En torno a «Juego limpio»1 de Leopoldo de Luis
Ramón de Garciasol
Al hilo de su trabajo diario -¡y tantas veces al bies!-, Leopoldo de Luis, poeta español de la posguerra, ha levantado la asombrosa cantidad -y calidad- de diez libros de poesía. Digo trabajo diario, con reglamentación laboral estricta y muchas horas de faena extraliteraria, porque este hombre no es un vividor de las letras. Es un gran poeta que vive por sus manos, como las gentes del verso manriqueño. O lo que es lo mismo: la poesía es una necesidad deluisiana, no un entretenimiento, un hobby -chifladura, matatiempo- o una exhibición vanidosa. Nuestro poeta no es un industrial de la poesía. Leopoldo de Luis no esconde su comodidad detrás de su actividad poética. Y menos aún ninguna tara.
Creo que estas precisiones importan mucho, pues nos dan el talante humano, la medida de la hombría que respalda al poema. Como es lógico, la vida verdadera del poeta, no la del farsante o la del evadido de la realidad, nos explica el origen del verso deluisiano, que no viene a llenar huecos de hastío, sino a testimoniar poéticamente. Del huésped, de la niebla becqueriano al huésped de un tiempo sombrío deluisiano hay una claridad de sangre. Leopoldo de Luis tiene más fe que Bécquer, porque no le duele únicamente el yo, su caso, sino el nosotros, el tú. (Como se comprende, no estoy haciendo comparaciones, sino intentando entender un cambio de sensibilidad, de tiempo, y, por lo mismo, de tema y problema. Y conste que Bécquer era más real de lo que creen las señoritas cursis ignorantes de lo que hay dentro de «Las golondrinas»).
La nueva obra de Leopoldo de Luis, tal vez la más lograda del autor de Teatro real, consta de dos partes: «Juego limpio», que da título al libro, y «La edad de los metales», unidas por una canción luminosa musicada por Isidro B. Maiztegui. Para quienes saben lo que supone alumbrar un verso de tiempo y amor, diré que Juego limpio, tan arquitectónicamente dispuesto -sentido superior del orden deluisiano, pulcritud, cortesía- comprende sus buenos 1500 versos y 1500 versos buenos.
Pero vamos a preguntar al autor de dónde nace su verso. Para empezar, enseña sus cartas, porque la poesía es juego limpio, respirar por la misma herida, como también dice. El poeta está con los suyos, en la realidad histórica, hombre entre hombres. Lo que posee cabe entre las manos: una almorzada de esfuerzo diario. La fatiga, la violencia cotidiana, le merman un poco al anochecer, aunque amanece limpio, tenso para la nueva singladura. Por más que lleve dentro esos muertos que representan los otros posibles que no fuimos, para bien o para mal, el poeta no se conforma con que vayan las cosas por la tierra peor que por el cielo. Esto es: el poeta es de este mundo. Y -delicadeza superior: perdón si soy modesto-, aclara:
Para cumplir con mi verdad escribo.
Claro que esta anatomía que hace toda crítica desustancia el poema, más que unidad, criatura viva, lo sé. Estos son los asideros humanos, las razones por las que escribe Leopoldo de Luis. Mas no se olvide: razones vitales, pasadas por un hombre irrepetible, sensibilizadas razones de fuerza mayor e ineludible, razones originales y originantes. No es solo ese celo o remusguillo animal del sentimiento particular o del erotismo juvenil, es la conciencia de la misión, la humilde grandeza de saberse hombre, con pocas fuerzas para soportar la luz y el dolor de vivir, pero con ánimo sobrado, lo que eleva este cántico.
Al comienzo de La edad de los metales, hay un poema-proclama de las intenciones del poeta. De él son los siguientes versos autodefinitorios:
Con estos cuatro nombres:amargura, verdad, luz, esperanza,cemento sin cansancio, como obrerometalista, mi voz y mi palabra.
Modestamente el poeta se considera obrero, autor de «objetos que quisiera -utensilios de forma necesaria»
, forjador de esos metales simbólicos que no recoge la química: amargura, verdad, luz esperanza. Yo añadiría alguno más, fundamental: amor. Claro que donde no hay amor no hay poesía. Y dice Leopoldo:
La amargura me cerca y la domino,la verdad clamo, la luz busco, el alade la esperanza el corazón me roza,y voy hacia mañana.
