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El viejo del «ferry»

Un cuento cada mes

Concha Zardoya

Una revista americana, cuyo nombre no puedo recordar ahora -¡hay tantísimas en este país!-, me presentó a Mr. Bang y me animó a conocerlo personalmente si decidía volver a Nueva York en cualquier ocasión propicia. Las breves líneas que le dedicaba fueron indicio para mí de que aquel hombre de setenta y siete años era un viejo admirable, un tipo a lo Walt Whitman, casi un poema vivo, y, desde luego, un extraordinario hallazgo en estas tierras. Su figura, además, ejercía una doble atracción sobre mi espíritu porque estaba, vinculada a uno de esos «ferries» tantas veces cantados por el bardo de West-Hills.

Míster Charles Bang es un viejo que cultiva un jardín en su casa de Staten Island. Es viudo y vive con sus tres nietos: Bing, Biff y Whiz. Se levanta a las seis y media de la mañana para cortar sus flores, eligiendo siempre los capullos que acaban de abrir. Mr. Bang no tendría la conciencia tranquila si regalase flores que estuvieran condenadas a morir pronto. Es mejor que la flor abierta muera cerca de la hierba, oculta por las hojas y los botones recientes. ¿Hay algo más triste o más melancólico que la muerte de una flor? ¡No, no se puede dar alegría a las gentes con rosas moribundas, con nardos agónicos! Mr. Bang lo sabe muy bien. Por eso elige las flores más jóvenes y frescas para su ramo que cada mañana lleva al «ferry» de Staten Island. Durante cuarenta años ha hecho lo mismo: dos veces al día ha ido y venido en la gran barca de pasaje; dos veces al día ha cruzado el Hudson para alcanzar Nueva York o, de regreso, su casita de la isla y el jardín de sus cuidados.

Todos los pasajeros habituales del «ferry» conocen a Mr. Bang, a quien llaman Uncle Charlie, Tío Carlitos -diríamos en español-. Todos le saludan y le sonríen. Todos le dan palmaditas en el hombro. Algunos le preguntan por sus nietos. Otros le piden consejo en cuestiones de floricultura. Los menos le consultan en casos de injertos difíciles o de trasplantes.

¿Por qué es tan popular Mr. Bang? Por la sencilla y excepcional razón de que durante cuarenta años regala flores, en su viaje matinal, a todo el mundo: a colegiales, a estudiantes, a empleados, a estenógrafas, a amas de casa que van de compras a la gran urbe, a obreros de todas clases; a niños, mujeres y hombres negros bien vestidos y mal vestidos; a los vendedores ambulantes que ofrecen su mercancía al heterogéneo pasaje humano; a los turistas, al piloto mismo de la gran barca fluvial... y aún conserva algunas flores para el conductor del autobús que ha de conducirlo hasta la calle Fulton, y para algunos amigos -como estos del «ferry»- que venden pescado en el mercado de aquella calle situada al sur de Manhattan, de camino a su pequeña tienda. Es algo así como una «cacharrería» nuestra, en donde Míster Bang vende cosas tales como albarrana blanca, laca en hojuelas, una infinita variedad de conchas, tiestos para plantas, carretes de hilo, herramientas de jardín, linternas, juguetes, goma de mascar... Mas, en tal promiscuidad de objetos y productos, siempre se alza en un vaso una flor cualquiera, de su jardín, una flor de la estación en curso: una rosa en otoño, una azucena en primavera, violetas en invierno, un gladiolo en verano...

Los pasajeros nuevos o fugaces del «ferry», al recibir por primera vez una flor de míster Bang, se sienten molestos, temiendo una broma o una burla. Pero los veteranos consideran que estos pequeños regalos florales son algo esencial en la vida del «ferry». Y todos saben sonreír al anciano y aún a la flor mientras la huelen o la contemplan. Esta sonrisa, desde temprano, les ilumina el día de trabajo, el cansancio de las horas, allí, en la enorme ciudad afanosa. Y, acaso por la noche, esta sonrisa buena les alivia la fatiga y les refresca los sueños.

Míster Bang, no obstante, realiza algunas atenciones especiales. Por ejemplo, cada año suele regalar un ramo de flores al limpiabotas del «ferry» para que este lo ofrezca a su mujer en el día de su cumpleaños. Parece que son todas las flores que él no ha podido recibir a causa de una alergia que le hace estornudar desesperadamente. La mujer que vende refrescos en la barca de pasaje también es objeto de finas atenciones por parte de Mr. Bang: recibe en su aniversario natalicio una brazada de flores, particularmente escogidas por el buen anciano, quien, en la víspera de Navidad, también le ofrenda muérdago, acebo, ramas y piñas de pino para el adorno de su mesa y de su casa.

Sí, las flores de Mr. Bang adornan los hogares de estas gentes comunes que cruzan el Hudson a diario. Las flores de Mr. Bang ponen una nota de color en las grises oficinas, llevan luz a esas colmenas de las fábricas neoyorquinas. Las flores de Mr. Bang alegran las pesadas ropas invernales y los rostros de estos pasajeros soñolientos. Las flores de Mr. Bang les traen el constante recuerdo de la primavera y la certeza de que algo bello existe para el hombre en todo tiempo. Míster Bang es un poeta -poema humano él mismo- que embellece y alegra la vida de los que trabajan y sufren: sin palabras, sólo con una sonrisa, con una flor, con un gesto delicado.

Y quise conocer a Mr. Bang, verle con mis ojos, sentir su presencia bienhechora, comprobar su existencia casi increíble. Quise observar las reacciones de la gente ante su ofrenda. Quise verle en el mundo abigarrado del «ferry» de Staten Island, con los rascacielos de la metrópoli al fondo.

