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Ruta cultural del Perú, página 61, México, 1945. Desde un punto de vista general, ya se ha observado cómo lo importante es la actitud de los pueblos ante los distintos influjos provenientes del mundo exterior. Con toda razón dice Gumbel que «hay que rechazar, decididamente, esos ensayos bien intencionados y diletantes que pretenden penetrar en forma adivinatoria en la esencia de un paisaje y que se entusiasman hablando de «alma» del paisaje y de la armonía de ciertas poblaciones con la «esencia» de su paisaje» (Op. cit., página 67). Al referirnos a los araucanos trataremos de la idea de «transculturación» y precisaremos en qué sentido nos parece que es legítimo hablar de supervivencia o renacimiento de otras formas culturales, ya que una de estas posibilidades se ha planteado y se plantea entorno al renacimiento de la milenaria disposición telúrica propia del imperio incaico, capaz de incorporar casi religiosamente al hombre a la tierra. Así, por lo que respecta al plano de la acción económica piénsase, por ejemplo, que «la obra de ésta y las siguientes generaciones se orientara en el sentido de un reajuste: tendremos tan presentes la técnica y la ciencia occidental, como la vieja estructura económica de los incas» (Valcárcel).
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Radiografía de la Pampa.
En este lugar juzgamos de interés llamar la atención acerca del hecho de que el poema La Araucana carece de un profundo sentimiento de la naturaleza. Reprocha Humboldt a Cervantes el elogio que dedica a Ercilla al pasar revista a la biblioteca de Don Quijote. «Nada hace suponer en toda la epopeya La Araucana -dice-, que el poeta haya observado de cerca la naturaleza.» En general, sus descripciones le parecen a Humboldt faltas de todo sentimiento de la naturaleza y, aunque se respire en ella un hondo sentimiento nacional y espíritu de libertad, «la dicción de Ercilla es monótona, sobrecargada de nombres propios y sin ninguna huella de entusiasmo poético», (Cosmos, tomo II, Primera Parte, Cap. I y nota 96). No obstante, ejerció influjo en el chileno, claro está que, particularmente, sobre su ideal del hombre, como tendremos ocasión de verlo más adelante.
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El perfil del hombre y la cultura en México, págs 36, 41 y ss., México, 1938.
94
Los Mayas, Barcelona, 1937. Naturalmente, en este trabajo no podemos entrar en el estudio de las formas del arte maya y su sentido.
95
Véase el volumen Literatura indígena moderna, págs. 30 y ss., México. 1942. Acerca de la actitud meditabunda del indio y de la poesía indígena de Andrés Henestrosa, véase también, en la obra de Luis Cardoza y Aragón Apolo y Coatlicue, el ensayo sobre «Los hombres que dispersó la danzas», págs. 13, 29, 33 y 35. México. 1944.
96
Tercera Parte, México 1947, edición de Adrián Recinos, Cap. IX, pág. 212.
Recordemos que Max Müller, aunque se encuentra lejos de negar la posibilidad del influjo de lo occidental en las historias de los quichés afirma, no obstante, en su Historia de las religiones: «El manuscrito quiché ofrece ciertas analogías con el Antiguo Testamento, que son realmente extraordinarias. Sin embargo, aun admitiendo una influencia cristiana, quedan todavía en esas tradiciones muchas cosas que difieren hasta tal punto de todo lo que vemos en las otras literaturas nacionales, que no nos exponemos a equivocarnos al considerarlas como producto verdadero del suelo intelectual de América».
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La civilización maya; véase para lo que sigue, páginas 46, 47, 48, 52 y 215. México, 1947.
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Típico ejemplo de la manera pasiva de interpretar la formación del sentimiento de la naturaleza, es el modo como lo hace Laprade al referirse a la India: «Dans l'Orient primitif, l'incommensurable, l'infini entourent de tous côtés l'homme et l'écrassent. La lutte est inutile; plongée dans une inmobile résignation, l'ame ne peut faire autre chose que se laisser paisiblement absorber dans cet infini par les canaux épuisants de la contemplation et de l'extase» (Op. cit., pág. 257).
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Aun cuando Scheler piense que a quien desconoce la unificación afectiva entre los seres humanos le estará cerrado el acceso a la natura naturans, parece limitar excesivamente la significación del panteísmo en su obra De lo eterno en el hombre. En efecto, por atender al aspecto de la «falsedad» de todo panteísmo, se le escapa su significación como experiencia formadora del hombre. Y a pesar de distinguir entre un panteísmo noble (acosmismo) y otro vulgar (ateísmo), deja sin explicación las distintas formas históricas de su manifestarse y, sobre todo, cierto tipo de panteísmo infuso en la vida social y en las relaciones interhumanas.
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América Hispana, págs. 153-154, Madrid, 1932.