En torno al Goncourt
Ricardo Gullón
El premio Goncourt 1951 fue atribuido a Julien Gracq, escritor de gran talento, por su novela Le rivage des Syrtes. En nuestro número anterior Corrales Egea escribía desde París a propósito de la expectación suscitada con ocasión de lo que llamaba «la estación de los premios». Cualquiera que sea nuestra opinión respecto a las ventajas e inconvenientes de la concesión de premios literarios, hay un punto sobre el cual todos debemos estar de acuerdo, porque es un hecho y como tal no discutible (no seriamente discutible): gracias a estos premios y especialmente al Goncourt, los escritores franceses pasan durante unas semanas al primer plano de la actualidad. Entrevistas periodísticas, asistencia a festivales benéficos y a reuniones mundanas, fotografías y cuanto normalmente está reservado a los ases del cine o el deporte se les concede a los vencedores de estas pruebas.
¿Se deduce de tales actos alguna consecuencia beneficiosa para las letras y los escritores? Posiblemente sí, porque gracias a esta zarabanda publicitaria el público se siente inclinado a conocer las obras que tanto ruido ocasionan, y cuanto sea atraer lectores es en sí cosa excelente. No es fácil zanjar la cuestión de si este beneficio compensa el daño que de otra parte causan los premios, en cuanto tienden a crear un tipo de obras escritas para satisfacer el gusto de los jurados, y a suministrar género adaptado a las corrientes del día.
El pasado año, Gracq, el actual laureado, atacó con ferocidad la marea de premios literarios creciente en su país, y ahora, cuando empezó a sonar su nombre como presunto vencedor del Goncourt, advirtió que, de serle concedido, lo renunciaría. Así lo hizo una vez laureado, y después del premio se mantuvo alejado de las manifestaciones publicitarias que de ordinario le acompañan. Es la primera vez que la preciada recompensa ha sido renunciada.