Selecciona una palabra y presiona la tecla d para obtener su definición.

El último verso de Antonio Machado

Francisco López Estrada

Yendo a la Universidad de Toulouse, me he detenido en Perpignan y mi amigo Jean Michel Laspéras me ha acercado a Collioure. Visitar la tumba de Machado y de su madre es como cerrar la experiencia poética de la lectura de su obra; es el punto final que un día acabó con el esfuerzo creador, imposible ya el verso siguiente. El poeta había escrito este comienzo de una poesía inacabada:

«Estos días azules y este sol de la infancia».


(Obras, Buenos Aires, Losada, 1964, pág. 658)



Parece que es el último verso de los suyos, y siempre me sorprendió el misterio que desprendía. Su hermano José lo encontró en un pedazo de papel, metido en el bolsillo de un viejo gabán. En un comentario a este verso (Curso en homenaje a A. Machado, Salamanca, Universidad, 1975, págs. 150 y 164), señalé el uso doble del demostrativo de inmediatez y lo comparé con aquel otro, tan sabido, de «Esta luz de Sevilla... es el patio» que el poeta había escrito recordando la casa sevillana en que naciera. En su último esfuerzo poético -toda poesía, hasta este apunte incompleto, lo es-, A. Machado había intuido una clara impresión del pasado volviendo desde el fin al origen en la última rebeldía del tiempo. Juan de Mairena lo había dicho en un apunte de sus lecciones: «Porque ¿cantaría el poeta sin la angustia del tiempo, sin esa fatalidad de que las cosas no sean para nosotros, como para Dios, todas a la par, sino dispuestas en serie y encartuchadas como balas de rifles, para dispararlas una tras otra?» (Obras, ídem, pág. 373). El estampido inicial del este es coincidente en ambos casos, pero en su último verso he querido adivinar ahora, por mi experiencia, que también se pudo mezclar una vivencia análoga a la que he recibido en Collioure. Venía de una España helada por una ola de frío; la nieve me había seguido, terca, desde Madrid y se agarraba tenazmente en las laderas umbrías y coronaba las montañas. Desde Perpignan hasta Collioure hay una carretera que se dirige hacia el mar haciéndose más revuelta a medida que nos acercamos a la costa. Y en un repecho aparece, de pronto, Collioure. Aquel día nos sorprendió un tiempo inesperado, el primer día agradable después de muchos desapacibles. La visita fue primero a la tumba. El cementerio queda en medio del pueblo, recogido entre el cerco urbano, con las casas en torno. Apenas hay transición entre la vida del lugar y el recinto del camposanto. Cuando estábamos ante la tumba del poeta, nos llegaban las voces de los niños y el pausado martilleo de un taller cercano; veces sueltas -francés, catalán rosellonés y español- saltaban por encima de las tapias. El cementerio estaba muy cuidado, limpias las piedras y les caminos; sobre la tumba del poeta, flores, siempre flores -nunca faltan en todo tiempo, nos dijeron. Flores, palabras sueltas, voces de niños..., la tumba del poeta estaba rodeada de un contorno de paz, como si la muerte hubiese concertado con la vida un acuerdo.

Collioure tiene un puerto que es un encanto: la arquitectura rodea un espacio del Mediterráneo que, sumiso, se deja cercar con amor. El viejo faro, convertido en torre de la iglesia, a un lado, y un castillo de origen medieval, remozado, al otro, protegen y cierran las aguas del puerto. En la orilla unas barcas de los pescadores, pintadas de vivos colores, las velas latinas recogidas, descansan en el varadero. Aquella tarde de enero resultaba casi milagrosa en todo, en los azules del mar y del cielo. Por detrás del pueblo, más allá de las llanuras cultivadas, los Pirineos, con el Canigó soberbio, mostraban las grandes nieves iluminadas por un sol en el que se adivinaba un deseo de tibieza.

¿Llegó el poeta a gozar en Collioure de uno de estos días de luz altísima, después de tantas sombras como llevaba en el alma, entre tanto dolor compartido? Su hermano José habla de un paseo hasta las barcas un día que al cabo se tornó hosco, con viento; ya no estaba el poeta para adentrarse por otra primavera. Cuando Machado recordó su casa de Sevilla en una poesía de 1903 (luego reformada para las Soledades) había escrito: «Es una tarde clara casi de primavera...» (Obras, ídem, págs. 61 y 955). ¿Alcanzó alguno de estos días un atisbo -un casi- de primavera en él pueblo marinero, al pie del Canigó, cara al Mediterráneo, al que lo arrojó la furia de la tempestad española? Yo, que he vivido muchos años en Sevilla, aseguro que en enero ya se puede en Collioure adivinar la primavera, y para eso los poetas tienen mejor sentido que los que no lo somos. Entonces el papel arrugado con él verso único no sería sólo la memoria del pasado infantil, sino también la intuición de un presente que duró por desgracia poco -muy poco-, unos días, puede que sólo unas horas, hubiese bastado un instante iluminado como para escribir un solo verso en la inmediatez de la primavera mortal de 1939.

Los datos generales de esta nota proceden de José Luis Cano, Antonio Machado Biografía ilustrada, Barcelona, Destino, 1975; sobre los últimos días del poeta, véanse: Francisco Jerez Gallego, «Invierno: 1959: el último viaje de Antonio Machado», Destino, 22 enero 1972; el libro de Joaquín Gómez Burón, Exilio y muerte de A. Machado, Madrid, Sedmay, 1975, poco afortunado según muestran las observaciones de Jacques Issorel, «Algunas observaciones a un libro sobre A. Machado», Ínsula, 347 (octubre 1975), pág. 15; y los testimonios de Jacques Baills y Juliette Figueres recogidos por Jacques Issorel en «Mort a Colliure (I)» y «Mort a Colliure (II)», en la revista Les Langues neo-latines, 205 (1973), págs. 55-63 y 217 (1976), páginas 28-36.