia, por Benito Monfort, año de 1764.
Uno de los servicios, que ha hecho al público la filosofía moderna, ha sido examinar, y declarar las verdaderas causas de ciertas apariencias celestes, que los antiguos miraron con admiración, y espanto. Tal es la que al presente se llama Aurora Boreal. En las relaciones de los antiguos filósofos, se ve caracterizada, bajo los terribles nombres de incendio del hemisferio boreal: agitación de las esferas; y luchas sangrientas en el aire. Al presente no solo está desterrado este lenguaje de la Europa —61→ culta, sino que se observan por diversión, los varios movimientos, y apariencias con que las auroras boreales aterraban a los filósofos antiguos. La disertación del señor Rosell está dividida en tres partes. En la primera se introduce, propone, y divide el adjunto de ella, con mucha brevedad. La segunda contiene una observación más circunstanciada del meteoro, y su duración. En la tercera, haciendo memoria de lo que han discurrido los filósofos, en orden a la naturaleza de este fenómeno, expone su modo de pensar, y conforme a él, explica todas las apariencias, o variaciones de la aurora boreal, y los efectos que produce. Al escrito acompaña una estampa, con cinco figuras, que representan las varias posiciones, y movimientos de la que dio motivo a la disertación.
Tratado de la humildad cristiana, carta de S. León el Grande, a la Virgen de Nutria, traducida del latín. Madrid 1778. Por D. Joaquín Ibarra. Precede un discurso del traductor, en que despues de dar noticia del sujeto, a quien se dirigió esta carta, o tratado, que algún tiempo se atribuyó a S. Ambrosio, o S. Próspero, establece con sólidas razones, que su verdadero autor es S. León el Grande. Pasa despues a examinar la ocasión que hubo para escribirse, y declara la razón que le ha movido a traducirla, y publicarla.
Sermones de S. Agustín, en que se explican —62→ los Salmos, que diariamente se cantan en las horas menores, y completas, traducidos del latín. Dos tomos en octavo, en la imprenta de Ibarra, año de 1780.
No hay cosa más útil, para mantener la sólida piedad en el pueblo, que poner en sus manos las Obras de los Santos Padres que la enseñaron. Esta fue la práctica de muchos sabios españoles del siglo 16, abandonada en los últimos tiempos, en que se han hecho innumerables traducciones del francés, y de otras lenguas vulgares; no sé si por la mayor facilidad que hay para estas, o con el fin de promover las particulares ideas, que cada uno de los traductores tenía adoptadas. El señor Rosell, no contento con haber notado este extravío del camino real, ha renovado la práctica antigua, con la presente obra, y la que a ella precede. Entrambas acreditan, que para la elección ha atendido principalmente a la necesidad, o mayor utilidad del público. Porque si las porfiadas disputas, que en el siglo pasado se suscitaron, sobre las importantes materias de la divina gracia, enajenaron los ánimos, de modo, que insensiblemente se introducía, aun en los libros de piedad, un lenguaje poco conforme con la sencillez, y verdad con que se explicaron los SS. PP. en orden a este punto fundamental de la religión; no hay medio más oportuno, para que esto se advierta, y se corrija, que poner a la vista ejemplares de cómo —63→ se ha explicado la Iglesia en todos tiempos, o como se explicaron los SS. PP. que en los antiguos la ilustraron. Esto se echa de ver muy por menor en el tratado de la humildad cristiana de S. León. El mismo efecto producen los Sermones de S. Agustín, tanto más seguro, cuanto no siendo este su principal objeto, se explica en ellos con el pueblo, usando de aquel lenguaje, a que estaba acostumbrado; pero todavía se sigue de estos, otro efecto no menos apreciable. Como no se permitían traducciones en lengua vulgar, de los Libros de la Sagrada Escritura, o de parte alguna de ellos, el pueblo, y aun muchas personas destinadas a cantar las divinas alabanzas en el coro, carecía del mayor fruto espiritual, que consiguieran, entendiendo la expresión de los Salmos más frecuentes, y los Misterios que en ella se encierran. Uno, y otro ha facilitado el señor Rosell, con la traducción presente, en la cual no solo se da el texto de los Salmos en castellano, sino que la acompaña en el mismo idioma, la especial declaración que de ellos va haciendo S. Agustín. Cuán apreciable sea la doctrina que se encuentra en esta obra su variedad, los grandes bienes que de ella pueden resultar al común de los fieles, lo persuade plenamente el señor Rosell, en un prólogo, con que la ha adornado. Ha acomodado también la exposición de S. Agustín, guardando el orden con que se distribuyen —64→ los Salmos en el Breviario; y ha añadido algunas notas juiciosas; no muchas, pero muy oportunas, en los lugares que ha tenido por conveniente.
La educación, conforme a los principios de la religión, cristiana, leyes, y costumbres de la nación española. En tres libros, dirigidos a los padres de familia. En la Imprenta Real, año de 1787. Dos tomos en octavo.
La importancia de la buena educación, para la felicidad de un Estado, y para la de todos los hombres en común, y en particular, es bien notoria; debiéndose atribuir a la falta de ella, la mayor parte de los males morales, y muchísimos de los físicos que afligen a la humanidad, en casi todas partes. Fuera de España se han publicado varios tratados, acerca de la educación, ya en general, ya determinada a diferentes clases. Nosotros, después de los Leones, Ribadeneyras, Saavedras, Gracianes, Marqués, y otros buenos autores que nos dejaron abierto el camino, descuidamos de este ramo de literatura, contentándonos con traducir algunas obras extranjeras, y no las mejores.
En el primer libro de esta obra, hace conocer el señor Rosell la necesidad, naturaleza, y fines de la educación, subiendo al origen del género humano, y descendiendo al actual estado de los hombres. Convence que la razón natural no es bastante para dirigirla, —65→ y que es preciso valerse de la revelación. Poniéndola a cargo de los padres, y repartiendo entre ellos sus oficios, les presenta una idea general de la que deben dar a sus hijos. Pasa después a declarar particularmente, cómo debe ser tratado el cuerpo, y el ánimo de los niños, desde su nacimiento, hasta el uso de la razón. A este fin explica su régimen de vida; el porte de los padres para con ellos, y para con la familia; la elección de esta, y el orden de la casa; los principios de religión, de moralidad, de las Ciencias, y del trato humano, que les han de ir inspirando; y el modo con que esto debe practicarse por medio de la conversación, juegos, y entretenimientos. El segundo se emplea todo en dar ideas escogidas, nada vulgares, de religión, y costumbres; y en explicar los medios de imponer a los educandos en el conocimiento, y práctica de ellas; concertando por medio de sus máximas, todas las acciones propias, y el porte, trato, y conversación con los demás. El tercero entra estableciendo la máxima, de que todo hombre debe evitar la ociosidad, por medio de ocupaciones honestas. Luego explica los varios destinos, y carreras, que pueden darlos padres a sus hijos: los conocimientos que requiere cada una de las profesiones; la disposición de sujeto, que piden las Artes, y Ciencias; el modo de conjeturar la aptitud de los niños, por su temperamento, disposición —66→ de cuerpo, y otras señales; y hace aplicación a las niñas, de toda la doctrina precedente. Trata igualmente, de las calidades que han de tener los ayos, y maestros: del cuidado que han de poner en estudiar el carácter, e inclinaciones de los educandos; de su porte con ellos; y del uso que se ha de hacer en la educación, de los premios, castigos, juegos, y entretenimientos. Prescribe después el método de corregir la educación, caso que hubiere sido defectuosa, y trata en común, y en particular, de los estudios a que se deben aplicar los nobles; y por último de los viajes, de lo relativo a la elección de estado; y del tiempo en que puede cesar el cuidado de la educación. Los referidos, y otros muchos particulares, se tratan, y resuelven por razón, y respectivamente se apoyan, e ilustran con la autoridad de la Sagrada Escritura, de la Iglesia, de los Concilios, de los SS. PP. de las leyes del reino, y de los filósofos antiguos, y modernos.
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SAFORCADA (D. Juan Antonio Pellicer, y) Bachiller en Cánones, y Leyes, por la Universidad de Alcalá; y de la Real Biblioteca —67→ de S. M. Ensayo de una Biblioteca de traductores españoles, donde se da noticia de las traducciones que hay en castellano, de la Sagrada Escritura, Santos Padres, filósofos, historiadores, médicos, oradores, poetas, así griegos, como latinos, y de otros autores que han florecido, antes de la de la invención de la imprenta. Preceden varias noticias literarias, para las vidas de otros escritores españoles. En Madrid, por D. Antonio de Sancha, año de 1778. En cuarto.
Aunque la Biblioteca Hispana, de D. Nicolás Antonio, es de las más completas, que se han escrito en este género de literatura, con todo le faltan muchos artículos, y noticias literarias, según se ve por las adiciones, que han hecho a ella varios eruditos. El medio más seguro para llegar a formar una Biblioteca universal, es el de emprender por partes todos los ramos de la literatura, escogiendo cada uno los que sean más adaptables a su inclinación, estudios, y proporciones. Nadie las tiene mayores, que los sujetos empleados en el cuidado de las bibliotecas públicas, porque reunidos en estas mayor porción de libros de todas clases, según la grandeza de ellas, sus individuos logran la facilidad de poderlos manejar, sin las molestias y costosas diligencias, indispensables a cualquiera otro.
El señor Pellicer, aprovechándose útilmente de estas proporciones, y haciéndolas —68→ servir en beneficio de su Patria, ha emprendido la formación de una Biblioteca de Traductores españoles, y para muestra de su importancia, ha publicado este ensayo, en el cual da noticias muy exactas de muchas traducciones, hechas en nuestra lengua, de las obras más clásicas de todas las naciones, y de las vidas de los traductores, examinando el mérito respectivo de ellos.
Al principio de esta obra, precede un justo elogio de la traducción del Salustio, hecha por el Serenísimo Señor Infante D. Gabriel, y las noticias literarias, para la vida de Lupercio, y Bartolomé Leonardo de Argensola, y de Miguel de Cervantes Saavedra, raras por la mayor parte, y llenas de observaciones nuevas, y curiosas, muy importantes para nuestra Historia literaria. Fue el primero que publicó la verdadera patria de Cervantes, aunque parece, que ya la había descubierto. D. Vicente Ríos; por lo cual en la impresión grande, que la Real Academia Española, hizo de D. Quijote, en la cual precede la vida de Cervantes, escrita por aquel sabio académico, se puso la advertencia siguiente.
«Don Juan Antonio Pellicer dio a luz, el año de 1778, su ensayo, para una Biblioteca de Traductores españoles, en el cual publicó algunas noticias, y documentos, acerca de la vida de Cervantes, de los que se han puesto en aquella edición; peo que mucho tiempo antes —69→ de haberse publicado dicho ensayo, D. Vicente de los Ríos había escrito, y también leído en su Academia, la vida de Cervantes, y los documentos que la comprueban; y que no debe extrañarse, que sin haberse comunicado uno a otro su trabajo, hubiesen adquirido iguales noticias, y documentos, porque son de cosas de hecho, y unas mismas las fuentes, de donde debían sacarse, para que fuesen verídicos, y que lo que esto prueba únicamente es, que D. Juan Antonio Pellicer, y D. Vicente de los Ríos, trabajaron con igual diligencia; y por diversos medios, y conductos llegaron a conseguir un mismo fin, sin que el trabajo del uno disminuya el del otro.»
En el primer tomo de la Biblioteca española del señor Castro, pág. 649, y siguientes, se ha publicado una Carta, y Discurso del M. Fr. Luis de Estrada, sobre la aprobación de la Biblia Regia y sus versiones, y juicio de la que hizo del Nuevo Testamento, Benito Arias Montano, con eruditas notas, puestas al pie de ella, por el señor Pellicer.
También tiene este escrita la Historia de la Real Biblioteca de S. M., establecida en Madrid, por Felipe V y amplificada por el Rey nuestro Señor Carlos III. Noticias de sus Bibliotecarios mayores, y de otros individuos, que han compuesto algunas obras.
SALAS (D. Francisco Gregorio de) Capellán —70→ mayor de la Real Casa de Recogidas de Madrid, y Académico honorario de la Real5 Academia de S. Fernando. Observatorio rústico en donde se hace una descripción de la vida del campo, y sus ventajas. Esta obra se imprimió por la primera vez, en 1772, por D. Antonio de Sancha; al año siguiente de 1773, en Valencia, por Salvador Faulí; y tercera vez, en Madrid por Andrés Ramírez en 1777.
Después le pareció mejor al señor Salas, disponer de otra forma su Observatorio rústico, con el siguiente título. Extracto del Observatorio rústico, reducido a los mejores pasajes del antiguo, con otros nuevos añadidos; dispuestos en una égloga, entre Salicio, habitador de una pequeña villa, y Coridon de una casa de campo. En Madrid, en la imprenta de Andrés Ramírez, año de 1779. Está dividido en seis partes. En la primera cuenta Salicio los empleos más regulares, en que se ejercita día y noche; y Coridon las cosas más frecuentes que observa, y le divierten en su casa de campo, en las cuatro estaciones del año. En la segunda, se describen algunas diversiones de caza, pesca, labores, esquileo, cría de ovejas, y gusanos de seda, etc.
En la tercera, se pintan las costumbres de un lugar, los amores pastoriles, y juguetes de niños. En la cuarta, se refiere la boda en el campo, con las diversiones adyacentes. En la quinta, cuenta Salicio una romería, que —71→ hizo a un santuario; y Coridon, la felicidad que goza en su retiro. Y en la sexta, se manifiestan mutuamente las máximas políticas, y morales, con que arreglan su vida cristiana, natural y pacíficamente.
El estudio, y observación de la naturaleza debiera ser el principal de los pintores, y poetas, cuya profesión es muy semejante, según advierte Horacio. No obstante, la mayor parte de los profesores de estas dos Artes, estudian más los buenos modelos, que nos ha dejado la antigüedad, que a la naturaleza misma. Los pintores copian al Apolo de Belvedere, la Venus de Médicis, el Laocoonte, etc. Los poetas imitan a Homero, Sófocles, Anacreonte, Virgilio, Horacio, según las inclinaciones de su genio, y sus disposiciones naturales, en lo cual, como en todas las demás cosas, hay también su poco de preocupación.
El señor Salas ha estudiado la naturaleza en sí misma; y para mejor observarla ha habitado muchas temporadas, de propósito, en el campo: fabricó una casa rústica, a su manera; trató con labradores, y pastores, no con el fastidio con que lo suelen hacer los cortesanos, precisados por la necesidad, o casualidad, sino íntimamente, y como quien encontraba en aquel género de vida su complacencia, informándose de todas sus prácticas, y acciones. Por eso sus pinturas son las más propias, y exactas. Pero algunos echan menos —72→ en ellas la Belleza ideal, esto es, aquella elegancia, y noble gracia, con la cual los mejores maestros hacen más agradable la misma naturaleza, escogiendo de ella lo más hermoso, y quitando las imperfecciones que chocan al sentido. El arte de agradar no consiste principalmente en la exactitud. Un rasgo, una línea, una sentencia, una palabra, gustan muchas veces más que todo un cuadro, o un poema.
Sin duda le quiso notar Mr. Peyron al Sr. Salas este defecto, de sobrada naturalidad, aunque no lo explicó muy bien, cuando escribía lo siguiente.
«Un espagnol ne vît jamais â la campagne: il ne l' aîme, ni ne la connoit: celui qui est forcè d' y vivre, ne cherche point à l' embellir. Ces ouvrages aussi riants que melancoliques, ces peintures delicates des champs et des scenes varièes de la nature, qui au sein des plaisirs de la ville viennent nous inspirer l' envie d' en sortir, les elans des Gesner, des Thompson, et des Saint-Lambert, ne sont point connus en Espagne.
»Un auteur vivant, puisqu' ìl se nomme á la tête de son livre, D. Francisco Gregorio de Salas, à donnè quelques vues de la campagne, et ìl est le seul. On jugera de son gout par les vingt ou trente premiers vers de la premiere partie de son Observatoire Rustique. Voìci ce qu' ìl met dans la bouche d' un Philosophe».
—73→Salicio filósofo, desde una pequeña casa de campo, dice así:
Ce commencement me paroit suffire pour contenter la curiositè de l' homme le plus intrepide. Ne pourroit on pas trouver dans ce degout pour la campagne l' ineptitude des Espagnols pour tout ce quì est ouvrage de sentiment?...6
Este defecto, de demasiada naturalidad, puede excusarse de algún modo, por la calidad del poema del Observatorio rústico, mucho más a vista de la siguiente égloga, en la cual el señor Salas, no copia a la naturaleza servilmente, sino que la hermosea con mucha gracia, así en las descripciones, como en las comparaciones, y adornos de su imaginación.
Dalmiro y Silvano. Égloga amorosa, y elogio de la vida del campo, en una silva de varios metros. En Madrid, en la imprenta de Andrés Ramírez, año de 1780. En octavo. Dalmiro, y Silvano, jóvenes retirados en el campo, se cuentan mutuamente sus amores honestos, inocentes diversiones, y pacíficos empleos, usando en el coloquio, y narraciones de varios géneros de rima, con una dulzura, y elegancia, de la que pueden presentarse pocos ejemplares.
Véase cómo empieza a contar Silvano sus amores.
Dalmiro refiere la satisfacción que le dio Doris por unos celos, de este modo.
Doris escribe a Dalmiro en una carta la siguiente anacreóntica:
Dos sueños poéticos, dirigidos a las Reales Academias de S. Fernando, y Española, con el motivo de la distribución de los premios del presente año de 1778. En Madrid, en la Imprenta Real de la Gaceta, año de 1778. En octavo. En el primero satiriza algunas malas fachadas que hay en Madrid, y alaba los esmeros de la Academia de S. Fernando, para la restauración de las nobles Artes, y particularmente el Decreto que logró S. M., y que comunicó por carta circular a todos los obispos, y prelados, para que no se pudieran edificar nuevas obras, sin su aprobación.
Continuación de las nuevas poesías de don Francisco Gregorio de Salas, Capellán mayor de la Real Casa de Recogidas de Madrid, que contiene los elogios de los escritores, y facultativos insignes españoles difuntos, en el presente siglo: con otras canciones, hechas a diferentes asuntos serios, y jocosos. Primera, y segunda división. En Madrid, en la imprenta de Andrés Ramírez, año de 1776. En octavo. Los escritores celebrados en estas canciones, son D. Jorge Juan, el P. Florez, los PP. Feijóo, y Sarmiento, D. Agustín de Montiano, D. Juan de Iriarte, D. Luis José Velázquez, P. Gallo, D. Ignacio Luzán, D. Andrés Piquer, D. Blas Nasarre, D. Tomás Andrés Guseme, Marqués de Mondéjar, Conde de Torrepalma, —81→ D. Juan Martínez Salafranca, D. Manuel Martí, D. Luis de Salazar, P. Tosca, D. Juan Ferreras, D. Francisco Solano de Luque, don Martín Martínez, P. Burriel, D. Gerónimo Uztariz, Marqués de Santa Cruz, P. Ayala, señor Terán, obispo de Orihuela y algunos otros.
Himno de la paz, en una imitación de versos sáficos y adónicos. Por... En Madrid. Por José Otero, año de 1783. En octavo. Empieza así.
Las Lamentaciones, Miserere, Benedictus, Stabat Mater, Adoración de la Cruz, Angélica, Te Deum, y Magnificat, añadidos nuevamente con los Himnos de la Cruz, y Sacramento, ilustrado todo con estampas, y dispuesto en verso castellano, por D. Francisco Gregorio de Salas, 1778.
En el Diario se han puesto otras muchas —82→ traducciones, y epigramas del señor Salas, a diferentes asuntos.
En prosa ha publicado el Compendio práctico del púlpito, que contiene tres pequeños ejemplares, formados sobre los tres estilos, Sublime, Medio, y Familiar, con unas breves advertencias de las cosas más precisas, para el uso del alto Ministerio de la predicación apostólica. Impreso por segunda vez, en Madrid, en la imprenta de José Otero, año de 1786.
SALVÁ (Dr. D. Francisco), de las Reales Academias de Medicina práctica de Barcelona, y de las Ciencias naturales, y Artes de la misma ciudad: Proceso de la inoculación, presentado al tribunal de los sabios. Barcelona, por Francisco Generas, impresor. En cuarto, año de 1777. En esta obra se hallan con claridad, y método, los mejores argumentos, y las reflexiones más oportunas, para convencer la utilidad de la inoculación de las viruelas, habiéndose detenido particularmente el autor en la permisión moral de ella, que era el que más fuerza hacía a muchos, para contradecirla.
Respuesta a la primera pieza, que publicó contra la inoculación, Antonio de Haen, médico de S. M. I., y van añadidas dos Disertaciones del autor, una sobre el influjo del clima en la variación de las enfermedades, y sus remedios, y la otra, sobre los saludables efectos de las frutas. Barcelona, por Bernardo Pla, impresor, —83→ año 1777. En cuarto.
En esta obra traduce literalmente el autor la pieza de Haen, y al pie de ella indica los §§. del Proceso de la inoculación, con que se responde a los argumentos del médico de Viena: además añade muchas reflexiones, y objeciones muy originales, y que no se hallan en ningún otro autor de los que han escrito de la inoculación de las viruelas.
La Disertación sobre el influjo del clima, es una apología de los médicos de varios reinos, aplicados al estudio de los libros, y una invectiva contra aquellos que por el mal entendido influjo del clima, no leen libro alguno. Y manifiesta el autor de que modo debe entenderse, que el clima hace variar las enfermedades, y el modo de curarlas.
La Disertación sobre frutas se dirige a hacer ver que estas, lejos de causar las muchas enfermedades, que se las atribuyen, pueden servir de remedio en la mayor parte de ellas, o bien sea para curarlas, o para precaverlas.
Carta a un amigo, sobre el éxtasis de la decantada mujer del Lugar de Llorona. En Barcelona, por Francisco Generas, impresor, año 1779. En esta carta explica el doctor Salvá el modo como pido ser natural el éxtasis, el ayuno extraordinario, y todo lo demás, que se observó en la enfermedad de la sobredicha.
Descripción, y explicación de una nueva máquina, para agramar cáñamos, y linos, inventada —84→ por los DD. D. Francisco Salvá, y D. Francisco Sanponts. Madrid, en la Imprenta Real. Véase el art. Sanponts.
Carta al Licenciado D. Vicente Ferrer Gorraiz, Beaumont, y Montesa, presbítero, etc. Sobre la inoculación de las viruelas. Barcelona, por Eulalia Piferrer, año de 1785. En esta carta, después de haberse justificado el Dr. Salvá, de algunas faltas que le tachaba D. Vicente Ferrer, en el prólogo de su libro intitulado Juicio, o Dictamen, sobre el proceso de la inoculación, hace ver que ni satisfizo a los argumentos del mencionado papel, ni impugnó las soluciones, con que el autor había respondido a los argumentos de los contrarios de la inoculación. Evidencia también, que incurrió en varias equivocaciones, tratándole siempre al mencionado D. Vicente Ferrer, con aquella urbanidad, que debe brillar en las disputas literarias.
Carta de D. Gil Blas a D. Blas Gil, sobre la Memoria que publicó contra la inoculación el Dr. D. Jaime Menos y de Llena, médico, Consultor de los Reales Ejércitos de S. M. Barcelona. Por la viuda de Piferrer, año 1786.
El objeto del autor de este papel (que lo es el Dr. Salvá) es burlarse del escrito del señor Menos, por haberle parecido, no le correspondía una impugnación seria; lo que prueban muy largos trozos de la memoria de aquel, insertos al fin de la carta de Gil Blas, con —85→ el título de pasajes selectos de la memoria de D. Jaime Menos.
El Dr. Salvá es autor también de varias cartas, y piezas que se han publicado en el Memorial Literario de Madrid, aunque no van todas con su nombre.
Finalmente, ha merecido también el primer premio, propuesto por la Real Sociedad de Medicina de París, en 28 de agosto de 1787, para quien la diera, lo primero, noticias exactas, sobre el modo de curar, o empozar el cáñamo, o el lino: 2.º, si de esta operación resultaban daños a la salud, y cuáles eran: 3.º, si el agua en que se ha curado el cáñamo, o el lino, contraía cualidades más perniciosas, por la maceración de ellos, que por la de otras substancias vegetales; 4.º, si la cura del cáñamo debe hacerse en aguas embalsadas, o corrientes; 5.º cual de estos dos métodos merece la preferencia, ya sea relativamente a la salud de las gentes, ya por respeto a la mejor preparación de dichas substancias.
SAMANIEGO (D. Feliz María) Señor de las Villas, y Valle de Arraya, en la provincia de Álava, individuo del Número, y literato de la Real Sociedad Vascongada. Fábulas en verso castellano, para el uso del Real Seminario Vascongado. Madrid en la Imprenta Real, 1787. Dos tomitos en octavo. Ninguna nación abunda tanto de refranes, y máximas acerca de la conducta de la vida, reducidas —86→ a pequeñas sentencias de uno o dos versos, como los españoles. Son también infinitos entre nosotros los cuentos disparatados, inventados únicamente para el entretenimiento de los niños, o gentes muy vulgares. Mas carecíamos de fábulas bien ordenadas, compuestas de un cuento sencillo, y una moralidad adaptable a la conducta de la vida. El señor Samaniego, ha sido el primero que las ha escrito, entresacando las que le han parecido mejores, y más oportunas para la educación de los niños, de Esopo, Fedro, Lafontaine, y Gay, y añadiendo algunas de su propia invención. Entre estas me parece que tiene un particular mérito la siguiente, que es la 18 del libro 4. tom. 2. intitulada: El joven filósofo, y sus compañeros.
