—67→
Los reclutas, en cueros, están formados en una cancha ubicada en el centro del cuartel. A los costados se ven largos edificios con aleros. Al fondo hay un espacioso cobertizo de techo de paja, horcones y vigas de palmera. Detrás se extiende una arboleda hasta una empalizada.
A cargo de la formación se encuentra un cabo, que en vez de rebenque esgrime un largo arreador de cuero trenzado que acaba en una lengüetilla de tiento. Observan desde el cobertizo un oficial, en una silla, y varios soldados, cada cual con su fusil, sentados en un banco. Departen amigablemente al parecer.
Sentado en una mesa, un escribiente. A su izquierda, de pie, un individuo de baja estatura, aludo sombrero caranday, camisa suelta y calzoncillos de lienzo atados en las pantorrillas de sus pies descalzos. Y otro cabo con el consabido chicote.
El escribiente dice un nombre, lo repite el cabo ayudante. Un recluta sale corriendo de la fila y va a cuadrarse ante el ensombrerado petiso. Éste lo examina, le hace correr alrededor de la cancha, lo examina otra vez y el muchacho va a reunirse bajo la arboleda con otros que han pasado el examen médico.
La tediosa ceremonia ya dura varias horas.
Inocencio sentía sed y ganas de orinar, pero se mantenía firme y callado, atento a que lo llamaran para no correr la suerte de los distraídos. Pero, justo en el momento en que disimuladamente se rascaba la cabeza, que se le había llenado de piojos, gritaron su nombre y él no oyó.
-¡Inocencio Ayala se dijo! -rugió el cabo de la formación-, ¿se durmió o qué ese tilingo?
Salió corriendo de la fila. La punta del arreador le alcanzó en una nalga haciéndole pegar un brinco en el aire. Los soldados de la guardia y los reclutas rieron a carcajadas.
El médico tenía cara de no haber reído nunca. Parecía un mono viejo. El cabo ayudante mostró a Inocencio una escupidera de barro que había sobre un tronquito, y le ordenó:
-¡Mea allí dentro!
Inocencio lo intentó, pero se le habían ido las ganas.
-¡Que mees te he dicho! -tronó el cabo, dándole un chicotazo.
Salió un chorro poderoso.
El médico observaba líquido y surtidor. Se inclinó sobre el bacín, revolvió el pis con un palito, levantó éste, lo hizo gotear, lo probó con la punta de la lengua, escupió y le dijo al recluta que derramase el orín en un pocito que había —68→ afuera y volviese a poner la escupidera en su lugar. Luego le hizo sacar la lengua, le miró el blanco de los ojos, le pellizcó una mejilla, le observó las uñas, le estiró el pene, le apretó los testículos. El cabo ayudante le ordenó que corriera alrededor de la cancha, dándole como estímulo un chicotazo en el anca. De vuelta de la estampida se cuadró jadeando frente al facultativo, que le apoyó en el pecho su pequeña mano ganchuda, la dejó allí un momento y lo declaró apto para el servicio militar.
Sólo encontró un inútil, que se quedó abrumado por la humillación. «Ni ndohói cuartelpe; ni se ha ido al cuartel», era un estigma que ningún varón quería cargar por el resto de su vida.
Bajo la arboleda había ollas de locro y de mandiocas, arrimadas a un fogón. Los reclutas comían a discreción, turnándose en el uso de unas cucharas de lata que les prestó el ranchero.
El examen médico terminó a mediodía, pero los reclutas no volvieron a la cuadra. Desnudos como estaban los dejaron haraganear hasta pasada la siesta. Entonces reaparecieron los cabos con sus chicotes. Se abrió el portón del fondo. Al salir se encontraron de repente con el gran río Paraguay, el fabuloso Yparagua'y de la historia y la leyenda. Inocencio lo veía por primera vez. Impresionado, se detuvo a contemplarlo. Un chicotazo lo sacó de su ensimismamiento. Al llegar a la orilla tuvo miedo de meterse en el agua. Saltó a ella al sentir en las nalgas la punta de un arreador. A otros reclutas los cabos tuvieron que tomarlos del cuello y meterlos a la fuerza. Mujeres que estaban lavando la ropa y una multitud de chiquillos que nadaban como peces se reían de aquella tropa de cordilleranos inútiles que le tenían miedo al agua. Poco después estaban todos chapoteando felices.
Al día siguiente se embarcaron enracimados en un vaporcito, que a Inocencio se le antojó enorme. La sirena les dio un susto. Enseguida estalló una gozosa gritería. El barco salió al canal y navegó a toda máquina aguas abajo echando humo por la chimenea. Dejaron atrás las barrancas de Angostura. Volaban sobre ellos ruidosas bandadas de loritos. Se veían en las riberas multitud de garzas blancas, carpinchos, yacarés, monos encaramados en las ramas de los árboles. Se cruzaban con veloces cachibeos tripulados por atléticos payaguá que remaban de pie con palas puntiagudas y filosas. Al crepúsculo, nubes anaranjadas se reflejaban en aguas azul moradas. Duendes multicolores brincaban en la estela del barco. No durmieron esa noche. Alumbraba la luna el mundo mágico al que se habían introducido. Al amanecer divisaron los parapetos de las baterías y la negra boca de los cañones de la fortaleza de Humaitá, bastión y orgullo de los paraguayos, que Melitón Ayala había construido junto con los padres de este contingente de jóvenes reclutas que acudía a guarnecerla.
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Inocencio pasó satisfactoriamente la dura etapa de recluta. Los veteranos le contaron que, cuando un año atrás, los cambá aparecieron con una cantidad de cañoneras, al divisar las baterías de Humaitá se les acabó el coraje, como suele suceder a los macacos fanfarrones. El coludo almirante Ferreira de Oliveira fue llevado a remolque hasta la capital, como un buey de la coyunta.
Inocencio los espiaba lleno de curiosidad cuando pasaban en sus vapores de ida o de vuelta del lejano Mato Grosso. Cada vez que estaba de imaginaria en un mangrullo, le rogaba al Señor San Francisco que le hiciera el milagrito de traer a los cambá en son de guerra y permitirle el gustazo de matar unos cuantos de esos bichos.
Sin embargo las cosas parecían haberse arreglado. A medida que llegaban contingentes de reclutas salían de baja conscriptos que habían cumplido con exceso el tiempo de servicio. Los reservistas movilizados ante la amenaza de conflicto armado, hacía rato habían regresado a sus valles. Las actividades de la fortaleza se adecuaban a los tiempos de paz.
La disciplina, regida por la ordenanza española, era feroz en los papeles. En la práctica se hallaba atemperada por la buena índole de gente sobria y tranquila que, al menos en su mayoría, no conocía la servidumbre y estaba habituada a la igualdad. Las relaciones patriarcales se extendían al ejército. Los soldados decían «padre» al superior y éste trataba de «hijo» al subordinado. No existían diferencias de casta entre oficiales y tropas, ni mucha diferencia en los sueldos, que se pagaban puntualmente. Órdenes generales reglamentan el trato que debían darse unos a otros:
«...El superior no usará jamás con el subordinado de expresiones desmedidas o actos inurbanos. El subalterno que hubiere recibido vejaciones de su superior podrá hacer reclamaciones, pero jamás se creerá autorizado para cambiar con éste las injurias o contumelias que hubiere padecido... La reputación de algunos oficiales padece en el concepto de personas envidiosas e injustas, muchas veces por la puntualidad en el ejercicio de sus funciones, así que es preciso averiguar las causas para juzgar. El superior debe cuidar como padre la conducta de los militares, socorriendo la poca experiencia de ellos con amorosos consejos, y mostrarse interesado en su conversación... No ha de hacerse árbitro en todo, con desconsiderada altivez, excediéndose en la cólera y la demasía... el superior pierde afecto y estimación queriendo buscar el favor de todos con la demasiada fácil indulgencia con las muchas burlas, con —70→ permitir que un subalterno cualquiera se aproveche excesivamente de su confianza y domine su voluntad».
Éstas y otras instrucciones, firmadas por el general López, eran leídas y explicadas una y otra vez a los soldados. Se cumplían al pie de la letra. Un capitán fue degradado a clase de sargento porque la emprendió a cintarazos con unos reclutas que no le dejaban dormir la siesta con el barullo que hacían en el patio del cuartel.
Los cuarteles de Humaitá eran espaciosos, aireados y limpios. Huertas y sembradíos, plantaciones de frutales. Numerosos talleres entre los que se contaban talabarterías, zapaterías, sastrerías, carpinterías, herrerías, imprenta, aserradero y muchos más en los que trabajaban los soldados el tiempo que no dedicaban a la instrucción y a las guardias de rutina, ganando con ello sus buenos adicionales. Los que no sabían leer ni escribir, o lo hacían deficientemente, asistían a la escuela elemental. Había otras de mayor nivel. Todos se mantenían al tanto de la política interna e internacional del gobierno mediante la lectura sistemática de «El Semanario» en todos los cuerpos. Estas cosas causaban asombro a los extranjeros, pero a Inocencio le parecían muy naturales. Abrió caminos, desecó esteros, cultivó para bastimentos, aserró madera, labró vigas a la azuela, pisó adobes, horneó ladrillos. Como el hogar paraguayo, el ejército se bastaba a sí mismo.
Restaba tiempo para diversiones. Se permitía a los soldados salir de cacería llevando su fusil. De este modo se convertían en excelentes tiradores, hábiles en el acecho y buenos conocedores del terreno. Todas las semanas había bailes amenizados por bandas militares y músicos aficionados. En Humaitá había un poblado en el que habitaban, principalmente, las familias de los militares de la guarnición.
Los días francos Inocencio solía ir a caseríos ubicados en los alrededores de la fortaleza, o subía en barco hasta la villa del Pilar, donde en ocasiones se armaban grescas con los integrantes del «cuerpo privilegiado de la marina», que ganaban doble sueldo, calzaban zapatones y meaban por el bolsillo porque el pantalón marinero no tiene bragueta. Tales disturbios no eran posibles en Humaitá, pero si ocurrían fuera de sus límites los jefes hacían la vista gorda y sólo querían saber quiénes ganaron la pelea.
La presencia del general López redoblaba el trabajo, porque siempre encontraba nuevas cosas para mandar hacer. Inspeccionaba personalmente, deteniéndose a conversar con los soldados. Escuchaba atentamente sugerencias y opiniones, aceptando algunas y rechazando otras. Conocía nombre y marcante de la mayoría de ellos. A Inocencio le decía Santo-pucú, el Santo Largo, por su estatura y su semblante apacible.
—71→Con los oficiales en cambio era extremadamente severo y exigente, pero muy rara vez les imponía castigos.
Aumentaban también las diversiones. Entonces el general bromeaba con llaneza. Bailaba la galopa y el cielito. Los vicios suboficiciales contaban que hubo tiempos en que el Mitä-morotí, el Muchacho Blanco, como llamaban a Pancho López, tocaba la guitarra y cantaba «tristes» que él mismo componía. Los soldados lo amaban y lo creían un camarada digno de confianza, que no les podía fallar. Tal vez por eso mismo no le adulaban ni lo nombraban en sus coplas.
La vida de soldado transcurría sin sobresaltos y bastante agradablemente para Inocencio Ayala. Muy atrás habían quedado los zurriagazos de los cabos y los gritos y patadas de los alféreces instructores. Ahora ellos, lo mismo que los jefes y oficiales, incluyendo al general López, lo conocían y estimaban. No había ascendido porque, en opinión de sus superiores, aunque era buen soldado carecía de don de mando. Se cuidó muy bien de revelar la formación recibida en la escuela, como paje del padre Maíz y como candidato a cura, no fuera que se les ocurriese convertirlo en escribiente o algo por el estilo. Se sentía a gusto como estaba. Su único deseo era regresar a su casa lo antes posible. Como todo estaba tranquilo, esperaba que tal cosa ocurriese muy pronto, pues estaba por cumplir tres años se servicio.
Se supo entonces que venía por la mar una formidable flota norteamericana para vengar el cañonazo que el fuerte Itapirú disparó contra la cañonera «Water Wisch». Hubo aprestos de defensa, acudieron reservistas, pero el viejo López llegó una vez más a un arreglo honorable y les privó del placer de mandar a pique a los intrusos. Apenas se fueron los gringlos, el estado de guerra entre la Confederación y Buenos Aires los obligó a mantenerse en estado de alerta. No acabó el general López de componer a las dos partes cuando empezó el conflicto con los ingleses. Terminado este pleito, llegó el momento de inaugurar la nueva iglesia de Humaitá, en cuya construcción Inocencio había participado. Esperaba que después de la ceremonia lo licenciaran finalmente.
A las diez de la mañana del 28 de diciembre de 1860 atracaron en Humaitá la cañonera «Tacuarí» y el vapor «Río Blanco» empavesados de gala. Aguardaban en tierra formaciones de marinería, infantería, artillería y caballería; los coraceros del «Aca-carayá» y los dragones del «Acá-verá», luciendo vistosos uniformes de parada. Detrás de ellos, la multitud en trajes multicolores.
—72→Retumbaron salvas de artillería. Vibraron los acordes de bandas militares. Inocencio olvidó la tortura de sus flamantes zapatones, el plantón de dos horas, el calor infernal soportado en casaca de bayeta: por la planchada descendía un anciano obeso, de corta estatura. Se adelantaron a recibirlo el general López y su plana mayor. La multitud prorrumpió en vítores. Era el Presidente de la República don Carlos Antonio López. Bajaron detrás de él centenares de caballeros de punta en blanco, y de damas con vestidos deslumbrantes y joyas que titilaban en el relumbrón de un sol de fuego. El Presidente fue ayudado a subir a un carruaje que partió inmediatamente hacia el Cuartel General.