A fines de un mes de diciembre llegó el día de ir a Nueva York. Bajé del tren con el firme propósito de buscar a Mr. Bang.

En mi visita a los museos, el recuerdo del viejo me asaltaba frecuentemente; casi temía verle aparecer en un cuadro de luces transparentes, con una flor en la mano y ofreciéndomela. Renoir, sobre todo, me sugería esta alucinación.

En lo alto de los rascacielos, no sólo mi vista contemplaba la ciudad desde tamaña altura, sino que buscaba el Hudson, los «ferries», la isla de Staten, la vivienda, el jardín y la sombra de Mr. Bang... Era en vano. El viejo poeta que regalaba flores en vez de poemas, no se dejaba ver. No había más remedio que madrugar e ir al «ferry» de Staten Island, atravesar el río y esperar en el muelle a que el anciano -si era verdad que existía- se mostrara con su brazada de flores. Había que entrar en la misma barca y seguirle en todos sus movimientos. Pero hacía tanto frío en aquellos días y había tanta nieve blanca, gris y negra por todas partes...

Al fin, pudo más mi afán de experiencias nuevas. Y Mr. Bang venció mi cobardía física. Así, a las siete de la mañana de aquel 31 de diciembre me encontraba en el «ferry» de Staten Island. Un aire helado cortaba la piel de la cara, entumecía los pies y las manos, hacía llorar los ojos.

No sé el tiempo que transcurrió en la espera. Llegué a pensar que todo había sido una historia inventada con algún motivo -comercial seguramente- por la malhadada revista. Quizá era una fantasía de mis propios sueños o un cuento que yo misma había locamente imaginado. Ya iba a volverme a Manhattan -la isla con forma casi de pez, cuerpo y corazón de la urbe-, cuando apareció Mr. Bang, calentándose la boca con un gran habano puro. En un brazo traía su acostumbrado ramo de flores y hojas. Me costaba creer lo que veía. Casi mecánicamente entré en la nave, detrás del anciano, erguido y ágil como un muchacho joven. En vez de sentarse en cualquier banco como los demás pasajeros o de aproximarse a las empañadas ventanas para admirar la línea de los rascacielos o el tráfico del Hudson, míster Bang empezó a recorrer las filas de asientos ocupados. Sonrisas y saludos comenzaron a circular bienhechoramente. Primero fue una especie de fluido anímico; después, un oleaje de simpatía y de efusión cordial. Ninguna denegación -de algún pasajero fugaz- detenía a Mr. Bang en su tarea de repartir flores y ramas con frutos verdes y rojizos. Con mano desenguantada y el gran cigarro en la boca, Mr. Bang sonreía al mismo tiempo que se inclinaba, con una peculiar gentileza, para ofrecer una roja dalia, un crisantemo, un ramito de muérdago...

Las mujeres principalmente agradecían el obsequio con palabras más expresivas, con comentarios más vivaces. Algunos hombres se sentían algo confusos y no sabían qué hacer con la ofrenda, con el periódico, con el cigarrillo o con la humeante pipa. Pero casi todos sonreían y aceptaban la flor o la rama.

Una señora prendió en su hombro dos o tres pequeñas flores amarillas, casi doradas. Una negrita corrió hacia su abuela -tal me lo pareció-, llevándole un crisantemo blanco. Un obrero colocó un poco de acebo en su gorra de cuero y piel. El limpiabotas estornudó varias veces, mientras daba brillo a los zapatos de Mr. Bang, pues el viejo, de cuando en cuando, acercaba una flor azul a su alérgica nariz. Grandes carcajadas competían con los estornudos de aquel hombretón que ejecutaba su trabajo de rodillas.

De pronto, Mr. Bang advirtió que un hombre dormía sobre uno de los bancos, se dirigió hacia él y depositó en una de sus manos, dormida pero entreabierta, una ramita de muérdago, entre el índice y el pulgar. Antes de despertar, el leve ramo cayó al suelo. Cuando el hombre se levantó, sus grandes pies aplastaron las delicadas bolitas verdi-blancas. Allí quedaron como un triste recuerdo de una Navidad incumplida o de una Nochevieja incelebrada.

Y Mr. Bang vino a mí, finalmente. Me ofreció un crisantemo de color malva... La emoción del encuentro frente a frente no me permitió observar los detalles de su persona. Sólo su sonrisa -indescriptible-, el gran cigarro de su boca y sus lentes que temblaban al sonreír, es todo lo que pude notar en aquel instante. Pero lo más sorprendente fueron estas palabras pronunciadas por míster Bang con una voz dulce y en un inglés que por primera vez me pareció melódico:

-Esta última flor es para la extranjera.

¿Cómo era posible que el viejo pudiera reconocerme como tal? ¿Qué finísima intuición había en él? ¿Qué poder de adivinación se concentraba en su mente de setenta y siete años? ¿Con qué sensibilidad traspasaba las apariencias y penetraba los silencios? ¿Qué extraña fuerza mágica se irradiaba de él y conmovía?

Y un cúmulo de interrogaciones interiores paralizaron mi lengua. Y no me quedó más defensa que la sonrisa... La misma sonrisa que antes había visto en cada pasajero del «ferry».

Llegó la barca al muelle. El río de la multitud humana entró en la gran ciudad, arrastrando también a Mr. Bang que se perdió en ella.

Yo avancé lentamente en dirección a Wall Street, que queda un poco más abajo de la calle Fulton. Avancé lentamente, llevando en mi mano helada el crisantemo de míster Bang. Si hubiera sido una flor pequeña, lo habría conservado, ya seco, en un libro. Y aun hoy sería evidencia de que el viejo del «ferry» era un hombre real -tan vivo como tú y como yo, lector-, pero intérprete, de una nueva poesía.

(Tulane University of Lusiana, New Orleans. Diciembre, 1952)