SÁNCHEZ (el Dr. D. Pedro Antonio) Racionero, Prebendado de la Santa Iglesia de Santiago, y Catedrático de Teología en su Universidad, socio de mérito de la Real Sociedad Económica de Madrid. Discurso sobre la Elocuencia Sagrada en España. Madrid, 1778. En la imprenta de Blas Román. En octavo. Precede una breve historia de la Elocuencia Sagrada de los españoles. Se señalan las épocas, y varios estados de ella en diferentes siglos. Se nombran los autores que más han sobresalido, y que pueden servir de modelo en el estilo; y por el contrario los vicios, y defectos de otros, que se deben evitar. Se trata de la restauración de la Elocuencia Sagrada en estos últimos tiempos, debida por la mayor parte a los franceses. De las ventajas que han producido las traducciones de sus sermonarios, y de algunos vicios que han ocasionado. Y finalmente se dan buenas reglas para la imitación, y progresos de la Elocuencia Sagrada en España.
El señor Sánchez dio alguna muestra de la suya en la Oración fúnebre, dicha en las exequias, que celebró la Real Sociedad Económica de Santiago, por el Ilmo. Señor D. Antonio Páramo y Somoza, obispo electo, y confirmado de Lugo, uno de sus primeros fundadores, y principales bienhechores, impresa en Madrid, por D. Plácido López, en el año de 1786.
Memoria anónima, leída bajo el nombre —89→ de D. Antonio Filántropo, sobre el modo de fomentar entre los labradores de Galicia las fábricas de curtidos, leída en junta general de la Real Sociedad de Madrid, de 7 de diciembre de 1782. El señor Sánchez, que es el autor verdadero de esta excelente Memoria, empieza haciendo en ella una descripción de la infelicidad, y miseria del estado de los labradores de Galicia. «Una tan gran multitud, dice, de hombres virtuosos, por lo común, tan útiles, y necesarios al Estado, que habiéndose empleado toda su vida en las mayores fatigas del trabajo, viven no obstante en la indigencia, alimentados escasamente, envueltos en un tosco sayal, y a veces casi desnudos: oprimidos de las vejaciones de sus señores, tiranizados de las justicias, arrastrados a las cárceles por los acreedores, abatidos en fin, y despreciados por todas las otras clases; estos hombres, digo, son el espectáculo más triste a los ojos de cualquiera que no haya renunciado enteramente a los sentimientos de humanidad. Y estoy persuadido, que sino fuese por la poderosa fuerza de la costumbre, que borra en nosotros las más vivas impresiones, no nos afligiría menos ver la opresión con que son tratados, que los mayores tormentos, con que se da fin a la vida de los hombres.»
El señor Sánchez, nacido, y educado en aquel reino, ha meditado mucho sobre los medios de hacerlo feliz, ha encontrado algunos, —90→ cuya práctica introduciría efectivamente en él la abundancia, y desterraría la miseria, si algunos poderosos, por sus intereses particulares, no estorbaran su planificación.
Entre ellos encontró uno que traería al reino de Galicia ventajas imponderables, y que no sería tan difícil de establecer. Este es el curtido de los cueros, hecho por los labradores. Calcula el producto total, que podría dar este ramo de industria, en 200 millones de reales, y el neto a favor de los labradores en veinte; sin contar otras muchas utilidades.
«Ningún otro medio, dice, se puede buscar más lucroso, ni menos contingente, que el del curtido. Las utilidades que de él resultan, no están apoyadas sobre la benignidad del tiempo, ni sobre la vida de las mismas reses. Aun en los años en que estas, por desgracia, mueren en más número, hallan los curtidores más utilidades, por abaratarse los cueros al pelo. El trabajo que se emplea en el curtido, nada embaraza al labrador, para que se emplee en las labores del campo: los ratos lluviosos, las horas en que hace mucho calor, la noche misma, son tiempo oportuno para dedicarse, a esta ocupación. La constitución local de los labradores de Galicia, conduce mucho a este fin. Divididos en aldeas, no se incomodan unos a otros, ni con los pilones propios para la corteza, ni con los pozos que sirven para la operación de la cal. Todos los materiales necesarios —91→ para el curtido se hallan allí muy cómodamente. El agua es muy abundante en todo el país: la corteza de roble, que es equivalente a la de encina, es muy común; la cal se halla dentro del reino; viene también de venta a los puertos con mucha abundancia. Las pieles son en gran número; pero prácticamente vienen al pelo de la América a la Coruña, en cantidad prodigiosa. Todo parece que concurre a facilitar este ramo tan útil en Galicia.»
Sin embargo de tantas proporciones, el ramo de curtidos está muy atrasado en aquel reino. La causa principal de esto, es el concepto ignominioso en que está reputado el ejercicio de curtidor, o zurrador. Por eso el principal objeto del señor Sánchez, es el desterrar esta nota de bajeza, y de envilecimiento en que está aquel oficio.
«¿Qué injusticia, y qué ridiculez no es la de nuestras costumbres en tener los oficios en este estado de envilecimiento? No era bastante que despojásemos a los miserables labradores de los frutos de su trabajo; que estableciésemos nuestro lujo sobre sus fatigas; que les quitásemos el pan para una multitud de animales que sirven a nuestro recreo, mientras que ellos quedan con el hambre, y en la indigencia. Era preciso a más de esto, que nuestras preocupaciones, o por mejor decir, nuestros caprichosos absurdos, concurriesen a cerrarles todos los arbitrios que podía ofrecerles su industria. —92→ En vano muchos hombres ilustrados, y amantes de la humanidad, se han irritado contra este error pernicioso: inútilmente se ha criticado a Aristóteles, por haber dado una preferencia arbitraria a las Artes liberales sobre las mecánicas. En vano se ha hecho conocer, que nuestro desprecio de los oficios eran reliquias del error de los romanos en este punto, y de la barbarie de los godos. La voz del filósofo se oye con frialdad, y si tal vez ha hecho una impresión ligera en los ánimos, las preocupaciones envejecidas vienen como por reacción a borrar todos sus vestigios.»
«Pero por ridículo que sea este general desprecio, en que se tienen las Artes mecánicas son todavía más absurdos los diferentes grados de desprecio, que se atribuyen a cada una de ellas. Sería este lugar de examinar una cuestión muy importante, la que sin embargo ha ocupado ligeramente a los políticos. Si conviene en un estado que todas las Artes tengan igual estimación, o más bien, si se deberá formar de ellas como una escala, dando a una el primer grado, y midiéndose las demás hasta colocar otra en el postrero?...»
Nota el señor Sánchez el absurdo de nuestras costumbres, viendo, que tenemos por menos vil el oficio de peluquero, y otros ocupados únicamente en mantener en lujo inútil, que al de curtidor, que se ejercita en obras de mucha mayor utilidad. Y no solo esto, sino —93→ que tenemos por vil, el ser hijo de un artesano honrado, y no serlo de un ocioso, un embustero adúltero, estafador, etc.
«Es preciso confesarlo: los hotentotes, y canadienses tendrían con razón, que admirarse de nuestras extravagancias, y si el tiempo, que consume lo más precioso, transmite tal vez a los venideros nuestros yerros, sin transmitir nuestra cultura, es preciso que ellos nos tengan por más bárbaros que los hotentotes, y los canadienses.»
Este error no proviene principalmente de nuestra legislación, pues hay en nuestros códigos varias leyes, que lo combaten. Las verdaderas causas son las constituciones gremiales: los estatutos de las hermandades, comunidades, o cuerpos, que excluyen como viles a los que profesan este oficio, y a sus descendientes: en fin los reglamentos municipales, dirigidos a hacerlo despreciable, e ignominioso.
De aquí concluye el señor Sánchez, el que el único medio para desterrarlo, es que el soberano anule, en cuanto a esto, tales constituciones y estatutos. Y concluye pidiendo a la Sociedad, que examinada su Memoria, si sus reflexiones pueden producir las ventajas que propone, las dirija al soberano, pidiendo que se expida la ley mencionada.
El autor vio premiado su celo, porque la Sociedad representó al Rey el contenido de su Memoria, y S. M. tuvo la bondad de —94→ expedir la Real Cédula de 18 de marzo de 1783, por la cual, refiriendo S. M. la Representación que le había hecho la Sociedad, declaró «que no solo el oficio de curtidor, sino también los demás Artes, y Oficios, de herrero, sastre, zapatero, carpintero, y otros a este modo, son honestos, y honrados; que el uso de ellos no envilece la familia, ni la persona del que los ejerce, ni la inhabilita para obtener los empleos de la República, en que estén avecindados los artesanos, o menestrales que los ejerciten; y que tampoco han de perjudicar los Artes, y Oficios, para el goce y prerrogativas de la hidalguía, a los que la tuvieren legítimamente, etc.
SÁNCHEZ (D. Tomás Antonio) Bibliotecario de S. M. Colección de poesías castellanas anteriores al siglo XV. Preceden noticias para la vida del primer Marqués de Santillana; y la carta que escribió al Condestable de Portugal, sobre el origen de nuestra poesía, ilustrada con notas por... En Madrid, por D. Antonio de Sancha, año de 1779, 1780, y 1782. Tres tomos en octavo de marquilla.
Habiendo llegado a manos del señor Sánchez la carta escrita por el Marqués de Santillana, D. Íñigo López de Mendoza, al Condestable de Portugal, sobre el origen de la poesía castellana, que acaso es el mejor documento que existe, de esta parte de nuestra historia literaria, en la Edad Media; pensó en publicarla, —95→ con notas que aclarasen algunos puntos que en ella se contienen, y particularmente las noticias de los poetas, de quienes el Marqués hizo mención.
No había visto todavía el señor Sánchez las Memorias para la Historia de la Poesía, y poetas españoles, del P. Sarmiento, que corrieron algún tiempo MSS., y se publicaron después en el año de 1775: y así, habiendo trabajado ambos sobre un mismo asunto, y tenido por modelo, la carta del Marqués de Santillana, en muchas cosas convinieron, de tal suerte, que parece se había copiado el uno al otro. Pero no obstante el mérito de las Memorias, y el justo aplauso que dieron a su autor, de todos los eruditos; como el señor Sánchez tuvo a mano más número de códices antiguos, y mejores proporciones que el P. Sarmiento, advirtió algunas cosas que se habían ocultado a la diligencia de este sabio, y le corrigió varias equivocaciones: de suerte, que sus Notas, así por su extensión, como por la copia de noticias exquisitas, y raras, pueden tenerse por otras Memorias, tan apreciables, y más correctas, que las del P. Sarmiento, sobre la historia de nuestra poesía antigua.
El trabajo que el señor Sánchez había puesto en la ilustración de la carta del Marqués de Santillana, le hizo concebir la idea de una Colección de poesías castellanas anteriores al siglo XV. El primer tomo contiene el poema del —96→ Cid, que es el más antiguo de cuantos se han encontrado hasta ahora en castellano, y que el señor Sánchez conjetura, con mucho fundamento, que se escribió a la mitad, o fines del siglo XII. El segundo contiene las Poesías de D. Gonzalo de Berceo, el poeta castellano más antiguo que se conoce, mientras no consta el nombre del autor del Poema del Cid. Las Poesías de D. Gonzalo son, la Vida de Santo Domingo de Silos = Vida de S. Millán = Del Sacrificio de la Misa = Martirio de S. Lorenzo = Loores de Nuestra Señora = De los signos que aparecerán antes del Juicio = Milagros de Nuestra Señora = Duelo de la Virgen María = Vida de Santa Oria. Al fin se añaden unos Himnos, y el Elogio, o Loor de D. Gonzalo de Berceo, de incierto autor, y tiempo. Todo el tomo tercero llena el Poema de Alejandro, cuyo autor conjetura el señor Sánchez, que fue Juan Lorenzo Segura de Astorga, y que lo escribió a mitad del siglo XIII.
El señor Sánchez no es un mero colector, o centonista, como otros muchos, que quieren acreditarse, y enriquecerse a costa del trabajo ajeno. Todas las poesías de su Colección están ilustradas con observaciones, y juiciosas conjeturas, acerca de sus autores, del tiempo en que se escribieron, sobre el asunto de ellas, metro, y demás puntos pertenecientes a nuestra historia literaria; añadiendo al fin Índices de las palabras, y frases anticuadas, —97→ y obscuras sumamente útiles, tanto para la inteligencia de las mismas poesías, como para aumentar, y perfeccionar el Diccionario de la lengua castellana.
Pero a pesar del mérito de la colección del señor Sánchez, como el estudio de las antigüedades patrias, y mucho más el de la Historia literaria, está tan poco extendido, D. Antonio Sancha, que se había encargado de su edición, se ha visto precisado a suspenderla, por falta de despacho. ¡Cosa vergonzosa! que habiéndose encontrado quien diera generosamente mil doblones, para imprimir una mala colección de nuestras comedias, no haya otro que costee la de las Poesías anteriores al siglo XV, obra apreciable, hecha por un sabio, y de todos modos mucho más útil que la que se intitula, Teatro español.
Sé que el señor Sánchez tiene materiales para muchos tomos, y aun el cuarto, y quinto concluidos, y en disposición de poderse ya imprimir. El uno contiene las Poesías de Juan Ruiz, Arcipreste de Hita, que florecía por los años de 1340, y ejercitó su ingenio en todos los géneros de metros que en su tiempo se conocían, y sobre varios asuntos. Porque escribió del amor profano, sazonando la materia con apólogos de gran moralidad, de vicios y virtudes; gozos, y alabanzas de nuestra señora; cánticas serranas, etc. Sobre todo es muy ingeniosa la Pelea de doña Cuaresma, con D. Carnal, —98→ poema muy parecido a la Batracomiomaquia, atribuida a Homero. Puede formarse algún concepto del mérito del Arcipreste, y de su modo de versificar, por los siguientes versos, en que habla con la muerte.
El segundo tomo, que había de ser el quinto de la colección, contiene las Poesías de Pero López de Ayala, que floreció a fines del siglo XIV, y usó también en ellas de variedad de metros, según lo pedía la variedad de los asuntos. Porque escribió sobre los Mandamientos, pecados mortales, obras de misericordia, sentidos corporales, Prelados, Corte Romana, y Eclesiásticos, de las cosas de Palacio, Reyes, gobierno de la República, sobre Job, etc. en todo lo cual se halla buena doctrina, adornada de grandes documentos políticos, morales y cristianos.
Así empieza el libro de los fechos de Palacio.
—99→Carta familiar al Dr. D. Joseph Berní y Catalá, Abogado de los Reales Consejos, sobre la Disertación que escribió en defensa del rey D. Pedro el Justiciero, publicada en la Gaceta de Madrid, el martes 26 de mayo de 1778. Envíasela de Burlada, pueblo de Navarra, el Bachiller D. Pedro Fernández. En Madrid, por D. Antonio de Sancha. En octavo. El Dr. Berní fue un abogado valenciano, y escritor por el estilo del maestro Gómez y de los de la mayor parte de esta facultad.
Habiendo publicado el erudito D. Gregorio Mayans, su docta defensa del rey Witiza, creyó el Dr. Berní encontrar en la defensa del rey D. Pedro, que unos llaman el Cruel, y otros el Justiciero, materia para lucir su pluma, bien conocida ya, por sus obras de los Títulos de Castilla, y otras igualmente despreciables. Para dar mayor vigor a su defensa, —100→ y más autenticidad a los documentos, sobre que la había de fundar; sacó una certificación legalizada del Archivo del Monasterio del Paular de Segovia, de cierta visión que tuvo el P. D. Sancho de Noriega, de que el alma del rey D. Pedro se fue al cielo, porque tuvo contrición al tiempo de su muerte. En este documento, la autoridad del docto autor francés Luis Moreri y otras pruebas de igual fuerza, y solidez que esta, se funda la jurídica defensa del Dr. Berní. El señor Sánchez, bajo el nombre de Pedro Fernández, hizo el merecido elogio de aquella Disertación, en esta carta, escrita con el estilo que manifiesta la siguiente muestra. «Vean pues ahora los críticos modernos, dice, hablando de la prueba de la visión, si les queda que apetecer, para remate y última clave de una jurídica defensa, en que va nada menos que el honor y crédito de un soberano; y si no lo quieren creer, que tomen el caminito del Paular, y desengáñense allí por sus propios ojos, y dejen de ser críticos fastidiosos, y creánme; y miren que a algunos por pasarse de críticos, y no creer revelaciones, les va ya oliendo la ropa a chamusquina. Y sepan, si no lo saben, que nos tienen ya apestadas las orejas, y aun los demás sentidos, y potencias, con sus melindres, o reglas de crítica, o berenjenas. Y no nos vengan ahora con el silencio de los sincronos, o coetáneos; con el argumento —101→ negativo, con la parcialidad del escritor, con anacronismos, y con otras sabandijas de este jaez, que han inventado para espantarnos, y disculpar su incredulidad. Cuando se les proponen unas noticias tan circunstanciadas, con tantos pelos y señales, como la revelación susodicha, agradézcanla, y creánla, pesia sus almas, que tan bueno es como ellos el señor Dr. Berní, y la cree piadosamente, y la tiene por moralmente cierta.» Con dificultad se encontrará un elogio más bien hecho por este estilo, es decir una sátira más oportuna, más fina y más delicada.
Carta publicada en el correo de Madrid, injuriosa a la buena memoria de Miguel de Cervantes. Reimprímese, con notas apologéticas, fabricadas a expensas de un devoto, que las dedica al autor del D. Quijote de la Mancha. En Madrid, por D. Antonio de Sancha, año de 1788.
La carta reimpresa cum notis del señor Sánchez, se dirigía nada menos, que a probar que Miguel de Cervantes fue un plagiario, que en castellano quiere decir un puro ladrón, de la novela que insertó en su historia de D. Quijote, intitulada el curioso impertinente. La única prueba en que se apoyaba esta calumnia, era que la tal novela se encuentra al fin de la Silva curiosa de Julián, o Íñigo Íñiguez de Medrano, reimpresa en el año de 1608. Consta que esta Silva se imprimió por la primera vez en el de 1583, esto es, antes de la publicación —102→ de D. Quijote. Pero no le consta ni le podía constar al autor de aquella desgraciada carta, que tal novela se encontraba en la primera edición de la Silva, porque ni la había visto, ni se lo había preguntado a ninguno que la hubiese registrado. Mas el deseo de pasar por el primer autor de una tamaña novedad literaria, le hizo darse prisa a publicar aquel hallazgo.
No se contentó el señor Sánchez, con vindicar la gloria de Cervantes, por el medio de esta sátira, sino que no habiéndose encontrado ejemplar alguno de la primera edición de Medrano, y sospechando que se encontraría en la Biblioteca Real de París, escribió por medio de un amigo a D. José Castelló, Oficial de la Secretaría de Embajada, y actualmente de la del Despacho universal de Estado, quien contestó lo siguiente: París 15 de febrero de 1788. Muy señor mío, y amigo: efectivamente se halla en esta Biblioteca Real, la obra de Julián de Medrano, de que Vmd. me habla en su carta de 19 del pasado enero, impresa en París, en casa de Nicolás Chezneau, en el año de 1583. Consta de cuatrocientas cuarenta y ocho páginas, pero no tiene la novela del curioso impertinente.
SANTPONS (Dr. D. José Ignacio) Socio Secretario primero de la Real Academia Médico-Práctica de Barcelona. Disertación Médico-Práctica, en que se trata de las muertes aparentes —103→ de los recién nacidos, etc. y de los medios para revocarles a la vida. En el fin de ella se da la descripción de una máquina para introducir el humo del tabaco, tan manual y portátil, que cualquiera puede traerla consigo. En Barcelona, por Francisco Generas, año 1777.
En el prólogo de esta obra refiere el autor varios sucesos de personas, que han sido enterradas vivas, y hace ver cuán falaces son las señales de la muerte, y la facilidad con que pueden confundirse los muertos en la apariencia con los que lo son en realidad. Con este motivo cita el caso de Fr. Cristóbal Morliu, religioso agustino calzado, que en el día vive en Barcelona, quien dejado ya por muerto por el párroco que lo auxilió, por espacio de veinticuatro horas, cobró después la salud que está gozando.
Contiene la obra diez capítulos; en el primero, trata de la muerte aparente de los recién nacidos, y de los medios para restablecerles la vida; en el segundo, de los auxilios para restituirles la vida; en el tercero, de la muerte aparente de los ahogados por el lazo, y de los socorros que deben administrárseles; en el cuarto, de la muerte aparente de los sofocados por el vapor del carbón, y de los medios para desvanecerla; en el quinto, de las muertes aparentes causadas por el hálito del vino cuando fermenta, por el vapor de las letrinas, y pozos sucios cerrados por largo tiempo, —104→ y de los medios para restituirles la vida; en el sexto, de la muerte aparente, causada por el excesivo frío, y de los medios que en tal caso deben practicarse; en el séptimo, de la muerte aparente causada por el rayo, y de los socorros conducentes en tal caso; en el octavo, de la muerte aparente de los afectos histéricos, y desmayos, y de lo que se debe practicar; en el noveno, de la muerte aparente de los apopléticos; en el décimo, de la precipitación de los entierros de los que mueren repentinamente; y para corroboración del asunto, escribe el suceso de D. José Roche, quien el año de 1756, estuvo treinta y ocho horas sin señal alguna de vida, después de un repentino parasismo; y después quedó tan sano, que al tiempo de escribirse esta disertación, se hallaba Chantre de la Catedral de Vique, y murió después en Barcelona, en 1787.
Concluye con una lámina de la máquina sobre dicha; explica sus partes, y el modo con que debe usarse.
No contento el Dr. Santpons de haber dado al público esta disertación, quiso manifestar más su celo patriótico, a cuyo fin ofreció un premio de 30 pesos, para el primero que restituyese la vida (dentro de España) a un ahogado, o acometido de cualquiera de las muertes aparentes, de que trata. En consecuencia tuvo la satisfacción de entregar el ofrecido premio a D. Antonio Ortiz, cirujano del Hospital —105→ de la Caridad de Cartagena, por haber restituido la vida a Mateo Julve, ahogado de resultas de una desgracia que le aconteció en el mar, y restablecido a Francisco Cuevas, quien al limpiar un pozo de inmundicias, quedó privado de todas sus acciones y sentidos, y verdaderamente asfíctico; y sin embargo de haber estado dos horas como cadáver, antes de aplicarle los correspondientes auxilios, le restituyó su salud.
El señor Santpons ha sido uno de los que más han contribuido al establecimiento de la Real Academia Médico-Práctica de Barcelona, de la cual daré ahora noticia, por no haberla tenido al tiempo de la publicación del primer tomo de esta Biblioteca, en que se habla de las Academias. A fines del año de 1769, se congregaron algunos médicos de Barcelona, en casa del Dr. D. Juan Steva, Teniente Proto-Médico de Cataluña, y se propusieron juntarse todas las semanas, para tratar de materias relativas a su facultad.
En 20 de mayo del siguiente año se les concedió licencia para tener sus juntas por el Capitán general, a representación del mismo Dr. Steva y de D. Pedro Güell, primer examinador del Real Proto-Medicato.
Precedida esta licencia, formaron los Estatutos de la Academia Médico-Práctica, cuyo objeto había de ser comunicar entre sí las observaciones que cada uno hiciera sobre las —106→ enfermedades que curaran, y examinar particularmente las que reinaran más en Barcelona, con especificación de sus causas, de su verdadero curso, y terminación, de sus síntomas característicos, del método curativo más eficaz, y de los medios de precaverlas.
Habiendo muerto el Dr. Steva, ofreció su casa el señor Santpons, para tener en ella las juntas. Se celebró allí la primera para elección de oficios, en 2 de julio del mismo año, y quedó elegido por Presidente el Dr. Güell. Esto, con otras ocurrencias, dio motivo de resentimiento a muchos, los cuales procuraron desacreditar a la nueva Academia; y con efecto lograron separar de ella a algunos individuos, de suerte, que en el mes de octubre, ya no quedaban más que el Presidente, y D. Ignacio Montaner, el señor Santpons, D. Luis Prats, D. Pablo Balmes, don Buenaventura Casals, y D. Joaquín Ruchira, quienes estimulados del honor de su facultad, y del deseo del bien público, continuaron las juntas, a pesar de los obstáculos que se les oponían.
La constancia de aquellos académicos sostuvo al cuerpo, y con el tiempo debilitó las fuerzas de sus contrarios, y fue adquiriendo nuevos compañeros. En el año de 1779, solicitaron, y se les dio licencia por el Ilustre Ayuntamiento de aquella ciudad, para celebrar sus juntas, en una sala de su casa. Se tuvo —107→ la primera en 20 de octubre del mismo año, y hallándose casualmente en Barcelona D. Jaime Bonells, médico del Duque de Alba, leyó en ella un Discurso inaugural sobre la utilidad, y necesidad de las Academias de Medicina Práctica, que se imprimió en el año siguiente.
La primera obra que se ha publicado a nombre de esta Academia, es el Dictamen de la Academia Médico Práctica de la Ciudad de Barcelona, dado al muy Ilustre Ayuntamiento de la misma, sobre la frecuencia de las muertes repentinas y apoplejías, que en ella acontecen. Año de 1784, Barcelona: en la imprenta de Carlos Gibert y Tutó, impresor, y librero. En cuarto.
