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La «vivencia del acontecer inevitable» caracteriza, a juicio de H. F. Hoffman, al estrato anímico de los impulsos, Teoría de los estratos psíquicos (Nuevas orientaciones en psicopatología y psiquiatría clínica), pág. 28, Madrid. 1946.
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Algunos aspectos de la vida anímica del americano aquí descritos, podrían asimilarse a ciertas características propias del desenvolvimiento espiritual del adolescente. Ello es posible, en particular, por lo que respecta a la fuga e inestabilidad íntimas. Eduardo Spranger, por ejemplo, observa en el adolescente el antagonismo propio del movimiento interior, que se manifiesta como una tendencia «a huir de uno mismo y, en parte, a encontrarse uno mismo». Del mismo modo, William Stern, repara en el caos interior del adolescente, en su ser «fraccionado» e «inconexo». Además, para Stern existiría una indeterminación del curso temporal de la vida del joven la que se revelaría como imprevisibilidad y discontinuidad del desarrollo...»; a un estado de ánimo prometeico, obstinado sigue otro de blandura y debilidad.» Frente a tal asimilación, diremos que no resulta ilegítimo imaginar que expresiones y maneras espirituales propias de una etapa juvenil se desenvuelvan plenamente en la vida de una comunidad. Pues, en rigor, ciertas formas americanas del sentimiento de lo humano y de la experiencia de lo íntimo, en cuanto por su naturaleza misma suponen nuevas experiencias de sí mismo y del prójimo, al manifestarse como ideales de vida históricamente dados, pueden seguir un desenvolvimiento que reproduzca formalmente los movimientos anímicos característicos de la edad adolescente del hombre.
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Casi en los mismos términos, es curioso, describe Keyserling esta característica de la pesadumbre americana: «La tristeza suramericana no tiene nada de trágica, es dolor flotante, conforme a la pura pasividad de la vida primordial». Pero, ocurre que al contemplar la caída de un rayo puede pensarse en un mero fenómeno meteórico, eléctrico, o ver en él la expresión de ira divina. Y claro está que entonces tal divergencia no atañe sólo a la interpretación, sino que influye en la imagen misma del fenómeno. Por eso, teniendo presenta la mítica psicológica de que se sirve Keyserling, y a pesar de la coincidencia anotada tocante a algunas denominaciones, ni siquiera nos parece existir real similitud en los rasgos puramente descriptivos de la tristeza, tal como Keyserling los bosqueja y como nosotros los vemos. Recuérdese, por ejemplo. que en ella descubre el estado de ánimo de los hombres dotados de alma, «pero de intelecto primitivo»; o bien lo que dice del ensimismamiento, que representa el egoísmo del sudamericano, ya que a su juicio aún no puede ser egoísta por el insuficiente desarrollo de su yo. Así, con frecuencia, la profundidad de sus intuiciones acerca de la vida en este continente resulta anulada, entre otros motivos, por su mitología de los estratos psíquicos.
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Véase el tomo IV de El Espectador, Madrid, 1928.
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Naturalmente, esa nota no agota el significado de la índole propia de lo trágico, ni cabe hacer aquí, por otra parte, una digresión acerca del monólogo. En este lugar, el monólogo sólo nos interesa en la medida en que señala la presencia de una actitud específica de interiorización, desenvolviéndose simultáneamente con el acto de aprehender la singularidad del instante vivido. Vossler distingue la función mímica y la función dramática del monólogo. En el primer caso, observa su carencia de motivaciones psicológicas, lo cual se manifiesta, por ejemplo, en el teatro español del siglo XVII; en cambio, sólo en el segundo caso se despliega una verdadera tensión interior (véase La soledad en la poesía española, págs. 117, Madrid, 1941. y Lope de Vega y su tiempo, págs. 250-254. Madrid, 1940). Así, pues, el monólogo no siempre revela íntima lucha desenvolviéndose como proceso de creciente interiorización. Por otra parte, ahora no podemos referirnos a las cuestiones que se plantean cuando -como acontece en Ulises de Joyce- el soliloquio mismo es elevado a motivo poético, concebido como objeta único de poetizar. En mi artículo Ulises, o el demonio del monólogo, aparecido en la revista «Antártica» Nos 23-24, Noviembre-Diciembre de 1946, he procurado analizar las consecuencias estético-literarias que engendra el desarrollo de dicha tendencia en la fantasía poética de Joyce.
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El hombre como método, págs. 171-172, San Francisco de California, 1939.
207
Al tratar del problema argentino de la lengua, y refiriéndose particularmente al «porteño-masa», afirma Amado Alonso: «Pero aquí hay un millón de personas que no se encaran nunca con la singularidad de su estado de ánimo, sino que éste queda orientado y conformado por fórmulas circulantes. Esas personas, cuando oyen el «me parece que me van a subir el sueldo», reaccionan con un ¡subirían! (o ¡subiriólan!, como se dice con torsión barroca)». Aun cuando no se le oculta lo efímero y universal de tales idiomatismos, Alonso ve su peculiaridad en el hecho de no ser tan fugaces como en otras grandes ciudades, o en el hecho de que si desaparecen son substituídos por otros.
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Sociología, págs. 43 a 56. Madrid, 1926; véase también la parte VII de dicha obra, que trata de la negatividad propia de ciertas formas de conducta colectiva. Recuérdese, además, las críticas que formulamos en la Introducción a los conceptos de comunidad y sociedad, concebidos por Tönnies como las dos formas fundamentales de la vida social. Téngase presente, igualmente, las objeciones opuestas a la doctrina del «espacio social» de L. v. Wiese, según la cual todas las relaciones interhumanas pueden comprenderse como procesos de aproximación o alejamiento entre los individuos. Del mismo modo, ya hicimos notar en ese lugar que, aun cuando L. v. Wiese considera fundamental para la sociología realista sistemática «el conocimiento de las relaciones interhumanas», de «la conducta adoptada por los hombres frente a los hombres, no describe tales vínculos partiendo desde la esfera de hechos que señala la experiencia primordial del prójimo, la que condiciona el sentimiento de lo humano. Es decir, su investigación formal, relativa el mayor o menor grado de distancia, existente entre los seres humanos, no alcanza a la esfera propia de la dialéctica de la vivencia de lo singular y au significado antropológico-cultural.
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Acerca de la limitada validez, relativa a ciertos grupos, o a la estructura psicológica de las masas, de las distintas teorías que tratan del origen del saber del yo ajeno, véase la obra de Max Scheler Esencia y forma de la simpatía, pág. 310, Buenos Aires, 1942.
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El gaucho Pablo Luna representa, en cierto modo, una anticipación de Don Segundo Sombra o de Cantaclaro. El tránsito literario de un tipo a otro, parece señalarse por la creciente estilización y mesura de los caracteres descritos. En este sentido, Pedro Henríquez Ureña ha observado el contraste existente entre el impetuoso, activo y violento Martín Fierro, y el tranquilo, silencioso o inactivo Don Segundo Sombra.