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El arte de los griegos, Madrid, 1926. Capítulo segundo. También Georg Vinsler, al referirse a la conocida característica de la falta de descripciones de paisaje en la poesía homérica, escribe: «Pero hemos de renunciar a encontrar en él lo que nos complacemos en llamar sentimiento de la naturaleza, la naturaleza en cuanto se opone a la cultura, para Homero, el hombre es el centro de la vida de la naturaleza». La poesía homérica, página 73, Barcelona, 1930.

 

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J. M. Sánchez de Muniain, en su Estética del Paisaje Natural, Madrid, 1945, afirma que para el hombre moderno el paisaje constituye una visión analítica de la naturaleza, en la que ésta se reduce a mero paisaje (una razón más a juicio del citado autor, en favor de su opinión de que el sentimiento de la naturaleza es ajeno a la «entidad paisaje», ajeno a su pura contemplación), páginas 89, 95, 118.En oposición a ello, el hombre clásico veía el paisaje sin separar su apariencia pictórica de la naturaleza, considerada como la totalidad de lo existente (pág. 78). De todo esto el autor concluye que el paisaje es una visión analítica o parcial de la naturaleza, por lo que frente al sentimiento antiguo de lo natural, en el Renacimiento se experimenta: una «pérdida», la del ser natural de las cosas, el sentido de su orden y jerarquía; un «hallazgo», la visión pictórica de las cosas reunidas en una unidad superior y, finalmente una «confusión», consistente en mezclar la contemplación estética con los más variados sentimientos (pág. 124). Por otra parte, cuando Sánchez de Muniain se refiere a la «frialdad» estética de los antiguos, que explica por la separación que aquéllos hacían entre la contemplación estética y el amor, escisión cuyo espíritu se remontaría a una suerte de primaria actitud estoica y al querer constreñirse a una norma de objetividad estética, nos parece que se queda a mitad de camino. Lo mismo le sucede cuando al estudiar los motivos psicológicos y sociales que contribuyeron al «hallazgo» humanístico del paisaje, destaca para ello el nacimiento de los ideales franciscanos. Es decir, desconociendo los motivos que operan las variaciones del sentimiento de lo humano que rigen los desplazamientos de lo íntimo y, en general, de los mecanismos identificatorios y su sentido antropológico, estas grandes conexiones histórico-culturales sólo impresionan como enunciados puramente formales, por estar desprovistas de un factor integrador.

 

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La intensidad del sentimiento de lo íntimo contrapónese, también en Shakespeare, a un paisaje que tiende a lo infinito, con lo que la intimidad lejos de empequeñecerse, se despliega plenamente ante la visión del mundo. Tomando uno, entre mil ejemplos posibles, sólo recordaremos que al representarse la imagen de la muerte, Shakespeare aviva sus tonos describiendo transformaciones que amplían el horizonte de referencias (más allá de cualquier arquetipo religioso relativo al destino del alma después de la muerte): ¡Porque es forzoso que nos detenga el considerar qué sueños pueden sobrevenir en aquel sueño de la muerte, cuando nos huyamos librado del torbellino de la vida!, (Hamlet, acto III, esc. I). O bien el monólogo de Claudio sobre el morir, en Medida por Medida: «...esta inteligencia deliciosa, bañarse en olas de fuego, o residir en alguna región calofriante, de murallas de hielos espesos; estar aprisionado en vientos invisibles y arremolinarse,. con violencia sin tregua, en derredor de un mando suspendido en el espacio...» (acto III, esc. I) Sobre el sentimiento de la naturaleza en Shakespeare -Shakespeare como «paisajista»- y su relación con las características de su expresión dramática, remitimos al lector a la obra del poeta francés Victor de Laprade Le sentiment de la nature chez les modernes, páginas 81 a 86, deuxième édition Paris, Didier, 1870.

 

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Acerca de la expresión fisiognómica en la escultura griega, Víctor de Laprade nos ha dejado excelentes observaciones en su obra Le sentiment de la nature avant le christianisme, págs. 285-7. Paris, deuxième édition. 1866. Especial importancia tiene la relación que establece Laprade entre la serena impasibilidad del rostro y la desnudez de las estatuas.

En la segunda parte de este trabajo, Cap. XI, «El rostro y la figura humana en la plástica americana», nos referiremos a las conexiones existentes entre la expresión fisiognómica y la representación del cuerpo humano.

 

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En las imágenes y descripciones poéticas de Homero, revélase cómo aparece el hombre como naturaleza. Laprade, al estudiar el sentimiento de la naturaleza en la poesía homérica destaca algunos rasgos de ella con notable agudeza (por lo que con razón habla Menéndez y Pelayo, al referirse a esta crítico, de la «multitud de observaciones precisas, luminosas y exactas sobre Homero...», Historia de las ideas estéticas. Introducción al siglo XIX, V). Creemos que se justifica, pues, el que transcribamos algunas de sus observaciones: «Lorsque Homère compare, il vent surtout préciser, déterminer nettement le contour d'un caractère, la portée d'un acte» (Ob. cit., pág. 335); «Les comparaisons et les métaphores homériques ne parlent qu'au yeux et a l'imagination physique; rarement elles entr'ouvrent l'horizon des sens; elles ne laissent pas apercevoir derriére elles le monde infini...» (p. 337). Y en la poesía de los tiempos homéricos acontece que «le paysage s'inmobilise en un bas-relief à vives saillies, mais sans perspective» (p. 323). En fin, en cuanto a las imágenes que emplea Homero, nos dice que como a través de un objeto de la naturaleza debe expresarse un carácter, una cualidad o la acción de un hombre, se da cierta transparencia de la significación, «l'image doit être transparente» (p. 335).

 

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Vida y poesía, págs. 446-450. México, 1945.

 

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J. Wach está en lo cierto cuando desaprueba ciertos juicios relativos a «la muerte» de la religión que se basan en principio, sobre una identificación falsa de la experiencia religiosa con una u otra de sus expresiones históricas» (Op. cit., página 23).

 

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De vita solitaria, Libro primero Cap. XXVI y Libro segundo. Cap. LIII.

 

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Se habla, por ejemplo, del paisaje como «personaje, del personaje de masa». «Así como -escribe Arturo Torres Ríoseco- el paisaje mismo llega a ser el protagonista de las páginas de Rivera, y en menor grado, en las de Gallegos, así el campesino- no como individuo, sino como héroe en masse - es el protagonista de una serie de novelas». Véase de este autor La gran literatura ibero-americana, págs. 210 a 218, Buenos Aires, 1945.

 

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Hombre y mundo en los siglos XVI y XVII páginas 217-218, México. 1944.