Tiene en su archivo otros muchos papeles pertenecientes al objeto de su instituto, que no ha impreso ya por falta de fondos.
En 21 de septiembre de 1786, logró Cédula de S. M. por la cual la admitió bajo su real protección; y en 31 de julio del siguiente, se le concedió la facultad de usar de su sello propio.
SANTPONS (D. Francisco) de las Reales Academias de Medicina, y socio corresponsal de la Real Sociedad de Medicina de París. Disertación sobre la explicación y uso de una nueva máquina, para agramar cáñamos y linos; inventada por los D. D. en Medicina, —108→ Francisco Salvá y Campillo, y Francisco Santpons y Roca, socios de la Academia Médico Práctica de la ciudad de Barcelona. De orden superior. En Madrid, en la Imprenta Real, año de 1784.
En esta disertación se dan primeramente unas reflexiones sobre el método común de agramar, espadar, y moler los cáñamos. Se explican las figuras contenidas en las dos láminas: se explica el mecanismo, y modo de trabajar en la máquina, inventada por los AA. de la disertación; se calculan las fuerzas y ventajas de la máquina; se trata de las utilidades; y se dan varias noticias para los que deseen perfeccionar la expresada máquina.
Memoria sobre el problema propuesto por la Real Sociedad de Medicina de París, sobre el problema: «indagar cuáles son sus causas de la enfermedad aftosa, llamada comúnmente Muguet, Millet, Blanchet, a la cual están sujetos los niños, con especialidad cuando se reúnen en los hospitales, desde el primero hasta el tercero, o cuarto mes de su nacimiento; cuales son sus síntomas, cual su naturaleza, su preservativo, y el modo de curarla». Habiéndose publicado este problema en el año de 1786, concurrieron al premio muchos médicos, y cirujanos de varias naciones, y presentaron sus Memorias, entre las cuales hubo bastantes de mucho mérito. Pero la mejor, y a la que se le adjudicó el premio de una medalla —109→ de oro de 400 libras tornesas, fue la del señor Santpons, quien cedió generosamente la mitad para beneficio del Hospital de los niños expósitos de París. La Sociedad, en atención al mérito del escrito del señor Santpons, lo nombró al mismo tiempo, por individuo suyo, y le remitió el título correspondiente.
El señor Santpons tiene presentados los siguientes escritos a la Academia de Medicina de Barcelona. La observación de una hemorragia crítica, que padeció un sujeto recién llegado de la Habana, con cuyo motivo trata de las varias enfermedades que se observan en los que han estado largo tiempo en América. Sobre el magnetismo animal, probando que este remedio secreto, que metía tanto ruido en Francia, y pasaba por seguro, y general, no podía dejar de ser una impostura de Mr. Mesmer, su pretendido autor. = Observación de un muchacho de ocho años que tenía el abdomen abultado, y duro como una piedra, y a quien curó perfectamente con el uso del agua del mar, tomada interiormente. = En 1786 por comisión de la Academia, trabajó el plan topográfico de Barcelona, y sus inmediaciones, con arreglo al cual todos los académicos han de trabajar en la averiguación de las producciones de los tres reinos de la naturaleza.
En año de 1786, fue admitido por socio —110→ de número en la Academia de Ciencias naturales, y Artes de la misma ciudad en la dirección de Stática, y en el de 1788, leyó una disertación sobre la utilidad de un nuevo modo de aplicar las fuerzas vivas a las máquinas de palanca
SARMIENTO (Rmo. P. Fr. Martín) Benedictino, Demostración crítico apologética del Teatro crítico universal, que dio a luz el R. P. M. Fr. Benito Gerónimo Feijóo, benedictino: con la cual se hace patente la evidencia, certeza, y probabilidad, verosimilitud, elección, exactitud, armonía, propiedad de sus discursos, noticias, opiniones, conjeturas, autores, citas, expresiones, palabras que en los tomos I, II, III, en algunas partes del IV y en la Ilustración apologética, pretendió contradecir el vulgo con diferentes papelones, por no haber entendido hasta ahora la conexión, y obvia significación de las voces. Adjunta una defensa de las aprobaciones de la dicha Ilustración. Hácela uno de los aprobantes, el P. Fr. Martín Sarmiento, benedictino, lector de Teología Moral, en el Monasterio de S. Martín de esta Corte. En Madrid, por la viuda de Francisco del Hierro, año de 1732. Dos tomos en cuarto. El Teatro crítico del P. Feijóo movió tal estrépito en la República literaria de España, que cual si fuera algún enemigo común de la patria, se armó contra él una chusma de literatos de todas clases, y profesiones, los cuales empeñados en la defensa —111→ de las preocupaciones vulgares, no hubo medio alguno de cuantos puede maquinar la astucia más maliciosa, para desacreditar y perder a un hombre honrado, que no practicaran contra aquel sabio. Pasaron de ciento las impugnaciones, que se publicaron del Teatro en general, y en particular de algunos discursos. ¡Pero qué impugnaciones! Papeles llenos de insolencias de injurias, y dicterios: papeles escritos únicamente para alucinar a la muchedumbre, interesándola en la defensa de los abusos envejecidos: papeles por otra parte ridículos, sin crítica, sin estilo, concebidos por el furor, y abortados por el despecho de sus autores, no solamente contra el P. Feijóo, sino contra los que aprobaban sus obras. Llegó a tal extremo aquella pasión, que cierto autor de uno de aquellos papeles, publicó un cartel de desafío en estos términos: Haga el P. lo que fuere servido: pero directamente, por mano del Sarmiento, o bien unidos entrambos, los reto, y los desafío a la tela literaria, donde los espero de pie firme, para mantenerles; lo que he escrito, lo que escribo, y escribiré.
¡Tantaene animis coelestibus irae!
El P. Sarmiento no pudo, ni debió sufrir tales impugnaciones, tanto por lo que tocaban a su maestro el P. Feijóo, como por lo que miraban a su persona, a quien también comprendían algunas de ellas, por la aprobación —112→ que dio, y se puso al principio de la Ilustración Apologética. Y así publicó esta demostración, para manifestar la mala fe, y la futilidad de los argumentos de sus impugnadores.
Obras póstumas del Rmo. P. M. Fr. Martín Sarmiento, Benedictino. Tomo primero. Memorias para la Historia de la Poesía, y poetas españoles, dadas a luz por el Monasterio de S. Martín de Madrid, y dedicadas al Exmo. Señor Duque de Medina Sidonia. Madrid 17 5. Por D. Joaquín Ibarra, impresor de Cámara de S. M. En cuarto. El P. Sarmiento no escribía sus obras con ánimo de que se imprimiesen, sino para su propia instrucción, y de algunos amigos, y bienhechores suyos; y así les falta por lo general la coordinación, enlace, y demás cualidades que deben tener las obras destinadas para la prensa. No obstante, la inmensa erudición, exquisitas, y raras noticias, y abundancia de observaciones sabias, y útiles, que dejó en ellas aquel docto benedictino, las hacen desear de muchos sabios, que no se detienen tanto en el estilo, y demás adornos, como en la substancia, y utilidad de las cosas. Por esto el Monasterio de S. Martín había pensado entresacar las mejores, y publicarlas, en lo que sin duda hubiera hecho un gran servicio a la literatura española, y por otra parte hubiera evitado, el que otras manos más codiciosas, y menos —113→ hábiles, confiadas en que el crédito del P. Sarmiento daría despacho a cualquiera escrito que se publicase en su nombre, hubieran impreso algunas, que no siendo de las mejores de aquel sabio, tampoco son de las más aptas, para sostener su reputación literaria.
Estas Memorias para la historia de la Poesía española, no obstante que no disfrutó el P. Sarmiento todos los materiales que él mismo tenía por indispensables, son una obra original, y de mucho mérito: porque aunque el Marqués de Valdeflores había tratado ya sobre el mismo asunto, no había tenido noticia de la carta del Marqués de Santillana, escrita en el siglo XV, con la cual se han ilustrado posteriormente los orígenes de nuestra poesía. Están más limadas que las demás obras; por haberse escrito a instancias del Cardenal Valenti Gonzaga, su grande amigo, a quien envió el original, sin quedarse con copia alguna, por lo cual verosímilmente hubiera perecido para la nación, a no haber sido por la diligencia del Exmo. Señor D. Alonso Clemente de Arostegui, que lo restituyó a su patria.
En el Semanario erudito, se han impreso las siguientes obras del P. Sarmiento. Catálogo de algunos libros curiosos y selectos, para la librería de algún particular, que desee comprar de tres a cuatro mil tomos. = Discurso crítico sobre el origen de los Maragatos. = El Por qué sí, y Por qué no. Satisfacción crítico-apologética de su conducta. —114→ Porque si vive siempre tan retirado. Porque no se pone a oficio de escritor. = Origen de los villanos.= Tres cartas al Duque de Medina Sidonia sobre la Ley Sálica, sobre la electricidad, y sobre la etimología del nombre Aranjuez, el árbol Gerión, y la Cetrería.
Separadamente se han impreso la Disertación sobre las virtudes, y uso de la planta llamada Carqueixa. = Sobre la antigüedad de las Bubas. = Ir a la guerra navegar, y casar, no se puede aconsejar.
En el Correo literario de Europa, se han publicado también los siguientes papeles, y cartas del mismo P. Sarmiento.
Parecer del P. Sarmiento, sobre si conviene más para la riqueza, y población de los reinos el desmonte, y cultivo de las tierras, que las alamedas, y bosques, especialmente en Galicia.
Respuesta al Supremo Consejo de Castilla, sobre la censura que le había encargado de la obra intitulada, España primitiva.
Historia natural del Árbol Betula.
Varias cartas, sobre diferentes asuntos de Literatura, e Historia natural.
En el mismo Correo se encuentra el Índice de las obras MS. del P. Sarmiento, formado por D. Santiago Sáenz; con el extracto de algunas de ellas.
SCIO DE S. MIGUEL (P. Felipe) de las Escuelas Pías. Preceptor de la Serenísima —115→ Señora Infanta Doña Carlota Joaquina. El P. Felipe Scio es uno de los sabios que más han trabajado para desterrar el mal gusto de España, y extender el estudio de las Buenas Letras, que son la basa de la sólida instrucción, y verdadera literatura. En ninguna religión importa tanto, que florezca la pura latinidad; el estudio de la lengua griega, y de la buena filosofía, como en la de las Escuelas Pías, pues está fundada principalmente para la enseñanza de la juventud. No obstante, la corrupción del gusto literario, había comprendido a esta, lo mismo que a las demás. El P. Scio fue uno de los primeros que solicitaron la reforma, clamando contra la barbarie, y haciéndola guerra con la persuasión, y el ejemplo. Cuando todavía era cierta especie de delito entre nosotros, y mucho más entre los regulares, no solo el apartarse de las huellas de nuestros mayores, en punto de literatura, sino aún el no creer, que España era la nación más sabia, y más culta del universo, en el año de 1765, escribía el P. Scio de esta suerte:
«Solo aspira a que el mundo vea, que aplica el hombro para desterrar la ignorancia, que tanto domina; y para que reciba el ánimo de los niños el buen gusto de los estudios, y tenga unos sólidos fundamentos, sobre que pueda levantarse una hermosa fábrica de doctrina. ¡Ojalá generalmente se siguiera esta idea en España!... Libres estaríamos de oír el vergonzoso —116→ título de incultos, que con frecuencia repiten contra los españoles los extranjeros... De nosotros mismos nos hemos de quejar; y dejando aquella confianza, por no decir presunción, que es tan propia de los españoles, a imitación de los antiguos romanos, no hemos de tener vergüenza de tomar de nuestros vecinos lo que pueda contribuir a hacernos felices, y dichosos...7
Siendo Provincial trabajó cuanto pudo por mejorar el gusto literario entre sus hermanos, introduciendo para la enseñanza de la Filosofía, las instituciones de Berger, que fue ecléctico, como lo debe ser todo verdadero sabio.
Ha traducido del griego, y publicado las dos obras siguientes.
Coluthi Lycopolitae Thebani de raptu Helenae libellus. Ex graecis in latina carmina conversus: versionibus variantibus, et animadversionibus illustratus opera et studio Philippi Scio á Sancto Michaele, de CC. RR. Scholarum Piarum. Matriti anno MDCCLXX. Ex Typographia Antonii Marin. En cuarto. Había traducido esta obra el P. Scio, siendo maestro de Humanidades, para facilitar a sus discípulos la enseñanza de la lengua griega. Pensó después en publicarla, arreglando el texto conforme a la edición de Daniel Lennep de 1747, y añadiendo —117→ las notas de este que le parecieron convenientes, con algunas suyas, y tres traducciones: una literal del griego al latín, y otra también latina en verso hexámetro. Y la tercera en verso heroico castellano, trabajada por el P. Ignacio García de S. Antonio, de la misma religión.
Los motivos que tuvo el P. Scio, para publicar su traducción, los expresa él mismo en el prólogo, diciendo: «Facies quidem pro tua sapientia et ignoscendo, cujus pro solemni suo Instituto, atque in patriam caritate magnopere interest, ut nota illa ignominiae Hispano nomini inusta penitus deleatur, Graccas videlicet Litteras, ac proinde universum disciplinarum, orbem squallore iamdiu ac situ obsitas misere jacere: adolescentes vero nostros iis libris scientiisque abiectis, quac hominem doctum, atque eruditum possunt informare, ad frigidos sales veneresque in lectione captandos sese totos convertere, ac devovere, nihil interim de solida sapientia cogitantes. Faxit utinam D. O. M. ut hic noster qualiscumque labor exemplo atque stimulo aliis esse possit, ut ad majora contendant, Graecis Litteris, in quibus de universae doctrinae summa agitur, sese oblectent, in iis quiescant, de iis cogitent, neminemque sine iis fieri posse perfectum ac consummatum in scientiis tandem intelligant. Hinc certe fiet, quae sunt omnium boni publici studiosorum vota, ut aliquando —118→ tot jam tempora afflictae, ac propemodum intermortuae bonae litterae respirare, erectae ac restitutae reflorere, ac reviviscere possint, ad gloriam hispani nominis immortalem...
Los seis libros de S. Juan Crisóstomo, sobre el sacerdocio. Traducidos en lengua vulgar, ilustrados con notas críticas, y corregidos en esta segunda impresión, por el P. Felipe Scio de S. Miguel, de las Escuelas Pías. En Madrid: en la imprenta de Pedro Marín, año de 1776. En octavo. La primera impresión se hizo en la misma imprenta, con el texto griego, en el año de 1773, en cuarto mayor. El P. Scio tradujo esta excelente obra de S. Juan Crisóstomo, movido de dos fines. El primero fue la utilidad, y aprovechamiento espiritual de los eclesiásticos; y el otro el excitar a los mismos al estudio de las lenguas, y de las ciencias propias de su estado. «Al presente, (dice en la nota de la pág. 87) el obispo, el sacerdote que no tenga el conocimiento de varias lenguas, de la antigüedad sagrada, y profana, de los varios sentimientos de los filósofos antiguos, y modernos; finalmente, del origen, y progreso de los pensamientos humanos, mal podría defender la religión católica de los tiros de los herejes; y al cristianismo de las sutilezas, y cavilaciones de los ateos, libertinos, y naturalistas.»
Tiene casi concluida, y en disposición de publicarse la traducción de la sagrada Biblia, —119→ del latín al castellano, con notas críticas, para aclarar el sentido, y explicar las variantes lecciones, y traducciones de los originales al latín.
SEBASTIÁN, Y LATRE (D. Tomás), del Consejo de S. M. su Secretario. Ensayo sobre el Teatro español. En Zaragoza: en la imprenta del Rey nuestro Señor, año de 1772. En cuarto. El señor D. Tomás Sebastián, había puesto en verso, y publicado, precedida de un discurso, el Británico, tragedia de Racine, traducida en prosa por D. Saturio Iguren.
Desde aquel tiempo se aplicó con más esmero, y afición al estudio del teatro francés; y a pocos pasos conoció las grandes ventajas que llevaba al nuestro, y la necesidad que este tenía de reformarse. Eran entonces muy pocos los que conocían esta necesidad, no obstante, que D. Blas Nasarre, D. Ignacio Luzán, el Pensador, y algunos otros habían clamado ya contra los vicios de nuestros dramas. El crédito que generalmente habían ganado en el vulgo las monstruosas composiciones de Lope de Vega, Calderón, Moreto, Solis, Roxas, y otros dramáticos españoles, tenía corrompido el gusto del vulgo, y despreciaba este todas las piezas que no estaban escritas con un estilo enfático, y metafórico, llenas de lances amorosos desafíos, y prodigiosos los más inverosímiles y extraordinarios.
—120→Era muy difícil el desengañar al público, presentándole piezas trabajadas sobre nuevos argumentos. Y el señor Sebastián, pensó que sería mejor tomarlos de los mismos autores, y de las mismas piezas que se representaban, corrigiéndolas, y disponiéndolas conforme al arte, y al decoro, al que se falta en las antiguas generalmente. Para esto eligió la de Roxas, intitulada Progne, y Filomena, haciendo de una malísima comedia, una buena tragedia.
En la de Roxas se comete el delito de forzar el Rey Tereo a Filomena, hermana de su mujer Progne, en el tiempo de la representación. Explica Filomena el hecho con gestos, y acciones que escandalizan. Las dos hermanas matan al rey. No hay unidades, costumbres, caracteres, ni estilo. Y a estos, y otros vicios se añaden las insufribles bufonadas con que los graciosos, unas veces hacen resaltar más la enormidad de aquellos, y otras distraen la atención del argumento principal.
¿Puede haber cosa más absurda, y más intolerable, que las dos escenas, en que Juanete, y Chilindrón se chasquean mutuamente, en la segunda, y tercera jornada? Juanete se supone que era goloso: y para burlarse de él, le deja Chilindrón un vaso de conserva de membrillo, preparada con ciertos purgantes. Se aguarda a que esté presente el rey Tereo, para que obren, y entonces empieza esta graciosa conversación.
—121→CHILINDRÓN¿Amigo Juanete?JUAN¿Amigo?CHILINDRÓNYa el membrillo se comió:(Aparte.)
¿acá estas también?JUANPues no...CHILINDRÓN¿Cómo no obra el mezcladillo(Aparte.)
de los polvos que le di?JUANAquello que yo comí(Aparte.)
sin duda no era membrillo.CHILINDRÓNY a mí la burla se hiciera,en haberlo yo gustado.(Aparte.)
JUANPues parece que ha obradomás de lo que yo quisiera,(Aparte.)
porque un poco se deshace.(Aparte.)
(Hace gestos.)
CHILINDRÓN¡Parece que gestos hace!JUAN¡Ay, ay, ay!CHILINDRÓNEllo es, pegó:ahora verá lo que tratopara que salga mejor.Vuestra Majestad, Señor,detenga a Juanete un rato:porque puede ir a contara Hipólito tu intención.REYBien decís.JUANEn conclusiónvoy a...(Quiere irse.)
REYJuanete, no os vais.JUANSeñor, advertid que estoy...¿Esto tenemos ahora? Ap.CHILINDRÓNLo de los polvos ignora.REY¿Por qué os vais?JUANPorque me voy.REY¿Decidme por qué?—122→JUANDespués os lo diré: yo le dejo.REY¿Adónde vais?JUANAl consejo.REY¿Cuál?JUANEl de Cámara.¿Decid, a qué vais ahora?JUANA proveer en razón,de un dulce una petición.REYTiempo hay.JUANHa dado la hora.REYPues vos más corrientemente,me divertís.JUAN¿Quién?REYVosJUAN¿Yo?Ese perro me engañó.(Aparte.)
REYSí.JUANPero estoy muy corriente.CHILINDRÓNLindamente lo he trazado.(Aparte.)
JUAN¡Qué traición tan grande haya!(Aparte.)
Señor, dejad que me vaya,si no estáis acatarrado:¿mas que me ha de hacer que huya?REYChilindrón, esto ha de ser;por Juanete iréis a hacerestar diligencia suya.JUANSeñor; mirad ¡ay de mí!¡o pesia a quien me parió!que si no lo hago yo,no puede hacerlo por mí.REYPues idos, si en eso estribavuestro crédito no más.JUANPerro, tu lo pagarás:sino lo mandáis, ya me iba...(Vase.)
—123→(Dicen unos pocos versos el REY, y AURELIO, y luego vuelve a salir JUANETE diciendo...)
Diome con la del Doctor,aunque ya he convalecido(Atacándose.)
de este prolijo accidente.¡Ay, ay, ay!CHILINDRÓNDiga ¿qué siente?acabe.JUANVuelvo después:déjeme ir, camarada.CHILINDRÓNPurga tiene ya cortadapara trabajar un mes.
Picado Juanete de esta burla, en la jornada tercera, se venga de Chilindrón, que se supone codicioso, fingiendo que en un pozo había un tesoro: baja Chilindrón a él con ansia de sacarlo. Juanete quita la escalera. Clama el otro; y el auxilio que este le da es tirarle piedras, y más piedras.
Sin hablar de las impropiedades de dar con la del Doctor, cursos de Licenciados, Universidad, y otras expresiones alusivas a objetos desconocidos en Grecia, y entre los personajes, que representan aquella fábula ¿quién creería que en el teatro de una Corte podían representarse semejantes indecencias? ¡Y hay quien tenga por falta de patriotismo, y por desagradecidos a la Patria, a los que claman contra semejantes monstruosidades!
D. Tomas Sebastián ha variado enteramente la trama de la fábula, disponiéndola de un modo más natural, más verosímil, y menos horroroso. El delito se supone cometido antes —124→ del tiempo, a que alcanza la representación. Las dos hermanas Progne, y Filomena, tratan de vengar la ofensa hecha a entrambas. Filomena propone el matar a Itis, hijo de Tereo, y de Progne, y luego completar la venganza con la muerte del padre. Progne, aunque ofendida, la disuade de proyecto tan detestable. Se obstina aquella inflexible, y con un puñal va a dar la muerte a Itis. Pero Progne, prefiriendo a su agravio la vida de su hijo, y de su esposo, se pone enmedio para libertarlo, y no teniendo recurso para defenderlo, mata a su hermana, suponiéndose todo esto y no representándolo. No hay gracioso, ni más personas que las precisas, para la representación: el verso es endecasílabo, y el estilo noble y conveniente a la naturaleza de la acción.
El Parecido en la Corte, de Moreto, es una comedia algo más regular, atendida la índole de las españolas antiguas. Pero con todo abunda de los mismos vicios que ellas, y sobre todo es de muy mal ejemplo, porque D. Fernando, fingido hijo de D. Pedro, y a quien este tiene en su casa, creyéndolo tal por su semejanza con D. Lope, se propasa a ciertas licencias indecentes, e impropias de todo hombre de honor. Y en vez de castigar su estafa, al fin le da a su hija, que estaba prometida a D. Diego. Aunque en la del señor Sebastián se representa en lo substancial la misma acción; —125→ pero está dispuesta de un modo más verosímil, y corregidas las licencias del primer autor, concluyendo la comedia con la siguiente prevención.
El Dr. Signorelli, hablando de esta obra dice lo siguiente: «La buona intenzione è 'l patriotismo dell' autore, che aspira al miglioramento del teatro nazionale, è ben lodevole: ma il mezzo che vi adopera, gli toglie la gloria principale dell' invenzione, senza ottenerne l' effetto bramato. Come, quando si rescriveranno tante migliaja di componimenti spagnuoli per purgar lì da tutti ì diffetti, e dalle indecenze! vì è un sentiero piu breve di questo, ed è di scriverne a quanti nuovi affatto, ì quali si contengano ne limiti del verisimilè, allettino al publico dalla scena, è piacciano agl' intelligenti nella lettura, per l' accuratezza è bellezza dello stile. Questa moderna foggia dicomporre, che diverte il volgo, è la gente ben nata, l' idiota è l' sabio, fara tosto dimenticare gli antichi Drammi spropositati, come —126→ è avvenuto in altre societa.8
Yo soy en esta parte de la misma opinión que el Dr. Signorelli. El proyecto de corregir nuestras malísimas comedias, es efecto de la esclavitud literaria con que muchos miran las obras de los mayores, solo porque nacieron antes; y del injurioso concepto de la edad presente, en la cual se cree falsamente que no hay ingenios tan vastos, y extraordinarios como los que admiran, sin fundamento, en las pasadas. Quien se ocupe en corregir nuestro Teatro antiguo, tendrá acaso más dificultades que vencer, que si trabajara sobre asuntos nuevos: y carecerá de la gloria de ser original.
SEDANO (D. Juan José López) Caballero pensionado de la Real, y distinguida Orden Española de Carlos III y Académico de la Real Academia de la Historia. Parnaso español, colección de poesías escogidas de los más célebres poetas castellanos... Madrid: en la imprenta de D. Antonio Sancha. Año de 1768, y siguientes, hasta el de 78. Nueve tomos en octavo. El señor Sedano ha acompañado esta colección de cuanto puede hacerla más apreciable, poniendo en ella las noticias literarias que ha podido recoger, acerca de nuestros mejores poetas, analizando las obras o fragmentos incluidos en su colección, y manifestando —127→ sus bellezas; publicando algunas piezas inéditas, y grabando los retratos de muchos de ellos. Pero una colección, sea de la clase que se quiera, es muy difícil que agrade a todos generalmente, y mucho menos en las obras de ingenio, cuales son las poesías. Las que a unos les parecen sublimes, a otros les parecen hinchadas, y extravagantes, y las que encantan a unos, apestan a los demás. A esto se añade, que sacados los retazos de poesías largas de sus originales, pierden gran parte de su mérito. Y en fin, como los gustos son tan varios, cada uno desea que abunden las colecciones de aquel género de poesías, que más confronta con el suyo.