Las tropas rompieron filas y acudieron a los lugares donde se había dispuesto, bajo toldos y enramadas, para ellas y para quienes quisieran acompañarlas, refrescos y golosinas en divina abundancia. Hacia mediodía fueron llegando otros vapores en los que venía una colorida multitud de gente del pueblo. No le tocó a Inocencio participar en las demostraciones militares que se realizaron al caer la tarde. De noche hubo baile, en el que se mezclaron en gozosa algarabía todas las clases sociales.
Al otro día revistó don Carlos en carruaje la formación militar, para luego presenciar un ensayo general de desfile. El sol calcinaba la planicie. El Presidente tuvo que retirarse antes de que terminara el acto, debido al calor excesivo.
El 31 las bandas de músicos recorrieron en todas direcciones interpretando alegres aires. Los visitantes paseaban en grupos, en compañía de oficiales y soldados de la guarnición, la mayor parte de la cual tenía el día franco. Inocencio vio al presbítero Fidel Maíz, tan apuesto como siempre, haciendo de guía a unas hermosas damas. Confiadamente se acercó a saludarlo. El sacerdote tardó en reconocer al que fuera su paje.
-¿Inocencio Ayala? -repitió, frunciendo el ceño; enseguida exclamó sonriendo con distraída cordialidad-. ¡Claro pues!, ¿qué tal, mi amigo? Así que eres soldado, ¡te felicito!
Hizo un ademán de despedida y continuó su paseo. Inocencio sintió que había perdido algo entrañable.
Por la noche continuaron los bailes, matizados con números de danza a cargo de los más afamados bailarines de la guarnición. Don Carlos asistió durante una hora. Se lo veía fatigado y enfermo, pero satisfecho como un padre que contempla con comprensiva nostalgia la alegría de sus hijos, que sabe efímera y definitivamente perdida para él. El general López se mezcló con la gente; bailó eligiendo pareja entre hermosas damas y lindas mozas descalzas, pero ningún mozo descalzo sacó a bailar a ninguna hermosa dama. Brillaban como adorno innumerables faroles en la noche clara. Había cántaros de guaripola y clericó enfriados con hielo traído de Corrientes. Los pocos que —73→ bebieron de más fueron discretamente retirados por sus compañeros.
En las primeras horas del 1º de enero arribó un barco que traía al gobernador de Corrientes. Inocencio no pudo ver de cerca la solemne bendición del templo, consagrado por decisión del ejército a San Carlos Borromeo. Esa noche, después de presenciar el maravilloso despliegue de fuegos artificiales que estallaban en el cielo y se reflejaban en el río, tuvo que recogerse en el cuartel para prepararse para el desfile del día siguiente. Su batallón fue destinado a acordonar la pista. Contempló desde primera fila el paso de 12.000 hombres de todas las armas. No podía saber que era aquella la parada militar más brillante realizada hasta entonces en América del Sur, ni adivinar que sería la última que se realizaría en el Paraguay con tal magnificencia en los próximos cien años.
Una vez que se hubieron marchado los huéspedes, Inocencio devolvió prolijamente lavados, planchados y lustrados las prendas y zapatones que usó durante los festejos.
Se esperaba que los conscriptos con más de tres años de servicio serían dados de baja. No pudo ser porque en la Argentina de nuevo había estallado un conflicto entre Buenos Aires y las provincias interiores. Se habló de marchar en apoyo de los federales, pero don Carlos dio largas al asunto, y cuando éstos fueron vencidos por los porteños en la batalla de Pavón, atribuyeron la derrota a la ausencia de los paraguayos. «El Semanario» rechazó la acusación, dudando de que el soldado paraguayo pudiera pelear bien «cuando hubiese sabido que no iba a derramar su sangre por su patria, sino a hacer el triste papel de un auxiliar a causa ajena, y por consiguiente a presentarse en una lucha extraña bajo la condición de un mercenario».
En Humaitá se sabía que el viejo López detestaba la guerra, y que solía decir que no cambiaría toda la gloria militar del mundo por la sangre de uno solo de sus conciudadanos.
Por aquella época ocurrió un hecho sin precedentes, que impresionó a Inocencio más de lo que él mismo comprendió en su momento. Uno de los seis únicos desertores de la historia del ejército paraguayo reorganizado por López, que había escapado al extranjero diez años atrás, vencido por la nostalgia cometió la temeridad de regresar a su valle. Apresado y remitido a Humaitá, en sumario proceso fue condenado a muerte.
Inocencio se salvó de formar parte del pelotón de fusilamiento, pero no de presenciar de cerca la ejecución, que se realizó ante todos los cuerpos formados en cuadro y el comando presidido por el general López.
El condenado era un individuo alto, vigoroso, de pómulos salientes, enmarañada melena y grandes bigotes grises. No aceptó que le vendaran los ojos. Paseó a su alrededor una mirada altiva y dijo en voz clara y alta:
—74→-He visto mucho del mundo, sólo me falta ver el rostro de la muerte.
Se tambaleó al recibir la descarga. Se enderezó unos instantes, levantó la cabeza. De sus ojos muy abiertos se fue yendo la vida. Luego se desplomó.
Unas mujeres pidieron permiso para velar el cuerpo de un cristiano. Les fue concedido, siempre que lo hicieran fuera de Humaitá.
Muchos soldados asistieron al velorio, que se realizó en un ranchito de extramuros. Hasta entonces ninguno de aquellos guerreros había visto matar a un hombre. Permanecieron silenciosos, sumidos en su estupor.
Desde aquel día Inocencio se conformó menos con la vida de soldado. No es que considerase injusta la ejecución del desertor. Le perturbaba una inquietud que no cabía en el perímetro de la fortaleza. ¿Qué tanto ha visto un hombre al que sólo le falta el rostro de la muerte?
Inocencio recibía de vez en cuando cartas de su madre. Todas decían lo mismo: «Espero que la presente lo encuentre bien de salud, y me complazco en hacerle saber a usted que nuestro humilde hogar sigue colmado por las bendiciones de Dios Todopoderoso, de la Santísima Virgen y de los Santos Tutelares que usted bien conoce y que sería ocioso enumerar...». Casi nunca una noticia concreta.
Del mismo tenor eran las cartas que recibían otros soldados oriundos de Barrero Grande.
Las escribía don Martín Oviedo, un viejito vivaracho que había pasado veinte años en la cárcel en vida del Dictador Perpetuo. Instalaba su mesita bajo uno de los aleros de la iglesia, o, si hacía mucho calor, bajo un árbol de la plaza. Escuchaba pacientemente cuanto las mujeres querían mandar decir. Luego, salvo que hubiera algo realmente importante, o que él considerase necesario agregar, pues conocía vida y milagros de todo el mundo, se atenía a su fórmula, canturreando19 entre dientes la copla que fue causa de su perdición:
| ¡Viva el general Artigas! | |||
| ¡Viva su tropa arreglada! |
De este modo ellas descargaban el corazón y don Martín no perdía el tiempo. Como las mujeres no sabían leer despachaban confiadamente las cartas. Quienes las recibían estaban seguros de que no había de qué preocuparse.
Una tarde, poco después del fusilamiento del desertor, al regresar al cuartel lo llamó el alférez de guardia y le entregó una carta. Era de su padre. Estaba escrita con buena caligrafía y en correcto castellano. Hablaba de la muerte de don Severo Acosta. Melitón Ayala había sido alumno del maestro.
—75→Le asistía el médico y naturalista sueco Eberhard Munck en la incurable enfermedad de la vejez. Todo el pueblo en la plaza aguardaba silencioso el desenlace. Se hizo de noche. Se encendieron las velas en los faroles de la recova. El nuevo párroco Benedicto Núñez acudió con el Santísimo para dar la extremaunción.
-No moleste, paí -le dijo don Severo-, me arreglaré con Dios; o sabré si hay un infierno peor del que yo he vivido.
Fueron sus últimas palabras.
Inocencio, que nunca se había detenido a pensar lo que aquel hombre significaba para él, rompió a llorar amargamente.
El alférez, que lo estaba observando, esperó que se calmase. Enterado de lo ocurrido, le dio dos días de franco.
-Anda a la iglesia y paga una misa al capellán. De nada le servirá al finado, pero será un consuelo para ti.
Inocencio buscó la onza de oro que le diera su padre para que le sirviese de amuleto o de socorro en una necesidad extrema. Se fue, bordeando el río, hacia la iglesia de Humaitá. Estaba cayendo el sol.
Poco antes de llegar se acordó de repente que don Severo había sido un «rusoniano». Se acercó a la barranca y contempló al Paraguay que corría mansamente, sangrando, hacia la mar. Era una presencia, un espíritu, un alma inmortal. Como una ofrenda, impulsado por súbita inspiración, arrojó al agua la moneda y regresó al cuartel.
Pasó los dos días de franco tallando santos sin nombre con el cortaplumas que le regaló Eberhard Munck por haberle enseñado el guaraní de los pájaros.
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—77→
Como un caballo que se dirige a la querencia, Inocencio Ayala apuraba el paso a medida que se acercaba a su valle. Se encontró en el camino con unas muchachas que regresaban de la fuente con el cántaro sobre la cabeza. No lo reconocieron hasta que les dijo su nombre y les pidió de beber. Le tocó el agua de Trinidad Acosta, parienta pobre de los Rivarola. Reaparecía quinceañera y dotada de ese indefinible atractivo que se llama caavó y que alude a la fecundidad. Inocencio hubiera querido decirle algún requiebro digno de un veterano. Apenas se animó a darle las gracias, intimidado por una suerte de descaro que la distinguía de la apocada modestia de sus compañeras. Trastabilló cuando la ayudaba a poner de nuevo el cántaro en el apyteaó. Trinidad se rió de él abiertamente.
Inocencio siguió andando olvidado de fatigas. Al pasar una lomada divisó el rancho de sus padres. Lanzó un largo sapucai que replicaron como ecos innumerables labradores de la tierra a cuya custodia dedicara un lustro de su vida.
Llegó cerca del mediodía. Don Melitón estaba descansando a la sombra del yvapovó, con Barcino echado a sus pies, Inocencio se acercó con el sombrero bajo el brazo. Cayó de rodillas, con la manos juntas. Don Melitón se puso de pie.
-¡Che ray! ¡Hijo mío!
Trazó un signo en el aire y sus ojos se llenaron de lágrimas.
Viejo y ciego, Barcino olfateó y se arrastró a lamerle los pies.
Lo esperaban en su casa, pues compueblanos licenciados como él, que tomaron un camino más directo, llegaron mucho antes con noticias de Inocencio. La casa de los Ayala se fue llenando de vecinos. Hubo baile. La fiesta se prolongó hasta el día siguiente.
Feliz de estar de vuelta, libre de obligaciones inmediatas, convertido en personaje, adulado y servido por su madre y sus hermanas, admirado y obedecido por sus hermanos menores, con la tolerancia socarrona de su padre Inocencio se dedicó a visitar a la innumerable parentela, dando pretexto para comilonas, bailes y guitarreadas. Los años y la holganza habían quitado bríos al tordillo que le regaló el padre Maíz. Se compró un parejero regular. Anduvo por reñideros de gallos; corrió cuadreras y sortijas en cuanto santo caía en leguas a la redonda. Pero evitó los lugares donde podía encontrarse con Trinidad Acosta. Lo dejaba para un después que llegaría con la certeza de los sueños que no tientan a los despertares.
—78→Con frecuencia, y casi siempre los domingos, llegaba a Barrero Grande. Oía misa con distraída devoción, encantado por el mujerío, temiendo y esperando encontrarse de repente con Trinidad Acosta.
Iba después a la recova para echarse un trago en la pulpería de don Odilón Núñez. En el salón delantero se quedaban los jóvenes y algunos hombres maduros de modesta condición. En el patio, bajo una parralera, estancieros y comerciantes jugaban a las barajas.
Formando grupos en torno a mesitas, o de pie acodados en el mostrador, los mozos bebían y echaban bravatas con moderación. Los más iban armados de magníficos facones de empuñadura de plata y de temibles rebenques de mango chapeado. Pero no olvidaban la existencia del celador Pablo Odriozola, de autoridad afianzada en décadas de ejercicio, que tenía la virtud, seguramente otorgada por un santo, de aparecer justo a tiempo en amenazas de disturbios con su garrote inapelable. Además no eran gringos para beber hasta embriagarse.
Don Odilón Núñez se había convertido en personaje. Más que elegido, fue designado diputado al último congreso en lugar de don Cirilo Antonio Rivarola, o algún otro miembro de la familia que tradicionalmente, desde la independencia, representaba al partido de Barrero Grande. El derecho de todo ciudadano de elegir y ser elegido se había limitado a los propietarios de buena fama y reconocido patriotismo. Se redujo el número de representantes. Estas novedades causaron en los pobres un callado resquemor, una silenciosa inquietud. Desde la independencia se habían creído dueños de la Patria y al parecer las cosas estaban cambiando día tras día, imperceptiblemente al principio, más claramente después.
El abuelo de Inocencio, por elección del común, que envió un representante20 por cada diez ciudadanos, participó en el congreso de 1000 diputados que en 1813 optó por la República y la independencia absoluta tanto de España como de Buenos Aires, antigua capital del virreinato del Río de la Plata, siendo de este modo el único país de América que lo hizo por decisión de todo el pueblo «libre de todos los poderes de la tierra, dependiendo sólo de Dios Hacedor Universal y creador de todos los mundos».
