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El rescate [Versión revisada y corregida por el autor]

Daniel Moyano





Cuando por fin acabara el invierno se cumpliría un año de la muerte del hijo, y acostumbrarse a la soledad parecía cada día más difícil. El predio estaba abandonado desde entonces y solamente los perros se habían reproducido. En los últimos tiempos la familia había quedado reducida a ella y al hijo de 21 años, asesinado el último invierno. Ahora estaba sola y su capacidad de trabajo no había ido más allá del cultivo de algunas hortalizas para el propio sustento. Los aullidos nocturnos de esos perros la estremecían en su lecho. Abarcaban todos los espacios y aullaban en todas partes al mismo tiempo, en la galería de la casa, en la huerta y en el río lejano hasta perderse en la oscuridad de los cerros. Eran la certeza de la ausencia irremediable del hijo y al mismo tiempo el ruido de la procreación de esos perros que sustituían la fecundidad de la tierra.

Desde su muerte a manos de uno de los Martínez, sus vecinos inmediatos, evitaba aproximarse al cerco lindero que separaba sus propiedades. Ellos mantenían verde la extensión de su parcela, pero sólo hasta cien metros antes de llegar al linde, donde el verdor desaparecía y la aridez se prolongaba hasta la estéril tierra de la finca de la mujer. Los Martínez también procuraban no acercarse al cerco divisorio para evitar encuentros con ella, y ni siquiera durante las escasas horas de riego circulaban por esa zona.

Una mañana la mujer sin darse cuenta avanzó más de lo debido hacia el cerco divisorio y tuvo que enfrentarse con uno de ellos, el mayor, que al verla soltó la herramienta que llevaba y se quedó mirándola, acaso a la espera de un diálogo necesario. Ella lo miró con miedo, era lo primero viviente que veía desde que sepultaron a Carlos. El hombre la saludó alzando un brazo. Sorprendida por un acto de amistad después de un suceso tan terrible, se le escaparon algunas palabras, «cómo está usted» o algo parecido, que por la poca fuerza que llevaban no llegaron a destino. Se arrepintió de haberlas dicho y de estar ahí, tan cerca de sus verdugos. Sintió que eran dos animales mirándose sin entenderse. El hombre finalmente alzó la herramienta y se encaminó hacia la casa, apenas visible entre los matorrales. En las pesadillas de esa noche, entre los aullidos de los perros que procreaban bajo los árboles secos, apareció un brazo en alto, no el del mayor de los Martínez sino un brazo de su hijo pidiendo que no lo mataran, mientras sus perros tenían cruzas con los de los verdugos y las perras parían procurando devolverle a Carlos.

El comisario, que pasaba a caballo casi a diario por el camino principal y a veces se acercaba a tomar mate con la vieja, siempre repetía lo mismo: que la discusión había sido por el agua de riego, que el golpe de azada en la cabeza fue un momento de turbación y nada más, una verdadera pena, una muerte entre amigos, fíjese; que el asesino se ocultaba en los cerros y pronto lo cazarían, estaban esperando que les mandaran buenos perros y todo era cuestión de vigilar las aguadas que el criminal se veía forzado a frecuentar para no morir de sed.

Contada por el comisario la historia era otra, él intentaba convencerla de que en el fondo se trataba de una especie de accidente. Pero ella había visto bien cuando el asesino alzó la azada y la descargó sobre la cabeza de Carlos, había visto bien la sangre desparramada que se mezclaba con el agua de la acequia, motivo de la discusión y los insultos.

Seguro, decía el comisario, que estaba arrepentido y que sufría por lo que había hecho. Un buen muchacho, sin antecedentes, en un momento de turbación. Claro que le daría caza y lo entregaría a la justicia. Pero había que analizar los hechos tal como sucedieron sin dejarse llevar por unos sentimientos que por otra parte comprendía, él también era padre.

La última vez que contó la historia a una de las pocas visitas que llegaban hasta el apartado lugar donde vivía, la mujer notó que vacilaba, que los hechos, siendo los mismos, cambiaban de significado. No supo qué decir cuando llegó al momento en que ambos hombres se enfrentaban justo cuando el agua de riego llegaba por la acequia, ahora no había un verdugo y una víctima, como los había visto siempre, sino dos personajes que actuaban por su cuenta llevados por la necesidad del agua y por la ira. Contó sin convicción el resto de los sucesos, segura de que el cambio se debía a algún hecho importante que se le había ido de la memoria.

Intentando una reconstrucción definitiva, una noche vio que el criminal había levantado la azada sobre Carlos, pero éste era tan manso y especialmente tan puro, que estos atributos impedían que el asesino se decidiese a golpearlo. Entonces ella, colocándose en el lugar del hijo, insultó violentamente al otro, para que el hecho se consumase, pero la azada no caía todavía. Fue necesario que Carlos desenvainase su cuchillo para que la azada cayese violenta sobre su cabeza. Pensó esto oscuramente, como queriendo evitarlo al mismo tiempo, y cuando la azada cayó, con toda la furia exigida por la muerte, sintió que ella había ocupado el lugar del asesino para que el hecho se consumase de una vez. Carlos se desangraba junto a la acequia, a ella le temblaban las manos. Vio que la noche apenas empezaba y el silencio era terrible. Entonces deseó intensamente que aullasen los perros, pero éstos callaron como para permitirle que huyese hacia los cerros.





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