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«En la red»: La tragedia del hombre clandestino

Mariano de Paco


Universidad de Murcia



El año de escritura de En la red fue muy fecundo para la labor creativa de Alfonso Sastre. A comienzos de 1959 termina Asalto nocturno, entre mayo y junio compone En la red y, en los meses siguientes, La cornada. En esos momentos Sastre se está planteando un giro evolutivo en su teatro. Asalto nocturno supone, en efecto, un apreciable paso hacia la tragedia compleja desde la aristotélica hasta entonces cultivada. El drama de las familias Graffi y Bosco ocupa un amplio periodo de tiempo (unos sesenta y cinco años), tiene lugar en distintos espacios, y las acciones se mezclan en una historia de múltiples facetas. Para el montaje, incluso, el dramaturgo recomendaba en una acotación que se acentuase su «dimensión espectacular».

En la red, sin embargo, volvía a una sobriedad en los medios que acentuaba la de obras como Escuadra hacia la muerte o La mordaza, con las que tiene indudable parentesco; esa familiaridad proviene en muy buena parte de la cuidada aplicación de los principios de la tragedia aristotélica. Tres breves «documentos» aparecieron a modo de «Autocrítica» en el programa de mano de En la red y se reproducen en el tomo I (y único publicado) de las denominadas Obras Completas del autor (Madrid, Aguilar, 1967). Se hacía referencia a esa sujeción a la norma aristotélica en el primero y el tercero; en éste con la definición de los conceptos de peripecia, reconocimiento y pasión, según el capítulo XI de la Poética.

La aparente mirada hacia atrás de En la red es en realidad otro modo de investigación dramática, como lo fueron Guillermo Tell tiene los ojos tristes o Asalto nocturno, sin abandonar, eso sí, los dominios de la tragedia. «De modo que, afirma el autor, En la red no es, naturalmente, ni un manifiesto aristotélico ni una exhibición neoclásica, sino una prueba más dentro de un trabajo que tiene, en cuanto a un teoría de las formas dramáticas, un carácter experimental».

La investigación formal se une, además, a un evidente alcance político que se proyecta sobre el espectador por medio de uno de los caracteres principales del género: la catarsis. Este drama puede, cree Sastre, resultar en algunos aspectos «intolerable»; ¿dónde radica la «intolerabilidad» de lo que se presencia en escena? Hay un aspecto más directo, el de la tortura, que se describe en el «Documento 2» y recuerda en el acto segundo Leo, con el horror de haberla padecido. Las palabras de este personaje constituyen una especie de acreditación documental en una obra que camina, como hemos dicho, por otros derroteros. Manifiestan también una conexión formal con un texto escrito por Alfonso Sastre para la televisión sueca una década después sobre el argumento de En la red: Askatasuna! Añade esta «tragedia política» explicitud, sin duda excesiva, en los sucesos y escenarios (en ella, la acción se ha trasladado al país vasco) e información objetiva al comienzo y entre los actos mientras que tiene una construcción dramática básicamente idéntica.

En la red se estrenó, por el Grupo de Teatro Realista (G.T.R.), en el Teatro Recoletos de Madrid en 1961. El Grupo, creado por Sastre y José María de Quinto, se proponía en líneas generales «una investigación práctico-teórica en el realismo y sus formas», por lo que esta obra, con su honda sencillez era un texto propicio para llevar a cabo la profundización escénica pretendida.

Los tres breves actos de En la red están titulados con una delimitación temporal: «Anochece», «La noche», «La madrugada». Apenas medio día en un «departamento deshabitado», perdido en un país cuya identificación se apunta por medio de algunas pinceladas (un ejército de liberación, una canción de la resistencia, un personaje mestizo y «gente de color», el viento que «viene del desierto», los «barrios musulmanes»...) Nos llevan éstas a una Argelia que se sacude el yugo del imperialismo francés. La falta de determinación precisa, impuesta por la existencia de censura y admitida por una actitud posibilista, deviene, paradójicamente, eficacísimo procedimiento de interiorizar y de generalizar el conflicto que soportan los personajes.