A esto se añade, el que con dificultad podemos desprendernos de las opiniones que el tiempo, o el ejemplo nos han hecho concebir acerca del mérito de muchas piezas, generalmente celebradas. Ahora no es ya un delito, el silbar las comedias de Lope de Vega, y Calderón: pero en otro tiempo hubiera pasado por temerario, quien se hubiera atrevido a pronunciar, que tienen los defectos que ellos mismos no se desdeñaron de reconocer.
Algo de esto sucedió también con el señor Sedano, celebrando algunas poesías, que si se examinan con atención, no se encuentra en ellas el mérito que este autor, les atribuye, como sucedió, entre otras con la traducción del Arte Poética de Horacio, de Espinel.
—128→Se le atribuye también al señor Sedano el Belianis Literario, papel periódico, cuyo objeto fue el ridiculizar los muchos de esta clase, y los papeles volantes que habían empezado a salir a principios de este reinado.
SERRANO (El Abate D. Tomás), ex-jesuita. El P. Serrano, era ya muy conocido en España, antes de la expulsión de los jesuitas, y celebrado, particularmente, por su facilidad, y pureza en el latín, tanto en prosa, como en verso, de la cual se habían publicado ya varias muestras, en cinco oraciones intituladas, De foedere Eloquentiae et Sapientiae.= II. De foedere Sapientiae Sacrae et Profanae. = III. De perfecta Christiani Doctoris forma in Cl. Viro Marcellino Siurio adumbrata. = IV. De Sacra critice. = V. De prima Academiae Valentinae gloria. Y en algunas fábulas dramáticas, de las que los jesuitas acostumbraban escribir, para ejercitar a sus discípulos, intituladas Caducaeus Mercurii. = Vercoeleste. = Magnum mundi poema. = Gratia restituta. = Arx Innocentiae.
También había escrito la Relación de las fiestas hechas en Valencia, en el Centenar de S. Vicente, que se cumplió en el año de 1755, la cual se imprimió por el Ilustre Ayuntamiento de aquella ciudad. Y una impugnación del Barbadiño, en diálogo castellano, que he leído manuscrita, intitulada: Disertación crítica, remitida por un famoso barbadiñista a un amigo, acerca de los graciosos sentimientos, que en, materia —129→ de poesía, y buen gusto tuvo el M. R. P. Fr. Barbadiño, religioso capuchino, como él se firma de la Congregación de Italia. En ella se hace ver, cómo este fingido religioso, no era el sujeto más a propósito, para emprender, como lo hizo en la séptima de sus cartas, la reforma de los poetas españoles, y portugueses. La da a luz, para la prevención, y resguardo de la juventud española, el M. Juan Pérez de Castro. Está Disertación quedó inédita, por haberse negado en Valencia la licencia para la impresión.
En Italia, con motivo de haber atribuido el abate Tiraboschi a los españoles la corrupción del gusto literario en la antigua Roma, publicó una apología, intitulada: Thomae Serrani Valentini, super judicio Hieronimi Tiraboschii de M. Valerio Martiale, L. Annaeo Seneca, M. Annaeo Lucano, et aliis argenteae aetatis Hispanis, ad Clementinum Vannetium, Epistolae duae. Excudebat Josephus Rinaldus, Ferrariae: Anno 1776. En octavo mayor.
En estas cartas demostró el señor Abate Serrano la precipitación, y poco fundamento con que había hablado Tiraboschi, en general: y particularmente en lo que dijo de Marcial, Séneca, y Lucano; el artificio de que se había valido para ensalzar a sus paisanos, deprimiendo a los españoles, que podían hacerles competencia manifestando al mismo tiempo su erudición, su pericia en la lengua latina, en la que ha habido muy pocos que lo —130→ hayan igualado en este siglo, aun en la misma Italia; y finalmente su facilidad para versificar en el mismo idioma.
Estaban inéditas la mayor parte de las poesías del Abate Serrano, al tiempo de su muerte, acaecida en el año de 1784, a los sesenta y nueve de su edad. Pero el señor Abate D. Miguel García las ha recogido, y publicado, precedidas de un elegante comentario, sobre su vida literaria, con este título: Thomae Serrani Valentini Carminum, libri IV opus posthumum. Accedit de ejusdem Serrani vita et litteris Michaelis Garciae commentarium. Fulginiae, 1788. Ex typographia Joannis Tomassini. En cuarto. Hay en esta colección muy buenas odas, elegías, epigramas, y otras poesías en diferentes géneros de metro.
SISTERNES Y FELIÚ (señor D. Manuel), Fiscal del Consejo y Cámara de S. M. Idea de la Ley Agraria Española... En Valencia, y oficina de D. Benito Monfort. Año de 1786. En el año de 1764, la Junta general de comercio, a la cual Felipe V encargó particularmente el cuidado y fomento de la agricultura e industria, dirigió una representación a S. M. exponiendo el atraso, y decadencia de aquella, y proponiendo los medios de fomentarla. El rey la remitió al Consejo, por su Decreto de 2 de abril de 1767, al cual desde el año anterior le había pasado otros varios expedientes, para que examinara y propusiera —131→ los medios más oportunos de fomentar la labranza. Para hacer la consulta sobre un asunto de tanta gravedad, mandó el Consejo unir al expediente otros muchos que había pendientes en él, desde el año de 1752, y pidió informes a varios tribunales y personas condecoradas de las mismas provincias, en donde se había de establecer la nueva ley.
Teniendo ya recogidos todos los documentos expresados, para su mayor ilustración, quiso oír a la Sociedad Económica de Madrid, a cuyo fin le pasó todo el expediente. La Sociedad nombró una junta para examinarlo, y extender el informe que se había de dar al Consejo.
Lo voluminoso del expediente, que constaba ya de más de noventa piezas de autos, embarazó algún tiempo a la Junta, y la hizo finalmente conocer la necesidad de que se formara, imprimiera, y distribuyera su extracto, o Memorial ajustado, entre los individuos que la componían. Y habiéndose representado al Consejo por la Sociedad este pensamiento, se mandó imprimir con el título de Memorial ajustado, hecho de orden del Consejo, del Expediente consultivo que pende en él, en virtud de Reales órdenes, comunicadas por la Secretaría de Estado, y del Despacho de la Real Hacienda, en los años de 1766, y 1767, sobre los daños y decadencia que padece la Agricultura, sus motivos, y medios para su restablecimiento, y fomento; —132→ y del que se le ha unido, suscitado a instancia del Ilmo. Señor Conde de Campomanes, siendo Fiscal del Consejo, y al presente su Decano, y Gobernador interino, sobre establecimiento de una Ley Agraria, y particulares que deberá comprehender, para facilitar el aumento de la Agricultura, y de la población: y proporcionar la posible igualdad a los vasallos en el aprovechamiento de tierras, para arraigarles, y fomentar su industria: cm cuyos asuntos han informado los Intendentes de Soria, Burgos, Ávila, Ciudad Rodrigo, Granada, Córdoba, Jaén, Ciudad Real, Sevilla, y el Decano de la Real Audiencia de esta ciudad: han expuesto lo que han estimado conveniente los Sexmeros, Procuradores Generales de las tierras de Salamanca, Ciudad Rodrigo, Ledesma, y Segovia; ha informado el Procurador General del reino, D. Pedro Manuel Sáenz de Pedroso y Ximeno, y lo harán a su tiempo la Sociedad Económica de esta Corte, y los Señores Fiscales del Consejo.
Por este Memorial se vieron más palpablemente los grandes atrasos que padece la Agricultura en la mayor parte de España; los grandes obstáculos que impiden sus adelantamientos; y lo que es mucho más sensible, las dañosas preocupaciones, y escasez de luces que hay en la mayor parte de los Intendentes, y de otras personas, empleadas en el gobierno, acerca de los medios de fomentar la labranza, —133→ y de remover las causas que influyen en su ruina.
Habiendo entendido la Junta de Ley Agraria, el trabajo que el señor Sisternes había puesto acerca del mismo asunto, acordó pasarle un oficio, para que se sirviera concurrir a ella. Hízolo así: leyó su escrito, y lo dejó para que la Junta lo examinara con más atención y cuidado, que el que permitía una sola lectura. De este examen resultó el confirmarse la misma Junta en el ventajoso juicio, que había formado acerca de la obra del señor Sisternes: y así representó a la Sociedad, lo importante que sería su impresión, para que todos los encargados de las disertaciones relativas al informe pedido por el Consejo, sobre la Ley Agraria, pudieran aprovecharse de su doctrina, y al mismo tiempo se difundiera esta por el público, para prepararlo a recibir los Cánones de aquella nueva Ley. La Sociedad condescendió a la instancia de la Junta; y a consecuencia de ella, dio gracias al señor Sisternes por su trabajo, y le hizo presente lo que había propuesto la Junta, con lo cual se resolvió a imprimirla.
Con efecto, esta obra del señor Sisternes abunda de excelentes máximas, tanto en el texto de la Ley, como en las notas con que explica y extiende sus capítulos.
Sienta por principios los incontestables derechos de la propiedad, y los que resultan a —134→ los colonos de sus contratos con los propietarios, en cuya conservación, y defensa pone la principal fuerza de la ley. Indica los medios, de que por la Agricultura se labre toda la tierra, y del mejor modo posible, para que dé cuanto es capaz de producir. Impugna varios errores y preocupaciones acerca de la labranza, algunas de las cuales han llegado a hacerse lugar aun entre los sabios. Tal es, entre otras, la de la preferencia de los bueyes a las mulas, de la cual demuestra, que lejos de seguirse ventaja alguna, resultarían muchos daños, particularmente en tierras de regadío. Todo lo confirma con ejemplos nacionales. Como era natural del Reino de Valencia, y había tenido muchos años el empleo de Fiscal en la capital de Cataluña, que son las dos provincias más agricultoras de España, y siendo por otra parte dueño de varias tierras en ambas partes, tenía conocimiento práctico de la Agricultura, y de la legislación conveniente acerca de ella, circunstancias que no han tenido siempre los legisladores, y que da más peso a los Cánones que propone.
También tradujo el señor Sisternes las Memorias de la Academia de Chalons, sobre los medios de extirpar la mendicidad, con varias adiciones, acerca de los objetos contenidos en ellas, contraídos a España; obra muy útil, que ha quedado inédita, por su muerte, ocurrida —135→ en 20 de junio de 1788.
SOCIEDADES ECONÓMICAS. Uno de los sucesos más notables y gloriosos del reinado de Carlos III, es el establecimiento de las Sociedades Económicas. Sin grandes gastos, sin salarios, y sin los demás embarazos y riesgos que suelen ocasionar otros proyectos menos importantes, se encuentra España con un gran número de escuelas utilísimas, y de Ministros a quienes poder confiar el examen, y la ejecución de muchas providencias relativas al fomento de la Agricultura, Artes, Comercio y Policía.
Tuvieron principio estos cuerpos patrióticos en las Provincias Vascongadas. Acostumbraban los Caballeros principales de ellas juntarse, con otros motivos: y habiendo pensado, en hacer más útiles sus concurrencias, estando prohibidas las Juntas por las leyes, fuera de ciertos y determinados casos, pidieron licencia al rey para continuarlas, expresando el motivo y objeto a que se dirigían.
Apenas se hizo presente al rey el proyecto de los nobles vascongados, cuando no solo condescendió benignamente con su súplica, sino que conociendo las grandes ventajas que podían resultar a la nación de que los nobles de las demás provincias los imitaran, formando juntas, y establecimientos científicos, con el mismo loable objeto, manifestó su voluntad en la Carta Orden, dirigida —136→ con este motivo en 8 de abril de 1765 a los Corregidores de Vizcaya, y Guipúzcoa, y diputado general de Álava.
«Los Caballeros, dice, de las tres Provincias Vascongadas, han determinado unirse en una Sociedad, bajo el nombre de Amigos del País, con el fin de cultivar las Ciencias y las Artes. Para esto han hecho entre sí algunos reglamentos, conviniéndose en el número de sujetos que han de componer la Sociedad, y método de trabajar los asuntos que se proponen. Como por las Leyes está prohibido el celebrar esta, ni otra especie de Juntas, sin permiso del soberano, los autores de este proyecto han recurrido al rey, para que les conceda la licencia de tener sus Asambleas con formalidad; y habiendo S. M. examinado las reglas con que dichos Caballeros han determinado asociarse, halla que son adaptables al loable fin de su instituto, y muy conformes a las máximas que S. M. procura introducir en sus reinos, para el adelantamiento de las Ciencias y las Artes, cuyo ejemplo quisiera S. M. que imitaran los Caballeros de las demás provincias, fomentando, como lo hace la nobleza vascongada, unos establecimientos tan útiles para la gloria del Estado. En esta inteligencia concede S. M. a los referidos Caballeros la licencia de celebrar sus juntas, del modo que mejor les parezca: y de su Real Orden, lo comunicó a V. S., para —137→ que en el distrito de su jurisdicción, no permita que se les ponga embarazo en los ejercicios de su Sociedad, dándoles, en caso necesario, el auxilio que para ello sea conveniente. Y de esta resolución pasará V. S. aviso al Conde de Peña-Florida, uno de los principales autores de este proyecto, para que pueda tomar las providencias que juzgase más oportunas.»
La Sociedad Vascongada trabajaba con esmero en todos los objetos de su instituto; pero su ejemplo no había movido todavía a las demás provincias, ni es de creer que se hubiera extendido con tanta rapidez, si el Consejo no hubiera esparcido por el reino, el Discurso sobre el fomento de la industria popular, en el cual se recomiendan las Sociedades Económicas, y hubiera protegido con toda su autoridad la fundación de la de Madrid. Los establecimientos de las provincias, aunque sean útiles, se propagan con mucha lentitud, mientras no llegan a introducirse en la Corte. El gusto de esta, es el que forma generalmente el de los pueblos, cuando algunos obstáculos, o circunstancias muy particulares no lo contradicen.
En 30 de mayo de 1775, el señor D. Vicente Rodríguez de Rivas, director de la Compañía de Caracas, D. Joseph Faustino de Medina, y D. Joseph de Almarza, hicieron una representación al Consejo, en —138→ la que exponían, «Que deseaban establecer en Madrid una Sociedad Económica de Amigos del País, a ejemplo de las que hay en otros, con utilidad pública. Que se conducían para esta idea, por su inclinación a la causa común; por sus conocimientos, y experiencias en lo que podía conducir a esta importancia; y porque los Discursos de la Industria y Educación popular, que el Consejo había mandado imprimir y distribuir, prescriben las reglas que adoptarían para este establecimiento.» El Consejo aprobó el pensamiento de aquellos buenos españoles; y para que se llevara a efecto, declaró, «Que condescendía con la pretensión de los referidos, en cuanto proponían, y que les concedía el permiso que solicitaban, esperando aquel Supremo Tribunal, continuarían su apreciable celo, hasta perfeccionar tan útil establecimiento, para que el buen ejemplo de la Corte trascendiera al resto del reino, e instruyera a las demás provincias del modo práctico de erigir semejantes Sociedades Económicas, a cuyo fin les dispensaba su protección, a que eran acreedores.»
Habiéndose dado cuenta a S. M. de este establecimiento, no solamente se dignó de aprobar los estatutos, sino que mandó que por tesorería mayor se suministraran anualmente a la Sociedad 3000 reales, para dar premios, cuyos asuntos, y día de su adjudicación había de señalar la Sociedad a su arbitrio; aumentó —139→ después los fondos con varias cantidades considerables; condescendió en que el Príncipe nuestro Señor, y los Señores Infantes, D. Gabriel y D. Antonio, se alistaran entre los socios; y en que una Diputación de la Sociedad pasara a besar la Real mano de S. M. honor repetido en varias ocasiones, con otras muchas pruebas del agrado, y protección que ha merecido a S. M. este Cuerpo Patriótico.
Una de las principales, ha sido el haber expedido S. M. a Representación suya, algunas leyes, cuales son la Real Cédula de 9 de julio de 1778, por la que se prohíbe la introducción en estos reinos, de gorros, guantes, calcetas, fajas, y otras manufacturas de lino, cáñamo, lana y algodón. La de 24 de marzo de 1779 «por la cual se prohíbe igualmente la introducción de todo género de ropas, muebles, y utensilios; y la de 18 de marzo de 1783» por la cual se declara la compatibilidad de la nobleza, con los oficios de curtidor, herrero, sastre, zapatero, carpintero, y otros. Se le ha pasado por el Consejo el examen de las Ordenanzas gremiales, con el objeto de mejorar este ramo de legislación. Lo mismo se ha hecho con el expediente sobre la promulgación de una Ley Agraria, con el de Hospicios, y generalmente con cuantos pertenecen a los varios objetos de su instituto.
El ejemplo de la Sociedad Económica de Madrid, y las señales públicas de su aprobación, —140→ que estaban dando continuamente S. M. y el Consejo, multiplicaron por el reino esta especie de establecimientos; de tal suerte, que en el día se cuentan ya más de cincuenta y cuatro.
El Gobierno las protege, y fomenta generalmente, aprobando sus estatutos, los que procura arreglar a los de la de Madrid, en cuanto lo permiten las circunstancias de cada país; remitiéndolas todas las Leyes relativas a la Economía Política; pidiéndolas informe sobre varios establecimientos útiles; exhortándolas a que contribuyan, para que tengan efecto las providencias dadas, para cortar las trabas que tiene nuestra industria, y generalmente en todos los puntos relativos al fomento de la aplicación, y mejora de las fábricas, y manufacturas.
No podía haberse imaginado establecimiento más útil que este, para adelantar con la mayor rapidez posible la Agricultura, las Artes y el Comercio, en cualquiera nación que sea; pero mucho más en España, por sus particulares circunstancias. Para convencerse de esto, no hay más que reflexionar sobre nuestro sistema político, en la parte que mira al uso de la autoridad legislativa. El origen de nuestras Leyes dimana, o de algún Decreto del Soberano, o de peticiones fiscales, o de representaciones de algún cuerpo o particular. Pero cualquiera que sea su principio, los que —141→ tratan acerca de su utilidad o necesidad, los que las forman, o las dictan generalmente son letrados. Si la jurisprudencia se aprendiera como corresponde, esto es, si en vez de enseñarse como la parte más principal, un derecho muy diverso del que rige en nuestra constitución, se enseñaran unas instituciones comprensivas de los principios fundamentales, sobre que los letrados deben alegar, votar, o consultar, en los varios destinos a que los proporciona su profesión, esto es, de abogados, jueces, y consejeros, si en estas instituciones se incluyeran, no solamente los tratados que sirven para la práctica del foro, sino también los relativos al gobierno político y económico; entonces los letrados podrían por sí mismos decidir, con conocimiento de clusa, y sin el riesgo de ser sorprendidos por la apariencia del bien público.
Mas careciendo de esta instrucción, por lo general, y viéndose continuamente en precisión de votar, o consultar acerca de estas materias ¿qué medio podía inventarse mejor, que el establecimiento de las Sociedades Económicas? El estudio, la continua práctica, el mirar las cosas más de cerca, el tratar con toda clase de personas, las ilustran, y enseñan, lo que más conviene, así al reino en general, como a las provincias; y la clase de los sujetos de que se componen las hace más capaces de resistir al soborno, y a la recomendación, —142→ lo que no es tan fácil, cuando los informes se fían a particulares, que no tienen responsabilidad ninguna, ni más respetos que los de su persona.
A estas utilidades de las Sociedades Económicas pueden añadirse algunas otras, de no poca importancia. I. Tener ocupados honestamente a los nobles, y hacendados de los pueblos, naturalmente inclinados a la ociosidad y holgazanería, entreteniéndolos útilmente en los objetos y discusiones, a que dan ocasión semejantes juntas. II. La de infundir el gusto a la lectura de obras útiles, y extender estas por el reino. III. La de multiplicar las ideas económico-políticas, de las que había suma escasez en España. IV. La de mejorar el estilo, multiplicando las ocasiones de hablar, y de escribir sobre asuntos muy distintos de los que antes se trataban en las escuelas. Con efecto, en las Memorias publicadas ya por algunas Sociedades, aunque no deja de haber piezas muy flojas las hay también de un sobresaliente mérito, o bien se mire al estilo, o bien al juicio con que están escritas. Se encuentran en ellas datos muy exactos, sobre población, frutos, etc. y cálculos juiciosos sobre el comercio, y progresos de las Artes. Finalmente, aunque la poesía es la menos importante para el instituto de las Sociedades Económicas, no faltan tampoco en sus Actas algunas de un mérito no vulgar.
—143→A pesar de todas estas consideraciones, no faltan quienes reprueben las Sociedades Económicas, y satiricen su instituto, así dentro de España, como fuera de ella. Véase lo que decía Mr. Linguet en sus Anales políticos, cuando se hizo la primera adjudicación de premios por la de Madrid.
L'annèe derniere on à etabli en Espagne une Societè Royale Economique des Amis du Pais. Elle à proposè des prix d' agriculture, d' industrie, etc. qui viennent d' etre distribuès le 10 du mois dernìer, dans une assemblèe publique. Les lecteurs des autres nations seroient peu instruits, quand je leur apprendrois, qu' un des athletes couronnès sur cette arene se nomme Dom Josef-Cecilio-Coello y Borgo, natif d' Astigis, qui à eu le prix pour avoir fort bien raisonnè d' agriculture, dans une memoire: qu' il à eu pour rival Dom Vicente Calvo y Julian, Chanoine de Terrazona: que Dona Mariana Juliana Tenorio y Tenorio à emportè le prix du filage, et que personne n' en à approchè, si ce n' est Maria Antonia del Rosario, eleve de Dona Maria Fernandez Hidarga. Ces petites palmes perdent tout leur eclat par l' eloignement. Quelque respetable qu' en puisse etre l' objet, elles ne pourroient jamais, procurer, qu' une gloire locale, et bornèe. Mais est il vrai que la politique, qui les multiplie, soit bien eclairee? Doit on une veneration reelle à ces hochets, dont l' enfance, vers la quelle la pretendue —144→ philosophìe economique de nos jours nous precipite, à rempli les etats oùelle s' est acreditèe?
Si l' Espagnese flatte de repeupler ses campagnes par les phrases disertes qui aura consignèes sur le papier un agriculteur theoriste, elle s' abuse ètrangement: et si elle s' imagine, que ses manufactures vont renaitre, parce qu' une fille dirigèe par un economiste enthousiaste, au lieu d' un confeseur, aurá filè dans une annèe deux ou trois livres de lin plus que sa voisine, elle ne s' abuse pas moins.
Il y à long tems que jè l' aì dit, et imprimè: ces sortes d' etablissemens sont les distractions de l' impuissance, et non les symptomes de la vigueur. Ils ne reparent rien, ils n' obvient à rien: ils ne produisent rien que du mal. Il ne faut pas croire que l' espoir très-incertain d' un prix de huit on dix louis, soit jamais un appas assez vif pour engager un ouvrier paresseux, ou mal adroit, à vaincre l' inertìe à la quelle son temperment le porte. Ceux qui sant actifs et intelligens par eux-memes, le son avant, et sans les prix: et ceux à qui la nature à refusè ces qualitès, ne les acquierent pas sur l' invitation qu' on leur fait d' y pretendre.
D' ailleurs, ces prix ne se distribuent pas tous seuls. Quand les juges seroient equitables; quand ils n' auroient pas besoin, comme ceux qui decident des fortunes, d' etre sollicitès, il faudroit toujours les instruire. L' ouvrier, aprés avoir consommè beaucoup de tems à ces experiences, —145→ est obligè, d' en employer encore davantage à en rendre compte. Si l' on admet au concours ceux des villages, la depense des courses necessaires pour se faire connoitre, les ruine: si l' on n' adamet que ceux de la ville, la concurrence et l' emulation sont detruites. Dans tous les cas, le tems donnè à une theorie très-inutile est perdu pour la pratique; de tous les rivaux qui en ont fait le sacrifice, un seul est recompensè; il ne reste aux autres que le regret d' une perte irreparable, le mecontentement, et peut-etre le soupçon d' une injustice. Ainsi des cabales avant, des haines, des ressentiments, après, voilà en general le fruit de ces institutions.
Elles ne sont pas plus utiles en politique et en morale, qu' en litterature. Qu' on cite un homme d' un vrai talent qui ait etè couronné par les academies. Qu' on produise une invention estimable sortie de ces registres de societés pro patria, d' amis du pays, d' agriculture, d' encouragement, tant multiplièes depuis quelques-tems en Europe. En tout genre ce sont les particuliers isolès qui font les grandes choses. Les compagnies ne font que de grands discours.
Mr. Linguet, por ciertas aventuras que lo han ocurrido con el Colegio de Abogados de París, y con la Academia Francesa, es enemigo declarado de todas las Academias, y cuerpos literarios: y ha procurado ridiculizarlos en —146→ cuantas ocasiones se le han presentado; por lo cual no es extraño que hable así de las Sociedades Económicas. Pero este escritor no conoció ciertamente el estado de nuestra nación, cuando escribía de esta suerte.