En medio, como bisagra o gozne de las dos alas de Juego limpio, la canción luminosa, precisamente porque es de noche, que decía San Juan. Por eso se espera y se canta, ya que el hombre anda fuera de su centro. Si fuese de día quizá sintiésemos el temor de la noche. También Job en el muladar espera la luz tras las tinieblas:
En la Tierra habrá algún díamás claridad.
Como vemos, este poeta es un ser moral, que busca un orden común y justo a punta de verso, de poesía, no un facedor de esteticismos adredistas. Mas ya que hemos tomado el pulso a la intención, calibrado la estatura ejemplar del hombre que alimenta al poeta, que conocemos los metales con que trabaja -bien templados en sangre, aprobados por el ensaye-, que nos diga el qué entiende por poesía:
La poesía, un agua, una luz que a la manode pronto viene, desde qué altas fuentes,desde qué ciegos ríos despeñados,qué sierras de dolor y amor no cruza,en qué generadores de entusiasmo no se transforma.
A la amargura, a la verdad, a la luz, a la esperanza, debemos añadir ahora dolor y amor amalgamadores -ley de la poesía-, potenciados por el entusiasmo platónico. Es decir, Leopoldo es una criatura de afirmación, de fe, de moral, que busca su fondo último y su conexión, su comunicación o comunión con los otros. Poetizar con responsabilidad, necesidad y amor-damos el oficio por sabido- es algo importantísimo. Pues en ese alto quehacer está Leopoldo de Luis, el hombre, el poeta, serlo, cortés, sensible, importante, con todas las implicaciones que traen términos tan comprometidos como estos.
Su poesía nos importa a todos, beneficia incluso a los que la ignoran.
Nada más que pasar el umbral del libro, se percibe un aire seco, noble. En este juego va la vida, por eso es limpio, sagrado menester. Como en la mejor poesía moral de España, aquí se pone la vida al tablero, no se farolea de mentirijillas: los muertos no representan, son.
Y como se trata de la vida -de la suya también-, no del bodoquito o de la evasión suspirante y bordadora, los temas de esta poesía son los antipoéticos hasta ahora: lo que le pasa al hombre, lo que le esperanza y desespera, lo pasado y lo futuro. Y, por descontado, el presente. Así, se canta el ir y venir al trabajo, el aparente subir y bajar sin ton ni son de las escaleras del Metro un día y otro y otro. ¿Monotonía, la noria, verdad, señora marquesa? Que le conteste mi silencio. Fatiga, sudor, arrugas, arracimamiento molesto, ocre olor a ropa usada y a humanidad, sí. Mas de esos materiales nace la luz de la casa, el olor de las flores, la gracia del sosegado ver. Ejemplo de esta temática es «Metro - Estrecho», poema antológico, perfecto poema de mi devoción, que recomiendo a quienes quieran saber qué es poesía a la altura del tiempo. Porque el poeta aquí no está en una nube esperando el advenimiento de la inspiración y de las metáforas. Marcha con todos, mezclado con todos, uno de tantos:
Me contemplo entre todos, avanzandohacia mi soledad. Izo callada-mente mi pena hacia la tarde. Apenasqueda ya luz poniente en las terrazas.
Este es el milagro poético: hacer con materiales de desprecio y remilgo hasta ahora, verdadera poesía, calofrío por la columna vertebral, empujón del llanto a los ojos, sabor de corazón, dolorida conciencia:
Gentes de atardecer vienen conmigo.Gentes que acaso, sin embargo, un albasin alumbrar transportan dentro. Hubieranpodido proclamar una mañana.
Hay aquí más amor al prójimo que en tantas prédicas y oraciones mecánicas, que en la turbia caridad para retratarse. (Anotemos otro elemento en la poesía deluisiana: religiosidad, de religare, de concordia de atados con idéntica cuerda al mismo remo).
Entrañable y profundo avanza el verso, cargado de realidades salvadas en poesía. Río Varón, pasa silencioso e incontenible, navegable para la esperanza, sumergidor de tópicos. Pero no creáis que el poema es un don gratuito, un hijo del azar o del placer: se forja con los metales más rugientes y enamorados en la fragua del corazón, como dice el poeta:
Costó lo conseguido cuánta pena,cuánta constancia frente al tedio, cuántohacer de tripas corazón... Ni un solosacrificio o dolor se nos ha ahorrado.