Al comenzar la acción Pablo está inmóvil mirando hacia afuera fijamente. Celia entra en escena y le pregunta qué hace. Ese gesto y esas palabras describen ya lo que serán dos elementos esenciales de En la red: unos seres encerrados cuestionan sus comportamientos y sospechan constantemente de los demás. La duda sobre la verdadera pertenencia a la organización o la simulación de ella genera una inevitable desconfianza que se extiende hasta las propias posibilidades en esta situación límite. La acertada imagen de la red, que se reitera desde el conciso y muy significativo título, envuelve a los personajes, que temen a quienes desde fuera los pueden sorprender en ella y por ella y recelan de quienes los acompañan dentro.

La clausura provoca una pérdida de la noción del tiempo y el calor, como en La mordaza, es una determinación más que sufren en este lugar aislado del mundo exterior, que se entrevé, al igual que en el Último Momento del Epílogo de La taberna fantástica, como símbolo del bienestar que se consigue con una, para ellos, inalcanzada libertad: «Es de noche. A estas horas los "cabarets" abren sus puertas. La gente empieza a divertirse. Suena música americana y corre el champán francés». No corresponden, desde luego, a una música festiva y divertida los sonidos que inciden en el espacio escénico. Por el contrario, favorecen el desasosiego: las voces de la radio, con el aviso de los «arrestos en masa» y la brutalidad de las actuaciones de la Policía Militar; los ruidos del ascensor, con la amenaza de una inminente caída.

Esta situación opresiva permanece a lo largo de toda la obra, con unos medidos efectos finales en cada uno de los actos. La habilidad constructiva del autor consigue con ellos una modificación en espiral, integrando los elementos anteriores, del planteamiento dramático. En el primer acto es la llegada, como «un aparecido», de un Hombre que produce en Celia un gesto de temor y una amorosa acogida. El personaje toma nombre en el segundo acto: es Leo, compañero de Celia, preso en una redada y misteriosamente liberado. Los demás necesitan una explicación de lo sucedido y él precisa una nueva liberación, la de la vergüenza que lo cubre por no haber podido resistir las torturas que describe. El peligro es ahora doble y la clandestinidad más atenazante, impregnada de la debilidad del delator y de la zozobra que ha generado. El ambiente opresivo aumenta cuando la Policía Militar acordona el barrio y con la sorpresa de las señales que hace Pablo desde dentro, cuyo sentido no parece difícil de interpretar.

La incertidumbre nuevamente reforzada se potencia con las molestas sensaciones atmosféricas y con el avance del cerco que se vislumbra. El desarrollo de las preguntas acerca de la identidad de Pablo continúa, pero unas palabras de Leo y Celia se apartan de ese enigma y centran la clave del problema. Leo, que no se siente un hombre de acción, se guarda una pistola con intención de usarla y a la reflexión de Celia («Será... la primera vez. Tendremos las manos manchadas de sangre») responde, con evidente eco del compromiso sartriano: «Ya las tenemos. Está muriendo mucha gente en esta horrible guerra...»

El peligro parece haber pasado otra vez («La noche ha terminado») cuando la metralla del exterior causa la muerte de Leo y los Soldados irrumpen en la habitación por la terraza y por la puerta, cierran la red por todos lados, cazando a Pablo y a Celia. Éstos se abrazan esposados, en patético vencimiento débilmente salvado por su unión, y, al quedar vacía la escena, sin «nadie para sentir miedo», se oye el ascensor, «de un modo extraño, distinto», y el portero se aproxima al cadáver pronunciando una última palabra: «Asesinos».

La acotación final de En la red señala que «así termina la obra, con esperanza y con angustia». Esta indicación deja ver el deseo de que el espectador «tome conciencia», dimensión supraindividual de la catarsis que se deriva de esta singular tragedia de la clandestinidad social, quizá también existencial, del ser humano.





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