En cambio, la última vez el comandante de urbanos Porfirio Quiñones se adelantó a tomar la palabra en la junta reunida en la iglesia, para decir que el Supremo Gobierno vería con agrado que se eligiera al ilustre ciudadano don Odilón Núñez. Hubo un pesado silencio.
-¡Listo, quien calla otorga! -sentenció don Porfirio-, ahora hay que firmar el acta.
Todos lo hicieron, y de este modo el pulpero fue elegido diputado por unanimidad.
—79→Desde entonces don Odilón Núñez se empeñaba en aumentar su popularidad. Dejando a los carcamanes bajo la parralera entretenidos en barajas, se mezclaba con los jóvenes que, sobre todo los domingos después de misa, llenaban el salón de la pulpería.
Propagandista entusiasta de la obra de gobierno, no perdía ocasión de echar un discursito, o de leer y comentar algún artículo de «El Semanario». Los muchachos lo soportaban de buen grado, porque se divertían haciéndole preguntas y comentarios de doble sentido, o lanzando exclamaciones aprobatorias cada vez que el pulpero decía un disparate, pues los más de ellos eran mucho más entendidos que don Odilón. De paso lo hacían feliz, porque desde que fue elegido diputado se había hecho impenetrable a la ironía.
Don Odilón tenía su cruz, como todos los mortales. En lo mejor de sus arengas solía aparecer, entrando desde los fondos como un fantasma de otros tiempos, la figura larga y flaca del doctor don Pastor Baldovinos y Mareco, graduado en Chuquisaca, ex alcalde de primer voto del Cabildo de Asunción, declarado por los Cónsules mulato hasta la quinta generación, arruinado y preso durante la Dictadura Perpetua y suegro de pulpero.
Posaba sus ojos dilatados, llenos de rencor y de desprecio en todos y cada uno de aquellos vigorosos hijos de la independencia, y murmuraba torciendo en una mueca su fina boca desdentada:
-¡Insensatos, hombres que no saben que se los trata como a niños!
Imponía silencio el natural respeto que inspira la desgracia. Don Pastor se alejaba lentamente, como cargando grillos. Luego estallaba una carcajada general. No faltaba un chusco que advirtiera a don Odilón, con divertida seriedad, el peligro que significaba tener en casa a aquel godo blasfemo.
-¡Qué voy a hacer, es mi pariente! -gemía el pulpero, y exclamaba levantando una limeta de caña-: ¡Otra vuelta, muchachos, que es mi gasto!
Solía llegar a la pulpería uno que otro arribeño. Eran muy parcos. Rara vez aventuraban opiniones. Sabían que sus palabras podían ser mal interpretadas por autoridades suspicaces, que desconfiaban por principio de los forasteros. Después de la muerte del Dictador Perpetuo se impuso la obligación de tener pasaporte para trasladarse de un partido a otro. Se condenó la «libertad de conciencia con la que muchos sacerdotes, a causa de la lectura abusiva y desordenada de libros, se atrevían ya a cuestionar puntos tocantes a religión». Se restableció la pena de azotes. La paz interna estaba asegurada, no obstante lo cual seguía siendo preocupación obsesiva del gobierno impedir que penetrara el germen de la anarquía, que asolaba a las repúblicas vecinas; pero con el defecto de que ahora el gobierno también trastornaba la vida del común. La discreción era un principio de sobrevivencia.
—80→Sin embargo las noticias circulaban. Se encargaban de ello las mujeres, acaso porque don Carlos, dotado hasta la genialidad del menos común de los sentidos, sabía que ni el mismo diablo podría hacerlas callar.
Así como los marinos traían a los puertos una visión más amplia del mundo, los carreros difundían las novedades en el interior del país. Se detenían a matear en las cocinas, a echar un trago en las pulperías. Como se desconfiaba del correo, llevaban correspondencia en propias manos y transmitían mensajes verbales. Hablaban de caminos de hierro, de vapores, de banderas, de magníficos edificios recientemente construidos, de fiestas fastuosas, de la belleza deslumbrante de Madame Elisa Lynch (la «Madama» para el pobrerío, la «Lincha» para las damas de sociedad), manceba irlandesa traída por el general López a su regreso de Europa. Punteaban en la guitarra nuevos ritmos, como el de la polka; enseñaban nuevas danzas, como el londón-carapé. Comentaban las noticias cada vez más alarmantes acerca de la enfermedad del Presidente López, junto con la convicción de que sería reemplazado por su hijo Francisco Solano.
-Dicen que el Presidente padece mal de orina -comentó un carretero-, aiponko ty'ai jokógui.
Ese domingo Inocencio había bebido más que de costumbre o el alcohol le hizo más efecto del acostumbado. La imagen de Trinidad Acosta lo visitaba en sueños y desolaba sus vigilias. Dejó pasar un día tras otro sin decidirse a buscarla, y justamente la noche anterior oyó decir a su madre que la muchacha había viajado a la Asunción para hacer compañía a María Inés, hermana de don Cirilo Rivarola, que tenía fama de lunática. Amargado, furioso consigo mismo, las palabras del arribeño se le antojaron una falta de respeto intolerable.
-¡Cómo se va a enfermar el Presidente! -interrumpió al atrevido-, ¡y menos de mal de orina!
La palabra sugiere en guaraní turbios rencores contenidos.
El carrero entrecerró los ojos, ojos que vieron mundo como los del desertor fusilado.
-El Presidente no es Dios, puede enfermar y morir como cualquiera de nosotros.
De acuerdo, no era Dios, pero tampoco un cualquiera de la calle. Echó el poncho para un lado y tanteó su facón.
El carretero no se movió. Tenía el rostro cobrizo, ojos achinados, bigotes ralos, negros, como de gato. Inocencio se dio cuenta que rompería su cuchillo contra aquel hombre de piedra.
-Sofrena tu parejero, muchacho, y suéltalo en su momento.
Don Odilón apareció con la limeta en la mano:
—81→-¡Otra vuelta, muchachos, que es mi gasto!
Estaba bien preocuparse de la salud de don Carlos, pero no considerar su posible fallecimiento como una pérdida irreparable.
Inocencio salió, montó de un salto y se alejó clavando espuelas y sofrenando el caballo. Estaba prohibido galopar por las calles del pueblo.
Dos días después llegó a su casa un cabo de urbanos para decirle que el juez de paz lo esperaba la mañana siguiente. No durmió en toda la noche.
Don Ovidio Ferreira era un hombre pequeñito, que parecía ir achicándose con el paso de los años. Estaba escribiendo en la mesa de su despacho. Una mulatilla le cebaba mate. Respondió apenas al saludo de Inocencio y le indicó una silla para que se sentase. El siguiente mate fue para Inocencio. Y varios más. El juez de paz estaba absorto en su trabajo.
Cuando hubo terminado se frotó las manos, satisfecho.
-Y bien, mi hijo, ¿has descansado suficiente?
Se echó a reír. Sin esperar respuesta, le felicitó por su buen comportamiento en el ejército.
-Recuerdo el modo como te hicieron soldado. Si hubiéramos procedido entonces tal vez se hubieran evitado otros abusos que ocurrieron después. ¡Qué le vamos a hacer! Tu padre no quiso intervenir, y lo comprendo: es un hombre independiente que se ocupa de lo suyo, no molesta a nadie ni quiere que lo molesten. Es así como dejamos medrar a los pícaros y a los inútiles. Tú quieres ser como él. Espero que no te arrepientas.
Le dio una orden, que acababa de redactar, para que le entregaran en los almacenes del Estado algunas herramientas fabricadas en la fundición de hierro de Ybycuí, y unas cuantas arrobas de semillas de algodón, de una calidad especial importada por el gobierno. Se le daría también una yunta de bueyes mansos de las Estancias de la Patria. Luego le asignó algunos acres de terreno a dos leguas del pueblo y a legua y media de su casa. Le indicó los liños que estaba obligado a sembrar. Le dio instrucciones minuciosas acerca de los mejores procedimientos de cultivo y le recomendó algunos artículos aparecidos en «El Semanario» acerca del mismo tema. El gobierno deseaba aprovechar en beneficio de los agricultores, dijo, la demanda de algodón provocada por la guerra de secesión norteamericana. Dejó buena parte del terreno para que lo usara a su gusto.
-No te conviene llenarlo de algodón. Si sale mal, perderás tu trabajo; si sale bien, tendrás dificultades21 para cosecharlo a tiempo. Habrá este año buenos premios para el algodón, pero el algodón no se come y el dinero tampoco. Si perdemos la cabeza va a faltar bastimento. Cuida la tierra. Piensa que con el tiempo, si lo mereces, será tuya. El gobierno tiene sus propios recursos. Te da —82→ estas cosas para tu provecho, para que seas un hombre de bien. En el Paraguay no se grava con impuestos el producto del trabajo de los ciudadanos.
De pronto don Ovidio adoptó un tono severo:
-Basta ya de andar de farra. Es suficiente. Es preciso trabajar. ¡No se sirve a la Patria solamente con las armas, se la sirve también con el arado y con la pluma'aaa!
Inocencio cabeceó asustado. Don Ovidio se rió.
-Perdóname, pero estoy obligado a declamarte el discursito... Vete en paz y buena suerte. Y ten cuidado. No me obligues a amansarte en el cepo como a otros ex soldados.
Esa noche Inocencio le contó a don Melitón la entrevista que tuvo con don Ovidio Ferreira. Adivinó una sonrisa disimulada en el cigarro que le hizo maliciar que su padre estaba en el secreto. Sentía un respeto profundo por este cuarentón nudoso y fuerte, callado y socarrón, digno como un árbol.
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Con las primeras luces del amanecer Inocencio llegaba a la parcela que le había sido asignada. Construyó un cobertizo bajo una fresca arboleda, junto a un arroyuelo. Algunos vecinos le ayudaron a desbrozar la tierra y a cercarla de acuerdo con las disposiciones vigentes para proteger las sementeras de animales corsarios. Trabajaba sin prisa, de una manera constante y regular. De regreso en su casa, tras de cenar frugalmente se sentaba a fumar un cigarro en compañía de su padre. A veces salía a farrear. Los domingos asistía a misa y pasaba un rato con amigos en la pulpería de la recova.
Cualquiera diría que estaba conforme con esta forma de vida tan natural en su niñez, tan deseada por el estudiante de latines, tan añorada por el soldado, y que siempre creyó que colmaría sus ambiciones. Sin embargo lo perturbaba una inquietud que a su juicio no tenía razón de ser y que esperaba se aliviase con el tiempo.
Por cansado que estuviera le costaba dormirse. Se le aparecían en el entresueño la desaforada figura de don Severo Acosta el día que el maestro recibió la carretada de libros; la rígida altivez del rostro muerto de taitá Simón; la mirada de víbora en la cara de muñeca de doña Carmen Montiel; los ojos del fusilado a los que sólo les faltaba ver el rostro de la muerte; el alma del río en un crepúsculo en Humaitá; el desolado rencor de don Pastor Baldovinos y Mareco; la cara de gato del carrero arribeño; el turbulento descaro de Trinidad Acosta; y tantas cosas más, mezcladas e inexplicables que se le antojaba no eran imágenes de sí mismas sino reflejos deformados de otra figura escondida que tenía miedo de invocar, como la angustia de un fantasma que no puede hacerse visible.
Algo le faltaba al ex soldado Inocencio Ayala que no le dejaba ser del todo agricultor. Cuando oía narrar en los velorios historias de la perdida mar inconcebible sentía un olor desconocido y gusto a sal. Debía haber una palabra olvidada que escondiera una revelación. Tal vez el Candiré, o la Tierra sin Mal, o la Ciudad de los Césares, escondida en la memoria de un pueblo marinero y explorador, buceador de distancias, soñador de infinitos, que acabó aprisionado como un genio gigante en una limeta de cristal abandonada en un paraje de la selva, lejos de todas partes. Y acaso también el malón del bandeirante, el acecho del guaicurú, la perfidia del jesuita, el grito comunero. Al cabo de trescientos años de agitada existencia, dos generaciones habían organizado la vida de un modo bastante razonable. Levantaron un muro que los ponía a cubierto de las tormentas del mundo. Con un poco de prudencia y de constancia la paz y la —85→ prosperidad estarían definitivamente aseguradas. Entre tanto, nada faltaba para ser feliz. Pero Inocencio era un hombre, y el hombre no está hecho para habitar el paraíso. Simplemente se aburre.
Cuando hubo terminado la parte dura del trabajo se le dio por pensar; o más exactamente, a prestar atención a voces ininteligibles confundidas con el murmullo de la sangre, como el agua milagrosa que brota de las piedras tocadas al pasar por el bastón de un santo.
Inocencio razonaba clara y correctamente cuando se trataba de cuestiones prácticas, en las que las relaciones causales estaban a la vista; o en las que cada objeto del pensamiento tuviera una palabra. Enfrentado a lo inefable, buscaba por instinto personificarlo en una imagen. Fue así como echó mano a un raigón de guatambú que fue arrancado cuando se preparó el terreno para la siembra.
Lo fue tallando poco a poco mientras estaba solo, descansando bajo el cobertizo en las horas en que apretaba el sol, o cuando un aguacero le obligaba a suspender el trabajo en la capuera.