Para conocer bien la utilidad de las Sociedades Económicas en España, era necesario fijar el estado de esta, al tiempo en que empezaron a establecerse: numerar los objetos en que han tenido algún influjo; y cotejar su situación actual con la anterior.
Desde los principios de este siglo se habían hecho los mayores esfuerzos para adelantar la agricultura, fomentar la industria, establecer fábricas, y extender el comercio todo lo posible. El Erario había expendido en esto inmensas sumas. Pero con muy poco fruto, porque la ignorancia de la política-económica, introduciendo el desaliento, y la desconfianza, estorbaba la plantificación de muchos proyectos útiles, o los inutilizaba, cuando se iba a percibir el fruto de ellos, por la mala dirección.
Para acelerar y extender la ilustración general, acerca de estas materias, no había medio más eficaz, ni más pronto, que el de las Sociedades Económicas.
«El celo patriótico reunido de la nación, dice el Señor Conde de Campomanes, es el que puede consolidar su industria. Los esfuerzos de algunos particulares no bastan; la protección —147→ del Ministerio, aún no puede alcanzar, mientras una nación no reconoce su estado, el origen de los obstáculos que la Agricultura, y las Artes padezcan, y los medios fundados y seguros de superarlos. Esta general instrucción solo puede adquirirse en escuelas permanentes, cuales son las Sociedades Económicas.
»Si paramos la consideración en las sumas inmensas, que en este siglo ha empleado el Erario Real, para restablecer las manufacturas, apenas hará ventaja ningún otro gobierno al nuestro, en dar una constante protección a la industria,
»Es necesario aumentar por todos medios la población, reuniendo la labranza, y crianza; establecer principios que conduzcan la producción de frutos, y ganados, a un aprovechamiento más igual entre los cultivadores; mejorar la legislación agraria; unir la industria con el cultivo de las tierras; y enseñar fundamentalmente los oficios, honrando a los artesanos que los profesan, y poniendo el comercio en toda libertad, que pide una circulación bien ordenada, suprimiendo tasas, y alcabalas; subrogando el importe de estas, sin agravio de la Real Hacienda en otro método de contribuir, que no retarde la contratación interior del reino.
»Estos puntos piden un análisis extendido sobre principios, y cálculos, que solo podrán examinar unos cuerpos inmortales, y celosos, —148→ cuales son las Sociedades, en quienes se reúnen las luces de los patriotas instruidos de todas las clases civiles.
»Hombres particulares, por instruidos, y celosos que sean, nunca podrían tener el tiempo, los auxilios, ni las luces necesarias para hacer un número tan extenso de combinaciones y experimentos.»
Si vamos a buscar los hechos, que son los que tienen más fuerza para convencer a la multitud, se verá que en ningún otro tiempo se han impreso en España más obras (originales, o traducidas, que todas contribuyen a la ilustración general) acerca de las Matemáticas, Física Química, Botánica, y Política-Económica que desde la fundación de estos cuerpos patrióticos. En ninguno ha habido tanto ardor de promover la agricultura, oficios, y comercio. En ninguno se han expedido leyes más útiles. Y en ninguno finalmente se han dado tantos auxilios a la industria, tanto en dinero, como en demostraciones de aprecio del trabajo y la aplicación.
Yo no diré que las Sociedades Económicas han producido todo el bien que de ellas pudiera esperarse. Lejos de eso, muchas apenas han dado más pruebas de su existencia, que la de haberse anunciado su fundación en la Gaceta, y conservarse su nombre, y los de sus directores, y secretarios en la Guía de forasteros.
—149→Esto ha provenido de varias causas, cuyo conocimiento es muy importante, para rectificar en lo posible estos cuerpos, y también para abolir los que no tengan las proporciones necesarias para sostenerse, y trabajar con utilidad en los objetos de su instituto. Sobradas escuelas cátedras, oficinas, y establecimientos literarios, y civiles, tenemos ya inútiles.
La notoria protección que el gobierno concede generalmente al establecimiento de las Sociedades, ha excitado a muchos a solicitar su fundación en pueblos, en donde no había proporciones para ellas, y sin encontrarse con las calidades necesarias para ejercer los empleos de directores, secretarios, y censores, para los cuales, no es bastante solamente la buena intención, y el celo, si este no va acompañado de la ilustración, y actividad, necesarias para combatir, y sufocar las preocupaciones dañosas, resistir a los impulsos de la envidia, y romper las trabas que se oponen a los adelantamientos de la industria.
El amor propio, el deseo de acreditarse, la satisfacción de ver su nombre en los papeles públicos, ha sido lo que ha llenado las primeras Juntas de las Sociedades, y las ha dejado desiertas pasado el primer ímpetu, y logrados aquellos fines.
La poca unión entre los individuos, los intereses particulares, la escasez de fondos, y —150→ la multitud de objetos a que han querido extender sus miras, sin probabilidad de conseguirlas, han imposibilitado mucho más su ejecución.
Por otra parte, los Tribunales superiores que han protegido generalmente la fundación de las Sociedades Económicas, en algunos casos particulares no les han dado el favor y auxilios que han pedido, sin duda a influjos de los jueces subalternos, que son los medios ordinarios que tiene establecidos nuestra legislación para la ejecución de las providencias económicas, y autos judiciales.
Los Tribunales, Ayuntamientos y demás jueces, y cuerpos civiles inferiores, son como enemigos natos de las Sociedades. Porque quieren mandar despóticamente; y cualquiera otro cuerpo, o individuo que pueda descubrir sus injusticias, o disminuir de algún modo su autoridad, y representación, mereciendo la confianza del soberano, para los informes, o para la dirección de algunos ramos de la policía, como recogimiento de mendigos, hospicios, limpieza, plantíos, y otras obras públicas, no pueden serles indiferentes.
Los eclesiásticos, que son las personas que más pueden contribuir con su ejemplo, socorros, y persuasiones a desterrar la ociosidad, y fomentar la industria, y de quienes más debía esperarse que cooperaran a la propagación de las benéficas ideas de las sociedades, como —151→ lo han hecho en algunas de ellas; en otras partes se han manifestado muy indolentes, desdeñándose, no solamente de asistir a ellas, sino aun de contestar a las atentas cartas con que se les han pedido algunas noticias, y encargado comisiones útiles, y de muy poco trabajo.
Estas son las causas más radicales de que no hayan hecho mayores progresos algunas Sociedades Económicas, y ninguno la mayor parte de ellas. Además de estas, ha habido otras particulares, que pertenecen a la historia de cada una. Sería esta una obra muy útil, como se escribiera bien. Yo solamente hablaré aquí de las que han publicado sus Actas y Memorias, que son las que pertenecen más directamente a mi Biblioteca: reservándome el tratar de las demás en el suplemento.
SOCIEDAD VASCONGADA DE AMIGOS DEL PAÍS. El nombre del Marqués de Peñaflorida D. Xavier Munive, y Ydiaquez, será inmortal en los fastos de la historia de los vascongados, y muy respetable en los de la nación española, por haber sido el primero que ideó, y el que más contribuyó al establecimiento de la primera Sociedad Económica del reino. Son muy particulares las circunstancias que dieron impulso a esta fundación, según se refieren en el elogio de su primer director, el mismo Conde de Peñaflorida, escrito por D. Vicente María —152→ Santibáñez9, y leído en aquella Sociedad en 1785.
—153→«En Azcoytia, como casi en todos los demás pueblos de Guipúzcoa, y Vizcaya, había de noche tertulias en las Casas de Villa, y acudían a ellas la mayor parte de caballeros, y clérigos útiles. Se jugaba, se bebía, se comía, se parlaba, y cada uno se retiraba a su casa con la esperanza de volver la noche inmediata a la misma distribución. Por el año de 48 habían tomado ya una forma más elegante estas asambleas nocturnas. La tertulia de juego y merendonas, se transformó en Junta Académica, compuesta de varios caballeros, y algunos clérigos despejados, y estudiosos. Por medio de unos reglamentos sencillos, se habían fijado la hora, y paraje de la concurrencia, su duración, y distribución de tiempo. Las noches de los lunes se hablaba solamente de matemáticas; los martes de física; miércoles se leía historia, y traducciones de los académicos tertulianos; los jueves una música pequeña, o un concierto bastante bien ordenado; los viernes geografía; sábado conversación sobre los asuntos del tiempo; domingo música.
»El gabinete de los Académicos constaba de una máquina eléctrica, de la primera construcción —154→ del Abate Nollet, y de una Máquina Pneumática doble, que se hizo traer de Londres. Con estos socorros se iba perfeccionando más, y más la nueva Academia, se hacían experiencias, se disputaba modestamente sobre los resultados.
»Ya en el rincón de Azcoytia tenía Nollet sus sectarios, y Francklin los suyos en sus respectivos sistemas, sobre la explicación de los fenómenos eléctricos; cuando a muchas leguas alrededor, en teatros más anchurosos, se perdía el tiempo en cuestiones inútiles de una bárbara metafísica, y en controversias añejas, e interminables, pasando por hábil, por instruido, por sabio el que daba mis voces, y pateaba más con los tunantones, sobre las importantes materias de universales a parte rei, precisiones objectivas, etc., etc.
»Los jesuitas de Azcoytia, y de Loyola se reían del imaginado horror del vacío, que defendían ya al mismo tiempo los Padres de Salamanca, como un artículo de fe. Así iba disipando la nueva Academia rápidamente los errores, propagando las verdades, y conocimientos útiles; pero por una fatal combinación de funestas causas que no saben respetar los establecimientos humanos, perecieron con muerte temprana dos individuos los más útiles y laboriosos. Este golpe mortal desbarató irresistiblemente la nueva Academia, a pocos años de su erección: no quedaba arbitrio de restablecerla, —155→ porque faltaban sujetos; se entristeció el Conde; pero incapaz de abatirse, se entregó con más calor a la lectura, y al estudio.
»En los ensayos de la Sociedad de Dublín encontró bastantes especies para formar un plan completo de agricultura, o economía rústica, que presentó a la provincia de Guipúzcoa, congregada en sus Juntas generales, en la Villa de Villa-Franca. Aprobó la provincia, y admiró esta obra: dio gracias a su autor; pero la resistencia que siempre encuentran las grandes novedades, no permitió que se pusiesen en práctica los saludables pensamientos de nuestro célebre patriota. Vio frustrado su proyecto: no le gustó, pero no desmayó, antes bien crecía su ardor patriótico, a proporción de los obstáculos que encontraba...
»Las disputas, por decirlo así, piadosas, pero reñidas entre la Villa de Vergara, y la de Beasain, sobre la pertenencia de un Santo Mártir, estaban preparando a nuestro Conde (sin que él, ni nadie lo pudiese adivinar) la época que tanto deseaba de la reunión de varios amigos, animados del mismo espíritu patriótico. La Villa de Vergara logró una Bula de su Santidad, concebida en términos favorables, y determinó celebrar esta victoria con unas fiestas magníficas: acudió a Peñaflorida, que se prestó gozosamente al desempeño.
»Empieza a trabajar al instante: traduce —156→ con elegancia una ópera cómica francesa. Crea una nueva ópera vascongada: reparte los papeles de una y otra; se prepara a salir a público teatro, con compañeros de ambos sexos de la primera distinción. Sin mis principios de música, que unas ligeras lecciones de violín, que tomó en el Seminario de Tolosa, compone su ópera, donde había varias arias, graciosos dúos, tríos, y muy buenos coros, y una grande abertura de toda clase de instrumentos. No la oyó profesor, que no se hiciese lenguas de ella. Dudo que haya habido otro ejemplar de semejante talento músico.
»Es imponderable la fatiga y el afán con que nuestro Conde, transformado en autor cómico, y en compositor, instruía a los nuevos operantes. Como estos vivían dispersos en el diferentes pueblos de Guipúzcoa, y Vizcaya, era casi imposible reunirlos en un lugar; y así tenía que acudir nuestro Conde a todas partes. Tan pronto estaba en Marquina, como en Vergara, y en Azcoytia, ocupado y afinado en ensayos, en repasos de su nueva ópera, y en formar, y entonar la nueva compañía; pero salió con el intento. El día 11 de septiembre de 1764, se representaron ambas óperas en la Sala Consistorial de la Villa de Vergara: ¡pero con qué aplauso, con qué satisfacción de todos los espectadores! Fue tan grande el concurso, y tan lucido, que no puede hacerse creíble, sino a los que le vieron...
—157→»Acabáronse las funciones, y llegó la hora de la despedida. Bien se echa de ver, cuán costosa y amarga debía de ser esta separación, mayormente la de aquellos caballeros jóvenes, que por la conformidad de genios, y sentimientos quedaron más unidos y estrechados. Cada cual trabajaba en hallar algún medio de evitar esta separación, o de hacerla más soportable. Decía uno: elíjase cualquier villa, y obliguémonos a vivir juntos en ella. Otros gritaban: a lo menos convengámonos todos, y demos palabra de juntarnos cada año a pasar siete u ocho días amistosamente.
»Sobre este calor puro de la amistad, se echaron los fundamentos de la Real Sociedad Vascongada de los Amigos del País.
»Volviose el Conde de Azcoytia, en compañía de algunos Amigos, todos bien animados, y dejaba en Vergara otros igualmente dispuestos. Convenidos en la asociación, y en su objeto de cultivar las Ciencias, y Artes, promover la industria, y mejorar la educación; se pasó a tratar del título que se había de dar a esta nueva asociación, y se adoptó el de Sociedad de los Amigos del País.
»Por abril del año de 65, estaba aprobado por el Rey nuestro Señor este pensamiento. La nueva Sociedad, elige por su director al Conde de Peñaflorida, que desde el momento no pensó en su vida en otra cosa, sino en las ventajas y progresos de este establecimiento —158→ patriótico.»
Y en el siguiente de 1766, tenía ya concluido, y preparado para la prensa el primer tomo de sus Memorias, intitulado:
Ensayo de la Sociedad Vascongada de los Amigos del País. Año de 1766, dedicado al Rey nuestro Señor. En Vitoria, por Tomás de Robles. Año de 1768. En octavo. Contiene la historia de la Sociedad hasta aquel año, y un Discurso preliminar, leído en la primera junta general preparatoria, celebrada en Vergara el día 7 de febrero de 1765, en el cual se trata de la necesidad de fomentar los objetos relativos al instituto de la Sociedad, y de las grandes proporciones que para esto se encuentran en el país de los vascongados. Sigue luego una Memoria sobre Agricultura práctica, dividida en tres números. En el primero se trata de la variedad de los terrenos; del modo de conocerlos, con expresión de las cosechas para que es más propio cada uno: de los abonos, tanto naturales, como artificiales y de los prados; del cultivo de tierras para granos, y las labores necesarias para la recolección de estos. En el segundo de la plantación de árboles. Y en el tercero de la economía rústica, esto es, del lino, cáñamo, lana, seda, ganado vacuno, caballos, y mulas, y de las colmenas.
La segunda es, sobre Industria y Comercio: y se trata en ella de la necesidad de juntar —159→ la Industria con la Agricultura, para aprovechar las ventajas de esta última; del origen, progresos, e importancia del comercio; de las mejoras que puede recibir el de los vascongados; de la injusta preocupación que reina generalmente en España contra el comercio, y estimación que debía hacerse de él. Al fin de esta Memoria se añade un Discurso sobre la comodidad de las casas, que procede de su distribución exterior, e interior.
La tercera trata sobre la economía animal, y comprende las observaciones sobre la epidemia de viruelas que se padeció en Azcoytia los años de 1762, y 63, hechas por don Juan Antonio de Carasa, médico titular de dicha villa, con una disertación sobre el uso de la fruta sazonada, por él mismo.
La cuarta, que es sobre la economía doméstica, comprende la descripción de una Máquina Pneumática para conservar la carne, sin corromperse, inventada por D. Manuel de Gamarra.
La Sociedad Vascongada tuvo a los principios los embarazos, y contradicciones, que son comunes a todo nuevo establecimiento, por muy útil que parezca. No fue la menor la mala inteligencia que se había dado a su objeto, y circunstancias que debían concurrir en los que se hubieran de alistar por socios: por haber extendido sus émulos la voz, de que para serlo se requería ser sabios, o a lo —160→ menos contraer la obligación de sufrir gastos excesivos. Para desvanecer esta idea, se publicó en 1770, el Plan de la Colección general de estatutos, aunque no estaban aprobados todavía por S. M. cuya gracia se verificó en 10 de agosto de 1773. Para formar alguna idea de esta Sociedad, y por haber sido la primera del reino en esta clase, pondré aquí el título I de los Estatutos, que dice así.
Idea general de la Sociedad.
I. La Sociedad Vascongada de los Amigos del País, es un cuerpo patriótico, unido con el único fin de servir a la Patria, y al Estado, procurando perfeccionar la Agricultura, promover la Industria, y extender el Comercio.
II. Dependiendo gran parte de los medios necesarios para conseguirlo de las Ciencias, de las Artes, y de la experiencia; la Sociedad se dedicará a cultivarlas; pero de tal suerte que siempre se prefieran las que tengan enlace más íntimo con los objetos referidos.
III. El cuerpo principal de la Sociedad, se compondrá de patriotas celosos, y bien intencionados, que han de concurrir a su existencia, y manutención, los unos con su aplicación personal, y su caudal; y los otros con su caudal solamente.
—161→IV. Entre los Amigos del País, que residan en las provincias, y contribuyan con su aplicación, y caudal, habrá veinticuatro que corran con el gobierno, y dirección de la Sociedad, y estos se llamarán Socios de número.
V. Los Amigos de número, que por su edad, o achaques, no pudieren cumplir con las obligaciones de esta clase, y las hubieren antes desempeñado a satisfacción de la Sociedad, dejarán vacante su plaza, y se llamarán Socios veteranos.
VI. Los Amigos del País que residan en las provincias, y concurran con su aplicación y caudal, como los del número, pero que no puedan entrar en este por hallarse completo, se llamarán Socios supernumerarios.
VII. Los Amigos del País, que no pudiendo concurrir con su aplicación personal a los fines de la Sociedad, por hallarse ausentes, o embarazados en otros empleos, u ocupaciones, contribuyan a dichos fines con su caudal, en la forma que se dirá después; se llamarán Socios beneméritos. De las circunstancias, y método de elección de los Amigos del País, mencionados en los artículos precedentes, se hablará en sus respectivos títulos.
VIII. Además de estas clases, que han de componer el cuerpo principal de la Sociedad, habrá también las de Honorarios de mérito, —162→ de Literatos, y Profesores, y de Socios Extranjeros, bajo la denominación general de Amigos del País.
IX. La clase de socios honorarios se mantendrá por ahora sin novedad, pero adelante solo se compondrá de seis sujetos de carácter, residentes en la Corte, cuyo destino será llevar la voz de la Sociedad, en las ocasiones de besar la Real mano, y desempeñar otras comisiones honoríficas que la Sociedad les diere.
X. En la de mérito se colocarán las personas distinguidas por sus circunstancias, dignidades, o empleos, que hicieren algún servicio a la Sociedad, o a las cuales quiera la Sociedad manifestar su estimación, o su agradecimiento.
XI. La de Literatos, y Profesores se llenará con sujetos hábiles en cualquiera de las Ciencias, Artes, y facultades que tengan relación con los objetos de la Sociedad; pudiendo ser indistintamente del País, o de fuera de él.
XII. En la de los Socios extranjeros entrarán los sujetos de fuera del reino, que por su habilidad en alguna Ciencia, o Arte, o por otras circunstancias, fueren agregados a la Sociedad.
XIII. Para que esta Sociedad sea duradera, es necesario que los que la componen, trabajen en inspirar sus máximas a los Caballeros jóvenes de las tres provincias, y especialmente —163→ a los que han de fijar en ellas su residencia. Por tanto, habrá para estos una clase, con el nombre de Alumnos: y la Sociedad velará con el mayor esmero sobre su buena educación.
XIV. Siendo la igualdad la que más contribuye a la unión, y la unión a la permanencia, no habrá entre las tres provincias antelación, ni preferencia alguna. El número de los Amigos del País que han de correr con el gobierno, y dirección de la Sociedad, se repartirá por iguales partes entre las tres provincias: de modo que cada una tenga en la Sociedad ocho Amigos del País, del número.
XV. En cada provincia habrá cuatro Comisiones, que abracen todos los objetos de la inspección de la Sociedad, y serán las siguientes. Comisión primera, de Agricultura, y Economía Rústica, cuyo objeto será el fomentar, y mejorar todo lo correspondiente a estos asuntos, con atención a las particulares circunstancias del País. Comisión segunda, de Ciencias, y Artes útiles, cuyo objeto será el cultivar aquellas que prometan utilidad más inmediata a las tres Provincias Vascongadas. Comisión tercera, de Industria y Comercio, a cuyo objeto será el promover los ramos más asequibles, y análogos a la constitución del de la Patria. Comisión cuarta, de Historia, y Buenas Letras, cuyo objeto será la ilustración y cultura del público. De las ocupaciones, y —164→ método de proceder de estas cuatro comisiones, se tratará con individualidad en sus respectivos títulos.
XVI. Cada Comisión se compondrá de dos Socios de número, y de los Supernumerarios, Literatos, y Profesores, residentes en el País dedicados a los objetos de ella. Pero, si a más de estos (en quienes será de precisa obligación el incorporarse a las respectivas comisiones de sus provincias) hubiese individuos de las demás clases, que quieran ejercitar su celo, y aplicación, serán admitidos, con particular aprecio, en cualquiera de ellas, a que gustaren agregarse.
XVII. Las cuatro comisiones de cada provincia han de mantener continua correspondencia con las respectivas en las otras, y llevarán esta correspondencia alternativamente, por años, los dos Socios de número de cada comisión; a menos que ellos se convengan entre sí de otro modo.
XVIII. Habrá Juntas semanarias en cada provincia, desde noviembre, hasta junio inclusive, celebrándose en este tiempo cuatro Juntas ordinarias al mes, correspondientes a las cuatro comisiones; y además de esto, una económica, destinada solamente a asuntos económicos del cuerpo, como se dirá por menor en su título correspondiente. Las tres provincias se comunicarán mensualmente la resulta de sus Juntas semanarias, por copias íntegras, —165→ de sus acuerdos, para que todas tres concursaran a un fin, con conocimiento de los objetos, a que se dedican sus respectivas comisiones.
XIX. Cada una de las cuatro comisiones dichas tendrá su libro, en que se extenderán los acuerdos hechos por las Juntas semanarias en su razón, las observaciones, noticias, y papeles que juntase; el diario de las tentativas, y operaciones que hiciese; y la razón individual de lo que gastase, y lograse en estas tentativas: cuya última razón deberá hacer presente a la Junta Económica de cada mes, para reconocerse en ella.
XX. Fuera de los Libros de las Comisiones, habrá en cada provincia otros dos: uno para llevar razón de las Juntas semanarias, y otro para las Juntas económicas, segun se dirá en su lugar.
XXI. A las Juntas mensuales ordinarias asistirán todas las clases de socios que se hallen en el pueblo, donde se celebran; pero a las económicas solo tendrán entrada los contribuyentes.
XXII. Para el gobierno, y dirección general de la Sociedad, habrá un Director, dos Consiliarios, tres Vigiladores, un Secretario, un Archivero, un Recaudador general, y tres Recaudadores provinciales: los cuales todos han de ser Socios del número, residentes en el País Vascongado; y además de esto, en cualquiera —166→ parte de mis dominios, en que el número de Socios beneméritos Suscribientes exigiese que se forme caja, para la mayor comodidad de la recaudación, se podrán nombrar entre estos mismos individuos los Vice Recaudadores que fuesen necesarios. En cada una de las Provincias Vascongadas habrá tres sujetos empleados precisos, que son el Presidente Provincial (que lo serán el Director, y Consiliarios en sus respectivos distritos) un Vigilador, y un Recaudador. El Archivero será de la provincia, donde estuviere el Archivo, pero el Secretario, y Recaudador general podrán ser de cualquiera de las tres.
XXIII. El Director residirá, y dirigirá a todo el cuerpo de la Sociedad, y a la provincia particular suya. Los dos Consiliarios harán lo mismo en sus respectivas provincias. El Secretario, y Archivero lo serán de la Sociedad en común. Los tres Vigiladores serán Jefes inmediatos de los Alumnos, Secretarios, Archiveros, y Depositarios; de los papeles, libros, máquinas, instrumentos, etc. de sus respectivas provincias, como también Vice-Presidentes de estas, en falta del Director, o Consiliario: y los Recaudadores recogerán los fondos de la Sociedad.
XXIV. Para parte de estos fondos se establecerá una contribución anual, de cien reales de vellón, a la cual estarán obligados, por regla general, los Socios Veteranos de número, —167→ Supernumerarios, y beneméritos, exceptuándose solamente los que hayan llegado a veteranos, por haberse hallado en quince Juntas generales de la Sociedad, y los que viajen con instrucción, y comisión de ella: los cuales estarán libres de esta contribución, los primeros siempre, y los segundos mientras permanezcan en su destino. Los militares que se hallan en actual servicio, estarán también exentos de la mitad de la contribución: y no pagarán más que cincuenta reales.
