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ArribaActo III


Cuadro I

 

Igual decorado. Luz de luna tras el ventanal. Nadie en escena al levantarse el telón. En el jardín aparece ISABEL. Se acerca a la vidriera y llama suavemente. Viene recelosa, como escapada.

 

ISABEL.-   ¡Mary! Mary, oye.  (Aparece MARY.)  ¡Mary!

MARY.-   ¿Quién es?

ISABEL.-   Soy yo, Isabel.

MARY.-   ¡Déjeme! No quiero verla.

ISABEL.-   ¡María!

MARY.-   ¡Váyase! Gritaré. Me da miedo.

ISABEL.-   ¡Calla! (Surgiendo ya en la puerta del jardín. Entra.) ¡No grites!

MARY.-   ¡Déjeme!

ISABEL.-   ¡Calla! He podido burlar la vigilancia de Pedrín porque me creen durmiendo. Daniel no quiere que te hable. Pero tengo que decirte muchas cosas, María...

MARY.-   ¡No hable usted así!

ISABEL.-   ¡Oh! No grites...; por piedad. Vengo a suplicarte, Mary. Eres una chiquilla. Esta mañana creí volverme loca... Perdóname. Ahora es necesario que me oigas... No huyas. Ven aquí. Óyeme... ¡Qué bonita eres!

MARY.-    (Yendo hacia ella.)  ¿Por qué me odia? Yo no le hice nada. No sé quién es usted...

ISABEL.-   Mary, he venido a pedirte con toda el alma...

MARY.-   ¡Hable!

ISABEL.-   ¡Vete, Mary! ¡Márchate a la ciudad!

MARY.-   ¡Oh!

ISABEL.-   Deja esta casa... ¡Pronto! Si tú supieras, Mary. ¡Te lo pido con toda el alma! No puedes estar aquí ni un día más. Esta noche, cuando todos duerman, yo bajaré al jardín como todas las noches. Te llamaré de madrugada. Y te irás: la ciudad está cerca. No lo sabrá nadie.  (Anhelante.)  ¿Lo harás así, Mary?

MARY.-    (Un sollozo.)  ¡Oh!

ISABEL.-   ¡Di!

MARY.-   No puedo...

ISABEL.-   ¿Qué dices? Es necesario. Es mi felicidad. Tengo derecho. Tú no puedes comprender: eres una niña, Mary; te lo pediré de rodillas... ¡¡Vete!!

MARY.-   ¡No es posible! No puedo volver a la Residencia... Me arrojarían todos como a una mala mujer. ¡Sería horrible!

ISABEL.-   ¡Oh!

MARY.-   ¡No volveré nunca! Para todos he muerto ahogada en el río... La vida allí, otra vez, sería peor que la muerte. ¡No, no! ¡No volveré jamás!

ISABEL.-    (Con violencia.)  ¡Mary!

MARY.-   ¡No quiero!

ISABEL.-   ¡Mary!

MARY.-   ¡Usted no tiene ningún derecho para obligarme a salir de aquí! No le importo nada. ¡Ni siquiera sé quién es usted!

ISABEL.-   ¡¡Cállate!!  (Un pequeño silencio. Todo angustia.)  Escucha, Mary... Es preciso que salgas de esta casa... Mírame a los ojos... Una noche quise morir en el río por la traición de un hombre. Pero ni yo misma sabía entonces que mi locura no era porque él me hubiera engañado, sino porque había perdido el amor... ¡El amor! No es posible vivir sin amor. La vida es seca y triste si a diario no nos dicen: te quiero, te quiero... ¿Oyes, María? Y entonces vale más la muerte, que es el único sueño para olvidar. Por eso quise morir... Me arrancó del puente Daniel, como a ti... ¿Comprendes? Y al poco tiempo, aquí, como un milagro, he vuelto a sentir el amor dentro de mí. Un amor nuevo y alegre y lleno de sueños. Un amor de maravilla. Tú no sabes qué delicia es que nos amen así, con un amor lleno de secreto, y tener que soñar todas las noches para descubrir quién es él... Lo comprendí enseguida. ¡Era Daniel!

MARY.-   ¡Daniel!

ISABEL.-    (Toda gozo y temblor.)  ¡Daniel! La carta de todos los días traía sus palabras de siempre, su alegría... Yo leía la carta una y otra vez, y de pronto, cerraba los ojos y aparecía ante mí el propio Daniel, muy contento, con los ojos abiertos. Algunas noches hasta creí oír su voz: «Isabel, mi Isabel...». Apretaba más los ojos y sentí cómo Daniel me llevaba por el campo cogida de la cintura.  (Sonríe.)  Hay una cosa que aún no pude imaginar: sus besos... Pero no importa. Sé que pronto, muy pronto, una noche, cuando yo esté soñando con él, Daniel llamará en la puerta de mi cuarto para decirme: «Isabel, soy tu amado, el que te escribe estas cartas misteriosas, Daniel...».

MARY.-    (Asustada).  ¡Isabel!

ISABEL.-   ¿Has oído, Mary? Esto es la felicidad, la vida... ¡Y no quiero perderlo! Yo sólo puedo vivir cuando me aman... Si perdiera a Daniel me mataría. Y quiero vivir siempre, toda la vida a su lado...  (Transición.)  ¡Vete de aquí, Mary!

MARY.-   No, no... ¡No!