Le fue saliendo un santo sin nombre, sin día de función, sin especialidad de milagrero. Un santo que no había visto en las estampas, ni en lo retablos, ni en los nichos; ni en capillas ni en santuarios, ni en las iglesias de los indios. Tampoco se parecía a esos diablos grotescos que se llevan las almas de los condenados y las atormentan con picanas entre las llamas del infierno. Tenía las facciones duras, atesadas, en las que se mezclaban el amor y el desprecio; y una entereza varonil que parecía desafiar al mundo entero. Procuró endulzarle los rasgos. Lo pulió con hojas de ambay, lo sobó pacientemente con los dedos, le dio un baño de cera. Todo inútil: no le pudo aliviar siquiera el sufrimiento. Entonces quiso quemarlo. Se disponía a hacerlo cuando sintió que sería como matar a una persona desconocida y entrañable a la que se ha visto solamente en sueños. Lo metió en un sobornal de cuero embreado que rellenó de ceniza y costuró herméticamente. Con arcilla del arroyo le fabricó una vasija, que coció en una zanja como hacen algunos alfareros. Lo enterró profundamente bajo las raíces de un lapacho gigantesco y tapó el agujero con una pesada piedra negra.
-Tendrás que ser milagroso para escapar de allí -le dijo Inocencio Ayala al Santo de Guatambú.
Desde entonces dejaron de acosarle imágenes en el entresueño y le abandonó para siempre el gusto de tallar madera.
Pero no la inquietud. Decidió que el amor era la fuente de sus males. Se figuró locamente enamorado de Trinidad Acosta. Feliz de su descubrimiento se dedicó a sufrir. Compuso «tristes» desgarradores que hacían llorar a las muchachas bajo enramadas de jazmines. Galopó los campos de Acosta-ñu montado en su parejero. Lanzaba largos sapucai y desolados suspiros en el atardecer, en camino de regreso de la capuera.
—86→A pesar de su melancolía Inocencio levantó buenas cosechas y las vendió a buen precio. En pocos meses se había convertido en agricultor independiente, aunque todavía no era propietario. La tierra le había sido cedida en enfiteusis, con derecho a perfeccionar sus títulos al cabo de ocho años de continuado cultivo y posesión. Muchos jóvenes labradores estaban en las mismas condiciones. De este modo, al crecer la población, se evitaba la excesiva subdivisión de la pequeña propiedad agraria y se extendían los cultivos. El gobierno no vendía tierras ni cedía grandes extensiones para su explotación. De hecho regía el principio de que la tierra es de quien la trabaja. Sin embargo, hubo unas pocas excepciones a favor de particulares, que personas interesadas se encargaron de difundir: los hijos del Presidente de la República adquirieron Estancias de la Patria a precios razonables.
Todo el mundo parecía contento. Los pobres eran cada vez menos pobres y los ricos cada vez más ricos. Se extendía la afición por el despilfarro y el lujo. Las mujeres del pueblo andaban con un tesoro a cuestas, hecho de joyas de oro puro. Los varones enjaezaban sus cabalgaduras con adornos de platería. Las ricas vestían a la moda de París, los ricos sudaban en trajes de casimir inglés. Siguiendo el ejemplo de la capital, en Barrero Grande se demolían ilustres casonas coloniales para levantar en su lugar edificios proyectados por arquitectos extranjeros. Llegaban de Europa muebles, tapicería y vajilla fina. El dinero que antes las mujeres atesoraban en el fondo de sus carameguá porque no sabían qué hacer con él, salía a la superficie y se hacía cada vez más necesario. Las diferencias de fortuna saltaban a la vista, pero el gobierno se empeñaba en mantener la ilusión de la igualdad. «El Semanario» criticó que algunos espectadores pretendieran modificar la colocación de las localidades en el recientemente inaugurado Teatro Nacional (proyectado por un arquitecto italiano y construido a todo lujo bajo la dirección de un alarife inglés), para establecer «una clasificación inoportuna y viciosa que en ninguna parte mejor que en la República del Paraguay debe desaparecer». Los patricios levantaban cabeza y desenterraban enmohecidos blasones, junto con la creencia de que, por derecho de familia, los correspondía un lugar de privilegio en el teatro y en la nación paraguaya.
Inocencio dio una parte de sus ganancias a doña Robustiana para que se la guardase, y se reservó el resto para sus gastos. Ella le aconsejó que aprovechara los fríos para construirse una casa, ya que en cualquier momento podría sobrevenirle la ocurrencia de casarse. Él prometió hacerlo pero no cumplió su palabra. Anduvo de farra en farra. Perdió en gallos y cuadreras todo el dinero que tenía. Se endeudó y tuvo que pedirle a su madre parte de las reservas. Ella la dio a regañadientes.
—87→-Ko mitä ndoikói ipyápe, este muchacho no está en su corazón- diagnosticó doña Robustiana, hablando con su marido.
Don Melitón echó una pitada pensativa.
Inocencio volvió a encontrarse con su contrario el carrero en la pulpería de don Odilón Núñez. Charlaron amigablemente. Se llamaba De la Cruz Torales y era oriundo de Curuguaty, un pueblo que, según dijo, se había llenado de arribeños con el auge del beneficio de la yerba. Los más de ellos eran raídos y malevos y mujeres de mala vida. Inocencio se acordó de Minero-cuá, de la «Posada de la Viuda» y de doña Carmen Montiel.
Como todos los curuguateños varones, Torales hablaba preferentemente en español. Hizo el elogio de su oficio trashumante y pronunció la palabra «libertad».
La charla con el carrero sugirió a Inocencio la idea de ir a la Asunción llevando para vender una cantidad de cosas que sobraban en casa de sus padres. Seguramente encontraría a Trinidad Acosta, causa de sus quebrantos. La traería consigo así tuviera que raptarla. Construida un rancho y llevaría en adelante la vida sosegada y feliz de un honrado labrador.
Fantaseó unos cuantos días antes de decidirse22 a hablar del asunto a don Melitón, no solamente porque era éste el dueño de la carreta y de las mercaderías, sino porque no quería hacer nada que no contase con la aprobación de su padre. Como esperaba, don Melitón respondió con el silencio; pero el hijo sabía muy bien que lo pensaría.
Y en efecto, don Melitón fue a hablar con don Ovidio Ferreira. Lo hizo con franqueza. De hecho compartía con el juez de paz la responsabilidad de orientar correctamente la vida de Inocencio. Don Ovidio pidió tiempo para estudiar el caso. Mandó a un cabo a echar un vistazo a la tierra. Salvo descuidos sin importancia, propios de la juventud, en lo fundamental todo estaba en orden. El celador Pablo Odriozola no tenía ninguna queja, si bien el mozo se había vuelto un tanto intratable últimamente, y había perdido buen dinero en el juego. Pero, ¿quién no ha hecho zonceras a esa edad? Don Ovidio hizo llamar a don Melitón, y lo dijo, suspirando:
-No podemos tener maneados a los muchachos, que vean un poco el mundo que no pudimos ver nosotros.
Algunos días después partía Inocencio con la carreta cargada hasta el toldo. Llevaba encomiendas y cartas para su padrino Cirilo Antonio Rivarola y también para otras personas, enviadas por compueblanos conforme a la inverterada costumbre de abrumar de encargos a los viajeros.
—88→En dos jornadas cruzó la Cordillera y en dos más llegó a Asunción. Había oscurecido cuando acampó en la plaza del mercado. Se lavó un poco, comió algo y se acostó a dormir debajo de la carreta. Era el 9 de setiembre de 1862.
Las aguas tienen apuro por volcarse en la mar. El río, agrandado por súbita creciente, baja haciendo remolinos. Los jazmines lloran a su patria la luna lágrimas que evocan aromas de allá lejos. Pasa una nube negra soltando refusilos. La sombra del Dictador Perpetuo. Se percibe el latir de un oculto hormiguero alborotado por los presentimientos. Pies descalzos se arrastran silenciosos por las calles de arena. Largos lamentos de gargantas sin voz, de voces sin garganta. Lloran los lapachos, los timbó, el urundey, el ñanduvai, el naranjo de las ejecuciones. Chirrían los grillos de los presos. Se retuerce el látigo de los verdugos guaicurú, azotadores de godos y patricios. Gimen las arboladuras de los barcos que se pudren en la bahía en una espera interminable. Velas deshilachadas se agitan como estolas en la cruz de los mástiles. Se estremecen las humilladas aulas del Colegio de San Carlos. Los muros del Cuartel del Hospital. Los horcones que apuntalan templos que se derrumban. El tosco adobe de las casas. Las ventanas tapiadas. Poras que se acurrucan y tiritan en recovas penumbrosas. Asoman las alimañas de las grietas. Aúllan los perros. Aletean las lechuzas. Danzan los murciélagos en círculos frenéticos. Plañe el urutaú su apesarado lamento. Patrulla el diablo con su séquito de brujas buscando el alma de un Hombre. Trote de caballerías. Un grito de alerta: «¡Quién vive!», «¡República!» «¡Esto para que aprendas a no llorar por los tiranos!»
Fidel Maíz sintió en el rostro la bofetada de su padre.
Se encontró a oscuras, tendido en su hamaca. Habían pasado veintidós años desde aquel episodio que volvía transfigurado en el sueño. Al difundirse la noticia de la muerte del Dictador Perpetuo el pueblo lloró en las calles. Lloró por un hombre que nunca buscó su afecto. Que no aduló ni permitió que lo adularan. Cuyo nombre se pronunciaba con espanto, descubriéndose. A su paso se cerraban las ventanas. Quedaban desiertas las calles trazadas a cordel por su mano recta e implacable abriendo tajos en el abigarrado y caótico caserío colonial. Los perros huían a refugiarse gimiendo en las cocinas como si —89→ percibieran truenos y relámpagos del alma de aquel hombre ensimismado, adusto, seco. Sin embargo lo amaban.
-El amor y la fe, formas de la locura -bostezó el padre Maíz.
Se explicó la causa de su pesadilla. Don Carlos Antonio López estaba agonizando. El sacerdote esperó que lo llamara para asistirlo en sus últimos momentos. Al enterarse de que habían buscado al padre Teodoro Escobar, deán de la Catedral, se desvistió y se tendió en la hamaca abrumado por el despecho y por la incertidumbre. Una vez más había triunfado la insidia de los imbéciles valida del recelo que la inteligencia y el saber inspiran a los déspotas.
De nuevo lo dejaban de lado. En momentos en que el país era un páramo intelectual, lo confinaron al remoto curato de Capilla Duarte. El Presidente López lo llamó para encomendarle el rectorado del Colegio Seminario. Don Carlos, que en su juventud recibió tonsura eclesiástica, era versado en cánones. Vigilaba personalmente la marcha del instituto. El padre Maíz lo veía casi a diario. Ganó su confianza y cierta intimidad con su familia. Aleccionado por anteriores descalabros, el sacerdote hablaba con prudencia próxima a la hipocresía, y se conducía con humildad rayana en la obsecuencia.
Pero es difícil callar siempre las propias convicciones; asumir sin errores un papel que no congenia con el propio carácter. Solía incurrir en deslices que el viejo López pasaba por alto, pues sabía poner en la balanza las virtudes y los vicios, y valerse de ambos. No se hacía ilusiones. Era demasiado astuto para dejarse engañar. No exigía adhesión personal, siempre que se hiciera un buen trabajo y no se obstaculizase su política. Al padre Maíz lo tenía a su merced, porque el sacerdote estaba maniatado por sus propias inconsecuencias.
Por desgracia ya no bastaba contar con el respaldo del Presidente de la República para sentirse seguro. La vida ya no tenía la simplicidad que tuvo en otros tiempos. Estaba obligado a moverse con cautela entre una maraña de intereses, ambiciones y apetitos que se entrecruzaban y confundían como lianas en una selva oscura, con el peligro de enredarse acrecentado por el hecho de que sólo se manifestaban cuando se tropezaba con ellos.
Por añadidura don Carlos estaba muy enfermo y se habían enfriado las relaciones del padre Maíz con el general López, de quien fuera condiscípulo en la escuela del maestro Escalada.
-Lo que ocurre es que no eres un incondicional, usas tu propia cabeza, y aunque trates de disimularlo no siempre estás de acuerdo con él -le dijo una vez Benigno López-. Basta para hacerte sospechoso a los ojos de mi hermano. Pancho hace culto de su autoridad no solamente por principio sino también por temperamento. Sólo obedece a nuestro padre. Mucho me temo que si le sucede en el poder, librado a sí mismo se convierta en un tirano.
—90→Aunque posiblemente acertadas, las palabras de Benigno expresaban las ideas de personas que aspiraban a una influencia más directa en el gobierno mediante la liberalización del régimen imperante; y los intereses de quienes querían tener acceso a las principales fuentes de riqueza del país, que se encontraban bajo el rígido control del Estado. Según Benigno, el Paraguay debía dejar de ser lo antes posible un fenómeno aislado y singular en la comunidad de naciones civilizadas. No hacerlo significaba estar constantemente expuesto a ser destruido. Era lo suficientemente lúcido para comprender que para convertirse él mismo en ejecutor de tales cambios, sería necesario dar acceso a una clase dirigente a los honores y privilegios que hasta ese momento estaban reservados a la familia López Carrillo. Esto es, a la suya.