XXV. Para los gastos de Juntas, contribuirá cada uno de los Amigos veteranos del número, y supernumerarios, con veinte reales, a más de lo dicho: y los de número, que tienen precisión de asistir a las Juntas generales, pagarán fuera de esto, otros noventa reales, para su manutención mientras las Juntas; de manera que estos vengan a contribuir en todo, catorce pesos al año, y los veteranos, y supernumerarios ocho, en todo; a no ser que asistan a las Juntas, y a la Mesa de los Amigos, que entonces pagarán un peso por cada día. Esto mismo se entiende con los demás socios que quieran concurrir a estas Juntas.
XXVI. Los Amigos de número, que al tiempo de la celebración de Juntas, se hallaren dentro de las provincias, aunque no asistan a ellas, pagarán siempre los catorce pesos de contribución. Los que estuvieren fuera de las provincias, pagarán ocho pesos.
—168→XXVII. Por ningún casa se exigirá a individuo alguno de la Sociedad, mayor contribución que la sobredicha.
XXVIII. Si alguno de los Amigos del País quisiere voluntariamente dar algún dinero, fuera de la contribución establecida, este caudal se destinará para premios de algunos descubrimientos útiles; a no ser que quien lo diere señale el destino: que en tal caso se aplicará al que señalare, siendo conforme a los fines de la Sociedad; y esto aun en caso de aplicarlo a beneficio de un solo pueblo de las provincias.
XXIX. Los títulos de Honorarios, veteranos, beneméritos, de mérito, y de Literatos, y Profesores, no serán incompatibles: y así siempre que en un mismo sujeto se verifiquen las circunstancias prevenidas en los VII, IX, X, y XI se le despacharán las correspondientes patentes, y se colocará su nombre en los Catálogos respectivos.
XXX. Los Socios extranjeros, ni los Alumnos no podrán ser contribuyentes.
XXXI. Para el día 15 de agosto, ha de cuidar cada Recaudador que estén en su poder todas las contribuciones de su encargo: para cuya recaudación escribirá anticipadamente a cada individuo de los que deben contribuir a su Caja, una, carta o papel, según el formulario siguiente.
«Muy Señor mío: Para que la próxima —169→ Junta de la Sociedad pueda formar el plan de lo que ha de destinar para premios, recompensas, y experiencias, espero que V. se sirva remitirme la contribución que su celo patriótico tiene asignada, para parte de fondos de la Sociedad. Me ofrezco con este motivo a la disposición de V. y ruego a Dios guarde a V. muchos años.»
XXXII. Del producto, que por medio de la subscripción, juntasen los Recaudadores, y Vice- Recaudadores; extraerá el Recaudador general un diez por ciento, para la Caja particular (de cuyo destino se hablará luego) y el restante lo guardará en su poder, a disposición de la Junta general de la Sociedad.
XXXIII. Cualquiera individuo que deje de contribuir en dos años, será borrado de la lista de los Amigos del País, y su nombre se omitirá en el Catálogo nuevo; que de resultas de la Junta general, se ha de enviar a mi primera Secretaría de Estado.
XXXIV. La Sociedad celebrará Junta general anual, desde el día diez y seis, hasta el 21 de septiembre inclusive, siguiendo la alternativa entre las tres provincias, en el lugar que asignase la provincia, a que tocase el turno: y así los Amigos de número, como Supernumerarios más antiguos, que pasen a suplir la ausencia de algunos de los primeros, deberán acudir al lugar de la convocatoria, —170→ para la noche del día quince. Ninguno de ellos podrá comer, ni refrescar, sino en la casa que les tendrá dispuesta el Recaudador de la Provincia de Juntas, arreglando el estilo constante de la Sociedad, y sin propasarse por ningún motivo, de la moderación, y frugalidad establecidas en este punto, desde su primera fundación. Por las mañanas habrá siempre Junta, siendo públicas tres de ellas, en que se examinarán algunos Alumnos: por las tardes dejará de haberla, cuando parezca necesario, para que se puedan desempeñar las comisiones particulares que se den por la mañana, como el examen de alguna obra, o máquina, reconocimiento de libros, etc. y por las noches habrá Academia de Música, a fin de que al paso, que se cultiva esta agradable Arte, y se ejercita en ella a los Alumnos, tengan los Amigos ocupación con que eviten los inconvenientes que pudiera tal vez ocasionar el concurso extraordinario.
XXXV. El objeto de las Juntas generales será reconocer todo lo ocurrido entre año en las tres provincias, tratar, y disponer que se adelanten los asuntos que la Sociedad, o las comisiones provinciales tengan emprendidos: examinar los papeles, experimentos, o máquinas que presenten los individuos, distribuir premios, y recompensas, y señalar asuntos para en adelante: y reveer con escrupulosidad las cuentas que se presentasen, y el —171→ estado de caudales del cuerpo.
XXXVI. De las cuentas que se presentasen en la Junta, se entresacarán las que traten de gastos de ella, como son transporte de muebles, libros, e instrumentos, adorno de la Sala, consumo de cera por las noches, y gratificaciones de músicos, etc. pues estos se han de pagar de la Caja particular, compuesta del diez por ciento, mencionado en el Artículo XXXII de los veinte reales, con que contribuye cada Amigo del País veterano, del número, y supernumerario, y del exceso de los noventa, que pagan para alimentos de los Amigos del número, aun cuando no asisten, hallándose en el País. De lo que sobrase en esta Caja, pagados los dichos gastos, se irá haciendo fondo para surtir a las tres provincias de los muebles necesarios para las Juntas generales y semanarias: y esta Caja particular correrá siempre al cuidado del Recaudador general.
XXXVII. Los caudales que se recojan por medio de la contribución general, no se podrán invertir sino en beneficio de los objetos inmediatos de la Sociedad: y así pagados los gastos de la Secretaría, y portes de cartas, y separada la cantidad que pareciere para algún premio público, que la junta tenga por conveniente ofrecer, se repartirán por iguales partes entre las tres provincias, para que por medio de sus comisiones las empleen en fomentar —172→ la Agricultura, la Industria, y el Comercio; ya sea en experiencias, y tentativas que hagan por sí, ya con Premios que señalen a los Labradores, los Artesanos, los Pescadores, los Marineros, etc. sobre asuntos de práctica; ya con recompensas que distribuyan entre los que se esmeren en perfeccionar algún ramo útil, o descubran algún invento ventajoso.
XXXVIII. Cada una de las tres provincias dará en la Junta general inmediata el descargo de los caudales que se la hubiesen repartido, justificando su empleo, y resultas por medio de los libros de que se ha hablado, y demás justificaciones correspondientes: y el Recaudador general presentará la cuenta general del año, contado desde la Junta general anterior, extendida con la mayor exactitud y claridad: de cuyas cuentas, despues de examinadas por el cuerpo de la Sociedad, se formará un Estado para pasarlo al libro general de Juntas Económicas, que ha de parar en poder del Secretario. Esto mismo se hará en la cuenta de la Caja particular, que el Recaudador general deberá también presentar separadamente.
XXXIX. De resultas de la Junta general, se formará un extracto puntual en que se expresen las experiencias, operaciones, prácticas, y espulaciones, los escritos y memorias, y las noticias, y adquisiciones que hubiese —173→ hecho, y juntado cada una de las comisiones de la Sociedad; como también los premios, y recompensas distribuidas, los acuerdos celebrados en beneficio del público, y de su establecimiento, y los exámenes de los Alumnos: cuyo extracto se remitirá por el Secretario de la Sociedad, a mi primer Secretario de Estado, para que se me informe de él.
XXXX. Los gastos de viaje para la concurrencia a las Juntas generales ordinarias, serán a cargo de los individuos concurrentes, sin que para ello se supla con alguna de las Cajas de fondos. Pero si entre año ocurre algún motivo de particular importancia para el cuerpo, que obligue a celebrar Junta general extraordinaria, en tal caso todos los gastos que hicieren los Individuos concurrentes, serán del cargo de su provincia.
XXXXI. Todo celoso patriota que desee tener parte en una empresa tan útil, incorporándose a la Sociedad en calidad de Amigo del País benemérito, podrá acudir en cualquier tiempo por sí, o por algún Amigo al Director, quien al noticiarle su admisión, enviándole la patente correspondiente, le indicará el Recaudador, que deberá entenderse con él, para que repartidos con alguna igualdad los contribuyentes, sea menos embarazosa la recaudación.
XXXXII. A cada uno de los Amigos del País contribuyentes (aunque se hallen fuera —174→ del País) se enviará un ejemplar del extracto prevenido en el Artículo XXXIX para que vean el uso que se hace de los caudales, y las consecuencias que producen su generosidad y celo.
A consecuencia de lo mandado en el número 3, y 9 de este capítulo, la Sociedad Vascongada publica todos los años los extractos de las Juntas generales, y de cuanto se lee o presenta en ellas digno de consideración. Por ellos se ven los grandes esfuerzos que está haciendo aquel cuerpo patriótico, para mejorar todos los ramos de la felicidad pública en sus provincias. Se ha adelantado bastante la Agricultura, y fomentado el cultivo de varios granos, y frutos que antes no se conocían en el País. Se han perfeccionado las maniobras de las ferrerías, que son los principales manantiales de su industria. Uno de sus individuos ha encontrado el secreto de que tanto misterio hacen los ingleses, de fundir el acero, con lo cual, y demás beneficios que se dan a este, se ha entendido el arte de la botonería. Se ha formado una compañía, para aumentar la pesca del cecial. Finalmente se han esparcido en los extractos ideas útiles acerca de todos los ramos de su instituto: y si todas ellas no han llegado a producir el fruto deseado, ha sido por los estorbos casi insuperables, que presentan a muchas de ellas, o los fueros particulares de aquella nación, o las costumbres —175→ envejecidas, que solamente pueden corregirse con el tiempo, y con los esfuerzos continuos de patriotas ilustrados.
Pero los dos monumentos más gloriosos de la Sociedad Vascongada, son el Seminario de Vergara, y la Casa de Misericordia de Vitoria. El Conde de Peñaflorida había advertido lo lentos que eran, y debían ser naturalmente los progresos de la Sociedad, mientras no se mejorase la educación: y así estableció por primer principio, que la educación de la juventud había de ser, no solamente el objeto principal de la Sociedad, sino el único, hasta que difundidas las luces, llegara el feliz tiempo aplicarlas con propiedad a los objetos particulares.
Convencido íntimamente, de la solidez, y verdad de esta máxima, dispuso que su hijo D. Antonio María de Munive, y D. Javier José de Eguía, pasaran a París a estudiar allí las Ciencias naturales: y que aprendidas estas, viajaran por Alemania, y demás países, en donde se enseña, y practica mejor la Química, Metalurgia, y Mineralogía, Ciencias las más necesarias en el País Vascongado, para que el ejemplo de aquellos jóvenes de las familias más ilustres, estimularán al estudio de ellas, y desarraigará las preocupaciones contrarias a su fomento.
Pero aunque este medio era tan eficaz, todavía le pareció al Conde insuficiente, para las grandes —176→ ideas que le dictaba el patriotismo, sino arraigaba en su país la enseñanza de aquellas Ciencias, y mejoraba en todo lo demás la educación. Para esto meditó el establecimiento de un Seminario Patriótico. Clamó, no habló de otra cosa, hasta que llegó a persuadir, y convencer su necesidad. Venció los obstáculos casi insuperables, que se le presentaron a los principios: y al fin su constancia, y eficacia lograron ver formado el Colegio en Vergara, con aplauso de toda la nación.
Este Seminario ha sido el primero de España, en donde se une la virtud con la enseñanza de las Ciencias más útiles al Estado. Vergara ha sido el primer pueblo en donde se han fundado Cátedras de Química y Metalúrgica; Cátedras dotadas por la magnificencia de Carlos III, con 30000 reales anuales, para salarios de los maestros; 6000 para los procedimientos químicos, y metalúrgicos; y 3000 para la formación, y manutención de un fosilario, o gabinete mineralógico. El plan de institución de este Seminario es el más juicioso; y el celo de los Directores y Socios, a quienes está confiado su gobierno, el más ardiente: de suerte, que se encontraran bien pocos, no solo en España, mas aun fuera de ella, que se le puedan comparar, por lo cual los nobles españoles, que antes solían enviar a sus hijos a varios Colegios, y Casas de pensión de Francia, con mucho dispendio, y con el —177→ riesgo irremediable de que se imbuyeran de máximas no españolas, y de que se debilitara en ellos el patriotismo que es la pasión que más debe fomentarse en todo noble; los envían ya al Seminario de Vergara, en donde la educación es excelente, y ciertamente más propia para infundir en los ánimos de los jóvenes españoles la piedad, la instrucción de que más necesitan, la modestia, frugalidad; y finalmente el amor a su País.
No es menos recomendable la Casa de Misericordia de Vitoria, cuya descripción, y constituciones están en los extractos del año de 1780. Un individuo de aquella Sociedad ha publicado un Paralelo de esta Casa, con la Sociedad de San Sulpicio de París, en el cual demuestra las ventajas de ambos establecimientos, y que en algunas cosas son mayores las del de Vitoria10.
—178→SOCIEDAD ECONÓMICA DE MADRID. Obtenida en 17 de junio de 1775, la licencia del Consejo para establecer la Sociedad Económica de Madrid, se juntaron los —179→ señores D. Vicente Rodríguez de Rivas, y D. José Faustino de Medina, por estar ausente D. José Almarza; y sabiendo el favor que había debido su proyecto al Ilmo. Señor Conde de Campomanes; fueron a su casa a suplicarle se dignase alistarse en el número de los Socios, haciéndole presente el grande influjo que tendría su respetable ejemplo, para los progresos de aquel cuerpo patriótico. Entró casualmente el señor D. Antonio de la Cuadra, Caballero del Orden de Santiago, del Consejo de Hacienda, y Administrador general de los Correos, y Postas de España, y entre los cuatro tuvieron la primera Junta, y acordaron algunos puntos que tuvieron por convenientes.
Uno de ellos fue, que se practicaran las diligencias necesarias con el Ayuntamiento de Madrid, sobre que en virtud de lo mandado por el Consejo, se franqueara a la Sociedad alguna de las piezas de las Salas Consistoriales, para tener sus juntas. Se pasaron a este efecto los oficios correspondientes, y el Corregidor interino el señor D. Pablo de Ondarza, dio aviso de haberse acordado en el Ayuntamiento el cumplimiento de la orden del Consejo, y que la Sociedad podía usar de una de sus Salas, para sus conferencias, y ejercicios.
En 28 de septiembre del mismo año, había ya ochenta y siete socios, todos personas de las más visibles de la Corte, por su —180→ clase, empleos, créditos, y caudales. En las primeras sesiones se nombraron los oficiales para el gobierno de aquel cuerpo; que fueron D. Antonio de la Cuadra, Director; el señor Marqués de Valdelirios Subdirector; D. José Faustino de Medina, y D. Manuel José de Ayala Secretarios; D. José de Almarza, Tesorero; D. José de Guevara Vasconcelos, Censor; D. Pedro Martínez de España, Substituto de Censor; D. Juan Manuel de Baños, y D. Juan Antonio de los Heros, Contadores.
El objeto de la Sociedad se declara en los títulos 1, 2, 10, 13, y 14 de sus Estatutos aprobados por el Consejo en 9 de noviembre de 1775, que son como se siguen.
Tít. I. La Sociedad Económica de los Amigos del País, que se ha formado en Madrid, constará de un número interminable de individuos.
II. Su instituto es conferir, y producir las Memorias para mejorar la industria popular, y los oficios, los secretos de las Artes, las máquinas para facilitar las maniobras, y auxiliar a la enseñanza.
III. El fomento de la Agricultura, y cría de ganados, será otra de sus ocupaciones, tratando por menor los ramos subalternos relativos a la labranza, y crianza.
IV. En sus Memorias anuales, dará al público los discursos que vayan trabajando los socios.
V. Cada uno de ellos contribuirá anualmente —181→ con dos doblones de a sesenta reales, que se han de invertir en impresiones de la Sociedad, y en los premios que se distribuirán a beneficio de la Agricultura, Industria, y Artes.
VI. Ningún individuo de la Sociedad gozará sueldo, o gajes, porque todos han de dedicar su celo a cumplir con los encargos que eligieren, por honor, y amor de la patria.
VII. Los profesores sobresalientes, que se admitieren en la Sociedad, serán libres de la contribución de los dos doblones anuales, en consideración a sus menores fondos, y a la necesidad de sus luces, y experiencias para cumplir debidamente el instituto.
VIII. Si quieren contribuir, lo podrán hacer voluntariamente, en el supuesto de que gozarán las mismas preeminencias, voz, y voto que los demás Socios.
Tít. II. La Sociedad se compondrá de Socios numerarios, correspondientes, y agregados.
II. Unos y otros han de contribuir sin diferencia con los dos doblones, en la conformidad que queda expresado en el título antecedente.
III. Numerarios se entienden los que habitan de continua asistencia en Madrid, y pueden concurrir a las Juntas ordinarias, y extraordinarias de la Sociedad.
IV. También se han de considerar como —182→ numerarios, los Socios habitantes en la ciudad de Toledo, Guadalajara, Segovia, Ávila, y Villa de Talavera, por cuanto deben formar en cada una de estas capitales una Junta particular, agregada a la Sociedad de Madrid, conforme en todo a sus reglas.
V. Por correspondientes se entienden los Socios que viven dispersos en las demás ciudades, villas, y lugares de las cinco provincias de Madrid, Toledo, Guadalajara, Segovia, y Ávila; y por agregados los de las demás provincias de España que quisieren incorporarse en la Sociedad.
VI. Estos correspondientes, y agregados han de remitir las noticias que pidiere la Sociedad, respectivas a los tres ramos de Agricultura, Industria, y Oficios, para que la Sociedad se entere de su estado, progresos, o decadencia.
VII. Será también de su cargo hacer las experiencias que se les encargaren, costeándolas la Sociedad.
VIII. Sus discursos, y memorias, se comunicarán anualmente al público, en las Actas de la Sociedad a larga, o por extracto en la forma misma que se deberá observar con las memorias, observaciones, o máquinas que presentaren los numerarios.
IX. Los Socios correspondientes de la Provincia de Madrid, dirigirán sus discursos al señor Director de la Sociedad.
—183→X. Lo mismo harán los correspondientes residentes en los pueblos de la provincia de Segovia, situados del Puerto de Guadarrama a Madrid, por la mayor cercanía y facilidad.
XI. Esta misma dirección observarán los Socios que residieren en pueblos de las otras provincias, situados a la banda occidental del río Jarama.
XII. Los demás se corresponderán con el Vice-Director de la Sociedad particular a que pertenecen, formándose lista de unos, y otros pueblos, para evitar confusión.
XIII. Cuando los correspondientes se hallaren en Madrid, o en las otras capitales tendrán asiento, y voto en las Juntas, sin diferencia alguna de los numerarios, por todo el tiempo que allí residiesen.
Tít. XIII. Los fondos que tuviere la Sociedad, se han de aplicar, después de los gastos regulares, e indispensables, a distribuir algunos premios, para adelantar los objetos públicos de su instituto, y han de ser de dos maneras.
II. La primera clase de premios se acordará en las Juntas de la Sociedad, proponiendo algún problema en el ramo de Agricultura, a los que mejor trataren algún punto problemático de los más importantes a la labranza, y crianza anunciando en la Gaceta el asunto, la cantidad del premio, y el día de la adjudicación.
—184→III. De los Socios de la clase de Agricultura, se nombrarán cuatro Revisores de los discursos que se presenten, y dos de cada una de las otras clases, que presididos del Director, y con asistencia del Censor, y Secretario que en todos componen once votos, declararán los discursos dignos de aprobación, y el más preferente digno de aprobación, y el más preferente digno del premio.
IV. Serán admitidos los extranjeros a este certamen literario, y enviarán sus discursos escritos en español, latín, francés, inglés, o italiano.
V. El discurso premiado se imprimirá en las Memorias anuales de la Sociedad, en cualquiera de estas lenguas en que viniese escrito, con su traducción, si no estuviere en español.
VI. En las clases de Industria y Artes, los premios se deben asignar a beneficio de la enseñanza, recayendo en los que se aventajaren.
VII. La asignación de estos premios no puede admitir regla constante: porque depende de la cantidad de los fondos anuales de la Sociedad, y de la progresión que se vaya advirtiendo en la Industria y Oficios.
VIII. Para estimular a unos y otros, se ha propuesto la Sociedad anunciar anualmente en sus Memorias impresas, los nombres de los premiados, y las causas, porque se han hecho —185→ dignos del premio.
IX. Serán jueces de esta distribución los Socios Curadores de las Escuelas patrióticas de Madrid, en la clase de Industria popular, con dos adjuntos de cada una de las otras dos clases a cuya votación concurrirá el Director y asistirán con voto el Censor, y Secretario.
X. En la clase de Oficios, adjudicarán estos premios los Socios Protectores de los oficios de Madrid, con la misma asistencia y voto de Director, Censor, y Secretario.
XI. La preferencia se fundará en la perfección resultante del cotejo, y ventaja que hicieren los Opositores al premio, expresándola cada uno en su voto sin valerse de otras razones de congruencia, porque el premio ha de recaer necesaria y únicamente sobre la mayor habilidad, acreditada en la obra que se presenta a juzgar, sin atender a empeños, ni otras consideraciones personales.
XII. La solemnidad de estas adjudicaciones de premios, se referirá con toda puntualidad, y exactitud en las Memorias anuales, para honrar también a los que se distingan por este medio, y darles a conocer del público.
XIII. A estos premios de Industria y Artes, serán admitidos indistintamente los naturales de las cinco provincias, y partido de Talavera, sin otro respeto que el mayor aprovechamiento que se advirtiese.
—186→Tít. XIV. Como la enseñanza metódica es la que más contribuye a favorecer la Industria, y los Oficios, la Sociedad se propone examinar los medios de erigir Escuelas patrióticas que las propaguen en ambas clases.
II. También se ofrece a diputar individuos suyos, que cuiden de estas Escuelas, con el título de Socios Curadores de las Escuelas patrióticas.
III. El Socio Curador de la Escuela no ha de ejercer jurisdicción alguna, ni otra autoridad que la paterna de un diligente padre de familias. En lugar de disminuir la autoridad de la Justicia, y de los Ayuntamientos, pasará sus oficios verbales para todo lo que dependa del ejercicio de la jurisdicción.
IV. Velará sobre las buenas costumbres, aplicación, y aseo de la juventud, que vaya a estas Escuelas, y podrá advertir a los maestros y maestras los defectos que notare, y reconvenirles sobre sus omisiones, o faltas, visitando la Escuela patriótica con frecuencia, y haciéndose respetar en ella, a cuyo fin es necesario que le auxilie y autorice la justicia, para que se le respete, y no esté obligado a seguir un pleito sobre cada menudencia, ni a sufrir desaires que le desalienten, o entibien su celo en ocupación tan necesaria a la República.
V. También cuidará de la Economía en los repuestos de estas Escuelas, sin que por —187→ esto se impida su autoridad a la Junta de propios, o a los particulares que hayan suministrado las primeras materias de los repuestos; pero le será lícito hacer a los maestros todas las advertencias oportunas, y económicas, sobre la cuenta y razón, enseñándoles el modo de llevar su libro de Caja.
VI. Cuidará mucho de que la juventud, no vague en lugar de ir a las Escuelas patrióticas; poniéndose de acuerdo con el párroco que es regular le ayude, y para proporcionar los medios de auxiliarlas.
VII. Estas Escuelas principalmente son de hilaza, y tejidos menores, que conviene ir estableciendo por parroquias, con distinción de sexos, y la de maestros, y maestras, según se vayan descubriendo los medios, bajo la autoridad de la justicia ordinaria, y del Consejo.
VIII. Hay otra Escuela importantísima que establecer en cada provincia, y es la Escuela de Mecánica, Teórica, y Práctica en que se enseña a inventar y construir con perfección, y reglas científicas del Arte todas las máquinas de instrumentos de los Oficios.
IX. Siendo más costosa y difícil esta Escuela, procurará la Sociedad establecer una en Madrid, bajo la soberana protección del rey y la del Consejo, trayendo discípulos de las demás provincias, y de los gremios que se pueden instruir bien en esta Escuela de Mecánica, y propagar en las capitales igual enseñanza, —188→ como basa fundamental del progreso de las Artes en el reino, facilitando antes la Sociedad el estudio de la Geometría, y los demás conocimientos preliminares que se juzguen necesarios.
Aunque en el título X de los estatutos se previene que anualmente se hayan de imprimir las Memorias de la Sociedad, pareció después más conveniente publicarlas por bienios. Hasta ahora van publicados cuatro tomos, con este título. Memorias de la Sociedad Económica. Madrid. Por D. Antonio de Sancha, Impresor de la Sociedad. Los dos primeros en 1780 y los otros dos en 1787.
En el primer tomo después de la Dedicatoria al rey, sigue el Prólogo, y un excelente Discurso preliminar, trabajado por el señor Conde de Campomanes, en el cual se trata de la necesidad de establecer la Sociedad de Madrid, como Escuela de Ciencia Económica, ciencia que como dice él mismo, todos creen entender, y cuya definición por desgracia no comprenden los más: y hace un análisis raciocinado de esta Sociedad, exponiendo los principios que se han tenido presentes para la formación de los estatutos, y particularmente para la división en las cuatro clases de Agricultura, Industria, Artes, y Oficios, y maquinaria: sobre cuyo asunto hay también otro discurso del señor D. Antonio de la Cuadra.