ISABEL.-   ¡Vete! Pero, ¿es que no has comprendido aún? ¿No ves que tengo celos?

MARY.-   ¡No me mire así!

ISABEL.-   ¡Vete!

MARY.-   ¡No me toque! Me da horror.

ISABEL.-    (Le coge una mano.)  ¡Silencio! ¿Estás loca, Mary?

MARY.-   ¡Suelte! Deje... Usted, sí, está loca.

ISABEL.-   Loca... No. Le adoro.

MARY.-   ¡Basta! Esto es espantoso... Una pesadilla. Una farsa. Usted está engañada. Le han mentido. Todo eso no es verdad...

ISABEL.-    (Temblando.)  ¡No!

MARY.-    (Fuera de sí.)  ¡Sí, sí! Todo lo ha inventado Daniel. Pero, cómo es posible que usted no lo haya adivinado. Ciega, ciega.

ISABEL.-   ¡¡Mientes!!

MARY.-   Digo la verdad... Él ha creado esa ilusión para que usted fuera dichosa...

ISABEL.-   ¡No! Eso, no. ¡Mientes!

MARY.-   Es usted una loca. Está alucinada. Como el general y Brummell. Lo mismo. Todos viven una vida de mentira...

ISABEL.-    (Como muerta.)  ¡¡Qué!!

MARY.-   Ya lo sabe usted...

ISABEL.-   Pero entonces...  (Frenética, enloquecida.)  ¡Daniel me ha engañado!

MARY.-   ¡Sí!...

ISABEL.-   ¡Todo ha sido una mentira! ¡No es verdad!

MARY.-    (Huyendo de ella.)  ¡Isabel!

ISABEL.-   ¡¡No era verdad!!  (Desplomándose en un sillón.)  ¡¡No era verdad!!

MARY.-    (Escapando aterrada.)  ¿Qué he hecho, Dios mío? ¿Qué he hecho?

ISABEL.-   ¡No era verdad! ¡¡No era verdad!!


 
 
TELÓN
 
 


Cuadro II

 

La misma estancia. Amanece. ISABEL continúa hundida en su sillón. Tiene los ojos cerrados. Cruza PEDRÍN la estancia. Sonríe al ver a ISABEL. Apaga la luz de la pantalla y sale. Una pausa. Aparece MÍSTER BRUMMELL. Trae una maquinita portátil de escribir, se instala en la mesa y teclea lejano y prosopopéyico. Una pausa. De pronto, ISABEL, en una violenta transición, se pone en pie.

 

ISABEL.-    (Lívida, contraída.)  ¡Míster Brummell!

BRUMMELL.-    (Levanta la cabeza, pónese un dedo en los labios.)  ¡Chis!... Por favor. Ahora no puedo atenderla, amiga mía.

ISABEL.-   ¡¡Míster Brummell!!

BRUMMELL.-   Chis. Le ruego que no me distraiga.  (Escribe.) .

ISABEL.-    (Avanzando airadamente hacia él.)  Ha de oírme usted...

BRUMMELL.-    (Saca el pliego de la máquina y le dobla tranquilamente.)  ¡OK! Ya está. Resulta que soy el hombre más poderoso de la humanidad. Primer accionista y presidente del Brummell International Bank... Dentro de unos días seré millonario, seguramente. Pero, sin embargo, vea usted, yo no descanso. Acabo de redactar el proyecto para un nuevo negocio... Hoy estoy inspiradísimo. A usted puedo decírselo...  (Muy en secreto.)  He decidido comprar las islas Hawai...  (Ríe.)  Como usted lo oye. Pero, ¡chitón! Ya sé lo que usted va a decirme. Hoy día las islas Hawai no son un gran negocio... Están demasiado explotadas. Lo sé... Todo el turismo internacional ha hecho un viaje a las islas Hawai... Pero no importa. Aquí está lo maravilloso, lo extraordinario: he decidido cambiarle el clima a las islas Hawai...  (Ríe.)  Así, así. Como usted lo oye. Las islas Hawai tendrán un nuevo clima. Facilísimo. Cuestión de propaganda. Todo el turismo internacional correrá otra vez para morirse de frío...

ISABEL.-    (Exasperada.)  ¡Oh, basta, basta! Cállese, míster Brummell...

BRUMMELL.-   Hija, me ha asustado usted.

ISABEL.-   ¡Todo es mentira!

BRUMMELL.-   ¿Eh?

ISABEL.-   ¡Todo! ¡¡Todo es mentira!! Un embuste... Un embuste... Un engaño horrible. ¡Fuera ya esta farsa cruel y estúpida!

BRUMMELL.-   ¡Isabel!... ¿De qué diablos habla usted?

ISABEL.-   No es verdad nada, míster Brummell. Ni mi felicidad. Ni los sueños del pobre viejo, ni los negocios de usted... ¡Nada! ¡Nada!

BRUMMELL.-   Pero... ¡Usted se ha vuelto loca!

ISABEL.-   Vuelva usted a la razón. Comprenda... Daniel nos ha engañado...

BRUMMELL.-    (Ríe.)  Vamos, vamos. Quite.

ISABEL.-   ¡Abra los ojos! Fuera esa venda... Nuestra vida es una farsa que inventó Daniel. Usted no es rico ni poderoso.

BRUMMELL.-   ¡¡Eh!!  (Transición.)  Ta, ta, ta... Usted se ha vuelto loca.