Las opiniones de Benigno López eran conocidas en círculos representativos de la alta sociedad, que se reconstituyó rápidamente después de la muerte del Dr. Francia. Las expresaba con cautela en el Club Nacional, fundado por él mismo a su regreso de Europa, donde había ido integrando la comitiva de su hermano el general. El Club Nacional tenía por sede un magnífico edificio proyectado por el arquitecto italiano Alejandro Ravizza. Poseía una excelente biblioteca y estaba suscrito a los principales periódicos del mundo civilizado. En sus salones se realizaban suntuosos saraos que sorprendían a los visitantes extranjeros, que los comparaban con los de los salones de París. Con unos pocos amigos, entre los que se contaba Fidel Maíz, Benigno se explayaba abiertamente. Lo hacía también con su padre y su hermano mayor, quienes por el contrario sostenían que era preciso mantener un sistema de gobierno que había hecho del Paraguay un país independiente, rico y progresista, con un nivel de vida y de cultura popular muy por encima de cualquier otro de América.
Tales divergencias habían ido apartando a Benigno de las funciones públicas. Se dedicaba de lleno a los negocios privados, haciendo uso, y en ocasiones de abuso, de su condición de miembro de la familia real, como él mismo decía en son de chanza. Poseía en San Pedro de Ycuamandiyú la única plantación existente en el país explotada al modo brasileño, con empleo de esclavos y jornaleros.
Por facultad23 otorgada por el Congreso, don Carlos podía designar en pliego de reserva a quien le sustituyese en caso de acefalía, con cargo de convocar de inmediato a los representantes del pueblo para que éstos eligieran un presidente de la República. Se decía que dudaba entre Francisco Solano, Benigno y José Berges, hombre de ilustración y de prestigio, muy amigo de Benigno. El padre Maíz pensaba que más allá de las preferencias personales del viejo López estaban en juego cuestiones de fondo que decidirían finalmente la cuestión.
Francisco Solano había sido desde la adolescencia la mano derecha de don Carlos. Estaba identificado y comprometido con la política de su padre, con una —91→ alarmante inclinación hacia la demagogia, deslumbrado como estaba por la política de Napoleón III y su fraseología socialista. Era extraordinariamente laborioso. Trabajaba desde la madrugada hasta altas horas de la noche, incluyendo los domingos. Fue el creador del nuevo ejército, que se convirtió en la principal institución del país. A través del ejército se mantenía en estrecho contacto con el pueblo, lo cual preocupaba no solamente a los patricios, sino a los prohombres que apoyaban al Presidente López. Toda la obra de gobierno en los últimos veinte años había pasado por sus manos, que mantenían firmemente los hilos de la administración pública y de las relaciones exteriores. Tenía, tanto o más que su padre, un sentido democrático muy peculiar, que se manifestaba en los bailes populares con que se conmemoraba los grandes acontecimientos: se mezclaba con la «chusma», al decir de las damas forzadas a seguir su ejemplo, luciendo vestidos importados de París, y bailar al son de la misma música con las vistosas y libérrimas kyguá-verá, y las mujeres del mercado y de la servidumbre. En el Teatro nacional sólo había palcos para el Presidente de la República y su familia, los ministros y los diplomáticos extranjeros, en mérito de sus investiduras, no de su categoría social. El Paraguay quería seguir siendo el «país de los iguales». Pero, si alguna vez lo fue ya no lo era, y esto lo comprendía perfectamente el presbítero Fidel Maíz.
Salvo en el ejército. No había en él un oficial que antes no hubiera sido soldado. La posibilidad de ascender estaba abierta a blancos, indios, negros y mestizos, sin otra distinción que la del mérito. Se condenaba la injusticia como un factor de desmoralización. A los únicos a quienes se permitía eludir el servicio miliar obligatorio era a los llamados «hijos de familia», más que como un privilegio como una manera de excluirlos. Los patricios, los ricos, los notables no tenían gente en el ejército desde la época en que el Dictador Perpetuo lo fundó. El ejército respondía incondicionalmente al general Francisco Solano López.
Lo mismo ocurría con los centenares de jóvenes educados por cuenta del Estado en el país o becados a Europa: eran sin excepción mozos de modestos recursos. Los ricos costeaban la educación de sus hijos. Los enviaban a estudiar a Concepción del Uruguay, a Buenos Aires, a Córdoba, donde asimilaban ideas liberales y tomaban contacto con emigrados de alto coturno como los de la Peña, los Machaín, los Decoud, los Iturburu, los Recalde, vinculados a la alta sociedad porteña e identificados con ella por sus intereses y sus ideas. Atacaban al gobierno paraguayo por la prensa. Propiciaban una cruzada libertadora para librar al Paraguay de la tiranía de López y abrir el país a la libre empresa. El negocio que proponían era redondo: una breve y poco costosa campaña militar daría acceso al comercio sin trabas a la yerba, las maderas, el algodón, el tabaco, las inmensas extensiones de tierras públicas, monopolizados por un gobierno —92→ despótico. Advertían a los posibles libertadores del peligro que significaba para el Mato Grosso brasileño y para las provincias litorales argentinas un Estado militarizado que se hacía cada vez más temible. Pacífico por ahora, estaba en la naturaleza de las cosas que de seguir así tarde o temprano intentaría extender su dominio e influencia, con lo que la barbarie pondría en jaque a medio continente. En cambio, con ellos en el poder se abrirían las puertas del país, que en vez de absorber sería absorbido por las tendencias dominantes de la época y, ya sin obstáculos a la libre empresa, se integraría naturalmente en la comunidad de naciones civilizadas.
Benigno López estaba convencido de que si no se realizaban desde adentro cambios que disiparan los justificados temores de los poderosos estados vecinos, éstos se verían forzados necesariamente a imponerlos desde afuera, provocando una espantosa tragedia, porque que el pueblo paraguayo seguramente preferiría el holocausto antes que ceder un ápice de su endiosada independencia.
En opinión del padre Maíz, Benigno López tenía una lucidez rayana en la clarividencia. Desgraciadamente carecía de la autoridad moral de su padre y del prestigio de su hermano mayor, fruto de la abnegada entrega de ambos al servicio público. Benigno hablaba sabiamente, pero llegado el momento de obrar atendía sus negocios. Seguramente era incapaz de sacrificarse por nada ni por nadie. Tenía buenas ideas, pero carecía de ideales.
El patriciado redivivo, por tradición comerciante antes que terrateniente, aguardaba la muerte de don Carlos para reaccionar; los partidarios y anegados del viejo presidente, entre los que se contaban la madre y los hermanos del general López, veían amenazados los privilegios de que disfrutaban al amparo del patriarca; otros temían que Solano López abusara del poder e hiciera aún más rígido el régimen autocrático, y deseaban moderarlo por medio de la ley; otros recelaban que en su carácter de militar al mando de un numeroso ejército, deseoso de probarlo y cubrirse de gloria, no obrara con la prudencia de su padre y lanzara al país a una aventura. Por todo esto la probable elección del joven general provocaba en diversos sectores de las clases pudientes y en las personas pensantes sorda oposición, inocultable inquietud y tensa expectativa.
Los más decididos llegaron a la conclusión de que era preciso impedir que asumiese la primera magistratura. Pero, ¿quién le pondría el cascabel al gato? Nadie mejor que Benigno, que no era del todo simpático por su desmesurada codicia, pero que se manifestaba como uno de los suyos y gozaba de relativa impunidad.
La capacidad, la experiencia y los servicios prestados al país desde su adolescencia hacían de Francisco Solano el ciudadano más indicado para gobernar, independientemente del hecho de ser el primogénito del Presidente —93→ López. Su conducta era intachable salvo en un punto: había traído de Europa una amante irlandesa, Madame Elisa Alicia Lynch de Queatrefages. Se usaba este hecho como caballo de batalla para desacreditarlo. Validas de que don Carlos ignoraba a la extranjera24 adúltera, y que Benigno se abstuviera de tratarla, las damas de sociedad la hacían objeto de toda suerte de desaires. No se dignaban siquiera a saludarla; le daban la espalda altiva y ostensiblemente. Como reacción, la Lincha se hizo de relaciones entre los funcionarios y oficiales del ejército, y muy popular entre la plebe, que cariñosamente la llamaba la Madama.
El padre Maíz dudaba de que Benigno tuviera dotes de estadista, pero temía que estuviera en lo cierto en la apreciación del carácter del general López y en sus temores acerca de los peligros que acechaban al país si no adoptaba un régimen político menos alarmante para sus poderosos vecinos y más tolerable para los pudientes. El sacerdote tenía sus ideas al respecto, y también, ¿a qué negarlo?, sus propias ambiciones, que le impedían tomar, al menos por el momento, partido a favor de Benigno.
En este tembladeral debía moverse el rector del Colegio Seminario. Un paso en falso y se hundiría hasta el cuello. Evitó comprometerse hasta que un incidente le obligó a asumir una posición de principios que no sólo lo ubicó en uno de los bandos sino que lo convirtió en una de sus figuras ejemplares.
Los tres hijos varones del presidente López eran amancebados públicos, contra los cuales los jueces de paz de la campaña hubieran tenido que tomar conocimiento y providencia. Pero en Asunción sólo se hacía escándalo en el caso de la Lincha.
Madame Lynch, que para evitar encuentros desagradables asistía habitualmente a misa en la iglesia de San Roque en vez de hacerlo en la Catedral, pidió al padre Maíz que bautizase solemnemente en ésta al último de los hijos del general López. El sacerdote pasó por alto la inconveniencia y preparó la ceremonia. Sea que la disuadieron de hacerlo, o por algún otro motivo, llegado el día la señora le pasó el aviso de que lo esperaba con toda la corporación de seminaristas para hacer el bautismo solemne en su casa. No le quedó al padre Maíz otro remedio que responder que no estando enfermo el niño, sólo le estaba permitido bautizarlo solemnemente en el templo.
Madame Lynch se dio por ofendida. El general López, que no estaba acostumbrado a que le contrariasen, hizo buscar al párroco de Villeta, Manuel Antonio Palacios, quien hizo el bautismo a placer de los padres del niño.
El padre Maíz se indignó y perdió lo estribos.
-El hombre ha de ir a Dios, no Dios al hombre -dijo en presencia de los seminaristas-, aunque se trate de un bastardo del general López.
—94→Con Carlos no hizo comentarios. Sin duda comprendió y aprobó la conducta del rector del Colegio Seminario, obligado a dar ejemplo a sus alumnos. Tampoco Francisco Solano habló del asunto, pero ya no trató al padre Maíz con la cordialidad de costumbre. Probablemente interpretó el episodio en el contexto político del momento.
—95→
—96→
¡Demasiado gobierno! -había exclamado el doctor Juan Andrés Gelly, el paraguayo que regresó al cabo de treinta años de exilio para servir a su país. Aportó nada menos que el conocimiento pormenorizado de la política del Río de la Plata y el Imperio del Brasil, así como de los hombres que la protagonizaban. Trajo consigo una actualizada biblioteca que puso a disposición de sus compatriotas. Era un gran señor. Poseía una vasta cultura y las mañas y artimañas de los políticos sudamericanos fuera del Paraguay, donde no había política.
Lo dijo en su lecho de muerte, cuando el padre Maíz fue a llevarle los últimos sacramentos a aquel empedernido masón.
Poco después de que en 1853 el Reino Unido reconoció la independencia del Paraguay, un tal Mansfield recorrió el país con autorización del gobierno. Pasó por Capilla Duarte y se alojó en la «Posada de la Viuda». Invitado a cenar en el comedor privado de doña Carmen Montiel, de sobremesa conversó largamente con el párroco.
-Y bien, mister -le preguntó el padre Maíz-, ¿qué le ha parecido todo esto?
El viajero respondió en inglés para que no entendieran los demás invitados:
-A mixture of the hateful and the admirable -y sonriendo fingió traducirlo al español-. ¡Oh, un bello país, buena gente pacífica, próspera, hospitalaria, hermosas mujeres!
«Mezcla de lo odioso y lo admirable». Fidel Maíz no olvidaría aquella notable observación.
Don Carlos Antonio López le había dicho al encomendarle la dirección del Colegio Seminario:
-Grandes peligros nos acechan. Es preciso a toda costa asegurar la paz interna y la unidad de la nación. Al primer signo de flojedad o de anarquía los macacos y los anarquistas porteños nos harán pedazos, para luego reñir como lobos hambrientos por los despojos de la presa ensangrentada. No se deje fascinar por cantos de sirena. Deje que rebuznen los plumíferos de la prensa extranjera. Digan lo que quieran, el Paraguay es el único país cabalmente independiente de América. Lo seguirá siendo, si Dios es servido, mientras no nos dejemos engatusar ni provocar, y ningún paraguayo abra las puertas desde adentro. ¡Cuidado con lo que dice a sus alumnos!
Descargó un puñetazo sobre la mesa y tronó amenazador, mirándolo con sus ojazos negros, cálidos, increíblemente hermosos:
-¡Cuidado, padre Maíz, mucho cuidado!
—97→Don Carlos era bajo, inmensamente gordo, el vientre hinchado por la hidropesía, el sombrero calado hasta las cejas. Rara vez se descubría, según decires para ocultar su cabeza pequeña y puntiaguda. Costaba admitir una tonta vanidad en un hombre de sus méritos, aunque escondiera la cabeza de cuestiones más delicadas.
En torno de los López Carrillo había un buen número de personas que se aprovechaba sin rubores de las ventajas del poder. Lo integraban los hijos y parientes de don Carlos, las amantes de sus hijos y los parientes de las amantes de sus hijos. Esta inmoralidad escandalosa e irritante parecía no preocuparlo. No se detenía a pensar que contradecía lo que él mismo había escrito en el Acta de Reafirmación de la Independencia: «El Paraguay no es patrimonio de ninguna persona o familia». Era un patriarca no un tribuno como su antecesor, quien sostenía que la paz pública se asegura gobernando al servicio del pueblo. Indudablemente don Carlos servía al pueblo, pero sin olvidar a su propia familia. «La caridad empieza por casa» era la consigna de los hechos.