¡Qué señor y cabal el verso, qué paternal, me atrevo a decir! Porque Leopoldo es un padrazo en el verso y en la vida, con una vibración que parece quebradiza y es sensibilidad superior:
Y veo que es mi manola que crea el futuro. Atemorizacomprenderlo. La llama solitaria,la pobre luz del corazón, vacila.
Añadamos a las notas apreciadas en la poesía de Leopoldo -no es posible agotar sus posibilidades en una reseña literaria, que debe ser aperitiva- otra característica: la formalidad, en cuanto a hombre entero que no defrauda, y por lo que hace al perfil riguroso, sin desflecamientos ni derrames de su verso. Verso asonantado, consonante o blanco -a veces verso libre, aunque este poeta encuentra mejor su libertad en el acatamiento a la medida y al orden connatural: el verso libre puede caer en la mera narración-, son los empleados por Leopoldo de Luis. El poema anda sujeto a norma, no a capricho, aunque en Leopoldo, como en los buenos poetas, la materia imponga la forma, la estructura propia dictada por la semilla.
El tiempo -la vida, consistente en ser gastándose, cumpliéndose- se ve discurrir tersamente por el verso de Leopoldo, como por ejemplo, en «El enemigo». Es lógico: una poesía humana, real, histórica, moral, testimonial, tiene que ser temporal. Lo que le acontece al hombre es porque vive, por estar en el tiempo, en el aquí y ahora. Y agreguemos: en la poesía de Leopoldo de Luis hay una unidad radical, no retórica, un agradecimiento a los antecesores que le han sacado de la caverna y le han dado el lenguaje comunicador, la posibilidad de amar. Leopoldo de Luis es tradicional en cuanto que no ha nacido ex nihilo. Por ser hijo de algo, suma y suena en la corriente, no es un insolidario canto rodado:
Muda y ciega estabala vida. Cada hombre fue añadiendouna voz, una luz. Ahora se alzala mía. Temerosamente tomomi turno.
Hemos dicho que la poesía de Leopoldo de Luis es lúcida y cordial. El poeta no se encuentra por chiripa con unas maravillas, ignorante de qué son ni de cuánto representan. La poesía deluisiana es sabia, lo que da clara consistencia a la gracia. Su poesía encanta, pero también contesta a los grandes enigmas que tiene planteados el hombre: a su perplejidad ante el asombro y terror de encontrarse vivo sabiéndolo, ya con camino consumido; a su procedencia de una oscuridad que desemboca en otro interrogante; a que vivir es un entre paréntesis, mas no lo único; a que de pronto se topa con la razón, el hogar, el hijo, la patria, el mundo y los demás hombres. Y con la hermosura. Y con el dolor. Y con una bandera en la mano y una canción en la boca.
Por eso, si bien se mira, lee, siente y entiende, Juego limpio es un mundo repleto de sentido, universo abreviado, al igual, que el hombre, según los antiguos, no rectificados en esto, porque una cosa es la técnica y otra la vida fundamental, tener coche o andar en paz y conocimiento. El poeta, con su madurez, siente respeto religioso ante las palabras, inagotables, conectadas en sus distintos estratos en profundidad con presentimientos o revelaciones. Y se le carga el verso de tensiones, claridades y frutos. Una de las palabras claves de este libro es asombro -otra susto, una tercera humilde-, comienzo de la comprensión y del terror, en parte. Porque la excesiva lucidez -el genio- aparta, aísla, da frío. En este sentido hablaba Pascal de la precisión de animalizarse para no desintegrarse desgarradoramente, con todo el conocimiento.
Así, debemos añadir otra dimensión a la poesía de Juego limpio: misterio, estremecedora palpitación en el verbo, definitorio y con más allá de lo racional, que es lo suprarracional, razón con alas, tierra a la que nos llevan las palabras y donde hay más que palabras: transpoema al que se va por el poema, luego olvidado, e imprescindible vehículo.