ISABEL.-   No existen los negocios de los que usted se cree dueño... Son una fantasía. Las cartas que usted recibe son falsas, como las mías.

BRUMMELL.-    (Cayendo en un sillón.)  ¿Qué está diciendo?

ISABEL.-   Es usted un pobre miserable como yo... Un iluso. Eso, eso, nada más.

BRUMMELL.-   ¡¡Isabel!!

ISABEL.-   Qué horrible, ¿verdad? Ver caerse así toda la vida sin remedio... ¡Ah, canalla, canalla! ¡¡Canalla!!

BRUMMELL.-    (Con tremenda angustia.)  No, no, no... No puedo creerlo...  (Feroz.)  ¡No la creo a usted! La han engañado. Todo eso es imposible... Mis negocios son verdad... ¡Si lo sabré yo! Mis acciones, mi banco... Mis cuentas corrientes. ¡Mi dinero! ¡Mi dinero!

ISABEL.-   ¡Mentira todo! ¡Como mi amor!

BRUMMELL.-   Dígame que me engaña. Daniel no miente; no ha podido jugar así conmigo...

ISABEL.-   Es un canalla.

BRUMMELL.-   ¡No, Isabel! Por piedad. Por piedad... Esto es horrible. Saberlo es peor que la muerte...

ISABEL.-   ¡Sí!

BRUMMELL.-   Dígame que usted sí me ha engañado... Tenga lástima de mí, Isabel. Hija mía... ¡Piedad! ¡Piedad! Dígame que era todo verdad...

ISABEL.-    (Desplomada en un sollozo.)  ¡Qué más quisiera yo!

BRUMMELL.-   ¡¡Oh!!  (Un grito horrible.)  Entonces... ¿Qué soy yo?  

(ISABEL solloza en un sillón. BRUMMELL, en pie, tremendo y feroz.)

  ¡Daniel! ¡Daniel! ¡¡Daniel!!  

(DANIEL, grave, sereno, silencioso, en la puerta, avanzando hacia él.)

  ¡Dilo! ¡Dilo tú! ¿Verdad que mi banco no es un embuste? Ni mis buques, ni mi dinero...  

(DANIEL tiene los ojos húmedos y el rostro blanco.)

  Vamos. Di que Isabel es una chiquilla embustera, envidiosa y mal criada. ¡Pronto! ¡Di que todo lo que dice es una calumnia! ¡Dilo!... ¿No ves que me muero? ¿No hablas, Daniel? ¿Te callas?

ISABEL.-   ¡Canalla!

BRUMMELL.-   ¡¡No habla!!

ISABEL.-    (Frente a DANIEL, violenta, airada, con la mirada imponente de rencor, rabia e ironía.)  No, no; no hablará ya nunca... Ya no es preciso. Ya se burló bastante de nosotros. ¡Qué extraordinario es jugar con el destino de los demás, con su ilusión, con su fantasía! ¡Qué delicioso es convertir en peleles a todos los que te rodean!... ¡Ser tú el único que tiene una vida cierta! ¡Ver que todos desvarían como locos, y tú, jugar siempre con ellos y aumentar sus locuras! El único cuerdo en un mundo de alucinados... ¡Cuánto habrás gozado! ¡Qué hermosa debe ser esa infamia!...

DANIEL.-   ¡¡Isabel!!

ISABEL.-   ¡¡Cállate!! No tienes derecho a hablar...  (Yendo a él amenazadora.)  Ni a defenderte. Deberías esperar a que te cruzara la cara...

DANIEL.-   ¡Isabel!

ISABEL.-   Has sido un miserable. Ésta es tu felicidad... Hiciste que me enamorara de ti a través de un papel embustero, sabiendo que mi necesidad de amar es más grande que mi propia vida. Sólo hubieras estado contento si un día me hubieran saltado las sienes de tanto consumir mi pobre cerebro con la imaginación de un sueño. Era muy fácil aquí, en el campo, sin más seres humanos que nosotros, estimular la imaginación de una pobre mujer, medio loca. ¡Qué claro es todo ahora! ¿Verdad? ¡Oh, qué miserable, qué ruin eres!

DANIEL.-   ¡¡Isabel!! ¡Calla!

ISABEL.-   ¡No quiero! Me oirás siempre, siempre. Te lo juro. Tengo derecho. Te acusaré. Sé que ya nunca encontraré un amor parecido al que me has obligado a soñar. Al que me has hecho querer con toda mi alma. Todavía te siento dentro de mí, sin poder apartarte del todo... ¡Ah!, ¿por qué te he conocido? Nunca, nunca seré ya feliz... Porque tú, tú, Daniel, has destrozado mi vida para siempre.