Ni don Carlos ni sus hijos aceptaban entrar en tratos con sociedades extranjeras que les hacían tentadoras ofertas a cambio de ventajas comerciales. No echaban mano directamente a los recursos del Estado. Pero eran muy comerciantes, empezando por doña Juana Carrillo de López, la «presidenta», y terminando por Madame Lynch. Se enriquecían de manera desmesurada y hacían ostentación de su riqueza. Aunque eso sí cumpliendo formalmente todos los reglamentos. Había límites que ni siquiera ellos podían sobrepasar. El peculado y la prevaricación, comunes en las demás repúblicas americanas y en el Imperio del Brasil eran inconcebibles en el Paraguay. Comparados con el caudillo entrerriano Justo José de Urquiza, los López eran unos pobretones, y ni qué decir de los magnates que dirigían la política porteña: hacían negocio privado de la aduana del puerto de Buenos Aires, que acogotaba al resto del inmenso país; se repartían tranquilamente centenares de leguas ganadas a los indios por el gauchaje miserable que no recibía un palmo de la tierra que regaba con su sangre.
Siendo Cónsul, don Carlos estuvo cerca de ser destituido por las tropas porque habiendo prohibido el uso de los templos como cementerio, hizo enterrar a uno de sus deudos en la iglesia de La Encarnación. La ley que no rige para todos no es ley. De allí que las ventajas de que disfrutaban los López y sus allegados provocaran sordos resquemores: «El Paraguay no es patrimonio de ninguna persona o familia».
Lo sabían de memoria todos los paraguayos. En esto coincidían gentes del pueblo, algunos jefes y oficiales del ejército y hasta simples soldados.
El general López, dedicado por entero a la función pública, no aparecía involucrado en tales manejos. En opinión del vulgo, era rico porque había —98→ heredado la fortuna de su padrino Lázaro Roxas y Aranda. No administraba personalmente sus bienes ni intervenía en negocios. Y era justamente el hombre decidido a dar continuidad al régimen, contando para ello con el apoyo de la plebe. Los «pobres» poseían en propiedad o en enfiteusis la mayor parte de las tierras accesibles y gran a parte del ganado existente en el país.
Para colmo de males, Francisco Solano estaba distanciado del padre Maíz desde aquel maldito asunto del bautismo. Tal vez el político no diera al incidente más importancia del que en realidad tenía, pero Madame Lynch jamás perdonaría el desaire. Fidel Maíz sabía por experiencia hasta qué punto una mujer puede deschavetar a un hombre.
¡Las mujeres! Gozaban de tácita impunidad, no le tenían miedo a nada, eran mucho más atrevidas que los hombres. No vacilaban en hacer públicos desaires a Madame Lynch, a la que no le quedaba más remedio que tragarse las ofensas y rumiar su venganza. El bello sexo era una poderosa fuerza subterránea que obraba sin manifestarse apenas en la superficie.
El presbítero Fidel Maíz gozaba de gran predicamento entre las damas. Lo visitaban asiduamente, insistían en confesarse con él, en que bautizara a sus hijos, en que casara a sus hijas; le hacían confidencias, le pedían consejos; lo recibían en sus casas, lo sentaban a sus mesas, lo invitaban a sus tertulias. Y le eran leales hasta el fanatismo.
El obispo diocesano Urbieta estaba enfermo. Por infidencia de la esposa de un alto funcionario, el padre Maíz se enteró de las objeciones anotadas por el general López acerca de los posibles candidatos a suceder al prelado: «El padre Corvalán peca de ambición; Manuel Antonio Palacios no tiene caridad; el más indicado sería Fidel Maíz, si no fuera tan visitado por mujeres».
Desde luego la reserva no era de carácter moral sino político. Fidel Maíz comprendió que una vez más en su carrera caía víctima de su propio carácter. Batallaban en él sin darse tregua la hipocresía y la sinceridad; la ambición y el desinterés; el orgullo y la humildad; el egoísmo y el patriotismo; la pasión y el cálculo; la voluptuosidad y la sobriedad; la mezquinad y la elevación de miras; la impaciencia y la perseverancia; el valor físico y la cobardía moral. Trataba de perdonarse sus contradicciones e inconsecuencias por las circunstancias de su vida, porque jamás le estuvo permitido ser plenamente él mismo.
Involuntariamente al principio, deliberadamente después, el sacerdote influyó a través de las mujeres en sus maridos, hijos, novios, hermanos. Ellas les secreteaban lo que él no podía decir abiertamente.
«¡Ecce el Rey!», musitaba cuando aparecía don Carlos en las recepciones, sudando en su uniforme de Capitán General y con su bicornio rutilante de gemas y galones. Su muerte ha de ser la señal para que el Paraguay cambie de rumbo. La riqueza particular deviene de la familia López o el Estado, en tanto los —99→ militares y eclesiásticos son desatendidos y mal pagados. El que manda en el ejército no puede ser al mismo tiempo Presidente de la República.
Su intención no iba más allá de sugerir ideas; o acaso descargar su mal humor, sus decepciones, su impaciencia reprimida, su ambición postergada. Pero, comenzaron a acercársele maridos que, esposas mediante, acabaron por considerarlo un posible aliado en sus maquinaciones. Le hablaron con franqueza. Así se fue convirtiendo en oculto conductor de una vasta conjura que se gestaba para cambiar el régimen, o por lo menos para hacerlo más tolerable y permeable a los cambios.
Por orden de don Carlos, que era consciente de la necesidad de elevar la ilustración del clero, el presbítero Fidel Maíz daba conferencias a sacerdotes ya ordenados, a las que asistían no pocos laicos. Exponía doctrinas peligrosas de manera atrayente, con el pretexto de rebatirlas. Recomendaba libros prohibiendo su lectura. Su influencia intelectual se extendía a los salones, en los que le rodeaban personas que admiraban su saber. En las tertulias se hablaba de literatura, se rozaba la política, los jóvenes poetas declamaban sus rimas. La guerra civil norteamericana daba materia abundante para explayarse en cuestiones doctrinarias. Como las simpatías del gobierno se inclinaban por los estados del norte, podía ser destacada sin riesgo y como ejemplo la personalidad del25 presidente Abraham Lincoln.
Con los seminaristas y los jóvenes sacerdotes que habían sido sus alumnos, hablaba sin rodeos, con temeridad casi suicida. Les asignaba la sagrada misión de librar al pueblo de ataduras mentales. Citaba a Thomas Jefferson:
-¡Juro odio eterno a todo aquel que pretenda encadenar la mente del hombre!
José del Carmen Moreno, el más brillante de sus discípulos, preguntó:
-¿Alude usted también a las cadenas de la servidumbre, de la miseria y de la humillación que los ricos pretenden remachar nuevamente a los pobres en nuestro país? ¿Han de renunciar en nombre de una libertad abstracta a la libertad concreta de personas que viven de lo suyo desde los tiempos del Dr. Francia?
Saint-Simón, Fourrier, Owen y Etcheverría habían hecho su entrada en el Paraguay. Por otra parte, los únicos regímenes estables en América eran el Imperio del Brasil y la República del Paraguay, que tenía un gobierno fuerte. El fracaso de la revolución de 1848 en Europa ponía en tela de juicio la viabilidad de la república. Se miraba el éxito de Prusia en Alemania y del Segundo Imperio en Francia. Pero, los paraguayos tenían su propia tradición igualitaria y populista. «El Semanario» citaba a Carlos Marx y discutía la compatibilidad26 del socialismo con la monarquía.
Respondió el padre Maíz:
—100→-La grandeza de los Estados no se funda en la ética sino en el predominio de intereses dinámicos: de los ricos que buscan negociar y de los inteligentes que anhelan figurar, viajar e instruirse. No quiero darles con esto una lección de cinismo sino un dato de la historia. El Imperio Británico es fruto de la piratería, del pillaje en las colonias, del despojo a los campesinos, de la despiadada explotación de los niños en las fábricas. Desde luego debemos tratar de evitar tales crueldades, pero no del modo en que lo hizo el Dictador Perpetuo. Nuestro prócer rusoniano nos devolvió27 a la idílica condición del buen salvaje, que no podía durar y que puede costarnos muy cara si no nos alejamos de ella lo antes posible, pues utopías como el Dorado sólo podrían existir en lugares inaccesibles, completamente apartados del mundo.
Preguntó otro seminarista:
-¿No cree usted que el general López, un hombre joven que ha estado en Europa, traerá los cambios que el país necesita sin despojar al pueblo de lo que ha conquistado con la independencia?
-Conozco a fondo el carácter del general López. Mimado por el poder desde la más temprana edad, apenas tenía quince años cuando ya coronel organizó la Guardia Nacional. A los diecisiete ascendió a general de brigada con mando en jefe del ejército en operaciones fuera del país. Enseguida ministro de guerra y marina, levantó la fortaleza de Humaitá, donde tiene una fuerza de doce a quince mil hombres a sus inmediatas órdenes. Este joven militar, mandatario en la flor de la edad, con la conciencia de su dignidad y el mayor celo por la estabilidad del orden público, mal podrá transigir con idea alguna que pudiese traducirse, ¡pero ni lejanamente!, en una oposición a su persona y mucho menos al sistema establecido de gobierno.
-¿Qué hacer entonces?
-¡Es necesaria una constitución que le quite las facultades absolutas y ponga freno a sus posibles arbitrariedades! Que lo ponga, según la hermosa frase del deán Funes, en la feliz imposibilidad de obrar el mal.
-¿Una constitución? -objetó un tercer seminarista-, permítame que lo dude. La constitución es un papel. Los argentinos y los orientales tienen bellas constituciones. Nos las ha enseñado28 usted. Pese a ellas se siguen degollando con el mayor entusiasmo.
-No se degüellan por culpa de las constituciones sino a pesar de ellas. Sin embargo, la libertad tiene sus riesgos. La libertad del hombre se debate entre la libertad de Dios y la libertad del demonio. Siempre habrá algunos que pretendan usarla para abusar de los demás; pero los posibles abusos de unos pocos no justifica que se la niegue a todos. Sin libertad se estancan y se pudren las sociedades más perfectas y filantrópicas. Sin libertad no es concebible la dignidad humana. Nos fue concedida por el Todopoderoso para hacernos —101→ responsables de nuestro propio destino. Quien priva de ella a sus semejantes no solamente es un usurpador sino que se echa encima una terrible responsabilidad.
El rector del Seminario se sabía poseedor de una personalidad atrayente, que seducía a sus alumnos. Ninguno de ellos lo había traicionado hasta entonces. El Colegio era su bastión inexpugnable.
-Después de haber descrito su carácter, ¿sigue creyendo que el general López se sometería a una constitución?
El padre Maíz respondió sin vacilar:
-¡No me cabe una duda! Francisco Solano López jamás traicionaría a la palabra empeñada. Nunca lo ha hecho y nunca lo hará. Éste es otro rasgo de su carácter. Su concepto del honor es... ¿cómo diría?..., romántico, ¡medieval!
El presbítero Fidel Maíz, tenido en su hamaca, contó doce campanadas del reloj de la Catedral. Era el primer minuto del 10 de setiembre de 1862. Se pasó la mano por la frente sudorosa.
-¡Pensar!... ¿para qué?... ¿Qué puedo decidir?... ¡Yo no soy el responsable!
Se fue quedando dormido. Sus ojos traspasaron las paredes. La sombra del Dr. Francia, seguida de su escolta de fantasmas, cabalgaba hacia la Casa de los Gobernadores. Fidel Maíz se estremeció de espanto: no estaba permitido espiar los paseos del Dictador Perpetuo.
Despertó encandilado por la luz de una vela que brillaba muy cerca de sus ojos. Contuvo una palabrota al reconocer a Espiridón Cañete. El gesto de disgusto no escaparía de la malévola suspicacia del celador de la curia, que tan asiduamente cruzaba la Plaza de Armas en dirección al cuartel de policía. Le tenía miedo a Espiridón Cañete, y esto le producía indignación contra sí mismo.
-¡Levántate, paí Maíz! -exhortó Espiridón, como un diablo que viene a llevarlo a uno al infierno.
-¿Por qué, qué pasa?
-Vino a buscarte el mayor Yegros, con soldados de la Escolta.
Saltó de la hamaca. Espiridón Cañete quedó reducido a sus dimensiones de pigmeo guayaquí.
—102→-¿El mayor Yegros? -repitió el padre Maíz, esperando lo peor. Rómulo era su amigo, y confidente en relación con los proyectos de cambio institucional, pero esto no le impediría remacharle una barra de grillos. No esperó el general López que se enfriara el cadáver de su padre para mostrar las uñas. En su impaciencia se valía de la Escolta, cuando debió encomendar la indigna tarea a los policianos. Pero Espiridón Cañete parecía una rata compungida, lo cual era alentador.
-Lo manda a buscar nuestro Gran Padre -dijo inclinándose con rastrero servilismo-, quiere que usted le administre los últimos sacramentos.
El presbítero Fidel Maíz, de pie en el centro de la habitación, levantó al cielo su hermoso rostro en el que las pasiones y los vicios habían dejado huellas casi imperceptibles. No quería que Espiridón Cañete advirtiera las lágrimas que, como a traición, le brotaban a raudales. Lágrimas auténticas, purificadoras, olvidadas. No se hubiera creído capaz ya de llorar por nada ni por nadie; menos por el severo señor que estaba agonizando. Universalmente respetado, don Carlos Antonio López era amado por muy pocos. Acaso porque obligó a sus compatriotas a realizar tareas titánicas, incomprensibles para sus mentes de pachorrientos campesinos. Lo hizo para ponerlos a la altura de los tiempos, al nivel de sus enemigos, para que no tuvieran que enfrentarlos con la cabeza hueca y las manos vacías.