La poesía de Leopoldo está enraizada en lo popular, es pueblo -leed «Viaje»-. Por eso resulta grave, ordenada, noble. Por lo mismo comporta la soledad sonora campesina, el aristocrático porte de quien mira al campo y trabaja y calla y le da vueltas por ahí dentro a la muela que no deja de moler. Los labradores son hombres que saben callar, ver, oír. Y cuando hablan sentencian. Comprendemos así la andadura cereal, el amasador barro alfarero, la esbeltez del pámpano o de la espiga, el temblor sutil del álamo, el curso del agua en la cacera del verbo de Leopoldo. Leyéndole, a veces se tiene la impresión de estar a la orilla de un claro río liberador. Y nos encontramos mejor, como después de dialogar silencios con el agua, la popular agua que quita pena y da alegría -nos olvida del yo-, como en la copla andaluza. (Leopoldo de Luis es un cordobés recriado en Castilla y ascendido a hombre en una guerra fratricida cuando era un jovenzano).
A veces Leopoldo de Luis vuelve la vista atrás, pues el recuerdo es legítimo fontanar de poesía -ved «Historia», poema de tanta honradez, o «Los árboles», «patria en pie», los otros del propio bosque-, no para quedarse convertido en estatua de sal. Y entonces tiene más afán de caminar al futuro que justifique tanta generosidad y entusiasmo. Mas como es consiguiente en él, sin alocamientos, con seguro paso. Parece decirnos: «Vivid despacio», o morid, como se cuenta del rey don Sebastián de Portugal. Mientras, él pide por un niño, busca «entre la población de la tristeza»
. Porque el poeta, el espagírico, el forjador de vida y poesía con sagrados metales, nos dice con los pies bien maridados en la realidad:
No, no quiero los sueños. Es la vida,la realidad la que nos llama. Escucha.
Y en el segundo soneto de «Buscando el alba», le dice a su hijo:
No sé si alcanzaré lo que hoy escriboo será el alba, hijo, tuya sola.
No importa, porque quizá sea «más dulce el camino que la posada»
. Al menos que el hijo resulte:
Hombre avanzado hacia la luz, risueño.Aunque se hayan quedado ya en la fosamis pobres ojos que soñaban eso.
Por último, quiero recoger unas cuantas imágenes poéticas, para que el lector juzgue por sí:
Tembló la plata, el oroimprovisó un otoño de desmayos,duplicó el cobre su veneno verdey en el acero el viento se vio pálido.
... mientras contemplo por la tarde heridacaer la luz de una paloma muerta.
[Hijo]: corazón continuado.
La soledad pone un dolor de pájarocautivo en el gemir del perno.
[La moneda]: Aúllanperros de hambre y codicia en el eneropermanente y helado de su luna.
[España]: Secreto corazón de plata madre.
Como vemos, al tema importante, arquitecturado con gallardía, trabajado con primor y pasión, se une la palabra justa y musical, el ritmo y las ideas, la rima y el pulimento, el chorro natural de la sangre y el arte, el relámpago de la metáfora, y la piedra sillar del pensamiento, como en toda obra bien hecha. Por eso al cantar a los metales conductores, el plomo, el cobre, que llevan el agua y la luz, escribe:
Hagamoscon humildad esta labor de buenosconductores, de humanosmetales conductores hasta el últimorincón oscuro de la casa, el más lejanolugar del corazón de cada hombre.
Leopoldo de Luis es un poeta de verdad, ya clásico en vida, si entendemos por clasicismo lo contemporáneo de lo bueno. Es necesario decir esto porque la coetaneidad minimiza, falseada por causas sociales, intereses extrapoéticos o por pertenencia a estratos sin prensa ni bombo. Leopoldo de Luis es uno de los grandes de la poesía española de nuestro tiempo.
Mas renuncio a seguir cavando en Juego limpio. Toda glosa es superior en extensión al poema, concentración y explicitación de sentidos. Cada verso está lleno de sugestiones, de perspectivas, multiplicadas en el poema, decuplicadas en el libro. Solo añadiré que Leopoldo de Luis está en sazón y maestría, y que no exagero si os digo que a todos os importa este libro, un mucho de nuestra vida. Creo que es un libro de nuestro tiempo -no de nuestra actualidad-, y por eso de todos los tiempos. Al hombre le descargará la ciencia de todas sus tareas actuales, pero no podrá quitarle el dolorido sentir, no ya en lo erótico garcilasiano, sino en lo trascendental y cimentador. En Juego limpio se contempla estremecidamente vivir, luchar y morir -y dejar recuerdo- a esa pequeña y grandiosa nada que es un hombre.