DANIEL.-   ¡Alto, mujer! ¿Qué gritas? ¡Tu vida! ¿Qué es eso? ¿Qué es tu vida? ¿Es aquello que fuiste a tirar para siempre aquella noche en el agua del río? ¿Qué es tu vida? ¿Pero es que tú vives? ¿No hubieras sido tu propio asesino si yo no te hubiera arrancado de allí por la fuerza de los puños, para enseñarte que la vida siempre es bella cuando hay cielo, nubes, luz y un poco de fantasía? ¿Es que tu voluntad no fue morir aquella noche? ¿Lo recuerdas? Entonces, mujer, mujer...  (Arrojándola sobre el sillón.)  ¿De qué vida hablas? ¿Con qué derecho exiges nada en nombre de ella, si esta vida tuya, tus sueños, y tu realidad, tu carne y tu alma, te la he salvado yo?... ¡¡Yo!! ¿Lo oyes, Isabel? Eres obra mía... Como esa mentira de la que reniegas sin pensar que ya nunca, nunca, serás capaz de adorar con más fuerza una verdad... ¿No pusiste en esa ilusión tu mejor alegría, toda tu codicia de ser feliz? Yo quise que vivieras para hacerte feliz, y lo he conseguido... A mi lado has sido dichosa como nunca lo fuiste. Como jamás, jamás, volverás a serlo...

ISABEL.-    (Sofocada, sin voz casi.)  ¡Daniel!

BRUMMELL.-   ¡Maldición!

DANIEL.-    (Volviéndose atónito.)  ¡Eh, Brummell! ¿Adónde va usted?

 

(Sorprendido en la puerta, a punto de escapar.)

 

BRUMMELL.-   Lejos... A la ciudad.

DANIEL.-   ¡No!

BRUMMELL.-   Sí, quita. ¡Suéltame! Yo soy fuerte. Quiero luchar. Vencer. Aún es tiempo...

DANIEL.-   ¡No! Pero, ¿es que ha olvidado usted por qué quiso ahogarse aquella noche en el río?

BRUMMELL.-    (Helado.)  ¡¡Daniel!!

DANIEL.-   Recuerde... Esta casa ha sido un refugio para usted. Fuera, en el mundo, en la ciudad, con los demás hombres, sólo hay para usted unos policías, un juez y una prisión...

BRUMMELL.-    (Derrotado.)  ¡Daniel!

DANIEL.-   ¿Es que usted mismo se ha olvidado de quién es?

 

(Entran el JEFE SUPERIOR DE POLICÍA, DOVALÍN y PEDRÍN.)

 

EL JEFE.-    (Cortés e irónico.)  No importa... Nosotros podemos recordárselo perfectamente.

DANIEL.-   ¿Qué significa esto? ¿Quién es esta gente, Pedrín?

PEDRÍN.-   Señor, no pude evitarlo...

DANIEL.-   ¡Fuera de aquí!

EL JEFE.-   Vamos, un poco de paciencia.  (Sonríe.)  El señor es Fernando Brummell, antiguo cajero del Banco Nacional. Autor de una estafa de un millón de pesetas.

BRUMMELL.-    (Estremecido.)  ¡¡Daniel!!

EL JEFE.-   Yo soy el Jefe Superior de Policía... Dovalín, mi mejor agente, que ha trabajado de un modo estupendo.

BRUMMELL.-   ¡La Policía! ¡La Policía! ¿Oyes, Daniel? ¡¡Son policías!! Van a llevarme. No lo permitas. No, no. ¡Sálvame tú, por piedad! ¡¡Es la cárcel!! ¡¡No dejes que me lleven!! ¡Habla! ¡No! ¡No! ¡No! ¡¡A la cárcel, no!! ¡No quiero, no quiero!

EL JEFE.-   ¡Oh, por favor! ¡Dígale que no grite!

BRUMMELL.-   ¡A la cárcel, no! Antes la muerte. ¿Por qué no hablas, Daniel? Óigame a mí, señor.  (Casi de rodillas ante el JEFE.)  Usted no sabe qué horrible era tener entre las manos todos los días aquel dinero... Sólo me hacía falta un poco de aquel dinero que a diario caía en mis manos para convertirlo en mi propia riqueza... Siempre pensé devolverlo. Se lo juro. Yo no soy un ladrón. No, no... Cuando me vi perdido, decidí ahogarme en el río. Pero llegó él... Me trajo aquí... A los pocos días me dijo que, sin saberlo yo mismo, mi última jugada en la Bolsa de Londres había resultado acertada... Me aseguró que tenía algún dinero. Cerré los ojos y lo creí con todas mis fuerzas. Volvería a empezar. Pero desde aquí, oculto en esta casa... A veces, yo mismo pensaba que todo esto tenía que ser mentira. Pero era tan bonito cerrar los ojos y creerlo... Pero habla tú, Daniel... Y usted, señor, dígame que no va a llevarme... ¿Verdad que no iré preso?

EL JEFE.-    (Gravemente.)  Sí.

BRUMMELL.-   ¡Ayúdame, Daniel!  (Refugiándose en él como un chiquillo.)  ¡Socórreme!

DANIEL.-   No. ¡No irá usted, Brummell!

EL JEFE.-   ¿Qué dice usted?

DANIEL.-   Usted no tiene ningún derecho, señor.

BRUMMELL.-   ¡¡Ah!!

EL JEFE.-   ¿Cómo? Yo soy la autoridad, la ley, la justicia...

DANIEL.-   Sí, es cierto. Pero la verdad es que míster Brummell ya no es un hombre. Dejó de serlo aquella madrugada, cuando fue a arrojarse al río... Para todos es un muerto. ¿Qué importa, ante esa verdad, la ley, la justicia y el mundo entero?

EL JEFE.-   ¡Oh, no! ¡Es el colmo!