-¡Dios proteja a nuestra Patria! -exclamó.
Aunque, él solamente lo sabía, era un escéptico.
Avanzó a grandes zancadas por un largo corredor invadido por la servidumbre, que aguardaba silenciosa. Se detuvo ante una puerta entreabierta. Se oía un llanto de mujer. Acalorado y lloroso se le acercó Saturnino Bedoya, y tomándolo de un brazo lo introdujo en la habitación. El padre Maíz echó una rápida ojeada y saludó con voz casi inaudible.
Don Carlos yacía arropado hasta el pecho, con las manos extendidas sobre sábanas de finísimo encaje. A su lado, en la cabecera, doña Juana Carrillo, con gesto demudado pero Firme. A la derecha, el deán Escobar. El Presidente movió los ojos en señal de que había reconocido al recién llegado. El general López se acercó al padre Maíz y le estrechó la mano. Lo hizo de un modo que el sacerdote interpretó que pasadas diferencias quedaban olvidadas.
-Acaba de confesarse -le dijo-, mi padre desea que usted le dé la extremaunción.
Los sollozos se hicieron agudos. El general López se volvió hacia una mujer joven, algo rechoncha, sentada en una silla a los pies del moribundo.
-Calma, Rafaela -le dijo, apoyándole una mano en un hombro-, procura contenerte.
—103→Aunque afectuoso, el tono era imperativo.
Rafaela alzó hacia su hermano un rostro amedrentado; luego, ocultándolo entre las manos, contuvo débiles quejidos. Detrás de doña Juana Carrillo, Venancio se secaba lo ojos con un pañuelo. A su lado Benigno, con las manos en la espalda, se mordía los labios. Apoyada en la pared, la figura algo brutal del coronel Vicente Barrios. En un reclinatorio, junto al nicho de la Virgen, Inocencia rezaba de rodillas.
El padre Maíz cumplió los ritos de la extremaunción y aplicó la indulgencia29 pro articulos mortis. De pronto resonó en el recinto la voz clara y rotunda del Presidente de la República:
-Yo, Carlos Antonio López, he sido fiel católico apostólico romano y espero vivir y morir siéndolo.
Movió los ojos desafiante, como buscando a alguno que osara discutirle. Luego, como si hubiera dado fin a una pesada sesión del protocolo que tanto le atormentara en los últimos tiempos, suspiró aliviado y el rostro se distendió.
Rafaela rompió a llorar ruidosamente.
-¡Llévala afuera! -ordenó el general López, dirigiéndose a Saturnino Bedoya.
Se acercó a la derecha de su padre. Venancio y Benigno hicieron lo propio, por la izquierda, junto a doña Juana Carrillo. Por un momento se oyeron los gritos de Rafaela, que se resistía a que la sacasen de la habitación. Hubo un largo silencio. El viejo López dormitaba. El padre Maíz fingía orar con las manos juntas y la cabeza inclinada, sin perder detalle de un momento crucial en la historia de su pequeño país altivo y solitario. De hoy en más su destino estaría en manos de ese hombre de barba cerrada y expresión enérgica, en contraste con la languidez algo siniestra de los ojos, que contemplaban impasibles la agonía de su padre.
Don Carlos arrugó la frente como si de pronto recordara que le quedaba algo por hacer. Miró al padre Maíz como ordenándosele que tomara debida nota de lo que iba a decir, y luego dijo dirigiéndose a Francisco Solano:
-Hay muchas cuestiones pendientes a ventilarse, pero no trate de resolverlas con la espada sino con la pluma, principalmente con el Brasil.
Lo último lo dijo con un esfuerzo en la acentuación.
El general López guardó silencio. Don Carlos también calló. Poco después estaba muerto.
—104→
—105→
En la plaza del mercado de Asunción, Inocencio Ayala dormía liado en su poncho, sobre una estera extendida debajo de su carreta. Sin sentir fatiga alguna cosechaba blancos copos de algodón. Su padre le mostraba orgulloso a don Ovidio Ferreira, ponderando a la tierra, los frutos del trabajo de su hijo mayor. Trinidad Acosta se acercaba como danzando por un surco con un cántaro sobre la cabeza y una promesa de frescura en los labios sonrientes. Detrás de ella estaba la arboleda, entre la que se distinguía un rancho de adobe pintado de blanco. De repente, del hueco del lapacho salió el Santo de Guatambú. Creció hasta adquirir la dimensión de un hombre. Vestía la levita de don Francisco Olavarrieta. Con una cadena trataba de sujetar a un perro enorme de ojos como brasas, que echaba fuego por la boca. La cadena se rompió. El monstruo atropelló incendiando el algodonal hacia donde se encontraba Trinidad Acosta. De un salto prodigioso Inocencio se le plantó delante blandiendo su machete. Con ágiles esguinces esquivó dentelladas y tajeó una y otra vez a la bestia que sangraba brea derretida sin aflojar su furor, en tanto el fuego de sus fauces se desparramaba en la capuera y se extendía por el valle. Un trueno le dio esperanza de lluvia salvadora. Otro trueno lo devolvió a Humaitá. «¡Upéva cañón pu!», exclamó corriendo hacia el pabellón de los fusiles. Un tercer estampido lo levantó de un salto y le hizo dar la cabeza contra el plan de la carreta. «¡Vienen los cambá!», se dijo alborozado. El último cañonazo retumbó lúgubremente y le acabó de despertar.
Se encontró sentado en una claridad difusa que se iba llenando de murmullos, de sombras fantasmales montadas en borricos presurosos. No muy lejos se lamentaba una mujer. Una patrulla pasaba al galope por una calle próxima. Lo envolvió una pesadumbre que salía de todas partes.
Se levantó, sacudió el poncho, lo plegó cuidadosamente, enrolló la estera y guardó ambos en la carreta. Se enjuagó la boca con agua de una cantarilla, escupió y bebió unos sorbos. Echó un poco en la mano y se mojó la cara.
A pocos pasos, sentados en torno de un brasero, unos carreros calentaban agua para el mate. Hablaban en voz baja. El cielo se iba tiñendo de rojo.
Advirtió la presencia de un individuo que lo estaba observando. Parecía un duende. Gordo, barrigón, vestía una desteñida casaca de bayeta colorada con jinetas de sargento. El chiripá, sujeto con un ancho cinturón de cuero, le bajaba hasta las rodillas. Los calzoncillos le cubrían las cortas piernas chuecas, y sus flecos le tocaban los pies30 torcidos de estribar con el dedo gordo. Ceñía una enorme espada y blandía un garrote pulido por el manoseo. Se le ladeaba en la cabeza un puntiagudo morrión de cuero. La melena negra y lacia, cortada en —106→ círculo, le tapaba las orejas. La cara era redonda, amarronada, picada de viruelas. Miraba a Inocencio con ojos oblicuos, inyectados de indio guaicurú, relamiéndose los labios azulencos como si tuviera ganas de comerlo. Inocencio se sacó el sombrero y saludó: -Buen día, mi padre. El sargento remolineó el palo y lo descargó sobre la palma abierta de la mano derecha. Como todo garroteador que se respete, el sargento era zurdo.
-No te conozco, ¿cómo te llamas?
-Inocencio Ayala, ¡a su orden! -respondió, cuadrándose.
-Así que arribeño, ¿de dónde?
-De Barrero Grande, mi padre.
-Muéstrame tu papeleta.
Inocencio sacó de su sombrero el pasaporte que le extendiera don Ovidio Ferreira y lo pasó al sargento. Éste lo sostuvo bien lejos de los ojos y leyó:
-República del Paraguay, Independencia o Muerte... Bueno, bueno, mi hijo, ¿vas a parar aquí en la plaza?
-No lo creo, mi padre: voy a pedir posada a don Cirilo Rivarola.
-¡Jhum, así que don Cirilo!... ¿es tu pariente?
-Mi padrino nomás, y de mi valle.
-¿Por qué no dormiste anoche en su casa?
-Cuando llegué ya era oscuro, y no quise molestar.
-¿Le traes encomiendas?
-Sí, mi padre.
-Seguro que también algunas cartas.
-Sí, también le traigo cartas.
-¿De quién?
-De su familia, y de un gringo que se llama Eberhard Munck.
-¿Sabes dónde vive don Cirilo?
-Malicio que sí; me dijeron cómo llegar.
-¿Qué traes para vender?
-De todo un poco, mi padre.
-¿Por encargo o de tu casa?
-De mi casa.
El sargento echó un vistazo al interior de la carreta. Le había impresionado la seguridad de las respuestas y el tonillo veladamente socarrón: estaba ante un ex soldado. Dijo, finalmente:
-Está bien, mi hijo; que tengas suerte.
Inocencio le preguntó:
-¿Qué está pasando, mi padre?
-¿No lo sabes?
—107→-No pues, por eso te pregunto.
El sargento lo miró perplejo, como si no supiera qué decir. Luego, sin responder, se acercó a los carreros. Lo conocían. Le saludaron y le dieron un mate. Lo sorbió lentamente, sin mirar a Inocencio que continuaba de pie, con el sombrero en la mano. El sargento se alejó balanceándose, arando el suelo con la vaina de su sable, revolcando su garrote. Cuando ya no podía oírlos, los carreros rompieron a reír.
-¡Jho sargento Kurupí, hijo de diabla!
-No es tiempo de reír -les reconvino un viejo de aspecto venerable.
Callaron los carreros. El viejo llamó a Inocencio.
-Acércate, muchacho, a matear con nosotros.
Inocencio no se hizo rogar.
-Buen día, los señores.
-Buen día, señor.
El mercado se iba llenando de vendedores, mujeres en su mayoría, que desplegaban sus mercancías en esteras extendidas en el suelo. Todo se hacía en silencio. Cantaban los gallos, doblaban las campanas. El viejo, que había oído la pregunta que le hiciera Inocencio al sargento Kurupí, se descubrió y dijo, como rezando:
-Ha muerto el Presidente López, que Dios lo tenga en su santa gloria.
Inocencio bajó la cabeza y sorbió el mate. Trataba de asimilar la idea.
-Se va a cumplir veintidós años -continuó el viejo, como hablando consigo mismo-, un 20 de setiembre se nos murió el Gran Señor... Orerasë hypa peve ore resay, no paramos de llorar hasta que se acabaron nuestras lágrimas...
Los cañonazos disparados a las cuatro de la mañana del 10 de setiembre de 1862 despertaron a una ciudad de madrugadores un poco más temprano que de costumbre. Don Cirilo Antonio Rivarola comprendió de inmediato lo ocurrido. El mayor Rómulo Yegros le había dicho que, según el Dr. Stewart, don Carlos no pasaría de esa noche. El negro Pantaleón, viejo esclavo de la familia, le dijo más o menos lo mismo cuando don Cirilo regresó a su casa tras de pasar un rato en el Club Nacional, donde se habló más que de la enfermedad del Presidente, de lo que sobrevendría después de su muerte.
—108→Extendió la mano hasta un silla en la que se amontonaban sus ropas en desorden. Alcanzó los cigarros y encendió uno con el yesquero.
Don Cirilo era considerado por sus colegas un gran jurisconsulto porque sabía de memoria las leyes de Partidas. Le habían enseñado en la escuela, a palmetazos, a recitar sin una falla largos textos aburridos. A pesar de ello se aficionó a la lectura. Obsesionado en los tiempos en que era difícil encontrar algo que leer, leía cuanto le caía en las manos. Cuando Eberhard Munck apareció en la Cordillera, vivió algunos años en la estancia de los Rivarola y luego se afincó en las vecindades, don Cirilo estudió inglés y francés para tener los libros del naturalista sueco, con el que compartía el amor por los pájaros. Todo lo aprendía sin esfuerzo, como a desgano, valido de su memoria descomunal y de su no escaso entendimiento. Enseguida entraron al país libros y periódicos en cantidad. Le gustaban las novelas inglesas y francesas, y esa novela delirante que es la historia. Sobrevoló tratados de derecho y de teoría política que le prestaba su pariente el Dr. Juan Andrés Gelly.
Así llenaba sus muchos ocios don Cirilo. No era un intelectual. Le agradaba leer como una de las tantas formas de hacer nada, igual que cabalgar, fumar y tomar mate. La actividad forense le ocupaba poco tiempo. La vida social no le atraía. Se había vuelto demasiado complicada y costosa. Molestaba en los salones el humo de sus fuertes cigarros del país; no era de buen tono escupir delante de las damas, a pesar de que ellas, en sus casas, fumaban unos tabacos capaces de tumbar a un buey. Prefería andar descalzo, leer tendido en una hamaca, comer sandía al levantarse de la siesta, enseñar zafadurías a don Pancho -un loro más viejo que Cirilo-, alimentar a sus queridos pájaros, prisioneros en jaulas primorosas que para ellos construía el negro Pantaleón. Apenas tenía lugar, escapaba al campo para haraganear a sus anchas sin el menor remordimiento. No se había casado de puro negligente, pero tenía en la estancia una mujer sencilla a la que estimaba mucho. Era bondadoso y por momentos explosivo. Lo estimaban por su integridad y su desinterés. Estas cualidades, fundadas en la pereza antes que en la virtud, lo iban dejando rezagado en una sociedad cada vez más activa, en la que los hombres, y también las mujeres, competían por figurar, escalar posiciones y ganar mucho dinero.