—189→Siguen luego las Memorias de Agricultura, que son 1.ª La Descripción de la nueva sembradera de D. José de Lucatelo, con la noticia de su autor, y de su invento, del favor que encontró en la Corte de España, de donde se difundió a otras de Europa, y particularmente a Inglaterra, según consta por un capítulo de las Transacciones filosóficas, leída por D. Joaquín Marín. = Memoria del señor D. Nicolás de Bargas, sobre el modo de sacar el aceite a costal. = Otra del señor don Vicente Juez Sarmiento, sobre el producto, y gastos de una labranza de 50 fanegas de trigo, en el término alto de Madrid. = Otra del señor D. Agustín Cordero, sobre el nuevo método de un trillo, inventado por don Lucas Vélez. = Censura de los señores don Vicente Juez Sarmiento, y D. Francisco Molinillo del tratado traducido del italiano al español, sobre el cultivo de las viñas, que se sigue en Mazarino de Sicilia. = Memorias del señor D. Agustín Cordero, sobre el nuevo método de sembrar el trigo en bandas, y sobre dos macollas de cebada, la una de 205 cañas, y la otra de 280 de a 72 granos cada espiga. = Otra de D. Pascual de Bigueras, sobre el método de separar, y limpiar el tizón de trigo. = Sobre el cultivo del lino, y cáñamo en secano, por D. Francisco Fernández Molinillo = Sobre las varias calidades de tierra de Extremadura, por D. Manuel del Olmo. —190→ = Sobre el uso del termómetro para la cría de los gusanos de seda, por D. Miguel Gijón. = Sobre las plantas pipirigallo, y Antoxantum, o Flor de flores, por el señor don Antonio Palau. =Sobre el cultivo del cáñamo en Valencia, por el Barón de Albalat. = Sobre la planta Lisimachía, por Fr. Santiago de San Antonio, religioso descalzo, del Orden de S. Francisco. = Sobre los arrendamientos de tierras, por D. Vicente Vizcaíno. = Sobre el cultivo de moreras, por D. Juan Bautista Felipo.
Después están las Memorias sobre el problema propuesto para el año de 1776, a saber: cuáles son los medios de fomentar sólidamente la Agricultura en un País, sin detrimento de la cría de ganado; y el modo de remover los obstáculos que puedan impedirla. La premiada fue la de D. José Cicilia, de quien se ha hablado ya en artículo particular. Las otras son de D. José Francisco Rico, don Vicente Calvo, y Julián, quien añadió a ella una oda, en la que describe la vida del campo, y de D. Nicolás Fernández Moratín. En consideración al mérito de estas cuatro Memorias, la Sociedad nombró Socios de mérito a sus autores.
A continuación de ellas, siguen en un suplemento los extractos de algunas más que concurrieron al premio, y los de otras que presentaron algunos individuos, sin ánimo de concurrir —191→ a él, por ser incompatible con la calidad de Socios. Tales son las de D. José Marín y Borda, y D. Francisco Vidal. = Descripción del nuevo volvedor, inventado por D. Juan Cristóbal Manzanares, cura propio de la parroquial de la Villa de Orcajo. = Noticia de los cosecheros de lino y cáñamo que concurrieron al premio que la Sociedad ofreció, para los que sembraran mayor cantidad en el término de su distrito. = Otro discurso del señor Conde de Campomanes, sobre el modo de coordinar las Memorias en su publicación. = Y otro de D. Francisco de Natividad Ruano, sobre el fomento de la Industria popular en Salamanca.
El tomo segundo empieza con dos Memorias del señor D. Antonio de la Cuadra, sobre Escuelas patrióticas de Maquinaria práctica, y sobre las ocupaciones que deben darse a las mujeres ociosas en Madrid. Sigue luego otra de D. Manuel del Olmo, sobre el lavaje de lanas. Un discurso sobre el estado actual de nuestro comercio, y algunos medios generales, para su fomento por D. Policarpo Sáenz de Tejada Hermoso. = Memorias del Illmo. Señor Conde de Campomanes, sobre el establecimiento de Escuelas patrióticas de hilados, y sobreponer en sólida actividad las tres clases de la Sociedad. = Sobre los algodones de América, por el señor Marqués del Real Tesoro. =Memoria del señor Hermoso en la —192→ que se da una idea del establecimiento y progresos de la clase de Industria: y una instrucción formada por el mismo para el buen gobierno de las Escuelas patrióticas. = Sobre los hilados de algodón, por D. Manuel Gijón y León. =Sobre el proyecto de una subscripción para el fomento de los hilados, por don José Almarza, D. Luis Imbille, y D. José López Salzes. = Sobre la necesidad de establecer en Madrid una Escuela de comercio, por D. José del Río. = Método observado en la distribución de premios de hilados a las discípulas de las cuatro escuelas. = Reflexiones del Director D. Antonio de la Cuadra, sobre la subscripción de hilazas. = Resumen de las obligaciones que contiene la escritura otorgada por Felipe Beltrán, Maestro de las Escuelas patrióticas de la Sociedad.
Memorias de Artes, y Oficios: que comprenden la exposición hecha por el señor D. Antonio de la Cuadra, sobre los objetos de esta clase. = Memoria de D. Francisco Vidal y Cavases, sobre el fomento de la relojería. = Informe de D. José Faustino de Medina, D. Agustín de la Cana, y Diego Rostriaga, sobre las Ordenanzas de Cuchilleros de Toledo. = Otro, sobre cierta Representación del Ayuntamiento de Oviedo, acerca del fomento de la Industria de aquella Ciudad, hecha por D. Agustín de la Cana, D. Pedro Davout, y D. Miguel Serralde. = Examen —193→ de las Ordenanzas de los diez Gremios de Artesanos que en esta Corte se dedican a labrar la madera, por D. Agustín de la Cana, don Francisco Antoyne, y D. Pedro Davout. = Informe dado por D. Alejandro Pico de la Mirandula, y D. José Faustino de Medina, sobre la calidad de una mina de azufre, descubierta en la Villa de Villel, en el reino de Aragón. = Descripción de la fábrica de alfombras turcas, establecida en esta Corte, hecha por D. José Faustino de Medina, y D. Miguel Gerónimo Suárez. = Informe sobre lo contenido en la Caja de instrumentos, libros, utensilios, y varios remedios para socorrer ahogados, dado por D. Juan Pablo Canals, y D. Casimiro Ortega. = Distribución de los premios de la clase de Oficios en el año de 1777. Y un estado de los fondos de la Sociedad, y de su inversión.
Se añaden por Apéndice todos los documentos relativos a la historia de la fundación de la Sociedad; los Elogios de los Socios muertos hasta aquel año, y varias Cédulas, remitidas a la misma de orden del gobierno, relativas al fomento de varios ramos de su instituto; y la noticia de sus premios distribuidos a las discípulas de las cuatro Escuelas Patrióticas de Madrid, con un Idilio que en su alabanza leyó D. Nicolás Fernández Moratín.
Tomo III. Contiene las Memorias sobre el problema de Agricultura, propuesto para el —194→ año de 1777, a saber. «Cuáles son los medios de adelantar los pastos en un país, sin perjudicar la labranza, contrayendo principalmente el discurso a los aprovechamientos que necesita el labrador, y distinguiendo las diferentes clases de pastos naturales, o espontáneos, los de riego, artifíciales, los que resultan del rastrojo, y barbecho, y los que de cada una de estas tres clases convienen a las diferentes especies de ganados.»
Ganó el premio la del Dr. D. Miguel Nicolás de Palma, Capellán de los Reales Ejércitos, que se imprimió a la letra, y las demás que concurrieron, en extracto. Además de estas hay dos de D. Juan Pablo Canals, sobre el cultivo del Colsat y nabo silvestre, de que se hace aceite en Andalucía: y sobre los prados artificiales. Juicio de una carta anónima, remitida a la Sociedad, sobre la Marga. Y un informe, sobre las gomas, resinas, y gomo-resinas, y su uso en las Fábricas de lienzos. Este informe dio motivo a una circular que se expidió a los Virreyes y gobernadores de Indias, para que remitieran muestras de las gomas que se encuentran en aquellos dominios, con el objeto de experimentarlas, y ver si con ellas podían suplirse los usos, para que sirven generalmente las de Levante.
Del señor D. Francisco Antonio Zamora, actualmente Oidor en la Real Audiencia de Barcelona, hay dos Memorias: la primera, —195→ sobre la utilidad y cría de los algarrobos. Y la otra, sobre la yerba Carix, propia para pastos. Hay también algunas Memorias en extracto sobre plantíos. Descripción del arado inglés, y de otros instrumentos de la labranza, por D. Agustín Cordero. = Oficio que comunicó el Excmo. Señor Conde de Floridablanca a la Sociedad, remitiendo algunos ejemplares de las lecciones de Agricultura, que había de dar D. José Lumachi, jardinero florentino nombrado por S. M. para este efecto, en el Real Sitio del Buen Retiro, en 1778. = Representación de D. Francisco Fernández Molinillo, con el prospecto, y subscripción del Diccionario de Agricultura del Abate Rozier. = Extracto de una obra presentada por D. Joaquín Navarro, intitulada Ensayo de Agricultura, y reflexiones sobre el comercio, considerado como medio para su perfección,
Siguen las memorias pertenecientes a la clase de Industria, que son. I. El informe dado al Consejo, y extendido por D. José de Guevara Vasconcelos, Censor perpetuo de la Sociedad, sobre el recogimiento, y ocupación de los pobres, al que acompañan treinta y cuatro piezas justificativas de muchos datos, y cálculos políticos que se han tenido presentes para su extensión; cuales son, una razón del trigo, y cebada que ha entrado en España, desde el año de 1756, hasta el de 1773. = Observaciones sobre los 2.900.000 varas de tejidos —196→ ordinarios de lana, que anualmente se introducen en España, y su valor: regulación del algodón que se consume en torcidas, y viene del extranjero; reglas para el gobierno de los Montes píos, que se establezcan en los pueblos para el fomento, o nueva introducción de fábricas, de las factorías, y su gobierno, etc.
Otra memoria sobre el mismo asunto, en la cual se trata particularmente sobre las factorías, para fomentar los ramos en que principalmente se deben ocupar los pobres.
Informe de D. Luis de Imbille, y don Miguel Serralde, sobre la utilidad del torno de hilar con ambas manos a un tiempo, inventado por Mr. Bernieres.
Informe sobre el establecimiento de un Monte pío, para el socorro de los labradores en la Villa de Alcira. = Otro sobre las muestras de pañuelos estampados en Sevilla, correjel, ante, tafilete, suela, baqueta, beneficiados en la misma ciudad. = Otro sobre las causas de la decadencia que padecen las fábricas de seda de la ciudad de Granada.
Dos Memorias de D. Miguel Gijón, una sobre el libre comercio de Indias, en la cual se manifiesta el estado que este tenía por los años de 1778. = Y un excelente discurso, sobre la libertad del comercio, concedida por S. M. a la América Meridional, del señor don Francisco Cabarrus.
—197→Al fin se añaden las noticias de los premios distribuidos a las cuatro Escuelas patrióticas, en los años de 1778, y 79, con una égloga, y una elegía, leídas a este asunto, por D. Nicolás Fernández Moratín.
Tomo IV. Contiene las Memorias pertenecientes a las Artes y Oficios, que son las siguientes. Memoria anónima, bajo el nombre de D. Antonio Filántropo11, sobre el modo de fomentar entre los labradores de Galicia las fábricas de curtidos. = Memoria de D. Felipe y D. Pedro Charrost, hermanos, Maestros de la Real Escuela de relojería, sobre varios medios que creían conducentes para adelantar este arte. = Reflexiones de don Lorenzo Irrisarri, y D. José Olmeda, sobre la Memoria antecedente. = Memoria sobre el Arte de la platería, y Ordenanzas para el Colegio de Plateros de Madrid, por don Pedro Davout. = Prospecto de un curso de Aritmética, con dos planes, para la mejor enseñanza de los artesanos, y Escuelas de primeras letras, que presentó a la clase de Artes y Oficios D. Manuel Sixto Espinosa. = Informe de D. Carlos Lemaur, y D. Francisco Vidal, sobre varios modelos de máquinas, presentadas por D. Francisco Malo de Medina. = Extracto de un informe dado por don —198→ José Zufia y Escalzo, y D. Manuel Sixto Espinosa, sobre muestras de loza fina, y fábrica que estableció de ellas el Dr. Guinnot en la villa de Onda. = Informe de D. José de Guevara Vasconcelos, D. Pedro Davout, y D. José de Zufia y Escalzo, sobre la obra intitulada, Preliminares para la erección de un hospicio, escrita por D. Tomás Anzano12, y remitida por el Consejo a la Sociedad. = Extractos de algunos informes sobre varias máquinas. = Informe de D. Manuel Sixto Espinosa, y D. Carlos Le Maur, sobre la instrucción que presentó al Consejo D. Juan Jorge Grauluner, para el gobierno de los aprendices de la fábrica de quincallería, establecida en Sigüenza. = Informe de D. José Ruiz de Celada, y D. Diego Rostriaga, sobre una máquina para moler trigo, y abatanar paños. =Memoria de D. Lorenzo de Irisarri, sobre los peinadores sueltos. = Memoria, e informe sobre las Ordenanzas para el gremio de sastres de esta Corte, por D. Manuel Sixto Espinosa. = Noticia de la distribución de los premios de las Artes, y Oficios en los años de 1778, y 79.
En el apéndice se colocan todos los documentos relativos al establecimiento del Monte pío. Los elogios del rey leídos por el Censor —199→ D. José de Guevara Vasconcelos, en los años de 78, y 79.13 La oración gratulatoria al nacimiento del Infante D. Carlos, en el día 5 de marzo de 1780. Y los elogios fúnebres de varios Socios muertos hasta aquel tiempo.
Además de las Memorias impresas en estos cuatro tomos, se han publicado también las siguientes, con intervención de la misma Sociedad.
Colección de las Memorias premiadas, y de las que se acordó se imprimiesen sobre los cuatro asuntos, que por encargo particular publicó la Real Sociedad Económica de Amigos del País de esta Corte, en el suplemento de la Gaceta de 14 de agosto de 1781. Tratan del ejercicio de la caridad, y socorro de los verdaderos pobres; Corrección —200→ de ociosos; destierro de la mendicidad voluntaria, fomento de la Industria y aplicación. De orden superior. Madrid, en la Imprenta Real. Año de 1784. En cuarto mayor. Precede un Discurso preliminar, escrito por el señor don Mariano Colón de Larreategui, entonces Alcalde de Casa y Corte, y actualmente del Consejo de S. M. en el de Castilla, y Superintendente general de Policía, en el cual refiere los varios medios de que se han valido nuestros reyes en diferentes tiempos, para extirpar los vagos, y mendigos voluntarios, y socorrer a los miserables, y verdaderos pobres. Habla de la Junta general, y Diputaciones de Caridad, establecimiento útil, y digno del ilustrado celo del Excmo. Señor Conde de Floridablanca. De los Hospicios; de las leyes expedidas en diferentes tiempos, acerca de la policía de los mendigos. Y finalmente del asunto de estas Memorias, dirigidas a aquel objeto, aunque por otro medio, acaso más eficaz que el de las mismas leyes.
Las leyes penales, y todos los demás medios que se han empleado contra los mendigos robustos y viciosos, en diferentes tiempos y naciones, han sido generalmente inútiles, e infructuosos por dos causas. La primera es la opinión vulgar, muy contraria a las máximas de la más sana Moral, que tiene por buenas, y por obras meritorias a todas las limosnas, aunque se hagan inconsideradamente, y —201→ sin discernimiento. Y la otra, el no haberse dispuesto, al tiempo de expedir aquellas leyes, medios para castigar a los vagos, y fingidos pobres, y para socorrer a los verdaderos. Habiendo penetrado S. M. estas causas de la inobservancia de las leyes de sus antecesores, y que para que estas tengan el debido cumplimiento, debe preceder al terror de la pena la convicción de su justicia, y de su conveniencia; mandó proponer cuatro premios, de una medalla de cuatro onzas de oro cada una, para los que escribieran mejor sobre los cuatro problemas siguientes.
I. Si los que ejercitan la virtud de la caridad, dando limosna, tienen alguna obligación, o a lo menos tendrán algún mérito en darla, no a cualquier mendigo, entregado al ocio, que se les presente, sino a los que se hallan necesitados por faltarles ocupación en sus oficios, o en otro género de trabajo, facilitándoles medios de emplearse en él; como también a los impedidos en sus mismas casas, para que no pierdan la vergüenza, si mendigan públicamente.
II. Si la general aplicación al trabajo, y el conato, y empeño que cada uno debe poner en adelantar, y sobresalir en su profesión, u oficio, en administrar sus bienes, o en proveer, y favorecer a los aplicados e industriosos, es el único medio práctico, en el orden civil, de conservar las buenas costumbres, la decencia pública, y la cultura, donde las hay, y de introducirlas —202→ donde no las hubiere.
III. Qué medios pudieran ponerse en práctica para desterrar la costumbre, que hay en muchos pueblos, de acudir en tropas las mujeres, y muchachos a pedir limosna a los forasteros, aun cuando no tienen grave necesidad. Si esta costumbre es una especie de vileza, y si causa desdoro a las personas que la piden, y a las principales de los mismos pueblos que no la procuran evitar.
IV. Si la comodidad y limpieza en las casas, calles, entradas y salidas de los pueblos, sirve de estímulo para que sus habitadores sean más civiles, e industriosos, y aplicados; y por consiguiente más acomodados, y aun ricos: qué medios podrán ponerse en práctica para promover esta limpieza, y comodidad pública, y qué obligación tienen a ejecutarlo las personas principales de los mismos pueblos.
Sobre el primer problema concurrieron más de treinta Memorias. Se dio el premio a la que yo escribí en aquella ocasión14, y dos accesit a la del R. P. Fr. Miguel López, Lector de Teología en el Convento de S. Francisco —203→ de Sevilla, y D. Mariano García Zamora, Catedrático de Teología en el Colegio de San Fulgencio de Murcia: todas las cuales se imprimieron a la letra. También se imprimieron, aunque con alguna variación en algunas de ellas, las de D. Lesmes Antonio de Mazo, D. Francisco Rodríguez Nuño, D. Fernando López de Cárdenas, D. Santos Díez González; un anónimo observante Francisco, de la provincia de Andalucía; la de Fr. Francisco Gallego, de la misma Religión; de D. Feliz Antonio de Bobes; D. Jaime Reluy y Aguilón, D. Pedro Antonio Sánchez, D. Vicente Miguel de Ortega, y la del señor Abate D. Vicente Picó, traducida del italiano.
El premio sobre el segundo problema lo ganó el señor D. Manuel José Marín y Borda, Caballero del Hábito de Santiago, y Ayuda de Cámara del Serenísimo Señor Infante D. Gabriel. Mas por ser individuo de la Sociedad, no se le adjudicó: y se le dio al que había ganado el accesit que fue el Dr. D. José Julián de Azcoytia, cuyas Memorias se imprimieron igualmente en esta Colección.
Sobre el tercero y cuarto, no hay más de dos Memorias, ambas premiadas, y las dos de un mismo autor, D. Eugenio Antonio del Riego, oficial retirado de Milicias, socio de la Sociedad Económica de Asturias.
Informes de las Reales Sociedades Económicas de Madrid y Murcia, sobre erección, dotación, y —204→ gobierno de Hospicios, o Casas de Misericordia. De orden del Consejo. En Madrid, en la Imprenta de Pedro Marín, año de 1781. En folio. Habiendo solicitado D. Tomás Anzano en el Consejo la licencia, para la impresión de su obra, intitulada Preliminares para la creación, y gobierno de un Hospicio, los fiscales hicieron presente la necesidad que había de que se tratara este punto con la mayor deliberación y solidez, por su importancia, para la utilidad general del reino: y en vista de su representación, el Consejo pidió informe a todas las Sociedades Económicas, insinuándolas, que podían tener a la vista lo que sobre este asunto había escrito don Bernardo Ward. La Sociedad de Murcia remitió su informe con la descripción del Hospicio de aquella ciudad. Al propio tiempo pendía en el Consejo otro expediente, sobre la aprobación de los estatutos propuestos para la Casa de Misericordia, establecida en el que fue Colegio de jesuitas, los cuales se pasaron a la Sociedad de Madrid, para su examen, y censura. En el informe que esta dio, se trata con distinción de la policía, en general, de las casas de piedad; de los cuarteles que deben fabricarse en ellas, con separación para los ancianos, enfermos habituales, niños, y niñas, y para la corrección de los pobres que no quieren trabajar. Luego se pasa al examen de los estatutos propuestos, para la Casa —205→ de Misericordia de Murcia, en los cuales se hicieron algunas variaciones. Y habiéndose visto en el Consejo estos dos informes, acordó que se imprimieran, y se comunicaran ejemplares a todas las Juntas encargadas del gobierno de los Hospicios, y Casas de Misericordia, para que les sirvieran de norma, en su arreglo, y dirección.
Desde el año de 1780, al cual llegan las Memorias impresas, la Sociedad de Madrid ha seguido proponiendo varios premios, sobre la extinción de la langosta; sobre los abonos de las tierras; sobre la mayor, o menor conveniencia de arar con mulas, o con bueyes; sobre albeitería; sobre comercio; sobre creación de Montes píos de primeras materias; sobre los daños que ocasionan los mayorazgos, y otros puntos pertenecientes a la Política-Económica. Ha continuado sus especulaciones, acerca del gran problema de la libertad de las Artes; ha rectificado muchas Ordenanzas gremiales, y de otros establecimientos, remitidas a su examen por el Consejo: y finalmente ha informado a este muchas veces, y no pocas á S. M. directamente, y por su Real orden, sobre varios objetos relativos a su instituto.
La simple enumeración de las Memorias, discursos, informes, premios y noticias insinuadas son muy bastantes para dar a conocer los muchísimos objetos, y providencias relativas —206→ al fomento de la prosperidad pública en que ha tenido particular influjo la Real Sociedad Económica de Madrid. Es imposible individualizarlos todos ellos, a no ser en una historia particular de este Real Cuerpo. Mas para dar alguna muestra práctica de los ramos que ha promovido, y fomentado, no puede dejarse de hablar de dos establecimientos económicos, que se deben enteramente a su celo, y a la ilustración de sus individuos.
Apenas se había fundado la Sociedad, propuso el Illmo. Señor Conde de Campomanes la erección de Escuelas patrióticas, en donde se enseñara gratuitamente a las niñas, las labores propias de su sexo, y aun se les diera alguna gratificación, para estimularlas a la concurrencia. Este pensamiento fue luego adoptado unánimemente: y en su consecuencia se encargó la Clase de Industria de la plantificación y dirección de las Escuelas. A este efecto hizo los acopios correspondientes, de algodón, lino, cáñamo, y lana; de tornos, aspas, rastrillos, y demás utensilios necesarios: nombró un depositario, para la custodia, y conservación de todo: alquiló cuatro casas en los extremos de Madrid, y eligió maestras con la asistencia de cuatro reales diarios cada una, para la enseñanza. Habiéndose presentado un tal Felipe Beltrán, y expuesto, que sabía el modo de preparar las primeras materias de lino, lana, y algodón, desde el hilado, hasta su más perfecta elaboración, —207→ en lienzos, paños, bayetas, muselinas, y otras telas, con varios secretos importantes para los tintes, la Sociedad lo nombró por Director de las Escuelas, con el salario de 6000 reales anuales, y 2000 de viudedad para su mujer, a los cuales añadió después el alquiler de la Casa.
Para adelantar más las Escuelas, nombró la Sociedad por Curadores a algunos de sus individuos, en la clase de Industria; pasó los oficios correspondientes con los señores curas párrocos, y sus tenientes, a fin de que contribuyeran con su celo, a que dichas Escuelas tuvieran todo el efecto que deseaba, declarándolos individuos natos, para que viendo sus progresos y utilidades, animaran a los pobres de sus parroquias a asistir a ellas, y concurrieran a explicarles la doctrina cristiana. Nombró también algunos Socios, para que con la debida inteligencia, hicieran en tiempo oportuno las compras de las primeras materias, para el surtimiento de las Escuelas, y a otros para que cuidaran de reducir a tejidos las hilazas que estas produjesen.
A representación de la Sociedad, concedió S. M. 2000 reales, sobre cada extracción de la Lotería, para dotación de las Escuelas. El Illmo. Señor D. Manuel Ventura Figueroa, aplicó también por una vez 18000 reales para el mismo objeto. El Illmo. Señor D. José de Herreros se ofreció a costear el alquiler —208→ de la casa para una de ellas. Otros Socios imitando tan laudables ejemplos, dieron voluntariamente algunas cantidades para el mismo efecto.
Para animar más la aplicación de las discípulas, se acordó publicar cierto número de premios todos los años a las que se aventajaran en la cantidad, y calidad de los hilados.
Como gran parte de los adelantamientos de las Artes, y del aumento de las maniobras, consiste en la perfección de los instrumentos, la Sociedad introdujo en sus Escuelas, en lugar de la rueca, el uso de los tornos, para cuya propagación, contribuyó mucho el celo de D. Juan Álvarez Lorenzana.
Para la mayor perfección de los tornos, encargó uno de los que usan en Amsterdam, Londres, y Hamburgo, y protegió a un oficial tornero, con lo cual consiguió que se fabricaran, y vendieran a un coste muy moderado.