DANIEL.-   Brummell es mío nada más... Yo se lo quité a la muerte. Me pertenece. Nació otra vez. Vivió una vida nueva. Llegó a ella alegre como un recién nacido... ¿Quién es usted para entrar en ese mundo, donde jamás existió ni la ley ni la justicia?

EL JEFE.-    (Violento.)  Pero está usted loco y ciego. No comprende usted su obra. Es usted cómplice de un delincuente. Ha ocultado usted un estafador a la justicia.

DANIEL.-   ¡No es verdad! Cuando decidió matarse, la ley lo había perdido para siempre... Míster Brummell no puede resucitar. ¡No tiene usted ningún derecho sobre él! No saldrá de aquí...

EL JEFE.-   ¡Basta! Olvida usted que en este momento soy la ley y la justicia. Pero, además, soy la razón.

DANIEL.-   ¡La razón!

EL JEFE.-   Sí. ¡Y la fuerza! Dentro de unos minutos llegará un destacamento de agentes. Si es preciso emplearemos la violencia... Yo cumpliré mi deber. Usted mismo explicará al juez su hazaña. Y ese hombre vendrá conmigo.

BRUMMELL.-    (En un éxtasis de terror.)  ¡¡No!!  

(Todos se vuelven.)

  ¡¡No!!

EL JEFE.-   ¡Silencio!

BRUMMELL.-   ¡¡No!! ¡No iré! Nunca... ¡Lo juro! ¡¡La cárcel, jamás!! ¡¡Jamás!! ¡No iré! ¡¡No iré!!  (Y escapa.) .

DANIEL.-   Brummell...

ISABEL.-   ¡Oh, míster Brummell!

EL JEFE.-    (Airadísimo.)  ¡Pronto, Dovalín! Alcáncelo. Aprisa...

DOVALÍN.-   Sí, señor.  (Corre detrás de BRUMMELL.) .

PEDRÍN.-   ¡Míster Brummell!

 

(Corre también. EL JEFE pasea nervioso. DANIEL se tapa la cara con las manos. Al fondo, acurrucada en un sillón, ISABEL es un ser sin vida y sin alma.)

 

EL JEFE.-   ¡Horrible! Espantoso. Increíble.  (Encarándose con DANIEL.)  Pero, ¿por qué hizo esto usted? ¿Qué locura es esta? ¿Qué interés tiene usted en esta aventura?

DANIEL.-   ¡Locura! ¡Interés! Pero, ¿por qué dar nombres atroces a las cosas sencillas y alegres?

PEDRÍN.-    (Cruza la escena agitadísimo.)  Señor, algo tremendo...

DANIEL.-   Pedrín.

PEDRÍN.-   Míster Brummell se ha encerrado en mi alcoba. Él sabe que yo tengo una pistola...

DANIEL.-   ¡Oh!

PEDRÍN.-   Ha saltado por la ventana y corre hacia la carretera...

 

(Brinca el ventanal y corre por el jardín.)

 

EL JEFE.-   ¡Oh!  (Ante el ventanal.)  ¡Duro, Dovalín! ¡¡Corra!! Más, más, más...

ISABEL.-   ¡Dios mío!

DANIEL.-   Brummell... Brummell... Brummell...  (Un pistoletazo.)  ¡¡Brummell!

ISABEL.-    (Un gemido.)  ¡Oh! ¡Dios mío!

EL JEFE.-    (Muy emocionado.)  ¡¡Dios!! Qué loco... ¡Se mató!

DANIEL.-   ¡Qué horror!  (Ronco.)  Brummell, amigo mío... Querido. Mi pobre amigo...

ISABEL.-    (Resurgiendo. En una enorme transición.)  ¡Ahora sí estará usted contento!

EL JEFE.-   ¡Cállese!

ISABEL.-   ¡Ha triunfado usted! Grite, grite... ¡Vamos! Dígalo fuerte... Ha vencido la razón nada menos. ¿No está usted alegre? El estafador se ha castigado a sí mismo para siempre. El pobre loco ha recuperado la razón. ¡¡Se ha matado!! Ya es inútil la fantasía, el sueño, todo lo que puede hacer dichoso al hombre más desdichado... ¡Grite! ¡Alégrese! ¡Ha triunfado la verdad! Pero vea usted qué verdad tan espantosa, tan horrible...

 

(Vuelven DOVALÍN y el criado.)

 

DOVALÍN.-   Se pegó un tiro en la sien. Fue imposible alcanzarle, Excelencia. Corría como un demonio.

PEDRÍN.-   Señor, señor.  (Muy apurado.)  El general viene hacia aquí...

DANIEL.-   ¡El general! Él no sabe nada. Él sueña aún.

PEDRÍN.-   Sí... Va a ser tremendo.

DANIEL.-   ¡Ah, no! Eso, no. Él no despertará nunca.  (Se encara con todos.)  Oídme. Ese anciano no ha de despertar... Sería su muerte. ¡Cuidado! Si alguien intenta sacarle de su engaño, si alguien quiere volverlo a esta realidad estúpida y dolorosa, si alguien le arranca de su sueño... Al que sea, ¡lo mato!

ISABEL.-   ¡Sí, Daniel! ¡Mátalo!

 

(Y en la puerta, la figura temblorosa del GENERAL.)

 

GENERAL.-   Daniel, hijo. ¿Qué ha sucedido? He oído gritar, y luego como un tiro...

DANIEL.-   No era un tiro. Eran salvas en vuestro honor...