No era un obstáculo ni un peligro para nadie. Se le tenía buena voluntad. Las pocas veces que por razones profesionales se entrevistó con don Carlos, quien oficiaba de hecho de Juez Supremo Inapelable, fue tratado amablemente y el viejo procuró facilitarle las cosas. En cuanto al general López, se ignoraban recíprocamente desde que en una ocasión Pancho lo trató con la arrogancia que solía usar con otras personas y don Cirilo lo dejó plantado con la palabra en la boca.
—109→A diferencia de otros patricios, no creía que su apellido le hiciera acreedor de consideraciones especiales. Le importaba un comino que otros se construyeran mansiones, importaran muebles de Europa y jugaran fuerte en el Club Nacional. Le daba lo mismo beber caña que champaña. Ni le podían quitar lo que realmente le pertenecía ni le podían ofrecer nada que realmente deseara. No fue llamado a ejercer cargos públicos de importancia. Solían olvidarse de invitarlo a recepciones y consultas de notables. Sin embargo se sentía comprometido con la suerte de su país. Lo llevaba en la sangre.
En el congreso de 1841 su padre objetó la forma precipitada y sumaria con que se pretendía constituir un gobierno. Pidió que se pusiese término al período de personalismo y arbitrariedad, causa fundamental de los males producidos, y se dictase una constitución para abrir paso a un régimen más tolerable después de una larga tiranía.
Se produjo en la sala un escándalo memorable. Creyendo que había ofendido la memoria del Dictador Perpetuo, para ellos sagrada, los soldados de la guardia estuvieron a punto de matarlo. Serenados los ánimos, don Carlos argumentó que sólo un poder fuerte podría preparar al país para la realización de los ideales del diputado por Barrero Grande:
-No se debe aspirar a más de lo que se puede. La experiencia y las luces traerán con el tiempo esos elementos grandiosos de la perfectibilidad. Marchemos con prudencia a su alcance.
¿Había llegado ese momento? Sin duda alguna porque sin los siempre postergados elementos grandiosos de la perfectibilidad se corría el riesgo de que todo acabara en un desastre.
Pero don Cirilo no tenía ambiciones personales, estaba conforme con su suerte y era muy poco lo que podía hacer al respecto.
Bostezó, escupió, tiró el cigarro y encendió otro.
No, no estaba conforme. En una situación como la presente el hijo del capitán Juan Bautista Rivarola no podía quedarse en casa tumbado en la hamaca, enseñándole a don Pancho a decir malas palabras.
Estaba al tanto de los planes para impedir la elección del general López presidente de la República. ¿A quién elegir en su lugar? ¿A un codicioso como Benigno? ¿A un buenazo como José Berges? No había que engañarse. La capacidad y el carácter, la experiencia de gobierno, el control de la administración pública, la adhesión del ejército y la popularidad hacían de Francisco Solano el candidato inevitable. Oponerse a él con el argumento de que era hijo de don Carlos sería tomado como un pretexto legal y moralmente insostenible, ya que el general López tenía méritos propios y el mismo derecho a postularse que cualquier otro ciudadano. En el terreno de los hechos, podía barrer de un escobazo a quienes osaran oponérsele.
—110→¿Qué hacer entonces?
-La constitución -se dijo don Cirilo, levantándose-. Ha llegado el momento de exigir una constitución. Mande quien mande, el poder deberá ser limitado por la Ley.
Pero, ¿qué constitución? ¿Sería posible alguna que diera libertades y garantías a los ciudadanos y al mismo tiempo no pudiera ser usada para desorganizar a la nación, poner a los pobres a merced de los ricos, exponer la independencia y abrir las puertas del país a la piratería internacional?
Su padre había intentado resolver este arduo problema. Acabó guardando su proyecto en un cántaro, metiéndolo dentro de un pozo y plantándole encima un retoño de lapacho.
Don Cirilo decidió que era preciso ir a su valle, derribar el árbol y desenterrar la constitución. Le daría pena hacerlo. Era setiembre y el lapacho estaba seguramente florecido, con multitud de pájaros anidando en sus ramas.
Don Cirilo estaba sentado en uno de los rincones de un ancho corredor sostenido por altas columnas. Un jazminero formaba allí una glorieta. En el patio interior de la casona había un laurel y un aljibe. Plantas por todas partes, en planteras de alfarería. En las paredes y colgando de las vigas, jaulas con pájaros que cantaban a la primavera. Don Cirilo parecía dormitar. Sobre su cabeza, un loro daba vueltas en un aro de tacuara.
Inocencio dejó en el suelo un canasto y un morral, se sacó el sombrero y saludó:
-Buen día, don Cirilo.
-¡Maiteípa, karai, mba'éichapa ndeko'ë!
Inocencio sonrió al reconocer a don Pancho, que sostenía en una pata un pedazo de chipa y lo miraba con un solo ojo. El loro había pasado gran parte de su larga vida en Acosta-ñu. Era famoso en la Cordillera. Perteneció a don Juan Bautista. Se aseguraba que tenía sus propias opiniones políticas, pero que como todo paraguayo viejo mantenía cerrado el pico a tal respecto.
Don Cirilo abrió los ojos y reconoció a Inocencio.
-¿Qué tal, mi hijo? -le dijo, tendiéndole la mano-, ¿cómo está tu familia?
Entonces Inocencio se acordó de que había olvidado pedir la bendición a su padrino. Ya era tarde para hacerlo. Tal vez fuera mejor así. Se había lavado y —111→ afeitado antes de venir. Vestía una camisa bordada de tela del país, pantalones blancos de lonilla y estrenaba un sombrero de fieltro. Había renunciado a ponerse zapatos luego de una primera y dolorosa tentativa. También don Cirilo estaba descalzo. Tenía los calzoncillos remangados sobre la pantorrilla y la camisa desabrochada. Se había hecho un tajito al afeitarse y un hilillo de sangre se le coagulaba en una mejilla.
-Me alegro mucho de verte -dijo, como pensando en otra cosa-, ¿qué hay de nuevo por el valle?
Inocencio recitó las memorias que mandaban parientes y vecinos a don Cirilo, a su hermana María Inés, a todos y cada uno de los miembros de la servidumbre. Entregó cartas y encomiendas. Don Cirilo, que había escuchado distraídamente, le invitó a sentarse.
Se acercaba desde el fondo una linda muchacha de typoi blanco sin enaguas. Sostenía la melena que le bajaba hasta los hombros una vincha azul de seda. Inocencio se asombró de que al ver a la añorada Trinidad Acosta, culpable de sus quebrantos, no le palpitara el corazón más de la cuenta.
-¿Me llamaste, mi tío?
-Sí, mi hija; hazme el favor de cepillar un poco el traje y pasarle la plancha.
-Bueno, mi tío.
-Éste es mi ahijado Inocencio Ayala, hijo de don Melitón. Estuvo en Humaitá sirviendo a la Patria, ¿te acuerdas de él?
-Claro que sí, ¿cómo te va, Inocencio?
-Muy bien y usted, señorita.
-Trinidad -interrumpió don Cirilo-, busca por ahí una corbata negra, y que Pantaleón traiga una palangana de agua para lavarme los pies.
-Bueno, mi tío -respondió ella, y se alejó como flotando.
Inocencio quedó decepcionado de su propio desamor.
-Todavía no me has dicho qué te trae por aquí.
-Vine con la carreta a vender algunas cosas que sobraban en casa.
-¡Ah, así que el tuyo es un viaje de negocios! ¿Te dedicarás al comercio? ¡Muy bien, te felicito, debes ganar dinero, mucho dinero, y cuanto más dinero ganes precisarás mucho más! Si todos los chococué de nuestro valle hicieran lo mismo que tú se fundiría nuestro ilustre pulpero y honorable diputado Odilón Núñez. ¡Se despabila la gente, mi amigo, se despabila la gente!
-¿No le parece bien, don Cirilo?
Don Cirilo lo quedó mirando. No esperaba esta salida del joven campesino. -No lo sé, mi estimado Inocencio, y ésta es la gran cuestión. Hasta ahora vivían bien, tranquilos y felices, sin que nada les faltara. ¿Qué van a ganar metiéndose en enredos? Te lo diré: un sombrero de fieltro que hace sudar la cabeza en vez de los livianos y frescos sombreros caranday; pantalones de —112→ franela que aprietan los huevos en lugar de chiripá y calzoncillos; un poncho de bayeta burda en reemplazo del hermoso treinta-listas; botines para torturar los pies y llenarlos de callos; medicinas costosas que no libran de la muerte, que son una ilusión al igual que nuestros yuyos que por lo menos no hacen daño y le dan tiempo al enfermo para que se cure solo. ¿Vale la pena? No lo digo solamente por ti, sino por el Paraguay. Ahora tenemos vapores, astilleros, fundiciones de hierro, fábricas, ferrocarril, telégrafo y la mar de novedades que complican la vida, no nos hacen más felices, oprimen y humillan a los pobres, alarman a nuestros vecinos y nos obligan a armarnos hasta los dientes para defender lo superfluo. Mírame a mí, que vengo a pleitear en la Asunción cuando podría andar galopando por los campos en mi zaino parejero. Encierro en jaulas a los pájaros cuando podría oírlos cantar panza arriba tumbado junto al remanso de un arroyo... Dímelo tú, ¿vale la pena?
Inocencio no supo qué responder a su padrino.
-No te rompas la cabeza -sonrió don Cirilo-, la respuesta no existe.
El negro Pantaleón vino llegando con una palangana de agua. Saludó cortésmente a Inocencio, y, con gran dignidad, dejó la carga en el suelo. Puso después un pan de jabón y una toalla sobre una silla.
-¿Se le ofrece algo más, mi amo don Cirilo?
-Gracias, Pantaleón; que Pascual me lustre los botines y me los traiga con un par de medias limpias.
Don Cirilo metió los pies en la palangana, convidó un cigarro a Inocencio y encendió otro.
-Habla con Pantaleón para que te ayude a vender las cosas. No sabes los precios y te pueden embromar. Hay una peste de pillos que abusan de la hidalguía proverbial de nuestros campesinos, que incapaces de engañar ni se imaginan que haya gente dispuesta a engañarlos.
-Voy a hacer como dices, don Cirilo; y si me lo permites, traeré la carreta al patio del fondo.
-Claro que sí, y por el tiempo que quieras. ¿Qué tal te fue en Humaitá31? ¿Tenemos muchos cañones?
Inocencio sonrió, sin responder. Don Cirilo se echó a reír.
-Se ve que te enseñaron bien, no hay que hablar de esas cosas, pueden oírlo los cambá.
No le gustó a Inocencio el tonito burlón de don Cirilo.
-No me tomes a mal. Los cambá pueden venir, de esto no hay duda alguna. Lo que me extraña es que no lo hayan hecho todavía. Saben muy bien que cuanto más tiempo pase será peor para ellos.
-Que vengan cuando se les antoje, don Cirilo, ya aburre tanta amenaza.
-Los cambá no son tontos, Inocencio, no vendrán así nomás; saben lo que —113→ les espera y no pueden correr el riesgo de que los saquemos a patadas. Sería el fin del Imperio. Antes de atropellar han de apretarse el trasero.
-¡Tojopÿke hevikua, tojopyke tevikua! -gritó don Pancho, súbitamente enardecido, dando vueltas en el aro.
-¡Es un patriota! -exclamó don Cirilo.
Se echaron a reír.
-Supongo que ya sabes la desgracia, murió nuestro presidente.
-Sí lo sé, don Cirilo.
-Fue un gran hombre a su manera, con algunos defectos. Ahora habrá que elegir a quién lo reemplace. Que Dios nos ayude a encontrar a uno tan equilibrado y prudente como él, porque si no estaremos todos fritos... ¿Qué se dice en el valle?
-¿Qué se va a decir, don Cirilo? Sabemos que va a mandar el general López.
-¿Estás conforme?
-¡Cómo no voy a estar, don Cirilo!
-¿Lo conociste en Humaitá?
-¡Sí señor, y hablé con él alguna veces! Es el más hidalgo de los hombres.
Había un brillo de entusiasmo en los ojos serenos de Inocencio.
-¡Cumplamos pues la voluntad del pueblo soberano!
Don Cirilo se daba cuenta de que estaba hablando imprudentemente con un hombre al que no había visto en años. Pero estaba irritado. En esos momentos se estaría abriendo ante los ministros, las corporaciones civiles, militares y eclesiásticas el pliego de reserva en el que don Carlos designaba al vicepresidente destinado a sucederlo hasta la reunión del Congreso. En vano esperó que lo invitaran especialmente. Debió haber asistido de todos modos, como seguramente hicieron muchos notables, aunque sea para quedar aguardando en los pasillos. Los suspicaces podrían ver en su ausencia una abstención deliberada. Pero don Cirilo era don Cirilo.
Un negrito le trajo los botines lustrados. Acabó de lavarse los pies y se calzó.
-Ya ves, Inocencio -dijo, levantándose-, me tengo que disfrazar para el velorio. Te dejo a cargo de Pantaleón, que es un hombre muy bueno.
Y dirigiéndose al negrito, le encargó:
-Dile a Trinidad que prepare para Inocencio el cuarto de Fernando, y que se trate a mi ahijado como lo que es, un gran señor.
-Muchas gracias, don Cirilo.
-No merece otra cosa un hijo de Melitón Ayala, que además fue soldado en la fortaleza de Humaitá.
Inocencio lamentó haber venido sin zapatos.