Considerando al mismo tiempo la importancia, no solo de la enseñanza, sino también de que se multiplicara la industria de los hilados, y que aunque las niñas la aprendieran con perfección, podían abandonarla, luego que salieran de las Escuelas, y se retiraran a sus casas, no teniendo materiales en que emplearse, promovió una subscripción, con el fin de subministrar primeras materias, para que las hilasen —209→ por cuenta de esta, o por las mismas educandas, o sus madres. Con los auxilios de la subscripción, se consiguió dar ocupación, no solamente a las Escuelas, sino también a más de 800 hilanderas.
Por el mismo tiempo se presentó Roberto Born a la Sociedad por medio del señor Conde de Campomanes, solicitando se le protegiera para establecer en la Corte una fábrica de estampados de colores en papel, para adornos de casas, y en tejidos de lienzo, y algodón: ya probada la propuesta se abrió otra subscripción, y se formaron las condiciones, una de las cuales fue, que había de dar perfectamente instruidos en las operaciones de aquel ramo de Industria dos oficiales españoles, para cuya enseñanza, además de otras utilidades, se le consignaron 600 reales de premio por cada uno, cuando esta se verificase.
Luego que se abrió la subscripción de hilados, fue tanto el número de personas pobres, que acudió a pedir trabajo, que no alcanzaron, ni las primeras materias, que se habían acopiado, para dar ocupación a las que salían enseñadas de las Escuelas patrióticas; ni los fondos eran suficientes a satisfacer los deseos de todas las que querían emplearse en el honesto, y útil trabajo de prepararlas. Informado el Consejo por el señor Conde de Campomanes de estas buenas disposiciones, aprovechándose de la buena coyuntura, para socorrer —210→ por un medio, mucho más útil, que el de la limosna pecuniaria, la suma indigencia de las pobres de esta Corte, y para ir propagando algunos ramos de Industria popular, propuso, y logró de S. M. que del caudal de alhajas de los jesuitas, se consignase alguna cantidad para fondo de hilazas de lino, lana, cáñamo, y algodón.
Se destinaron con efecto 322998 reales, con la prevención que con el fondo de ellos se fundara un Monte pío, bajo la dirección, y gobierno de la Sociedad, cuyo objeto fuera el emplear dicha cantidad en primeras materias de lino, cáñamo, lana, y algodón, para que dándolas a hilar, y beneficiar a las mujeres, y niñas, tuvieran estas ocupación honesta que ayude a su subsistencia, y las incline al trabajo.
A este fondo primitivo se agregaron después los de las dos referidas subscripciones de estampados e hilazas, con los cuales, y algunos otros libramientos extraordinarios, se completó hasta poco más de medio millón de reales.
No hubiera sido extraño que este fondo se hubiera disminuido, atendidas las circunstancias de los objetos de su inversión. Porque en primer lugar, de él se satisfacen las hilazas a las discípulas de las Escuelas, que sobre ser, por lo general, no de la mejor calidad, se —211→ les pagan a mayores precios, para estimularlas a la concurrencia. Además de esto; en el Monte pío se han hecho algunas obras, cuyo capital, en cierto modo, está substraído la circulación; se han comprado varios instrumentos, y utensilios; se han hecho muchos ensayos; y en fin todos aquellos gastos que son indispensables en cualquiera fábrica, o establecimiento nuevo, de semejante naturaleza, y que en los principios llevan consigo pérdidas inevitables, que solamente se reparan con el tiempo.
Pero a pesar de todas estas circunstancias, despues de fomentarse con él la enseñanza; y darse ocupación a las pobres; el celo, la diligencia, y la prudente Economía de los Directores del Monte pío, individuos nombrados por la Sociedad, no solamente mantienen íntegros sus fondos, sino que todavía hay algunas ganancias, como se ve por el último estado impreso en el cuarto tomo de las Memorias; y serían aquellas mucho mayores, si al Monte pío se le quitara la carga de las Escuelas patrióticas, y se diera algún aumento al capital.
En el año de 1628, escribía Bernardo Cienfuegos lo siguiente. «En España hilan poco las mujeres: solo conocemos un mercado de lienzo, que llaman de Daroca, que no alcanza a la cuarta parte de Castilla; y lo demás se consume en las casas que se hila, y no —212→ alcanza a camisa... El día que hoy escribo esto, no se hallará en Madrid una libra para hilar, aunque la paguen a peso de oro: tanto es el descuido de la labranza, y falta de gente».15
Cotéjese este hecho con los datos referidos del Monte pío, y los posteriores a la publicación del cuarto tomo de las Memorias, y se verán los grandes aumentos que debe la Industria de Madrid a la Sociedad Económica. Si se reunieran los del Hospicio, y otras casas y particulares, y se cotejaran con los de los reinados anteriores, se vería mejor, cuanto se han aumentado todos sus ramos, en el actual. Los discursos, y declamaciones vagas no sirven para conocer el estado de las naciones. Los datos, y su cotejo son los que manifiestan más palpablemente sus progresos, o decadencia.
A los influjos de la Sociedad de Madrid se debe también el establecimiento de la Junta de Señoras, agregada a la misma, con aprobación de S. M. para tratar, y dirigir ciertos ramos de Industria propios de su sexo. Una preocupación injusta, e injuriosa, fomentada acaso por el temor, de que añadidas al atractivo de sus gracias naturales las luces del entendimiento, llegarán a quitar a los hombres —213→ el mando, y la superioridad, o a lo menos la redujeran a términos más limitados; no solo niega generalmente la entrada a las mujeres en los cuerpos literarios y civiles, sino que aun duda de su aptitud, y capacidad para aprender las Ciencias, y las Artes, y para cuidar siquiera de la dirección, y fomento de muchos objetos, en que ellas mismas deben ocuparse. Esta preocupación no es de un pueblo, o de una nación sola: todas piensan generalmente del mismo modo; de suerte, que se tiene por cierta especie de prodigio el ver reinar a una mujer, o el extender sus ideas más allá de la rueca, o de la aguja.
En España hasta el reinado de Carlos III no se ha visto ninguna Asociación de mujeres, autorizada por el soberano, a excepción de los Monasterios, Congregaciones, Cofradías, y otras juntas dirigidas únicamente a ciertos ejercicios de piedad, y devoción.
El ejemplo extraordinario en su sexo, y en su clase de la señora Doctora Doña María Isidra Quintina Guzmán y Lacerda, hija de los Excmos. Señores Condes de Oñate, y graduada de Filosofía en la Universidad de Alcalá, había merecido los mayores aplausos de toda la nación. El rey la recomendó muy eficazmente a la Universidad, dispensando al mismo tiempo, para aquel caso, cualquiera estatuto, o costumbre que hubiese en contrario. La misma Universidad, después de haberla —214→ conferido el grado, con ceremonias muy honoríficas, acordadas en junta particular, la nombró Catedrática Honoraria de Filosofía moderna, y Consiliaria perpetua, en la facultad de Artes. La Academia de la Historia y la Sociedad Vascongada la admitieron al número de sus individuos.
El Excmo. Señor Duque de Osuna, Director de la Sociedad de Madrid, excitado por el ejemplo de aquellos cuerpos respetables, y sabiendo que S. M. deseaba acreditar el de aquella señora, para que sirviera de estímulo a la aplicación y enseñanza de otras de su sexo, propuso en una Junta general, que sería muy del agrado de S. M. y muy conforme al espíritu de la misma Sociedad, el que la admitiera por Socia. La proposición fue aplaudida por aclamación general, y así quedó acordado.
A continuación de este acuerdo, uno de los individuos que se hallaban presentes, propuso que se nombrara también por Socia a la Excma. Señora Condesa de Benavente, esposa del señor Director, la cual además de esta circunstancia, tenía respeto de la Sociedad la de su notorio talento, y patriotismo, la de haber sido siempre muy apasionada, y defensora de este Cuerpo, la de haber contribuido con su liberalidad, para que llevara adelante el plantío de álamos, de que estaba encargada la Sociedad, y con su celo al fomento —215→ de la Industria popular en sus estados. Estas consideraciones movieron igualmente a la Sociedad a que por aclamación general acordara que se le expidiese el título de Socia.
Desde los principios de la Sociedad, se había tratado, si convendría admitir señoras en las Juntas, para la dirección de los varios ramos de la Industria mujeril, para la que sin duda tienen más disposición que no los hombres. Pero otras consideraciones habían suspendido, y tenido sin resolver aquella duda, la cual volvió luego a suscitarse con esta ocasión. Para su resolución, se formó una Junta particular en la cual se estaba tratando de este punto, cuando la Sociedad recibió la siguiente Carta del Excmo. Señor Conde de Floridablanca.
«El Rey entiende, que la admisión de socias de mérito y honor, que en Juntas regulares, y separadas, traten de los mejores medios de promover la virtud, la aplicación, y la Industria en su sexo, sería muy conveniente en la Corte, y que escogiendo las que por sus circunstancias sean más acreedoras a esta honrosa distinción, procedan y traten unidas los medios de fomentar la buena educación, mejorar las costumbres con su ejemplo, y sus escritos, introducir el amor al trabajo, cortar el lujo, que al paso que destruye las fortunas de los particulares, retrae a muchos del matrimonio, en perjuicio —216→ del Estado, y substituir para sus adornos los generales a los extranjeros, y de puro capricho. S. M. se lisonjea, que ya que se vieron tantas damas honrar antiguamente su Monarquía, con el talento que caracteriza a las españolas, seguirán estos gloriosos ejemplos, y que resultarán de sus Juntas tantas, o mayores ventajas, que las que ve, con singular complacencia de su Real ánimo paterno, producirse por medio de las Juntas Económicas de su reino. Lo prevengo a V. S. de orden de S. M. para noticia de la Real Sociedad, y ruego a Dios guarde su vida muchos años. S. Ildefonso 27 de agosto de 1787. El Conde de Floridablanca. = Señor Secretario de la Real Sociedad de Madrid».
En vista de esta Real Orden, la Sociedad determinó luego aumentar el número de señoras Socias, para que en Juntas regulares, y separadas trataran sobre los asuntos que en ella se indicaban. Algunas damas residentes en la Corte significaron desde luego mucho gusto y complacencia en alistarse en el número de tales Socias: de suerte que dentro de pocos días tuvo la Sociedad la satisfacción de enviar los títulos de Socias de mérito y honor, a catorce señoras de la mayor distinción, que fueron las siguientes. La Excma. Señora del Montijo; la Excma. Señora Condesa de Santa Eufemia; la Excma. Señora D. Mariana de Pontejos; la Señora Marquesa de Villalópez; —217→ la señora Marquesa de Torrecilla; la señora Marquesa de Ayerve; la señora Marquesa de Palacios; la señora Condesa de Benalúa; la señora doña María del Rosario Cepeda; la señora doña Teresa Losada; Excma. Señora Condesa de Fernán Núñez; la Excma. Señora Duquesa de Almodóvar; la señora Condesa del Carpio; y la señora doña Felipa La Rosa.
Esta junta, digna, tanto por la clase de personas de que se compone, como por los loables, y útiles, objetos de su instituto, tuvo no obstante algunos embarazos, comunes a todos los nuevos establecimientos, hasta que a muy poco tiempo de su fundación, habiéndose insinuado a la Serenísima Señora Princesa, nuestra Señora, y a las Serenísimas Señoras Infantas, Doña Mariana Victoria, y Doña María Josefa, el honor que la resultaría de que sus Altezas se dignaran admitir el nombramiento de Socias, condescendieron benignamente; con lo cual otras muchas señoras solicitaron luego este honor, y la Junta pasó adelante, con el mayor esmero y puntualidad en sus tareas, tomando a su cargo la dirección de las Escuelas patrióticas, y el fomento de los ramos de Industria, más convenientes para dar ocupación a las mujeres de todas clases.
En los acuerdos hechos para su gobierno hay uno muy digno de su patriotismo; y de —218→ ser imitado por las demás señoras del reino, por el cual se han obligado a no gastar en sus vestidos y adornos, otros géneros de seda que los fabricados en el país.
SOCIEDAD ECONÓMICA DE VALENCIA. Mr. Peyron en su Viaje de España, citado ya algunas veces en esta Biblioteca, habla de Valencia de esta suerte. «Valencia hace un gran comercio de sus frutos. De sus sedas saca mucho provecho. Las de su terreno son tenidas por las mejores de España. La mayor parte de ella la emplea en sus manufacturas, que al día de hoy son de mucha consideración, y que han sido establecidas, y perfeccionadas por algunos franceses fugitivos y culpables a su patria, si me es lícito valerme de esta palabra, de crimen de lesa industria. Pero hasta ahora estas fábricas nada han inventado de nuevo, ni hacen más que copiar, o imitar los diseños de nuestras estofas; y en lo que toca a la mezcla de oro con la seda, no pueden compararse con la más mediana de nuestras fábricas. Se cuentan en Valencia cerca de cinco mil telares de estofas de seda; quinientos de cintas y galones; de doscientos, a trescientos de medias, consumiéndose en estas, y otras manufacturas más de seiscientas mil libras de seda. Algunos fabricantes han procurado introducir los tornos del célebre Mr. de Vaucanson, para dar a la seda más finura. Pero todavía no han podido —219→ sacar las ventajas que se prometían: bien sea porque el defecto está en las sedas del país, naturalmente grasas y fuertes, o bien por falta de habilidad en los artistas. Los organsines que se hacen allí, están todavía muy distantes de la perfección de los del Vivarais, y de la Italia.
«Además de esto, los españoles no están aún muy versados en el Arte de la tintura, que es uno de los ramos más importantes en las fábricas de este género. Sus colores no tienen la perfección, permanencia, variedad, o igualdad que los de Inglaterra y Francia. En general, tienen el defecto de engrasar demasiado la trama, y la mayor parte de sus estofas salen del telar llenas de manchas, y empapadas de un olor pestífero, que no se disipa sino con el uso. Se fabrican buenos terciopelos, que tienen la ventaja de venderse a precios moderados y de ser de un excelente negro: pero no están tan unidos, ni son tan buenos, y tan hermosos como los de Génova, y de Aix de la Provenza.
»Las manufacturas de Valencia, para llegar a la perfección de que son capaces, tienen necesidad de maestros, y oficiales más inteligentes. La prueba de que, por lo general tienen poca inteligencia, conducta, o habilidad, es que teniendo las primeras materias a un treinta por ciento más baratas que en Francia, con todo eso, no podrían sostener la concurrencia —220→ con nosotros, si nuestras mercadurías no estuvieran sujetas a los derechos de entrada tan considerables. Sin hablar de la duración, y bellezas de nuestras estofas, que a pesar de aquellos derechos, hacen que sean preferidas en la venta a las del país; los oficiales son tan torpes, y perezosos, hay tantas fiestas en el año; tienen que cantar el rosario todos los días; y los hombres son allí por lo general tan sobrios, tienen tan poco lujo; sus deseos y placeres están tan limitados, que las manufacturas carecerán por largo tiempo de emulación, que es la que imagina, inventa y perfecciona».
Sea lo que quiera sobre la verdad de la relación de aquel viajero, la Industria va en aumento en la ciudad y reino de Valencia, mejorándose continuamente sus fábricas de seda, corrigiéndose sus defectos, y perfeccionándose el dibujo, y los colores, a influjos del gobierno de la Real Junta particular de Comercio y Agricultura, y de la Sociedad Económica de aquella ciudad.
En 1762, concedió S. M. muchos privilegios a algunos fabricantes franceses, traídos de León de Francia, que es la ciudad más celebrada por las manufacturas de seda, y particularmente por los tintes y estofas, con mezcla de oro y plata, con lo cual se consiguió radicar este ramo en Valencia, y perfeccionarse los demás. Llame Mr. Peyron a aquellos —221→ paisanos suyos delincuentes de lesa industria. Mas lo cierto es, que el hombre tiene un derecho a buscar su subsistencia, y sus conveniencias en cualquiera parte del mundo: y que no es culpable por fijar su domicilio en donde las encuentre.
Los defectos de las manufacturas de seda de España, consistían principalmente en el modo de hilarla, y en la imperfección de los colores. Para corregir el primero, se concedió privilegio exclusivo por cierto tiempo a don Santiago, y D. Guillermo Reboull, para establecer tornos de hilar, conforme al método de Vaucanson, y no habiendo acertado estos a planificarlo con utilidad, continuó con el mismo privilegio D. José Lapayese, que era el sujeto que había costeado las primeras experiencias, y tentativas de los Reboulles. Instruido este de las causas porque se habían inutilizado estas, procuró remediarlas, teniendo presentes las mejoras de Mr. de Borceret, discípulo de Vaucanson: y valiéndose para la dirección de las máquinas, y maniobras de Francisco Toulot, discípulo de Borceret. Con estas diligencias, sostenidas por su constancia, y a costa de crecidos desembolsos, logró perfeccionar las máquinas, corregir los defectos, tanto de ellas, como de las maniobras de los artistas; y finalmente sacar la seda con la igualdad, sutileza, y finura deseadas, y con la instrucción que adquirió en todo aquel tiempo, —222→ después de haberlo hecho presente a S. M. publicó el Tratado del Arte de hilar, devanar, doblar, y torcer las sedas, según el método de Mr. Vaucanson, con algunas adiciones, y correcciones a él. Principio, y progresos de la Fábrica de Vinalesa, en el Reino de Valencia, establecida bajo la protección de S. M. por D. José Lapayese, individuo de mérito y justicia de la Sociedad de Amigos del País de la misma ciudad. En Madrid, por Blas Román, impresor de la Real Academia de Derecho español, y público. Año 1779. En cuarto.
Perfeccionado ya el método de Vaucanson, lo aprobó S. M. y la Junta de Comercio, y Agricultura de Valencia, procuró extenderlo por todo aquel reino, para lo cual ofreció dar gratuitamente tornos de la nueva invención a los cosecheros que los pidieran, y gratificar a los que hilaran por aquel método: y escribió cartas circulares a los curas párrocos, para que contribuyeran con sus persuasiones a su introducción. Uno de estos, el Dr. Francisco Ortells y Gombau, Vicario de la parroquial de Foyos, escribió con este motivo la Disertación descriptiva de la hilaza de la seda, según el antiguo modo de hilar, y el nuevo, llamado de Vocanson, que se imprimió de orden de la mencionada Junta, en Valencia, por José, y Tomás de Orga, año de 1783.
El poco fruto que por entonces produjeron aquellas eficaces providencias, manifiesta —223→ la gran fuerza que tienen las preocupaciones vulgares, no solamente en las Ciencias especulativas, sino también en las Artes prácticas, sujetas al examen de los sentidos, y por consiguiente más fáciles de corregirse y enmendarse. A pesar de los poderosos estímulos que se presentaban a los cosecheros, para abrazar el nuevo método, facilitándoles gratuitamente, no solo la enseñanza, sino también los tornos, y aun dándoles una gratificación sobre el precio de la seda, apenas hubo uno que quisiera adoptarlo en más de ocho, o nueve años, hasta que en el de 1779, se vendieron ya en el contraste 746 libras de seda, hiladas con el nuevo método, las que se gratificaron con 5247 reales, desde cuyo tiempo se ha ido extendiendo en todo el reino, aunque con bastante lentitud.
Debe hacerse el mayor honor a la Junta de Comercio, y Agricultura de aquella ciudad, y a la ilustración, y constancia con que sus celosos individuos han procurado fomentar aquel método, sin desmayar por la obstinada resistencia de los cosecheros.
La Sociedad Económica contribuyó por su parte, y coadyuvó a los esfuerzos de la Junta, ofreciendo un premio al cosechero que presentara mayor porción de seda hilada por el método de Vaucanson.
Pero no ha sido esta la única diligencia que ha hecho la Sociedad para el aumento, y perfección —224→ de las manufacturas de seda, y demás ramos de Industria en el reino de Valencia.
En el año de 1776, dieron principio a esta Sociedad los señores D. Pedro Mayoral, Arcediano de Alcira, D. Francisco Pérez Mesía, Oidor entonces de la Audiencia de aquella Ciudad, y actualmente del Consejo de S.M. en el de Castilla, el Marqués de León, Marqués de Mascarell, D. Sebastián Saavedra, don Francisco Lugo, y D. Juan de Vao. A ejemplo de estos señores, se subscribieron, y alistaron hasta cincuenta individuos, los cuales tuvieron la primera Junta en 14 de julio del mismo año, quedando elegido en ella por Director el Excmo. Señor Conde del Castrillo y Orgaz, y los demás oficiales de la Sociedad.
Los principios de la Sociedad Económica de aquella ciudad fueron de los más brillantes que se hayan visto en otra alguna; y excelentes las ideas que se propusieron al tiempo de su fundación. Apenas había pasado un año después de esta, cuando ya publicó las Instituciones Económicas16 de la Sociedad de Amigos del País de —225→ Valencia, y oficina de Benito Monfort, impresor de dicha Sociedad de Amigos del País. Año de 1777. En cuarto.
En la Representación impresa en el número 2 de estas Instituciones Económicas, se trata de los objetos que debían ocupar a la Sociedad, entretanto, que se formaban y aprobaban los Estatutos, divididos en siete clases, o comisiones. De economía, estado, y mejora de los pueblos en particular; de Agricultura de Artes y Oficios, de Escuelas patrióticas; de Fábricas, y Manufacturas; de Comercio; de Navegación, y Marinería. Sobre todos estos ramos se proponen excelentes reflexiones, contraídas al estado actual de ellos en Valencia.
Pero el pensamiento más útil en mi concepto, y más digno de adoptarse por las demás Sociedades del reino, es el de establecer una compañía de Comercio, auxiliatoria de los proyectos de la Sociedad, cuyas reglas extendieron D. Joaquín Fos, y D. Tomás Trabado en la Representación del número 8. Sin una Compañía de Comercio, a cuyo cargo esté dar salida a los géneros y manufacturas fomentadas por las Sociedades, nunca saldrán estas de meras tentativas y ensayos, arruinándose al instante, sin más utilidad que la pequeña gloria de haberse proyectado. Si se examinan las Actas de todas las Sociedades, se verá que ha sido esta una de las más principiales causas, porque no han —226→ prosperado mucho sus conatos y esfuerzos para fomentar la industria. Los consumos son los que sostienen la Agricultura y las Fábricas. Sin despacho se desaniman los artistas y labradores, no siendo capaz, ni el celo más ardiente, ni aun los caudales derramados con mano nada escasa para sostener unos establecimientos que no produzcan utilidad permanente a sus emprendedores. Las luces y correspondencias de los comerciantes pueden dar por sí solas más estímulo a las empresas de las Sociedades Económicas, que los más estudiados discursos, y arengas de sus académicos.
La de Valencia tuvo suspendidas sus juntas algún tiempo, por la poca unión de algunos de sus individuos, y prepotencia que querían arrogarse otros, habiendo llegado a sus desavenencias a molestar la atención de los Ministros y Tribunales Reales. Serenados de algún modo los disturbios que allí ocurrieron, volvió a sus tareas ordinarias, y con motivo del nacimiento de los dos Señores Infantes Gemelos D. Carlos, y D. Felipe, propuso en 10 de mayo de 1784, varios premios para los niños y niñas que más adelantaran en las Escuelas de primeras letras, y labores; para el labrador que presentara mayor cantidad de seda hilada según el método de Vaucanson; para el que igualmente presentara mayor porción de seda de color blanco natural; para los que —227→ escribieran mejor sobre el cultivo de las moreras; sobre las minas de aquel reino, y particularmente sobre las de esparto y plomo que están en el término de Algimia, y Torres; al que demostrará mejor las reglas del buen torcido de la seda; al que manifestara las causas de no darse en Valencia algunos colores, con la brillantez, y perfección que se requiere; a los que trataran con más acierto de las reglas que deben practicarse para sacar perfectos los tejidos de seda, cintería, y medias; y finalmente al profesor de cualquiera arte, o gremio, que presentara alguna obra de nueva invención.
Considerando la Sociedad, que una de las cosas que más contribuyen para la perfección de los tejidos de seda, es la brillantez y permanencia de los colores, volvió a proponer otros premios en 13 de septiembre de 1785, con este objeto, aumentando la cantidad que había ofrecido a los primeros. Y habiendo llegado los tiempos prefinidos para la adjudicación, se repartieron estos. Habiendo ganado tres, sobre la fábrica de medias, sobre las causas de la imperfección de los tintes, y sobre el modo de preparar el añil, el señor D. Luis Fernández17, el cual cedió generosamente el valor de los premios a beneficio —228→ de la misma Sociedad.
Al mismo tiempo premió la Sociedad a Vicente Pérez, por haber inventado una máquina sencillísima para moler con mucha facilidad los palos de Brasil, y Campeche. A don Manuel, Juan Bautista, y Silvestre Rilbal por haber presentado otra para agramar cáñamo, con mayores ventajas que las que se usaban hasta entonces. Y a Luis Lamarca, por haber inventado un telar de medias con 779 piezas menos que los ordinarios, y que a esta circunstancia añadía la de costar mucho menos que aquellos: la de poderse montar y desmontar con grande facilidad y presteza; la de ser poquísimos, seguros y fáciles sus movimientos, y brevísimo el tiempo necesario para aprender a manejarlo, habiendo hecho el mismo Lamarca la experiencia de sus utilidades, tejiendo en solas once horas dos pares de medias muy cumplidas, y de buena calidad.