GENERAL.-    (Suspenso.)  ¿En mi honor?

DANIEL.-    (Solemne.)  Sí, mariscal.

GENERAL.-    (Conmovidísimo.)  ¿Qué has dicho? ¡Mariscal! ¿Yo, mariscal? Al fin, Dios mío. Habla, Daniel. ¡¡Repítelo!!

DANIEL.-    (Inclinándose.)  Sí, Excelencia... ¡Primer mariscal de todos los ejércitos, por orden de su Majestad!

GENERAL.-   ¡Mariscal! ¡Por orden del rey!...  (Voz de sollozo.)  ¡Qué hermosura...! Es casi un sueño. ¡Mariscal!  

(Todos los personajes, incluso los dos policías, llenos de una extraordinaria emoción, se inclinan profundamente en una gran reverencia.)

  Mariscal...

 
 
TELÓN
 
 


Cuadro III

 

Horas más tarde, en el mismo lugar. Pronto atardecerá. ISABEL, sola. Entra DANIEL.

 

ISABEL.-   ¿Se lo han llevado?

DANIEL.-   Sí.

ISABEL.-   ¡Pobre míster Brummel!  (Un silencio.)  Es horrible pensar que fui yo, ¡yo!, quien primero vio sus ojos estremecidos por la realidad...

DANIEL.-   Cállate... Deberías descansar un poco, Isabel...  (Otro gran silencio.) .

ISABEL.-    (Sacudida.)  ¡Ah!

DANIEL.-   ¿Qué piensas?

ISABEL.-    (Muy despacio.)  No lo sé... He venido aquí a sentarme en este sillón, a mi chimenea, para huir de todo... De ese cadáver horrible, de esos policías que andan por toda la casa, de ti mismo, que me recuerdas tanto. En este rincón ha sido mi felicidad. Por las noches, cuando más encogida estaba, tiritando de frío, aparecías tú. Te sentabas ahí...  (Señalando al suelo.)  Y hasta hablabas, hablabas. ¡Oh, qué cortas eran las noches! Y mientras, tú, en tu despacho, le dictabas a tu criado una carta de amor, que era mi delirio para el día siguiente...  (Un gemido.)  Ya sé que fue mentira, pero aun ahora, si vieras que he venido aquí corriendo por el pasillo, con la esperanza de encontrarte todavía como aquellas noches...

DANIEL.-   ¿Tanto me has querido, Isabel?

ISABEL.-    (Inefablemente.)  Tanto... ¡Oh, no me mires, Daniel! ¡Qué loca soy...!  (Transición.)  Pero te comprendo, Daniel...

DANIEL.-   ¿Es cierto?

ISABEL.-   ¡Sí!  (Decidida.)  ¡Adiós, Daniel!

DANIEL.-    (Alza la cabeza.)  ¡Isabel!

ISABEL.-   Adiós... Me marcho.  (Otra pausa.)  He pensado mucho desde esta mañana. Ha sido espantoso. No sé cómo decírtelo. Creo que estoy enferma. Necesito aire y luz. Estoy como deslumbrada. Sí, eso es. Me has tenido mucho tiempo con los ojos tapados por una venda y ahora no puedo mirar al sol cara a cara. Estoy como ciega. Perdóname, Daniel; tengo que irme de aquí.

DANIEL.-    (Mirándola fijamente.)  ¿Adónde irás?

ISABEL.-   No, no temas... Suicidarse es de mal gusto. Es lección tuya; será inolvidable.  (Tiembla.)  ¡Pobre míster Brummell! ¡Pobre Isabel!  (Sonríe.)  Iré al mundo. Para una mujer que viene de tan lejos, el mundo no debe ser demasiado grande ni demasiado difícil. ¿No crees? Efectivamente, tú decías verdad: lo importante es tener un poco de imaginación.

DANIEL.-   ¡Sí!

ISABEL.-    (Bruscamente emocionada.)  ¡Perdóname, Daniel!

DANIEL.-   ¡Isabel! Loca...

ISABEL.-   ¡Perdónamelo todo! Mis palabras, mis gritos, mis insultos... Estaba trastornada. Pero tú lo comprendes, ¿verdad? Te quería con toda mi alma. Yo sólo sé querer así, soñando, pero más allá del sueño. Ya no me importa decírtelo... No, no. No hables... No quiero más que un poco de piedad. Oye, Daniel.  (Ruborizándose.)  ¿No crees tú que en la propia vida se puede encontrar el amor de un sueño?

DANIEL.-   Sí. No hay un solo sueño que no sea posible en la propia vida. Para encontrarlo basta con ser alegre y olvidarse de la muerte.

ISABEL.-   ¡Gracias, Daniel! Yo lo encontraré. Te lo juro.  (Otra voz.)  Adiós...

DANIEL.-   Isabel... Adiós. ¡Perdón!

ISABEL.-    (Toda emocionada.)  Mi profesor de felicidad. ¡Adiós!

 

(Se escapa por el jardín. DANIEL va a la vidriera y desde allí la despide con la mano. Entra PEDRÍN.)

 

PEDRÍN.-   Señor..., la señorita Mary no está en casa.

DANIEL.-   ¿Qué dices?

PEDRÍN.-   La busqué por todos los rincones. Y nada. He mirado en el jardín... Los alrededores.

DANIEL.-   Es necesario encontrarla, Pedrín.

