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No poder entrar en relación con otro de acuerdo a lo que brota espontáneamente de uno, en cierto modo equivale a un no ser comprendido, a ser tomado por quien no se es; equivale, en fin, a permanecer solitario. En este sentido, Bergson ha analizado cómo el sentimiento de soledad puede ser la fuerza que impulse a un criminal a denunciarse. En efecto, aun cuando aquél consiga ocultar su crimen a los demás, difícilmente soportará el ser objeto de la misma estima. «Se concede todavía la misma estima al hombre que él fuera, al hombre que ya no es; no es, pues, a él, a quien la sociedad se dirige; se dirige a otro. Él, que sabe lo que es, se siente entre los hombres más aislado de lo que estaría en una isla desierta, porque en la soledad llevaría consigo, rodeándole y sosteniéndole, la imagen de la sociedad; pero ahora está desligado lo mismo de la imagen que de la casa. Piensa entonces que se reintegraría a la sociedad si confesase su crimen, se le trataría como merece, pero sería entonces; a él a quien la sociedad se dirigiría. (Las dos fuentes de la moral y de la religión. Capítulo I).
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Cf. las ideas de Keyserling acerca de la soledad, expuestas en el capitulo «Soledad» de su obra Del sufrimiento a la plenitud. Dice, en dicho lugar, que la soledad «representa la puerta de acceso a toda comunidad». Nos limitaremos a advertir que la trama especulativa de la que tal afirmación surge, oriéntase, -como se verá-, en un sentido muy diverso de la concepción aquí sustentada.
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Max Scheler rechaza la idea de que la esfera de la soledad pueda ser absorbida por variaciones históricas, tales como la creciente tendencia a la socialización y la solidaridad. «Lo único que puede acaecer-escribe- en una proporción frecuente son desplazamientos del contenido vivencial que llena esa forma de existencia de la persona», (el subrayado es nuestro). Igualmente exacta nos parece la observación de que el sentimiento de soledad se presenta con su máxima pureza frecuentemente en medio de la sociedad, e incluso en las relaciones de comunidad más íntimas (amistad, matrimonio, familia). (Ética, toma II, Sección sexta. Capítulo segundo.)
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En sus Meditaciones suramericanas, describe Keyserling el sentimiento de amistad como el motivo primordial de nuestras relaciones económicas, políticas, sociales y, sobre todo. personales (ver Meditación novena). Nos parece que tal observación requiere una rectificación fundamental: Keyserling confunde los nexos de amistad que se establecen en virtud de mediatizaciones comunes, con la unión en torno a comunes aspiraciones éticas. Tan sólo a la primera forma, predominante entre nosotros, alcanza realmente la observación de Keyserling.
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Cuando Vossler observa los nuevos impulsos que recibió el sentimiento de soledad, en América, únicamente apunta a un aspecto del problema. En su artículo Soledades en España y en América (Revista Cubana, t. III. Nos 8-9, 1935), se expresa del siguiente modo: «Sin embargo, creo poder afirmar que no sólo el uso de la palabra Soledad, sino también su sentido moral, filosófico y poético recibió nuevos impulsos en América. Allí la Soledad religiosa, ascética y quietista llegó a aprender actitudes más activas, la Saudade subjetiva sentimental y cansada se hizo más objetiva, sobria y concreta, el ocio contemplativo, epicúreo y soberbio de los humanistas europeos se hizo más modesto y trabajoso, y las preciosas, sutiles, culteranas y artificiales Soledades gongorinas allí adquirieron las nuevas y frescas energías de Robinson. Allí se preparó con nuevo concepto lo que nosotros los alemanes llamamos: der Eisambkeitsbegrisffder Aufklärung.» Como se verá, Vossler destaca el aspecto puramente formal de los nuevos impulsos, y parece desconocer la soledad motivada por la necesidad de prójimo que constituye, cabalmente, lo típico de nuestra experiencia de la soledad.
Miguel de Unamuno, por otra parte, en su hermoso ensayo Soledad, ha desarrollado la idea de su valor formador, ya que la juzga como la gran escuela de sociabilidad». Pues, según Unamuno, los grandes solitarios son los que más han influido en la vida de los hombres. «Y ello es natural -dice-, porque el solitario lleva una sociedad dentro de sí: el solitario es legión. Y de aquí deriva su sociedad.»