PEDRÍN.-   ¡Señor!

DANIEL.-   ¡Pronto! Búscala, llámala, grita...

EL JEFE.-    (Que entró lentamente un instante antes.)  No... Es inútil.

DANIEL.-   ¿Qué sabe usted? Dígamelo.

EL JEFE.-   Vamos... Tranquilícese. La muchacha está lejos de aquí. Seguramente, a esta hora ya ha llegado a la Residencia.

DANIEL.-   ¡A la Residencia!

EL JEFE.-   Sí.  (Una pausa.)  Todo ha sido una historia de colegio, que pudo ser trágica sin la intervención de usted. Estas chicas románticas, que se enamoran del profesor, son terribles... Son vibrantes, apasionadas, tienen una tremenda imaginación y no pueden resistir la sugestión de un profesor joven y gallardo. Graciosísimo... Uno ya es viejo, y además, hombre serio, pero de todas maneras, no es difícil comprender estas cosas.

DANIEL.-   ¿Quién es él?

EL JEFE.-   Fontán... Un joven intelectual. Figúrese usted... Él se asustó tanto cuando vio llegar a él una muchacha tan pura, tan inocente, pero llena de frenesí y de cariño. ¡Demonio de muchacha! Pero él es un caballero. Resistió... Inventó la historia de otro amor inexistente. Todo mentira. La pobrecilla ya sabe usted cómo reaccionó: buscando la muerte... ¡Ah!

DANIEL.-   ¡Mi pobre Mary!

EL JEFE.-   Ahora es distinto... ¿Qué hombre dejará de amar a una niña que es capaz de morir por él? Cuando la chiquilla llegue al internado, el profesor la esperará con los brazos abiertos. Pasará un poco de tiempo. Ella abandonará la Residencia. Y serán un matrimonio encantador...  (Filosófico.)  ¡Ah! La vida.  (Acercándose a DANIEL y poniéndole una mano en el hombro.)  Vamos... ¿Todavía me guarda usted mucho rencor? Siéntese aquí, a mi lado. Hablaremos un poco. Hay muchas cosas que usted ignora. La policía vigilaba el puente la noche que usted salvó a la muchacha...

DANIEL.-   ¡Usted!

EL JEFE.-   Sí. Íbamos tras el falso suicidio de ese pobre hombre... Dovalín adivinó que en usted estaba el secreto. Oyó palabras sueltas. Vio que la muchacha venía con usted hasta aquí. Los siguió. Yo me puse en comunicación con la Residencia de señoritas. Al poco llegaba Dovalín aquí. Quién nos hubiera dicho que entrar en esta casa era tanto como entrar en otro mundo... Luego, esta mañana fue el mismo Dovalín quien abrió a esa chiquilla las puertas de esta casa. Créame. Ha sido mejor así. Ella tendrá siempre un buen recuerdo de usted, que le salvó la vida y la felicidad. Jamás sabrá que el sueño de Brummell terminó saltándose la tapa de los sesos.

DANIEL.-   Sí. Todo pasó.  (En pie, decidido.)  Cuando usted quiera. Estoy a sus órdenes. Nos aguarda el juez.

EL JEFE.-   No...  (Sonríe.)  Siéntese.

DANIEL.-   No le entiendo. Yo oculté a míster Brummell a la justicia. Se ha matado en mi casa.

EL JEFE.-    (Gravemente.)  Sí, ha ocultado usted un estafador a la justicia. Es usted su cómplice... Usted también ha delinquido. Pero esperemos. Su caso es excepcional. Pasará el tiempo. Los jueces, en su día, apreciarán todas las circunstancias excepcionales de este suceso extraordinario...  (Transición.)  ¿Pero quiere usted decirme ahora qué diablos es todo esto? ¿Por qué dedicar su vida y su juventud a esta aventura? Hable de una vez.

DANIEL.-   ¡Sí!  (Estremeciéndose.)  Por un recuerdo...

EL JEFE.-   ¡Demonio!

DANIEL.-   Un recuerdo horrible... De niño vi morir a mi propio padre.

EL JEFE.-   ¡Ah!

DANIEL.-   Fue el hombre que se arrojó un día a las rocas desde lo más alto del rompeolas. ¿Lo recuerda? Yo fui el primero que acudió a su lado. Vi su tremenda derrota de hombre tan cerca, tan cerca, tan repugnante como su cuerpo destrozado. Luego, toda una niñez desesperada. Por las noches, mi madre salía al mirador que daba a la playa. Yo la espiaba cuando ella me creía durmiendo. Y ¡qué horror! No sabrá usted nunca cuánto odio había en los ojos de mi madre mirando al monte maldito, al rompeolas... Usted no sabe qué espantoso es para un niño tener la certidumbre de que va a volverse loco... Yo lo presentía, y cuando pasaron unos años y me sentí fuerte, escapé... Era ya un hombre. Quise dedicar mi vida a esta aventura. ¡Dar un poco de sueño a los desdichados que buscan su propia muerte! Arrancar el dolor de sus almas y darles una mentira alegre, que como todo lo que es alegría, es vida...

EL JEFE.-   ¡Hijo!

DANIEL.-   Pero fui demasiado lejos: inventé nada menos que un amor, sin saber que el amor es el único sueño que no puede ser inventado... ¡Pobre Isabel! Luego, Mary, tan fragante, que me hizo soñar a mí mismo. Y después, usted. Todo perdido...

EL JEFE.-   Durante muchos siglos, los poetas escribieron sus sueños... Jamás intentaron vivirlos. Usted fue más poeta y más valiente que ellos. Y por hacer que los demás vivieran alegres, se quedó usted con todo el dolor...  (Transición.)  ¡Hum!  (Mostrándole al GENERAL, que entra apoyado en PEDRÍN.)  Mire: todo no ha fracasado. Ese sueño suyo vive. Ha triunfado como la vida misma. Esté usted orgulloso. ¡Adiós!

DANIEL.-   Adiós.

EL JEFE.-   Ánimo. Un abrazo.  (Deteniéndose con una grave reverencia ante el mariscal.)  ¡Excelencia!  (Y sale.) .

GENERAL.-   A ver, Pedrín.

PEDRÍN.-   ¡Señor!

GENERAL.-    (Más agotado que nunca.)  Un papel y una pluma. Escribe. Te dictaré mi manifiesto al ejército...

PEDRÍN.-   Sí, señor.

GENERAL.-   Pon.  (Voz de arenga.)  «¡Soldados! Vuelvo de nuevo a vuestro mando alegre como nunca y lleno de brío... Estoy orgulloso de ser vuestro mariscal. He soportado destierro y dolores con la esperanza de llegar a este día en que el rey premia todos mis afanes».  (Ahogándose de emoción. Cierra los ojos.)  ¡Oh, Pedrín!

 

(Dentro, lejos, una extraña y deliciosa música: es el violín que en el primer acto tocaba el cieguecito. Y al mismo tiempo, lejos también, la voz de ISABEL.)

 

ISABEL.-    (Dentro.)  ¡Daniel!

DANIEL.-    (En pie.)  ¿Qué?

ISABEL.-   ¡Daniel!

DANIEL.-   ¿Oyes?

PEDRÍN.-   ¡Es la señorita Isabel, señor!

DANIEL.-   Ella... Esa música...

ISABEL.-   ¡Daniel!  

(Aparece en la puerta del jardín, trayendo del brazo al ciego, con su melenita blanca alborotada y al viento. Un último fulgor del crepúsculo los ilumina. ISABEL viene gozosa, nueva.)

  Daniel...

DANIEL.-   ¡Tú! ¡Isabel!

ISABEL.-   Mira...  (Mostrándole, triunfal, al mendigo.) .

DANIEL.-   ¿Qué es esto, Isabel?

ISABEL.-   ¡Yo lo he salvado, Daniel!

DANIEL.-   ¡Oh!

ISABEL.-   ¡Yo! ¡Yo! ¡Qué alegría! Oye. Iba a la ciudad. Pasé por el puente... Él estaba allí... De pronto se quiso tirar al río. Yo corrí. Le sujeté fuerte, fuerte... Como es tan viejecito y ciego, no tuvo fuerzas para resistir... Yo pude más. Se quedó abrazado a mí, llorando. Yo le hablaba, le decía muchas cosas: las mismas que tú me dijiste a mí. Y yo también lloraba... Era de alegría. Porque entonces, mientras le hablaba a él, te estaba comprendiendo a ti. Me pareciste más extraordinario que nunca, más bueno, más fantástico, más milagroso... Mejor que todos los hombres. He sentido que felicidad es salvar una vida de la muerte...

DANIEL.-   ¡Isabel!

ISABEL.-   He pensado en tu fantasía, que puede hacer feliz al cieguecito. Y aquí está. Tómalo. Yo te lo traigo... Tú inventarás un sueño para él.

DANIEL.-   ¡Isabel!

ISABEL.-   Hazlo muy feliz...  (Muy emocionada.)  Y ojalá que tú seas también dichoso, Daniel...

DANIEL.-   ¡Isabel!

ISABEL.-   ¡Adiós!

DANIEL.-   ¡No te vayas!

ISABEL.-   ¡Daniel!

DANIEL.-   Quédate... Oye.  (Conmovido.)  ¿Quieres ayudarme a hacerlos felices a los dos? ¿Quieres, Isabel?

ISABEL.-   Pero, entonces..., yo contigo, para siempre. ¿Qué es esto?  (Ruborizada.)  Como en los sueños.

DANIEL.-   No, más. ¡Mucho más! Tú eres el sueño y la verdad juntos. Eres el amor. ¡Eres la vida!

ISABEL.-   ¡Chis! No grites...  (Apartándose de la mano y señalando a los dos ancianos. Deliciosamente feliz.)  Pueden despertar.

GENERAL.-    (En su mundo.)  ¿Dónde estamos, Pedrín?

PEDRÍN.-   ¿Eh? ¡Ah, sí...! «¡¡Soldados!!».

GENERAL.-   «¡Soldados! Pronto me sentiré fuerte y vigoroso y acudiré a vuestro lado...  (Va cayendo el telón lentamente.)  A todos, jefes, oficiales, soldados, hijos míos, os saluda vuestro mariscal...». Trae, Pedrín. Ahora, la firma.

PEDRÍN.-    (En pie, taconazo, mano en la sien, firme como un recluta.)  ¡A las órdenes de vuestra excelencia, mariscal!

 

(Allá en el fondo, en un rincón, el CIEGO toca su viejo vals.)

 

 
 
TELÓN