Pero, sobre todo, importanos señalar las referencias de Unamuno a la soledad considerada como experiencia del prójimo, ya que lo peculiar de la soledad americana se manifiesta en un desajuste de convivencia, en el aislamiento por necesidad de prójimo. Hecho que representa, sin duda, la agudización de un fenómeno que, como humano, es universal, pero que en América se revela a través de un sentido histórico particular. Así, Unamuno declara que es su amor a la muchedumbre lo que le lleva, justamente a huir de ella. Y, por este camino, nos indica de cómo sólo existe una mera apariencia de aislamiento en la soledad, dado que ésta puede ocultar una fina sensibilidad para percibir la presencia de lo humano. En consecuencia, nos dirá que los «hombres sólo se sienten de veras hermanos cuando se oyen unos a otros en el silencio de las cosas a través de la soledad». Más aún: «En la soledad, y sólo en la soledad, puedes conocerte a ti mismo como prójimo; y mientras no te conozcas a ti como prójimo, no podrás llegar a ver en tus prójimos otros yos. Si quieres aprender a amar, a los otros, recógete en ti mismo.»
Por eso, rechazando de su lado las falaces apariencias, Unamuno piensa que «la soledad nos une tanto cuanto la sociedad nos separa». De ahí su menosprecio por toda clase de masificación social. De un modo luminoso nos señala el engaño que encierra la falsa sociabilidad: «Se busca la sociedad no más que para huirse cada cual de sí mismo, y así, huyendo cada uno de sí, no se juntan y conversan sino sombras vanas, miserables espectros de hombres». Finalmente, para Unamuno, resulta ser huida de sí mismo lo que lleva al individuo a justificar su conducta, a tratar da explicarla a uno mismo o a los demás. «Es también esta miserable vida social en que nos juntamos para huir cada uno de sí mismo lo que nos hace buscar fuera de nosotros mismos, en una norma social y colectiva, el fundamento de nuestras buenas acciones.»
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Cosmos, tomo II, Madrid, 1874, páginas 4 y 62.
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Historia de la Cultura Griega, tomo I, pág. 54, Madrid, 1935.
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Esta caracterización del sentimiento de la naturaleza en el americano, en nada se aproxima al sentido de ese «estado de ánimo» que Dilthey considera como propio de la actitud mental que subyace a lo que denomina «idealismo objetivo». Ya el solo hecho de que en nuestra investigación introduzcamos como una constante anímica la experiencia primordial del prójimo, como una constante que matiza de un modo peculiar todas las conexiones de sentido psicohistóricas, limita a lo puramente formal cualquier parecido con aquél «temple de ánimo». Por otra parte, el sentimiento de una cualitativa desarmonía entendido en el sentido de las relaciones afectivo-espirituales del americano con su mundo, tampoco resulta ser lo opuesto a esa «simpatía con el cosmos» en la que se experimenta «nuestra afinidad con todos los fenómenos de lo real, se aumenta la alegría de la vida y crece la conciencia de la propia fuerza». Repárese, justamente, en el hecho de que Dilthey señala un «sentimiento trágico de las contradicciones de la existencias como etapa previa a la vivencia de una «conexión universal del mundo y la existencia», característica del idealismo objetivo. En fin, adviértase, además, que Dilthey, al describir dicha actitud mental tiene presente antes una concepción del mundo ubicable en la historia de la filosofía, que una experiencia colectiva popular, cotidiana.
Del mismo modo, quede dicho, también que las relaciones que Lipps establece entre el sentimiento de la naturaleza y la alegría, la plenitud la fuerza, la armonía o libertad interiores, tampoco tocan nuestro punto de vista. Su idea de la «humanización» de la naturaleza deriva de los conceptos de «proyección sentimental», de «sentimiento de actividad». conceptos a los que un abismo separa de lo que nosotros designamos como «sentimiento de lo humano».
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Al exponer, en la Parte Tercera de este trabajo, la antropología de las relaciones interhumanas ahondaremos en la significación de conceptos tales como experiencia de lo humano, determinación de convivencia, necesidad de prójimo, desplazamiento de las motivaciones, voluntad de identificación, etc.
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Ob. cit., pág. 8. -Sólo en el «hombre helenista», como lo advirtió agudamente Burckhardt se desarrolla el «sentir paisajista de la Naturaleza». Burckhardt encuentra lo nuevo en cambios en las relaciones entre los sexos. Aparecen entonces la «galantería» y la «coquetería». De este modo, piensa que el naciente sentimiento de la naturaleza está en relación natural con las tendencias de la época hacia lo sentimental y lo melancólico...» (Historia de la Cultura Griega, Barcelona, 1947, tomo V, págs. 443 y 447).